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Notas del archivo 'Relativismo' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 20 de junio de 2013

Mirjam Pressler
explica, en la nota final que pone a Natán el Sabio, sus fuentes y sus intenciones: desea recomponer la obra teatral del mismo título de Gotthold Ephraim Lessing, para volver a proponer su mensaje de convivencia pacífica entre religiones y de rechazo del fanatismo. Cuenta su historia, situada en Jerusalén en el siglo XII, centrando cada capítulo en alguno de los personajes: Recha la hija adoptiva de Natán; Daja, una cristiana, la acompañante de Recha; un joven templario que salva a Recha de un incendio; Gesem, un chico tullido que trabaja en la casa de Natán; etc. Todo se dirige al momento en el que Natán cuenta la parábola de los tres anillos a Saladino. El ejemplo de tolerancia y confianza en la razón de Natán cala en todos los que le tratan por más que la brutalidad siga su curso.

Como corresponde a una escritora experta, el relato está bien construido y contado. Pero se resiente bastante de su propósito pedagógico, tanto en que sus mensajes son obvios, como en que la construcción de la trama pone de manifiesto las simpatías básicas del narrador: los malvados en el relato son un joven musulmán fanático, no Saladino ni su maniobrera hermana, y el taimado e hipócrita patriarca católico de Jersusalén, no los cristianos de a pie del relato. Como es lógico la historia no entra en ningún análisis de  cada doctrina ni en el de las consecuencias de vivir o de no vivir sus enseñanzas, aunque a mí al menos me parece obvio que no es igual predicar y creer en el ojo por ojo que predicar y creer en el amor a los enemigos, que no es lo mismo un fundador que comienza su religión a sangre y fuego que uno que muere perdonando a sus enemigos…

Mirjam Pressler. Natán y sus hijos: Jerusalén 1192 (Nathan und seine Kinder, 2009). Madrid: Siruela, 2013; 213 pp.; trad. de Alfonso Castelló; ISBN: 978-84-9841-831-6.

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viernes, 10 de junio de 2011

Escrito en los años ochenta, un texto de Adam Zagajewski que me ha parecido interesante, aunque por momentos también confuso, es el titulado «Una muralla alta». En él comenta un ensayo de Milan Kundera sobre la idea que tenían de Europa quienes vivían en la Europa sovietizada. Señala que «el relativismo, esa herrumbre que ataca la verdad allí donde no le amenaza un solo peligro mortal, desaparece por completo en los países totalitarios. Aquí, la verdad, un bien inasequible, se muestra en todo el esplendor de su frescura y de su pureza como el día de la creación del mundo, y tanto es así que no le cuesta nada componer poesías y cánticos en su honor». E indica que «la Rusia soviética implantó en nuestra zona de Europa cosas de lo más diferentes. Creó confidentes, traidores, mentirosos, censores y gandules que no dan palo al agua, pero de paso, sin comerlo ni beberlo, creó algo magnífico entre gente más fuerte y noble por la gracia de Dios, ya que despertó una gran sed de verdad, de libertad, de dignidad, de libros, de cuadros y de Europa. Así existe Europa en la Europa Central: en la imaginación, en la esperanza, en la ilusión. En la sed. Por eso, cuando conseguimos obtener el pasaporte y poner los pies en Occidente, protestamos contra la existencia de los que ofenden nuestra visión de Europa. (…) La gran añoranza cultural, tan presente en nuestra parte de Europa, es uno de los efectos paradójicos de la sovietización».

Adam Zagajewski. Solidaridad y soledad (Solidarność i samotność, 1990). Barcelona: Acantilado, 2010; 188 pp.; trad. de A. Rubió y J. Slawomirski; ISBN: 978-84-92649-72-3.

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domingo, 13 de febrero de 2011

José Jiménez Lozano:
«Es una grandeza de nuestro tiempo el que, hasta cierto punto, hayan entrado en la conciencia general la idea y el sentimiento de que un hombre es como otro hombre, y que sus diferencias son meros accidentes. Pero estas diferencias son facilidades para unos hombres y un peso o un cepo para otros, y no cabe el orgullo de nuestra propia civilización y el desprecio de otras, y lo que unos hombres conquistan es para todos, y hay obligación de ofrecérselo. No podemos decirle a un africano, sin despreciarle ni ofenderle, que los sonidos del tantán son como una coral de Bach, o la medicina europea como la suya; esto sería una burla y un insulto».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de Rembrandt (2010). Valencia: Pre-Textos, 2010; 233 pp.; ISBN: 978-84-92913-52-7.

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domingo, 26 de diciembre de 2010

Marcello Pera:
«Contra el relativismo en la ciencia se pueden hacer valer los “hechos de los experimentos”: al final, ni siquiera el ptolemaico más obstinado pudo ya negar que Venus tenía fases. Contra el relativismo de las culturas se pueden oponer los “hechos de las expectativas”: al final, ni siquiera Derrida niega que, para hacer frente al terrorismo es auspiciable una decisión por parte de los organismos internacionales. Y contra el relativismo de las civilizaciones, se pueden oponer los “hechos de las preferencias”: al final, ni siquiera el relativista multiculturalista más lanzado niega que todos los hombres, si se les deja libres, prefieren vivir en condiciones de seguridad, respeto, salud, bienestar y paz» (o, como se decía tiempo atrás, no hay más que fijarse a dónde va el «voto con los pies»).

Marcello Pera – Joseph Ratzinger. Sin raíces (Senza radici. Europa, relativismo, cristianesimo, islam, 1004). Barcelona: Península, 2006; 144 pp.; trad. de Bernardo Moreno y Pablo Largo; ISBN: 84-8307-717-5.

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domingo, 20 de septiembre de 2009

Pienso que tiene razón Allan Bloom (a quien cito casi literalmente hasta el final) cuando sostiene que hoy, desacreditado el machismo, abundan los moralistas que se han propuesto la tarea positiva de que los hombres sean cariñosos y sensibles —y para eso invaden las escuelas, la psicología popular, la televisión y el cine—, intentando reeducarlos para que acepten los elementos «femeninos» de su naturaleza. Los hombres tienden a soportar esa reeducación con cierta hosquedad, pero aplicadamente, para conservar la paz con sus esposas y amigas y para evitar el oprobio de ser etiquetados como poco sensibles o lo que sea.

Pero este planteamiento termina fracasando porque, en un mundo individualista, no se puede forzar a nadie a ser altruista, y menos aún pueden hacerlo aquellos cuyo altruismo es menor; y porque, sobre todo, la tarea de cuidar a otros y de preocuparse por otros es una virtud y no una «sensibilidad». Aquí conviene recordar que las virtudes controlan a las pasiones, como la templanza controla a la concupiscencia o el valor controla el miedo; y que, aunque se puede desear un antídoto contra el egoísmo natural, los deseos no obran imposibles, por mucho que lo exija el moralismo abstracto. El viejo orden moral, por imperfecto que fuera, al menos apuntaba hacia conseguir virtudes; por el contrario, el moralismo abstracto de hoy condena el arco de medio punto, lo quita, y culpa luego a la calidad de los materiales cuando la estructura se derrumba.

Allan Bloom. El cierre de la mente moderna (The Closing of the American Mind, 1987). Barcelona: Plaza & Janés, 1989; 395 pp.; col. Hombre y Sociedad; prólogos de Saul Bellow y Salvador Giner; trad. de Adolfo Martín; ISBN: 840123008X.

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domingo, 8 de julio de 2007

Quienes sostienen que todas las culturas y religiones son igualmente respetables y que habría que restaurarlas, por lo menos habrían de observar «las diversas religiones para ver si realmente es deseable su restauración. Si pensamos, por ejemplo, que en la consagración de la última reforma del templo principal de los aztecas en el año 1487 —y según las estimaciones más modestas— “fueron sacrificadas en cuatro días 20.000 personas, que derramaron su sangre en los altares de Tenochtitlán” (la capital de los aztecas en la altiplanicie de México), ofrecidas como sacrificios humanos al dios Sol, entonces será difícil que a uno se le ocurra exigir la restauración de esa religión. Tal sacrificio se realizó porque el Sol vivía de la sangre que brotaba de corazones humanos, y tan sólo ofreciendo sacrificios humanos podía detenerse la destrucción del mundo. También entonces eran mandamiento divino las guerras, en las cuales se capturaban prisioneros que posteriormente eran usados como víctimas para los sacrificios humanos. A los dioses de la tierra y de la vegetación los aztecas ofrecían en sacrificio “hombres y mujeres, a los cuales, en la mayoría de los casos, se les desollaba”; a los dioses de la lluvia, concebidos como enanos, se les sacrificaban niños pequeños, a quienes se ahogaba en fuentes y charcas y en determinados lugares del lago Tetzcoco. Todo esto, como observa W. Krickeberg (Die Religiones des alten Amerika, 1961), no procedía de una innata “inclinación a la crueldad”, sino de la creencia fanática en la obligación de los hombres de preocuparse por la subsistencia del mundo. Se trata ciertamente de un ejemplo extremo pero que, así y todo, demuestra que no se puede ver en todas las religiones caminos de Dios hacia los hombres y de los hombres hacia Dios».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Glaube, Warheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen, 2003). Salamanca: Sígueme, 2006, 6ª ed..; 237 pp.; trad. de Constantino Ruiz Garrido; ISBN: 84-301-1519-6.

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sábado, 17 de febrero de 2007

Allan Bloom:
 «Sólo en las naciones occidentales, esto es, en las influidas por la filosofía griega, existe cierta disposición a dudar de la identificación del bien con las formas de actuar propias. Del estudio de las culturas no occidentales se desprende que es primario, e incluso natural, no sólo preferir las propias formas y estilos, sino también creer que son los mejores, superiores a todos los demás». Y no sólo eso, sino que «el estudio científico de otras culturas es un fenómeno casi exclusivamente occidental, y en su origen estuvo claramente relacionado con la búsqueda de nuevos y mejores estilos, o, al menos, con la esperanza de poder confirmar que nuestra propia cultura es realmente la forma mejor de vida, confirmación, por cierto, que otras culturas no experimentan como necesaria».

Allan Bloom. El cierre de la mente moderna.

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domingo, 3 de diciembre de 2006

En el prólogo a la biografía de Dietrich von Hildebrand escrita por su esposa, el entonces cardenal Ratzinger subrayaba y comentaba una anécdota: «En el transcurso de un paseo con su hermana mayor, ella trata de explicarle —con creciente exasperación—, que todos los valores morales son relativos, y que están completamente determinados por nuestras circunstancias, por nuestro tiempo y valores concretos. El joven von Hildebrand reacciona instintivamente contra tal afirmación y arguye con vehemencia que eso no puede ser así. Al llegar a casa, su hermana pide, en beneficio propio, el apoyo de su padre, que de manera displicente dice que Dietrich sostiene tal punto de vista porque sólo tiene catorce años, por lo que Dietrich se ve obligado a defenderse haciendo notar que su edad no es, realmente, relevante en la discusión. Ese pequeño incidente, quizá nada raro en cualquier familia, revela algo fundamental sobre el carácter» de von Hildebrand: su gran talento para descubrir errores y equivocaciones en la argumentación y para desentrañar una línea confusa de razonamiento. Pero, continúa el prologuista, «también nos dice algo acerca de la manera en que el relativismo moral debe recurrir a la fuerza de la autoridad para triunfar; en una palabra, cómo el relativismo moral acaba en totalitarismo».

Alice von Hildebrand. Alma de león: biografía de Dietrich von Hildebrand (The Soul of a Lion: The Life of Dietrich Von Hildebrand, 2000). Madrid: Palabra, 2002; 352 pp.; col. Biblioteca Palabra; prólogo del cardenal Ratzinger; trad. de Aurelio Ansaldo Ruiz; ISBN: 84-8239-616-1.

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viernes, 4 de agosto de 2006

El mejor libro explicativo que conozco acerca del mundo islámico es el titulado Cien preguntas sobre el Islam. En él, dos periodistas, especialistas en la cuestión, entrevistan a Samir Khalil Samir, egipcio de nacimiento, jesuita, profesor de historia de cultura árabe y de estudios islámicos, autor de veinte libros y quinientos artículos científicos sobre la materia. Entre otras cosas, Samir Khalil habla de las dificultades de saber quién representa legítimamente al mundo musulmán y de las interpretaciones de la «jihad» como guerra santa o como lucha espiritual; de la condición femenina bajo el islam y de la falta de reciprocidad entre los países occidentales y los musulmanes; de las diferencias esenciales entre las mezquitas y las iglesias, de posibles modelos de integración, y de los motivos y las justificaciones de las peticiones que hacen los colectivos musulmanes en los estados occidentales; de la importancia de dialogar sin caer en un baile de máscaras y de que las cosas se planteen con claridad y amor a la verdad. Las respuestas son claras y completas. Con fluidez y el apoyo de textos y anécdotas significativas, se desciende a los detalles y se matiza cada comentario, se aportan los datos precisos y se desmontan los equívocos que circulan en las declaraciones acomodaticias que inundan los medios de comunicación.

Samir Khalil Samir. Cien preguntas sobre el Islam (Cento domande sull´Islam, 2001). Una entrevista a realizada por Giorgio Paolucci y Camille Eid. Centro di Studi sull´Ecumenismo. Madrid: Encuentro, 2003; 223 pp.; trad. de Miguel Montes; ISBN: 84-7490-689-X. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 28 de agosto de 2005

Hay quienes dicen que los valores de una época pueden ser enteramente distintos a los de otra. En ese caso, ¿por qué los llamamos igual? «Es lo mismo que si un hombre dijera: "los camellos son totalmente diferentes según los lugares: algunos tienen seis patas, otros ninguna; los hay con cuernos, con alas, de color verde, de forma triangular. No tienen un solo aspecto en común". La persona sensata preguntará: "Entonces, ¿qué es lo que hace que se les llame a todos camellos? ¿Qué es lo que se entiende por camello? ¿Cómo se sabe que el uno es camello y el otro también?"»

G. K. Chesterton. «El ingenio de Whistler», capítulo XVII de Herejes.

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