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Notas del archivo 'Memorias de infancia (España e Hispanoamérica)' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 1 de abril de 2016

En Memoria por correspondencia, de la pintora y dibujante colombiana Emma Reyes (1919-2003), se reúnen unas cartas que, entre 1969 y 1997, le escribió a su amigo Germán Arciniegas contándole su triste infancia, con la condición de que se publicasen tras su muerte. Al principio la pequeña Emma y su hermana mayor Helena, viven con una mujer llamada María, y cambian de domicilio algunas veces; luego, cuando son abandonadas, son recogidas en un internado con unas monjas cuya forma de tratarlas es inhumana. Lo más destacable del libro es el tono distante y no dolido que usa la narradora, lo cual permite que la lectura de situaciones tan trágicas no resulte demasiado dolorosa. Hay varios apéndices, explicando el origen del libro y cosas de la vida de la autora. En esta reseña, que resume bien el contenido y los acentos del libro, se indica, con razón, que «su valor literario reside precisamente en ese estilo de escritura de quien simplemente vuelca lo vivido, sin revisar nada, tal y como sale».

Emma Reyes. Memoria por correspondencia. Barcelona: Libros del Asteroide, 2015; 211 pp.; prólogo de Leila Guerriero; apéndices de Germán Arciniegas y Diego Garzón; ISBN: 978-84-16213-22-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 23 de noviembre de 2012

Leí aquí una referencia a La novela de un novelista, de Armando Palacio Valdés, que no conocía, por lo que, aprovechando una estancia en Asturias, decidí buscarla en la biblioteca y leerla para entrar en ambiente.

Son recuerdos de la infancia y adolescencia del autor, en las últimas décadas del siglo XIX. Están muy bien escritos, aparecen en sus páginas notables personajes de la zona, los sucesos de todo tipo se cuentan con acentos entusiastas, y abundan los momentos en los que el autor mira hacia atrás con nostalgia y agradecimiento. «Muchas, muchísimas veces me he preguntado después, en el curso de mi vida: ¿Cuál será el mundo verdaderamente real, aquel que yo veía en mi infancia o este otro que ahora contemplo al través del velo tejido de perfidias, traiciones, bajezas y ruindades que los años colocaron delante de mis ojos? Ya sé que para la gran mayoría de los hombres el caso no es dudoso. Sin embargo, para mí lo es y para un cierto sujeto de algún talento que vivió hace muchos años, a quien llamaban Platón, también lo sería».

Son muchas las consideraciones de interés acerca del mundo propio del niño. El autor asturiano piensa que «la historia de la infancia es igual siempre a sí misma. Es la felicidad. Todo niño es feliz si una mano brutal no se interpone entre él y la felicidad. Aire, luz, libertad, un poco de arena o de barro. No necesitamos entonces más para ser felices. Todo eso lo da Dios. Sólo en la infancia percibimos el sabor de los elementos creados. Las cosas tienen verdadera significación para nosotros: el mar, la lluvia, la aurora, las montañas, los ríos, las fisonomías de los hombres y de los animales entran por los ojos de nuestra alma y allí se pintan con caracteres indelebles». Eso sí, el narrador no deja de señalar, con buen humor, los comportamientos infantiles merecedores de castigo: «Todo hombre ha merecido alguna vez la horca en el curso de su vida, dice Montaigne. Yo la merecí en edad bien temprana, pues no contaba más que cuatro años de edad. Oíd como sucedió…».

Armando Palacio Valdés. La novela de un novelista. Escenas de la infancia y la adolescencia (1921). Buenos Aires: Kapelusz, 1966; 301 pp.; col. Grandes obras de la Literatura universal; estudio preliminar y notas de María Elba Foix.

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viernes, 12 de octubre de 2012

Mañana nunca lo hablamos, de Eduardo Halfón, son escenas de niñez del autor, un chico guatemalteco de familia muy acomodada y muy cosmopolita, que se desarrollan a finales de los años setenta y principios de los ochenta, y todas ellas antes de que cumpla diez años. Aunque queda claro que la redacción es posterior, el narrador intenta recuperar la visión del niño que va descubriendo el mundo propio de los adultos y las vidas, tan distintas a la suya, que llevan otras personas. Hay momentos de sufrimiento y dolor, que tienen intensidad, y otros de vida social o familiar, que también atraen y, en algunos casos, sorprenden o inquietan. Los textos tienen gran altura literaria y el sabor de unos localismos que, al menos a mis oídos, suenan siempre bien: así, de un profesor perspicaz con un parche se dice que «sonreía puro pirata»; de un mandato de la madre se afirma que tenía un tono «macheteado, final, no negociable». Aquí está una reseña más extensa.

Eduardo Halfón. Mañana nunca lo hablamos (2011). Valencia: Pre-Textos, 2011; 138 pp.; col. Narrativa contemporánea; ISBN: 978-84-15297-23-9.

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viernes, 30 de diciembre de 2011

Un libro de memorias infantiles con acentos líricos: El humo dormido, de Gabriel Miró. Se puede conseguir gratuitamente, como muchos libros antiguos ahora mismo, en amazon.es.

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jueves, 1 de diciembre de 2011

En Nace un niño en los Andes, de Ciro Alegría, se contienen ocho evocaciones de infancia del escritor peruano. Si alguien necesita un pretexto para leerlos ahora, buscando el libro en bibliotecas pues creo que no está en el mercado, lo tiene en sus dos magníficos relatos de Navidad y fin de año.

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viernes, 23 de septiembre de 2011

Allá lejos y tiempo atrás
(1918), de William Hudson, hijo de norteamericanos y argentino de nacimiento, son unas memorias de sus diez primeros años de vida en una hacienda. Escritas con asombrosa soltura, en ellas transmite su amor entusiasta por la naturaleza y sus muchos conocimientos sobre la materia, en particular sobre pájaros. Tiempo atrás puse una nota con un texto tomado de este libro en el que Hudson señalaba las dificultades del desdichado autobiógrafo.

Como decía Pedro Antonio Urbina en una reseña, «este libro de recuerdos infantiles —llamarlo memorias es como vestir un uniforme militar a un niño— ha tenido la feliz fortuna de llegar a la lengua española gracias a Miguel Temprano García. Considero admirable su trabajo de traducción porque reconstruye una literatura perfecta, y porque el texto está plagado de nombres de pájaros, de plantas, y hasta de algunos modismos de los gauchos… Además enriquece su traducción con oportunas y orientadoras notas a pie de página. La contraportada del libro cita unas palabras de Joseph Conrad sobre W. H. Hudson: "Escribe con la misma naturalidad con que crece la hierba. Es como si un espíritu benévolo y sutil le susurrara las frases que debe poner en el papel". Esta es también mi impresión recibida. No en vano escribe sus recuerdos infantiles casi a los ochenta años, y se cumple en su escritura ese distanciamiento, mejor, distancia, que pedía Isak Dinesen para que pueda darse la comprensión y el amor por todos y todo, sin sorna, sin ironía, sin amarguras, y con mejor verdad».

William Hudson. Allá lejos y tiempo atrás (1918). Barcelona: El Acantilado, 2004; 325 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: ISBN 10: 84-96136-46-9. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 16 de septiembre de 2011

Más memorias de infancia uruguayas: Muchachos, de Juan José Morosoli. En este caso los acentos son los propios de una novela de crecimiento: «no he escrito una obra de arte», dice el autor, «sino que he mirado hacia mi niñez natural y melancólicamente». Difícil de encontrar...

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viernes, 9 de septiembre de 2011

Otras memorias uruguayas de infancia
, muy apoyadas también en la relación del narrador con algunos animales, son las de Julián Murguía recogidas en Cuentos del país de los gauchos. En ellos se habla, con acentos entusiastas y un lenguaje rico, de la «ignorancia de las cosas importantes» que tiene la gente de ciudad, «cosas importantes como saber los nombres de los pájaros, los nombres de los árboles, los nombres de los pescados del arroyo. Cómo saber dónde buscar lombrices para pescar, dónde encontrar isocas, cómo armar una aripuca o distinguir un nido de benteveo de uno de tijereta». De nuevo, no está en la red de bibliotecas públicas españolas.

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viernes, 2 de septiembre de 2011

Así como, decía semanas atrás, hay un tipo de memorias de infancia donde abundan los personajes singulares que conoció el narrador, hay otro tipo cuyos autores recuerdan, sobre todo, su entusiasmo por los animales y la vida en la naturaleza. Un primer ejemplo es el de Buscabichos, del uruguayo Julio C. Da Rosa, un libro que habla de una infancia con muchos momentos de «alegría cosquilleante». Veo que no está en la red de bibliotecas públicas españolas así que a ver si algún editor se anima...

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viernes, 19 de noviembre de 2010

El caballo de cartón,
de Abel Hernández, es una más que buena narración de memorias de niñez. El narrador, que visita su pueblo de Sarnago, Soria, hoy deshabitado, encuentra un viejo caballo de cartón que le regalaron en la infancia. Con ese motivo evoca los sucesos que ocurrieron entonces, el año 1948, cuando tenía once años y un incidente que pudo ser trágico puso fin a su vida en el pueblo.

Aunque los sucesos del final tienen verdadera tensión, lo que importa en este libro es, por un lado, lo que tiene de retrato veraz de unas gentes, una época y un ambiente. Por otro, también es todo un acierto lo bien que refleja el mundo de inquietudes y preguntas de los niños, aunque sobre ellas siempre se superpongan las incertidumbres del narrador adulto y su espíritu de balance agradecido y nostálgico.

Otro motivo no pequeño para destacar este libro es la enorme riqueza y frescura del lenguaje: las descripciones son precisas y es certero el uso de palabras rurales antiguas, de las que además se ofrece un glosario al final. Un ejemplo: «Esa tarde del domingo volvió a enfurruñarse el tiempo y vinieron unos algarazos, que se quedaron en amarguras y en chupones, por la mañana, en el alero de los tejados». [Algarazo: breve nevada fina con viento. Amarguras: breves algarazos con mucho frío. Chupón: carámbano].

Abel Hernández. El caballo de cartón (2010). Madrid: Gadir, 2009; 185 pp.; ilust. de Cristina Ortiz; ISBN-13: 978-84-96974-28-9. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 23 de julio de 2010

Un relato de recuerdos de infancia que, como el que cité tiempo atrás de Claudia Lars, leí hace años: Cuadernos de infancia, de la argentina Norah Lange, amiga de juventud de Borges y poeta vanguardista entonces. Cuando escribo esto veo que hay tres ejemplares en la red de bibliotecas públicas españolas.

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viernes, 9 de julio de 2010

Un rico relato de memorias de infancia y adolescencia que, hace años, me mandó un amigo desde Estados Unidos, y que, por su calidad literaria y por el colorismo y la vivacidad del mundo que describe, leí como un gran descubrimiento: Tierra de infancia, de la salvadoreña Claudia Lars. Acabo de comprobar que sólo hay un ejemplar en la red de bibliotecas públicas españolas...

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miércoles, 4 de junio de 2008

La otra gente
,
de Pedro Antonio Urbina, es otro libro para poner en paralelo con los citados en Sentimientos encontrados, tanto por sus acentos evocadores de los años de infancia como por su calidad literaria.

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miércoles, 14 de mayo de 2008

Por su calidad literaria, y por sus aires de memorias ficcionadas, El vaso de plata, de Antoni Marí, recuerda obras como las Pequeñas memorias de Tarín, de Rafael Sánchez Mazas, o Las musarañas, de José Antonio Muñoz Rojas, o, también, escenas de El Rey Mago y su elefante, de Aquilino Duque. Como ellas, evoca con elegancia el mundo de sentimientos encontrados de la infancia y la adolescencia, contra el fondo de los ambientes y las relaciones humanas propias de tiempos pasados en España. El comentario que abre la obra como prólogo, de Ignacio Martínez de Pisón, es certero pero, a mi juicio, es más respetuoso dejar que la obra llegue al lector sin presentarle ninguna interpretación previa.

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jueves, 15 de marzo de 2007

A pesar de compartir paisanaje, de las obras de Camilo José Cela sólo me gustaron Viaje a la Alcarria y sus recuerdos de infancia titulados La rosa, el único de sus libros con el que disfruté.

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jueves, 8 de marzo de 2007

Más magníficas memorias de infancia: Chico Carlo, de la uruguaya Juana de Ibarbourou. «Fui una niña feliz. (...) (Los niños) se hallan demasiado atentos al placer nuevo de existir, para entregarse a ninguna meditación comparativa, fuente de tristeza. En el niño todo es novedad, hasta el dolor fugitivo. (...) La sensación de desdicha en el niño resulta tan efímera que es frecuente ver al que sufre una penitencia, entrar a ella en un acceso de llanto desesperado, y a los pocos minutos, con los ojos aún llenos de lágrimas, cantar como si no fuese verdad su borrasca».

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viernes, 2 de febrero de 2007

Unas excepcionales memorias de infancia: Las musarañas, de José Antonio Muñoz Rojas. El escritor malagueño se centra en recuperar el mundo interior del niño que fue.

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sábado, 6 de enero de 2007

Un extraordinario libro de memorias de infancia: El Rey Mago y su elefante, de Aquilino Duque. Con una prosa magnífica, el autor habla de sus años de niñez en Sevilla y Zufre durante los años treinta, y de cómo «los sucesos que se precipitaron entre febrero y julio del 36 me adelantaron el uso de razón; me desgarraron aquella veladura traslúcida que me envolvía por igual lo soñado y lo vivido, me disolvía el tiempo, me fundía el espacio. La realidad, que hasta entonces había sido simultánea, pasaba a ser sucesiva, y ya no eran fogonazos y escenas aisladas en un presente que era a la vez pasado y futuro, sino una secuencia, una sintaxis, un orden de cosas con su principio y su fin». De todos modos, traigo aquí hoy esta historia para reproducir este párrafo: «Mi madre me llamó un tiempo Melchor; mi tía Manuela me decía que era un rey mago; la fiesta de Reyes, ya dije, es la fiesta que nadie me puede quitar y en la que siempre me quise identificar con los que trajeron el oro, el incienso y la mirra. Pero esos reyes venían de Oriente, y uno traía un caballo, y otro un camello, y otro un elefante, y por eso, pensándolo mejor, más que con tal o cual rey, por mago que sea, prefiero ahora identificarme con su cabalgadura, pero no con cualquiera, sino con el elefante precisamente. Y es que en punto a memoria, los elefantes tienen mucha, los reyes bastante menos. La sabiduría de aquel mago de Oriente estuvo en traer un elefante para que recordara por él. Aquel rey mago trajo su memoria por cabalgadura. La memoria es el elefante del rey».

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jueves, 5 de enero de 2006

«Los Reyes Magos con toda su leyenda, los camellos infatigables, las bolsas llenas de juguetes, casi reventando. Si mal no recuerdo, hasta los ocho años viví en aquel evangélico engaño y hasta cierta vez descubrí en la tierra húmeda la huella de los camellos, esos mismos camellos para los cuales queríamos dejar en esa noche de vísperas agua y pasto. (...) recuerdo con nostalgia aquellos días ingenuos en que escribíamos respetuosas cartas llenas de promesas, de testimonios y protestas de buena conducta y desaforados pedidos. (...) Aquellos días nos parecían el colmo de una dicha inagotable, que no nos cansaría jamás, que nunca podrían ponernos tristes, llenarnos de esa leve angustia que desde hace años nos traen las fiestas del calendario». Sirva este texto para señalar un libro excelente de Alberto Salas titulado El llamador.

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