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Notas del archivo 'Lectores' :: bienvenidosalafiesta ::    
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miércoles, 5 de noviembre de 2014

Hace años se publicó El Libro de los Libros, un libro en el que 46 escritores distintos, de todo el mundo, firmaban un pequeño relato confeccionado a partir de una imagen sugerente, más o menos surrealista, de Quint Buchholz. Muchas tenían que ver con libros: una torre de libros con una lámpara encima, un libro gigante al lado de una carretera, un tipo atravesando un libro…

Reconozco que a mí me sobraban muchos de los relatos del libro anterior: aunque algunos me gustaron hubiera preferido sólo las imágenes. Por eso me gusta más el recientemente publicado En el país de los libros, que son una colección de escenas, cada una de las cuales representa, más o menos, algo que aporta la lectura, o algún significado que puede tener un libro para alguien… Esta vez, sin embargo, cada imagen va con un texto breve, de una sola línea, del propio autor.

El estilo y el tono son los mismos del álbum El coleccionista de momentos: las imágenes son hiperrealistas, todas tienen un punto de amable surrealismo y abren posibilidades que animan a buscar diferentes interpretaciones. Se podría decir que al autor le gusta ilustrar aquello que no se ve y sin embargo ahí está.

Quint Buchholz. En el país de los libros (Im Land der Bücher, 2013). Madrid: Nórdica Libros, 2014; 56 pp.; trad. de Juan Andrés García Román; ISBN: 978-84-15717-88-1. [Vista del libro en amazon.es]
Quint Buchholz. El Libro de los Libros. Historias sobre imágenes (BuchBilderBuch, 1997). Textos de muchos autores, uno para cada imagen. Barcelona: Lumen, 1997; 120 pp.; muchos traductores; ISBN: 84-264-4556-X.


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jueves, 29 de mayo de 2014

La librería encantada, de Christopher Morley, es una novela simpática como la que la precede, La librería ambulante, pero en ella casi no tiene protagonismo la heroína de la primera, Helen. El relato comienza cuando Helen y su marido Roger son ahora unos felices libreros de Brooklyn. Un amigo de Roger, un hombre rico enamorado de los libros, les propone que contraten a su hija Titania con el fin de que conozca mejor la vida y se aficione a la lectura. Un publicista que trabaja en la Agencia de Publicidad Materia Gris, Aubrey Gilbert, le propone a Roger hacer una campaña de publicidad para vender más libros, posibilidad que Roger rechaza de plano. Pero Aubrey se hace asiduo a la librería cuando conoce a Titania, algo que coincide con que se marcha Helen fuera durante una temporada, y con que desaparece un libro de forma curiosa.

La narración es fluida. Los hilos policiales y amorosos son poco consistentes. Sin embargo, la historia se salva por las reflexiones y comentarios de Roger. Es cierto que algunos son desmedidos, e incluso tontos, como el de que la Biblia es para él una decepción pues «nunca ha hecho por la humanidad lo que debería haber hecho»; o el de que «los libros son la respuesta a todas nuestras perplejidades»; o su ingenua convicción «de que la felicidad futura del mundo depende en no poca medida de los libreros y los bibliotecarios». En cambio, tiene observaciones magníficas. Así, le dice al publicista: «el negocio de los libros es muy distinto a otros. La gente no sabe que quiere los libros. Usted, por ejemplo. Basta con mirarlo un instante para darse cuenta de que su mente padece una tremenda carencia de libros y, sin embargo, ahí sigue, dichosamente ignorante». O, en otro momento, comenta un libro de humor popular del siguiente modo: «La risa y la oración son los dos hábitos más nobles del hombre. Es lo que nos separa de las bestias. Reírse de bromas fáciles es tan deleznable como rezar ante falsos ídolos. Reírse con Fatty Arbuckle es degradar el espíritu humano». En otra ocasión, a un amigo le cuenta por carta un secreto: «Nunca he leído el Rey Lear, y me he abstenido de hacerlo a propósito. Si alguna vez llego a enfermar gravemente sólo tendré que decirme a mí mismo: “No puedes morirte todavía; aún no has leído el Rey Lear”. Eso me haría sanar, sin duda alguna».

Christopher Morley. La librería encantada (The Haunted Bookshop, 1919). Cáceres: Periférica, 2013, 2ª ed.; 312 pp.; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-70-3.

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sábado, 26 de octubre de 2013

Gómez Dávila decía que es «inútil explicarle una idea al que no le basta una alusión». Y Borges, más explícitamente, lo dice así: «Cuando escribo, no pienso en el lector (porque el lector es un personaje imaginario) ni pienso en mí (quizá porque yo también soy un personaje imaginario), sino que pienso en lo que quiero transmitir y hago cuanto puedo para no malograrlo. Cuando yo era joven creía en la expresión. Había leído a Croce, y la lectura de Croce no me hizo ningún bien. Yo quería expresarlo todo. Pensaba, por ejemplo, que, si necesitaba un atardecer, podía encontrar la palabra exacta para un atardecer; o, mejor, la metáfora más sorprendente. Ahora he llegado a la conclusión (y esta conclusión puede parecer triste) de que ya no creo en la expresión. Sólo creo en la alusión. Después de todo, ¿qué son las palabras? Las palabras son símbolos para recuerdos compartidos. Si yo uso una palabra, ustedes deben tener alguna experiencia de lo que representa esa palabra. Si no, la palabra no significará nada para ustedes. Pienso que sólo podemos aludir, sólo podemos intentar que el lector imagine. Al lector, si es lo bastante despierto, puede bastarle nuestra simple alusión».

Jorge Luis Borges. «Credo de poeta», en Arte poética. Seis conferencias (This Craft or verse, conferencias pronunciadas en 1967). Barcelona: Crítica, 2005; 181 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Justo Navarro; prólogo de Pere Gimferrer; edición, notas y epílogo de Calin-Andrei Mihailescu; ISBN: 84-8432-603-9.

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domingo, 18 de agosto de 2013

Samuel Johnson: «De la masa de lectores que se pasa la vida hojeando libros, muy pocos son los que leen para ser más sabios o mejores, que busquen en ellos motivos para enmendarse o quieran ajustar su conducta a los axiomas de justicia que contienen. Más bien leen porque esperan pasar unas cuantas horas cuando no se les ocurre nada mejor que hacer, porque aspiran a granjearse o conservar el respeto que siempre se ha tributado al conocimiento, o simplemente para satisfacer su curiosidad con datos que, como si fueran tesoros enterrados y olvidados, no son de ninguna utilidad ni para ellos ni para ninguno más».

Samuel Johnson. «La sabiduría en la lectura», artículo del 15 de enero de 1751 en The Rambler, El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.

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domingo, 30 de junio de 2013

La influencia en nosotros de las ficciones la describe así Frank Kermode: «Nunca corremos el peligro de creer que la muerte del Rey Lear, que tanto explica, sea verdad. A la afirmación de que murió en tales y cuales circunstancias —pronunciando estas palabras sobre el cuerpo de Cordelia, pidiendo un espejo, jugando con un botón— damos un asentimiento experimental. Si lo hacemos bien, nos beneficiamos porque nunca volveremos a adoptar del todo la posición ante la vida y la muerte que teníamos antes. Desde luego, puede decirse que al cambiar nosotros mismos hemos cambiado el mundo de la mejor manera indirecta posible».

Frank Kermode. El sentido de un final. Estudios sobre la teoría de la ficción (The Sense of an Ending, 1966). Barcelona: Gedisa, 2000, 2ª ed.; 175 pp.; col. Crítica Literaria; trad. de Lucrecia Moreno de Sáenz; ISBN: 84-7432-181-6.

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jueves, 10 de mayo de 2012

La librería ambulante,
de Christopher Morley, es una novela bien escrita, con un original argumento, optimista y bienhumorada, de las que gustan mucho a los entusiastas de los libros y la lectura.

La narradora es Helen McGill, una mujer soltera, de casi 40 años, que vive con su hermano Andrew en una granja familiar. Pero Andrew publica un libro con el que triunfa e inicia su carrera de escritor, lo que lleva consigo empezar a viajar y a descuidar las labores de la granja. Por eso, cuando un tal Roger Mifflin va en busca de Andrew para venderle su carromato-librería pero no lo encuentra, es Helen quien decide comprarla, sin que lo sepa su hermano, para dejar la granja una temporada y dar un giro a su vida.

En su periplo se suceden los incidentes y Helen, poco a poco, descubre los talentos de Roger, «una especie de misionero itinerante» de los libros, «un conversador incansable», «jovial como un saltamontes hogareño». Además, entre las muchas cosas que aprende sobre los libros y sobre la forma de venderlos, es perfecto el comentario de Roger acerca de los editores que no comprenden su trabajo y su política de precios: «los editores “me escriben cartas sobre la política de los precios fijos y yo les respondo hablándoles de mi política del mérito fijo. Que publiquen un buen libro y verán como yo lo vendo a buen precio”». Y entre las observaciones de interés, una que se puede aplicar a los intentos que vemos alrededor de estirar el significado de algunas palabras, es la de un chiste de Lincoln que Roger cuenta: «Si llamáis pata a la cola, dijo Abe, ¿cuántas patas tiene un perro? Cinco, me diréis. No, diría Abe, porque llamar pata a una cola no hace que la cola se convierta en pata».

Christopher Morley. La librería ambulante (Parnassus on Wheels, 1917). Cáceres: Periférica, 2012; 182 pp.; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-50-5.

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domingo, 15 de abril de 2012

El párrafo que más me ha gustado de Un simple vestido de fiesta, de Christian Bobin, es uno de «Ve Jonás, te espero», donde el narrador habla de los dos extremos de su vida de lector, la Biblia y los periódicos, y en el que dice: «No se puede leer bien en una tempestad. No puedes leer más de una línea o dos en esas páginas agitadas por el viento, atormentadas por el soplo de una ausencia preferible a cualquier otra cosa. La lectura de la Biblia es un punto extremo en tu vida de lector, esa vida bajo las ruinas. El otro punto es la lectura del periódico. El periódico es una lectura negra, espesa, inmóvil. La Biblia es una lectura blanca, luminosa, rutilante. En el periódico lees todo ya que nada es esencial. Vas metódicamente del rostro de los gobernantes a las piernas de los atletas, de América del Sur hasta los confines de la China, de la cotización del dólar a las cifras del paro. La lectura del periódico es una cosa seria, sin consecuencias en la vida como todas las cosas serias. En la Biblia, tan sólo lees una frase y es como una gota de alcohol puro, como una lágrima de los ángeles. Abres el libro, pones el dedo al azar en la página, el dedo cae en un pez, una palmera o un cordero. Lees, vas de tu vida a la vida, del presente simple al presente pluscuamperfecto».

Christian Bobin. Un simple vestido de fiesta (Une petite robe de fête, 1991). Madrid: Árdora, 2011; 127 pp.; trad. de José y Tono Areán; ISBN: 84-88020-46-8.

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domingo, 1 de mayo de 2011

Después de señalar la metáfora central de Las compañías que elegimos, de Wayne Booth, por medio de un comentario tan autorizado como el de Martha Nussbaum, indico ahora un concepto básico en la obra de Booth: el de la coducción, palabra con la que intenta indicar que, gracias a la experiencia y a muchas opiniones que nos van llegando a lo largo del tiempo, y que se corrigen y matizan unas a otras, podemos llegar a una nueva valoración de un libro.

Para ilustrarlo Booth abre Las compañías que elegimos con una historia personal: cuando un compañero suyo de departamento, negro, se negó a dar en clase Las aventuras de Huckleberry Finn por considerarlo ofensivo, tanto él como los demás del departamento manifestaron su desaprobación. Booth dedica su libro a su compañero, ya fallecido, porque su actitud dejó de manifiesto que todos hacemos siempre, lo queramos o no, una lectura de tipo ético. Pero, además, al final del libro, con un análisis cuidadoso de la obra de Twain, señalará con precisión los motivos para la incomodidad de su compañero y explicará por qué los considera justos.

Es difícil, después de leer atentamente a Booth no estar de acuerdo con lo que subraya Nussbaum: «existen también cosas contra las cuales la crítica ética puede perfecta y razonablemente posicionarse. Podemos posicionarnos contra el sadismo, el racismo, el sexismo; y, además, fuera de una moralidad en sentido restringido, podemos adoptar una postura contra aquello que James denominó “la regla de lo fácil y barato”, es decir, contra la dejadez, la vulgaridad y la trivialización de las cosas más importantes».

Wayne Booth. Las compañías que elegimos. Una ética de la ficción (The Company We Keep, 1988). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2005; 556 pp.; col. Lengua y Estudios Literarios; trad. de Ariel Dilon; ISBN: 968-16-7478-2.
Martha Nussbaum. «Leer para vivir», El conocimiento del amor. Ensayos sobre filosofía y literatura (Love’s Knowledge, 1990-1992). Madrid: Antonio Machado Libros, 2005; 694 pp.; col. Teoría y Crítica; trad. de Rocío Orsi Portalo y Juana María Inarejos Ortiz; ISBN: 84-7774-769-5.

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domingo, 23 de enero de 2011

Hablando de los libros que han influido en su vida, Claudio Magris menciona los que le «han dejado una marca absoluta, que se han convertido en el propio modo de sentir el mundo y la relación entre la vida y la verdad, que a veces se corresponden como las dos caras de una moneda y a veces parecen contraponerse: la Ilíada y la Odisea —el libro de libros, en el que ya está todo, las sirenas pero también esos personajes de Svevo que eluden indirectamente su ineptitud para escucharlas y afrontar su canto—, los trágicos griegos, Shakespeare, que desvela el fondo extremo, los discursos de Buda y las parábolas de Zhuangzi; y, sobre todos, el Antiguo y el Nuevo Testamento, tras los cuales ya no se teme a ningún príncipe de este mundo y se comprende que la piedra más vil, esa despreciada por los constructores, es la verdadera piedra regia».

Claudio Magris. «Libros de lectura», en Alfabetos. Ensayos de literatura (Alfabeti, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 415 pp.; col. Argumentos; trad. de Pilar González Rodríguez; ISBN: 978-84-339-6315-4.

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Dos libros que hablan de libros: El Lazarillo de Amberes, de Eliacer Cansino, y El libro salvaje, de Juan Villoro.

El primero es un relato corto cuyo narrador, Lolo, recuerda un episodio de cuando tenía 17 años: debe acompañar a su padre, un personaje curioso, a comprar una vieja edición del Lazarillo y, como su padre cae enfermo, es él quien debe hacerse cargo de la negociación y burlar a unos competidores. Es una narración simpática, que tiene tensión, y que habla del entusiasmo por los libros antiguos y del descubrimiento del hijo de algunas cualidades de su padre.

En el segundo, el narrador, Juan, cuenta lo que le ocurrió cuando tenía 13 años y sus padres se divorcian: se va a vivir una temporada con su extravagante tío Tito, que vive solo en una enorme casa llena de libros, que le da todo tipo de lecciones sobre los libros y le habla de que tal vez él pueda encontrar «El libro salvaje», un libro que una y otra vez se le ha escabullido a él; además, conoce a una chica que le ayudará en su búsqueda. Relato descompensado aunque, como el autor escribe bien y es ingenioso, tiene momentos divertidos, diálogos agudos, frases felices y buenas descripciones de la vida y las emociones de un lector. Tal vez, como empieza en serio y todo acaba siendo disparatado, el argumento no atrapa y el lector siente que no encajan los numerosos elementos fantásticos, ni con las preocupaciones reales del narrador por el divorcio de sus padres, ni con otras consideraciones de calado que salpican el libro.

En general, los libros que hablan del amor a los libros tienen el problema de que, con frecuencia, se plantean o se presentan como una forma de atraer a quienes no leen y, en mi opinión, esa es la función que raramente pueden cumplir. En esa dirección creo que son preferibles los elogios concretos y discretos y, sobre todo, si hablamos de personas que son poco lectores, lo que más importa es que la historia sea muy buena. Además, los ditirambos repelen: por ejemplo, cuando en El libro salvaje el tío Tito le dice a Juan que el libro «es el mejor medio de transporte: te lleva lejos, no contamina, llega puntual, sale barato y nunca marea», algunos lectores pensamos inmediatamente que también hay libros mareantes, caros, contaminantes y que no llevan a ningún sitio. Dicho esto, sí se puede decir que libros así, y me refiero sobre todo al de Juan Villoro, sí tienen el interés de que pueden hacer regresar a ciertos adultos a las emociones de algunos momentos de su vida como lector.

Eliacer Cansino. El Lazarillo de Amberes (2006). Madrid: Anaya, 2009; 59 pp.; col. Espacio de lectura; ilust. de Federico DELICADO; ISBN: 978-84-667-8495-5.
Juan Villoro. El libro salvaje (2008). Madrid: Siruela, 2009; 105 pp.; ISBN: 978-84-9841-309-0.

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viernes, 24 de abril de 2009

He pasado un buen rato con Mendel el de los libros, un relato cortito de Stefan Zweig. Su protagonista es Jakob Mendel, un judío de Galitzia que, siendo joven, «había venido del este a Viena a estudiar para rabino, pero pronto había abandonado al riguroso Dios único, Jehovah, para entregarse al politeísmo brillante y multiforme de los libros. Por entonces había encontrado el café Gluck, que poco a poco se convirtió en su taller, en su cuartel general, en su puesto de trabajo, en su mundo. Solitario como un astrónomo que en su observatorio contempla cada noche, por la diminuta abertura de su telescopio, las miríadas de estrellas, sus misteriosas evoluciones, su cambiante confusión, cómo desaparecen y vuelven a encenderse, Jakob Mendel miraba a través de sus gafas y desde aquella mesa cuadrada ese otro universo de los libros, que asimismo gira eternamente y renace transformado, aquel mundo sobre nuestro mundo». El narrador cuenta cómo conoció a Mendel, un «fenómeno bibliográfico», «un catálogo universal sobre dos piernas», y qué fue de su vida. Los próximos fanáticos de los libros, ¿existirán?, ¿cómo serán?

Stefan Zweig. Mendel el de los libros (Buchmendel, 1929). Barcelona: Acantilado, 2009; 57 pp.; col. Cuadernos; trad. de Berta Vias Mahou; ISBN: 978-84-96834-90-3.

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domingo, 19 de abril de 2009

Uno. Auguste Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe, «es antes que nada un gran lector, un nuevo tipo de lector (...). Como en Hamlet, como en Don Quijote, la melancolía es una marca vinculada en cierto sentido a la lectura, al exceso de los mundos irreales, a la mirada caracterizada por la contemplación y el exceso de sentido. Pero no se trata de la locura, del límite que produce la lectura desde el ejemplo clásico del Quijote, sino de la lucidez extrema. Dupin es la figura misma del gran razonador. La lectura no es aquí la causa de la enfermedad, o su signo; más bien toma la forma de una diferencia, de un rasgo distintivo; parece más un efecto de la extrañeza que su origen». Dupin es «el que sabe ver (lo que nadie ve). O, mejor, el que sabe leer lo que es necesario interpretar, el gran lector que descifra lo que no se puede controlar».

Otro. En Anna Karenina, Tolstoi «construye la imagen de lo que podríamos llamar la lectora de novelas que descifra su propia vida a través de las ficciones de la intriga, que ve en la novela un modelo privilegiado de experiencia real. Se manifiesta así una tensión entre la experiencia propiamente dicha y la experiencia de la lectura. Y entonces aparece el bovarismo, la ilusión de realidad de la ficción como marca de lo que falta en la vida. Se va de la lectura a la realidad o se percibe la realidad bajo la forma de la novela, con esa suerte de filtro que da la lectura».

Ricardo Piglia. El último lector (2005). Barcelona: Anagrama, 2005; 190 pp.; col. Narrativas hispánicas; ISBN: 84-339-6877-7.

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sábado, 26 de abril de 2008

Aforismo de Goethe, de una carta escrita el 13 de junio de 1819: «Hay tres tipos de lector: el que disfruta sin juicio; el que, sin disfrutar, enjuicia, y otro, intermedio, que enjuicia disfrutando y disfruta enjuiciando; éste es el que de verdad reproduce una obra de arte convirtiéndola en algo nuevo».

Leído en el libro de Hans Robert Jauss, Experiencia estética y hermenéutica literaria: ensayos en el campo de la experiencia estética (Ästhetische Erfahrung und literarische Hermenutik, 1977). Madrid: Taurus, 1986; 436 pp.; col. Persiles, Teoría y crítica literaria; trad. de Jaime Siles y Ela María Fernández-Palacios; ISBN: 84-306-2167-9.

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viernes, 16 de noviembre de 2007

«La única manera de escribir es considerar al lector a la misma altura que el autor», dice Cyril Connolly en «El frío elemento de la prosa», texto contenido en Obra selecta. Y luego añade que tratarle de otra manera es, por una parte, otorgar un valor a la incultura y, por otra, es ser condescendiente con el lector. La inesperada consecuencia de lo segundo, de la condescendencia con un lector al que se le trata sin esperar que haga esfuerzos, es la de azuzar en él una hostilidad contra el autor semejante a la que puede sentir un hambriento aborigen australiano hacia un gran chef que se digna servirle. No sé si ese sentimiento nacerá o no en el aborigen en cuestión (hay muchas clases de aborígenes), pero en cualquier caso es una comparación gráfica y contundente.

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sábado, 15 de septiembre de 2007

Explica Umberto Eco que hay lectores de primer nivel y lectores de segundo nivel: los primeros quieren saber qué sucede, los segundos desean saber cómo se relata lo que sucede. «Para saber cómo acaba la historia basta, normalmente, leer una sola vez. Para convertirse en lector de segundo nivel es preciso leer muchas veces, y algunas historias hay que leerlas un sinfín de veces».

«No existen lectores exclusivamente de segundo nivel; es más, para llegar a serlo hay que haber sido un buen lector de primer nivel». Ahora bien, continúa Eco, «cuidémonos bien de entender esta distinción de niveles como si, por una parte, hubiera un lector que se conforma fácilmente, al que le interesa la historia y, por otra, un lector con un paladar estéticamente fino, interesado por el lenguaje. Si así fuera, deberíamos leer El conde de Montecristo en el primer nivel apasionándonos, e incluso derramando ardientes lágrimas en todo momento; y luego, en el segundo nivel, deberíamos darnos cuenta, como corresponde, que está escrito fatal desde el punto de vista estilístico, por lo que decidimos que se trata de una novela malísima.

En cambio, el milagro de obras como El conde de Montecristo es que, aun estando fatalmente escritas, son obras maestras de la narrativa. Y, por lo tanto, el lector de segundo nivel no es sólo el que se da cuenta de que la novela está mal escrita, sino también aquel que, a pesar de ello, se da cuenta de que la estructura narrativa es perfecta, los arquetipos están todos en su punto, los golpes de escena se dosifican al milímetro, el aliento (aunque a veces jadee) es casi homérico. (...) El lector de segundo nivel es aquel que se da cuenta de cómo la obra sabe funcionar bien en el primer nivel».

Umberto Eco. Sobre literatura (sulla Letteratura, 2002). Barcelona: RqueR, 2002; 347 pp.; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 84-932721-1-6.

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miércoles, 25 de julio de 2007

En el comienzo de La historia interminable se cuenta que «la pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.

Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces».

Ni tampoco a un autor como Michael Ende. (Ni una página web como esta.)

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jueves, 23 de marzo de 2006

«Dickens (como Shakespeare), percibió y expresó «que hay idiotas sin remedio que con mucha frecuencia tienen un verdadero don y entusiasmo por las letras. El señor Micawber (personaje de David Copperfield) amaba la elocuencia y la poesía con toda su alma inmortal: las palabras y las imágenes visionarias le mantenían con vida, a falta de comida y de dinero, como podrían haber mantenido a un santo ayunando en el desierto. Dick Swiveller (de Almacén de antigüedades) no citaba de manera inimitable a Moore y a Byron sólo por el gusto de hacer frívolas digresiones, sino porque amaba una gran escuela poética. El sincero amor por los libros no tiene más que ver con la inteligencia o la estupidez que cualquier otro amor sincero. Es una cualidad del carácter, una frescura, una capacidad de experimentar placer, de sentir fe. Un estúpido puede disfrutar leyendo obras maestras exactamente igual que un estúpido puede disfrutar recogiendo florecillas».

G. K. Chesterton. «Sueño de una noche de verano», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad.

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