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Notas del archivo 'Identidad' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 15 de septiembre de 2013

Oliver Sacks: «Si queremos saber de un hombre, preguntamos “¿cuál es su historia, su historia real interior?”, porque cada uno de nosotros es una biografía, una historia. Cada uno de nosotros es una narración singular, que se construye, continua, inconscientemente, por, a través de y en nosotros, a través de nuestras percepciones, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones, y, en el mismo grado, nuestro discurso, nuestras narraciones habladas. Biológica, fisiológicamente, no somos distintos unos de otros; históricamente, como narraciones, somos todos únicos.

Para ser nosotros mismos hemos de tenernos a nosotros mismos, hemos de poseer, de reposeer, si es preciso, nuestras historias biográficas. Hemos de “recolectar” el drama interior, la narración, la nuestra, la de nosotros mismos. El individuo necesita esa narración, una narración interior continua, para mantener su identidad, su yo».

Oliver Sacks. «Una cuestión de identidad», El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (The Man Who Mistook His Wife for a Hat, 1985). Barcelona: Anagrama, 2010, 5ª ed.; 319 pp.; col. Compactos; trad. de José Manuel Álvarez Flórez; ISBN: 978-84-339-7338-2.

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sábado, 22 de diciembre de 2012

Bauman: «Nos han entrenado para dejar de preocuparnos de cosas que parecen estar tozudamente más allá de nuestro poder (y, por tanto, también de cosas que parecen prolongarse más allá de nuestro tiempo vital) y para concentrar, en cambio, nuestra energía y atención en tareas que quedan dentro de nuestra competencia, de nuestro alcance (individual) y de nuestra capacidad de consumo. (…) Las cosas deben estar listas para el consumo sobre la marcha; las tareas deben dar resultados antes de que nuestra atención vaya a la deriva en busca de otros afanes; los temas deben dar fruto antes de que el entusiasmo de cultivarlos se agote. ¿Inmortalidad? ¿Eternidad? Bueno: ¿dónde está el parque temático donde poder experimentarlas sobre la marcha?»

No siempre fue así. «Todas las culturas que conocemos, en todas las épocas, intentaron, con mayor o menor éxito, tender un puente para salvar el abismo existente entre la brevedad de la vida mortal y la eternidad del universo. Toda cultura ofrecía una fórmula para la proeza del alquimista: una nueva forja de sustancias básicas, frágiles y transitorias, en metales preciosos que resistieran la erosión, que fueran imperecederos. Tal vez seamos la primera generación que entra en la vida y vive sin fórmula semejante. (…) A los puentes que conectan la vida mortal con la eternidad, laboriosamente construidos durante milenios, se les ha arrebatado su utilidad. Antes vivíamos en un mundo que no estaba privado de puentes. Es demasiado pronto para decir qué vamos a encontrarnos, o en qué situación vamos a encontrarnos viviendo en una tierra semejante».

Zygmunt Bauman. Identidad: conversaciones con Benedetto Vecchi (Identity: Conversations with Benedetto Vecchi, 2004 ). Madrid: Losada, 2005; 214 pp.; col. Filosofía; trad. de Daniel Sarasola; ISBN: 84-96375-20-X.

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sábado, 15 de diciembre de 2012

Bauman: «En un mundo en donde se practica la falta de compromiso como estrategia vulgar de lucha de poder y de la autoafirmación, hay pocas cuestiones en la vida (en caso de que haya alguna) que se puedan predecir, sin temor a equivocarse, que van a durar. (…) El pensamiento a largo plazo (y aún más las obligaciones y compromisos a largo plazo) se perfila efectivamente como “sin sentido”. Todavía peor, pensamiento, obligaciones y relaciones a largo plazo parecen contraproducentes, categóricamente peligrosos, un paso insensato, un lastre que hay que tirar por la borda y que en primer lugar hubiera sido mejor no subir a bordo.

Son noticias preocupantes, incluso aterradoras. Los golpes se dan directamente en el corazón de la forma humana de estar en el mundo. Después de todo, el peliagudo meollo de la identidad, la contestación a la pregunta “¿quién soy yo?” y, lo que es todavía más importante, la credibilidad continuada de cualquiera que sea la respuesta que se dé a semejante pregunta, no se puede formular a menos que no se haga referencia a los vínculos que conectan al ser con otra gente y se asuma que dichos vínculos permanecen estables y se puede confiar en ellos con el paso del tiempo».

Zygmunt Bauman. Identidad: conversaciones con Benedetto Vecchi (Identity: Conversations with Benedetto Vecchi, 2004). Madrid: Losada, 2005; 214 pp.; col. Filosofía; trad. de Daniel Sarasola; ISBN: 84-96375-20-X.

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sábado, 1 de diciembre de 2012

Para explicar la construcción de la propia identidad a veces se usa la imagen del rompecabezas que, piensa Zygmunt Bauman, no es muy esclarecedora. «Sí, uno necesita recomponer la identidad personal (¿las identidades?) igual que se compone un dibujo a partir de las piezas de un rompecabezas. Pero sólo se puede comparar la biografía con un rompecabezas defectuoso, del que se han perdido bastantes piezas (y uno nunca sabe cuántas exactamente). Un rompecabezas que se compra en una tienda está todo en una caja, con la imagen final ya claramente impresa en su tapa, y con la garantía de que nos devolverán el dinero si todas las piezas que se requieren para reproducir exactamente la imagen no están dentro y de que no se puede improvisar ninguna otra imagen usando esas piezas. Así que uno puede consultar la imagen de la tapa después de cada paso para asegurarse de se va por buen camino (el único correcto) al destino conocido de antemano y para comprobar cuánto trabajo falta para llegar a él». Pero «no hay consuelos así a disposición de uno cuando se elabora lo que será la propia identidad. (…) En el caso de la identidad (…) no se comienza por la imagen final sino por un número de piezas que ya se han obtenido o que merece la pena tener, y luego se intenta averiguar cómo se pueden ordenar o reordenar para conseguir algunos (¿cuántos?) dibujos satisfactorios. (…) El trabajo de un constructor de identidad es, como diría Claude Lévi-Strauss, hacer bricolage inventando todo tipo de cosas a partir del material que se tiene a mano». Ahora bien, «no siempre fue así…»

Zygmunt Bauman. Identidad: conversaciones con Benedetto Vecchi (Identity: Conversations with Benedetto Vecchi, 2004). Madrid: Losada, 2005; 214 pp.; col. Filosofía; trad. de Daniel Sarasola; ISBN: 84-96375-20-X.

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WaughMennym.JPG
jueves, 6 de septiembre de 2012

De un modo que se podría comparar a Los incursores, las novelas sobre Los Mennym, de Silvia Waugh, hablan también de seres que andan en busca de su hueco en el mundo. La calidad de los relatos no ha sido suficiente, hasta el momento, para que se publicaran en castellano más novelas que la primera, que además, por lo que veo, no está en el mercado ahora.

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MolinaQuieroSer.JPG
miércoles, 5 de septiembre de 2012

Muchos libros infantiles y juveniles presentan personajes niños que afianzan su personalidad entre adultos que no prestan atención a lo que les ocurre como, por ejemplo, Lili, libertad. Otro relato que refleja lo mismo, aunque la dificultad de la protagonista sea distinta, es Quiero ser la que seré, de Silvia Molina, sobre una niña cuyo entorno tardó tiempo en comprender sus problemas de dislexia.

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jueves, 30 de agosto de 2012

Y si ayer ponía un libro de los que se refieren a la necesidad que todos tenemos de saber cuáles son nuestras raíces, hoy incluyo otro que habla de la inquietud que causa no saber a dónde vamos: Tuck para siempre, o El misterio del manantial en otra edición en castellano, de Natalie Babbitt.

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miércoles, 29 de agosto de 2012

Entre los muchos libros infantiles y juveniles que hablan de un chico que va en busca de su padre, uno simpático, de hace tiempo, es Piotr, de Jan Terlouw.

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viernes, 6 de abril de 2012

Volviendo a lo señalado en El nombre definitivo, La importancia del nombre, y Plenitud de la vida humana, un texto de Jiménez Lozano dice: «Parece que el pintor de iconos Andrei Rubliev decía que “se puede llegar al fondo de las cosas, sólo hay que llamarlas por su nombre”; y claro está que es así. La cuestión está en averiguar su nombre, y en saber llamar luego. Probablemente es un don, y Maurice Blanchot, hablando de Kafka, comenta: “Esa forma de plegaria que es escribir”. Al fin y al cabo como pintar iconos. El más maravilloso es el que no fue pintado por nadie. Es decir, aquel cuyo autor, de tanto nombrar eficazmente el mundo y las cosas, no tiene nombre».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña (2003). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa Contemporánea; ISBN: 84-8191-516-5.

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viernes, 24 de septiembre de 2010

No puedo decir que haya leído bien Por qué debemos considerarnos cristianos, de Marcello Pera —presidente del Senado italiano entre 2001 y 2006—, pues, para eso, tendría que haber leído bien, y en algunos casos haber leído antes, a muchos pensadores con los que dialoga en su libro, como Benedetto Croce, John Rawls, Kant, Locke... En cualquier caso, me ha interesado mucho por las cosas que explica y por cómo las explica. Incidentalmente, me ha gustado ver que, al menos en otros lugares, hay políticos (en este caso de izquierda) que saben lo que dicen y saben decirlo.

El autor comienza con una introducción en la que declara que «desconfío de las ideas difundidas cuando no consigo explicármelas personalmente, desconfío de la sabiduría popular cuando va en contra de mis intuiciones intelectuales y morales más arraigadas, desconfío de la euforia que pretende construirnos un “hombre nuevo” sobre las cenizas del antiguo, desconfío de los maestros cuando quieren hacerme callar o no quieren darme la palabra». Y, a continuación, estructura su discurso en tres capitulos. En el primero, «Liberalismo, ecuación laica y ecuación cristiana», habla de los fundamentos del liberalismo. En el segundo, «Europa, cristianismo y la cuestión de la identidad», comenta y ejemplifica la deriva social de las últimas décadas hacia una Europa sin identidad. En el tercero, «Relativismo, fundamentalismo y cuestión moral» explica las consecuencias de una ética sin verdad.

Al final, el autor resume su libro así: «He intentado probar que debemos ser cristianos si queremos gozar de las libertades liberales, y que también Europa debe ser cristiana si quiere unificarse verdaderamente en algo que se asemeje a una nación, a una comunidad moral. He intentado argumentar también que los regímenes liberales son mejores que otros. Voy a terminar con una referencia más general: nuestras normas morales, y con ellas nuestra convivencia y nuestras instituciones, precisamente las mismas que nos han entregado esta civilización en la que estamos viviendo —unas veces incómodos y otros satisfechos, unas veces afligidos y otras reanimados, pero conscientes de los grandes progresos que hemos realizado—, se extinguirán si abandonáramos el cristianismo.

Por consiguiente, y para concluir: debemos considerarnos cristianos».

Marcello Pera. Por qué debemos considerarnos cristianos (Perché dobbiamo dirci cristiani. Il liberalismo, l’Europa, l’etica, 2008). Madrid: Encuentro, 2010; 229 pp.; trad. de M. M. Leonetti; ISBN: 978-84-9920-031-6.

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viernes, 8 de mayo de 2009

Continuando con lo de ayer, para explicar que habría plenitud en la vida humana si el ser y el nombre verdadero fueran al unísono, Romano Guardini recurre a una escena de Kim, de Ruyard Kipling, en la que «Kim se sienta junto a una pared y se dice a sí mismo: “Yo, Kim; yo, Kim”. Se da cuenta de que cada vez llega más hondo y quiere arribar en ese punto donde nombre y ser se identifican. Sin embargo, inmediatamente lo deja; y lo deja tantas veces cuantas lo intenta. Pero un viejo brahmán está junto a él y asiente con tristeza: “Lo sé; sé que no se logra”. El verdadero nombre es una meta que nunca se logrará».

Romano Guardini. El fin de la modernidad (Das Ende der Neuzeit, 1950) y Quien sabe de Dios conoce al hombre (Der Menschen Erkennt nur, wer von Gott weiss, 1952). Madrid: PPC, 1995; 186 pp.; trad. de José María Hernández; ISBN: 84-288-1200-4.

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jueves, 7 de mayo de 2009

A propósito de lo mencionado en El nombre definitivo se pueden dar algunas pinceladas más. Un cuento clásico sobre la importancia del nombre: Rumpelstikin. Un libro (más o menos) infantil sobre la misma cuestión: Hugo y Josefina, de Maria Gripe. Un libro juvenil centrado en eso: Un mago de Terramar, el primer relato (en mi recuerdo el mejor, con diferencia) de los que componen los Cuentos de Terramar, de Ursula Le Guin, una serie de referencia entre las de aventuras fantásticas.

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domingo, 26 de abril de 2009

Dos textos que me gustan.

Uno de Stevenson: «La verdadera sabiduría es saber estar siempre acordes con nuestra edad y cambiar de buen talante según las circunstancias van cambiando».

Otro de Jean Guitton: «Debemos pensar la existencia como estando jerarquizada, guardando siempre el sentido de los órdenes encadenados uno con otro y los sacrificios obligatorios. No se puede saber todo, hacer todo y decir todo. No se pueden tener las ventajas del ocio y las de la gloria, las del poder y las de una buena oposición (...), las del laico y las del clérigo, las de una salud fuerte y las de una endeble. Y cuanto más ascendemos más es necesario elegir no saber, no hacer, no escuchar, no recibir tampoco ni esperar...».

R. L. Stevenson. Virginibus puerisque y otros ensayos (Virginibus puerisque and Other Papers). Madrid: Alianza, 1994; 232 pp.; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Eulalia Galvarriato; ed. de José Polo y Ana Pinto; ISBN: 84-206-0664-2.
Jean Guitton. Aprender a vivir y a pensar (Aprendre à vivre et à penser, 1957). Madrid: Encuentro, 2006; 95 pp.; col. Bolsillo; trad. de Javier Martín; ISBN: 84-7490-799-5.

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jueves, 19 de marzo de 2009

El primer autor de novelas del Oeste fue James Fenimore Cooper y, de su serie sobre Calzas de Cuero, el libro más conocido sigue siendo El último mohicano. Más adelante volveré a la idea, que se cuenta en El cazador de ciervos, de que «los delawares rara vez dan a un hombre su nombre definitivo hasta que revela su verdadero carácter en el consejo o en el sendero de la guerra»: por eso, a lo largo de la serie, el protagonista se llama Calzas de Cuero, Mataciervos, Lengua Recta, el Palomo, Orejas Caídas, Mataciervos, Ojo de Halcón, Larga Carabina...

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domingo, 1 de marzo de 2009

Robert Spaemann: «Un proverbio griego afirma lo siguiente: “a nadie hay que alabar como feliz antes de su muerte”. Esta afirmación se hace desde el punto de vista del contemplador. Para poder juzgar la vida, es preciso tenerla presente toda entera. Pero de ese modo sólo la puede considerar el que sobrevive, es decir, el otro. El hedonismo representa el extremo opuesto. Para un hedonista consecuente, sólo existen momentos placenteros sin antes ni después. De esa forma no cabe realizar la vida de modo perfecto, pues sólo pueden ser felices o infelices unidades monádicas de experiencia».

Robert Spaemann. Felicidad y benevolencia (Glück und Wohlwollen, 1989). Madrid: Rialp, 1991; 285 pp.; col. Cuestiones fundamentales; trad., notas y estudio introductorio de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2689-6.

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jueves, 21 de julio de 2005

Supongo que hablar de «valores» está bien si eso responde a lo que los hombres son y necesitan, pero también puede ser una trampa si esos valores se comprenden como una especie de piezas aisladas y se olvida que no hay una ética para cada cosa. En todas las áreas son necesarias las mismas virtudes, es esquizofrénico separar virtudes públicas y privadas, el mismo ser humano es padre y vecino y político... Y es que la vida es un tejido.

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