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Notas del archivo 'Chesterton (textos: política, periodismo, sociedad)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 19 de noviembre de 2011

Chesterton
:
De alguien decimos que se deja llevar por el sentimentalismo cuando es un esclavo de asociaciones mentales y no sabe aplicar principios e ideas coherentes a las distintas situaciones de la vida, cuando se deja llevar por un favoritismo inconsciente y por prejuicios frívolos. Es el caso de quien dice que los juramentos de un obrero son una profanidad y una indecencia, pero los de un hombre poderoso pertenecen a su vida privada; o el de quien sostiene con firmeza que los ladronzuelos han de ser duramente castigados pero no afirma lo mismo de los especuladores. Es el caso de quien cierra sus ojos a la fealdad, no el que mira la fealdad a la cara y la llama por su nombre. Es el caso de algunos tipos de anarquistas: del plutócrata, a quien le gusta la anarquía porque en la anarquía el orgulloso y el codicioso siempre ocupa la cima; del que se tiene a sí mismo por un idealista superior, también porque así no está obligado a someterse a la autoridad de nadie, ni siquiera a la autoridad de sí mismo cinco minutos antes; del capitalista al que no le gusta la ley y la llama socialismo; o del cascarrabias al que tampoco le gusta y la llama dogma. En definitiva, están dominados por el sentimentalismo aquellos a los que no les gusta la idea de cualquier regla inteligible que se pueda aplicar por igual a todos los casos.

G. K. Chesterton. «Moral Principles and the Law», Illustrated London News, artículo del 23 de marzo de 1912, Collected Works, volume XXIX, versión mía.

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sábado, 12 de noviembre de 2011

En campaña electoral, tres consideraciones de Chesterton para la vida política:

—Lo que convence a la humanidad de la sinceridad de un hombre es que deba seguir sus principios y lo haga yendo en contra de sus sentimientos. La sinceridad se muestra en que uno se rinde ante uno mismo. Por ejemplo, alguien a favor del despotismo no es necesariamente honesto cuando elogia al rey, pero probablemente lo es si le insulta pero le obedece. O un vegetariano que odia la carne no es tan serio como uno a quien le gusta la carne. Del mismo modo, los actos de la justicia no fueron más poderosos cuando se cumplieron con gusto. Al revés, lo fueron cuando se cumplieron con reluctancia.

—La teoría de que la libertad, la justicia, etc., se van obteniendo por una política de paso a paso, igual que la noción de que nuestras instituciones mejoran lentamente, están fundadas en débiles coincidencias, pero no en la realidad. De fondo hay una equivocación acerca de la naturaleza humana. Un hombre que decide pelear hasta morir por algo, no lo hace poco a poco. Por supuesto, no se deja quemar hoy la mitad y vuelve años más tarde para que le quemen la otra mitad.

—El político sensato ve las cosas tal como ve un árbol que existe y que allí está, tanto si le gusta como si no. En cambio el insensato intenta cambiarlas en algo distinto por el poder de su mente [y con el dinero de los demás], como si fuera una bruja.

G. K. Chesterton. «Principles and Politics», Ilustrated London News, artículo del 12 de octubre de 1907, Collected Works volume XXVII«The Broadening down of Democracy», artículo del 26 de agosto de 1911, y «The Fulfillment of Wishes», artículo del 22 de noviembre de 1913, Collected Works, volume XXIXversiones mías.

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sábado, 5 de noviembre de 2011

Chesterton
Los antiguos sacerdotes se aprovechaban de la simplicidad de la sociedad. Los nuevos se aprovechan de su complejidad. Las fábulas más primitivas se aceptaban porque no había nada con lo que pudieran ser comparadas. Pero para aceptar muchas fábulas de hoy, que hablan de cosas distantes que ni los niños ni los bárbaros pueden entender, la forma más astuta de hacerlo es dar por supuesto que la gente debería entenderlas, por ejemplo con expresiones como “todo el mundo conoce el luminoso argumento de Lockjaw...” El creyente sólo tiene que creer: ha recibido un mensaje de otro mundo y lo cree. El esnob, sin embargo, recibe un mensaje de este mundo y no sólo tiene que creerlo sino, también, conocerlo, y, más aún, tiene que fingir que ya lo conocía. Las formas antiguas de ignorancia estaban basadas en falsedades. Las nuevas están basadas en hipocresías. El hombre-medicina de los antiguos se apoyaba en la ignorancia de la gente. El supuesto sabio de hoy se apoya en la vergüenza que la gente siente de ser ignorante y en su deseo de ignorar su ignorancia.

G. K. Chesterton. «Old Priests, New Scientists», Illustrated London News, artículo del 23 de agosto de 1913, Collected Works, volume XXIX, versión mía.

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sábado, 29 de octubre de 2011

Dos citas de Chesterton sobre viejos y nuevos puritanos.

—Los viejos hipócritas fingían ser religiosos cuando en realidad eran irreligiosos. Pero los nuevos hipócritas fingen ser irreligiosos cuando en realidad son religiosos. Tartufo fingía estar persiguiendo objetivos celestiales cuando tenía objetivos terrenales. El moderno puritano finge tener objetivos terrenales cuando todo el tiempo (tipo astuto) tiene objetivos celestiales.

—Aplicamos la palabra estricto, estrecho, fanático o intolerante, a dos estados mentales que no sólo son diferentes sino opuestos: al de quien es lógico y al de quien es ilógico, al de quien tiene una doctrina neta y al de quien tiene un mero prejuicio (o un sentimiento, o un instinto, si se quiere). Porque un hombre debe tener algo y si no tiene doctrina tiene prejuicios. Esto lo vemos en el viejo puritano teológico, que tenía principios, y el puritano moderno, que tiene sólo prejuicios. Mientras los del primer tipo rechazaban cosas que amaban porque pensaban que eran malvadas, los del nuevo tipo rechazan las cosas que odian y, sencillamente, las llaman malvadas.

G. K. Chesterton. «On Modern Sabbatarianism», artículo del 20 de junio de 1908; y «Old and New Puritans», artículo del 4 de julio de 1908, Ilustrated London News, Collected Works volume XXVII, versiones mías.

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sábado, 8 de octubre de 2011

Advertía Chesterton con frecuencia contra la confusión mental, y luego el daño social, que causa el mal uso del lenguaje. Decía que es un planteamiento equivocado el de pensar que la lengua ha de usarse por motivos prácticos. Si fuera así podría ser más eficaz relacionarnos con dibujos. No. El lenguaje, en su forma escrita, existe sobre todo con el propósito de sugerir matices de pensamiento y de iniciar asociaciones de ideas. El lenguaje existe con esa finalidad completamente poética y emocional. Para ese fin toda palabra es importante. Para ese fin cada letra en cada palabra es importante. Las letras son importantes porque componen el color y la cantidad reconocibles de la palabra. No es un accidente que la misma palabra literatura tenga un significado que la conecta con el alfabeto. No es un accidente que cuando hablamos de un hombre que se dedica a la literatura nos refiramos a él cómo un “hombre de letras”.

Usar bien las palabras es darle a cada una su significado propio. Cuando alguien elogia la moralidad de alguien porque se comporta elegantemente según estándares de la clase alta, está confundiendo irracionalmente distintos planos. Esto se ve también en cuestiones de convicciones políticas o morales, cuando los proteccionistas son denominados "comerciantes libres", cuando los monárquicos se presentan como "verdaderos republicanos", o cuando a unos paganos se los llama los "auténticos cristianos". Se ve, por ejemplo, cuando se atacan los puntos de vista de alguien y la respuesta es que tal persona es magnífica, bondadosa y compasiva. Pero las palabras significan cosas: no se nos ocurre decir que Suiza es una isla debido a que está llena de espléndidas montañas, no podemos entendernos a base de palabras típicas del nonsense como snark o boojum.

G. K. Chesterton. El primer párrafo es de «Cockney Humourists and London - Mr. Carnegie and Spelling Reform», The Illustrated London News, artículo del 15 de septiembre de 1906, Collected Works, volume XXVII; el segundo es de «Being True to Oneself», The Illustrated London News, artículo del 14 de agosto de 1909, Collected Works, volume XXVIII. Versiones mías libres.

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sábado, 1 de octubre de 2011

Decía Chesterton que el hecho de que ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil es uno de los hechos primarios de la democracia y de la igualdad, y es una verdad en la vida y en el lenguaje.

En la vida es verdad en la política, en el comercio, en el periodismo y en muchas otras cosas. En principio, los tontos se fijan hacia dónde se dirigen los más afortunados para ver a dónde nos llevan; al mismo tiempo, los más sabios se fijan en los miembros desafortunados de la sociedad para ver si se quedan atrás. Mientras el imperialismo se fija en los hombres más fuertes, la religión antigua pide que atendamos a los hermanos más débiles.

En la gramática lo vemos en que lo más importante son las conjunciones, los elementos más débiles, pues son ellas las que lideran las frases. Lo vemos también en cómo hay quienes cambian las conjunciones de sitio para ocultar el pensamiento. Por ejemplo, cuando se deja de lado la cuestión importante para introducir primero las accesorias: no es lo mismo la exculpación e incluso el elogio que significa decir “Fulano, aunque sea un canalla, es un caballero”, que la afirmación más realista de que “Fulano, aunque sea un caballero, es un canalla”. Poner las palabras en su orden correcto es una forma de luchar contra la cobardía, no sólo cuando se expresa en nombres y verbos, sino cuando se oculta en las conjunciones.

G. K. Chesterton. «Conjunctions in the Sentence and Modern Thought», The Illustrated London News, artículo del 3 de agosto de 1907, Collected Works volume XXVII, versión mía libre.

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sábado, 26 de junio de 2010

Decía Chesterton que la sustancia moral de la libertad está en que el hombre no está pensado para ser, sin más, un receptor pasivo de buenas leyes o buenas condiciones de vida, como un árbol en un jardín, sino que está pensado para que tenga el placer activo y principesco de actuar como el jardinero que selecciona lo que planta y que diseña y organiza su jardín. De ahí que la forma más popular de indicar donde reside la idea de la libertad humana es la de hablar del hombre como «creador». De hecho, en inglés, se usa la palabra «make» para la mayoría de las cosas en las cuales la libertad es esencial, como un paseo por el campo, «makes his way», hacer amigos, «makes a friend», o el amor, «making love». Y, por eso, en su sentido espiritual primigenio, la libertad designa lo divino que hay en el hombre o, dicho de otro modo, su condición de artista. («The Free Man», A Miscellany of Men)

De otra manera, con más exuberancia de la que yo pongo aquí, el protagonista de uno de sus relatos desarrolla la idea de la libertad así: «¿Es siempre un rasgo generoso devolver a un pájaro la libertad? ¿Qué es exactamente la libertad? Primero y ante todo es la facultad de ser uno mismo». Bajo ciertos conceptos, el pájaro, en su jaula, es libre. Es libre de estar solo. Es libre de cantar. «En la selva, sus plumas le serían arrancadas y su voz enmudecería para siempre». Por eso se puede «pensar que el ser uno mismo, que es sinónimo de libertad, es la limitación de uno mismo. Estamos limitados por nuestros cuerpos y por nuestros cerebros, y si nos evadimos dejamos de ser nosotros mismos, e incluso, quizá de ser algo». Podemos comprender el recorrido de los pensamientos que llevan a alguien a soltar al pájaro y simpatizar con el amor a la libertad que hay en el fondo de esa actuación. Pero hay un punto donde ese amor a la libertad se hace locura: «el hombre que rompe una pecera simplemente porque la considera una prisión, cuando es el único ambiente de vida posible para los peces, (...) vive ya en un mundo fuera de la razón». Y, para que la libertad no se vuelva insensatez, lo que no se puede perder de vista, continúa diciendo el mismo personaje, es que «el hombre es un ser viviente» y toda su felicidad consiste en apreciar la vida como un regalo, en valorarla y comprenderla como lo que es, como una «sorpresa», y en acogerla con gratitud, pues nos viene de fuera y de alguien ajeno a nosotros mismos. «Estos límites son las líneas del placer humano» (El poeta y los lunáticos - Episodios de la vida de Gabriel Gale)

Una nota, no chestertoniana, sobre lo mismo: La medida de la libertad.

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sábado, 19 de junio de 2010

Chesterton
habló mucho del recorte progresivo de libertades por medio de leyes que se presentan como beneficiosas para los ciudadanos. A eso se refería el comentario recogido en la nota Prohibido fumar y, en esa misma línea, se podría citar el de que nuestros gobernantes no parecen perseguir el dictar buenas leyes para refrenar a gente mala sino malas leyes que ha de soportar la gente buena («Thoughts Around Koepenick», All Things considered).

Ya mencioné también su observación de que si no fijamos un principio por el que las diferencias entre las distintas libertades pueden ser contrastadas, las distintas libertades serían un argumento contra la libertad («On Liberties and Lotteries», All is Grist). Hace notar lo mismo, de otra manera, cuando dice que no se pueden pedir ventanas en nombre de la libertad y de la luz sin caer en la cuenta de que las ventanas necesitan estar en una pared (La superstición del divorcio).

Una explicación más larga —que tiene su origen en que en su época estaban en vigor distintas leyes contra el consumo de bebidas alcohólicas— está en este texto: «Dondequiera que tracemos la línea, la libertad sólo puede ser libertad individual; y las libertades más individuales han de ser las últimas libertades que podamos perder. Hoy en día, sin embargo, son las primeras que perdemos. Y no es cuestión de trazar la línea en el lugar inadecuado, sino de empezar en el final equivocado. ¿Qué son los derechos del hombre, si estos no incluyen el normal derecho a regular su propia salud en relación con los riesgos normales de su dieta y su vida cotidiana? Nadie podrá hacernos creer que la cerveza sea un veneno como el ácido prúsico (...). Su uso y abuso es obviamente una cuestión de criterio personal. No se trata en absoluto de trazar una línea entre la libertad y el exceso. Si esto fuera un exceso, entonces no existiría libertad. Pues es obviamente imposible encontrar ningún otro derecho más individual o privado. Decir que un hombre tiene derecho a voto pero no voz para elegir su cena es como decir que tiene derecho a su sombrero pero no a su cabeza». (Lo que vi en América)

Y, como Chesterton tiene por costumbre, vuelve a la idea comparando la situación de su tiempo con la del pasado: es un hecho propio del mundo moderno que «hoy los movimientos morales son más completa y despiadadamente represivos que las formas pasadas de misticismo y fanatismo, que comúnmente afectaban solo a pocos. Los hombres de la Edad Media soportaban ayunos terribles pero a ninguno se le hubiera ocurrido prohibir el alcohol a todos». («Un asceta suelto», El Pozo y los charcos)

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sábado, 12 de junio de 2010

Chesterton:
«Entre los hombres normales no hay, realmente, muchas opiniones diferentes cuando se trata de los primeros principios de la decencia en la expresión. Todos los hombres sanos, antiguos y modernos, occidentales y orientales, sostienen que en el sexo hay una furia que no podemos correr el riesgo de inflamar; y que, si el instinto debe continuar moderado y sano, debemos asignarle cierto misterio. Pero existen personas que sostienen que pueden hablar de este tema tan fría y abiertamente como de cualquier otro; son aquellos que sostienen que caminarían desnudos por la calle. Pero estas personas no sólo están locas; son, en el más enfático sentido del mundo, absolutamente estúpidas. No piensan; sólo señalan (como los niños) y dicen ¿por qué? Hasta los niños lo hacen sólo cuando están cansados; pero precisamente esta clase de cansancio es lo que en nuestra época pasa no sólo por ser pensamiento, sino por ser pensamiento atrevido e inquieto.

La pregunta ¿por qué no podemos discutir los problemas del sexo fría y racionalmente en cualquier parte? es ociosa y nada inteligente. Es como preguntar: ¿Por qué no camina un hombre con las manos, igual que lo hace con los pies? Es una tontería. Si un hombre caminara sistemáticamente con las manos, éstas serían pies. Y si el amor y la lujuria fuesen cosas de las que pudiéramos hablar todos, sin emoción posible, no serían ni amor ni lujuria, sino otra cosa: una función mecánica o algún deber natural y abstracto que puede existir o no, entre los animales o los ángeles, pero que no tiene nada que ver con la sexualidad de que estamos hablando. Todas las ideas de asir o de gesticular, que nos da el significado de la palabra "mano", dependen del hecho de que las manos son extremidades libres usadas, no para caminar, sino para agitar. Y todo lo que queremos decir cuando hablamos de "sexo" está involucrado en el hecho de que no es una cosa inocente o inconsciente, sino un estímulo emotivo, especial y violento, espiritual y físico al mismo tiempo. Un hombre que nos pide que no sintamos emoción ante el sexo nos pide que no sintamos emoción ante la emoción. Ha olvidado el asunto del que está hablando. Ha perdido el tema de conversación. De él puede decirse, en el estricto sentido de las palabras, que no sabe de qué está hablando». («Lamentos rabelesianos», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

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sábado, 5 de junio de 2010

En uno de los artículos más duros de Chesterton que recuerdo explica el por qué de su desprecio hacia quienes hablaban en su época de «control de la natalidad».

Primero, decía, porque es una expresión «débil, indecisa y cobarde», que no busca controlar ningún nacimiento sino que no haya nacimientos que controlar, por lo que, quienes la usan, deberían hablar de «prohibición de la natalidad». Segundo, porque es un modo de actuar «débil, indeciso y cobarde» pues si lo que afirman es correcto deberían llevar hasta el final lo que proponen y actuar como los eugenistas, y «el camino de acción obvio para los eugenistas es actuar con los bebés como actuarían con los gatos. Permitan que todos los bebés nazcan, para después ahogar a los que no nos gustan». Y la tercera razón para el desprecio, la más fuerte, era esta: «mi desprecio hierve hasta convertirse en mala conducta cuando oigo la sugerencia común de que se impiden los nacimientos porque la gente desea estar libre para ir al cine o comprar un tocadiscos o una radio. Lo que me hace desear caminar sobre esa gente como si fueran felpudos es que usen la palabra libre».

La ironía del asunto está en «lo que marca la modernidad de las tres opciones: la impotencia de los que las reciben. (...) Las tres forman parte de un mecanismo centralizado que les suministra a los hombres lo que sus patrones piensan que deben recibir». «Pero un chico es precisamente el signo y sacramento de la libertad personal. Es una tierna voluntad libre agregada a las voluntades del mundo; es algo que sus padres han producido libremente y que libremente acuerdan proteger. Ellos pueden sentir que cada diversión que les proporciona —que a veces es considerable— verdaderamente proviene de él y de ellos y de nadie más. Ha nacido sin la intervención de ningún jefe o señor. Él es una creación y una contribución en su propia y creativa contribución a la creación. (...) La gente que prefiere los placeres mecánicos a semejante milagro, está exhausta y esclavizada. Prefieren la escoria antes que la fuente primigenia de la vida. Prefieren la última, torcida, indirecta, copiada, repetida y exhausta creación de nuestra agonizante civilización capitalista, a una realidad que es el único rejuvenecimiento para cualquier civilización. Son ellos los que abrazan las cadenas de su vieja esclavitud; es el niño el que está listo para el nuevo mundo». («Bebés y distributismo», El Pozo y los charcos)

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sábado, 29 de mayo de 2010

Decía Chesterton que las dos grandes fuerzas que componen la poesía de la vida siempre han sido el amor a la mujer y el amor a la tierra pero que ambas se han corrompido en nuestros tiempos. Señala que, en este aspecto, «el hedor del paganismo decadente no era tan malo como el hedor de la cristiandad decadente»: un caso más del viejo adagio de que la corrupción de lo mejor es lo peor. Lo explica señalando que, en el paganismo antiguo, había un pecado que estaba «del lado de la Naturaleza», «del lado de la vida»; pero que «ha sido dejado a los últimos cristianos, o mejor, a los primeros cristianos dedicados a blasfemar y negar el cristianismo, el inventar una nueva clase de adoración del sexo, que no es siquiera una adoración de la vida. Ha sido dejado a los últimos modernistas proclamar una religión erótica que a la vez exalta la lujuria y prohíbe la fertilidad».

En paralelo, «la noción de limitar el sentido de la propiedad meramente al goce del dinero, es exactamente lo mismo que limitar el amor al mero goce del sexo. En los dos casos un placer secundario, aislado, servil y hasta secreto sustituye a la participación en un gran proceso creativo, y aún más que eso: en la eterna creación del mundo». Sin duda, el poder actual promueve el sexo como mero placer para que nunca pueda convertirse en poder. Pero, sin duda también, «el mundo ha olvidado simultáneamente que trabajar una granja es algo más grande que lograr un beneficio, o un producto, en el sentido de complacerse en el gusto del azúcar de remolacha, y que fundar una familia es algo mucho más grande que el sexo en el sentido limitado de la literatura corriente». («Sexo y propiedad», El Pozo y los charcos)

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sábado, 22 de mayo de 2010

Chesterton
habló algunas veces acerca de la obsesión creciente por el sexo en la sociedad. Ya indiqué cómo, tiempo antes de Un mundo feliz, en algunos de sus artículos hablaba del sexo como el más evidente de los sobornos que se puede ofrecer para esclavizar a alguien (Fancies versus Fads). En plan menos serio señalaba que el sexo y la respiración son las dos cosas que generalmente funcionan mejor cuando menos te preocupas por ellas, y que tal vez por eso no era casual que en su época se hubieran puesto a la vez de moda el feminismo y los ejercicios gimnásticos respiratorios («The Suffragist», A Miscellany of Men).

Pero al respecto tal vez la paradoja más sugerente que señaló fuera esta: «Puede decirse que nuestros tiempos, aunque se burlen de las inocencias sexuales, se inclinan a la generosa idolatría de la inocencia sexual, representada en la adoración de los niños. Pues todo el ame a los niños convendrá en que, si hay algo que turbe su peculiar belleza, ello está en los asomos de la sexualidad» (Ortodoxia). Y vuelve a la misma idea en La esfera y la Cruz, cuando uno de sus personajes afirma, satisfecho, que hoy en día tenemos un aprecio nuevo e imaginativo de los niños y su contrincante asiente: «tiene usted razón completamente: hay un culto moderno por los niños. ¿Y qué es (...) el culto moderno a los niños? ¿Qué es, en nombre de todos los ángeles y diablos, sino el culto a la virginidad? ¿Rendiría nadie culto a ser alguno solamente por el hecho de ser pequeño o de estar en ciernes?». Con lo que muchos han llegado a estar en una curiosa y paradójica situación: la de quienes huyen de un ideal pero «el mismo punto que habían señalado como meta de la huida resulta ser el mismo ideal de que huyen».

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sábado, 15 de mayo de 2010

Decía Chesterton que en nuestro mundo abunda «la adoración del éxito, esa cosa que no significa sino superar en algo a alguien. Puede significar la persona que más éxito haya obtenido en escapar corriendo de una batalla. Puede significar haber sido el más profundamente dormido de una hilera de hombres dormidos» («La prehistórica estación de ferrocarril», Enormes minucias).

Abunda también, junto con «la herejía del pesimismo», la «herejía gemela del optimismo», no tanto la de «un plácido y pacífico optimismo» como la de «una especie de insolente y opresivo optimismo», que dominó en su momento a Stevenson, y que se puede describir diciendo que «la reacción a la idea de que lo bueno fracasa siempre es la idea de que lo bueno triunfa siempre. Y de allí, muchos se dejan resbalar hasta el peor engaño: que lo que triunfa es bueno siempre» (Robert Louis Stevenson).

Sin embargo, y aunque sólo sea desde un punto de vista práctico, conviene advertir que quien «piensa mucho en el éxito es el sentimental más retrógrado pues siempre está mirando hacia atrás. Si sólo le gusta la victoria siempre llegará tarde a la batalla» (Lo que está mal en el mundo).

Además, conviene caer en la cuenta de que la táctica propia del político oportunista que actúa como quien «se aleja de los billares porque ha sido derrotado al billar» acaba siendo inoperante: nada debilita tanto «el propósito de trabajar como esta enorme importancia que se concede a la victoria inmediata», nada fracasa tanto como la búsqueda del éxito (Herejes).

Ahora bien, si a pesar de todo alguien desea seguir hasta el final esta senda hará bien en recordar a Voltaire cuando decía que para «tener éxito en el mundo no es suficiente ser necio, hay que tener también buenos modales». (Autobiografía)

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sábado, 8 de mayo de 2010

Algunos hábitos periodísticos según Chesterton:

—Atención a lo secundario y no a lo importante. Al presentar «un personaje cuyas opiniones se desvanecían bajo una retahíla de “peros”, “no obstante”, “por más que”…», el narrador subraya que «tenía, por tanto, las mejores «aptitudes para cultivar uno de los mayores artificios del periodismo moderno, o sea, para dejar de lado lo esencial de la cuestión, como si fuese algo que no corre prisa, y dedicarse con esmero a cualquier aspecto secundario». (La Taberna errante)

—Pintar sólo las excepciones. «La gran debilidad del periodismo, como pintura de nuestra existencia moderna, proviene de ser pintura formada enteramente de excepciones. (...) Pero no puede esperarse razonablemente que el periodismo insista sobre los milagros permanentes. (...) No pueden contar los tenedores que no se roban, ni los matrimonios que no se disuelven (...). De ahí que toda su pintura de la vida sea por necesidad, falaz; pueden reflejar únicamente lo desusado. Por democráticos que sean, sólo se ocupan de una minoría». (La esfera y la Cruz)

—Falta de autocrítica. «La maldición de todo el periodismo, especialmente del periodismo amarillo que es la vergüenza de nuestra profesión, es que nos creemos más listos que la gente para la que escribirnos, cuando, en realidad, generalmente somos más estúpidos». («On the Cryptic and the Ellipctic», All Things considered)

—Atención a los efectos y no a las causas. Es «una lástima que conozcamos tan a menudo las cosas del pasado sólo por su parte final», que «recordamos el ayer sólo por sus puestas de sol» («Un drama de muñecas», Alarmas y digresiones). Lo anterior, que se puede aplicar a nuestros recuerdos y conocimientos históricos, se aplica en particular a una mente alimentada de noticias periodísticas: «La maldición del periodismo es que sólo habla de las últimas noticias, es decir, se preocupa del final de la historia sin haber oído hablar siquiera de cuál fue su comienzo. Es decir, no hablamos de gente que no conoce el ABC de un tema sino del problema de la gente que conoce XYZ de un tema sin conocer el ABC. («On Love», All I Survey)

—Miedo a las explicaciones morales. A propósito de la broma de un chaval que pintó una estatua, Chesterton señala que los periódicos calificaron el hecho de «broma sin sentido» y se pregunta qué significa eso, si toda broma es un sinsentido y una protesta contra el sentido: «no es un buen ataque al sinsentido decir que un sinsentido tuvo gran éxito». El comentario real del asunto sería decir, no que no tiene sentido, sino que es malo maltratar o echar a perder estatuas que pertenecen a otros, no que fue un acto idiota o vulgar, sino que fue malo. Y es que si la sociedad no logra tener una ley moral definida, capaz de resistir las contra-atracciones del arte y del humor, simplemente se acabará viniendo abajo por quienes se las arreglen para hacer cosas malvadas de una forma divertida: al asesino que pueda matar de un modo entretenido se le permitirá asesinar, al ladrón que robe de forma humorística se le permitirá robar tanto como quiera. («The Boy», All Things considered)

De todas maneras, la gran maldición del periodismo actual es la tiranía del periodismo que podemos calificar de malo por ser completamente inmoral: «El periodismo no es lo mismo que la literatura; pero hay buen y mal periodismo igual que hay buena y mala literatura y buen y mal fútbol. Pero los últimos veinte años o así, los plutócratas que gobiernan Inglaterra no han permitido más que el mal periodismo. Muy mal periodismo, simplemente considerado como periodismo» («The Tyranny of bad Journalism», The Utopy of Usurers). Y, como sabemos, la situación a la que se refería Chesterton cuando decía que «mientras los dictadores suprimen periódicos los propietarios de periódicos suprimen noticias» («Por qué los protestantes prohíben», El Pozo y los charcos), es hoy mucho peor, cuando la mayoría de los medios subsisten gracias al dinero que reciben de las instituciones y de los negocios cuyos abusos deberían denunciar. Véase, por ejemplo, La Gran Hipocresía y La Gran Hipocresía II.

Notas sobre lo mismo, no chestertonianas, son: Moriremos atormentados, ¿Deben los colegiales leer periódicos?, Dificultades de expresión.

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sábado, 1 de mayo de 2010

Chesterton
era muy consciente de las limitaciones y de las cualidades del trabajo periodístico. Ya indiqué su famosa idea de cómo los periódicos difunden noticias falsas y la verdad siempre tiene que viajar «media hora detrás de la calumnia, y nadie puede estar cierto de cuándo y dónde la alcanzará» (El escándalo del Padre Brown). Sabía bien, y dijo muchas veces, que «los periódicos nunca están al día. Quienes escriben artículos de opinión siempre están retrasados, porque van con prisa. Se ven obligados a apoyarse en sus anticuados puntos de vista y no tienen tiempo de concebir unos nuevos. Todo lo que se hace apresuradamente está condenado a ser anticuado» (George Bernard Shaw).

Sin embargo, también defendió ardientemente la importancia del trabajo inmediato propio del periodista, e incluso sostenía que el estilo rápido está «del lado de la moralidad». En «A Plea for Hasty Journalism» (The Apostle and the Ducks), un sensacional artículo que resumo, dice que lo primero para que el periodismo sea y se vea como un trabajo honesto es confesar que es periodismo y nada más. Es decir, que es un trabajo realizado con prisa y por hombres de inteligencia media, que no puede ser preciso pero sí puede ser honesto, y que si es honesto reconocerá que no puede ser preciso; y que aunque no pueda decir la verdad completa sobre las finanzas canadienses, sí puede y debe decir la verdad completa sobre la mente y las convicciones de quien escribe sobre esa cuestión. Por eso, el periódico debe ser el mejor relato posible de las impresiones diarias que puede hacer un hombre inteligente, de un lado o de otro. Si es otra cosa distinta es, o tiende a ser, un fraude: la leche honrada es leche sin nada más; el vino honrado es vino sin nada más; el periodismo honrado es periodismo que es periodístico y nada más. Un periodista es alguien que, diaria y constantemente, recibe noticias e intenta transmitirlas con fidelidad, y por eso su pecado más grave no es tanto que su artículo relate mal la historia, también porque nadie puede estar completamente seguro de que cuenta bien y de modo completo la historia, sino que su artículo represente mal su propia alma. Por eso, apuntaba Chesterton, sería de agradecer que, al principio o al final de cada artículo, hubiese una nota explicando la situación y condiciones en las que fue escrito.

La cuestión es que la gente sabe bien que el periodismo es un arte tan convencional como cualquier otro, que ha de seleccionar y acentuar, y que su némesis es la misma que la de las demás artes: el de que si pierde interés por la verdad lo pierde todo. «El pintor moderno que pinta demasiado inteligentemente, pinta una vaca que podía ser igualmente el terremoto de San Francisco. Y el periodista que informa de un discurso demasiado inteligentemente, hace que al final no signifique nada en absoluto» («On the Cryptic and the Elliptic», All Things considered).

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sábado, 24 de abril de 2010

Chesterton
se refirió muchas veces a cómo la visión materialista de las cosas, el continuo hablar de aspectos económicos y de necesidades físicas, acaba distorsionando la percepción de la realidad.

Así, a propósito de la supuesta inflexibilidad de las leyes del mercado decía: «Una equivocación muy frecuente consiste en considerar como fin absoluto las condiciones de vida modernas y, en seguida, tratar de adaptar a ese fin las necesidades humanas, como si éstas sólo fueran un medio. Así, por ejemplo, se dice: “la vida familiar no se adapta bien a la vida de negocios de los tiempos actuales”. Lo cual es lo mismo que si se dijera: “Las cabezas no se adaptan a la clase de sombreros que están ahora de moda”». («En beneficio del golf», Charlas)

Razonar así, no preguntarse si el régimen de vida de hoy es apto para la vida familiar sino si la vida familiar es apta para las exigencias de la vida de hoy, es igual a preguntar, decía, si favorece al Imperio la democracia, si es el Arte benéfico para la pintura al fresco, si mejorarán los pies a las botas, si lesionan las manos a los bastones... En definitiva, no son preguntas acerca de si los medios se adaptan al fin, sino de «si el fin se adapta a los medios. No son preguntas sobre si el rabo conviene al perro. Todas ellas inquieren si un perro es —según los más excelsos cánones del arte— el apéndice más ornamental que se puede poner al extremo de un rabo. En suma: en lugar de preguntar si nuestras modernas combinaciones, nuestras calles, comercio, tratos, leyes e instituciones concretas se adaptan al primer y permanente ideal de la vida humana saludable, (...) lo único que se pregunta es si la vida humana saludable conviene a nuestras calles y comercio. La perfección puede, como fin, ser asequible o inasequible. Pero a todas luces pasa de lo tolerable hablar de la perfección como medio para la imperfección». («En el mundo al revés», Enormes minucias)

En otras hizo notar que la palabra propiedad está contaminada debido a que los grandes millonarios parecen grandes partidarios de la propiedad cuando, en realidad, «son sus enemigos, porque son enemigos de sus limitaciones. No desean su propia tierra, sino la ajena. (...) El hombre que sienta la verdadera poesía de la posesión desea ver la pared donde su jardín se encuentra con el de Smith (...). No podrá ver la forma de su propia tierra hasta que no vea los linderos de la de su vecino. Resulta la negación de la propiedad que el duque de Sutherland tenga todas las granjas de su condado, como sería la negación del matrimonio que tuviera todas nuestras esposas en un harén». (Lo que está mal en el mundo)

Por eso, siguiendo las ideas que primero formuló Hilaire Belloc en The Servile State, se convirtió en un gran propagandista del distributismo, una doctrina social que desarrolló en El perfil de la cordura y que se basa en «el principio esencial de que un hombre ni siquiera posee sus propios codos a menos que posea una habitación suficientemente grande para ellos; que no posee sus propias piernas a menos que tenga libertad para estirarlas; que no posee sus propios pies a menos que sea propietario del suelo sobre el que está de pie». («On the Closed Conspiracy», Come to Think of it)

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sábado, 17 de abril de 2010

Chesterton
se lamentaba de cómo el poder corruptor de la riqueza infecta todos los estratos de la sociedad. Ya mencioné un artículo en el que hablaba de cómo la gente común tiende a caer en la tentación de una admiración vergonzosa hacia quien tiene una posición social alta («Dos policías y una moraleja», Correr tras el propio sombrero y Enormes minucias). También cité su comentario de que «una cosa es tolerar a los ricos porque son señores y otra tolerar a los despóticos porque son ricos». (Chaucer)

En otras ocasiones comparó al viejo adulador que daba por descontado que el rey era un hombre ordinario que actuaba extraordinariamente, con el adulador de hoy que da por descontado que es un hombre extraordinario y que, por eso, incluso las cosas ordinarias a su alrededor son interesantes. Se quejó del típico modo de adular periodístico, de aplicar a los poderosos calificativos como «modesto», apuntando que «si tenemos que elogiar el esplendor elogiémoslo como esplendor y no como simplicidad». («The Worship of the Wealthy», All Things considered)

En la misma línea denunció la falsedad de la presentación de la sencillez de los millonarios, que presumen de ser sencillos en las cosas sencillas como la comida, pero que son «fastuosos en las cosas fastuosas, especialmente en las pequeñas» (El hombre que sabía demasiado). Negó también «la teoría de que el escándalo de una situación es más castigo para el rico que para el pobre, cuando lo cierto es que cuanto más pobre es un hombre es más probable que tenga que echar mano de su vida pasada en toda ocasión en que requiera un lecho para dormir. Y es que «el honor es un lujo para los aristócratas pero es una necesidad para los porteros. Esta es una cuestión secundaria, pero es un ejemplo del principio general que presento: el principio de que se hace un gasto enorme de moderna ingenuidad en buscar defensa a la conducta». (Herejes)

Y, uniéndose a los satíricos de la época victoriana, atacó con ganas «la idea de que existían seres elegidos, inaccesibles a la tentación. Esto suponía una especie de jovial calvinismo. Ciertos tipos especiales, tales como el buen deportista, la dama inglesa, el franco e intrépido muchacho inglés (...), eran considerados, no como héroes que habían dominado las pasiones inferiores, sino como dioses que no podían haber sido tocados por la tentación. La fraseología de la época lo atestigua una y otra vez. Tales personas no eran inocentes de un crimen; eran “incapaces” de cometerlo. La corrupción política (...) era del todo imposible tratándose de quien ocupaba elevadas posiciones...» (Maestro de ceremonias)

Se reía del esnobismo de «novelita barata que describe al noble como un hombre que sonríe como Apolo o monta un elefante enloquecido» para señalar que «tales cosas pueden ser exageraciones de la belleza y el valor, pero la belleza y el valor son el ideal inconsciente de los aristócratas, incluso de los aristócratas estúpidos». Pero, continuaba, mientras el esnobismo de la mala literatura no es servil, el esnobismo de la buena literatura es el más servil de los servilismos: así como un «elogio puede ser gigantesco y demencial sin tener ninguna cualidad de halago mientras sea elogio de algo que perceptiblemente existe», otros elogios sí son claramente desmedidos. Por ejemplo: felicitar a la jirafa por su cuello es distinto de felicitarla por sus plumas. (Herejes)

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sábado, 10 de abril de 2010

En comentarios generales a las obras de Chesterton han salido menciones de los rasgos del tirano —que un tirano es siempre un traidor (The Apostle and the Wild Ducks)—, y de las diferencias entre los tiranos de antes y los de hoy —que los antiguos, al menos, nunca tuvieron insolencia suficiente para predicar a quienes oprimían, tal como hacen los actuales (Herejes)—.

Otras veces habló del «tirano que es un anarquista para los que están encima pero un autoritario para los que están debajo» (Autobiografía), y de que si «los viejos tiranos invocaban al pasado; los nuevos tiranos invocarán al futuro» (Lo que está mal en el mundo). Se refirió al mal, propio de la aristocracia pero ahora mucho más extendido, de colocar las cosas «en manos de una clase de personas que pueden imponer lo que ellas están libres de sufrir» (Herejes). También dijo que si el plutócrata del pasado siempre fue un individualista, las cosas serían mucho peores cuando llegase a ser un socialista, como se veía venir en los primeros años del siglo XX, pues entonces el mundo vería tiranías como nunca se habían visto antes («Anonymity and Further Counsels», All Things considered).

Pero, si de algo habló muchísimas veces fue de que nuestra sociedad es, cada vez más, una sociedad secreta: «el moderno tirano es malvado también por su elusividad. No tiene más nombre que su esclavo. Es tan opresor como los tiranos del pasado pero también es más cobarde» («The Case for the Ephemeral», All Things considered). Y señalaba que la parte más importante de la vida política se desarrolla en privado: el político moderno lleva su vida pública en privado, aunque a veces condesciende a mostrar su vida privada en público. Pondrá el cumpleaños de su hijo en las revistas, pero no sus tratos con los millonarios. Permitirá que lo conozcamos todo acerca de sus perros y gatos, pero nada de aquellos animales más peligrosos (Irish Impressions).

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sábado, 3 de abril de 2010

En Algunos sumandos de la crisis cité a Chéjov para señalar el daño que causa la mentalidad de partido en el mundo literario, algo que podemos aplicar también al daño que causa en la vida política y en las relaciones sociales.

En relación a esta cuestión, Chesterton habló muchas veces de que vivimos en un simulacro de democracia pues al ciudadano normal nunca se le permite nada más que elegir entre una política y otra: puede decidir sólo cómo votará y no qué cosas vota. Esto se debe a que la clase poderosa que nos gobierna —la que mueve los hilos de los políticos marionetas— elige dos cursos de acción, ambos seguros para ella, y parece conceder a la gente la satisfacción de poder elegir un rumbo u otro: es como el amo que toma dos cosas que no le importaría escoger con los ojos cerrados y luego, como una gran broma, permite a sus esclavos que escojan una u otra. («The Voter and the Two Voices», A Miscellany of Men)

Pero el daño mayor que hace a la sociedad una vida política dominada por el actual sistema de partidos, decía, es que inculca en los ciudadanos, ya desde la escuela, el desprecio a la verdad: «Si alguien tiene la más pequeña duda del desprecio hacia la verdad en los colegios puede disiparla completamente con una sencilla pregunta. ¿Puede alguien creer realmente que ver y decir la verdad completa es uno de los ideales de la clase gobernante de Inglaterra, y que puede existir tal cosa con el sistema inglés de partidos? El sistema de partidos inglés está fundado sobre la base de que decir la verdad completa no importa. Está fundado en el principio de que media verdad es mejor que ninguna política. Nuestro sistema deliberadamente convierte a una multitud de hombres, que podían ser imparciales, en partidarios irracionales. Enseña a algunos hombres a decir mentiras y enseña a todos los demás a creerlas. (...) Convierte una habitación llena de ciudadanos en una habitación llena de abogados. Sé que todo esto tiene sus encantos y sus virtudes, como la lucha y el compañerismo; y que tiene también el encanto y las virtudes del juego. Pero esto sería una imposibilidad absoluta en una nación que creyese en la importancia de decir la verdad». («The Boy», All Things considered)

Se pueden considerar notas sobre lo mismo, no chestertonianas, las de Puñado de sandios, Un servicio a la verdad..., Los políticos y la sinceridad.

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sábado, 27 de marzo de 2010

No es un descubrimiento decir que nuestros gobernantes se comportan estúpidamente muchas veces. Tampoco lo es que muchas veces hacen algo sólo para decir que hacen algo, un modo de actuar que, como ahora mismo vemos, resulta trágico en situaciones de crisis pues «los náufragos no se salvan por hacer algo sino por hacer lo correcto» («Thinking about Europe», The End of Armistice).

En fin, decía Chesterton, lo cierto es que «las relaciones políticas y sociales están complicadas por encima de toda esperanza. Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los hombres modernos no pueden. En nuestros días, las cosas más prácticas, tales como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos resignamos a tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas. El mundo de los negocios necesita de la metafísica... para que lo simplifique.

Sé que estas palabras podrán recibirse con desprecio y con ásperas aseveraciones de que éste no es el momento para las tonterías y las paradojas, y que lo que realmente se necesita es un hombre práctico que se haga presente y aclare el barullo. Y, sin duda, aparecerá un hombre práctico; y, sin duda, irá y sacará unos cuantos millones para sí y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los otros hombres prácticos. La razón es perfectamente simple. Este tipo de persona, un tanto burda e inconsciente, siempre agrega [confusión] a la confusión; porque ella misma tiene dos o tres diferentes motivos al mismo tiempo y no distingue entre ellos». (...)

Por tanto, «no es esperable que un hombre práctico enmiende la confusión impracticable, pues no puede aclarar la confusión de su propia mente, y mucho menos la de su propia comunidad y civilización, extraordinariamente complejas. Por algún extraño motivo, se suele decir que este tipo de hombre práctico "conoce sus propias ideas". Obviamente, eso es lo que no conoce. En unos pocos y afortunados casos, probablemente sepa lo que quiere, como lo sabe un perro o un niño de dos años; pero ni aun entonces sabe para qué lo quiere. Y son el "cómo" y el "porqué" los que deben ser considerados cuando se investiga el modo en que cierta cultura o tradición se ha llegado a ver en un embrollo. Lo que necesitamos, como lo comprendieron los antiguos, no es un político que sea a la vez hombre de negocios, sino un rey que sea filósofo». («El restablecimiento de la filosofía: ¿por qué?», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

Total, no es cierta la idea de que «cuando las cosas andan muy mal, necesitamos al hombre práctico» pues «un hombre práctico es alguien habituado a la mera práctica diaria de las cosas que generalmente funcionan bien», pero «cuando las cosas no funcionan, hay que llamar al pensador, al hombre que posee alguna doctrina de por qué, en definitiva, funcionan». (Lo que está mal en el mundo)

Se pueden considerar notas sobre lo mismo, no chestertonianas, las de El secreto y La historia en manos de idiotas.

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sábado, 20 de marzo de 2010

En Algunos sumandos de la crisis recordé algunas citas que hablan de los errores de la gente supuestamente lista.

A ellas se podría añadir esta otra de Chesterton: «Cualquiera podría adivinar de antemano que los ignorantes cometerían disparates. Lo que nadie pudo adivinar, lo que nadie siquiera pudo soñar en una pesadilla, lo que ninguna imaginación morbosa pudo atreverse jamás a imaginar, fueron los errores de la gente culta. Es verdad, en cierto modo, que la chusma siempre ha sido dirigida por hombres más cultos. Es más verdad, desde cualquier punto de vista, que siempre ha sido muy mal dirigida por los hombres cultos. Es muy fácil decir que el hombre culto debe ser la guía, el filósofo y el amigo de la chusma. Desgraciadamente, casi siempre ha sido un guía descarriado, un amigo falso y un filósofo muy superficial. Y las catástrofes que hemos sufrido, incluyendo las que estamos sufriendo, es un hecho histórico que no se deben a la prosaica gente práctica que se supone que no sabe nada, sino, casi invariablemente, a los teóricos que creen que lo saben todo. El mundo puede aprender de sus errores; pero en su mayoría son los errores de la gente culta». En muchos casos errores cometidos, por cierto, «en nombre del progreso, en nombre del Infanticidio». («El hombre común», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

Y esta otra, que habla de la diferencia entre los vándalos antiguos y los vándalos modernos (esos que decía Alasdair MacIntyre que no están esperando al otro lado de las fronteras sino que llevan tiempo gobernándonos), es todavía mejor: «Hay dos clases de vandalismo: el negativo y el positivo; el de los vándalos del mundo antiguo, que destruyeron edificios, y el de los vándalos del mundo moderno, que los erigen. (...) De dos cosas malas, es mejor ser el bárbaro que destruye algo que por algún motivo no le gusta o no comprende, y a quien sin embargo pueden gustar sinceramente otras cosas que comprende, antes que ser un hombre rico en ideas vulgares que erige una imagen colosal de la pequeñez de su alma. (...) El burdo vándalo creador es mucho más pestilente y peligroso. Mucho más hay que decir del conquistador, que crea una soledad y la llama paz, que del otro que crea un pandemonio y lo llama progreso». Pues el primero deja marcado «a fuego en la memoria el cuadro vívido y positivo de su propia mezquindad y estupidez. Los bárbaros que asolaron el mundo» en el pasado, aparte de que seguramente hicieron algunas cosas buenas que fueron olvidadas, «no insistieron en que se debían recordar sus propias cosas bajas y bárbaras. Mas eso es, exactamente, lo que hace el "constructivo" hombre rico de ideas vulgares. Eso es, exactamente, lo que hace el vándalo moderno». («El vandalismo», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

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sábado, 13 de marzo de 2010

Como es sabido (o como algunos saben) Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo tienen muchas cargas de profundidad contra los comportamientos políticos habituales: Lewis Carroll pensó algunos personajes y escenas a partir de la vida política de su tiempo y John Tenniel le secundó con sus ilustraciones. Y es que la política es un mundo donde abundan quienes creen, y quieren hacernos tragar, que con el lenguaje se transforma la realidad (y hablan de economía sostenible y cosas así mientras los sueldos de los demás bajan y los suyos suben).

Chesterton recurrió a veces al mundo del nonsense para criticar a los políticos y, por ejemplo, tomando pie del comentario de un contemporáneo suyo, escribía: «Decir que “podemos no comprender las teorías políticas pero nuestra Constitución funciona bien en la práctica”, es una paradoja [tan] disparatada (...) como una rima disparatada de Lear o Lewis Carroll. Es exactamente como decir: “No podemos sumar correctamente las cifras; nos contentamos con que el resultado salga bien”. Es como decir: “Es cierto que nos han dado una longitud y una latitud equivocadas, ¿pero qué importa si hemos encontrado el lugar que estábamos buscando?”» («La paradoja andante», El color de España y otros ensayos).

Y, en un artículo magistral que resumo, usó personajes de Alicia en el País de las maravillas para explicar cómo se fabricaban algunas leyes en el Parlamento. El sistema es el siguiente: las leyes se hacen debido al acuerdo al que llegan la Liebre de Marzo, el progresista, y el Sombrerero Loco, el capitalista. La locura del Sombrerero es que, por encima de todo, desea ganar dinero y, en el fondo, desea no tanto hacer sombreros para toda clase de cabezas como que las cabezas se adapten a sus sombreros. La Liebre de Marzo es el seudointelectual que desea cambiar la sociedad y, por razones varias, pertenece a la Liga Sin Sombrero. Ambos deberían chocar pero no, se ponen de acuerdo y, en un ejercicio de amor al consenso, preparan la Ley de las Perchas de los Sombreros (LPS). Con ella se regula que en cada vestíbulo debe haber un perchero para sombreros, que ha de tener veintitrés perchas y que, para que no cojan polvo indeseado, estarán ocupadas ininterrumpidamente por veintitrés sombreros. Además, la LPS señala que los sombreros podrán usarse para distintas cosas: los cazadores para cazar conejos, los mendigos como recipientes de monedas, los agricultores para componer los espantapájaros, etc. En definitiva, con la LPS se trata de garantizar que tantos ciudadanos como sea posible no lleven sombrero. Al final, tanto el capitalista como el socialista progresista consiguen sus objetivos: uno, hacer dinero; el otro hacer algo, lo que sea. Han logrado abolir los sombreros manteniendo los sombrereros. («How Mad Laws are made», Fancies versus Fads)

Se puede considerar una nota sobre lo mismo, no chestertoniana, la de Políticos hocicones.

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sábado, 6 de marzo de 2010

Un texto como el de Leyes educativas muestra bien el tipo de político iluminado y de mente totalitaria que se cree con derecho a modelar las vidas ajenas. En el de La decencia de los antiguos sacrificios humanos se aprecia cómo algunos comportamientos de los gobernantes del pasado que deploramos pueden verse como mejores que algunos propios de hoy que ignoran derechos elementales de las personas.

Siguiendo este modo de argumentar, de comparar el pasado con el presente, Chesterton señala que, durante la Edad Media, los gobernantes consideraban la posibilidad de arrepentirse y, en consecuencia, podían decidir abandonar el cargo y pasar los años finales de su vida en un monasterio reconociendo el daño que hicieron y, mal que bien, reparando por él. Entre los políticos truhanes que tanto abundan hoy, decía, esto es impensable: «Hemos perdido la idea de arrepentimiento; especialmente en las cosas públicas; por eso no podemos de ningún modo acabar con los grandes abusos de la tiranía económica ni con la avaricia de los ricos» («The Mediaeval Villain», A Miscellany of Men).

Por eso, señalaba, lo primero «que necesitamos hoy no es optimismo o pesimismo, sino una reforma del Estado cuyo nombre propio es "arrepentimiento", pues es la reforma de un ladrón y eso supone que ha de admitir previamente que ha sido un ladrón. Los políticos y gobernantes no deben dedicarse a inventar consuelos o a profetizar desastres, sino que, primero y antes que ninguna otra cosa, deben confesar sus maldades. No deben decir que el mundo va a ir a mejor gracias a una especie de cosa misteriosa llamada progreso, algo así como una providencia sin propósito. Deben reconocer lo que han estado haciendo mal y entonces podrán felicitarse de estar por fin en lo correcto; no deben de ningún modo dedicarse a insinuar que, en cierto modo, estaban en lo correcto cuando estaban equivocados. En este aspecto hay progresistas que son la peor especie de los conservadores pues insisten en conservar, de la forma más obstinada y oscurantista, los rumbos marcados por ellos mismos en el pasado. Es humano cometer errores; pero el único error mortal, entre todos los errores, es el de negar que nos hemos equivocado» («A Note on Old Nonsense», Fancies versus Fads).

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sábado, 27 de febrero de 2010

No es nuevo que haya ladrones que entran en la política y políticos que se convierten en una banda de ladrones, aunque tengamos la impresión de que cada vez haya más. Tiempo atrás ya puse un texto de Chesterton al respecto titulado Yo también elegiría la piratería. En la misma línea va una escena de El hombre que sabía demasiado en la que un policía le dice al protagonista: «Si es usted un chantajista, le prometo que irá a la cárcel», y él le contesta: «Los chantajistas no van siempre a la cárcel. A veces van al Parlamento».

En otras ocasiones habló del secretismo y la hipocresía de los políticos modernos. Ya me referí a las contundentes afirmaciones que hace en «El busilis de la yedra» (Enormes minucias). Vuelve a lo mismo cuando comenta una obra teatral en la que su amigo Shaw mostraba que la nueva astucia del político no es ocultar las emociones sino mostrar emociones falsas, y afirma que los políticos nunca han parecido tan francos y nunca han sido tan trapaceros: ahora lo sabemos todo acerca de sus mascotas pero nada sobre los fondos de sus partidos. («Bernard Shaw and Breakages», Sidelights)

Más en general, otras veces indicaba dónde se ha comenzado a perder el respeto a unos gobernantes como los que tenemos: «Lo que más daño ha hecho al gobierno moderno es cierta cualidad que raras veces se menciona (...). Se trata de la pérdida del viejo ideal que asociaba el amor por la libertad con el desprecio del lujo. Los primeros y mejores idealistas democráticos fueron siempre tajantes en ello. Exigieron que el senador republicano mostrara una republicana austeridad, pues precisamente eso era lo que había de distinguir al senador del cortesano y del afeminamiento de la corte». («El rey Jorge V», El color de España y otros ensayos)

En positivo manifestaba su admiración por William Cobbett como ejemplo de político inusual que «hablaba por los innumerables hombres que no pueden hablar y trataba de ayudar a los que no podían ayudarlo. No le pagaban los pobres para que fuera el paladín de su causa, porque es un hecho curioso, no descubierto por la mayoría de nuestros doctores en sociología, que la riqueza se obtiene de los ricos». (Maestro de ceremonias)

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viernes, 20 de noviembre de 2009

A propósito de la blogocampaña contra la pornografía infantil, una buenísima idea, el año pasado puse dos notas que titulé Infanticidios y Una sociedad sin honor.

Siguiendo el argumento de que comportamientos tan deplorables no pueden sino proliferar más de la cuenta en unas sociedades donde algunas leyes no sólo permiten sino que incluso promueven cosas mucho peores, recurro de nuevo a Chesterton para señalar que algunos sacrificios humanos de viejas culturas, y algunas ejecuciones públicas de antiguos regímenes despóticos, trataban a los hombres con mucha más decencia y dignidad que prácticas de nuestro tiempo como el aborto, la eutanasia o la experimentación con seres humanos.

Basta pensar que, al menos, los sacrificios humanos eran humanos pues quienes los practicaban elegían a las víctimas por su valía y, aunque las trataran con crueldad, en muchos casos no lo hacían con desprecio. Y, en cuanto a las ejecuciones públicas del pasado, podemos decir en su favor que eran una especie de justicia salvaje que ni ocultaba la crueldad del acto, ni escondía a los verdugos, ni privaba de la luz de los focos al condenado.

En cambio, los destructores de hoy no consideran ni sagrada ni valiosa la vida humana, no sacrifican a los mejores sino a quienes consideran menos aptos, y no es que desprecien a sus víctimas sino que las ignoran totalmente. Además, intentan cubrir de respetabilidad sus actuaciones llamándose virtuosos a sí mismos, presentándose como los abanderados del progreso, y haciendo todo lo posible para que no se sepa qué hacen con aquellos a quienes eliminan.

Hemos recorrido un largo camino desde los sacrificios humanos que se fundaban en el principio de que lo sacrificado ha de ser lo mejor, según la idea de que se ha de dar algo no porque sea malo sino precisamente porque es bueno, hasta el momento actual en el que, simplemente, las víctimas son escogidas por ser pequeñas o molestas, o porque no tienen voz ni voto para protestar. Es, sin duda, un progreso: el de que como las máquinas son mejores las barbaridades son mayores.

En todos los casos, sin embargo, algo es común: los ritos antiguos más crueles no los practicaron los pueblos más primitivos sino los supuestamente más avanzados como Cartago, el Terror revolucionario tuvo lugar en la ilustrada Francia, el nazismo floreció en la culta Alemania, las prácticas eugenésicas y las legislaciones que las protegen nacieron y crecieron en los países más desarrollados. Para el que quiera verlo está más que claro: no podemos confiar en que sean la Educación, o la Cultura, o la Ciencia (o al menos lo que hoy entienden muchos como tales), quienes protejan a la humanidad.

Prácticamente todas las ideas están en «About Sacrifice», artículo de As I was saying que vale la pena leer completo.

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sábado, 4 de marzo de 2006

Chesterton
:
 «Si yo tuviera que escoger entre la plutocracia y la piratería, decididamente preferiría la piratería; porque esta clase de crimen necesitaba alguna clase de virtud. El pirata que se enriquecía en alta mar no podía, al menos, catalogarse entre los cobardes; el pirata actual que se enriquece a costa de los altos precios, puede ser tanto un pirata como cualquier otra cosa indigna de este mundo. Además, el antiguo pirata era continuamente perseguido por la ley, y es evidente que no está en el Parlamento dictando la ley».

G. K. Chesterton. «Sobre la abstinencia total», Charlas (Generally Speaking, 1928). De la p. 1091 a la p. 1283, en Obras completas, Barcelona: Plaza & Janés, 1967; 1676 pp.; trad. de José Luis de Izquierdo.

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ChesterSombr.jpg
sábado, 25 de febrero de 2006

A raíz de que una política de su tiempo comentó un día que «debemos cuidar a los niños de los demás como si fueran los nuestros», Chesterton escribió un furioso artículo titulado El niño. En él señalaba cómo esa persona no se refirió a los casos difíciles que justificarían una intervención de las autoridades, sino que hizo una generalización desde el primer momento: daba por sentado que se ocuparía de cualquier niño como si fuese suyo, con una frase casual revelaba el «supuesto profundamente plutocrático» de que «los niños nacen bajo el poder y la protección de una clase gobernante...». El significado de la frasecilla en cuestión queda de manifiesto si observamos que «quien dice que va a tratar a los hijos de los demás como si fuesen suyos es exactamente igual que quien dice que tratará a las mujeres de los demás como si fueran suyas». Y es que, a esos políticos que nos gobiernan y a esos funcionarios que les secundan, hay que recordarles y «enseñarles la existencia de la propiedad privada y sobre todo la existencia de la vida privada».

G. K. Chesterton. «El niño», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en All I Survey.

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