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Notas del archivo 'Fantasía (textos sobre el género)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 12 de abril de 2014

Otra de las ideas que trata George MacDonald en «La imaginación fantástica» es la de los significados de los cuentos de hadas. Plantea la pregunta que le podría formular un padre: «Supongamos que mi hijo me pregunta qué significa el cuento de hadas, ¿qué debo contestarle?», y le responde:

«Si usted no sabe qué significa, ¿qué hay más sencillo que decírselo? En cambio, si usted encuentra un significado, debe comunicárselo. Una genuina obra de arte ha de significar muchas cosas. Cuanto más verdadero sea su arte, más significados tendrá. Por ejemplo, si uno de mis dibujos dista tanto de ser una obra de arte que, a modo aclaratorio, debe especificar por escrito esto es un caballo, ¿qué importancia tiene que ni usted ni su hijo sepan qué significa? Es menos importante transmitir un significado que despertar un significado. Si ni siquiera despierta su interés, déjelo estar; tal vez haya ahí algún significado, pero no para usted. Insisto, si usted no puede reconocer un caballo cuando lo ve, el nombre escrito al pie no le servirá de mucho. En cualquier caso, no es tarea del pintor enseñar zoología.

Pero es probable que sus hijos no le molesten con respecto al significado. Ellos descubren aquello que son capaces de descubrir; más, sería pedirles demasiado».

Georges MacDonald. Cuentos de hadas (Fairy Tales). Girona: Atalanta, 2012; 239 pp.; col. Ars brevis; trad. de Ana Becci; prólogo de Javier Martín Lalanda; ISBN: 978-84-939635-4-5.

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sábado, 5 de abril de 2014

En el mismo texto que mencioné días atrás, para explicar qué moralidad debe aplicar un autor en el interior de las ficciones de fantasía que inventa, George MacDonald afirma lo siguiente: «En el mundo moral (…) un hombre puede vestirse con nuevas formas, y emplear libremente su imaginación (…) pero no debe inventar nada. No le está permitido, por ningún motivo, subvertir sus leyes. (…) Las leyes del espíritu humano deben conservarse y prevalecer tanto en este mundo como en cualquier otro que el hombre sea capaz de inventar. No sería ningún delito imaginarse un mundo en el cual todo se repeliese en lugar de atraerse, pero estaría mal escribir un cuento que representara a un hombre supuestamente bueno que siempre cometiera malas acciones, o a un hombre supuestamente malo que [siempre] hiciera cosas buenas: la idea en sí misma no se rige por ninguna ley. Un hombre puede inventar en el terreno de las cosas físicas; sin embargo, en el terreno de las cosas morales, debe obedecer y trasladar sus leyes a su mundo inventado».

Georges MacDonald. Cuentos de hadas (Fairy Tales). Girona: Atalanta, 2012; 239 pp.; col. Ars brevis; trad. de Ana Becci; prólogo de Javier Martín Lalanda; ISBN: 978-84-939635-4-5.

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sábado, 29 de marzo de 2014

Cuentos de hadas,
de George MacDonald, contiene ocho cuentos de hadas encabezados por un ensayo titulado «La imaginación fantástica». El autor escocés explica en él su modo de comprender el trabajo del autor de ficciones de fantasía. Una de sus ideas básicas, que luego Chesterton y Tolkien reformularían, es la del hombre como subcreador, aunque MacDonald no use tal expresión:

«El mundo natural tiene sus propias leyes, y las personas no deben interferir en ellas cuando las presentan y aún menos cuando las utilizan. Pero estas mismas leyes pueden inspirar leyes de otro tipo y, si lo desea, el hombre es capaz de inventarse un pequeño mundo propio, con sus propias leyes, pues posee en su interior la capacidad de deleitarse evocando formas nuevas, algo que, quizá sea lo que más pueda aproximarle a la creación. (…)

«Una vez inventado su mundo, la siguiente ley suprema que entra en acción es aquella que estipula que debe haber armonía entre las leyes que han dado lugar a la existencia de ese nuevo mundo y, durante el proceso de creación, su inventor deberá atenerse a dichas leyes. En el momento en que se olvide de una de ellas, provocará que la historia, por sus propios postulados, se torne increíble. Para poder vivir un instante en un mundo imaginado, debemos velar por las leyes que rigen su existencia. De quebrantarlas, se nos expulsa de él». (…)

«Las invenciones de un hombre pueden ser estúpidas o inteligentes, pero si no se atiene a sus leyes o si provoca que una ley entre en conflicto con otra, se contradice entonces a sí mismo como inventor y deja de ser un artista. (…) La ley es la única tierra en la que puede florecer la belleza. La belleza es la única vestidura para la verdad. Y tú puedes, si así lo deseas, llamar imaginación al sastre que corta las prendas apropiadas para ella, y fantasía a su ayudante, encargado de coser las partes o, a lo sumo, de bordar los agujeros para los botones. Cuando el hacedor obedece las leyes, trabaja de la misma manera que su creador, y, cuando las desobedece, es un tonto que apila un montón de piedras y dice que ha construido una iglesia».

Georges MacDonald. Cuentos de hadas (Fairy Tales). Girona: Atalanta, 2012; 239 pp.; col. Ars brevis; trad. de Ana Becci; prólogo de Javier Martín Lalanda; ISBN: 978-84-939635-4-5.

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miércoles, 23 de mayo de 2007

Dice Coetzee que Salman Rushdie es un escritor multicultural no sólo en el sentido débil de que hunde sus raíces en más de una cultura, sino en el fuerte de que utiliza una tradición literaria para renovar otra. Su debilidad es que a veces cae en la mera frivolidad posmoderna, que sigue y luego abandona hilos narrativos que no le llevan a ningún sitio. También esto se nota en Harún y el mar de las historias, que sin embargo es un buen e inteligente relato.

J. M. Coetzee. Costas extrañas: ensayos, 1986-1999.

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jueves, 3 de mayo de 2007

En La historia secreta del Ratón Pérez, otro libro de José Manuel Pedrosa, se contiene Ratón Pérez, el clásico de Luis de Coloma. Además, en él se da toda la información imaginable acerca de los hermanos y primos del personaje en otras culturas, y de antecedentes como El ratoncito bondadoso, un cuento de 1698 escrito por Madame d’Aulnoy, argumentalmente lejano aún de los relatos que comienzan a proliferar en el siglo XIX.

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miércoles, 12 de abril de 2006

Y, en el mismo libro citado ayer, otro jugoso artículo dedicado a Lewis Carroll. Es útil, entre otras cosas, reflexionar en lo que afirma Chesterton sobre las consecuencias de que los libros sobre Alicia sean un clásico. Por un lado, afirma, eso implica estar condenado a ser alabado por personas que nunca lo han leído. Por otro, el pensar que «la alegría original que nació esa tarde de verano en la imaginación de un matemático (...), se ha endurecido hasta convertirse en algo casi tan frío y tan consciente como una tarea vacacional», hace pensar y exclamar a Chesterton: «“¡Pobrecita Alicia!” No sólo la obligan a asistir a clase, sino a dar clase a los demás... no es sólo una escolar, sino una maestra de escuela».

G. K. Chesterton. «Lewis Carroll», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en A Handful of Authors.

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martes, 11 de abril de 2006

En el reciente libro de artículos de Chesterton, Correr tras el propio sombrero, uno particularmente interesante se titula «Defensa del absurdo». En él, Chesterton explica por qué piensa que Edward Lear es no sólo anterior sino superior a Lewis Carroll. Habla de que la vida de Carroll sugiere la «idea de escapatoria a un mundo donde las cosas no están horriblemente fijadas en una eterna corrección, donde las manzanas crecen en los perales, y cualquier tipo raro con el que uno se encuentre puede tener tres piernas», de que él era un hombre con un pie en el mundo de la lógica y otro en el mundo del humor, la postura perfecta para el absurdo moderno. Lear, en cambio, «introduce un nuevo elemento, el elemento de lo poético e incluso de lo emocional».

G. K. Chesterton. «Defensa del absurdo», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en The Defendant.

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jueves, 9 de marzo de 2006

Uno de los autores que, incluso en sus obras menos conseguidas, siempre vale la pena es Charles Dickens. Aquí se puede recordar el principio de Tiempos Difíciles, cuando un funcionario público, una especie de inspector, advierte al director de un colegio: «Tenéis que suprimir por completo la palabra imaginación. La imaginación no sirve para nada en la vida. En los objetos de uso o adorno, rechazaréis lo que está en oposición con lo real. En la vida real no camináis pisando flores; pues tampoco caminaréis sobre flores en las alfombras». Y sí, esa clase de gente, «economistas utilitarios, maestros de escuela en esqueleto, comisarios de realidades, elegantes y agotados incrédulos, charlatanes de tantos credos pequeñitos y manoseados», siguen existiendo ahora.

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martes, 1 de noviembre de 2005

Un mundo secundario bien recreado en una novela de fantasía no es una especie de mundo alternativo al que uno huye para refugiarse del mundo real. Sí es como un espejo en el que se refleja nuestro mundo y en el que, al contemplarnos, podemos vernos de otra manera y darnos cuenta de que nuestra vida tiene más hondura de la que suponíamos. Tolkien al crear la Tierra Media y Lewis al inventarse Narnia trabajaban con esa mente: la de construir mundos secundarios que nos ayuden a recuperar algunas verdades profundas del mundo primario. La gran diferencia está en el público al que ambos se dirigieron: Lewis da un tono infantil intencional a las Crónicas de Narnia, Tolkien apuntó literariamente mucho más alto.

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