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Notas del archivo 'Chesterton (biografías sobre él)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 20 de julio de 2018

Uno de los motivos por los que me interesó mucho el Breviario de saberes inútiles es que Simon Leys es un buen conocedor de Chesterton. En ese libro tiene un artículo titulado «Chesterton, el poeta que baila con cien piernas», expresión del mismo Chesterton en una entrevista para referirse a Domingo, el protagonista de El hombre que fue jueves y que se refiere a la dificultad de mantener enfocada su imagen para poder hacer un buen retrato suyo.

Habla de que Chesterton era un poeta como son poetas los niños: «el don del poeta (que es también el don del niño) es la capacidad para conectar con el mundo real para mirar las cosas embelesado». Explica cuánto valoraba Chesterton lo que puede hacer un aficionado frente a un profesional pues, de acuerdo con un principio básico de la estética clásica china, en la que Leys es especialista, puedes ser profesional si eres abogado, sepulturero, dentista, etc., pero no si eres poeta, marido o esposa, padre o madre... Recuerda la precisión de los análisis chestertonianos, lo certeras que se han demostrado sus advertencias proféticas, la pertinencia que siguen teniendo muchos comentarios suyos frente a los que hicieron la mayoría de sus contemporáneos. Termina, con acierto, apuntando cómo «su abrumador sentimiento de asombro y gratitud precedió en muchos años a su conversión religiosa».

Me gustó también leer a Leys, en un artículo titulado «Joseph Conrad y “El agente secreto”», lo sorprendente que resulta que Conrad y Chesterton no tuvieran nunca ningún trato ni se mencionasen mutuamente (salvo una referencia ocasional en una carta de Conrad, dato que yo no tenía). Es una consideración que no escribí en Gramática de la gratitud —donde sí señalé qué curioso es que nunca tratase sobre Dostoievski—, porque me había referido a ella en Formas de la felicidad: la única conexión que yo conocía era que, cuando Chesterton falleció, la viuda de Conrad le escribió a la de Chesterton diciéndole que a su marido le hubiera gustado conocerle. Apunta Leys que si Chesterton se caracteriza por una «alegría solar», en su obra en general y en El hombre que fue jueves en particular, Conrad «en cuanto se aleja del mar se sumerge en una negra angustia (¿acaso no había observado él mismo que la paz de Dios, ese dios en el que no creía por otra parte, no comienza más que en alta mar a mil leguas de tierra firme?); El agente secreto se desarrolla íntegramente en Londres, megalópolis monstruosa, opresiva y crepuscular. El mar es allí invisible y, en la época, sus lectores no se lo perdonaron».

Simon Leys. «Chesterton, el poeta que baila con cien piernas» (Chesterton: The Poet Who Dances With a Hundred Legs, 1997) y «Joseph Conrad y “El agente secreto”» (Joseph Conrad et L’Agent secret, 2011), Breviario de saberes inútiles. Ensayos sobre sabiduría en China y literatura occidental (The Hall of Uselessness, 2011). Barcelona: Acantilado, 2016; 592 pp.; trad. de José Manuel Álvarez-Flórez y José Ramón Monreal; ISBN: 978-84-16748-07-5. [Vista del libro en amazon.es]

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OddieRomanceCh.jpg
viernes, 15 de junio de 2018

Otro de los libros que he tenido en cuenta para la nueva edición de Gramática de la gratitud (y, antes, para Un enamorado de la verdad), y que me sirvió para comprender (y espero que para explicar) mejor algunas cosas, fue el de William Oddie titulado Chesterton and the Romance of Ortodoxy. The Making of GKC 1874-1908.

Es un libro que ya tuvo en cuenta Ian Ker en su biografía pero que conviene conocer: yo lo leí después del de Ker y me ayudó a entender la mente de Chesterton. Es una biografía que abarca desde su nacimiento hasta el año 1908 y la publicación de Ortodoxia, el libro con el que Chesterton declaró abierta e inconfundiblemente lo que creía —debido a su variada producción y a su tono humorístico muchos tenían una impresión falsa sobre él—, y el libro en el que hacía una narración completa y mostraba el fin de su proceso de desarrollo intelectual y de autodescubrimiento —nada común por su autodidactismo, aunque sin duda fueron muchos los apoyos externos que tuvo—. El libro está dividido en dos partes, cada una de las cuales tiene cuatro capítulos, y sigue ordenadamente la evolución intelectual y espiritual de Chesterton. En cada etapa el autor señala sus momentos claves, cita los documentos que los acreditan, e insiste varias veces en la importancia de la cronología para entender las cosas.

Es, también, el primer libro en su género: en su introducción Oddie señala la sorprendente ausencia de trabajos académicos previos sobre Chesterton y el menosprecio hacia él por parte de quienes más deberían valorarlo: en el Oxford Handbook of English Literature and Theology de 2007 no aparece citado ni siquiera con un breve párrafo. El autor, que trabajó directamente con los muchos documentos chestertonianos que habían sido catalogados y ordenados en años anteriores —diarios, cuadernos de notas juveniles, testimonios, borradores de publicaciones y publicaciones, etc.— y que se conservan hoy en la British Library—, precisa las afirmaciones inexactas de algunos biógrafos o señala puntos a los que no dieron la importancia que tenían. Incluso corrige o matiza al mismo Chesterton pues explica que, en su Autobiografía, no es del todo y siempre fiable: por un lado, Chesterton tenía la inclinación a presentarse a sí mismo con menos cualidades de las que tenía; por otro, algunos juicios sobre sí mismo del final de su vida no se corresponden del todo con sus propios testimonios en el pasado.

William Oddie. Chesterton and the Romance of Ortodoxy. The Making of GKC 1874-1908 (2008). New York: Oxford University Press, 2008; 401 pp.; ISBN: 978-0-19-958201-3. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 8 de junio de 2018

Un libro que me ha hecho entender algunos aspectos de la personalidad de Chesterton, y que he utilizado en la nueva edición revisada y ampliada de Gramática de la gratitud, es The Woman Who Was Chesterton, de Nancy Carpentier Brown.

Es una biografía de la esposa de Chesterton, Frances Blogg, que se apoya mucho en sus propios testimonios: unos procedentes de diarios suyos que se conservan, y otros, la mayoría, de la gran cantidad de cartas que escribió. Después de dos capítulos dedicados a los datos que se poseen de la familia de Frances y a su vida de soltera, los siguientes tratan, el tercero, de la vida del matrimonio en Londres hasta 1908; el cuarto, de su vida en Beaconsfield hasta la enfermedad grave de Chesterton en 1915; el quinto, de los viajes que hicieron en los años siguientes y del bautismo como católico de Chesterton en 1922; el sexto, del proceso de conversión a la fe católica de Frances; el séptimo, de lo que supuso la incorporación de Dorothy Collins como secretaria, chófer y ayudante para todo de Chesterton en 1926; el octavo, de los últimos años de la vida de Chesterton; el noveno, en el que figuran muchos poemas de Frances, de los dos últimos años de su vida; y el décimo, titulado «El destino de Mrs. Chesterton», recuerda los obituarios que se le dedicaron, recapitula sus méritos y, en particular, subraya que la obra de su marido fue posible gracias a ella.

La autora se dirige a quienes ya conocen mínimamente a Chesterton por lo que no se detiene a glosar los acontecimientos importantes de su vida más allá de lo que le afectaron a Frances. Habla con detalle de las desgracias que se sucedieron en su familia de sangre; del sufrimiento con el que vivió su infertilidad y de las operaciones a las que se sometió por ese motivo; de los dolores de columna y el insomnio que padeció durante años debidos a una leve cojera que se le diagnosticó muy tarde, etc. Recalca su atención permanente a su marido: a que fuera correctamente vestido, a que fuera puntual, a corregir su desaliño, a poner orden en sus cosas, etc. Debido al eco que, a la muerte de Frances, alcanzó el libro Los Chestertons, Carpentier subraya, una vez más, la falta de veracidad de las afirmaciones de Ada Chesterton sobre Frances. Otro punto que aclara bien es el de cuáles fueron las relaciones de los Chesterton con Dorothy Collins: de una gran confianza en todos los sentidos pero no, como se ha dicho a veces, como si fuera la hija que nunca tuvieron.

Frances queda perfilada como una persona culta, con aficiones literarias, que hablaba francés y alemán y, menos, italiano. Antes de casarse fue conferenciante y ensayista, ocupaciones que, después de su matrimonio, prácticamente abandonó. Sí continuó escribiendo poesía, mucha para niños. En su juventud se acentuó su religiosidad, algo que influyó en la de su futuro marido; también, como él, simpatizó con las ideas socialistas en sus años jóvenes y tenía una viva preocupación social. Fue una persona bondadosa, que sabía observar y escuchar con paciencia, y que siempre procuraba que los demás se sintieran cómodos. No le gustaba la fama y le pidió expresamente a su marido que no la mencionase en su Autobiografía. Sufría con el clima inglés, nuboso y lluvioso, y ansiaba el sol y el calor. A pesar de su fragilidad demostró una fortaleza y serenidad enormes cuando tuvo que afrontar situaciones difíciles, como fueron varias muertes trágicas en su familia o las enfermedades graves de su marido.

En el libro no hay informaciones nuevas respecto a lo que habían ya contado los biógrafos anteriores de Chesterton, pero la autora sabe hacer ver las cosas con una luz nueva y redimensionarlas mejor para que el lector comprenda el alcance del comentario que hizo Titterton sobre Frances indicando que era «la mejor mitad» de Chesterton. Así, cualquier conocedor de Chesterton, que sabe bien de su trato cordial con muchas personas, incluidas algunas, como Shaw o Wells, de trato difícil y distantes de su modo de pensar y de vivir, quizá no se ha parado a pensar en el papel que jugaron la bondad y amabilidad de Frances en que se mantuvieran esas amistades durante toda la vida: por ejemplo, fue Frances quien cuidó a la esposa de Wells durante una enfermedad. O, por ejemplo, apunta Carpentier que Frances no sólo era favorable al voto femenino, sino que también era amiga de algunas sufragistas importantes de la época, por lo cual queda claro que las combativas opiniones de Chesterton respecto a esa cuestión ni mucho menos estaban modeladas a partir de lo que pensaba Frances, tal como decían biógrafos previos.

Luego, la biografía explica bien que los Chesterton, cuando tuvieron claro que no podrían tener hijos, decidieron dar prioridad a su trato con niños: elegían compartimentos con chicos cuando viajaban en tren; planeaban continuamente actividades para diversión de los hijos de sus familiares, amigos y vecinos; invitaban a quienes conocían a pasar temporadas con ellos y entonces les leían libros, cantaban canciones y organizaban representaciones teatrales con ellos, actividades cuyo peso recaía en Frances principalmente, incluida la redacción y producción de las pequeñas piezas dramáticas. De hecho, fueron padrinos de unos veinticinco niños.

Nancy Carpentier Brown. The Woman Who Was Chesterton (2015). Charlotte (North Carolina): TAN Books, 2015; 306 pp.; prefacio de Dale Ahlquist; ISBN: 978-1505104783. Edición para Kindle, ACS books, 2015; ASIN: B013KT1MLI. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 28 de septiembre de 2013

G. K. Chesterton: A Biography, de Ian Ker, autor de un extenso libro sobre Newman, es la más extensa y documentada de todas las biografías que se han publicado hasta la fecha. El autor recoge, y hasta donde puede completa, la información contenida en biografías previas y en las memorias de quienes le conocieron. Corrige textos ya publicados al compararlos con los originales, usa periódicos y comentarios contemporáneos a los hechos, y emplea fuentes no manejadas antes, como diarios de la mujer de Chesterton y notas de Dorothy Collins. El resultado es un libro muy largo pues abundan los documentos a pesar de que Chesterton había destruido muchos papeles y su mujer, al morir él, hizo que se destruyeran más.

Como es lógico, Ker sigue los pasos de biografías anteriores. En especial, las de Maisie Ward. Algo que ella no había hecho era poner el acento en las conexiones de Chesterton con Newman, cosa que Ker hace aunque no tanto como, al menos yo, esperaba. En cualquier caso, en primer lugar subraya que ambos fueron conversos, polemistas con un dominio de la ironía fuera de lo común, y escritores de ficción y de no-ficción. Luego, que Chesterton tenía un conocimiento completo de Newman y sus obras. También recuerda el comentario que había hecho el padre de Maisie Ward, Wilfrid Ward, en la reseña que había publicado en su momento sobre Ortodoxia: si Newman había escrito una Gramática del Asentimiento la obra de Chesterton era una Gramática de la Gratitud.

Igual que hicieron antes otros, Ker se detiene a explicar las razones de las acusaciones de antisemitismo contra Chesterton y a poner en su sitio los falsos testimonios de las memorias de su cuñada. Dice al principio Ker que desea insistir en la enorme categoría de Chesterton como crítico literario, algo evidente para muchos pero insuficientemente reconocido en ámbitos académicos o, en general, por quienes se incomodan debido a su estilo singular: Chesterton citaba siempre de memoria y, cuando se confundía, decía que así debía ser pues la literatura de verdad forma parte de uno mismo; además, no corregía imprecisiones o errores de otro tipo pues le parecía pedante. De todos modos me parece que no están bien aclarados sus verdaderos méritos literarios: la biografía de Joseph Pearce, junto con las referencias que también da Pearce en su obra Escritores Conversos, ponen más de manifiesto el peso humano y literario que tuvo en muchos de sus contemporáneos y en otros que siguieron sus huellas.

Hay un exceso de detalles en la narración de los viajes que hizo Cherterton: saber qué hicieron él y sus acompañantes día por día no siempre resulta relevante. Otro factor que hace algo pesado el libro, al menos para muchos lectores, son los extensos comentarios a los libros que iba publicando Chesterton: tal vez hubiera sido mejor separarlos de los hechos biográficos. Este rasgo, aparte de que da lugar a repeticiones innecesarias, hace ardua y fatigosa la lectura: como decía un crítico inglés, es un gran fallo hacer que Chesterton resulte aburrido. Uno de los aspectos que el libro no toca —pues termina con la muerte del biografiado—, y que sería interesante conocer, es el de las causas del oscurecimiento tan grande que sufrió Chesterton en la opinión pública inglesa. En cualquier caso, el trabajo de Ker es extraordinario y quedan claras las cualidades humanas, intelectuales y artísticas de Chesterton.

Ian Ker. G. K. Chesterton: A Biography (2011), Oxford University Press, edición para kindle, ISBN: 0199601283; ASIN: B0064A4XNK.

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sábado, 21 de septiembre de 2013

Para cualquier lector español que desee conocer la vida de Chesterton la primera recomendación es Chesterton: un escritor para todos los tiempos, de Luis Ignacio Seco. Aunque a la edición que menciono le vendrían bien unas notas donde se indicasen la procedencia de las citas, así como una bibliografía final y un índice de nombres, es un trabajo bien documentado y un relato con ritmo que capta bien la evolución del autor, su carácter, su modo de enfocar los asuntos, la importancia de su esposa siempre, y la de su secretaria Dorothy Collins en los años últimos de su vida.

Se recogen muchas anécdotas y citas famosas y quedan claras las enormes dotes para la amistad de Chesterton. Como ejemplo, esta tarjeta de Navidad que H. G. Wells envió a Chesterton en 1933: «Si después de todo mi Ateología se equivoca y acierta su Teología, creo que siempre podré entrar en el cielo (si lo deseo) como buen amigo de GKC». A la que Chesterton respondió así: «Si resulta que soy yo quien tiene razón, triunfará usted no como amigo mío, sino como amigo del Hombre, por haber hecho miles de cosas para personas como yo con la imaginación y con la crítica».

Luis Ignacio Seco. Chesterton, un escritor para todos los tiempos (1988). Madrid: Palabra, 2005, 2ª ed.; 368 pp.; col. Ayer y hoy de la historia; ISBN: 84-8239-963-2.

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sábado, 14 de septiembre de 2013

De las biografías de Chesterton en castellano la de Joseph Pearce, G. K. Chesterton: Sabiduría e Inocencia, es la más completa y, además, tiene un rasgo que le da mucho valor: el de que, como menciona muchos testimonios de personas que trataron y admiraron a Chesterton, coloca su figura en un marco amplio. Unos fueron sus amigos, como H. G. Wells. Otros comenzaron su vida profesional en el G. K.’s Weekly, como George Orwell. Otros cambiaron gracias a sus libros, como C. S. Lewis. Otros fueron muy deudores de sus ideas literarias, como Tolkien. Otros, sus colegas novelistas de casos policiacos, como Dorothy Sayers, le admiraron. Además, historiadores como Christopher Dawson o economistas como E. F. Schumacher también reconocieron el peso que tuvo en su pensamiento y en sus obras.

Pero también un autor como Terry Pratchett afirma: «En El hombre que fue jueves y El Napoléon de Notting Hill nos dio dos de los argumentos con más fuerza emocional del siglo XX. El primero trata de que da igual de qué lado estemos hablando, porque los dos lados son iguales, ambos son en realidad el mismo lado. Éste ha sido el motor de la mitad de las novelas de espionaje de este siglo. El otro argumento no se puede resumir de modo tan sucinto; pero consiste básicamente en que alguien se toma en serio una idea que no estaba concebida para ello y le confiere así una cierta nobleza». También indica Pearce cómo Pratchett y Gaiman homenajearon a Chesterton al dedicarle su novela Buenos presagios  y al hacer decir a Crowley, uno de sus personajes, que Chesterton es «el único poeta del siglo veinte que además se acercó a la Verdad».

Y André Maurois: «Chesterton, paradoja a paradoja, construye una imagen de la realidad porque la realidad es una suma de paradojas. Pero hay veces que tanto malabarismo con las fórmulas agota al lector y le deja con una sensación de desasosiego intelectual. El lector ve con tanta claridad la brillantez de Chesterton, que no percibe su profundidad. En el ballet de sus frases no siempre reconocemos la sencillez de vida que deseaba que tuviéramos... Sin las paradojas, los chistes y los toboganes retóricos, Chesterton habría sido quizá un filósofo más claro, pero no sería Chesterton. Con frecuencia se supone que no es serio porque es gracioso y, en realidad, es gracioso porque es serio. Seguro como está de su verdad, se puede permitir bromear... La certeza produce serenidad».

Joseph Pearce. G. K. Chesterton (Wisdom and Innocence - A Life of G. K. Chesterton, 1996). Madrid: Encuentro, 1998; 601 pp.; trad. de Carmen González del Yerro Valdés; ISBN: 84-7490-462-5.

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sábado, 7 de septiembre de 2013

De Return to Chesterton, Maisie Ward decía que le llevó más tiempo que la extensa biografía previa. La podemos creer porque contiene multitud de datos de personas que conocieron a Chesterton que, por lo que se ve, la autora fue visitando para preguntarles por sus recuerdos y para pedirles acceso a las cartas que intercambiaron con él. También consultó artículos y libros nuevos que habían salido entre tanto, como Those Days (1940), recuerdos de E. C. Bentley (1875-1956), amigo de toda la vida de Chesterton. Incluyó además poemas rápidos y dibujos humorísticos que Chesterton escribió o hizo para sus amigos y conocidos. Todo este trabajo, al que hay que unir las cartas que recibió con puntualizaciones a lo que decía en la primera biografía, le hace también rectificar algunas de sus afirmaciones anteriores.

Su libro sigue ordenadamente la vida de Chesterton: como niño, como joven, como recién casado, etc. En particular, son muy interesantes tanto el capítulo que dedica a las secretarias que tuvo Chesterton, como el que narra las relaciones que Frances y él tuvieron con niños, familiares e hijos de amigos, a lo largo de su vida, con especial atención a la familia Nicholls, vecinos de los últimos años. Aquí hay muchas consideraciones de interés acerca del mundo de los niños y de la literatura infantil, que con tanta brillantez expondrá en sus libros y artículos. Por ejemplo, Ward recoge un poema que escribió en un libro que regaló a un niño donde afirma:

«Leerás las críticas y los panfletos
de los pedantes: no creas nada
que no se cuente bien con dibujos».

Una de las cosas más interesantes de los libros de Ward es que no teme señalar aquellos momentos o puntos en los que piensa que Chesterton se confunde. En su primer libro decía que su afición por las bromas en ocasiones le hacía consentirse comentarios por debajo de su ingenio; y también apuntaba que, a veces, su falta de puntualidad o el hecho de dar una conferencia sin hablar para nada del tema anunciado, podía exasperar a los organizadores e irritar a una parte de sus oyentes.

Pero, sobre todo, donde Maisie Ward acierta de lleno es en cómo algunas distinciones que hacía Chesterton entre lo masculino y lo femenino, tan agudas y certeras, no todas las mujeres las pueden aceptar sin discusión e incluso sin protesta. La misma Maisie Ward —cuyo testimonio es especialmente valioso porque ve a su biografiado con simpatía y admiración, y eso la predispone a reconocer la justicia de lo que dice, y porque es una mujer que habla desde la propia época del mismo Chesterton, y eso significa que no tiene la actitud de quien se siente autorizado a dar lecciones a sus antepasados—, señala que Chesterton generalizaba en exceso al hablar de la forma de ser real y de la forma de ser ideal de las mujeres…, pues opinaba pensando en su propia esposa. Así, entre otros ejemplos, indica que veía las charlas sobre cuestiones políticas, y el oficio propio de la política, como algo característico de hombres y algo profundamente aburrido para las mujeres, porque así era para Frances.

Maisie Ward. Return to Chesterton (1952). London and New York: Sheed & Ward, 1952; 276 pp.

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sábado, 31 de agosto de 2013

Cuando se publicó Ortodoxia, una reseña especialmente jugosa fue la de Wilfrid Ward (1856-1916), biógrafo de John Henry Newman (1801-1890) e hijo de W. G. Ward (1812-1882), un miembro destacado del movimiento de Oxford. En su comentario, Ward hablaba de Chesterton como del sucesor de Newman, en cuanto apologista cristiano, y hacía notar semejanzas entre las formas de razonar de ambos. Con estos antecedentes no sorprende que Maisie Ward (1889-1975), hija de Wilfrid Ward, fuera, bastantes años después, la principal biógrafa de Chesterton. Lo conoció siendo muy joven; se hizo muy amiga de su mujer, Frances; fue la editora de varios libros suyos desde que, junto con su marido, Frank Sheed (1897-1981), puso en marcha Sheed & Ward en 1920. Se relacionaba también con quienes trataron a Chesterton, tanto sus amigos como periodistas, escritores, y editores. Pudo consultar, además, buena parte de su epistolario gracias a la colaboración de Dorothy Collins. Escribió una biografía extensa en 1943 titulada Gilbert Keith Chesterton. Ocho años después, recogiendo comentarios y observaciones de personas que habían conocido a Chesterton, así como más cartas y textos originales suyos, la completaría y rectificaría un poco con un libro titulado Return to Chesterton.

En el primer libro se apoyaba en lo que ya se había escrito sobre Chesterton hasta entonces, en los testimonios de mucha gente que le había conocido, tanto del ámbito público como del privado, así como en multitud de cartas. En particular, puso empeño en probar la falsedad de algunas afirmaciones que había hecho Ada Chesterton en Los Chestertons. Precisamente, uno de los aspectos de más interés del libro de Ward es la figura de Frances, pues Chesterton dependía mucho de ella, cosa que reconocía francamente; por otra parte, si él era poco práctico hasta extremos inimaginables, ella sólo podía llamarse práctica en comparación con él.

Otro aspecto importante es que aclara bien las influencias mutuas entre Chesterton y Belloc. Así, señala cómo Belloc mismo le dijo que la principal cosa que había hecho él por Chesterton, cuando se conocieron, fue abrirle los ojos a la realidad de la vida política: Chesterton era muy ingenuo al respecto; él mismo se describiría más tarde como el que lo conoce todo sobre la política y nada sobre los políticos. Una segunda consecuencia de la relación entre los dos fue que Chesterton aprendió de Belloc la importancia de la propiedad, de la pequeña propiedad, y Belloc de Chesterton el papel de la familia: en esas cuestiones los escritos de Belloc son como textos de sociología y los de Chesterton son documentos de interés humano. Y la tercera fue que Belloc aportó a Chesterton una visión más completa de la historia inglesa y de cómo la situación actual de su país era deudora de acontecimientos trágicos del pasado que buena parte de la historiografía oficial había ocultado y seguía ocultando.

Maisie Ward. Gilbert Keith Chesterton (1943).

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sábado, 24 de agosto de 2013

Un libro que añade más datos a la vida de Chesterton es Los Chestertons, de Ada Jones (1888-1962), periodista, viuda de su hermano Cecil, con quien estuvo casada poco más de un año. En él cuenta la relación que tuvo con los Chestertons, padres e hijos, y habla del entorno de amigos comunes. La narración termina, después de la muerte de Chesterton, durante los bombardeos de Londres, al comienzo de la segunda Guerra Mundial. La autora también escribe sobre una experiencia singular que protagonizó, después de que su marido muriera en 1918, y que da idea de su empuje: desaparecer quince días para vivir como una mendiga, contarlo luego y, además, poner en marcha unos hogares para indigentes llamados «Cecil Houses».

En el haber del libro hay que poner, primero, que describe bien las semejanzas y las diferencias entre los dos hermanos, y que cuenta muchas anécdotas reveladoras de sus modos de ser y de sus particulares talentos dialécticos: el método de Cecil, «hablando en público, era la antítesis del de Gilbert, que empleaba la palabra como un pigmento y coloreaba sus frases como las mayúsculas polícromas de un misal. Cecil formaba frases con punta y filo como un estoque: cortaba y acometía firmemente, volviendo a su adversario hacia la cuestión discutida, con una decisión que parecía acentuada por su natural buena índole».

En segundo lugar, quedan bien retratados los padres, Edward y Maria Louise, «la más hospitalaria de las mujeres», una mujer «que había dado a sus hijos el cerebro y un inextinguible amor a la libertad». Es también magnífica la pintura del ambiente bullicioso de Fleet Street y, en general, de unos años que la escritora califica como una «edad de oro de las cervecerías y de los cafés, cuando la comunicación humana no se veía perturbada por un incesante sonido de la radio, y se podía escuchar a los amigos que hablaban». La narración contiene, además, buenos golpes de ironía, como cuando afirma que «siempre se debe tranquilizar a las visitas que acuden a un periódico, porque a lo mejor se hacen suscriptores por años».

En el debe, sin embargo, se ha de contabilizar una superficialidad o malignidad más que notable. Superficialidad, porque la autora parece no haber calado en el mundo interior de los principales personajes de su historia: la conversión al catolicismo de Cecil se presenta como un incidente aislado que, asombrosamente, sucede cuando está inmerso en un juicio en el que puede ser condenado; tampoco parece haber comprendido hasta qué punto las creencias católicas moldearon la vida de Chesterton, su matrimonio en particular. La malignidad, inconsciente o no, se nota en cómo arremete contra la esposa de Chesterton, Frances, a quien dibuja como una mujer estrecha porque apartó a su marido del mundo que le gustaba y porque dice que lo hizo infeliz en su vida matrimonial. Los biógrafos posteriores desmentirán su versión de algunos hechos hasta el punto de que se hace difícil pensar que sus comentarios fueran del todo inocentes.

Mrs Cecil Chesterton. Los Chestertons (The Chestertons, 1942). Sevilla: Renacimiento, 2010; 384 pp.; prólogo de José Julio Cabanillas; trad. de herederos de Miguel Rivera; ISBN: 84-8472-253-3.

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sábado, 17 de agosto de 2013

Otro de los libros que introducen Gramática de la gratitud es Father Brown on Chesterton, un libro escrito poco después de la muerte de Chesterton por su amigo el sacerdote católico John O’Connor, que le inspirara en su momento el personaje del padre Brown. El autor hace memoria de los encuentros que tuvo con Chesterton y su mujer, Frances, empezando por la famosa conversación de 1904 en la que nació la idea del cura detective, pero también otras. En especial, aunque con discreción, da referencias de los pasos que Chesterton dio para convertirse al catolicismo y de la posterior conversión de su mujer. Se deduce, y los biógrafos posteriores lo confirmarán, que Frances tenía una gran confianza en él para todo.

O'Connor pide disculpas por usar la primera persona pero, señala, lo hace para dejar más clara la forma en que inspiró o sugirió ideas a las que luego Chesterton les sacó un provecho impensable para él. Hace una buena descripción del modo en que Chesterton «era contemplativo e intuitivo, y, cuando parecía estar ausente, en realidad estaba planeando sobre una idea como un halcón hasta que, repentinamente, alcanzaba una sorprendente conclusión». Así, un poema como Lepanto surgió, en 1912, a partir de una charla en la que O’Connor le habló de esa batalla en comparación con la de Trafalgar, en la que nada estaba en juego más que la supremacía financiera de Londres y, con ella, la revolución industrial y el trabajo infantil en las fábricas.

John O’Connor. Father Brown on Chesterton (1937).

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sábado, 10 de agosto de 2013

Para introducir Gramática de la gratitud elaboré un primer capítulo con una breve información biográfica y unos comentarios a distintas obras sobre Chesterton que fuera como un marco a todos los comentarios posteriores.

Lógicamente, la primera debía ser un libro de autor desconocido que se publicó, en 1908, con el título G. K. Chesterton: a Criticism. En ese libro, el análisis de las cualidades y defectos de las obras que había publicado Chesterton hasta entonces, igual que las observaciones acerca de la educación que había recibido y de los autores que más le habían influido, eran más que notables. Por ejemplo, se apuntaba muy bien que Chesterton «no es capaz de crear personalidades novelescas pues no las consigue hacer hablar “desde dentro” sino que todas tienen su misma voz». Se manifestaba el temor de que, si no era capaz de controlar su efervescencia mental, nunca llegaría a escribir las mejores obras que su talento anunciaba. En fin, pronto se supo que el autor misterioso había sido su hermano Cecil.

Además, del mismo modo que un periodista conocido entonces, Mr. G. S. Street , al reseñar Herejes había comentado que no se preocuparía más del pensamiento del autor hasta que dijese claramente cuáles eran sus creencias positivas, Cecil Chesterton insistía en lo mismo. Decía que Chesterton criticaba bien a sus oponentes pero no definía ni defendía claramente su propia posición. Sin duda, su posición podría deducirse de lo que comentaba sobre otros, pero de quien subraya tanto la importancia de tener doctrinas claramente definidas, seguía, tenemos el derecho a esperar algo más que un método negativo de definición. En concreto, decía, en las conferencias Blatchford sólo defendió la mitad de sus creencias cristianas, por lo que era de suponer que con su próximo libro, que se titularía Ortodoxia, haría frente a esa objeción.

Cecil Chesterton. G. K. Chesterton, a criticism (1908).

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Titterton2.jpg
sábado, 21 de mayo de 2011

La primera biografía que se publicó sobre Chesterton, el mismo año de su muerte, fue G. K. Chesterton, mi amigo, de William Richard Titterton (1876-1963), un periodista que fue colaborador suyo. Es un libro que pretende ser sólo una semblanza: dejar constancia del modo de ser de Chesterton y de la huella que dejó en el autor.

Además de la información que se contiene aquí, puede dar idea de los acentos emocionados de la narración este texto: «Permítanme decir algo del efecto que tuvo G.K.C. sobre mí, aparte de los hechos tremendos de que él, más que nadie, me persuadió para que me hiciese católico, y que él, más incluso que Belloc, me convirtió del socialismo al distributismo. Me enseñó el valor de las cosas corrientes y de la gente corriente; me enseñó a entender por primera vez el significado de la democracia. Porque G.K.C. no era demócrata: era la democracia. Realmente se sentía a sus anchas con toda clase de gente, con el rey y con el zapatero, con el hombre culto y con el ignorante, con el sabio y con el tonto, salvo que fuese un tonto chulo e intrusivo. Me enseñó a luchar sin rencor y a amar al enemigo mientras odiaba su credo. Y de principio a fin me asombró, me abrumó, con su inocencia y su humildad. Extensivamente, su mayor influencia sobre el mundo ha sido su poder como polemista. Pero, intensivamente, fue mucho mayor la influencia de su personalidad, su ejemplo, su estilo de vida. “Conocerlo fue una bendición” [la frase que pronunció Hilaire Belloc al poco de morir Chesterton]. Al fin y al cabo, bastaba con repetir esas palabras».
Titterton termina su texto diciendo que Chesterton fue «el inglés más grande que ha habido desde santo Tomás Moro», una evidente inexactitud que habría hecho notar el elogiado.

W. R. Titterton. G. K. Chesterton, mi amigo (G. K. Chesterton, 1936). Madrid: Rialp, 2011; 169 pp.; trad. de Aurora Rice y Enrique García Máiquez; prólogo de Enrique García Máiquez; ISBN: 978-84-321-3875-1.

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