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Notas del archivo 'Chesterton (textos: religión, cristianismo)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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martes, 25 de diciembre de 2012

Decía Chesterton que toda ceremonia depende del símbolo y que todos los símbolos han sido vulgarizados y viciados por las condiciones comerciales de nuestro tiempo. De todos esos símbolos desvanecidos y falsificados, el ejemplo más melancólico es el antiguo símbolo de la llama. En cada época y país civilizado, era una cosa natural hablar de algún gran festival en el que «la ciudad era iluminada». No hay hoy ningún significado en decir que la ciudad se iluminó. No hay razón ni propósito alguno para iluminar la ciudad con motivo de cualquier entusiasmo noble, como haber obtenido una victoria. La nueva iluminación ha hecho que la gente se canse de la forma de proclamar grandes cosas al usarla continuamente para proclamar pequeñas cosas. No ha destruido la diferencia entre la luz y la oscuridad, pero ha facilitado que las luces menores sobresalgan sobre las más grandes.

G. K. Chesterton. «The Rituals of Christmas», artículo del 24 de diciembre de 1927, The Illustrated London News, Collected Works volumen XXXIV.

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sábado, 9 de junio de 2012

En un artículo sobre Ibsen decía Chesterton que la religión es una rara y definida convicción acerca de lo que nuestro mundo es realmente, mientras que la superstición es sólo la aceptación sensata de lo que obviamente es. Los campesinos cuerdos y los cazadores sanos son supersticiosos porque son sanos y están cuerdos: la superstición nace de un razonable temor a lo desconocido y, por tanto, puede ser vista como el lado creativo del agnosticismo. Mientras el hombre supersticioso ve con claridad que el universo es algo que ha de ser temido, el hombre religioso mantiene, paradójicamente, que el universo es algo en lo que podemos confiar. El temor es, ciertamente, la cosa más obvia y, por eso, el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría…, pero no el final.

En otros textos decía que las supersticiones son una especie de sombríos cuentos de hadas que nos contamos a nosotros mismos para tratar de expresar el misterio de las extrañas leyes de la vida; que nunca se puede desarraigar del todo la superstición por la sencilla razón de que la superstición es completamente razonable dado que cualquier movimiento intelectual, y cualquier proceso lógico, terminan conduciendo al borde de lo que llamamos lo Desconocido, y justamente ahí empieza nuestra curiosidad poética. Por eso, en un mundo que no tiene ni las ventajas de tener una religión ni las ventajas de no tenerla —o, dicho de otro modo, que no proporciona ni la ventaja de vivir unidos ni la ventaja de ser de verdad independientes—, proliferan modas que se denominan modernas pero que no son más que viejas supersticiones enmascaradas.

G. K. Chesterton. «Ibsen», A Handful of Authors; «The Death of Edward VII», «Superstition and Modern Justice – Jesuits», «On Modern Sabbatarianism», Illustrated London News, articulos del 28 de mayo de 1910, del 6 de octubre de 1906, y del 20 de junio de 1908, Collected Works, volúmenes XXVII y XXVIII.

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domingo, 25 de diciembre de 2011

En fechas como estas siempre hay quienes afirman que las Navidades están llenas de costumbres anteriores al cristianismo, comentarios a los que Chesterton dedicó algunos artículos.

En uno señalaba que no es que haya costumbres paganas en Navidad sino que hay costumbres que han sobrevivido al paganismo, como sobrevivieron al industrialismo y como sobrevivirán al capitalismo. Todos fuimos paganos antes de ser cristianos pero eso no nos hace paganos.

En otro apuntaba que decir que las Navidades contienen muchos elementos del paganismo es otro modo de decir que contienen muchos elementos de humanidad. Ahora bien, la naturaleza de la combinación de todos esos elementos depende de la naturaleza de la selección y, por tanto, de la autoridad de quien los selecciona. Por ejemplo, hay quienes están siempre tratando de incluir la fe en un sistema de folclore en lugar de procurar incluir el folclore en un sistema de fe; quienes están empeñados en alargar el mito para cubrir muchas religiones, en vez de permitir a una religión que cubra muchos mitos.

En un tercero subrayaba lo pedante que resulta intentar explicarle a un hombre por qué hace una cosa que tanto él como el mismo autor de la cosa pueden explicar muy bien y de forma muy distinta. Es lo que pretende quien nos habla de que el origen de la Navidad está en que algunos antiguos escandinavos celebraban una fiesta en mitad del invierno en la que quemaban unos troncos grandes y eso: vale, y ¿qué se podría esperar que hicieran los antiguos escandinavos en el invierno?, o, al revés, ¿es que alguien espera que quemaran los troncos más grandes en verano? O bien, es el caso de quien afirma que la Navidad recuerda que algunas tribus antiguas adoraban al sol o, más probablemente, que comparaban algún héroe o dios con el sol: ya, pero muchos poetas han comparado a su dama con el sol sin que eso quiera decir que la imaginasen algún mito solar. En cualquier caso, si de ahí alguien concluyese que las Navidades son una especie de adoración del sol, la única respuesta que se le podría dar es que no, es que es algo completamente diferente. Y si quien lo afirmara siente algo del espíritu que vive detrás de los símbolos, lo primero que cabría esperar de él es que apreciase la diferencia entre cosas tan opuestas como adorar al sol y seguir una estrella.

El primer párrafo es de «Christmas and the Peasant Traditions», The Illustrated London News, artículo del 24 de diciembre de 1921, Collected Works, volume XXXII; el segundo es de «A Christmas of Peace», artículo del 28 de diciembre de 1918, Collected Works, volume XXXI; el tercero es de «Christmas and the Progressive Movement», artículo del 1 de enero de 1910, Collected Works, volume XXVIII; versiones mías.

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sábado, 24 de septiembre de 2011

Decía Chesterton que la diferencia real entre una filosofía y una religión es (entre otras cosas) que mientras sólo la gente sutil puede entender la diferencia entre una filosofía y otra, la mayoría de la gente común, de la gente estúpida (como usted y como yo), podemos entender la diferencia entre una religión y otra, porque es una diferencia entre dos cosas diferentes. La diferencia entre dos filosofías es como la diferencia entre dos soluciones de un problema geométrico. La diferencia entre dos religiones es como la diferencia entre el olor de las cebollas y el olor del mar: no se requiere tener mucha cultura para distinguirlos. La gente normal no reconoce una filosofía como una realidad del mismo modo que reconoce una religión como una realidad. Así, una señora sabe qué puede esperar de una empleada católica o de una hindú, pero no se aclara con una hegeliana o una spinoziana. Son impresiones difíciles de explicar porque son impresiones de todo.

G. K. Chesterton. «The Daisy as Imperial Symbol – Catholic Shakspere and Protestan Milton», The Illustrated London News, artículo del 8 de junio de 1907, Collected Works volume XXVII, versión mía muy libre.

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GiottoNavidad.jpg
Nacimiento de Jesucristo (detalle).
Giotto, 1304-1306.
sábado, 25 de diciembre de 2010

Ya incluí, en el pasado, algunas citas de Chesterton relativas a la Navidad: Extremos que se tocan, El humo de la explosión, y Una fiesta familiar. Otra más, relacionada con la singularidad del nacimiento de Jesucristo, es esta:

«Ninguna leyenda pagana, anécdota filosófica o hecho histórico, nos afecta con la fuerza peculiar y conmovedora que se produce en nosotros ante la palabra Belén. Ningún otro nacimiento de un dios o infancia de un sabio es para nosotros Navidad o algo parecido a la Navidad; es demasiado frío o demasiado frívolo, o demasiado formal y clásico, o demasiado simple y salvaje, o demasiado oculto y complicado». Con la Navidad sentimos como «algo que nos sorprende desde atrás, de la parte oculta e íntima de nuestro ser», como si encontráramos algo en el fondo del propio corazón que nos atrae hacia el bien, como un «momentáneo debilitamiento que, de una forma extraña, se convierte en fortalecimiento y descanso». (El hombre eterno)

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sábado, 18 de diciembre de 2010

Uno de los rasgos humanos más característicos de Chesterton siempre fue el del asombro agradecido ante la vida. Ya mencioné un texto de 1904 —Ojos nuevos, oídos nuevos— donde hablaba de que que «las divisiones del tiempo han sido dispuestas de manera que podamos sufrir un sobresalto o sorpresa cada vez que algo se reanuda». En uno de sus primeros libros comparaba el hecho de nacer en una familia con una gran aventura —como figura en la nota Vivimos en un cuento de hadas—. En otro dejó escrito que «la ingratitud es seguramente el mayor de los pecados intelectuales del hombre. Considera naturales sus beneficios políticos como juzga naturales los ciclos y las estaciones» (Robert Browning). En otro artículo señalaba cómo «el principal efecto de toda privación es acentuar la idea del valor. Quizá en un mundo mejor nos sea dado poseer de modo permanente junto con el permanente asombro ante la posesión» («Mudanza», Lectura y locura).

Muchos años después de todos esos textos decía que, cuando era joven, «inventé una teoría mística rudimentaria y pésima, que era propiamente mía», la de que «cualquier cosa era magnífica comparándola con la nada. Incluso si la luz del día era un sueño, era soñar despierto, no era una pesadilla. (...) Este modo de mirar las cosas, con una especie de mínima gratitud mística, estaba naturalmente apoyado, en cierto modo, en aquellos pocos escritores de moda que no eran pesimistas; sobre todo, en Walt Whitman, Browning y Stevenson; en el “Dios debe alegrarse de que se ame tanto a su mundo”, de Browning, y en “la fe en una decencia última de las cosas”, de Stevenson». Pensaba que «ningún hombre sabe lo optimista que es, aún llamándose pesimista, porque no ha medido realmente la magnitud de su deuda hacia lo que le ha creado y le ha permitido ser algo». Siguiendo esa idea —«la idea principal de mi vida, no diré la idea que he enseñado siempre, sino la doctrina que me hubiera gustado enseñar siempre», la idea  de que se han «de aceptar las cosas como gratitud y no como cosa debida»—, ya en el catolicismo Chesterton perfeccionó aquella teoría rudimentaria suya con el Sacramento de la Penitencia, que «concede vida nueva y reconcilia al hombre con todo cuanto vive, pero no lo hace como suelen hacerlo los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad», pues «el don se concede mediante un precio y está condicionado por una confesión. En otras palabras, el nombre del premio es la Verdad, que también se puede llamar realidad», la realidad respecto a uno mismo. (Autobiografía)

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sábado, 11 de diciembre de 2010

En opinión de Chesterton, la doctrina bíblica de la Caída original es una forma de interpretar la vida que no sólo es iluminadora sino que también es la única verdaderamente alentadora. Por un lado, dice, «mantiene, frente a las auténticas filosofías alternativas, como la de los budistas, los pesimistas y los prometeicos, que tenemos un mundo bueno que hemos infrautilizado, y que no nos hemos entrampado simplemente en uno malo». Por otro, esa doctrina indica que el mal procede del uso equivocado de la voluntad y que finalmente puede ser enmendado si usamos la voluntad correctamente.

Pero, además, «un hombre que interpreta la vida de esta forma encontrará la luz en miles de cosas sobre las que las éticas de carácter evolucionista no tienen nada que decir». Por ejemplo, en el hecho de que, por lo general, «los promotores de cualquier escuela o de cualquier revolución sean los mejores y los más puros, como William Penn fue mejor que un cuáquero millonario o lo fue Washington frente a un magnate del petróleo americano». O, también, «en ese proverbio que dice que “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”» y que no es más que una forma de plantear la verdad del pecado original. O «en esa sublime sensación de pérdida que es un tema recurrente en toda gran poesía y, sobre todo, en la poesía de los paganos y escépticos», y que, al fin, no es más que una forma de gritar «que la felicidad no es sólo una esperanza, sino una extraña forma de memoria, y que todos somos reyes en el exilio». (Traducción y adaptación mía, muy libre, de varios párrafos de «The Outline of the Fall», The Thing)

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sábado, 4 de diciembre de 2010

Decía Chesterton que una de las afirmaciones modernas más asombrosamente tontas es la de «que “la religión nunca puede depender de diminutas disputas acerca de la doctrina”. Es como decir que la vida no puede depender de mínimas disputas acerca de la medicina». Lo cierto es que «nadie escribirá una historia de la civilización europea que tenga sentido hasta que no haga justicia a los concilios, esas vastas y sutiles colaboraciones para cribar mil pensamientos y encontrar así el verdadero pensamiento de la Iglesia. Los grandes concilios son más prácticos y más importantes que los grandes tratados internacionales que generalmente se consideran los momentos de giro de la historia». Esto se ve si pensamos en que, «en casi todos los casos, la paz internacional está basada en un compromiso; mientras la paz religiosa está fundada en una distinción». Por ejemplo, «no fue un compromiso decir que Jesucristo es perfecto Dios y perfecto hombre; pero sí fue un compromiso decir que Danzig debería ser parcialmente polaca y parcialmente alemana». Es decir: «nuestra civilización está construida sobre viejas decisiones morales; esas que muchos piensan que son decisiones sobre minucias». Así, «cuando el dogma trazó una fina distinción entre el honor debido al matrimonio y el honor debido a la virginidad, selló la cultura de todo un continente con un modelo de rojo y blanco; un modelo que puede no gustar a algunos, pero que toda la gente reconoce cuando ellos lo vilipendian. Cuando se distinguió entre préstamo legal y usura, se creó una conciencia histórica que incluso el enorme triunfo de la usura en la edad moderna no ha destruido del todo. Cuando Tomás de Aquino definió la verdadera propiedad y definió los abusos de la falsa propiedad, la tradición de esa verdad ha dado lugar a una estirpe de hombres reconocibles hoy en las huelgas de Melbourne o de Chicago». Y es que «esas distinciones han crecido hasta ser principios y hasta prejuicios fuertes», como pensar que beber está bien y emborracharse mal, que el matrimonio es normal y la poligamia anormal, que golpear primero está mal pero defenderse está bien, que hacer esculturas está bien pero adorarlas está mal. «Todas esas son, si uno lo piensa bien, distinciones teológicas sutiles». (The Resurrection of Rome)

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sábado, 27 de noviembre de 2010

Los comentarios que, hace pocas semanas, han llenado la prensa para explicar los orígenes de Halloween —aquí se mencionan dos interesantes artículos al respecto— dan actualidad a este párrafo de Chesterton en relación a cierto tipo de conjeturas sobre los orígenes y las justificaciones de algunas costumbres nacidas y desarrolladas en una cultura cristiana.

Se lamentaba Chesterton de que H. G. Wells cayera en una «trampa particular de la sinrazón» cuando decía «que el sacramento cristiano de pan y vino fue un modo de suavizar los primitivos sacrificios de sangre». O de que hubiera quienes decían «que el sentimiento que inspira una Madonna solamente es el renacimiento del culto a Isis, o que la idea de san Miguel aplastando a Satán es la misma que la de Mitras cuando mató al toro. Hay muchas más objeciones históricas a esta especie de cosas, pero mi primera objeción es que no sólo pone el carro delante del caballo, sino que también me da instrucciones para hallar mi propio caballo en mi propio establo, al buscar una primitiva carroza micénica de la que no quedan rastros. En lugar de explicar X diciendo que es igual a 5, trata de explicar 5 diciendo que es igual a X. Es como si alguien dijera. "Usted puede no haberse dado cuenta de que sus sentimientos por su esposa se describen mejor diciendo que son como los del eslabón perdido ante el caparazón de una ostra".

Sé lo que siente el cristianismo al pensar que Miguel castigó a un ángel rebelde. Ignoro qué sintió un mitraísta ante la idea de que Mitras mató a un toro. Es muy posible que haya sido algo semejante al sentimiento cristiano; también pudo haber sido un sentimiento pagano de la peor especie. Pero que me expliquen lo que sé mediante algo que no sé, es un disparate digno de Alicia en el País de las Maravillas. Es ofrecer algo inexplicable para explicar algo que no necesita explicación. No puedo decir si alguien sintió por Isis algo comparable a lo que los hombres sienten por María; si alguien sintió así, lo felicito. Pero me niego a que me revelen mis propios sentimientos a la luz de algunos supuestos sentimientos remotos que no ha sentido ningún hombre vivo.

Pero, aunque hay un abismo de agnosticismo entre la fe muerta y la fe viva, y entre las religiones que se experimentan y las que sólo se exploran, sería posible establecer alguna conexión humana si quienes lo hacen fuesen más humanos. Si tomaran, simplemente, lo que es similar, en vez de tratar específicamente de asimilar las cosas civilizadas a las bárbaras, realmente podrían tender un puente sobre esos abismos en nombre de la hermandad de los hombres. Si no estuviesen tan ansiosos por decir que el sacramento y el sacrificio eran orgías caníbales (lo que es un disparate), podrían decir que ambos eran sacrificios y que tenían algo que ver con la filosofía del sacrificio, lo que tiene más sentido. Y luego, en lugar de tener menos respeto por los cristianos, podríamos tener más respeto por los caníbales. Si no estuvieran tan ansiosos por comparar a la Virgen con una diosa pagana, podrían comparar a las dos con una madre humana, y por lo menos acercarse a algo humano, ya que no a algo divino. Y de la misma manera, si no estuvieran tan apurados por comparar un altar o un lugar sagrado con el fetichismo y el tabú, podrían comprender lo que los hombres quieren significar al hacer local a una deidad o al hablar de un lugar espiritual». («Respecto de una ciudad extraña», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

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Rogier van der Weyden. Cristo en la
Cruz con María y san Juan, 1460.
viernes, 2 de abril de 2010

Decía Chesterton en El Camino de la Cruz que si la Pasión y Muerte de Jesucristo no fue un accidente sino «la agonía divina que exigía la restauración del mundo, entonces no es en modo alguno ilógico que tal lamento (y tal júbilo) dure hasta el final de los tiempos». Y continuaba: «El escéptico, que es también el sentimental, se enreda en este juego de argumentaciones. Se limita a decir que si la Pasión fue lo que él cree que fue, estamos muy equivocados al tratarla como pensamos que fue. Ciertamente, si Cristo no poseyera la esencia de la omnipotencia, no tendría sentido señalar la paradoja de su impotencia. Pero no estamos dispuestos a admitir nuestro error, sencillamente porque nuestra versión de la historia es la única que tiene sentido. Es totalmente cierto que ha habido una insistencia verdaderamente terrible sobre ese punto, cosa que nos parece muy comprensible. Se ha puesto mucha energía en ello; en resaltar el tema de la corona de espinas y en el martilleo de los clavos. Pero no nos vamos a unir a la opinión de ese crítico que se queja por tales detalles sin molestarse en ir al fondo de la cuestión. (...) [Más aún: insistiré en que] la misma repetición y realidad del tema depende del dogma que algunos considerarían muy dudoso, o de los detalles que para algunos serían sumamente morbosos. (...) [Y recordaré que], tanto en el presente como en el futuro, La Pasión es [y será] lo que fue entonces, en el instante en que tuvo lugar; algo que asombró a la gente; algo que sigue constituyendo una tragedia para la gente; un crimen de la gente, y también un consuelo para la gente; pero nunca un simple suceso que tuvo lugar en un tiempo determinado y ya muy lejano. Y su vitalidad procede precisamente de aquello que sus enemigos consideraron un escándalo; de su dogmatismo y de su horror. Sigue viva porque encierra la historia asombrosa de quien sufre y se afana con su Creación (...) y porque las ráfagas huracanadas procedentes de aquellas negras nubes de muerte se han transformado en un viento de vida eterna que recorre el mundo; un viento que despierta y da vida a todas las cosas».

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La Sagrada Familia con
Santa Ana. El Greco, 1600.
viernes, 25 de diciembre de 2009

Hay quienes cogen algo natural, lo pintan de mala manera y lo desfiguran con añadidos artificiales, y después se quejan de que es algo antinatural y lo tiran. Al principio aceptan las alteraciones como mejoras, y al final cada supuesta mejora sirve para mostrar que la cosa no debería ser alterada sino abolida. Esto es lo que algunos hacen con las Navidades: primero las vulgarizan y luego las denuncian por vulgares, primero las hacen comerciales y luego desean suprimir la Navidad pero conservar el comercio.

No es extraño que quienes comprenden el cristianismo como si fuera una especie de combinación «del optimismo carente de fundamento de un ateo americano con el pacifismo de un hinduísmo amable», vean el espíritu de la Navidad como si fuera esparcir acebo y muérdago por lugares donde si algo no hay es el verdadero espíritu de la Navidad, o lo identifiquen con la publicidad ajetreada y bulliciosa que vemos alrededor. Pero quien desee ser original, o volver a los orígenes, debe recordar una obviedad: la Navidad fue, y lo sigue siendo allí donde se celebra de verdad, una fiesta familiar; y su razón, su única razón, era y sigue siendo de índole religiosa: tenía que ver con una familia feliz porque estaba consagrada a la Sagrada Familia.

G. K. Chesterton. Textos adaptados y algo modificados de «The Winter Feast», The Apostle and the Wild Ducks, el primer párrafo; y de «El espíritu de la Navidad», Por qué soy católico, el segundo.

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Guido Reni. La Matanza de los Inocentes, 1611.
domingo, 28 de diciembre de 2008

Dice Chesterton que, más o menos, todo el mundo conoce la historia de Herodes y la matanza de los Inocentes, pero no todos perciben en ella «la sombra de un gran fantasma gris por encima de su hombro» y no todos se dan cuenta de que aquella fue la manera en que los demonios celebraron a su modo la primera fiesta de Navidad. Y sigue: «A menos que entendamos la presencia de ese enemigo, no sólo perderemos el elemento clave del cristianismo, sino también de la Navidad. La Navidad en el cristianismo se ha convertido en algo que, en cierto sentido, es muy simple. Pero como todas las verdades de esa tradición es, en otro sentido, algo muy complejo. No se trata de una única nota, sino del sonido simultáneo de muchas notas: la humildad, la alegría, la gratitud, el temor sobrenatural y, al mismo tiempo, la vigilancia y el drama. No es un acontecimiento cuya conmemoración sirva a intereses pacifistas o festivos. No se trata sólo de una conferencia hindú en torno a la paz o de una celebración invernal escandinava. Hay algo en ella desafiante, algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como los cañones de una batalla que acaba de ganarse. Todo ese elemento indescriptible que llamamos atmósfera de la Navidad se encuentra suspendido en el aire como una especie de fragancia persistente, o como el humo de la explosión exultante de aquella hora singular en las montañas de Judea hace casi dos mil años. Pero el sabor sigue siendo inequívoco y es algo demasiado sutil o demasiado único para ocultarlo con nuestro uso de la palabra paz. Por la misma naturaleza de la historia, los gozos de la cueva eran gozos en el interior de una fortaleza o de una guarida de proscritos. Entendiéndolo correctamente, no es indebidamente respetuoso decir que los gozos tenían lugar en un refugio subterráneo. No sólo es verdad que dicha cámara subterránea era un refugio frente a los enemigos y que los enemigos estaban batiendo ya el llano pedregoso que se situaba por encima de ellos como el mismo cielo. No se trata sólo, en ese sentido, de que las hordas de Herodes podían haber pasado como el trueno sobre el lugar donde reposaba la cabeza de Cristo. Se trata también de que esa imagen da idea de un puesto adelantado, de una perforación en la roca y de una entrada en territorio enemigo. En esta divinidad enterrada se esconde la idea de minar el mundo, de sacudir las torres y los palacios desde los cimientos, igual que Herodes el Grande sintió aquel terremoto bajo sus pies y se tambaleó con su vacilante palacio».

G. K. Chesterton. El hombre eterno (The Everlasting Man, 1925). Madrid: Cristiandad, 2004; 348 pp.; trad. de Mario Ruiz Fernández; ISBN 10: 84-7057-488-4.

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Caravaggio. Adoración de los pastores, 1609.
jueves, 25 de diciembre de 2008

Chesterton: «No es más inevitable relacionar a Dios con un niño que relacionar la fuerza de la gravedad con un gato. Ha sido creada en nuestras mentes por la Navidad porque somos cristianos, porque somos psicológicamente cristianos aun cuando no lo seamos en un plano teológico. En otras palabras, esta combinación de ideas, en frase muy discutida, ha alterado la naturaleza humana. Realmente hay una diferencia entre el hombre que la conoce y el que no. Puede que no sea una diferencia de valor moral, pues el musulmán o el judío pueden ser más dignos según sus luces, pero es un hecho patente acerca del cruce de dos luces particulares: la conjunción de dos estrellas en nuestro horóscopo particular. La omnipotencia y la indefensión, la divinidad y la infancia, forman definitivamente una especie de epigrama que un millón de repeticiones no podrán convertir en un tópico. No es descabellado llamarlo único. Belén es, definitivamente, un lugar donde los extremos se tocan».

G. K. Chesterton. El hombre eterno (The Everlasting Man, 1925). Madrid: Cristiandad, 2004; 348 pp.; trad. de Mario Ruiz Fernández; ISBN 10: 84-7057-488-4.

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domingo, 10 de septiembre de 2006

Viene a decir Chesterton en Ortodoxia que hay diferentes actitudes ante los milagros.

Los creyentes los aceptan porque se ven obligados debido a las evidencias: ahí están las pruebas que la Iglesia pide para llevar adelante un proceso de canonización. Los descreídos los niegan porque se lo pide la fe que tienen en que no existen. Sorprendentemente, los segundos se tienen por tolerantes y consideran dogmáticos a los primeros.

Los creyentes los pueden experimentar porque tienen fe. Los descreídos rechazan que la fe sea necesaria. Pero, dice Chesterton, «es tan anticientífico como antifilosófico el sorprenderse de que ciertas
manifestaciones simpáticas no se produzcan en una atmósfera impropia y antipática. Es como si esperara yo la hora más luminosa del día para ver mejor un eclipse solar».

G. K. Chesterton. Ortodoxia (Orthodoxy, 1908). Barcelona: Alta Fulla, 2000, 2ª ed.; 187 pp.; col. Ad litteram; trad. de Alfonso Reyes; ISBN 10: 84-7900-123-2.

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jueves, 13 de abril de 2006

Chesterton: «Durante siglos la religión ha tratado de hacer que la gente se regocijara ante las “maravillas” de la creación, pero ha olvidado que nada puede ser completamente maravilloso mientras siga siendo sensato. Mientras veamos un árbol como un objeto obvio, creado natural y razonablemente para servir de alimento a las jirafas, no podemos nunca maravillarnos ante él. Sólo cuando lo consideramos una prodigiosa ola viviente que se eleva desde el suelo hasta el cielo sin ninguna razón particular, nos quitaremos el sombrero para perplejidad del guarda del parque. En realidad, todo tiene un lado oculto, como la luna, la protectora del absurdo. Visto desde el otro lado, un pájaro es como una flor que ha logrado romper la cadena del tallo, un hombre un cuadrúpedo que pide algo sobre las patas traseras, una casa un sombrero gigantesco para proteger al hombre del sol, una silla un utensilio de cuatro patas de madera para un lisiado que sólo tiene dos.

Ése es el lado de las cosas que tiende más sinceramente a la maravilla espiritual. Resulta muy significativo que en el mayor poema religioso existente, el Libro de Job, el argumento que convence al infiel no sea (...) una imagen de la ordenada beneficencia de la creación; sino, por el contrario, una imagen de su inmensa e indescifrable sinrazón. (...) La persona que, tras estudiar sólo el lado lógico de las cosas, decide que “la fe es absurda”, no sabe cuánta verdad encierran sus palabras; más tarde podría reencontrarla en la forma de que el absurdo es la fe».

G. K. Chesterton. «Defensa del absurdo», en Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en The Defendant.

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