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Notas del archivo 'Chesterton (textos: enfoques, historia, educación)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 18 de agosto de 2012

Señalaba Chesterton que cuando un historiador dice, por ejemplo, que «la conducta de Alfredo el Grande era completamente correcta de acuerdo con las ideas de su tiempo», debería completarlo añadiendo un «al menos, en lo que yo comprendo de acuerdo con las ideas de mi propio tiempo». Igual que cualquier astrónomo admite que si no ve limpiamente las estrellas puede ser que su telescopio esté sucio, cualquier historiador prudente debe comenzar por señalar que no sólo los héroes del pasado sino también los historiadores del presente son seres humanos y también ellos pueden confundirse.

Además, a veces ocurre que un sentimiento de incomodidad acerca de la propia civilización hace que se juzguen otras civilizaciones como aún más incómodas, como el Puritano que quema brujas pero se justifica diciendo que no quema herejes, o como el esclavista que dice que los antiguos piratas eran mucho peores, o como si Nerón dijese que al menos él no mataba niños como Herodes. Nueve veces de cada diez, el hombre que presume de ser mejor que sus predecesores en algún aspecto es mucho peor que su predecesor en otros aspectos.

G. K. Chesterton. «The Need for Historical Humility», artículo del 15 de agosto de 1925,  y «On Comparing Periods in History», artículo del 5 de septiembre de 1925, en The Illustrated London News,
Collected Works volumen XXXIII.

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sábado, 7 de julio de 2012

En cuestiones educativas, como en la vida, advertía Chesterton que un placer puede matar otro placer, como un color puede matar otro color. Cada figura de color requiere un telón de fondo y, a menudo, la figura más brillante es la que tiene un color gris o negro de fondo. Las proporciones entre placer y sobriedad son un problema delicado, como las proporciones entre azul y negro, o gris y oro. Pero es un problema de dar con las proporciones, no de apilar los placeres uno encima de otro. La vida debería estar tan mezclada que haya en todos nuestros placeres un ligero elemento de sorpresa. Los niños entienden eso, pero la cuestión, aquí y ahora, es si tantos niños demasiado precoces no habrán perdido la capacidad de comprenderlo.

G. K. Chesterton. «Pleasure-seeking in the Modern World», artículo del 9 de diciembre de 1922, The Illustrated London News, Collected Works volumen XXXII.

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sábado, 30 de junio de 2012

Chesterton hacía notar que alguna gente que piensa y escribe acerca de la educación no suele pensar y escribir sobre los niños reales. Decía que un niño es más débil que un hombre si se trata de pelear o de conocer el mundo, pero que de ningún modo es más débil en su voluntad o en su deseo. Por eso, a quienes sostienen que no hay que señalarles lo malo sino hacerles atractivo lo bueno les hacía notar que eso, dicho así, no tiene mucho sentido: los niños tienen más vida que nosotros, lo que no tienen es ley. Lo que tenemos que decirles a los niños es que si rompen la flor no crecerá de nuevo. No necesitamos tanto enseñarles a admirar la flor como enseñarles el mal de romperla. No necesitamos insistirles en que admiren el valor, pues ya lo admiran. Necesitamos enseñarles cosas como el molesto proceso de lavarse, pues los niños no caen en el pesimismo sino en los charcos. No necesitamos, tampoco, enseñarles nuevas verdades o enseñarles a ser reformadores. El niño necesita conocer las cosas que son fijas, no las que están cambiando: debemos enseñarle la belleza y no la moda; debemos enseñarle que diga la verdad que conoce y olvidarnos de tanta palabrería acerca de animarle a buscar la verdad que no conoce.

G. K. Chesterton. «Moral Education in a Secular World», artículo del 30 de mayo de 1908, The Illustrated London News, Collected Works volumen XXVIII.

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sábado, 23 de junio de 2012

Decía Chesterton que toda educación es religiosa y lo es especialmente si es una educación que pretende ser no religiosa. La razón está en que o se enseña una doctrina definida acerca del universo, lo cual es teología, o se da una por supuesta, lo cual es misticismo. Hay una atmósfera religiosa en todas las escuelas, y en todas las calles, y en todas partes: ni el alma ni el cuerpo pueden respirar en el vacío. Esto resulta claro si pensamos en que lo más básico en la educación es enseñarle al niño las verdades que creemos que son igualmente verdaderas cualquiera que sea su modo de ser. Es decir, enseñarle un código moral, que creemos que es aplicable a todos los niños, y enseñárselo a este niño concreto precisamente porque es aplicable a todos. Si ser un torturador o un ladrón parece ser una parte de su personalidad, debemos decirle que no deseamos personalidades que sean torturadores o ladrones, conclusión que sólo puede proceder de que creemos en una religión o en una filosofía que prohíbe o desaconseja vivamente tal cosa. Esto también nos dice que, a la conocida distinción acerca de que la educación es sacar cosas fuera y la instrucción es meter cosas dentro, se puede añadir, respetuosamente, que sólo Dios sabe lo que hay que sacar fuera pero que nosotros somos razonablemente responsables de aquello que ponemos dentro.

G. K. Chesterton. «The Peasant and Proletarian Education», The Illustrated London News, artículo del 26 de julio de 1924, Collected Works, volumen XXXIII, y «Returning to Our Grandfathers», articulo del 19 de julio de 1922, Collected Works, volumen XXXII.

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sábado, 2 de junio de 2012

En el mundo de la literatura infantil se suele discutir qué autores son los que conectan con los niños y cuáles no, qué historias comprenden mejor y cuáles no.

Chesterton decía que los niños pueden disfrutar con todo, incluso con una guía telefónica: eso es el reino de los cielos, disfrutar las cosas sin comprenderlas. Para ejemplificarlo señalaba que, cuando era niño, recitaba de memoria versos de Shakespeare, sin enterarse de lo que decía pero fascinado por sus resonancias sonoras y épicas: por eso, concluye, se podría decir que Shakespeare es un autor para todas las edades. En cambio, señalaba, eso no se puede afirmar de otra clase de poetas, y ponía como ejemplo a Milton, cuyo estilo controlado no es tan fácil que lo aprecie un niño: no es que un niño no pueda disfrutar con Milton, precisaba, sino que no puede hacerlo con lo que cabría llamar el Miltonismo de Milton.

Decía también que los niños pueden divertirse, y se divierten, con una obra como Los viajes de Gulliver sin necesidad de ver la sátira que la historia contiene, del mismo modo que no tienen que comprender el té para disfrutar de la fiesta del té del Sombrerero Loco en Alicia. Hay autores —y Chesterton hablaba en este caso de Sir William Gilbert— que pueden ver las cosas ligeramente torcidas pero que la magia del niño está en que ve las cosas casi rectas. Ambos dan así testimonio de la verdad pero el humorista lo hace por exageración y el niño sin exagerarla nada. Un ejemplo está en que si hiciéramos a un niño la pregunta que hizo Pilatos a Jesucristo sobre ¿qué es la verdad?, el niño nos miraría con sorpresa y diría algo así como «decir las cosas correctas», que es la única respuesta posible además del silencio de Cristo. La fortaleza del niño está no en el hecho de que resuelve una dificultad sino en que no ve ninguna dificultad.

G. K. Chesterton. «The Taste for Milton» y «The Genius of Gilbert», A Handful of Authors.

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sábado, 17 de diciembre de 2011

Chesterton
:
 La más grande de todas las bendiciones es el boomerang. O, mejor, todas las grandes bendiciones son como el boomerang: todas las cosas sanas que conocemos son boomerangs, son cosas que regresan. El sueño es un boomerang: lo arrojamos fuera por la mañana y vuelve por la noche. La luz del día es un boomerang: la vemos desaparecer en la distancia por la noche y la vemos reaparecer por la mañana (si nos levantamos pronto, cosa que yo he hecho una o dos veces). La misma especie de sensacional curación se da con el continuo retorno de fiestas religiosas y sociales. Tener una institución como la Navidad es como una aventura recurrente y, en cierto sentido, interminable. Una costumbre como la de la Navidad es, por esto, la forma más práctica de resistir a la moda moderna de avanzar en una especie de niebla hacia un futuro sin forma alguna. [Tal vez es una bobada, pero me gusta más poner boomerang que bumerán, tal como dice la RAE, quizá por el boo del principio y porque la g final parece sugerir el movimiento de retorno]

G. K. Chesterton. «Christmas versus the Future», Illustrated London News, artículo del 20 de diciembre de 1913, Collected Works, volume XXIX, versión mía.

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sábado, 17 de septiembre de 2011

Chesterton
:
Debemos tener un credo más claro acerca del error intelectual y de la responsabilidad moral, a menos que deseemos sufrir el castigo habitual de la confusión mental: el de una ciega y brutal reacción, y el de la reentrada de la persecución cruel. No podemos estar satisfechos con la frase moderna vaga de que cada sentimiento debe ser tolerado en cuanto sea sincero. La sinceridad es un atenuante de cosas parcialmente malas, pero es un agravante de las cosas enteramente malas. Que un hombre sea un mormón sincero lo hace mejor, pero que sea un satanista sincero lo hace peor. Hay teorías tan viles, hay creencias tan abominables, que uno puede soportar su existencia sólo negando su sinceridad. La sinceridad en esos casos no tiene valor moral. Vale tanto como decir que un caníbal sinceramente goza comiendo misioneros. Quienes hablan de tolerar todas las opiniones son fanáticos provincianos que sólo tienen una opinión. Hay opiniones que son, en el sentido literal y en el legal, intolerables. De otro modo estamos diciendo que dos negros hacen un blanco, que quien ha actuado malvadamente puede ser excusado si ha pensado también malvadamente.

En «Madness and Responsability», The Illustrated London News, artículo del 24 de febrero de 1912, Collected Works, volume XXIX, versión mía muy libre.

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sábado, 10 de septiembre de 2011

Decía ChestertonNo respeto a ninguna secta, iglesia o grupo debido a su sinceridad. Respetamos los credos que otros tienen porque deben tener algo bueno, no porque alguien los sostenga sinceramente. Un hombre honesto respeta otras religiones porque contienen parte de su propia religión, es decir, de su visión más amplia de la verdad. Respetaré a los confucianos porque reverencian a los ancianos y mi religión también lo hace. Respetaré a los budistas porque su moralidad incluye ser amables con los animales igual que hace también mi moralidad. Respetaré a los mahometanos porque admiten una justicia general como yo también la admito. Pero no admiro las torturas chinas porque se lleven a cabo con ardor; ni disfruto con el pesimismo hindú porque sea sincero y por tanto desesperanzado; ni respeto al turco cuando desprecia a las mujeres simplemente porque lo haga de corazón. Debemos tener un credo incluso en orden a ser comprensivos. Debemos tener una religión en orden a respetar otras religiones. Incluso si nuestro deseo es admirar lo bueno en otras adoraciones, nosotros debemos adorar algo o no sabremos qué admirar.

Hay cuatro personajes que parecen resumir los cuatro últimos tipos de nuestra existencia. Esos cuatro tipos son: San Jorge, la Princesa que se iba a comer el Dragón, el padre de la princesa que era, si lo recuerdo bien, el Rey de Egipto, y el Dragón. Está todo en esas cuatro figuras: virtud activa destruyendo el mal, virtud pasiva soportando el mal, ignorancia o convención permitiendo el mal, y el Mal. En esas cuatro figuras también pueden encontrarse los reales y saludables límites de la tolerancia: admiro a san Jorge por ser sincero en su deseo de salvar la vida de la princesa, pues es un deseo enteramente bueno y sano. Estoy dispuesto a admirar el deseo de la Princesa de ser comida por el Dragón como una parte de sus obligaciones religiosas, pues la Princesa es generosa aunque tal vez sea un poco perversa. Estoy incluso preparado para admirar la sinceridad del tonto y viejo potentado que entrega a su hija al Dragón porque siempre se había hecho así en su reino. Pero hay un límite, el último límite del universo: rehúso admirar al dragón porque miraba a la Princesa con entusiasmo sincero y porque honestamente creía que comérsela le sentaría bien.

En «Respecting Other Peoples’ Opinions», The Illustrated London News, artículo del 29 de octubre de 1910, Collected Works, volume XXVIII, versión mía muy libre.

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sábado, 3 de septiembre de 2011

Dice Chesterton que casi todos los hechos fundamentales de la humanidad podemos encontrarlos en antiguas historias fantásticas. Así, hay una gran verdad en que todos los viejos monstruos —centauros, sirenas, esfinges, etc.— tenían una humanidad perfecta en su cualidad aunque no así en su aspecto externo. La idea es que no hay nada propio de un pez en el modo de ser de la sirena o que no hay nada caballuno en el modo de ser del centauro, etc. Sus partes humanas son bellas y amables como las de una ninfa o de un héroe, y sus partes animales no afectan a su perfección humana. Con esto se alude a que el hombre es un monstruo y es más monstruoso porque una parte de él es perfecta: la parte inmortal y la mortal del hombre son discordantemente distintas y siempre lo han sido. Y la mejor prueba de esto la tenemos en los juramentos de amor.

El alma de un hombre está tan llena de voces como un bosque. Allí hay caprichos, memorias, locuras pequeñas, locuras grandes, temores misteriosos y esperanzas más misteriosas aún. Todo el saber estar en la vida y el saber gobernarla radica en llegar a la conclusión de que unas voces tienen autoridad y otras no. Puedes tener un impulso de luchar contra un enemigo o un impulso de huir de él; una razón para servir a tu país o una razón para traicionarlo; una buena idea para fabricar dulces o una mejor todavía para envenenarlos. El único test que conozco por el cual podemos distinguir entre unos argumentos o inspiraciones y otros es, al final, este: que todas las necesidades nobles del hombre hablan el lenguaje de la eternidad. Cuando el hombre está haciendo las tres o cuatro cosas para las que ha sido enviado a esta tierra, entonces habla como alguien que vivirá para siempre. Un hombre que muere por su país no habla como si las preferencias locales pudieran cambiar. Leónidas no dice: “en mi estado de ánimo actual, prefiero Esparta a Persia”. Guillermo Tell no dice: “la civilización suiza, en cuanto yo puedo verlo, es superior a la austríaca”. Cuando los hombres están construyendo la sociedad o el pueblo al que pertenecen, hablan en términos absolutos, e igual lo hacen cuando están construyendo, aunque sea inconscientemente, esas pequeñas comunidades que llamamos familias. Hay en la vida ciertos momentos inmortales, momentos que tienen autoridad. Quienes se aman tienen razón cuando graban cada uno el nombre del otro en tantos sitios; se pertenecen el uno al otro en un sentido mucho más poderoso del que se dan cuenta.

G. K. Chesterton. «The Bonds of Love», The Illustrated London News, artículo del 2 de julio de 1910, Collected Works, volume XXVIII, versión mía muy libre, como todas las que haré de los textos que tomaré de esta serie de libros.

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sábado, 13 de noviembre de 2010

Decía Chesterton que «se puede tener una educación que enseñe el ateísmo porque el ateísmo es verdadero y puede ser, desde su punto de vista, una educación completa. Pero no se puede tener una educación que proclame que enseña toda la verdad y después se niegue a discutir si el ateísmo es una verdad. (...) Cuando se suponía que la enseñanza consistía en deletrear, contar y hacer garabatos y ganchos, podría haber cierto motivo para decir que podía impartirla tanto un baptista como un budista. Pero cuál es el sentido de tener una educación que incluye lecciones de "ciudadanía", por ejemplo, y pretende no incluir nada que se parezca a una teoría moral, e ignora a todos los que sostienen que una teoría moral depende de una teología moral. Nuestros maestros de escuela declaran que sacan a la luz todos los aspectos del alumno: el aspecto estético, el atlético, el político y así sucesivamente; y no obstante siguen con la cantinela anticuada del siglo XIX, que dice que la instrucción pública no tiene nada que ver con el aspecto religioso». («La nueva defensa de las escuelas católicas», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

Lo cierto es que, sólo con un deliberado estrechamiento de la inteligencia «podemos mantener separadas la religión de la educación. (…) La cosa primera y más obvia en la que una persona está interesada es en qué clase de mundo está viviendo y por qué está viviendo en él. Naturalmente, si no conoces la respuesta no serás capaz de darla; pero el hecho de no ser capaz de responder a esa cuestión que la otra persona sin duda desea preguntar, puede o no ser lo que algunas personas llaman educación, pero no es una exhibición brillante de instrucción». Si tienes convicciones acerca de esas cosas fundamentales y cósmicas, sean negativas o positivas, y no las das, eres un instructor que estás rehusando instruir en el punto más importante; tus motivos pueden ser de generosidad o de timidez, da igual, pero ciertamente no son educativos. Si no tienes convicciones acerca de esas cosas, tienes el derecho, e incluso el deber, de rehusar responder a esas preguntas, pero no a tranquilizarte a ti mismo con el dogmático dogma de que ningún hombre es capaz de responderlas porque tú no puedes. Y «ningún hombre tiene derecho a responderlas o a tratarlas como si esa clase de preguntas sólo se le ocurrieran a una especie de alumnos pedantes y peculiares. («The Religious Aim of Education», The Spice of Life)

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sábado, 6 de noviembre de 2010

Hablando de sí mismo, Chesterton decía que el paso de la infancia a la adolescencia, y la misteriosa transformación que se produce en «ese monstruo que es el estudiante», podía resumirse en el hecho de que las mayúsculas griegas las conoció como diversión cuando todavía era un niño, mientras que las minúsculas corrientes griegas le parecían tan desagradables como una nube de mosquitos porque las tuvo que aprender en la escuela, «durante el período vulgarmente llamado de educación; esto es, el periodo durante el cual me instruía alguien que no conocía, acerca de algo que no quería saber». «Digo esto sólo para demostrar que era un personaje mucho más sabio y amplio de ideas a la edad de seis años que a la edad de dieciséis. El cielo no permita que base sobre esta afirmación ninguna teoría pedagógica». Lo único que intento testimoniar es «el hecho curioso de que, por alguna razón, un muchacho pasa a menudo de un primer estado en el que quiere aprenderlo casi todo a un estado posterior en el que quiere no saber nada».

En fin, «la adolescencia es una cosa compleja e incomprensible. Ni habiéndola pasado, se entiende bien lo que es. Un hombre no puede comprender nunca del todo a un chico, aún habiendo sido niño. Crece, por encima de lo que fue el niño, una especie de protección que pica como pelo; una dureza, una indiferencia, una combinación extraña de energía dispersa y sin objeto mezclada con cierta disposición a aceptar las convenciones. (...) Tenemos que recordar aquí, una vez más, la falacia de la “ficción” durante la infancia. El niño no “finge” en realidad ser un indio bravo; como tampoco fingió Shelley ser una nube o Tennyson un arroyo. (...) Lo que el niño finge en realidad es ser un hombre». En cambio, en los convencionalismos de los estudiantes adolescentes como el que fui ya existía un leve toque de corrupción, «precisamente porque todo era más serio y menos franco que las mentirijillas de la infancia. Empezábamos a ser lo que no son nunca los niños: esnobs. Los niños desinfectan todas sus caracterizaciones dramáticas diciendo: “Vamos a fingir”. Nosotros los estudiantes nunca decíamos “vamos a fingir”, fingíamos únicamente». (Autobiografía)

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sábado, 30 de octubre de 2010

Chesterton
escribió con frecuencia en relación a los temores de quienes pensaban que los niños confunden ficción y realidad y concluían de ahí que así se les desdibujaban las fronteras entre lo bueno y lo malo.

En mi recuerdo, decía, la niñez fue una etapa de distinta calidad que el resto de la existencia, una etapa inmerecidamente grata y jubilosa, cuyo «atributo más general era la nitidez. He aquí en lo que difiero, por ejemplo, de Stevenson, a quien admiro tan calurosamente, pero que habla del niño como si éste fuese con la cabeza en las nubes. Habla del niño como si normalmente estuviera sumido en un sueño, en el que le es imposible distinguir lo que son hechos de lo que es fantasía. Ahora bien, los niños y los adultos son, ambos, quiméricos, muchas veces; pero no es esto lo que en mi mente, ni en mi memoria, distingue a los adultos de los niños. (…) Estoy “ahora” mucho más dispuesto a imaginar que un manzano a la luz de la luna es un fantasma o una ninfa traslúcida; o a ver el mobiliario cambiando y arrastrándose al anochecer como en algún cuento de Poe o Hawthorne. Pero cuando yo era un niño sentía una especie de estupor confiado al contemplar un manzano como un manzano. (...) Había algo así como una mañana eterna en ese estado de ánimo, y me gustaba más ver un fuego encendido que imaginar las caras reflejadas en la luz del fuego».

Quienes han perdido buena parte del sentido de la realidad, a través de diversas influencias de una cultura reciente y romántica, son algunos adultos, precisamente muchos de los que sostienen que al niño sólo le ocupa la ficción y, además, esto lo interpretan «en el sentido, a la vez sentimental y escéptico, de que no existe gran diferencia entre la ficción y la realidad. Pero el niño auténtico no confunde el hecho y la ficción. Sencillamente, le gusta la ficción. La representa, porque no puede todavía escribirla o leerla; pero no permite nunca que se nuble por eso su equilibrio moral. Para él no existen dos cosas más contradictorias que el jugar a los ladrones o el hurtar dulces. Por mucho que jugase a los ladrones nunca llegaría a creer en lo más mínimo que robar está bien. Yo veía de niño la distinción con toda claridad; ojalá pudiera verla tan clara ahora». Y, cuando mis juegos eran dibujar planos de países y seres fabulosos, «aunque llenase el mundo de dragones no tuve nunca la menor duda de que los héroes estaban hechos para luchar contra los dragones». (Autobiografía)

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sábado, 23 de octubre de 2010

Chesterton
llamaba locos pedantes a quienes presentaban el proceso educativo, «no como emanando desde fuera, desde el maestro, sino totalmente desde dentro, desde el chico. Educación, dicen, es el equivalente latino de sacar afuera o extraer las facultades adormecidas de cada persona. En ningún lugar, allá en el fondo oscuro del alma infantil, existe un anhelo primordial por aprender los acentos griegos o por usar cuellos limpios de forma que el maestro de escuela sólo se limita a liberar tierna y gentilmente esos instintos aprisionados. Sellados en el recién nacido están los secretos intrínsecos de cómo comer espárragos y de cuál fue la fecha del incendio de Bannock. El educador sólo se limita a aflorar el disimulado amor del niño por las divisiones de muchas cifras; sólo dirige las preferencias ligeramente veladas del niño por las masitas y el dulce de leche. (...) Sería tan sensato decir que la leche que toma el bebé viene del bebé como decir que provienen de él sus méritos educativos. Hay, sin duda, en cada criatura viviente, una colección de fuerzas y de funciones, pero la educación significa producir éstas en moldes determinados y encaminarlas a fines dados, o si no, no significa nada. El lenguaje es el ejemplo más “práctico” de todo el problema [ejemplo clásico que también pone Robert Spaemann en Distinciones básicas]. Indudablemente, se pueden “extraer” gritos y gruñidos del niño pinchándolo y dándole tirones, pasatiempo cruel al cual muchos psicólogos son particularmente adictos. Pero habrá que tener mucha paciencia se si espera que el idioma inglés salga de él. Eso hay que ponérselo dentro, y con esto se acaba la cuestión». (Lo que está mal en el mundo)

En fin, «el educador que extrae es tan arbitrario y coercitivo como el instructor que introduce, porque extrae lo que elige. Decide lo que en el niño hay que desarrollar y lo que no debe ser desarrollado. No extrae (supongo) la desatendida facultad de falsificar. No pone de manifiesto, que yo sepa, con paso tímido, un talento cauteloso para la tortura. El único resultado de toda esa pomposa distinción entre el educador y el instructor consiste en que el educador saca lo que quiere y el instructor mete lo que quiere. Exactamente la misma violencia intelectual que se hace a la criatura a la que se da tirones y a la que se la empuja. Pero todos debemos aceptar la responsabilidad de esa violencia intelectual. La educación es violenta porque es creadora. Es creadora porque es humana. Es tan despiadada como tocar el violín, tan dogmática como dibujar un retrato, tan brutal como construir una casa. En síntesis, es lo que es toda acción humana: una interferencia con la vida y el crecimiento. Después de esto resulta una cuestión trivial y hasta jocosa preguntarnos si este gran torturador que es el artista nos mete las cosas dentro como un boticario o nos las saca fuera como un dentista». (Lo que está mal en el mundo)

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sábado, 16 de octubre de 2010

Chesterton
señalaba, frente a todas las proclamaciones sobre la necesidad de educar bien los niños, que la verdadera necesidad es la de educar bien a los adultos: la nota titulada Salvar a los niños apunta en esa dirección. Otro texto sobre lo mismo es este: «la falacia de moda consiste en afirmar que, por medio de la educación, podemos dar a la gente algo que nosotros no tenemos» (Lo que está mal en el mundo).

En realidad, lo primero que es necesario aclarar es de qué hablamos cuando hablamos de educación: a mí me parecen claras las observaciones de Robert Spaemann recogidas en La educación, un efecto secundario. Chesterton lo dice así: «El punto principal acerca de la educación es que no existe tal cosa. No existe como existen la teología o el arte militar (o como existen disciplinas acerca de cosas definidas). La educación es una palabra como “transmisión” o “herencia”; no es un objeto sino un método. Debe querer significar el traspaso de ciertos hechos, criterios o calidades al último recién nacido. Pueden ser los hechos más triviales o los criterios más absurdos o las calidades más ofensivas, pero si son entregadas de una generación a otra, son educación. (...) La educación es dar algo, aunque sea veneno. La educación es tradición y la tradición (como su nombre lo implica) puede ser traición». (Lo que está mal en el mundo)

Y esto último es más cierto hoy que nunca porque «en los tiempos modernos se ha producido un gran aumento de esa clase de educación que puede imponer el ignorante, y una gran disminución de la clase de instrucción que solamente los instruidos pueden impartir. El político que se limita a declarar que tantos miles de determinadas obras deben ser distribuidas en tales o cuales escuelas, es un ignorante en sentido exacto. El labrador que enseña a su hijo cómo debe usar la podadora es, en ese sentido exacto, un hombre instruido». (Maestro de ceremonias)

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sábado, 2 de octubre de 2010

Con más motivo que cuando lo escribió Chesterton, hoy podemos decir que «las últimas décadas se han caracterizado por el cultivo intensivo de la novela futurista. Parecería que nos hubiéramos resuelto a no querer comprender el pasado y que nos inclináramos a enunciar lo que es aparentemente más fácil: aquello que habrá de ocurrir». «Este culto del futuro no solamente constituye una debilidad, sino también una cobardía de la época», pues así rehuimos la competencia que nos hacen nuestros antepasados y nos conformamos con un muro en blanco donde cada uno puede escribir su propio nombre todo lo grande que quiera. «Y el resultado de esta moderna actitud es realmente el siguiente: los hombres inventan nuevos ideales porque no se atreven a poner en práctica los viejos ideales. Miran hacia delante con entusiasmo porque les da miedo mirar hacia atrás». (Lo que está mal en el mundo)

En relación a eso se puede advertir que «el futuro no tiene vida porque, necesariamente, el futuro tiene que ser una especie de fatalismo. No puede prever la parte libre de la acción humana, sólo puede prever la parte servil. No se trata de que la predicción sea optimista o pesimista; se trata de la naturaleza de la predicción misma. La línea puede subir o bajar, con el optimista o el pesimista; la línea puede simplemente dar vuelta tras vuelta, con los que creen en la repetición y en la rueda del destino. Puede ser progresiva como una espiral ascendente o autorrepetidora como el vaivén de un péndulo. Pero la cuestión es que todos estos modelos deben ser matemáticos. Ninguno puede parecer un cuadro artístico. La cuestión es que todas estas líneas deben ser matemáticas; no pueden ser trazadas a voluntad como hace el dibujante. Sólo en el pasado encontramos el cuadro terminado, pues sólo en el pasado encontramos la libertad de líneas. En otras palabras, cuando miramos lo que hicieron los hombres, estamos mirando lo que hicieron  por su propia voluntad. (...) Por eso la historia y aun la arqueología son intrínsecamente sorprendentes, porque en ambas de trata de estudios de una historia de sorpresas».  («Sobre arqueología», Charlas)

De ahí que, a los «hombres ávidos de adelantarse a su propia época» que tanto abundan hoy, a los que se dedican con tanto afán a elogiar las novedades y se quedan atrás antes que nadie (George Bernard Shaw), a quienes llaman progreso al cambio continuo —y en esa situación están un cadáver que se descompone cada vez más, o un muñeco de nieve que se convierte en un charco—, Chesterton les advertía que «la única cosa en la que un progresista no puede confiar es en el futuro. (...) Si no le pone límites al cambio, puede cambiar tanto sus opiniones más progresistas como sus puntos de vista más conservadores» (El Pozo y los charcos).

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sábado, 25 de septiembre de 2010

El concepto restrictivo de Cultura de Matthew Arnold, el de conocer lo mejor que se ha dicho y pensado, decía Chesterton que vale para la literatura pero no en general (Maestro de ceremonias). Lo entendemos mejor si pensamos en que «cultura» es la mitad de palabras como «agricultura» u «horticultura»: de ahí podemos concluir que cultura es el crecimiento sano de las ideas a partir de sus semillas originales y es la exploración de antiguas raíces profundas y vivas («Journalism and Culture», vol. XXIX, Collected Works, llustrated London News, 9 de noviembre de 1912). Y por eso «la verdadera tarea de la cultura no es hoy una tarea de expansión sino, muy señaladamente, de selección y de exclusión» (Lo que está mal en el mundo).

Para empezar, eso quiere decir que Cultura no es la cultura del turista, la de quien vive en los hoteles sin descubrir la nacionalidad de los camareros, o menos aún la de quien vive en Italia mucho tiempo sin descubrir la nacionalidad de los italianos, y menos todavía la de quien dice respetar a los italianos muertos pero no respeta a los vivos. Es de muy mala educación, además, visitar una sociedad como un submarinista que ve a los peces mientras es alimentado a través de un tubo que le trae aire de otra atmósfera y se dedica a ver las vistas sin respirar el aire. («The Aristocratic 'Arry», A Miscellany of Men)

Luego, comprender en qué consiste la Cultura continúa por entender bien qué significa el progreso: «Si realmente existe algo que pueda llamarse progreso, debe significar, por encima de todo, el estudio cuidadoso de todo el pasado y su incorporación» (Herejes). Pues «el gran ensueño democrático, como el gran ensueño medieval, ha sido, en un sentido riguroso y práctico, un ensueño no realizado. (...) El mundo está lleno de ideales inconclusos, de templos sin terminar. La historia no se compone de ruinas deshechas y tambaleantes, consiste más bien en palacios a medio hacer, abandonados por un constructor en bancarrota. Este mundo se parece más a un suburbio en proyecto que a un cementerio desierto» (Lo que está mal en el mundo).

Esta situación sólo se puede abordar actuando como Robinson Crusoe que, para construir su granja, volvió a menudo a los restos del naufragio para conseguir las cosas que necesitaba. Pues nosotros, por la misma razón que retrocedemos en la vida ordinaria, porque nos hemos dejado algo atrás, si queremos construir una nueva civilización debemos buscar lo que necesitamos en las ruinas de la vieja civilización («On Wordsworth», Avowals and Denials). A ciertas objeciones que algunos ponen a esto se les puede replicar que mirar al pasado con aires de superioridad es «la más estúpida de todas las superioridades: la de la simple aristocracia del tiempo», y que afirmar que las cosas viejas nos oprimen resulta ridículo pues son solamente las modernas las que pueden hacerlo (George Bernard Shaw).

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sábado, 18 de septiembre de 2010

Decía Chesterton que «hay tres maneras distintas de escribir historia. La antigua, que solíamos encontrar en los libros de nuestra infancia, era pintoresca y en extremo falsa. La última, más ilustrativa, adoptada por las autoridades académicas, es la de pensar que se puede seguir siendo falso, siempre que se evite ser pintoresco. (...) La tercera forma es utilizar lo pintoresco (lo que constituye el instinto natural del hombre desde que el mundo es mundo) pero haciéndolo de tal forma que parezca un símbolo de la verdad en lugar de un símbolo de la mentira. Relata al lector el verdadero significado del incidente pintoresco en lugar de dejarlo en suspenso o de darle un matiz decepcionante: es pintar un cuadro verdadero en lugar de uno falso, pero sin evitar que el cuadro sea pintoresco». De otro modo, los intentos que vemos alrededor de enseñar «historia sin lo pintoresco, sin espadas ni juglares», dan como resultado unas historias nuevas que son «no sólo indignas de confianza sino indignas de ser leídas». («Escribiendo sobre la historia», Charlas)

Hay también dos propósitos en la historia: uno, el superior, que es el útil para los niños; otro, el inferior o secundario, que es el útil para los historiadores. El primero lo vemos en historias como las de Guillermo Tell, o la de David, o la de Nelson, que pueden ser de cualquier época y lugar, y que podemos contar a los niños porque son grandes historias que hablan de cuestiones eternas. En este sentido, «lo esencial sobre lo que yo insistiría siempre no es que el cuento sea verdadero sino que sea un gran cuento»: en las leyendas y en los relatos sobre los héroes están los principios de las más profundas lecciones de moral y de la buena educación. Por eso, en la enseñanza de la historia, «la verdad de tipo general que no cambia, es que deberíamos enseñar a los jóvenes esas verdades permanentes, y dejar a los expertos que se diviertan ellos mismos con sus errores pasados». («The Duty of the Historian», The Uses of Diversity)

Pues, en definitiva, «estoy absolutamente convencido de que es inútil hablar de la verdad en la enseñanza de cosas como la historia», de la verdad de muchos hechos históricos. «No es posible ser imparcial con la historia. Podemos mostrar entusiasmo, podemos mostrar compasión, podemos mostrarnos serenos y observadores, pero ni siquiera podríamos imaginar ser capaces de obtener la verdad. Aplaudamos, admiremos, reverenciemos, denunciemos, execremos... Pero no juzguemos, y no seremos juzgados». («Defensa de los historiadores parciales», Lectura y locura)

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sábado, 11 de septiembre de 2010

«He llegado a pensar, decía Chesterton, que si la gente sólo aprendiera Historia, llegaría a aprender todo lo demás»: geografía y Napoleón, álgebra y las Cruzadas, griego y la historia de Grecia, etc. «La historia es simplemente humanidad. Y la historia es capaz de humanizar todos los estudios, incluso el de antropología». Pero en nuestra época, seguía, «no hay historia; sólo historiadores», y «todos los historiadores modernos se dividen en dos categorías: los que narran sólo la mitad de la verdad, como Macaulay o Froude, y los que no narran verdad alguna, como Hallam y todos los imparciales. Los historiadores airados ven sólo una de las caras del problema. Los historiadores serenos no ven nada, ni siquiera el problema». Por tanto, tal vez, la actitud correcta debería ser, no la de leer a los historiadores sino la de leer la historia, no la de leer a hombres vivos que tratan temas muertos, sino la de leer los textos propios de las distintas épocas, leer a hombres muertos que hablan de temas vivos. Deberíamos, también, considerar que las novelas merecen a veces mayor confianza que los libros de historia: «El novelista se ve obligado, al menos, a tratar de describir seres humanos, cosa que el historiador muy a menudo ni siquiera intenta». («La historia frente a los historiadores», Lectura y locura)

Sea como sea, el estudio de la historia, decía, es necesario porque «un hombre sin historia es, casi en sentido literal, un imbécil. Sólo dispone de una parte de su propia mente. No sabe lo que significan la mitad de sus propias palabras, o la mitad de sus propias acciones» («Los derechos del ritual», El color de España y otros ensayos). Lo es también porque si no conocemos el pasado tampoco conocemos el presente: la historia es como una columna o un punto alto desde el cual los hombres ven la ciudad en la que viven o la época en la que están viviendo. Sin tal contraste o comparación, sin tal capacidad de cambiar de punto de vista, no podríamos ver ninguna otra cosa más que nuestros entornos sociales actuales. Los daríamos por supuestos, pensaríamos que son los únicos posibles, seríamos tan inconscientes de ellos como lo somos del crecimiento de nuestro pelo o del aire que respiramos. Frente a eso, es la variedad de la historia humana la que nos hacer ver agudamente el último giro que ha tomado el camino («On St. George Revivified», All I Survey).

Por otro lado,  viene bien pensar que la mayoría de la gente, si tuviera que dar razón de sus creencias históricas, tendría que acabar dando ésta: «“Yo creo en esto porque lo he visto en cierto sitio escrito en caracteres de imprenta por alguien a quien nunca he conocido que cita una prueba que nunca he visto, y que explica una historia que no puedo comprobar en modo alguno, ni siquiera por el paisaje”». Es decir, debemos desconfiar de quienes «no solamente no necesitan que el paisaje corrobore su historia, sino que ni siquiera se preocupan de si el paisaje contradice la historia» (William Cobbett); debemos tener en cuenta que hay cosas que no explican los libros de historia: «hay que empaparse en la atmósfera de muchas viejas ciudades y muchos libros antiguos para comprenderlas»; si no, «es como ver bailar a unos hombres sin oír la música. («Historia en piedra», El color de España y otros ensayos).

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sábado, 4 de septiembre de 2010

Chesterton
tuvo una especial querencia por la Edad Media, a la que veía como una época llena de posibilidades que, sin embargo, se truncaron. Pero, aunque sus comentarios subrayaron mucho lo positivo de aquella época, también porque fueron hechos para replicar otros comentarios precipitados o ignorantes, estaban llenos de matices: «La sociedad medieval no era el lugar correcto, era sólo la dirección correcta. Era sólo el camino correcto, o quizás sólo el principio del camino correcto. La Edad Media estaba muy lejos de ser la Edad donde todo estaba bien. Sería más correcto decir que era la Edad en la que todo fue mal. Fue el momento en el que las cosas podían haberse desarrollado bien pero lo hicieron mal». (The New Jerusalem)

Por un lado, están los comentarios descriptivos de la época, muchos de los cuales se pueden encontrar en su biografía de Chaucer, como, pongamos por caso, cuando indica que la esencia de la filosofía medieval era «que en todas las direcciones hay peligros, lo mismo que en todas las direcciones hay ventajas»; o cuando señala que «para el medieval su paganismo era como una pared y su catolicismo como una ventana. No pueden establecerse discusiones de gradación o de relatividad en la diferencia entre una pared y una ventana».

Y, por otro, están aquellos que tienen la intención de contrastar aquella época con la nuestra. Por ejemplo:

—«Llamamos ascético al siglo XII. De nuestro tiempo decimos que es hedonista y lleno de placeres. En la época ascética el amor a la vida era evidente y enorme y hubo que reprimirlo. En la edad hedonista el placer ha caído tan bajo que ha sido necesario estimularlo. (...) La humanidad no produce nunca optimistas hasta que ha dejado de producir hombres felices». (George Bernard Shaw)

—«Es característico de nuestros días echar en cara a los teólogos antiguos distinciones sutiles. Ello se debe a que en estos tiempos tendemos siempre a semejanzas superficiales (...) que cubren diferencias hondas y fundamentales». Así, «los críticos no aciertan a percibir la diferencia entre el puritanismo de ahora y el ascetismo de la época de Chaucer, y piensan que la renunciación a las cosas de este mundo en nombre de otro mundo son lo mismo. Pero las raíces son muy distintas». (Chaucer)

—En las miniaturas medievales o en tantas esculturas que podemos encontrar en las catedrales y en los monasterios, no hay huellas de monotonía artística, no hay rastros de que la época desease separar la comedia de la tragedia. «Los modernos que no creen en el cristianismo son incluso más reverentes hacia el cristianismo que aquellos cristianos que creyeron en él. El más exagerado de los chistes de Voltaire no es más irreverente que muchos de los chistes que allí hallamos ilustrados por hombres mansos y humildes sobre sus propias creencias». Una muestra: la bestia de las siete cabezas del Apocalipsis, con su pareja, figuraba entre los animales del Arca de Noé, «para cooperar con ella en la propagación de tan importante especie, sin duda a fin de estar presente a su debido tiempo en el Apocalipsis. Si esta hubiera sido una ocurrencia de Voltaire, no cabe duda de que la habría puesto por escrito». Por eso es justo decir que en la Edad Media no había esa clase de impresionismo del que sólo sabe mirar la realidad a través de rendijas o ese otro impresionismo intelectual del que usa sólo media inteligencia. («El sepulturero», Lectura y locura)

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sábado, 28 de agosto de 2010

Decía Chesterton que, al hablar del pasado más remoto, deberíamos recordar que, «estrictamente hablando, no sabemos nada de los hombres prehistóricos por la sencilla razón de que eran prehistóricos. La historia del hombre prehistórico es una evidente contradicción en los términos. Es ese tipo de sinrazón al que sólo los racionalistas pueden acogerse. Si a mil sacerdotes en su predicación se les ocurriera comentar que el Diluvio fue antediluviano, probablemente se suscitarían comentarios irónicos acerca de su lógica». (El hombre eterno)

Deberíamos tener en cuenta, también, que «no existe ninguna evidencia de que el gobierno primitivo fuera despótico y tiránico. (...) Si existe un hecho que realmente se puede probar, partiendo de la historia que conocemos, es que el despotismo puede ser consecuencia del progreso, de un progreso tardío, muchas veces, y, con más frecuencia, el fin de sociedades altamente democráticas. El despotismo se podría definir como una democracia fatigada. Cuando el cansancio se cierne sobre una comunidad, los ciudadanos se sienten menos inclinados a esa perpetua vigilancia, que con acierto se ha denominado el precio de la libertad, y prefieren colocar un único centinela mientras duermen». (El hombre eterno)

No estaría mal tampoco que pensásemos por qué, entre nosotros, «se desliza demasiado a menudo la pésima costumbre de usar los nombres de épocas pretéritas como términos ofensivos. Si algo no nos gusta, lo llamamos tribal, lo llamamos feudal, lo llamamos medieval, lo tachamos de digno de los Eduardos, lo tachamos de despótico, de oligárquico, de bárbaro o de militarista y hablamos de aristócratas y burócratas como si todas esas cosas fueran lo mismo y el mundo entero las padeciera a excepción de nosotros. Nos olvidamos del hecho evidente de que la mayoría de esas cosas no sólo no van unidas, sino que jamás podrían mezclarse. Es obvio que todo déspota trata de acabar con una aristocracia. Es obvio que toda aristocracia trata de acabar con un déspota». («Los pecados de los príncipes rusos», Lectura y locura)

En definitiva, tal vez deberíamos enfrentarnos con más valor y con más sensatez a nuestro pasado, primero, «porque el pasado está lleno de hechos que no se pueden pasar por alto; de hombres más sabios que nosotros y de cosas realizadas que no podríamos hacer nosotros» (George Bernard Shaw). Luego, porque la mejor forma de comprender las cosas es reconocerlas tal y como fueron: «No soy capaz de convencerme de admirar esa propuesta de que deberíamos cambiar algunos nombres como el de la Estación de Waterloo por delicadeza con los franceses. Si el recuerdo de una victoria nacional debe ser considerado como un insulto internacional, Francia misma debería disculparse ante todos los países de Europa. Un recuerdo de los vencedores no es un reproche para los vencidos» («El código de Napoleón», El color de España y otros ensayos).

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sábado, 21 de agosto de 2010

Si, en ocasiones, Chesterton defendió lo que solemos llamar sentimentalismo y a las personas que solemos llamar sentimentales, otras veces también señaló cuál es el sentimentalismo engañoso y los comportamientos sentimentales dañinos. Hay referencias al respecto en el artículo Los otros lados de las cosas.

Otra buena descripción de la cuestión está en este texto: «El sentimental es el hombre que quiere comer su dulce y tenerlo. Carece del sentido del honor en cuanto a las ideas; no quiere admitir que hay que pagar por las ideas como por cualquier otra cosa. No quiere admitir que cualquier idea digna, como cualquier mujer honesta, pueda únicamente ser conquistada en sus propios términos, y con su lógica cadena de lealtad. Una idea lo atrae, otra idea lo inspira realmente, una tercera idea lo halaga, una cuarta idea lo recompensa. Las quiere tener todas a la vez en un harén salvaje e intelectual, sin importarle si se pelean y se contradicen entre ellas. (...) Ésta es la esencia del sentimental, que se desvive por gozar de cada idea sin la secuencia, y de cada placer sin la consecuencia». («El sentimental», Alarmas y digresiones)

Entre los ejemplos del persistente e insano intento de conseguir placeres sin pagar por ellos, habló de cómo, en política, hay quien propone ser al mismo tiempo un país cómodo y un país duro, y, en religión, hay quien intenta cantar al mismo tiempo a la Virgen y a Príapo; de cómo los partidarios del amor libre hablan de ofrecerse a sí mismos sin ningún compromiso personal, y de que ya sólo falta que algunos reclamen el derecho a suicidarse un número ilimitado de veces («Defensa de los votos», The Defendant). Criticó al imperialista, que deseaba tener el esplendor del éxito y ninguno de sus peligros, que deseaba extender el cuerpo de Europa pero no su alma, que deseaba esclavizar a otros porque es halagador pero no liberarlos porque implica una responsabilidad («El sentimental», Alarmas y digresiones). Se pronunció contra los planteamientos divorcistas pues lo característico del matrimonio como institución es la lealtad y no la emoción: «puedo entender fácilmente por qué creen en el divorcio. Lo que no entiendo es por qué creen en el matrimonio» («The Sentimentalism of Divorce», Fancies versus fads).

En las discusiones acerca del modo de tratar a los delincuentes, se refirió al sentimental humanitario, el «sentimental inflexible que perora como si el problema no existiese en absoluto, como si la bondad y la suavidad físicas pudieran curarlo todo, como si no hiciese falta otra cosa que hacer mimos a Nerón y dar palmaditas en la espalda a Iván el Terrible»; y añadía que «si la vida suave y cómoda diese virtud a los hombres, las clases que llevan una vida suave y cómoda habrían de ser virtuosas, lo cual es absurdo». Lo distinguió del sentimental brutal, un «sentimental más débil aún (...) que dice “¡Duro con los brutales!”; o que manifiesta con inocente descaro lo que haría él con ciertos hombres, claro es que siempre en el supuesto de que las manos de esos hombres estuviesen bien amarradas». Y, frente a esos planteamientos, endebles y desequilibrados, habló del «sentimental emotivamente decente» que, «lejos de expansionarse acerca de los castigos abominables que podrían infligirse a los criminales, siente acerbamente cuanto mejor sería si no se necesitara hacer nada», pero se da cuenta de que algo hay que hacer: un hombre cuerdo, decía, es «un hombre que puede albergar la tragedia en su corazón y la comedia en su mente». («Los viajeros», Enormes minucias)

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sábado, 14 de agosto de 2010

Chesterton
defendió siempre algo que muchas veces se llama sentimentalismo. En primer lugar, porque la gente normal es siempre sentimental en el sentido de que «un sentimental no es más que alguien que tiene sentimientos y no se toma la molestia de inventar otro modo de expresarlos» («En defensa de la novela de quiosco», The Defendant). Luego, porque, al igual que uno de sus personajes, no se veía «capaz de denostar ciertos sentimientos que hacen que el mundo gire, y que las gentes giren con el mundo» (Los árboles del orgullo, en El jardín de humo y otros cuentos de intriga).

En esa línea, de aclarar bien qué se quiere decir cuando se lanza la acusación de sentimentalismo, decía que «no hay que confundir recriminaciones morales con recriminaciones sentimentales» (William Cobbett), y que «es un desatino básico suponer que [alguien] es superficial nada más que por ser emocional» (Chaucer). Señaló que una verdadera crítica literaria nunca usaría la palabra sentimental como un adjetivo descalificador pues «si la literatura sentimental ha de ser condenada debe serlo no por ser sentimental sino por no ser literatura» («Sentimental Literature», The Spice of Life). Y, de un modo parecido, indicó que no tenía sentido criticar a un poeta diciendo que los sentimientos que expresa son lugares comunes: la poesía trata siempre de lugares comunes y es vulgar en el sentido más noble de esa noble palabra; trata de los sentimientos y pensamientos que todos tenemos y, como la religión, es siempre democrática incluso cuando finge lo contrario («Tennyson», Varied Types).

También subrayó que ni el sentimentalismo se identifica con los altibajos anímicos, ni la fe y la confianza en la razón se basan en tener unos sentimientos más o menos fuertes. Por ejemplo, al hablar de si Hamlet era un personaje que tenía fe o no, decía: «Su fe [se nota] en que, por mucho que él no pueda ver que el mundo es bueno, el mundo es, evidentemente, bueno. Su fe [se nota] en que, por mucho que él no pueda ver al hombre como la imagen y semejanza de Dios, el hombre es, ciertamente, la imagen de Dios. El hombre moderno, como la moderna concepción de Hamlet, sólo cree en los estados de ánimo. Pero el verdadero Hamlet, igual que la Iglesia Católica, cree en la razón. Muchos son los optimistas que han loado al hombre cuando su estado de ánimo les inclinaba a loarlo. Sólo Hamlet ha loado al hombre cuando su estado de ánimo le inclinaba a patearlo. Muchos poetas como Shelley y Whitman, han sido optimistas cuando se sentían optimistas. Sólo Shakespeare ha sido optimista mientras se sentía pesimista. Esto es la fe. Aquello capaz de sobrevivir a un estado de ánimo». («La ortodoxia de Hamlet», Lectura y locura)

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sábado, 7 de agosto de 2010

Chesterton
señaló con frecuencia cuánto abundan en nuestras conversaciones un tipo de afirmaciones que parecen dejar satisfechas las mentes y detienen el pensamiento: por ejemplo, quien elogia el progreso y ya no considera necesario progresar en su pensamiento un poco más, quien rechaza una queja por ser antigua y ya no piensa que sea necesario decir algo nuevo. (The Outline of Sanity)

En esa línea, de hacer notar las dificultades que a veces tenemos para pensar con rigor, decía que una de las principales incomodidades de nuestro tiempo está en ese montón de pequeños pensamientos, o pequeños dichos que se han divorciado hace tiempo de los pensamientos, que invaden toda la atmósfera en forma comparable a los pequeños insectos: insignificantes y casi invisibles pero innumerables y casi omnipresentes. Es algo que, al mismo tiempo es atmosférico y microscópico, como una nube de mosquitos. No me refiero, decía, a opiniones morales o filosóficas basadas en principios que a uno le parecen equivocados, o que producen resultados que a uno le parecen malvados, ni a teorías científicas y filosóficas, que podrían ser comparadas, según el gusto de cada uno, con leones, elefantes, tigres, buitres, víboras o escorpiones. Me refiero, en particular, a esa especie de casual y conversacional escepticismo, que hace que muchos, sin pensar en absoluto, digan frases frívolas que casi siempre, por una extraña fatalidad, son o suenan como una débil rebelión contra cualidades que los hombres han estimado siempre, por ejemplo cuando alguien afirma que la honradez o el valor son estúpidos y no valen la pena. En ese tipo de frases, que denotan y aceleran la corrupción de toda una cultura, vemos la paradoja que puede ser denominada la omnipresencia de lo insignificante: una mosca es una cosa pequeña, pero las moscas pueden ser una gran cosa, como cuando, en los países tropicales, forman grandes nubes y aparecen en el horizonte llenando por completo el cielo; o esas plagas de pequeñas langostas que afligen muchas tierras de modo más destructivo que una manada de lobos o una estampida de bisontes. Y con el ejemplo tal vez comprendamos mejor por qué el antiguo nombre de Belzebú significa, precisamente, el Señor de las moscas. («On Thoughtless Remarks», All I Survey)

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sábado, 31 de julio de 2010

Chesterton
señaló en ocasiones cómo, en las informaciones de prensa y en la conversación cotidiana, son muchas las expresiones sin sentido que facilitan la conversación pero dificultan pensar con orden y comprender la realidad. Ya cité las frases rítmicas tipo «la vida es la vida», con las que no se va muy lejos en materia de argumentos, y otros modos inconsistentes de razonar («Sobre una negación», Charlas). También mencioné el problema de la abundancia de restos de moralidad que son como esos enormes trozos informes de hielo a la deriva que causan tantos naufragios («On Dependence and Independence», All I Survey), que por cierto es una idea nuclear del famoso libro de Alasdair McIntyre, Tras la virtud.

En esa misma línea indicaba que lo más importante que debe decirse de un error es que es erróneo: a partir del principio de que media barra de pan es mejor que no tener pan, algunos concluyen que media verdad es mejor que no tener verdad ninguna, cuando el ejemplo que habría que aplicar en este caso es el de la media manzana ponzoñosa del cuento («On the New Insularity», All is Grist).

Esto último se ha de aplicar a esas frases hechas, completamente ilógicas, como la de hablar de «hombres de toda raza y credo», cuando estas dos últimas palabras no tienen nada que ver entre sí pues no van unidas como podrían ir «zapatos y pies», sino que están tan relacionadas entre sí como la Prensa Amarilla y el Peligro Amarillo, un piel roja y un rojo comunista. («On Current Claptrap», Come to Think of it)

Se ha de aplicar también a esas otras frases, que no es que sean falsas sino que no significan nada, como la de «la supervivencia de los más aptos», que equivale a «la supervivencia de los supervivientes»; o la de «avanzar hacia el progreso», o hacia el futuro, que no significa más que seguir hacia lo siguiente. («The Priest of Spring», A Miscellany of Men)

Y, por supuesto, a las que son completamente falsas, como cuando se asegura, por ejemplo, que la tortura es un vestigio de la barbarie, algo que se podría decir del látigo, del arado, de la caña de pescar, o del fuego en la chimenea. Es decir: primero, no hay nada reprobable en ser un vestigio de la barbarie; y, segundo, «el tormento no es un vestigio de la barbarie (...) sino un vestigio del pecado», y, más aún, «en historia comparada puede perfectamente denominarse un vestigio de la civilización. (...) A medida que progresamos en instrucción y refinamiento no nos alejamos de modo natural en ningún sentido de la tortura. Nos aproximamos, nos encaminamos hacia la tortura. Hemos de vigilar lo que hacemos si queremos evitar la enorme crueldad secreta que ha culminado en toda civilización histórica». («Los viajeros», Enormes minucias)

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sábado, 24 de julio de 2010

Una idea recurrente de Chesterton es la de saber mirar todas las cosas con sentido de novedad.

Las del pasado:

—«Un arqueólogo es un hombre que estudia cosas antiguas y encuentra que son nuevas». (El hombre que sabía demasiado)

—Para comprender esas «civilizaciones antiguas con extrañas virtudes enterradas como tesoros», no debemos acercarnos a ellas como turistas o como investigadores, sino «con la lealtad de los niños y la gran paciencia de los poetas. Conquistar esos lugares es perderlos. El hombre de pie en su propio huerto, con el mundo de las hadas abierto más allá del portón, es el hombre con ideas grandes. Su mente crea distancia, el automóvil la destruye estúpidamente. Los modernos piensan en la tierra como un globo, como algo a lo que se puede dar la vuelta con facilidad, con el espíritu de una maestra de escuela». (Herejes)

—«Hay en Chaucer, y en toda la civilización que produjo Chaucer, una cualidad que requiere esfuerzos de comprensión para los hombres de civilización más fatigada que aquella. Es algo que los modernos han exaltado principalmente en la niñez, precisamente porque no lo han conservado en la virilidad. Será deleite, será sabor con que se toman las cosas, será cierto apetito por las cosas tales como ellas son, por una piedra porque es piedra, con un cuento porque es cuento. (...) Quiero decir que si hemos de apreciar al poeta o a su época, tenemos que volver a aquello que nos conmovía y nos aguijoneaba cuando veíamos abrir la puerta de una casa de muñecas, o cuando esperábamos con paciente impaciencia el fin de un cuento para sorprendernos ante la admirable Cenicienta». (Chaucer)

Las que nos rodean:

—«Todo tiene un halo. Todo tiene una especie de atmósfera de lo que significa, lo que lo hace sagrado». (El poeta y los lunáticos)

—El romanticismo es más hondo que la realidad pues es consciente de la singularidad de la vida y ve que la vida es siempre una novela: «en el ígneo alfabeto de toda puesta de sol está escrito: “continuará al día siguiente”». (Herejes)

—«Las cosas que los hombres vemos a diario son las cosas que no vemos jamás». («El pesimista y la aldaba», Lectura y locura)

—«Los cínicos hablan a menudo de los efectos decepcionantes de la experiencia; personalmente, sin embargo, he descubierto que casi todas las cosas buenas son aún mejores en la experiencia que en la teoría». («Tener un perro», Lectura y locura)

—Inventos como el telégrafo o el barco de vapor o el telescopio hacen más pequeño el mundo. «Es sólo el microscopio el que lo hace mayor. [Los telescopistas] estudian las cosas grandes y viven en un mundo pequeño; [los microscopistas] estudian las cosas pequeñas y viven en un mundo grande». (Herejes)

Y, siempre, confiar en la propia mirada: «La característica principal del hombre moderno la ha constituido el poder atravesar un paisaje con los ojos absortos en la lectura de su guía, y el poder negar en el primero todo lo que no encontraba en la segunda». (William Cobbett).

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sábado, 17 de julio de 2010

Chesterton
mantuvo muchas polémicas públicas con quienes, en su tiempo, defendían posiciones feministas. Aclaró repetidas veces que no atacaba el feminismo sino algunas de las reivindicaciones y de las razones de las feministas, en su opinión mal fundadas y a veces injustas con las mismas mujeres a las que decían defender.

En esa línea, decía, es una obviedad que necesitamos un ideal en nuestra mente con el que contrastar la realidad, pero es igualmente cierto, y se suele subrayar menos, que necesitamos la realidad para contrastar nuestros ideales. Por eso, indicaba, como piedra de toque de las teorías que oía siempre pensaba en la señora Buttons, una vecina suya que era señora de la limpieza: «cuando escucho cualquier moderna generalización acerca del sexo femenino simplemente sustituyo su nombre y veo cómo suenan las cosas. (...) Y es extraordinario qué diferente suena todo cuando hago la sustitución». («Simmons y el nexo social», Alarmas y digresiones)

Por ejemplo, señalaba que «la suposición moderna de que la mujer es un «hermoso parásito», un «bibelot de lujo», ha surgido evidentemente de «la penosa observación de una familia de banqueros» pero no de la observación de las mujeres reales (Lo que está mal en el mundo). Afirmaba que, históricamente, las mujeres en el hogar no han ocupado el lugar del esclavo, sino el lugar del déspota —y con razón, pues no es posible actuar democráticamente en una guardería infantil y no se pueden conceder algunas libertades en la habitación de los niños—, y por eso temía que la expansión de ciertas ideas feministas en la vida pública trajesen como consecuencia un estado con leyes y libertades de guardería (Lo que vi en América).

Por el contrario, decía, es sorprendente que se hable tanto de la importancia de la educación al tiempo que se minusvalora el trabajo educativo de las madres: en este punto «el feminismo comete el mismo error que el militarismo y el imperialismo» cuando piensa que un gran éxito sólo lo es cuando sucede a gran escala y olvida que lo más importante no es lo público sino lo privado. («Turning inside out», Fancies versus fads)

Insistía en que, socialmente, tiene mucha más importancia el trabajo educativo en el hogar que cualquier otro: «¿Cómo puede ser una gran carrera enseñar a los hijos ajenos la regla de tres y una carrera pequeña enseñar a los hijos propios todo acerca del universo?»; además, ningún trabajo es tan enriquecedor (aunque pueda ser tan cansado): «La mujer está generalmente encerrada en casa con un ser humano que, en un periodo en que pregunta todo lo que se puede preguntar y algo de lo que no se puede. Sería extraño si conservara algo de la estrechez del especialista». (Lo que está mal en el mundo)

Por eso, cuando escuchaba la frase de que la situación de las mujeres ha progresado en el mundo moderno, aclaraba que el progreso no consiste en avanzar en una dirección, a menos que estemos hablando de cosas trascendentales como el amor a Dios, sino que consiste en saber y en buscar el lugar donde podemos parar. («The Pagoda of Progress», Fancies versus fads)

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sábado, 10 de julio de 2010

En Más allá del escepticismo puse una cita de Chesterton a propósito del doble filo que tienen las medias verdades del escéptico. Pero fueron muchas las ocasiones en que Chesterton habló del escepticismo como una marca propia de su época.

En ocasiones, lo puso en paralelo con el impresionismo: «El impresionismo es escepticismo. Significa creer en las impresiones inmediatas de uno mismo a expensas de las ideas generales más permanentes y positivas de uno mismo. Significa poner lo que se percibe por encima de lo que se conoce. Significa la monstruosa herejía de que ver es creer. Una vaca blanca en un momento determinado bajo la luz de la tarde puede ser dorada por un lado y color violeta por el otro. El fundamento del impresionismo consiste en afirmar que no existe vaca blanca alguna. Y proclamar entonces: “¿De qué cosa podemos hablar, sino de lo que vemos?” Por el contrario, la esencia del misticismo consiste en porfiar en la existencia de una vaca blanca por mucho que la oculten las sombras y que la tiña de oros el ocaso del sol. Bienaventurados aquellos que han visto la vaca violeta y aún siguen creyendo en la blanca. Para el místico (...) la blancura de la vaca es más importante que todo lo demás, exceptuando su esencia vacuna. Si Blake hubiera introducido una vaca en cualquiera de sus cuadros, no habría habido ninguna ambigüedad en ninguno de esos dos elementos. Al igual que no habría habido ninguna ambigüedad en ninguno de los antiguos miniaturistas cristianos». (William Blake)

Años más tarde, al recordar el triunfo del impresionismo en sus años jóvenes, decía que había visto «un significado espiritual en el impresionismo en relación con esta época, como época del escepticismo. Quiero decir que ilustraba el escepticismo en el sentido de subjetivismo. (...) Cualesquiera que sean los méritos de esto, en tanto que método de arte, hay evidentemente algo subjetivo y escéptico en ello como método de pensamiento. Se presta, naturalmente a sugestiones metafísicas, verbigracia: que las cosas sólo existen tal y como las percibimos, o que las cosas no existen en absoluto. La filosofía del impresionismo está necesariamente próxima a la filosofía de la ilusión». (Autobiografía)

En fin, el escéptico, decía, es «una especie de colegial que no ha podido crecer» (El hombre que sabía demasiado); es alguien que «jamás cree estar equivocado, porque el verdadero escéptico no cree que haya nada que sea un error. Es alguien que no deja de hundirse cada vez más en un universo sin fondo» («La ortodoxia de Hamlet», Lectura y locura). A la vez hay que añadir que Chesterton se declaró escéptico del escepticismo y puso bastantes veces al Padre Brown en situaciones donde su escepticismo vital era mucho mayor que el de sus oponentes: «puedo creer en lo imposible, pero no en lo improbable», decía; es «más natural aceptar un relato sobrenatural que se refiera a cosas que no comprendemos, que aceptar un relato natural que se oponga a las cosas que comprendemos»; es más fácil creer algunas leyendas, que dar por buenas ciertas historias «que violan las leyes de un mundo que yo comprendo» («La maldición de la cruz de oro», La incredulidad del Padre Brown).

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jueves, 1 de enero de 2009

Chesterton:
 «Las divisiones del tiempo han sido dispuestas de manera que podamos sufrir un sobresalto o sorpresa cada vez que algo se reanuda. [La finalidad de celebrar la llegada de un Año Nuevo no es que sea un año nuevo]. Es tener nueva alma y nueva nariz, pies nuevos, nueva espina dorsal, ojos nuevos, oídos nuevos. Es mirar por un instante una tierra imposible. Es que nos resulte de todo punto asombroso que el pasto sea verde en lugar de tener un razonable color púrpura. Es que nos parezca casi incomprensible que haya árboles verticales que broten de una tierra redonda en lugar de tierras redondas que broten de árboles verticales. El fin de las frías y duras definiciones del tiempo es prácticamente el mismo que el de las duras y frías definiciones de la teología: despertar a los hombres. Si un hombre cualquiera no fuese capaz de adoptar resoluciones de año nuevo, no sería capaz de adoptar resolución alguna. Si un hombre cualquiera no fuese capaz de empezar todo de nuevo, sería incapaz de hacer nada eficaz. Si un hombre no partiera de la extraña premisa de no haber existido jamás antes, resulta indudable que jamás llegaría a existir después. Si un hombre no fuera capaz de volver a nacer, jamás entraría en el Reino de los Cielos».

G. K. Chesterton. «Uno de enero» (1904), Lectura y locura (Lunacy and Letters, 1958). Sevilla: Espuela de Plata, 2008; 264 pp.; trad. de Victoria León; ISBN: 978-84-96956-24-7.

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martes, 1 de julio de 2008

Comenta Chesterton que las calles en las que vivimos son «abigarradas, de rayas, de puntos, moteadas y a retales como una colcha», pero en ellas «los colores se presentan mal conectados, en una escala equivocada y, por encima de todo, por motivos equivocados».

Y, para explicar esto propone comparar las «gigantescas trivialidades que hay en los anuncios publicitarios con esas minúsculas y tremendas pinturas en las que los medievales registraban sus sueños; pequeñas pinturas donde el cielo azul es algo mayor que un único zafiro y los fuegos del infierno sólo una manchita pigmea de oro. La diferencia aquí no es únicamente que el arte del cartelismo sea por naturaleza más rápido que los manuscritos iluminados; no es siquiera que el artista estuviera sirviendo a Dios, mientras que el artista moderno está sirviendo a los señores. Es que el viejo artista luchaba por transmitir la impresión de que los colores eran realmente cosas significativas y preciosas, como joyas y piedras de talismán. El color solía ser arbitrario, pero era siempre definitivo. Si un pájaro era azul, si un árbol era dorado, si un pez era plateado, si una nube era roja, el artista conseguía transmitir que esos colores eran importantes y casi penosamente intensos; todo el rojo vivo y el oro ardían en el fuego. Ése es el espíritu con respecto al color que las escuelas deben recuperar y proteger si realmente quieren que los niños se interesen o encuentren un placer en él. No es tanto un exceso de color; es más bien, por así decirlo, una especie de ardiente ahorro. (...) Esta es la dura tarea que tienen por delante los educadores en esta cuestión en particular: deben enseñar a la gente a saborear los colores como hacen con los licores. Tienen el difícil trabajo de convertir a los borrachos en catadores».

Y, más adelante, sigue: «El color marrón terroso del hábito del monje se escogía para expresar trabajo y humildad, mientras que el marrón del sombrero del oficinista no se escogió para expresar nada. El monje pretendía decir que se había vestido de polvo. Estoy seguro de que el oficinista no quiere decir que se corona de arcilla». «El armiño blanco quería expresar pureza moral; los chalecos blancos, no». «La cuestión no es que hayamos perdido los matices de los colores, sino que hemos perdido la capacidad de sacarles el mejor partido. No somos como niños que hayamos perdido su caja de colores y nos hayamos quedado sólo con un lápiz gris. Somos como niños que hemos mezclado todos los colores de la caja y hemos perdido el papel de las instrucciones. Aún así (no lo niego), uno se puede divertir».

G. K. Chesterton. «El arco iris roto», Lo que está mal en el mundo (What´s Wrong with the World, 1910). Madrid: Ciudadela, 2006; 208 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de de Mónica Rubio Fernández, ISBN: 84-934669-7-2.

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domingo, 23 de abril de 2006

«El plantear preguntas es ya el deporte aristocrático de moda que nos ha llevado a la mayoría a la bancarrota. El signo de los tiempos es un signo de interrogación. Y la conclusión final es muy sencilla: ningún filósofo escéptico es capaz de plantear ninguna pregunta que no pueda preguntarse también un niño fatigado una calurosa tarde de verano. “¿Soy un niño? ¿Por qué soy un niño? ¿Por qué no soy una silla?” Un niño puede hacer esta clase de preguntas durante dos horas. Y los filósofos de la Europa protestante llevan planteándoselas doscientos años».

Bien, cuando leí esto a Chesterton en «Shaw, el filósofo», artículo contenido en Correr tras el propio sombrero, recordé ¿Hay alguien ahí? (Hallo? Er det noen her?, 1996), de Jostein Gaarder, pues en su momento anoté una escena en la que Joakim, el sorprendido narrador, se dirige al gracioso extraterrestre Mika:

«—¿Por qué haces reverencias? —pregunté.
Mika se inclinó otra vez. Me sentía tan confuso que volví a preguntarle:
—¿Por qué haces reverencias?»
Y Mika responde:
«—Donde yo vivo, siempre hacemos reverencias cuando alguien hace una pregunta divertida —explicó—. Y cuanto más profunda es la pregunta, más profunda es la reverencia. (...) Ante una respuesta nunca hay que hacer reverencias, por muy ingeniosa y correcta que sea. (...) El que hace reverencias se inclina (...). Nunca debes inclinarte ante una respuesta. (...) Una respuesta es siempre el trozo de camino que ya has andado. Sólo las preguntas pueden conducir hacia delante».

Siempre y cuando sepamos a dónde queremos ir, ¿no?

G. K. Chesterton. «Shaw el filósofo», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El texto original está en la biografía sobre Bernard Shaw.

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domingo, 19 de marzo de 2006

El grito ¡sálvese a los niños!, dice Chesterton, es «una especie de expediente desesperado para tiempos de pánico», algo propio de los naufragios cuando se considera necesario separar a los niños de los padres. Ahora bien, «este grito de “sálvese a los niños” contiene en sí la odiosa implicación de que es imposible salvar a los padres» o, dicho de otro modo, que muchos millones de personas han de ser ignoradas y dadas por perdidas.

El planteamiento mejor quizá sea otro: el de que «a menos que se salve a los padres no se puede salvar a los hijos», que no se puede enseñar civismo a los niños si los padres no son ciudadanos, que nadie les podrá transmitir aquello que les salvará si los padres no lo saben primero.

Además, «es vano salvar a los niños porque no pueden permanecer siendo niños. Por hipótesis estamos enseñándoles a ser hombres, y ¿cómo puede ser tan simple enseñar una virilidad ideal a otros si resulta tan vano y desesperado encontrarla para nosotros?»

G. K. Chesterton. En «Un grito perverso», Lo que está mal en el mundo (What´s Wrong with the World, 1910). De la p. 677 a p. 871, en Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; 1676 pp.; trad. de Mario Amadeo.

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