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Notas del archivo 'Enfoques (futuro)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 26 de abril de 2013

Zygmunt Bauman: «Nunca he encontrado un modo de vida que careciera de estos dos rasgos: oportunidades y amenazas. Llevo diez años luchando por evaluar lo que es el actual modo de vida —la "modernidad líquida", una sociedad de consumidores individualizada y sin regulaciones, formada en un escenario crecientemente globalizado— y puedo decir que no es una excepción a lo apuntado anteriormente.

En consecuencia, aunque hay muchos motivos para la preocupación, no hay ninguno para la desesperación. (…) Si es verdad (y lo es) que cada conjunto de circunstancias contiene también algunas oportunidades junto con sus peligros, también es verdad que cada una de estas circunstancias está tan preñada de rebelión como lo está de conformismo. No olvidemos nunca que cada mayoría comenzó por ser una minúscula minoría, invisible e imperceptible. E incluso los robles centenarios han crecido partiendo de unas bellotas absurdamente diminutas…»

Zygmunt Bauman. Sobre la educación en un mundo líquido. Conversaciones con Riccardo Mazzeo (On Education, 2012). Barcelona: Paidós, 2013; 151 pp.; col. Estado y sociedad; trad. de Dolores Payás Puignarnau; ISBN: 978-84-493-2811-4.

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domingo, 30 de diciembre de 2012

Josef Pieper: «Esperar no sólo significa esperar en el futuro algo bueno para quien espera, sino también tener un motivo para tal expectativa. La razón de esperar, si realmente la hay, no reside, como lo deseado, en el futuro; ha debido anteponerse ya y presuponerse a toda esperanza. Yo no puedo esperar que me sea dado un motivo para esperar. Percatarme de tal motivo, de tal fundamento, de mi esperanza, no lo puedo lograr sino recordando tal fundamento en la reflexión y en la contemplación.

El futuro sin punto de partida es vaciedad. Y una esperanza sin fundamento, sin un motivo que la preceda y nos preceda, podría muy bien llamarse desesperación».

Josef Pieper. «¿Futuro sin punto de partida y esperanza sin fundamento?», La fe ante el reto de la cultura contemporánea. Sobre la dificultad de creer hoy (Über die Schwierigkeit heure zu glauben, 1974). Madrid: Rialp, 2000; 281 pp.; trad. de Juan José Gil Cremades; ISBN: 84-321-3294-2.

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domingo, 14 de octubre de 2012

En la misma línea de lo que se apunta en Desconfianza en el futuro va esta cita de John Lukacs: «Del futuro no podemos saber mucho; nos limitamos a proyectar lo que vemos en el presente, pero gran parte de eso que proyectemos no se hará realidad. Otra parte sí. No es lo mismo anticipar que profetizar: para lo primero hace falta tener un conocimiento serio, a veces hasta inspirado, de algunos aspectos del pasado; gracias a ello, algunos podemos decir que tal cosa no va a suceder; pero también que puede que tal otra, mira por dónde, sí suceda. Los movimientos de la historia no son mecánicos, ni automáticos, ni pendulares. Cuando llega a uno de los extremos, el péndulo no vuelve atrás, sino que va en una dirección diferente».

John Lukacs. El futuro de la Historia (The Future of History, 2011). Madrid: Turner, 2011; 158 pp.; col. Noema; trad. de María Sierra; ISBN: 978-84-7506-446-8.

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domingo, 10 de abril de 2011

Borges:
 «Pienso que hay eternidad en la belleza; y esto, por supuesto, es lo que Keats tenía en mente cuando escribió “A thing of beauty is a joy forever” (“Lo bello es gozo para siempre”). Aceptamos este verso, y lo aceptamos como una especie de verdad, como una especie de fórmula. Alguna vez tengo el coraje y la esperanza suficientes para pensar que puede ser verdad: que, aunque todos los hombres escriben en el tiempo, envueltos en circunstancias y frustraciones temporales, es posible alcanzar, de algún modo, un poco de belleza eterna».

Jorge Luis Borges. «Credo de poeta», en Arte poética. Seis conferencias (This Craft or verse, conferencias pronunciadas en 1967). Barcelona: Crítica, 2005; 181 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Justo Navarro; prólogo de Pere Gimferrer; edición, notas y epílogo de Calin-Andrei Mihailescu; ISBN: 84-8432-603-9.

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domingo, 8 de marzo de 2009

He leído con interés La historia no ha terminado, de Claudio Magris, una recopiliación de artículos nacidos en ocasiones distintas, en los que, afirma el mismo autor, «se habla de laicidad, liberada del equívoco que la contrapone incorrectamente a la fe; de la necesidad y de los límites del diálogo entre culturas; de las relaciones entre el Estado y la Iglesia, o entre ética y derecho; del espíritu religioso; de la creciente regresión irracionalista de la ciencia ante las mutaciones extraordinarias que parecen transformar la identidad y naturaleza misma del hombre; de la involución política que en los últimos años ha puesto y está poniendo en peligro los valores elementales de la democracia y el liberalismo; de violencia y de guerra, de la unidad nacional, de los micronacionalismos viscerales y de los horizontes europeos...».

Una consideración, entre otras que me han gustado, es esta: «Una sociedad liberal le tiene que permitir a un individuo casi todo —sus ideas, sus placeres, sus deseos, sus manías—, y prohibirle categóricamente las pocas cosas que pueden hacer de él un carnicero, ya sea grande o pequeño, de otros individuos; esas acciones violentas deben ser convertidas en tabú, arrancadas de cuajo antes de que puedan presentarse como opciones concretas ante nuestras mentes. Dostoievski veía el surgimiento de un mundo terrible en el que “todo está permitido”; y cuando todo está permitido, todo acaba por suceder. Obviamente incluso el autor de un delito, que es un hombre que nunca puede reducirse sólo al crimen cometido, ha de ser tratado con respeto y dignidad, tutelado en sus derechos y defendido de todo posible desquite, del mismo modo que habría que defender a Mengele de una multitud que quisiera lincharlo. Pero no hay que confundir el respeto al delincuente con una vaga disposición a respetar su delito —de por sí estúpido, como todo delito—. El “todo está permitido” parece dar imperceptibles pasos adelante, insinuar funestas expansiones posibles».

Claudio Magris. La historia no ha terminado. Ética, política y laicidad (La storia non è finita, 2006). Barcelona: Anagrama, 2008; 299 pp.; col. Argumentos; trad. de J. A. González Sainz; ISBN: 978-84-339-6281-2.

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sábado, 29 de diciembre de 2007

Una observación del Padre Brown muy orientativa: «Los hombres han podido establecer una especie de nivel para el bien. Pero, ¿quién ha sido capaz de establecer el nivel del mal? Ese es un camino que baja y baja incesantemente». No hay más que leer los periódicos.

G. K. Chesterton. En La forma equívoca, El candor del Padre Brown.

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sábado, 1 de septiembre de 2007

Cuando cuenta su pasado bajo el régimen comunista, Adam Zagajewski explica que también él se vio atrapado por la propaganda y que «algunos axiomas del pérfido sistema los consideraba al principio del todo evidentes». Pero, «sobre todo gracias a la ayuda de otros, de mis padres, de autoridades de la generación anterior, de los grandes poetas de mi lengua, de los inteligentes escritores de la emigración y de un puñado de valientes contemporáneos que vivían en el país, salí de aquel paso entero, o casi.

La actividad de varias generaciones que colaboraron entre sí dio como resultado que, con el transcurso del tiempo, aquel sistema, que parecía tan fuerte, no sólo no pudiese continuar su invasión del pensamiento, sino también que a cada paso fuese perdiendo su razón de ser; sus cimientos se fueron desmoronando, se hicieron cada vez más endebles, hasta que al fin se arruinaron por completo, como uno de esos frágiles palacios construidos a base de cerillas por un cartero jubilado o por un muchacho veinteañero.

No son los verdugos quienes escriben la historia, no es Goebbels ni Mólotov, sino la gente honesta; a ella pertenece la última palabra. Aquello en lo que era difícil creer a finales de la década de los años treinta o a principios de la de los cuarenta, cuando casi toda Europa estaba envenenada por falsos ideales, tomó cuerpo: los crímenes y las mentiras a las que entonces sirvieron también algunos de los europeos más inteligentes, hoy, a excepción de un grupito de excéntricos y de idiotas, no encuentran ya defensores.

Incluso aquellos intelectuales y artistas que empezaron por servir a la atroz civilización soviética, pronto sufrieron una dramática transformación y se convirtieron en sus críticos radicales. En vez de condenarlos por su temprana intoxicación juvenil, prefiero, más bien, admirar la grandeza de espíritu de la naturaleza humana, que ofrecía a personas muy jóvenes y capaces aún una segunda oportunidad, la posibilidad de un “come back” moral. Y, sobre todo, vislumbro aquí la extraordinariamente paciente y constante labor del bien, que incluso en este siglo en general tan cruel no quedó del todo aniquilado. ¡El bien también existe!, no sólo el mal y el diablo y la estupidez. El mal es más enérgico, puede actuar como un relámpago, como la “blitzkrieg”; al bien, en cambio, le gusta, desconcertantemente extraño, demorarse. En muchos casos, esa fatal desproporción acarrea muchas pérdidas que jamás pueden recuperarse. ¡Quién no recuerda aquella expresión, que sonaba a sarcasmo, utilizada después de 1956, de la «rehabilitación» de las víctimas del terror!

Pero el bien regresa, tranquilamente, sin prisa, como esos caballeros-detectives de las antiguas novelas policíacas, que flemáticos, vestidos con elegancia y fumando una pipa se presentan en el lugar del crimen al día siguiente de haberse cometido.

Vuelve con lentitud —como si fuese él el Único que no dispusiese de ningún vehículo moderno, ni de coche, ni de avión, ni de cohete, ni siquiera de una bicicleta—, pero, con todo, vuelve, sin prisa como un peregrino, inexorable como el alba. Por desgracia, vuelve demasiado despacio, como si no quisiera recordar que nosotros estamos trágicamente enredados en el tiempo, que tenemos muy poco tiempo. El bien se comporta con nosotros cual si fuésemos inmortales; él mismo es, en cierto sentido superficial y adusto, inmortal y, según parece, nos atribuye esa misma propiedad, desdeñando así el tiempo y la carne, nuestro envejecer y nuestra desaparición. El bien es mejor que nosotros».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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