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Notas del archivo 'Charles Dickens (con opiniones de Chesterton)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 1 de octubre de 2015

Los papeles de Mudfog contiene siete textos que Charles Dickens escribió para la revista Bentley’s Miscellany, cuando firmaba todavía como Boz, que fueron publicados juntos como libro diez años después de su muerte.

Los primeros, titulados «Los papeles de Mudfog», son una descripción satírica del señor Tulrumble, un nuevo rico al que nombran alcalde de Mudfog, y dos «informes completos» de la primera y la segunda reunión de la Sociedad Mudfog para el Avance de Todo, parodia de las sociedades científicas de moda en la Inglaterra victoriana. Los otros relatos son «La pantomima de la vida», unos paralelismos entre los personajes propios de la pantomima y otros de la vida ordinaria; «Detalles referentes a un león», una crítica de los comportamientos de un escritor famoso y de quienes le aplauden, un tipo de autor que Dickens no querría ser; «Robert Bolton, el caballero con contactos en la prensa», un cuento gótico que es una pieza menor; y «Epístola familiar de un padre a su hijo de dos años y dos meses», un comentario relacionado con que Dickens dejaba su trabajo como editor de la revista Bentley’s Miscellany después de dos años y dos meses.

Fueron textos contemporáneos de Oliver Twist: de hecho, comenta la autora del excelente posfacio, en la publicación por entregas inicial figuraba que Oliver nació en el hospicio de Mudfog pero, al revisar el texto para su publicación como libro, omitió ese nombre. En ellos se ven rasgos del humor y la ironía características del autor: en los nombres que pone a sus personajes, en sus ataques a los ricos y a los pretendidamente sabios, en su sarcasmo contra ciertos comportamientos políticos y periodísticos. Son notables, se señala también en el posfacio, los toques steampunk que aparecen en las reuniones de científicos donde se plantean inventos curiosos y ciudades futuras con, por ejemplo, un «cuerpo de policías compuesto exclusivamente por autómatas».

Charles Dickens. Los papeles de Mudfog (The Mudfog and Other Sketches, 1837-1839). Cáceres: Periférica, 2014; 188 pp.; col. Largo Recorrido; trad. y postfacio de Ángeles de los Santos; ISBN: 978-84-16291-01-4. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 17 de octubre de 2014

Edward Caswall, un clérigo anglicano que más tarde se convertiría al catolicismo, publicó en 1837, bajo el seudónimo Quiz, una serie de retratos satíricos de «señoritas» típicas de su época y, al año siguiente, con el mismo tono y de modo anónimo, Charles Dickens le opuso retratos de «caballeretes» no menos típicos. Luego, estimulado por la boda de la reina Victoria en el año 1840, y de nuevo sin darse a conocer, Dickens prolongó su colección de retratos con «estampas de parejitas». Las tres colecciones fueron ilustradas por el conocido Phiz y fueron un gran éxito. En 1843 se publicaron juntas en el mismo libro. Y en 1870, después de su muerte, se supo que Dickens había sido el autor de las Estampas de caballeretes y de parejitas.

En conjunto presentan un buen retrato de muchos tipos humanos propios de la sociedad victoriana media y alta. Las casi treinta figuras que pinta Caswall tienen chispa y, como se podría esperar, en ellas no faltan algunos ramalazos que hoy calificaríamos de políticamente incorrectos. Su planteamiento es satírico pero su intención es sobre todo descriptiva. Por ejemplo, al hablar de «La señorita afirmativa» dice que «le gusta ver contenta a la gente y considera su deber hacer que todos sean lo más felices posibles, por esa razón nunca dice nada desagradable que pueda herir los sentimientos ajenos».

En cambio, la parte de Dickens tiene un tono más incisivo. En la «Conclusión» que pone al libro llama «ensayos morales» a sus textos y, en efecto, sus retratos con frecuencia suelen terminar con una especie de moraleja o un consejo directo al lector. Asi, dirá que «a los caballeretes apocados hay que curarlos o evitarlos. Nunca son casos incurables, y no lo serán mientras la belleza y el atractivo femeninos conserven su influencia». O bien, «¡Señoritas, señoritas! Los caballeretes presuntuosos son a menudo unos sinvergüenzas y siempre son idiotas. Así que os rogamos que procuréis evitarlos». Pero, donde consigue los mejores retratos, con diálogos de gran comicidad que podríamos oír ahora mismo a nuestro alrededor, es en la serie final cuando habla, por ejemplo, de «La pareja que se lleva la contraria» o «La parejita plausible». Es el mejor Dickens el que firma que «no hay mejor ilustración práctica del dicho de que hasta de lo bueno llega uno a hartarse que la que nos ofrece la pareja de tortolitos». O, el que termina «La pareja egocéntrica» señalando que «la vanidad huera nos causa lástima, pero la ostentación hipócrita despierta nuestra repulsa».

Edward Caswall y Charles Dickens. Estampas de caballeretes y de parejitas con Estampas de señoritas de Edward Caswall (Sketches of young gentlemen and young couples - with sketches of young ladies, 1837-1840). Barcelona: Alba, 2014; 246 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilustraciones de Phiz; ISBN: 978-84-8428-970-8. [
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sábado, 12 de mayo de 2012

En Appreciations and Criticisms of the works of Charles Dickens se recogen prólogos de Chesterton a estas obras: Sketches by Boz, Pickwick Papers, Nicholas Nickleby, Oliver Twist, Old Curiosity Shop, Barnaby Rudge, American Notes, Pictures from Italy, Martin Chuzzlewit, Christmas Books, Dombey and Son, David Copperfield, Christmas Stories, Bleak House, Child’s History of England, Hard Times, Little Dorrit, A Tale of Two Cities, Great Expectations, Our Mutual Friend, Edwin Drodd, Master Humprhey’s Clock y Reprinted Pieces.

Anteriormente a este libro, Chesterton había publicado ya una biografía sobre Dickens, por lo que los comentarios que hace aquí a sus obras no son extensos y normalmente se centran en algún o algunos aspectos que le interesa resaltar. Así consigue su objetivo de poner a Dickens en perspectiva: cuál es su estatura en comparación con sus contemporáneos; cuáles son los méritos y cuáles los fallos de sus relatos, tanto los literarios como los que se refieren a sus apreciaciones humanas o históricas; qué personajes están conseguidos y cuáles no; qué críticas sociales o históricas son justas y cuáles están algo desenfocadas.

En la introducción, Chesterton dice que las novelas de Dickens pueden ser leídas en cualquier orden. Es más, que cualquier orden de capítulos también sirve, pues cada parte es tan divertida y está tan viva que las novelas se pueden leer hacia atrás: «esto no es caos, es eternidad». Pero, al mismo tiempo, es cierto que para comprender mejor algunas obras, es útil saber cuáles van primero y cuáles van después. Un ejemplo es el de que, después de que se le reprochara el haber pintado de forma tan oscura al judío Fagin en Oliver Twist, se sintió obligado a ser más justo con los judíos y a presentar personajes amables: el viejo Aaron de Nuestro común amigo no es que sea una exageración de las virtudes judías, sino que no es un personaje terrenal y, como muchas peticiones públicas de perdón, no suena muy convincente.

Chesterton subraya que Dickens hizo notar los cambios sociales y el núcleo de algunos acontecimientos históricos de forma instintiva, mucho mejor que los muy educados, que novelistas como Thackeray o historiadores como Carlyle. Subraya también que Dickens siempre vio a sus personajes, en especial a sus personajes de baja condición social, como personas, individualmente, y nunca se le ocurrió escribir novelas de tipo sociológico. E indica que sus teorías fueron menos importantes que sus creaciones, porque era un genio, aunque el pensara que sus teorías eran más importantes, porque era un hombre.

G. K. Chesterton. Appreciations and Criticisms of the works of Charles Dickens (1911).

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sábado, 5 de mayo de 2012

En sus comentarios a las obras de Dickens, Chesterton se refiere también a Master Humphrey’s Clock, a Child’s History of England y a otro libro titulado Reprinted Pieces, al que concede menos valor.

Master Humphrey’s Clock fue un semanario editado y escrito por Dickens en el que aparecieron relatos cortos y, también, las entregas sucesivas de Almacén de Antigüedades y Barnaby Rudge. Con ese mismo título se preparó una antología de relatos que, sin duda, tiene interés para los entusiastas del autor pues, aparte de que vienen a poner como un marco a varias novelas, revelan cuáles eran las cosas que ocupaban su cabeza. Además, y como no son textos de los Dickens habría presumido, el hecho de que se publicaran en su momento también dice algo propio del mundo editorial: a un escritor de éxito los editores no le piden algo sino que le piden cualquier cosa.

Child’s History of England, un libro que Dickens escribió pensando en sus hijos, primero apareció en entregas mensuales y luego lo publicó en tres volúmenes, uno por año. En él abarcó desde el año 50 antes de Jesucristo hasta 1689, y le añadió un capítulo final que resumía lo sucedido desde esa fecha hasta la coronación de la reina Victoria. Es un libro de interés por lo que nos dice acerca de la mente de Dickens, común entre quienes se tenían por los más avanzados de su época. Su fallo no está en que aplique a los sucesos históricos unas reglas sencillas para decir lo que está bien y lo que está mal en cada momento histórico, sino en la total ignorancia que Dickens tiene de las circunstancias en la que habría que aplicar esas reglas.

Charles Dickens. Master Humphrey’s Clock (1840-1841); Child’s History of England (1851-1853); Reprinted Pieces.

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sábado, 28 de abril de 2012

Dice Chesterton que «Pickwick fue una obra concebida en parte por otros, pero en último extremo completada por Dickens. El misterio de Edwin Drood, su último libro, lo concibió Dickens, pero lo completaron otros. Los papeles póstumos del club Pickwick demostró lo mucho que podía hacer Dickens con las sugerencias ajenas; El misterio de Edwin Drood demuestra lo poco que pueden hacer unas personas ajenas con las sugerencias de Dickens».

En esa novela se describe la desaparición del joven arquitecto Edwin Drood después de una noche de fiesta en la que celebraba la reconciliación con su enemigo Neville Landless, en la casa de su tío John Jasper. De los enigmas que se plantean, enseguida resulta evidente que Drood no ha desaparecido por maquinaciones de su rival sino por las de su tío, que parece tener por él una extraña inclinación.

En el prólogo que puso a esta obra, Chesterton dice que «el cielo quiso que Dickens fuese el gran melodramático, de manera que incluso su final literario lo fue»: que la única novela que Dickens no terminó fuese la única que necesitaba un final es como la última broma de un elfo al despedirse de este mundo. «A Dickens se le concedió, en suma, un final tan extraño como sus comienzos literarios. Empezó completando la antigua novela de viajes; terminó inventando la nueva novela de detectives».

Luego discute las distintas soluciones que intentaron dar al enigma de la desaparición de Drood algunos críticos y novelistas, para concluir que ninguna es completamente satisfactoria. A fin de cuentas, si algunos puntos nos parecen sugerentes puede ser que estén ahí para que resulten engañosos: en un caso como este «cualquier cosa que escribiera Dickens podía significar, o no, lo contrario de lo que dice». Sea como sea, es curioso que «un cuento acabado puede conceder a un hombre la inmortalidad desde el punto de vista literario, pero un cuento sin terminar implica otra inmortalidad más esencial y extraña». [Tomo los textos entrecomillados de la traducción del texto que figura en Cómo escribir relatos policiacos.]

Charles Dickens. The Mistery of Edwin Drood (1870). Edición en castellano, titulada El misterio de Edwin Drood, que contiene los capítulos que hizo Dickens y luego una continuación de Leon Garfield, en Barcelona: Edhasa, 1983; 538 pp.; col. Narrativas modernas; ilust. de Anthony Maitland; prólogo de Edward Blishen; trad. de Elena Rius; ISBN: 84-350-1002-3.

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sábado, 21 de abril de 2012

Nuestro común amigo
fue la última novela que Dickens completó y fue una especie de regreso a sus primeras tramas, pero si en La pequeña Dorrit volvió a la forma de los primeros libros, pero no a su espíritu, aquí volvió tanto a su espíritu como a su forma. También se puede decir que si el mundo que Dickens presenta es cada vez más sucio y polvoriento según avanzan sus novelas, alcanza la cumbre al llegar a las montañas de basura donde se desarrolla esta historia.

En ella todo comienza cuando un hombre llamado Gaffer Hexam, cuya ocupación es recoger cadáveres del Támesis para robarlos y luego entregarlos a las autoridades, encuentra el cuerpo de John Harmon, un joven que volvía a Inglaterra para heredar la fortuna que su padre había hecho recogiendo basuras. A partir de ahí, la herencia de Harmon pasa al hombre de confianza de su padre, Nicodemus Boffin. Este coge como secretario a un joven desconocido llamado John Rokesmith; además, lleva a vivir a su casa a la joven Bella Wilfer, la que supuestamente habría sido esposa de John Harmon. Entran luego en escena un rival de Gaffer Hexam en el río, un pícaro que intenta robar a Boffin llamado Silas Wegg, y un personaje más que rocambolesco que recompone huesos llamado Venus. Otro hilo narrativo sigue a Lizzie Hexam, la joven y amable hija del barquero, sobre la que se interesan un abogado de clase alta, Eugene Wrayburn, y un maestro, Bradley Headstone, que es el tutor del hermano pequeño de Lizzie.

Al margen de que las coincidencias para que todo resulte bien urdido y relacionado entre sí sean abundantes, algunos personajes y actuaciones son poco creíbles. En concreto, dice Chesterton que no es nada convincente ni el personaje de Silas Wegg ni un tramo de la novela en el que se produce un cambio de personalidad de Boffin. Por otro lado, y como es habitual en Dickens, son memorables algunos personajes muy secundarios y algunas escenas como al margen de la trama principal, por ejemplo unos diálogos que se dan en reuniones de alta sociedad y un lacayo de aspecto fúnebre que aparece unas pocas veces en ellas, y que mientras anuncia que «la comida está servida», el narrador indica que tal vez esté añadiendo por lo bajo un «a ver si os envenenáis, desdichados».

Entre las excelentes observaciones una es la que se hace a propósito del hombre de negocios, míster Podsnap: «el mundo moral y hasta el mundo geográfico de míster Podsnap es un mundo extremadamente limitado, y aunque deba su prosperidad al comercio internacional, este caballero considera el nombre de los otros países como un error y pone a las costumbres extranjeras esta observación: “No son inglesas”, suprimiéndolas con su ademán acostumbrado». Otra es el comentario de Lizzie a su pretendiente: «Si yo le inspiro los sentimientos que podría inspirarle una señora, concédame el respeto que ella tendría el derecho de exigirle. Soy una simple obrera y estoy demasiado lejos de usted y de su familia para que nada pueda acercarnos. ¡Sería noble, por su parte, que esa distancia la considerara usted como si yo fuera una reina!».

Si en otras novelas Dickens era crítico con las enseñanzas de maestros torpes, aquí lo es con un maestro que no es torpe pero sí está muy pagado de sí mismo. Bradley Headstone es un gran antagonista de los que ganan el interés del lector. Hay rasgos originales en su concepción: si otros villanos piensan rápido, Headstone piensa despacio; si el origen de muchos está en los bajos fondos, el de Headstone está en la respetable clase media. Otro personaje bien concebido es el pupilo de Headstone, el hermano de Lizzie, un chico de comportamiento egoísta y cruel pero con un punto de vista de la vida de una sorprendente bajeza. Es singular que Dickens, que era un reformador social y radical que defendía enérgicamente la necesidad de la educación popular, viera tan claro el hecho de que la educación democrática moderna puede tan fácilmente despojar al educando de las virtudes más democráticas.

Charles Dickens. Our Mutual Friend (1864-1865). Una edición en castellano, titulada Nuestro común amigo, está en Madrid: Espasa Calpe, 2008; 708 pp.; col. La otra orilla; trad. de C. Miró; ISBN: 978-84-670-2712-9. Otra edición, titulada Nuestro amigo común, está en Barcelona: Mondadori, 2010; 1088 pp.; col. Grandes clásicos; trad. de Damián Alou Ramis; ISBN 13: 978-8439722236.

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sábado, 14 de abril de 2012

Dice Chesterton que Grandes esperanzas fue la mejor de las últimas novelas de Dickens. Los especialistas señalan que es la menos sentimental de sus novelas; que es la que tiene una estructura narrativa más cuidada —no hay detalles innecesarios, están empleados con habilidad los contrastes y las repeticiones como pautas narrativas—; que está reconstruido con especial coherencia el ambiente de la época, las primeras décadas del siglo XIX; que es también la que más episodios de violencia contiene; y que, junto con David Copperfield, es la única novela que Dickens escribió en primera persona. Sin embargo, dice Chesterton, si todos los libros de Dickens podrían haberse titulado Grandes Esperanzas, el único al que dio ese nombre fue justo el único en el que las esperanzas nunca se cumplieron. En este libro, frente a otros, Dickens estaba intentando ser como un observador despegado e incluso cínico de la vida humana, por más que aquí su cinismo sea el cinismo amable de la vejez y no el cinismo duro de la juventud.

Comienza cuando el narrador, Pip, un niño huérfano y asustadizo, tiene un encuentro con un preso fugado al que consigue alimentos y una lima. Pip vive con su hermana y su cuñado, un bondadoso herrero que le quiere como si fuera su hermano mayor. Poco después, un misterioso benefactor le permite abandonar su vida como aprendiz de herrero y marchar a Londres, a la tenebrosa mansión de una rica y solitaria señora para ser el compañero de juegos de una niña seca, hermosa y altiva, con la que Pip aprende que sus manos son bastas y sus botas demasiado gruesas. Y Pip, poco a poco, se hará un caballero, un gentleman de la Inglaterra victoriana.

La novela describe cómo las circunstancias pueden corromper a un chico joven que, poco a poco, acaba por estar sólo preocupado de su estatus social y se ve dominado por el orgullo de pertenecer a una clase: se puede decir que, por primera vez en los libros de Dickens, el héroe desaparece. Si la mayoría de las acciones de Nicholas Nickleby se cuentan para mostrar que es heroico, las de Pip se cuentan para mostrar que no lo es; si de Sydney Carton, en Historia de dos ciudades, se dice que, con todos sus defectos y vicios, fue un héroe, de Pip se acaba diciendo que, con todas sus cualidades, fue un esnob. Con todo, la fuerza de Dickens asoma incluso a pesar de sí mismo: su amor por la humanidad real, esa humanidad que los filántropos no aman, la humanidad de los cocheros y de los vendedores ambulantes y de los que viajan en tercera clase, surge siempre: un personaje como el aprendiz de Trabb, el sastre, no lo podrían describir jamás ni George Eliot ni Thackeray. La grandeza literaria de Dickens está en la energía y la fuerza que comunica a personajes comunes, en su capacidad de mostrar la alegría de la vida sentida por aquellos que no tienen nada más que la vida, justo lo que Pip odia y teme en el insolente aprendiz de Trabb.

Como en otras novelas, en esta no faltan observaciones referentes a la educación y el mundo interior de los niños. Una, cuando Pip le dice a Joe que ha mentido pero que las mentiras que contó en su relato «habían sido producto de todo aquello aunque no sabía cómo», y Joe le dice: «Hay una cosa de la que puedes estar seguro, Pip —dijo Joe tras un rato de reflexión— y es que las mentiras son mentiras. De donde quiera que salgan, no debieran haber salido y provienen del padre de la mentira que en definitiva es lo mismo. No mientas nunca más. Ese no es el camino para dejar de ser ordinario, hijo. Y en cuanto a lo de ordinario, no lo veo nada claro. No eres ordinario en algunas cosas. Por ejemplo, eres extraordinariamente pequeño. También extraordinariamente estudioso».

Otra: «En el mundo en el que viven los niños, quienquiera que sea quien los críe, no hay nada que se perciba ni se sienta tan agudamente como la injusticia. Tal vez sean nimias las injusticias a los que los niños se ven expuestos, pero el niño es pequeño, su mundo es pequeño y el caballo de cartón es para él tan alto como un caballo irlandés». Y otra más: «Si el miedo a no ser comprendido se agazapa en el corazón de otros muchachos en grado parecido al que lo hacía el mío —lo cual considero probable, pues no tengo razones especiales para considerarme una monstruosidad—, ahí se debe encontrar la llave de muchas extrañas reservas».

Charles Dickens.
Great Expectations (1860-1861). Edición española, titulada Grandes esperanzas, en Madrid: Cátedra, 1985; 480 pp.; col. Letras universales; edición de Pilar Hidalgo; trad. de María Engracia Pujals; ISBN 13: 978-84-376-0519-7. Nueva edición en Barcelona: Alba, 2010; 526 pp.; col. Alba Minus; trad. de R. Berenguer; ISBN: 84-8984612X. Otra en Madrid: Alianza, 2011; 784 pp.; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Miguel Ángel Pérez Pérez; ISBN 13: 978-84-206-5495-9. Y otra más en Barcelona: Nuevas ediciones de bolsillo, 2008; 664 pp.; col. Clásica; trad. de Jonio González; ISBN 13: 978-84-8346-988-0.

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sábado, 7 de abril de 2012

En contraste con otras novelas de Dickens, Historia de dos ciudades tiene un argumento más lineal, sin derivaciones de su hilo principal, y tiene acentos más sombríos, casi sin rasgos de humor. Su estilo es más retórico, algo que, suponen los especialistas, tuvo su origen en la costumbre que había ido adquiriendo Dickens de realizar lecturas en voz alta de sus obras.

Acción que se desarrolla entre 1775 y 1789. Comienza cuando el enviado de un banco inglés viaja a París para traerse con él de regreso a Londres al doctor Manette, un hombre que ha estado en prisión casi veinte años y está en un estado de salud lamentable. Pasan los años y, cuando ya se ha recuperado y su hija se ha casado con un joven de origen francés, todos deben acabar volviendo a París en el momento en el que la revolución está en su punto más alto.

Para escribir su historia Dickens se apoyó en la investigación histórica de Carlyle acerca de la Revolución francesa. Pero, dice Chesterton, mientras Carlyle recogía cuidadosamente los documentos y verificaba las referencias, Dickens sólo tomaba sus ideas de la gente; mientras Carlyle era escocés y estaba históricamente conectado con Francia, Dickens era un inglés para quien Londres era la capital del mundo y, por supuesto, no entendía que París pudiera ser la capital de Europa o que todos los caminos conducen a Roma… En teoría se diría que Carlyle era sabio y Dickens un ignorante, pero Dickens comprendió lo que no comprendió Carlyle y su presentación de la Revolución francesa se aproxima probablemente mucho más a la revolución francesa real que la visión que dio Carlyle.

Carlyle siempre supone que cuando se producen las tragedias el hombre que las provoca es trágico; Dickens sabe que quienes provocan las peores tragedias son cómicos, como por ejemplo Quilp (Almacén de antigüedades). Carlyle era sutil pero no sencillo, y la Revolución francesa fue algo simple que un hombre sencillo pero no sutil como Dickens sí pudo ver, igual que vio, y dijo a los propietarios de esclavos norteamericanos, que la crueldad y el abuso de un poder irresponsable son las peores pasiones humanas. Por eso Dickens, cuando escribe una historia sobre la Revolución francesa, no hace que la revolución en sí misma sea una tragedia pues sabe que un estallido rara vez es una tragedia y que generalmente, gracias a él, se impide la tragedia. Todas las tragedias verdaderas son silenciosas (y al decir esto Chesterton estaba pensando en el despojo silencioso que, durante siglos, sufrió el pueblo inglés a manos de sus clases altas). Por eso, en su obra, Dickens condena la crueldad de la Revolución pero no sin antes presentar la crueldad de los aristócratas que provocó y legitimó la rebelión de las clases populares.

Charles Dickens. A Tale of Two Cities (1859). Edición española, titulada Historia de dos ciudades, en Madrid: Cátedra, 2001; 512 pp.; col. Letras universales; edición de Pilar Hidalgo; trad. de Juan Jesús Zaro Vera; ISBN 10: 84-376-1953-X. Otra edición está en Madrid: Alianza, 2011; 624 pp.; col. El Libro de bolsillo; trad. de Salustiano Masó; ISBN 13: 978-84-206-6577-1.

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sábado, 31 de marzo de 2012

Dice Chesterton que La pequeña Dorrit representa lo más lejos que Dickens fue por el camino del realismo aunque, de sus últimas novelas, no es la que trata mejor algunos problemas sociales inmediatos, pues esa fue Tiempos Difíciles; ni es la mejor construida, que probablemente sea la inacabada El misterio de Edwin Drood.

El protagonista es Arthur Clenam, un hombre que vuelve a Londres después de haberse pasado veinte años en China. La pequeña Dorrit trabaja en casa de su madre, la señora Clenam, una mujer inválida y de trato difícil con Arthur. Arthur se siente intrigado por la chica y descubre que cuida de su padre, un hombre arruinado, en la prisión para deudores de Marshalsea. Arthur la ayuda y, para eso, ha de hacer frente a la Oficina del Circunloquio, un cuerpo burocrático verdaderamente fastidioso. También hace negocios y se enamora de la chica equivocada. Entretanto, el arrogante mayordomo de su madre logra ser socio de la compañía Clennam. En fin, se suceden cambios de fortuna, herencias inesperadas, descubrimientos del pasado, etc.

Dickens intentó en esta historia satirizar la incompetencia del gobierno y la hipocresía social. En conjunto no acertó, pues la narración tiene algo de la forma, o de la falta de forma, de Nicholas Nickleby o de Martin Chuzzlewit, y en ella son muchas las cosas que suceden, como en una cadena de aventuras desconectadas, y sin que haya tantos momentos de hilaridad como en otras novelas. Sin embargo, el pasaje donde describe la Oficina de Circunloquios es verdaderamente memorable: cualquier elogio es pequeño, también porque, decía Chesterton, revela cómo está siendo gobernada Inglaterra no sólo antes, sino ahora. Otro punto de interés está en que Dickens ambientó su novela en la prisión de Marshalsea, donde su propio padre estuvo encarcelado, y en que se inspiró en él tanto para el serio señor Dorrit, un hombre pobre, desolado y vencido por el mundo, como para el hilarante Micawber (David Copperfield), un hombre también pobre, pero exultante, a quien el mundo no derrota: mientras en La pequeña Dorrit Dickens insiste en la degradación del deudor, en David Copperfield se recreaba en su irresponsabilidad.

Charles Dickens. Little Dorrit (1855-1857). Edición en castellano, titulada La pequeña Dorrit, en Barcelona: Alba, 2011; 952 pp.; col. Clásica Maior; trad. de Carmen Francí e Ismael Attrache; ISBN: 97884-84286707.

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sábado, 24 de marzo de 2012

Decía Chesterton que, con sus obras, Dickens recordó que, del lema revolucionario, los ingleses habían dejado solo Libertad pero habían borrado Igualdad y Fraternidad. Y si en todos sus libros fue un campeón de la fraternidad, en Tiempos Difíciles salió a combatir por la Igualdad. Es una novela más corta y más intensa que otras del autor: puede ser amarga, pero fue una protesta contra la amargura; puede ser oscura, pero eso es debido a la oscuridad del tema y no a la del autor; y es, quizás, el único lugar donde, queriendo defender la felicidad, Dickens olvida, en algunos momentos, ser feliz.

Ciudad industrial de Coketown, inspirada en Manchester, y no Londres o alrededores, como es habitual en Dickens. Hay cuatro ambientes: la clase alta representada por Josías Bounderby, «el fanfarrón de la humildad»; el del pedagogo utilitarista, Tomás Gradgrind, cuya hija mayor está casada con Bounderby; el representado por Esteban, un trabajador textil de Bounderby; el mundo del circo del señor Sleary, al que pertenece Ceci Jupe, una chica cuyo padre trabajaba allí y que vive con los Gradgrind. Aunque hay hechos que empujan hacia delante la acción, como el que Bounderby acuse injustamente a Esteban, Dickens quiere advertir a los lectores de las condiciones de vida de los trabajadores de la industria, señalar el comportamiento canalla de propietarios como Bounderby y de políticos como Harthouse —habla del Parlamento como del «vertedero nacional»—, y atacar la educación utilitarista, entonces de moda.

Este último punto se advierte pronto en el libro. Así, al principio, un funcionario público dice a Gradgrind: «Tenéis que suprimir por completo la palabra imaginación. La imaginación no sirve para nada en la vida. En los objetos de uso o adorno, rechazaréis lo que está en oposición con lo real. En la vida real no camináis pisando flores; pues tampoco caminaréis sobre flores en las alfombras». Y, en otro momento, el narrador exclama: «¡Oh, economistas utilitarios, maestros de escuela en esqueleto, comisarios de realidades, elegantes y agotados incrédulos, charlatanes de tantos credos pequeñitos y manoseados, siempre habrá pobres en vuestra sociedad! Cultivad en ellos, ahora que todavía estáis a tiempo, las gracias supremas de la fantasía y el corazón, para adornar con ellas sus vidas, que tanta necesidad tienen de ser embellecidas, o de lo contrario, cuando llegue el día de vuestro triunfo completo, cuando hayáis conseguido raer de sus almas todo idealismo y ellos se encuentren cara a cara y a solas con su vida desnuda de todo ornato, la realidad se volverá lobo y acabará con vosotros».

Charles Dickens. Hard Times (1854). Edición española, titulada Tiempos difíciles, en Madrid: Cátedra, 2005; 456 pp.; col. Letras universales; trad. de Armando Lázaro Ros; edición de Fernando Galván; ISBN 10: 84-376-1070-2. Otra edición en Madrid: Alianza, 2010, 1ª ed., 2ª reimpr.; 480 pp.; col. El libro de bolsillo; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN 13: 978-84-206-7423-0.

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sábado, 17 de marzo de 2012

Dice Chesterton que Casa desolada no es el mejor libro de Dickens pero sí es su mejor novela: una distinción que no es una trampa verbal y que ha de ser recordada continuamente al hablar de sus obras. Por un lado, es una novela escrita en el punto más alto de su madurez intelectual, lo que no quiere decir perfección: una patata madura es perfecta pero alguna gente prefiere las patatas jóvenes o, dicho de otro modo, los niños son más agradables que los adultos y cuando Dickens escribió Casa Desolada había crecido ya.

Esther Summerson es una joven de orígenes misteriosos cuya bondad y desinterés hacia los demás la convierten en una persona querida por todos: es como si a su alrededor hubiera una «conspiración habitual» para hacerla feliz. Esther y un narrador externo se alternan en los sucesivos capítulos de una historia con multitud de personajes y de ramificaciones. Entre otras: los orígenes misteriosos de Esther; la adopción, por parte del bondadoso John Jarndyce, de la misma Esther y de otros dos jóvenes, Ada Clare y Richard Carstone; un histórico pleito que consume todas las energías de Richard; las ambiciones de abogados y prestamistas junto con el sufrimiento que ocasionan a distintas personas; la amistad de Esther con Caddy Jellyby; los vaivenes por los que pasa el amor de Esther… Además, el último tramo de la novela es una intriga policiaca en la que aparece un detective singular, Mr. Bucket, con cuyas averiguaciones se va dando cumplida satisfacción a los cabos sueltos anteriores.

Todos los libros anteriores de Dickens, tal vez con la excepción de Dombey e Hijo, son como novelas de aventuras e incluso como diarios de viaje. Así, los protagonistas de Pickwick, Oliver Twist, Nicholas Nickleby, David Cooperfield, o Martin Chuzzlewit, se pasan la vida de lugar en lugar. En Casa Desolada, sin embargo, hay un cambio de estructura: no es una cadena sino un ciclo de incidentes. Esto se ve si pensamos en que los comienzos de las novelas de Dickens, como por ejemplo la genial genealogía de los Chuzzlewit o el gran primer capítulo de David Copperfield, son incidentes que nada tienen que ver con el desarrollo posterior de la historia salvo las conexiones biográficas. En Casa Desolada, en cambio, Dickens empieza con la niebla que oculta el Tribunal Supremo porque quiere terminar con lo mismo. Además, toda la novela está repleta de símbolos que remiten al mundo de la administración de justicia: si de la muerte del pequeño Paul Dombey podíamos culpar a Dickens, aquí de la muerte de Little Jo podemos culpar a los jueces. La unidad artistica de la historia es casi sofocante: siempre hay un motivo, todo está calculado para reafirmar la protesta del autor contra un gran mal social. Y el hecho de que la niebla del primer capítulo nunca se levante parece querer decir al lector que la tiranía que se denuncia no puede ser levantada con el ligero subterfugio de la ficción.

En otro orden de cosas, se puede afirmar que la tragedia de Richard Carstone es la única y real gran tragedia que escribió Dickens. Dickens, que era divertido acerca de cosas divertidas, era muy serio acerca de cosas serias, y con esta historia quería que nos uniéramos a su protesta contra la vaciedad y la arrogancia de la ley, contra la locura y el orgullo de los jueces, y por eso quiso ser deprimente. Otro ejemplo de la seriedad de esta novela está en Caddy Jellyby: si Carstone es un estudio masculino de un joven que sigue un camino equivocado, Caddy,  tal vez la más digna de las heroínas of Dickens, es un perfecto estudio femenino de una chica que sabe elegir bien.

Charles Dickens. Bleak House (1853). Edición española, titulada Casa desolada, en Barcelona: Montesinos, 1987; 756 pp.; col. Clásicos; trad. de José Luis Crespo Fernández; ISBN: 84-7639-060-2. [Vista del libro en amazon.es]
Otra edición está en Madrid: Valdemar, 2008; 1088 pp.; col. Clásicos; trad. de José Rafael Fernández Arias; ISBN-13: 978-84-7702-595-5.

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sábado, 10 de marzo de 2012

A partir de Dombey e Hijo, una novela que se publicó en veinte entregas mensuales, Dickens planificó más sus libros: los hizo más serios y en ellos intentó que todo tuviera más sentido, de forma que hasta los ramalazos más absurdos fueran en la misma dirección de los propósitos que tenía la novela.

Esta historia comienza cuando fallece la señora Dombey al dar a luz a su hijo Pablo. El padre, Mr. Dombey, un rico mercader, pone todas sus esperanzas en ese hijo y no hace caso alguno a su hija Florencia, que tiene unos cinco o seis años. Sin embargo, el vínculo afectivo entre Florencia y Pablo se hace muy fuerte. Florencia encuentra apoyo y afecto en Walter Gay, un joven empleado de su padre. La salud de Pablo no es buena y fallece. Mr. Dombey se casa de nuevo con la joven viuda Edith Granger, una mujer de la que desconoce su pasado pero que piensa que puede cumplir la función social que se le pide a su esposa. También gana peso el empleado de confianza de Mr. Dombey, Carker, un adulador maniobrero semejante al Urias Heep de David Cooperfield.

El propósito del autor, de presentar la bondad como la gran curadora de todos los males, se resiente del sentimentalismo que se respira en muchos momentos, aunque coge vuelo gracias al intenso dramatismo de algunos diálogos —sobre todo algunos donde habla Edith Granger—. En sus comentarios, Chesterton pone su atención en tres personajes muy secundarios con los que Dickens sí logra subrayar su intención de fondo. Uno, el mayor Bagstock, un tipo que pasa por sincero pero que sólo es completamente obvio, y que cuando dice una parte de la verdad ya piensa que así está siendo veraz. Otro, el primo Feenix, un aristócrata bienintencionado que dice cosas verdaderas sólo por accidente, un desmentido a quienes decían que Dickens no sabía pintar aristócratas pero, eso sí, una prueba de que no los describía como a ellos les apetecía ser descritos. Y el tercero, Toots, un personaje con el que Dickens muestra cómo un ser bondadoso y algo idiota puede hacernos notar la maravilla de una inocencia genuina.

Se puede dejar constancia, como en otras novelas de Dickens, de la pertinencia de algunas consideraciones sobre cuestiones educativas. Una, cuando el narrador dice de un personaje que «todo cuanto intentó con objeto de desviar a su sobrino [Walter] del afán por las aventuras produjo en éste contrarios efectos. Siempre ocurre así. Procurad escribir alguna vez un libro o narrad algo cuyo objeto sea únicamente hacer que los niños no se muevan de casa, y éstos, indudablemente, no pensarán en otra cosa distinta que hacerse a la mar. Todo esto está suficientemente probado». Otra, también en boca del narrador, a propósito de una escuela a la que asiste Pablo: «El sistema de mistress Pichpin no consistía en dejar que la inteligencia de los niños se formara y desarrollase como una delicada flor, sino obligarla a abrirse como una ostra». Una tercera, cuando Edith le dice a su madre que «basta y sobra con que nosotros seamos lo que somos. Y no quiero que la juventud y la confianza desciendan a nuestro mismo nivel. No quiero que un alma cándida sea corrompida, pervertida, para divertir el ocio de una madre, ni de todas las madres del mundo juntas».

Charles Dickens. Dombey and Son (1846-1848). Edición española, titulada Dombey e Hijo, en Barcelona: Ediciones del Azar, 2002; 889 pp.; trad. de Fernando Gutiérrez y Diego Navarro; ISBN: 84-95885-03-4.

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sábado, 3 de marzo de 2012

Martin Chuzzlewit
fue la última de las novelas de Dickens con aire picaresco y una de las menos populares: incluso para el entusiasta de Dickens resulta poco satisfactoria porque predomina en ella un humor hostil, un poco semejante al de Oliver Twist. Su protagonista, Martin Chuzzlewit, es un aprendiz de arquitecto al que contrata Seth Pecksniff, una especie de profesor, y que es desheredado por su excéntrico y rico abuelo. Martin viaja entonces a los Estados Unidos, donde es estafado y tiene malas pero cómicas experiencias. Cuando vuelve a Inglaterra, desilusionado, acaba reconciliándose con su abuelo, que da su aprobación a su futuro matrimonio con Mary Graham.

El comentario que hace Chesterton a esta historia contiene una larga comparación entre Thackeray y Dickens: al primero lo califica de novelista y al segundo de satírico. Señala que la esencia de la sátira está en que percibe lo absurdo en la lógica de una posición y entonces aisla esa incongruencia para que todos podamos verla; por su misma naturaleza es inseparable de una cierta lógica insana que normalmente llamamos exageración. Mientras Thackeray llevaba los principios de un hombre tan lejos como ese hombre los llevaba, Dickens los llevaba tan lejos como los principios podían ir. Se puede afirmar que el satírico es más filosófico que el novelista. Mientras este puede ser solo un observador, el satírico debe ser un pensador filosófico pues ha de seleccionar qué cosa caricaturizará, por lo que se podría decir que la verdadera sátira es siempre una variación de la fantasía con aires de lógica pura. Un ejemplo de esta forma de sátira está en el viaje de Martin Chuzzlewit por América: en él se ve que Dickens no describe personajes sino que satiriza modas o, para decirlo más exactamente, persigue herejías; y que nunca hubo un hombre tan capaz para decir que algo estaba mal y tan deseoso de decir que algo estaba bien.

Pues bien, todo Dickens es sátira y sentimentalismo. La sátira se arriesga a ser innecesariamente hostil e inmisericorde, y el sentimentalismo a ser innecesariamente humanitario e incluso sensiblero. En la correcta mezcla de ambas cosas descansa el éxito de Dickens en una novela. De ahí que Dickens dé siempre lo mejor de sí mismo cuando se ríe de la gente a la que admira, como cuando escribe sobre Pickwick, que representa la virtud pasiva, o sobre Weller, que representa la virtud activa. Lo mismo vemos en Barnaby Rudge, cuyo héroe es un loco amable; y en las dos figuras cómicas de Almacén de antigüedades, Dick Swiveller y la Marquesa, que son las que atraen más al lector. Pero en Martin Chuzzlewit ninguno de los personajes absurdos despiertan de igual modo la simpatía: el hipócrita y retórico Seth Pecksniff por un lado, y la untuosa y suntuosa señora Gamp por el otro, son tan exuberantes y divertidos como abominables y despiadados, pero resulta difícil tomárselos del todo en serio cuando se ve que su creador no los aprecia (y, para los lectores españoles, a esto se ha de añadir que la forma de hablar de la señora Gamp, en un argot propio, no suena nada bien).

Charles Dickens. The Life and Adventures of Martin Chuzzlewit (1843-1844). Edición española, titulada Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, en Barcelona: Montesinos, 2003, 727 pp.; trad. de David González; ISBN: 84-95776-62-6.

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sábado, 25 de febrero de 2012

Dickens
fue a Norteamérica en 1842 y a Italia cuatro años después. De ambas estancias dejó constancia en sus libros American Notes y Pictures from Italy. Son libros para los entusiastas del autor y para quienes disfruten especialmente con esta clase de relatos viajeros.

En Viaje a América Dickens criticó los aspectos de la sociedad norteamericana que no le gustaron —desde la esclavitud a la falta de cortesía en el trato—, igual que hizo, mucho mejor, en algunos pasajes de su novela Martin Chuzzlewit. En Italia, un país raro para Dickens, se dedicó a observar lo que le chocaba, como hace quien va de vacaciones, y, a veces, narra las cosas como si le hubieran ocurrido a otro; quizás lo más atractivo sea la descripción de una sesión de marionetas, en Génova, acerca de la muerte de Napoleón en Santa Elena: «el espectáculo más gracioso que he visto en mi vida», «indescriptiblemente grotesco».

Es curioso, dice Chesterton, cómo los títulos revelan ya la facilidad que Dickens tenía para decir verdades inconscientes, sobre todo en cuestiones pequeñas. Las American Notes son realmente notas, como las notas de un estudiante, o de un inspector, o de un testigo con una obligación profesional. En cambio, Pictures from Italy son solamente cuadros como las impresiones misceláneas que un turista (y un turista inglés) puede traer de allí. Además, otros puntos destacables son, por un lado, la homogeneidad de las obras de Dickens con el contenido de sus cartas privadas, algo que se puede decir de pocos hombres públicos; y, por otro, el hecho de que, con el paso del tiempo, de Dickens no aguanta bien lo que redactó con intenciones sólidas y, sin embargo, duran para siempre, como rocas, sus comentarios frívolos o sus bromas momentáneas.

Charles Dickens. American Notes (1843-1844). Edición española, titulada Notas de América, en Barcelona: Zeta bosillo, 2010; 384 pp.; col. Zeta; trad. de Beatriz Iglesias Lama; ISBN-13: 978-8498724165.
Charles Dickens.
Pictures from Italy (1846). Edición española, titulada Estampas de Italia, en Barcelona: Alba, 2002; 288 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Ángela Pérez; ISBN: 84-84281396.

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sábado, 18 de febrero de 2012

En un comentario a varios relatos cortos de Dickens, Chesterton apunta cómo algunos de sus mejores textos están, dentro de sus historias, en tramos que son narraciones ligeras con rasgos que podrían llamarse periodísticos.

Un ejemplo está en Somebody’s Luggage, cuyo narrador, que orgullosamente comienza indicando que viene de una familia de camareros y que actualmente tiene cinco hermanos y una hermana, todos ellos camareros, nos habla de las obligaciones y de la dignidad de un camarero en el capítulo inicial. Este soliloquio acerca de los verdaderos principios del «camarerismo» es una sátira verdaderamente magnífica comparable, por ejemplo, con la descripción que hace Mr. Bumble (Oliver Twist) de los cuidados que dan en el orfanato cuando afirma que allí dan a los pobres lo que no desean y así nunca vuelven. O con la descripción que hace Mr. Podsnap (Nuestro común amigo) de la Constitución británica que la Providencia concedió a los ingleses. O con la genealogía de los Chuzzlewit o las escenas neblinosas que abren, respectivamente, Martin Chuzzlewit y Casa Desolada.

Otro ejemplo es el de los dos libros que dedicó a la Señora Lirriper —donde Dickens firma varios capítulos pero no todos, pues algunos amigos suyos añadieron otros—, una mujer que, a la muerte de su marido, abre una pensión, en Londres, para pagar a sus acreedores e iniciar una nueva vida. Si tiene mal genio es a menudo por las razones por las que las mujeres tienen mal genio («supongo que por las exasperantes cualidades del otro sexo», dice Chesterton), y si es tacaña no se le puede reprochar, pues si un marido hace de la generosidad un vicio es necesario que la esposa haga de la avaricia una virtud…

En relatos así se ve la diferencia entre Dickens y muchos novelistas modernos: estos intentan hacer novelas largas a partir de personajes sutiles, sin darse cuenta de que los personajes sutiles enseguida se terminan porque se construyen hacia el interior y allí terminan muriendo, mientras que los personajes simples tienen una energía y una frescura inextinguible porque, como han de construirse hacia el exterior de sí mismos, resultan expansivos y viven siempre.

Charles Dickens. Somebody’s Luggage (1862).
Charles Dickens.
Mrs. Lirriper’s Legacy (1863) y Mrs. Lirriper’s Lodgings (1864). Edición en  castellano de ambos, con el título La señora Lirriper, en Barcelona: Alba, 2010; 424 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 97884-84285694.

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sábado, 11 de febrero de 2012

En un comentario a varios relatos navideños de Dickens, como Canción de Navidad, Las campanadas o El Grillo del Hogar, dice Chesterton que el mejor de todos es Canción de Navidad, un caso en el que se puede afirmar que han coincidido la mayor calidad y la mayor popularidad. Y al preguntarse por qué Dickens ha quedado asociado a la Navidad cuando, según su mentalidad, en principio podríamos pensar que calificaría de la Navidad de antigua superstición llamada a desaparecer, Chesterton da, entre otras razones, la de que Dickens dedicó su genio, de modo especial, a la descripción de la felicidad, y hay tres cualidades de la Navidad que lo son también de la felicidad humana, cualidades que con frecuencia ignoran u olvidan los paganos y los amantes de las utopías.

La primera es la cualidad dramática: la felicidad no es un estado sino una crisis, la felicidad está en una vigilia con un límite definido en la que la hora llega o no llega, y el ejemplo más claro es el nacimiento de un niño. El segundo elemento es el invierno: no como factor de contraste simplemente sino de antagonismo, pues toda comodidad está basada en la incomodidad, por algo quienes pusieron en marcha las antiguas fiestas invernales no se plantearon ponerlas en los momentos más soleados del año. El tercer elemento es el grotesco: si la poesía pastoril intentó hablar de la felicidad con figuras y ambientes maravillosos, Dickens entendió que como mejor se representa es con figuras feas pues hay algo misteriosamente asociado con la felicidad en, por ejemplo, la corpulencia de Falstaff (personaje de Shakespeare) o de Tony Weller (Los papeles de Pickwick), e incluso en la nariz roja de Bardolph (también un personaje de Shakespeare) o de Mr. Stiggins (también de Los Papeles de Pickwick).

Pues bien, Canción de Navidad es una historia feliz porque describe un cambio abrupto y dramático, en el que no sólo se narra una conversión sino una conversión repentina. Debe mucho de su tensión y de su hilaridad al hecho de que sea un cuento tan invernal. Y ejemplifica bien la relación tan estrecha que hay entre lo alegre y lo grotesco: es un relato en el que todo el mundo es feliz y nadie se presenta embellecido, hasta el punto de que incluso el pavo que Scrooge compró era tan gordo, dice Dickens, que no podía sostenerse de pie.

Charles Dickens. A Christmas Carol (1843); aquí menciono varias ediciones de este libro; The Chimes (1844); The Cricket in the Hearth (1845). Los tres están en una edición titulada Cuentos de Navidad (Christmas Books; edición que contiene: Canción de Navidad, Las Campanadas, El grillo del hogar, La batalla de la vida, El hechizado o El trato que hizo el fantasma, 1843-1848). Barcelona: Edhasa, 2007; 467 pp.; col. Los libros del tesoro; con 65 ilustraciones de John Leech, Daniel Maclise, Richard Doyle, Clarkson Stanfield, Edwin Landseer, John Tenniel y Frank Stone; trad. de Gregorio Cantera; ISBN: 978-84-350-4015-0.

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sábado, 4 de febrero de 2012

Dice Chesterton que, sin duda, es cierto que a las novelas de Dickens les falta unidad de construcción, pues es como si estuvieran compuestas a retazos, pero, a cambio, tienen una unidad de tono y de atmósfera: como la unidad de color de un cuadro. Así, si Nicholas Nickleby tiene la frescura que corresponde a un protagonista joven que se pasa la vida en las carreteras y en la calle, y si la historia central de Oliver Twist es sombría, Almacén de antigüedades tiene un aire siniestro e incluso su principal malvado, Quilp, es tan grotesco como una gárgola.

La protagonista es Nell Trent, una chica de catorce años, que vive con su abuelo en Londres en una tienda de antigüedades. Lleva una existencia solitaria con casi ningún amigo de su edad, salvo Kit, un chico joven y honrado, empleado de la tienda, al que Nell está enseñando a escribir. Su abuelo quiere ganar dinero para ella y, con ese fin, tiene la feliz idea de dedicarse al juego. Pero su suerte es escasa e interviene Daniel Quilp, un prestamista deforme que, cuando el abuelo pierde lo último que le quedaba, decide hacerse con la tienda de antigüedades y echar a Nell y a su abuelo.

La muerte de Nell con la que termina la novela atrajo sobre Dickens fuertes acusaciones de sentimentalismo. Pero, indica Chesterton, esa es una crítica injusta: hay una gran diferencia entre un autor que piensa en las lágrimas de sus personajes y un autor que piensa en las lágrimas de su audiencia o, dicho de otra manera, a lo que hay que poner pegas no es a la muerte sino a la vida de Nell. La diferencia se ve si nos fijamos en la muerte de otro niño en Dombey e hijo, la del pequeño Paul Dombey: en ese caso sí que Dickens merece el reproche de recurrir a un sentimentalismo barato.

Sea como sea, los héroes reales de Almacén de Antiguedades no son los que ocupan el primer plano sino el tarambana Dick Swiveller y la pequeña criada la Marquesa, pues son dos seres humanos sanos y vivos que viven una historia de amor que puede calificarse de sólidamente romántica. Ellos ejemplifican bien que la efectividad de Dickens es máxima no cuando predica la caridad seriamente, sino cuando la presenta como ruidosamente y sin pretenderlo, por medio de personalidades contundentes y escenas vívidas. Se puede afirmar que si en sus páginas más serias nos dice que amenos a los hombres, en sus páginas más locas crea hombres a quienes podemos amar; que si con su solemnidad nos manda que amemos a nuestros vecinos, con sus caricaturas hace que los amemos.

Charles Dickens. The Old Curiosity Shop (1840-1841). Edición española, titulada Almacén de antigüedades, en Madrid: Promoción y Ediciones, 1983; 223 pp.; col. Grandes Genios de la Literatura Universal; prólogo de Reginald Francis Brown; ISBN: 84-7461-201-2. Otra edición, titulada La tienda de antigüedades, está en Madrid: Nocturna Ediciones, 2011; 782 pp.; col. Noches blancas; trad. de Bernardo Moreno; ISBN: 978-84-938013-7-3; nueva edición en 2017; 863 pp.; ISBN: 978-8416858026. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 28 de enero de 2012

Si Aventuras de Pickwick viene a ser una prolongación de los Sketches más luminosos y Oliver Twist de los más oscuros, Dickens abandonó esa fórmula con Nicholas Nickleby, una novela sobre un héroe joven y valiente, irreprochable y triunfante.

Nicholas Nickleby es un chico joven que, a la muerte de su padre, ha de sostener a su madre y a su hermana: el narrador dice que eran una familia «absolutamente desconocedora de lo que se da en llamar el mundo —frase convencional que significa todos los bribones que en él existen—». Su rico tío Ralph, que tiene una baja opinión de Nicholas, le manda primero como tutor a una escuela de Yorkshire, Dotheboys Hall, dirigida por un personaje siniestro, Wackford Squeers —admirado por la odiosa profesora de Matilda—, contra el que Nicholas se acaba rebelando. Luego son multitud los incidentes que ocurren: primero Nicholas y su compañero Smike se unen a unos cómicos, luego encuentra empleo en una empresa de Londres, va en aumento su enfrentamiento con su tío Ralph, aparecen muchos personajes y una y otra vez vuelven a escena Squeers y su extraña familia.

Esta novela se desarrolla en escenarios en los que Dickens había vivido y, para todo lo relativo a Dotheboys Hall, parece ser que se inspiró en un colegio y un director real. Como siempre, contiene personajes cómicos magníficos y escenas conseguidas, y una trama verdaderamente imaginativa. Además, destaca Chesterton la figura del cómico al que se une Nicholas, Mr. Crummles, un artista sin éxito pero un artista serio: pues Dickens fue siempre particularmente bueno al mostrar los tesoros que pertenecen a quienes no triunfan en el mundo. Con todo, su tono de sátira social, y de dolor por las injusticias que sufren los más necesitados, no es del todo eficaz para el lector de hoy por sus acentos tan melodramáticos, sus continuas coincidencias asombrosas, y, sobre todo, porque sus personajes principales tienen poca consistencia.

A esto se refería Chesterton cuando destacaba que las novelas de aventuras tienen dos elementos inseparables, de amor y de lucha, y tres personajes que se podrían llamar san Jorge, el Dragón y la Princesa: la Princesa ha de ser amada, el Dragón debe ser combatido, y san Jorge a la vez ama a la primera y lucha contra el segundo. No se puede pedir a un hombre, como hacía Nietzsche, que luche sin amar, ni, como decía Tolstoi, que ame sin combatir: no amas una cosa si no deseas luchar por ella, no puedes luchar por algo si no tienes un motivo por el que hacerlo. Una señal de las novelas románticas de aventuras es que san Jorge mata al dragón con rapidez y simplicidad, y otra —una de las debilidades de Nicholas Nickleby—, es que miran a la heroína como alguien que sólo debe ser conquistado, como alguien que sólo debe ser salvado del Dragón. Aquí está un punto en el que las novelas victorianas son inferiores a los dramas isabelinos: Shakespeare hacía siempre a sus heroínas tan heroicas como a sus héroes.

Charles Dickens. Nicholas Nickleby (1838-1839). Edición española en Barcelona: Montesinos, 2004; 647 pp.; trad. de David González; ISBN: 84-96356-12-4. Nueva edición en Madrid: Nocturna ediciones, 2016; 1180 pp.; col. Noches blancas; ilust. de H. K. Browne; trad. de Bernardo Moreno Carrillo; ISBN: 978-8494527784. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 21 de enero de 2012

Tal vez la obra de Dickens que Chesterton menciona más veces en sus artículos sea la de Los papeles de Pickwick (o Aventuras de Pickwick en la edición que tradujo Galdós) y tal vez sea su personaje Sam Weller el que más veces cita. Hay que decir que no es una novela conseguida, no sólo porque su origen fue un poco accidentado y su estructura sea episódica, sino porque su desarrollo es muy desigual, pero sí que deja ver lo mejor de Dickens y sí que anunció a los lectores todas sus posibilidades como novelista.

En ella se narran las aventuras de un conjunto de personajes liderados por Mr. Samuel Pickwick, un caballero rico y mayor, fundador y presidente del Club Pickwick, cuyos miembros hacen viajes por Inglaterra e informan a los demás de lo que averiguan. Pickwick cambia de ser un poco bufón a ser un comerciante serio, según avanza la novela, sobre todo a partir del capítulo diez, cuando entra en entra en escena Sam Weller como su criado.

Señala Chesterton que, al introducir a un personaje cómico como Weller, el relato gana seriedad, no sólo porque le da una consistencia novelística que no tenía, sino porque Weller es un genuino representante del pueblo sencillo inglés. La relación entre Pickwick y Weller se parece a la de don Quijote y Sancho Panza: Pickwick es un inocente que lo ignora todo del mundo mientras que Weller es quien conoce cómo son las cosas en realidad, pero al final queda claro que a la inocencia le debe corresponder el papel de maestro y al conocimiento el de siervo.

Al final, a pesar de ser un libro que se podría romper en muchas novelas distintas, pues parece como si el autor estuviese ansioso y quisiese contar diez historias a la vez, ha quedado como un gran ejemplo de muchos rasgos que hicieron grande a Dickens: el buen humor, la exuberante jovialidad de sus personajes, las aventuras erráticas por los caminos junto con la hospitalidad de las posadas inglesas, la gran amabilidad y el sentido del honor por el que se guían los comportamientos de tanta gente sencilla y bondadosa.

Charles Dickens. The Pickwick Papers (1836-1837). Edición española, titulada Aventuras de Pickwick, en Madrid: Castalia, 2011; 912 pp.; col. Clásicos Universales Castalia; trad. de Benito Pérez Galdós; ISBN: 9788497404341.

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sábado, 14 de enero de 2012

Los primeros escritos de Dickens, que firmó como Boz, se reunieron, en su momento, en Sketches by Boz, en cuatro secciones: «Nuestra parroquia», «Escenas», «Personajes» y «Cuentos». Por ellos desfilan personajes y escenarios de distinto tipo: aprendices, oficinistas, juzgados, periódicos, teatros, jardines públicos, licorerías… Es como un montón de material narrativo —en el que hay sátiras, pinturas, escenas, etc.—, a caballo entre la crónica periodística y el ensayo literario, donde quedan de manifiesto su energía y su poder creativo, pero también la torpeza y la ignorancia propias de su bisoñez. Es el único libro de Dickens, decía Chesterton, cuya fecha es esencial: resulta necesario decir que es su primer libro pues, igual que El misterio de Edwin Drood fue su último libro y no lo dejó terminado, con más motivo hay que señalar que las Escenas están menos terminadas aún.

En cualquier caso, Dickens dio una primera muestra de su talento al elegir temas antiguos y probados. Decía Chesterton que no hay signo más claro de falta de originalidad entre los escritores que su empeño en encontrar temas nuevos. No se dan cuenta de que lo que es cierto acerca de una oda clásica lo es también acerca de una vieja broma: un verdadero poeta escribe acerca de que la primavera es maravillosa porque, después de miles de primaveras, sabemos que es realmente maravillosa. Del mismo modo, un verdadero humorista escribe acerca de un hombre que se sienta sobre su propio sombrero porque, por muchas veces que suceda, es algo divertido. Y esto Dickens lo tuvo siempre claro.

Charles Dickens. Sketches by Boz (1836). Edición española, titulada Escenas de la vida de Londres por "Boz", en Madrid: Abada, 2009; 342 pp.; ilust. de George Cruikshank; edición, introd., trad. y notas de Miguel Ángel Martínez-Cabeza; ISBN: 978-84-96775-52-7.

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sábado, 7 de enero de 2012

Antes de poner una reseña de Appreciations and Criticisms of the works of Charles Dickens, una obra de Chesterton, en sábados sucesivos voy a ir poniendo comentarios a las obras de Dickens.

En el último año he leído algunas que no conocía, he repasado rápido varias que había leído hace mucho tiempo, y he buscado algunas escenas destacadas de otras. No he pretendido hacer un estudio y unas reseñas completas —pues eso requeriría leerlos de otra manera—, sino sólo, en cada caso, señalar algún aspecto de los que subraya Chesterton o de los que a mí me interesan más.

No empecé con esto porque, en febrero de 2012, se cumpliesen doscientos años del nacimiento de Dickens, cosa que ni miré, sino porque Dickens me gusta y porque buscaba entender mejor las observaciones de Chesterton. En lo que yo sé, nadie como él tiene una visión tan amplia de la literatura inglesa y, en particular, de la literatura victoriana; y sus críticas, tanto las concretas a Dickens como las literariamente más generales, me parecen luminosas.

Para empezar, he mejorado la información que había ya en la página de Oliver Twist y David Copperfield (que aparecen en la ficha completa de Dickens), y la reseña que había hecho sobre Barnaby Rudge.

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jueves, 17 de mayo de 2007

Historia de dos ciudades
y Barnaby Rudge, la quinta novela de Dickens  y la menos conocida de sus novelas largas, son sus únicas obras que no se ambientan en su propia época y que pretenden reflejar acontecimientos históricos. Señala Chesterton que ambas se ambientan en revoluciones del siglo XVIII que fueron completamente distintas: la francesa fue una revolución que ahora llamamos ilustrada y liberadora; la segunda, el Gordon Riot, fue una revuelta que ahora llamamos ignorante y oscurantista. Sin embargo, Dickens dibuja en las dos un mismo tipo de aristócrata dieciochesco, suponiendo que aristócratas así realmente existieron en el XVIII.

La primera parte se desarrolla el año 1775 y tiene lugar sobre todo en Chigwell, un pueblo cercano a Londres. Uno de los hilos románticos de la narración es que, a pesar de su animadversión mutua, el honrado pero brusco Geoffrey Haredale, sospechoso heredero de un hermano suyo asesinado 22 años antes, y el canalla pero educadísimo lord John Chester se ponen de acuerdo para impedir el noviazgo entre la sobrina del primero, Emma, y el hijo del segundo, Edward. Pero conspira más gente todavía contra la relación entre Joe, hijo del posadero del Maypole, John Willet, y Dolly, hija del cerrajero local Gabriel Varden y hermana de leche de Emma Haredale. En medio están Barnaby Rudge, un chico retrasado mental que posee un loro parlanchín, y su madre, una mujer que vive completamente para su hijo.

La segunda mitad tiene lugar cinco años después, cuando estallan en Londres unas algaradas callejeras anticatólicas encabezadas por Lord George Gordon. Llevan el peso principal del relato las vívidas descripciones de los disturbios, los enredos amorosos y el humor tienen poca cabida, y Dickens tiene interés en subrayar cómo hay astutos y malvados en la sombra que azuzan a los cabecillas visibles a comportarse violenta y brutalmente.

Como en todo Dickens, la fuerza mayor del relato está, por un lado, en la descripción de ambientes —la posada, la cerrajería, las calles de Londres—, y, por otro, en el dibujo de secundarios —el mentalmente lentísimo John Willet, la murmuradora intrigante Miggs y su ama, la mujer del cerrajero, entre muchos otros—. Naturalmente, la narración está bien entretejida y salpicada de consideraciones bromistas —«la meditación no engendra tan sólo ideas, sino que algunas veces también las adormece, por lo cual cuanto más meditaba, más ganas tenía de dormir»—; agudas —«nuestros afectos no son tan fáciles de herir como nuestras pasiones, pero el golpe profundiza más y la herida requiere más tiempo para cicatrizarse»—; y sensatas —como esta de Gabriel Varden: «de todas las cosas malas, las peores son las buenas cuando se hace mal uso de ellas. Por ejemplo: una mujer mala es muy mala, pero cuando se extravía una buena por malas influencias, es peor que la mala. Lo mismo sucede con la religión»—. El final es el que cabe esperar de Dickens pues los misterios se aclaran y los personajes buenos acaban con sus vidas encauzadas satisfactoriamente.

Charles Dickens. Barnaby Rudge (1841). Edición española en Barcelona: Belacqua, 2006; 827 pp.; col. La otra orilla; trad. de Ramón González Férriz; prólogo de Horacio Vázquez Rial; epílogo de G. K. Chesterton; ISBN: 84-96694-01-9.

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