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Notas del archivo 'Literatura autobiográfica' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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JimenezLozanoImpresiones.JPG
viernes, 8 de abril de 2016

Recuerdo las ocasiones en las que he citado ya diarios o dietarios de José Jiménez Lozano:

Los cuadernos de letra pequeña: La textura de la banalidad, Quizás era puro realismo, ¿Más privilegios?, Lumbreras, Cabalgatas de feria, Cómo son algunos escritores, El icono más maravilloso.

Advenimientos:  Contundente claridad, Sabor amargo, Gramática infecta, Valor contra la estupidez, Joven con alas de pájaro.

Los cuadernos de Rembrandt: Burlas e insultos, Lo peor que puede decirse de una narración, La culpa es de las víctimas, Seguridades elegantes.

Recientemente ha publicado Impresiones provinciales, notas tomadas entre los años 2010 y 2014. Como en los libros previos, hay observaciones sobre nuestro empobrecimiento cultural, comentarios acerca de cómo comprende la posición del escritor, notas de lectura, experiencias de infancia, descripciones de paisajes. Dos ejemplos de las últimas son las que siguen:

«Las nieblas son siempre una experiencia extraordinaria, cuando no suponen ningún riesgo para nosotros en el campo, porque no nos vamos a perder, ni podemos chocar con nada. Sobre todo esas nieblas de las que el viejo refrán dice: “Mañanas de niebla, tardes de paseo”, y luego vuelta al majestuoso avance de la niebla antes de caer la noche; mientras que la huida de esa niebla por la mañana a veces podríamos decir que parece un ejército vencido que se retira, pero otras veces es algo más delicado, como el alzarse de velo de una gasa sutilísima. A veces, cuando miramos, ya están ahí los pájaros que hacía un momento ni se oían siquiera. Y todo resulta como un cuadro repentinamente puesto entre nosotros».

«Nevada que cuaja, lo que es, para estas tierras, algo muy raro. Así que el espectáculo es la maravilla de las maravillas, como de un estreno del mundo; y me parece que así cae la alegría en nuestra alma, como la nieve, y así nos blanquea».

José Jiménez Lozano. Impresiones provinciales. Cuadernos 2010-2014 (2015). Almería: Confluencias, 2015; 168 pp.; ISBN: 978-84-944413-4-9. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 7 de diciembre de 2014

Tenía en mis listas hace tiempo, y leí hace poco, Sobrevivir para contarlo, una narración del genocidio de Ruanda contada por Immaculé Ilibagiza, una mujer tutsi que tenía 22 años en 1994, cuando comenzó la persecución y el exterminio de los tutsis por parte de los hutus. Y veo ahora, cuando acabo de terminarlo, que se acaba de publicar otra edición en castellano titulada Mi viaje hacia el perdón.

En su relato pone primero en antecedentes al lector: habla de su familia, de sus estudios, y de cómo llegó el estallido de la tragedia. Habla después de la muerte de sus padres, de todos sus hermanos menos uno (en otro país cuando todo sucedió), y de familiares y amigos; y los meses que pasó encerrada en un baño de la casa de un pastor hutu, escondiéndose junto con otras siete mujeres. La tercera parte cuenta qué sucedió después de la guerra y la reconstrucción de su vida.

Es un testimonio poderoso, tanto por las descripciones que se hacen de las atrocidades que la narradora presenció o conoció, como por la forma en que cuenta cómo pudo sobreponerse, y luego perdonar, gracias a su fe y su trato con Dios. Esto, que cuenta con sencillez, está formulado a veces con expresiones que, como ella misma señala, provocan protestas en quienes la oyen: en unos porque no son capaces de ver las cosas como ella las ve y en otros porque no comprenden su actitud de perdón.

Las deficiencias narrativas, y supongo que las de traducción de la edición que yo he leído, quedan en segundo plano ante la enorme fuerza de la historia y de los sufrimientos de la autora y su pueblo.

Immaculé Llibagiza y Steve Erwin. Sobrevivir para contarlo. El coraje de una mujer durante el genocidio de Ruanda (Left to Tell: Discovering God Amidst the Rwandan Holocaust, 2006). Barcelona: Sabai Media, 2010; 285 pp.; DVD incluido; trad. de Nuria Burgell; ISBN: 978-84-937254-4-0. Otra edición, titulada Mi viaje hacia el perdón, en Madrid: Palabra, 2014; 288 pp.; col. Palabra hoy; trad. de Felicitas Santiago; ISBN: 978-8490611081. [Vista de esta edición en amazon.es]

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viernes, 28 de noviembre de 2014

Como dije al hablar de Adiós a todo eso, ahora le toca el turno a Memorias de un oficial de infantería, el segundo de los tres libros autobiográficos de Siegfried Sassoon. El narrador es él mismo bajo el nombre de George Sherston y Robert Graves aparece llamándose David Cromlech. Abarca sólo los años 1916 y 1917: unos meses en una escuela militar, su segunda estancia en el frente de Francia, sus heridas después de un cañoneo artillero, su convalecencia posterior en Inglaterra, su carta en protesta contra la guerra y las gestiones que hizo David (Graves) para evitar su condena.

Es una narración cuidadosa y detallista. El narrador sabe que la mayoría de las cosas que cuenta no atraerán a los lectores: «recuerdo que una tarde fui a darme un baño caliente (…). Tal vez a nadie le interese demasiado que yo recuerde que me di un baño, pero fue un buen baño, y es mi propia historia la que intento contar, y como tal debe ser tomada». Sabe también que su obra no es más que «un intento de describir los efectos que esa guerra ejerció sobre un joven bastante retraído», y que sus pensamientos críticos del momento no eran del todo justos pues, afirma, «lo que hacía era generalizar intuitivamente» y no «podía ver más allá de la propia experiencia».

Pero, dicho esto, su obra tiene fuerza: porque buena parte de sus quejas son justas y porque su narración tiene una gran calidad y una punzante ironía de fondo. Por ejemplo, no tiene desperdicio la descripción de «la elocuencia homicida» del mayor que les instruía en la escuela militar y el comportamiento del sargento que, «armado de un rifle con bayoneta ilustraba los feroces aforismos del mayor». Además, el libro también contiene retazos de las conversaciones del narrador con Graves sobre literatura inglesa: «muchas de las sutiles opiniones de mi amigo eran tan redondas, y tan evanescentes, como los anillos de humo que exhalaba con tanta maestría». Y los interesados en el autor y en el impacto de la guerra, en él y en muchos, pueden leer también los poemas de Contraataque, que Sassoon escribió cuando estaba convaleciente.

Siegfried Sassoon. Memorias de un oficial de infantería (Memoir of an Infantry Officer, 1930). Madrid: Turner, 2002; 308 pp.; col. Armas y Letras; trad. de Mirta Rosenberg; ISBN: 84-75006-562-7. [Vista del libro en amazon.es]
Siegfried Sassoon. Contraataque (Counter-Attack and Other Poems, 1918). Santander: El desvelo, 2011; 111 pp.; col. Última Thule; trad. y prólogo de Eva Gallud Jurado; ISBN: 978-84-937533-9-9. [
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GravesAdiosTodo.JPG
viernes, 21 de noviembre de 2014

Cuando leí Poemas de guerra, de Wilfred Owen, anoté que debía leer Adiós a todo eso, de Robert Graves, y los poemas y la autobiografía de Siegfried Sassoon.

Adiós a todo eso es un relato autobiográfico escrito cuando su autor tenía 34 años. El título indica, entre otras cosas, el momento en el que Graves, después de su divorcio, dejó Inglaterra para irse a vivir a Mallorca. Recuerda su infancia, su vida escolar, sus experiencias de combate durante la primera Guerra Mundial, sus comienzos literarios como poeta —«siempre un proceso penoso de correcciones continuas, corrección sobre corrección, y una fuente persistente de insatisfacción»—, su primer matrimonio, su trato con algunos escritores —como Thomas Hardy, John Buchan, Walter de la Mare y otros— y, por último, su trabajo como profesor de literatura inglesa en la recién fundada Universidad Real Egipcia, de El Cairo, donde conoció, aunque no lo cita por su nombre, a Taha Husein, «el profesor ciego de árabe, uno de los pocos egipcios con un amplio prestigio como orientalista».

La parte más extensa del libro, la de más influencia social y la que a mí más me ha interesado, es la que narra su participación en la guerra. Graves era un soldado valiente que, con solo veinte años, fue promovido a capitán, pero los acontecimientos que vivió —las bajas entre sus amigos y compañeros, la torpeza de sus superiores, el ambiente agresivamente patriotero en la opinión pública…— le hicieron adoptar actitudes de fuerte rechazo. Así, cuenta cómo «Inglaterra nos resultaba extraña a los soldados repatriados. No podíamos comprender la histeria bélica que se extendía enloquecidamente por todo el país. Los civiles hablaban un lenguaje que nos resultaba ajeno; era el lenguaje de los diarios. Me di cuenta de que cualquier conversación seria con mis padres era del todo imposible».

También se detiene Graves a contar su amistad con el poeta Siegfried Sassoon, nueve años mayor que él, un oficial condecorado por sus acciones de guerra pero que, cuando estaba convaleciente de sus heridas, envió una carta a sus superiores condenando la innecesaria prolongación de la guerra. Fue Graves quien hizo las gestiones para que un tribunal médico declarase que Sassoon estaba enfermo, bajo los efectos de un fuerte shock, y evitase así su condena por un tribunal militar. Todo esto también lo cuenta Sassoon en sus memorias, que pondré aquí dentro de unos días.

Robert Graves. Adiós a todo eso (Good-bye to all That, 1929 y 1957). RBA, 2010; 400 pp.; col. Narrativas; trad. de Sergio Pitol; ISBN: 978-8498676945. [Vista del libro en amazon.es]


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OzAmorOscur.JPG
viernes, 14 de noviembre de 2014

Fue una buena experiencia lectora del verano pasado la de abordar, después de las memorias familiares de Talese, las de Amos Oz tituladas Una historia de amor y oscuridad, tan diferentes. Ambas se parecen en que Talese y Oz reconstruyen bien la historia de sus abuelos, padres y tíos, en sus lugares de origen y en su nueva tierra. Sin embargo, Talese, con su talante de periodista, construye una gran narración que se ciñe bien a los datos que conoce y no se dispersa, mientras que Amos Oz, con sus estructuras mentales de poeta y escritor, no sólo aporta los datos que tiene sobre sus padres y familiares, sino que, a veces, se detiene a considerar posibilidades no cumplidas o se alarga con descripciones de todo tipo de cosas.

Por otro lado, la narración de Oz es mucho más extensa y tiene varios hilos más: uno, que habla mucho de sí mismo cuando era niño, de su afición a la lectura, y de cómo fue naciendo su vocación literaria; otro, acerca de su maduración personal y sus relaciones con sus padres y familiares; otro más, el del ambiente tan excepcional del Israel previo y posterior a la guerra de 1948, para mí el aspecto más interesante de toda su historia. Además, el relato se amplía e ilumina con sucesos muy posteriores a su infancia que, de un modo u otro, enlazan con algo de aquella época. Hay que añadir también que comprender bien la obra de Oz requiere conocer un poco la historia del pueblo judío, del movimiento sionista y sus principales representantes, de la historia de los comienzos del Estado de Israel y de quienes fueron sus primeros gobernantes.

Para muchos será un libro excesivo: demasiadas cosas, todas mezcladas, con multitud de referencias literarias e históricas. El autor lo sabe pues confiesa, en su narración, que «debería ceder un poco y suprimir algunos acontecimientos (…): son incidentes bastante aburridos, y además no aportan nada al desarrollo de la historia. ¿Aportan? ¿Desarrollo? Pero si aún no sé lo que puede aportar algo al desarrollo de la historia, porque aún no tengo ni la más remota idea de adónde quiere ir esta historia, ¿y por qué necesito aportaciones? ¿O desarrollo?». Por otro lado, el autor termina contando cosas dolorosas de su vida familiar y de sus padres que, según afirma, nunca había dicho antes: el libro tiene algo, por tanto, de confesión y de intento de ver las cosas con más perspectiva.

Uno de los aspectos que me han interesado más son los que conectan con el mundo que Oz retrata en sus novelas infantiles Una pantera en el sótano y La bicicleta de Sumji. Por ejemplo, señala que «era un niño obsesionado por la historia. Se me ocurrió corregir los errores de los jefes militares del pasado: renové, por ejemplo, la gran rebelión judía contra los romanos, salvé Jerusalén de la destrucción a manos de las tropas de Tito, trasladé el frente de batalla al campo enemigo, llevé a las hordas de Bar Kokba hasta las murallas de Roma, conquisté al asalto el Coliseo y puse una bandera hebrea en la colina del Capitolio. Para ello hube de trasladar la brigada judía del ejército británico a la época del Segundo Templo, y disfruté del daño que dos ametralladoras podían infligir a las magníficas legiones de Adriano y de Tito; sus nombres sean borrados. Un avión ligero, un único Piper, puso al arrogante Imperio romano de rodillas. La desesperada batalla de los defensores de Masada la convertí en una total victoria judía con ayuda de un mortero y algunas granadas de mano. Y, de hecho, ese extraño impulso que tenía de pequeño, el deseo de darle una segunda oportunidad a lo que no tenía ni tendría nunca una segunda oportunidad, es uno de los motores que mueven aún hoy mi mano, cada vez que me pongo a escribir una historia».

Amos Oz. Una historia de amor y oscuridad (2002). Madrid: Siruela, 2010, 7ª impr.; 644 pp.; col. Nuevos Tiempos; trad. de Raquel García Lozano; ISBN: 978-84-7844-792-3. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 31 de octubre de 2014

Los hijos es un libro de memorias familiares de Gay Talese. Es una gran narración en la que Talese habla, sobre todo, de sus abuelos y sus padres, pero también de algunos hermanos y primos más cercanos a sus padres. Se compone así un buen panorama de la vida que llevaron, tanto en su tierra de origen, Maida, Calabria, como en los países a los que fueron emigrando, Estados Unidos y Francia. La historia termina durante la segunda Guerra Mundial, con una escena de gran intensidad, cuando el narrador tiene unos doce años de edad y es un entusiasta enorme de las maquetas de aviones, y su padre, un sastre conocido en su ciudad de Ocean City, Nueva Jersey, recibe la noticia del trágico bombardeo aliado de Montecassino.

El autor desciende a muchos detalles en algunos casos —se ve que cuenta con material de primera mano, tanto recuerdos orales de sus familiares como documentos y diarios— y, según la situación lo requiere, también se detiene a explicar el contexto histórico del momento. Por supuesto, se centra más en las vidas de su padre y de su madre, aunque tiene mucha relevancia un primo de su padre, Antonio, que fue un sastre afamado en París. En una nota final Talese indica que tardó diez años en terminar su libro y que dedicó mucho tiempo «a entrevistas a gente en Europa y los Estados Unidos; a leer sobre la emigración italiana y sobre los gobiernos de los que huían los emigrantes». El resultado final es un fresco histórico muy ameno en el que, aparte de una gran abundancia de detalles de todo tipo, se trata bien el dolor profundo de la emigración, tanto entre quienes permanecen como entre quienes se van.

Además, las relaciones entre padres e hijos que son el tejido de la historia contienen muchos momentos inolvidables que a veces hacen eco unos en otros de generación en generación. Así, cuando el padre del autor, Joseph, que era un niño aún pero ya trabajaba en el taller de sastre de su abuelo, Domenico, este le riñó fuertemente:

«Joseph levantó la mirada y le interrumpió.
—Abuelo —suplicó—, ¡ha sido un error! ¡Ha sido el primer error grave que cometo! No he sido insubordinado. Simplemente no me he dado cuenta de que los pantalones estaban escondidos debajo de la tela que estaba cortando. Ha sido mi primer error después de muchas cosas buenas que he hecho y que nunca me has reconocido —ahora hablaba más fuerte, y aunque era consciente de que nunca se había mostrado tan directo con su abuelo, siguió con desesperación—: ¡Nunca estás contento! Nada de lo que hago es bastante bueno para ti. Siempre eres estricto y severo conmigo —ya sollozando, Joseph añadió—: Lo que pasa es que no me quieres...
Su abuelo permaneció en silencio. Esperó varios minutos a que Joseph dejara de llorar. Cuando habló, lo hizo con una voz totalmente desconocida.
—Te quiero —dijo con un tono más comprensivo de lo que Joseph había oído nunca—. Pero todavía no eres lo bastante mayor para comprender este amor. Confundes la crítica con la falta de amor. Pero es todo lo contrario. La gente que critica se preocupa por ti. Quieren que mejores. La gente a la que no le importas no tiene puestas grandes esperanzas en ti. Te aceptan como eres. Dejan que te relajes. Quieren que te conformes. Quien no te quiere —concluyó— te hará reír. Quien bien te quiere te hará llorar».

Gay Talese. Los hijos (Unto the sons, 1992). Madrid: Alfaguara, 2014; 752 pp.; trad. de Damià Alou; ISBN: 978-84-204-1654-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 26 de septiembre de 2014

Un altar para la madre,
de Ferdinando Camon, es un poderoso y aplaudido relato de corte autobiográfico traducido a muchos idiomas. El narrador, un hombre de ciudad, habla de la muerte de su madre y desgrana sus recuerdos al tiempo que cuenta la obstinación de su padre para construir, el solo, un altar en su memoria, un trabajo desesperado pues no tiene tiempo para terminarlo antes de la hora de la procesión en la que se utilizaría. El texto conmueve y resulta un elogio incondicionado a la bondad, como fuerza que salva el mundo, a los valores de un mundo rural afianzado en la fe católica, y al poder que la muerte tiene para que nos planteemos las cosas con más profundidad.

Así, el narrador afirma que el viejo mundo campesino de la tierra, el de su madre y su padre, «lo ha creado todo, el mío no tiene imaginación, no está hecho para superar la muerte porque no está hecho para conservar la vida porque no está hecho para las necesidades del hombre». Dice también que «se cree que la muerte es matanza y lucha. En cambio, la muerte es una tregua en la lucha a muerte que es la vida; en esa tregua uno puede mirar en derredor, y por fin comprende». Y elogia el empeño de su padre pues si «la muerte es tantas cosas: el silencio de una voz, separación para siempre, distancia sin fin», «el altar es una voz, es un puente, es una cercanía».

Ferdinando Camon. Un altar para la madre (Un altare per la madre, 1978). Barcelona: Minúscula, 2014; 135 pp.; col. Paisajes narrados; trad. de Miquel Izquierdo; ISBN: 978-84-941457-1-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 4 de abril de 2014

Pero ¿qué será de este muchacho? es un librito de memorias, escrito en el año 1981, en el que Heinrich Böll recuerda sus años escolares entre 1933 y 1937, los finales de su bachillerato. El título alude a la preocupación que tenían por él sus padres y amigos. Me ha resultado interesante por la soltura con la que Böll cuenta las cosas y por el panorama que describe, tan distinto al de otras obras sobre la época, y porque la condición de autor comprometido de Böll me atrae.

Sin embargo, está escrito con una voluntad irónico-crítica que le perjudica. Al principio Böll indica que, aunque es «desconfiado frente a las declaraciones autobiográficas, mías y de otros», y aunque su relato esté «cronológicamente embrollado», garantiza la atmósfera y la situación, y también los hechos que narra. Pero al leerlo es difícil no pensar que, cuando habla de la «aversión invencible» por los nazis, política y estética, que tanto él como su familia sentían entonces, sus juicios están muy condicionados por los acontecimientos posteriores. También es difícil no pensar que, al hablar de los pensamientos críticos que tenía entonces hacia determinados comportamientos de los católicos alemanes, no los esté viendo de acuerdo con la carga de toda la historia posterior y a la luz de sus posicionamientos actuales.

Estas reflexiones que yo al menos me hacía cuando pasaba las páginas creo que se deben al tono: no es tanto que el autor busque hacerse a sí mismo personalmente mejor de lo que era, que no es así, sino que todo suena como si quisiera reforzar su posición actual con un ¿veis como esto ya se veía venir?, ¿veis como ya nos dábamos cuenta? Naturalmente, puedo estar confundido, pero lo que aceptaría bien si fuera la recreación ambiental propia de una novela —como podrían ser Sin novedad en el frente o como Espada de honor—, no lo veo tan claro, y no lo acepto tan bien, en un relato autobiográfico.

Heinrich Böll. Pero ¿qué será de este muchacho? (Was soll aus dem jungen Bloss werden? oder: Irgendwas mit Büchern, 1981). Barcelona: Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2013; 99 pp.; trad. de Joan Fontcuberta; ISBN: 978-84-15472-39-1 y 978-84-672-5208-8.
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sábado, 1 de febrero de 2014

En una nota sobre La línea de sombra explica Joseph Conrad sus intenciones así: «El propósito de este escrito era presentar ciertos hechos que sin duda guardan relación con el tránsito de la despreocupada y ferviente juventud a esa otra etapa más consciente y dolorosa que es la madurez. (…) Escribí este libro en los tres últimos meses del año 1916. De todos los temas de los que un escritor de novelas es más o menos consciente, era éste el único que en ese momento me hallaba en condiciones de tratar. La hondura de la emoción que me embargaba tal vez se exprese mejor que nada subrayando la dedicación, que ahora se me antoja desmedida, con que me entregué a la tarea, como un ejemplo más del aplastante poder que sobre nosotros ejercen las emociones. (…) Es ciertamente una experiencia personal, vista con la necesaria perspectiva mental y teñida por ese afecto que uno no puede dejar de sentir por determinados acontecimientos de la propia vida de los que no hay ninguna razón para avergonzarse. Dicho afecto es tan intenso (me refiero aquí a la experiencia universal) como lo es la vergüenza, casi la angustia, con que uno recuerda ciertos incidentes desafortunados, incluso algunos errores gramaticales, que ha perpetrado en el pasado. La perspectiva tiene en la memoria el efecto de agrandar las cosas, al aparecer aisladas sus partes esenciales de su entorno cotidiano de detalles insignificantes, borrados, como es natural, por el paso del tiempo».

Joseph Conrad. Nota del autor: los prólogos de Conrad a sus obras (Conrad’s Prefaces to His Works, 1937). Segovia: La Uña Rota, 2013; 237 pp.; traducciones de Catalina Martínez Muñoz, Eugenia Vázquez Nacarino y Miguel Martínez-Lage; con un ensayo de Edward Garnett; ISBN: 978-84-95291-27-1.
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domingo, 15 de diciembre de 2013
 
Los libros de memorias que respiran rencor o rechazo hacia la sociedad en la que vivieron sus autores, o hacia personas que, supuestamente, son culpables de tantos problemas como tuvo, e incluso tiene ahora, el escritor, cada vez más me dejan la impresión de falta de madurez, de personas que no han sabido crecer. He pensado en esto, no por primera vez pero sí con nuevos matices, al leer este comentario del Papa Francisco cuando era cardenal de Buenos Aires:

«Nos hace falta decirnos bien las cosas que nos dieron nuestros mayores: bendecir nuestro pasado, no maldecirlo. Lo que fue pecado e injusticia también necesita ser bendecido con el perdón, el arrepentimiento y la reparación. Y lo que fue bueno, necesita ser bendecido con el reconocimiento y la acción de gracias que sabe valorar la vida que se nos dio, la tierra que recibimos. Bendecir el pasado es hablar bien de Dios, de nuestros padres y de nuestros abuelos. Agradecer lo que nos dieron aun con sus imperfecciones y pecados es ser bien nacidos. Pero es mucho lo recibido. El que maldice para atrás es porque seguramente está planeando sacar una ventaja en el presente o en el futuro, una ventaja que no será bendición para otros».

Jorge Bergoglio. El verdadero poder es el servicio. Madrid: Publicaciones claretianas, 2013; 368 pp.; ISBN: 978-8479664343.

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viernes, 15 de febrero de 2013

En Nada que temer, un libro de recuerdos familiares y de sus actitudes ante Dios y la muerte, habla Julian Barnes de la falacia terapéutico-autobiográfica: «Algo malo sucede en tu vida o, en el caso de la muerte, deberá suceder; escribes sobre ello y te sientes mejor al respecto. Veo que esto funciona en muy contadas, locales circunstancias. Jules Renard, Diario, 26 de septiembre de 1903: “La belleza de la literatura. Pierdo una vaca. Escribo sobre su muerte y hacerlo me reporta lo bastante para comprar otra vaca”. Pero, ¿esto funciona en algún sentido más amplio? Quizá en ciertos tipos de autobiografía: tienes una infancia dolorosa, nadie te quiere, escribes sobre ella, el libro es un éxito, ganas un montón de dinero y la gente te quiere. ¡Una tragedia con final feliz! (Aunque por cada historia parecida de Hollywood, debe de haber unas cuantas como ésta: tienes una infancia dolorosa, nadie te quiere, escribes sobre ella, el libro es impublicable, y sigue sin quererte nadie.) Pero ¿en la narrativa, o en cualquier otro arte transformador? No veo por qué debería serlo ni por qué el artista debería querer que lo fuera».

Julian Barnes. Nada que temer (Nothing to Be Frigthened Of, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 300 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Jaime Zulaika; ISBN: 978-84-339-7526-3.

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viernes, 14 de agosto de 2009

Nabokov: 
«El mal autor de memorias retoca el pasado y esto da por resultado una fotografía con tintes azules o sombras rosadas tomada por en extraño para consolar desgracias sentimentales. El buen autor de memorias, por otra parte, hace lo posible por conservar la mayor veracidad del detalle. Una de las formas en que logra su intento es hallando el punto preciso de su tela para colocar el parche preciso de color recordado».

Frame: «Escribir una autobiografía, que generalmente se considera mirar atrás, también puede ser mirar a través de, porque el paso del tiempo da al ojo propiedades de rayos X. Ocurre también que el tiempo pasado no es tiempo ido, sino tiempo acumulado, y el sujeto se parece a ese personaje del cuento al que por el camino van uniéndose otros personajes, ninguno de los cuales puede ser separado de los demás ni del sujeto, y algunos llegan a adherirse con tanta fuerza que su presencia causa un dolor físico. Agréguense a los personajes todos los hechos, pensamientos y emociones y se obtiene una masa de tiempo que unas veces es un amasijo viscoso y otras, una piedra preciosa más grande que los planetas y las estrellas».

Vladimir Nabokov. Opiniones contundentes (Strong opinions, 1973). Madrid: Taurus, 1977; 179 pp.; col. Persiles; trad. de María Raquel Bengolea. ISBN: 8430620990.
Janet Frame. Un ángel en mi mesa (An Angel at my Table, 1989; edición que reúne tres libros anteriores: To the Is-Land, 1982; An Angel at my Table, 1984; The Envoy from Mirror City, 1985). Barcelona: Seix Barral, 2009; 475 pp.; col. Biblioteca Formentor; trad. de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya, Ana Mª de la Fuente y Elsa Mateo Edición; ISBN: 978-84-322-2839-1.

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sábado, 27 de diciembre de 2008

A la «intromisión de lo cinematográfico y lo novelesco en nuestras vidas diarias creo que pueden atribuirse algunos rasgos peculiares de nuestra forma moderna de recordar. No miramos a nuestro alrededor igual que miraban quienes no conocieron las imágenes veloces del cine. Tampoco recordamos exactamente igual que ellos. De tantos flashbacks como hemos visto en las películas, ¿no habremos llegado a ver nuestra vida pasada en escenas de flashback? Uno tiende a ver no lo que tiene delante de los ojos sino aquello que está dispuesto a ver y adiestrado para distinguir. Uno suele encontrar los recuerdos que previamente buscaba, y creyendo ser un memorialista está actuando como un fabulador».

Antonio Muñoz Molina. Pura alegría (1998). Madrid: Alfaguara, 2008; 203 pp.; ISBN: 978-84-204-7368-0.

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sábado, 3 de febrero de 2007

Después de notas como «Yo fui emperador...» y «A quién hacer más caso», puede ser conveniente señalar cuánta diferencia hay entre libros como el mencionado ayer, y como algunos más que citaré, y otros de memorias rencorosas con el pasado escritos por gente tan afectada por traumas infantiles, reales o imaginarios, verdaderas enfermedades biográficas. Por ejemplo, la de quien fue mordido por un perro siendo pequeño, y sostiene que todos los perros son iguales, y además pretende imponer unas restricciones excesivas a quien desea tenerlos. O, más aún, la de quien tiene un trauma de infancia no real sino reconstruido, una especie de sufrimiento a posteriori sobre cosas que nunca fueron un verdadero problema.

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viernes, 24 de febrero de 2006

Un «obstáculo en el camino de quienes pretenden escribir acerca de su infancia es la práctica, casi inconsciente, de borrar y tachar las líneas indecorosas, de retocar y colorear, de ensombrecer y falsear el cuadro. El pobre y desdichado autobiógrafo desea, como es lógico, que su personalidad resulte tan interesante para el lector como para él mismo».

William H. Hudson. Allá lejos y tiempo atrás (Far Away and Lond Ago, 1918). Barcelona: El Acantilado, 2004; 325 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96136-46-9.

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