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Notas del archivo 'Educación artística' :: bienvenidosalafiesta ::    
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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ya cité, tiempo atrás, El Elemento, de Ken Robinson. He leído ahora Encuentra tu Elemento, una continuación, también con buenas ideas y que añade «ejercicios» para el lector, lo que, al menos en mi opinión, estropea el libro, aunque así seguramente se venda más. En cualquier caso, no me pegaré por eso, y si a alguien le sirven pues mejor para él. Sea como sea, Robinson cuenta historias «inspiradoras», de las que ayudan a ver cómo hay gente que se abre camino y encuentra la forma de dedicarse a lo que de verdad le apasiona para llegar a vivir en su Elemento, como el pez en el agua.

Entre otras cosas el libro hace notar que «la mayoría de los sistemas educativos inhiben la creatividad» y el error del discurso convencional «que afirma que si estudias unas asignaturas en particular, te atienes al programa preestablecido y superas todos los exámenes, tu vida encajará perfectamente en su lugar». Aunque su objetivo sea otro, el libro sugiere que hay que apoyar la libertad de los planes y de los modelos educativos, sin tanto dirigismo y sin tanta imposición político-burocrática, idea con la que coincido.

Eso sí, al libro le sobra humo, es decir, comentarios del tipo «las investigaciones sugieren que un 40 por ciento de todo lo que afecta a tu grado real de felicidad es lo que escoges hacer y cómo decides pensar y sentir; en otras palabras, tu propia conducta»: ¿necesitamos que las investigaciones de alguien nos confirmen algo así? O como el poco afinado comentario de que «en El Elemento, citamos las siguientes líneas de Hamlet, de Shakespeare: “No hay nada bueno o malo; es el pensamiento el que lo convierte en tal”. Esto es fundamentalmente cierto»: ¿seguro?, ¿el pensamiento convierte a un bombardeo en bueno o en malo?

Ken Robinson. Encuentra tu Elemento. El camino para descubrir tu pasión y transformar tu vida (The Element: How Finding Your Passion Changes Everything, 2009). Con Lou Aronica. Barcelona: Conecta, 2013; 251 pp.; trad. de Ferran Alaminos Escoz; ISBN: 978-84-15431-60-2.

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domingo, 29 de septiembre de 2013

En la capacidad de prestar atención a lo concreto coinciden la mirada del niño con la del artista, que es, precisamente, quien ve y siente así la realidad pero, además, sabe luego expresarla con precisión. En relación a esto menciona Josef Pieper unos textos del poeta inglés G. M. Hopkins en sus diarios para señalar que poseía el don de mirar con atención y pasión la «disposición» de las cosas de forma que, por ejemplo, describe «la llama» como «más clara y tersa que el cristal, la seda o el agua». Apunta que, quien sabe mirar así, no elimina «la realidad de lo visible con una precipitada “simbolización”» y que «la mirada de la contemplación terrenal respeta lo visible de las cosas de este mundo e intenta retenerlo». Hay, en ese modo de actuar, un gran respeto a lo concreto que, continúa Pieper, tiene su origen en que «cada cosa guarda y oculta en su raíz un signo de origen divino. Quien se percata de ello ve que ésta y todas las cosas son buenas por encima de todo lo concebible. Lo ve y es feliz». Por otra parte, no está de más añadir cómo esa capacidad de observar las cosas no es ni mucho menos la propia de quien tiene mucha cultura literaria o artística, que a veces sólo sabe hablar de las cosas con palabras de otros, y cómo con frecuencia la encontramos en las personas más sencillas que saben mirar y asombrarse.

Josef Pieper, «Contemplación terrenal», La fe ante el reto de la cultura contemporánea (Über die Schwierigkeit heure zu glauben, 1974), Madrid: Rialp, 2000; 281 pp.; trad. de Juan José Gil Cremades; ISBN: 84-321-3294-2.

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domingo, 22 de septiembre de 2013

Las personas que se suelen llamar «simples», por ser «mentalmente incompletos en algunos aspectos», tienen una cualidad mental que los caracteriza y que comparten con los niños. Dice Oliver Sacks que si la tuviéramos que describir con una sola palabra hablaríamos de «concreción»: «su mundo es vívido, intenso, detallado, pero simple, precisamente porque es concreto: no lo complica, diluye ni unifica la abstracción». Esa concreción, sigue, «se ve como algo negativo, incoherente, pero esto es una “inversión”», pues «lo concreto es elemental, es lo que hace la realidad “real”, viva, personal y significativa». Eso hace que esas personas puedan experimentar la realidad con intensidad elemental y, a veces, abrumadora. «Lo concreto puede abrir puertas, y puede también cerrarlas. Puede constituir una puerta de acceso a la sensibilidad, la imaginación, la profundidad. O puede limitar al posesor (o al poseído) a pormenores intrascendentes. En los "simples" vemos, amplificadas en cierto modo, estas dos posibilidades potenciales». Es decir, continúa, «lo concreto puede llegar a ser también un vehículo de misterio, belleza y profundidad, una vía de acceso a las emociones, a la imaginación, al espíritu…».

Oliver Sacks. «El mundo de los simples», El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (The Man Who Mistook His Wife for a Hat, 1985). Barcelona: Anagrama, 2010, 5ª ed.; 319 pp.; col. Compactos; trad. de José Manuel Álvarez Flórez; ISBN: 978-84-339-7338-2.

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domingo, 26 de agosto de 2012

Gombrich: «Crecer en el seno de una cultura es oír a la gente hablar de platos que nunca hemos probado, de maravillas naturales que jamás hemos visitado, de placeres que todavía nos esperan, y de encuentros que esperamos evitar. Aprendemos a anotar estos rumores en nuestro mapa intelectual, con el que nos embarcamos en la ruta a través de la vida. Evidentemente, no queremos utilizarlo sin reflexión; deseamos probar los avisos y promesas que hemos recibido y absorbido, pero nada de eso podríamos hacer si desconfiáramos desde el principio de cualquier mapa. Cabe que el canon de lugares hermosos nos decepcione, y es posible que una vista famosa no sea ni mucho menos lo que se pregonaba de ella, pero incluso en tales casos sería aventurado llegar a la conclusión de que todos nuestros entusiastas turistas, compañeros de ruta, habían recibido un lavado de cerebro por parte de unos avisados agentes de viajes. También debemos mostrarnos críticos frente a nuestras propias reacciones. El error puede ser nuestro, por no estar con el talante adecuado, y apenas consideremos esta posibilidad dejamos de ser relativistas y subjetivistas totales. Nos alineamos con la tradición contra nuestras propias reacciones. De hecho, podemos pensar que, en lo que a las cumbres del arte se refiere, no somos tanto nosotros quienes ponemos a prueba la obra maestra, como ésta la que nos prueba a nosotros».

E. H. Gombrich. «La historia del arte y las ciencias sociales» (1973), Ideales e ídolos. Ensayos sobre los valores en la Historia y en el Arte (Ideals & Idols, 1979). Madrid: Debate, 2004, 2ª ed.; 224 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-585-1.

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domingo, 19 de agosto de 2012

Gombrich: «Nuestro pasado se está alejando de nosotros con pasmosa velocidad, y, si queremos mantener abiertas las líneas de comunicación que nos permiten comprender las más grandes creaciones de la humanidad, debemos estudiar y enseñar la historia de la cultura con mayor profundidad e intensidad de lo que era necesario hace una generación, cuando muchas más de estas resonancias todavía cabía esperarlas como cosa hecha. Si la historia cultural no existiera, habría que inventarla ahora».

En ese aprendizaje y enseñanza de la cultura debemos tener en cuenta que «nunca dejamos de estar influidos por nuestra experiencia y nuestras expectativas anteriores. No podemos aproximarnos a todas las obras de arte sin una teoría, ni podemos dedicarnos independientemente a poner a prueba cada reputación. La realidad es que no hay tiempo, ni tal vez el respaldo de una respuesta emocional, para presentarse a cada encuentro con una obra de arte con esta mezcla de disponibilidad y de desapego crítico». Y, en esa dirección, «la tradición, incluso allí donde no es aceptada dogmáticamente, presenta una economía enorme».

E. H. Gombrich. «En busca de la historia cultural» (1967), Ideales e ídolos. Ensayos sobre los valores en la Historia y en el Arte (Ideals & Idols, 1979). Madrid: Debate, 2004, 2ª ed.; 224 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-585-1.
E. H. Gombrich. «La lógica de la feria de las vanidades» (1974), Ideales e ídolos. Ensayos sobre los valores en la Historia y en el Arte (Ideals & Idols, 1979). Madrid: Debate, 2004, 2ª ed.; 224 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-585-1.

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domingo, 29 de julio de 2012

Gombrich: «Sé perfectamente que la artesanía sola no es lo mismo que el genio artístico. [Pero…] (…) creo que gran parte de la estética contemporánea tiende a descuidar lo que he llamado el aspecto técnico de los grandes logros de la historia del arte. Hasta donde nosotros sabemos, estos trascendentales logros siempre han surgido del suelo preparado y fertilizado por una gran tradición artesanal. Creo que en este y en otros aspectos, tendemos a usar la palabra creatividad con demasiada ligereza. La creatividad no surge de la nada. Es el impulso de la búsqueda de las posibilidades y la variedad de soluciones que ofrece la tradición artesanal lo que producirá novedad y originalidad, porque lo que el artesano aprende no es sólo a copiar sino también a variar, a explotar sus recursos al completo y a exprimir su habilidad hasta los últimos límites de lo que una tarea permita y sugiera. Esto es lo que casi todo maestro hará, pero el individuo destacado trascenderá este alto nivel y producirá una obra que luego veremos como la culminación de la tradición: un violín Stradivarius en Cremona, un Taj Mahal en la India, o la vidriera de cristal emplonado de la Belle Vierge en la catedral de Chartres».

E. H. Gombrich. «Enfoques de la historia del arte: tres puntos de discusión» (1988), Temas de nuestro tiempo. Propuestas del siglo XX acerca del saber y del arte (Topics of our Time, 1991). Madrid: Debate, 1997; 223 pp.; trad. de Mónica Rubio; ISBN: 84-8306-067-1.

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domingo, 15 de julio de 2012

E. H. Gombrich:
 «Recuerdo una escena estimulante en un museo norteamericano (…). Un grupo abigarrado de chiquillos se había sentado en el suelo y los pequeños se dedicaban a manchar papeles con tinta, animados por una afectuosa maestra. Ésta me explicó que los niños acababan de ver allí las pinturas chinas a base de tinta y que ahora se iniciaban en ese juego fascinante. Desde luego, no les censuro esta satisfacción. Sólo espero que llegará también un momento en el que la maestra les explicará que lo que ellos hacían era lo contrario de lo que hacían los maestros chinos, y que requería años de concentración, trabajo y habilidad el dominio de las reglas y refinamientos de la tradición china. Para exponer la cuestión con cierta pedantería, las pinturas chinas de la era Sung pueden ser clasificadas con cualquier aplicación de la tinta, pero es más útil catalogarlas junto con las más refinadas evocaciones de la naturaleza conseguidas por la creatividad humana». Esto también quiere decir que si «nos aproximamos a ellas con esta convicción, lo más probable es que les prestemos diferente atención»: nuestros conocimientos y nuestras disposiciones previas antes de ver una obra de arte condicionan mucho nuestra forma de mirarla.

E. H. Gombrich. «El museo: pasado, presente y futuro» (1975), Ideales e ídolos. Ensayos sobre los valores en la Historia y en el Arte (Ideals & Idols, 1979). Madrid: Debate, 2004, 2ª ed.; 224 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-585-1.

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domingo, 8 de enero de 2012

Lev Vigotsky:
 «El singular poder de la forma artística fue bien entendido por Tolstoi, quien señaló que toda violación de la forma, incluso mínima, acaba de inmediato con el efecto artístico: “(…) Mientras corregía el esbozo de un alumno, [el pintor ruso] Briullov le dio unos cuantos toques aquí y allá y, de repente, el esbozo torpe y gris cobró vida. ‘¡Pero usted apenas lo ha tocado, y todo ha cambiado!’, le dijo uno de los alumnos. ‘El arte empieza donde empieza el apenas”, contestó Briullov, expresando así el rasgo más característico del arte"».

Lev Vigotsky. Psicología del arte (edición inglesa: Psychology of art, 1971). Barcelona: Paidós, 2006; 364 pp.; col. Paidós básica; trad. de Carlos Roche; introd. de A. N. Leontiev y comentario de V.V.Ivanov; ISBN: 84-493-1850-5.

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viernes, 18 de febrero de 2011

He leído con interés El Elemento, de Ken Robinson, un libro que habla de la importancia de no pensar en la inteligencia sólo desde un punto de vista académico, y que desea subrayar que cuando uno se apasiona por algo y descubre aquello para lo que está especialmente dotado, todo en su vida cambia. Cuenta muchas anécdotas simpáticas, algunas francamente buenas, y cita experiencias de mucha gente conocida, lo que dará popularidad a su libro aunque, para mi gusto, algunos sólo son celebridades (con los datos que yo tengo no los considero ejemplos de creatividad especial sino de que han tenido demasiada suerte en la vida).

En cualquier caso desarrolla ideas que me gustan y, entre ellas, destaco una que apunta en un capítulo final cuando dice que «los procesos educativos actuales no tienen en cuenta los estilos individuales de aprendizaje ni el talento». Y, aludiendo a las burocracias ministeriales y a los iluminados que, desde hace décadas, intentan poner a todo el mundo en fila para que hagan las cosas tal como ellos desean, dice:

«Uno de los problemas esenciales de la educación es que la mayoría de los países someten a sus colegios al modelo de control de calidad de las cadenas de comida rápida (…). El futuro de la educación no está en estandarizar sino en personalizar; no en promover el pensamiento grupal y la “despersonalización”, sino en cultivar la verdadera profundidad y el dinamismo de las habilidades humanas de todo tipo».

Ken Robinson. El elemento (The Element, 2009). Con Lou Aronica. Barcelona: Grijalbo, 2009; 359 pp.; trad. de Mercedes García Garmilla; ISBN: 978-84-253-4340-7.

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martes, 27 de octubre de 2009

El año 2006 publiqué una nota titulada ¿Por qué ir a los museos? en la que hablaba de un libro que, felizmente, ha sido traducido: Cómo hablar de arte a los niños. El primer libro de arte para niños... destinado a los adultos (Comment parler d’art aux enfants, 2002). San Sebastián: Nerea, 2009; 190 pp.; trad. de Xabier Andonegi Santamaria; ISBN: 978-84-96431-42-3.

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martes, 5 de agosto de 2008

Arte para niños,
de Gabriel Martín Roig, es un resumen de historia del arte ordenado y claro que no sólo será útil a los niños... Se comentan algunas cosas de un ejemplo conocido de distintos tipos de arte: pintura rupestre, arte greco-romano, románico, gótico, renacimiento, manierismo, barroco, neoclásico, romanticismo, impresionismo, postimpresionismo, cubismo, futurismo, surrealismo, expresionismo abstracto, op-art y pop-art. Incluye láminas grandes de los cuadros explicados.

Gabriel Martín Roig. Arte para niños. Un repaso de los movimientos y pintores más importantes de la historia (2007). Barcelona: Parramón, 2007; 96 pp.; ISBN: 978-84-342-2771-2.

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sábado, 26 de julio de 2008

En La Razón Creativa, un estudio filosófico sobre la creatividad siguiendo las aportaciones del filósofo norteamericano Charles S. Peirce (1839-1914), hay un apéndice titulado La educación creativa que tiene un público potencial mucho mayor del propio de un libro así. En él Sara Barrena se propone mostrar algunas conclusiones prácticas de lo que ha desarrollado en el libro e indicar cómo habría de ser una educación que forme personas verdaderamente creativas, con capacidad de abducir (razonar creativamente), de atención, de detectar los problemas, de tomar decisiones, de trabajar en comunidad, de ver la ciencia y el saber como algo vivo... «No se trata de tener a los alumnos haciendo ejercicios para fomentar la creatividad, como decirles que tiene que pensar qué estarían hablando entre sí el cuchillo y la mantequilla, o describir qué sentiría una carta viajando por el correo (tomo ejemplos de la vida real) sino de enseñar lo que hay que enseñar de forma creativa, de mostrar a los alumnos en qué situaciones pueden emplear una lógica diferente, abductiva, para resolver un problema real, cómo pueden crear y evaluar posibilidades».

Sara Barrena. La Razón Creativa. Crecimiento y finalidad del ser humano según C. S. Peirce (2007). Madrid: Rialp, 2007; 318 pp.; col. Vértice; ISBN: 978-84-321-3660-3.

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lunes, 13 de noviembre de 2006

Hace algún tiempo, en la librería de un museo encontré How to Talk to Children About Art?, de Françoise Barbe-Gall. Y, a pesar de que no compro libros prácticamente nunca, en ese caso hice una excepción porque me pareció un buen libro acerca de cómo explicar arte a los niños o, dicho de otro modo, cómo responder a las preguntas y observaciones que los niños (y los adultos, je, je) pueden hacer en un museo: «¿quién escoge los marcos para las pinturas?», «¿por qué hay tantos artistas anónimos?», «eso no está terminado», «eso lo puede hacer cualquiera», «¿por qué no hay pinturas en las sinagogas o en las mezquitas?», «¿por qué algunas pinturas son tan caras?», etc. Ojalá se traduzca pronto.

Françoise Barbe-Gall. How to Talk to Children About Art? (Comment parler d’art aux enfants, 2002). Londres: Frances Lincoln, 2005; 184 pp.; ISBN: 0-71112-2388-2.

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viernes, 17 de febrero de 2006

A ciertos aspectos del trabajo artístico se les pueden aplicar las consideraciones que una maga experta explica cuando, en relación con sus habilidades, dice que lo primero que aprende cualquier nuevo mago es «Límites». Aplicarlos, afirma, «es lo que me lleva tanto tiempo cuando tejo los hechizos. Hay que limitar el efecto de cada uno. Si uno llama a la lluvia, debe especificar una cierta cantidad para no inundar la región. Si uno hace un hechizo de destrucción para alguien o algo, tiene que poner un Límite para que esa destrucción no termine en una catástrofe generalizada que barra todo a su alrededor, incluyendo la casa y los bienes del Mago. La magia es muy pródiga en sus efectos. Los Límites son lo primero que se enseña a un nuevo mago».

Barbara Hambly. Vencer al dragón (Dragonsbane, 1985). Barcelona: Ediciones B, 1990; 328 pp.; col. Nova Fantasía; trad. de Margara Auberbach; ISBN: 84-406-1267-2.

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domingo, 10 de julio de 2005

Hablando de arte dice Robert Hugues que «la enseñanza de hoy no desea transmitir las difíciles habilidades de la pintura y la escultura sino producir personalidades realizadas», que son pocos los artistas «dispuestos a perseguir un ideal de lenta maduración» mientras que abundan los que aprovechan «cualquier recurso estilístico que llame la atención, no importa lo estéril que pueda resultar a la larga». Es necesario recordar que la idea del «último grito» es una «reliquia fosilizada» de la creencia en el progreso artístico y que «la filosófica belleza de los cuadrados y parrillas de Mondrian comienza con la belleza empírica de sus árboles de manzanas», con una sabiduría técnica bien aprendida y ejercitada.

Robert Hughes. A toda crítica. Ensayos sobre arte y artistas.

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