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Notas del archivo 'Chesterton (libros de viajes)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 30 de enero de 2010

A lo largo de su vida, Chesterton fue dejando por escrito comentarios a propósito de sus viajes a otros países. Habló muchas veces del espíritu del viajero, como en «La filosofía del curioseo», en Alarmas y digresiones; sobre Bélgica publicó «La balada de una extraña ciudad», en Enormes minucias; en Charlas hay artículos titulados «Sobre Polonia» y «Sobre Holanda»; de sus estancias en Francia se puede recordar, entre otros, «Un ensayo sobre dos ciudades» en All Things considered; la edición española de The Glass Walking-Stick se titula El color de España y otros ensayos porque aparecen en ella varios artículos sobre España; en las últimas recopilaciones de ensayos de su vida hay muchos también sobre los Estados Unidos; y muchos más.

Pero, específicamente, son libros de viajes los titulados Irish impresions, The New Jerusalem, Lo que vi en América y The Resurrection of Rome. Además, se pueden considerar como tales Christendom in Dublin, que narra una estancia en la capital irlandesa, y la segunda parte de Sidelights on New London and Newer York, donde hay catorce artículos relacionados con su viaje a Estados Unidos a principios de los años treinta. Dejando al margen las peculiaridades del estilo de Chesterton, y que siempre se dirige a lectores ingleses y por tanto menudean las referencias a la historia y los hábitos de su país, estos libros muestran bien algunas de sus singularidades, que podrían llamarse defectos o limitaciones como el mismo autor afirma en The Resurrection of Rome.

Una, en el mismo comienzo, cuando dice que le pidieron escribir un libro sobre Roma y él explicó francamente que se veía como un mal reportero y un mal reseñador por su falta sentido de la proporción: «encuentro demasiadas cosas interesantes y poseo pocas cualidades para lo que se requiere, las cualidades de selección y de concentración. Soy un mal reportero porque todo me parece merecedor de un reportaje; y un mal reseñador porque cada sentencia en un libro me sugiere un ensayo independiente».
Otra la manifiesta poco después: «Del mismo modo debo confesar (...) que soy un mal viajero o, al menos, un mal turista. Y de nuevo debo decir que tengo respeto por el turista pues lo mismo es verdad de un peregrino. Yo soy la clase de peregrino que nunca ve al Papa porque se queda demasiado tiempo mirando a la Guardia Suiza».

Una tercera se ve cuando habla de su entrevista con Mussolini, que tuvo lugar en francés y eso también propició, se lamenta, que «no le entrevisté porque él me entrevistó a mí». La conclusión que saca Chesterton es que «no soy un buen periodista», debido a verse atado por esos modales victorianos que le llevan a permitir a su interlocutor que hable: «pido perdón por este mal ejemplo para cualquier Guía del Periodista Joven».

Y otra más, quizá la más importante y uno de los grandes placeres que produce la lectura de Chesterton, es su inclinación a tomar ocasión de cualquier pequeño motivo para abrir grandes panoramas al lector: «Sé bien que la impresión general que producirá este libro es que yo no puedo hablar acerca de algo sin hablar acerca de todo. Es un riesgo que debo aceptar pues es un método que defiendo».

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sábado, 21 de noviembre de 2009

Sidelights on New London and Newer York,
un libro parcialmente deudor del viaje que hizo Chesterton a los Estados Unidos y Canadá en 1931, es una colección de artículos introducidos con un breve prólogo y agrupados en tres secciones. La segunda, la más importante, la componen catorce artículos acerca del modo de ser y de vivir en Norteamérica. Y la primera y la tercera, con ocho y seis artículos respectivamente, Chesterton las presenta como unos viajes en el tiempo pues en ellas comenta nuevas costumbres sociales y nuevas tendencias en la literatura.

Varias veces se ve que Chesterton es bien consciente de que no gana popularidad al arremeter contra el espíritu del tiempo e intentar hacer distinciones cuidadosas. Se nota cuando, en «The Unpsichological Age» —sobre la interminable cháchara sobre psicología que se ha introducido en la conversación ordinaria—, dice que hablar con la voluntad de ser imparcial es la mejor forma que hay de resultar irritante; o cuando, en «On Keeping Your Hair On» —sobre nuevas modas en el peinado de las mujeres—, afirma que «en estas páginas yo aparezco con el molesto carácter de alguien que recomienda detenerse a pensar; aconsejando a los jóvenes que piensen lo que están haciendo y aconsejando a los mayores que piensen lo que están denunciando».

En cuanto a la primera parte, en «On Bright Old Things», al tratar de las distintas formas en que los viejos hablan sobre las costumbres jóvenes, propone juzgarlas según estándares de sentido común universal. Señala que sus objeciones a ciertas modas modernas están basadas en la razón y no en la moralidad en «On Calling Names», donde dice que algunas modernas familiaridades en el trato son unas nuevas formalidades tan impropias como unir té y café para crear una nueva bebida. En «The Cowardice of Cocktails» apunta que «puede ser natural seguir las modas porque, en cierto sentido, es natural ser artificial», pero que también hay que atreverse a decir que algunas modas son cambios a peor, intrínseca e inteligentemente considerados. En «The Unpsichological Age» habla de la estupidez de intentar buscar el placer a toda costa y que algunos son tan tontos que merecen un premio por destruir dos placeres con un solo acto, como el intentar escuchar un poema y resolver un rompecabezas o el de ir a una taberna ruidosa para tener una cena tranquila.

En la sección sobre los Estados Unidos, varios artículos hablan sobre la Prohibición y sus consecuencias, como esa increíble combinación de humor y de horror que fue la delincuencia de Chicago: en «A Plea for Prohibition» propone que el gobierno lo prohíba todo pues así florecerían de nuevo los viejos oficios y volvería el mundo a ser joven; en «A Monster: The Political Dry» habla de que una legislación idiota crea un mundo en el que la burla y la parodia son casi imposibles porque nada que podamos imaginar es más fantástico que la realidad. En relación a las virtudes y los defectos específicamente norteamericanos, muchas veces comparándolos con los ingleses, en «The American Ideal» habla de que el norteamericano real es bueno pero el norteamericano ideal es malo, no en vano ha recibido como una especie de religión la noción de hacer propaganda de sí mismo y ha tenido la desgracia de crecer aprendiendo a imitar a Rockefeller; en «They Are All Puritans» asegura que hay una especie de guerra civil en América entre los puritanos y los antipuritanos, que al final son los más puritanos. Hay bastantes referencias a Main Street, una popular novela donde Sinclair Lewis criticaba la mentalidad provinciana de una imaginaria ciudad del Medio Oeste, pero además titula dos artículos así: «The Case Against Main Street» y «The Case for Main Street»; en el primero ataca una educación basada en la ética de una esperanza que nada significa y en el segundo elogia el sentido de igualdad ciudadana que hay en Norteamérica y que no hay en Inglaterra (que se revela en aquello de lo que lo que no se habla: lord Palmerston definió un gentleman como un hombre que nunca usaba esa palabra). Entre los que señalan las glorias norteamericanas se pueden destacar «Abraham Lincoln in London», donde Chesterton se confiesa un gran admirador de Lincoln pero no un admirador de sus admiradores (idea desarrollada también en varios artículos de Come to Think of it); y «Return to the Vision», donde pone distintos ejemplos de cómo las revoluciones pueden ser buenas pero sus resultados malos, de cómo las visiones primeras son correctas pero las revisiones son un error.

En cuanto a los artículos de la tercera parte, de momento señalo aquí dos interesantes paralelismos, a los que volveré. Uno, entre «The Middleman in Poetry» y «On Literary Cliques» (en All I Survey), acerca de la brecha en aumento entre el arte y su apreciación general. Otro, entre «Magic and Fantasy in Fiction» y «Wishes» (en The Uses of Diversity), donde matiza y ejemplifica cómo la magia buena restaura y cura mientras que la magia mala siempre intenta transformaciones imposibles y anormales. Pero, si hubiera que destacar un artículo, sería «The Spirit of Age in Literature»: en él ilustra el aislamiento de la mente moderna diciendo que si Rabelais suena como el trueno de muchos hombres y puede ser confuso como es confusa la charla de veinte hombres hablando a la vez, el Ulysses de Joyce suena como Joyce y acaba siendo inaudible como lo es alguien hablándose a sí mismo.

G. K. Chesterton. Sidelights on New London and Newer York (1932). San Francisco: Ignatius Press, 1990; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 21; 664 pp., de la p. 467 a la 637; introd. by Robert Royal; ISBN: 978-0-89870-272-0.

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sábado, 14 de noviembre de 2009

En Christendom en Dublin, un librito que podría ser un capítulo más de Irish impresions, Chesterton narra una estancia en la capital irlandesa con motivo de un Congreso Eucarístico.

Para empezar, no se priva de meter el dedo en el ojo a los enfadados con el proceso independentista irlandés, que se quejaban de que la Union Jack fuera retirada mientras que la bandera vaticana ondeaba por todas partes, diciéndoles que la bandera de Inglaterra debería ser la Royal Standard escocesa, una de las banderas más bonitas del mundo pues fue diseñada por gente que sabía de heráldica, y no la Union Jack, una bandera diseñada cuando la heráldica había decaído y la gente sólo sabía hacer banderas mezclando feas franjas como en una manta.

Luego ironiza en otras direcciones: hacia los antipapistas con los «terrores de la púrpura romana» cuando cuenta su conversación con un cardenal; hacia los marxistas cuando señala que la religión es el opio del pueblo y por eso los irlandeses son tan somnolientos y nada broncos; hacia «la cansina y cargante voz del secularismo» que «habla reiteradamente sobre las peleas entre teólogos» de forma que «uno supondría que nadie ha peleado entre sí excepto los teólogos, o que los teólogos no hacen otra cosa».

Pero, al margen de que aproveche la ocasión una vez más para recordar a sus compatriotas que, históricamente, los irlandeses fueron tratados como una enfermedad que debía ser suprimida, sobre todo se centra en la singularidad de Irlanda como país católico: porque sus raíces fueron tan diferentes a los de los demás países europeos, porque «tuvo que luchar especialmente contra el calvinismo que vino más de Escocia que de Inglaterra pero que fue desafortunadamente sostenido por la riqueza y el poderío bélico de Inglaterra», porque fue pobre y estuvo tan sojuzgada durante siglos que tuvo que mantener sus tradiciones «con toda la vigilancia de una conspiración».

Chesterton describe también el ambiente y las ceremonias que vivió en Dublín esos días y, al hablar del clima emocional de algunos momentos, reivindica el valor de la razón a la hora de aceptar y vivir la fe católica: «un hombre que encuentra su camino al catolicismo, en medio de la jungla de la cultura y la complejidad modernas, debe pensar las cosas más seriamente que lo ha hecho en toda su vida»; sobre todo, continúa, «debe pensar, debe preservar su independencia intelectual, debe usar su razón», debe ampliar su mente y considerar que «sería mejor rechazar la Fe que aceptarla como algo irrazonable». Pero, dejándose llevar por su espíritu de poeta y aludiendo también a su experiencia personal, a quien siga ese camino le dice que, cuando llegue al final se verá en la mañana del mundo, «no entre argumentos, sino entre hechos maravillosos como fábulas, hechos como esos que los paganos pintaban como una tierra de gigantes en una edad de héroes».

G. K. Chesterton. Christendom in Dublin (1932); London: Sheed & Ward, 1932; 72 pp. Nueva edición en San Francisco: Ignatius Press; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 20; ISBN: 978-0-898708547.

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sábado, 7 de noviembre de 2009

Chesterton
escribió The Resurrection of Rome con ocasión de un viaje que hizo a Roma para asistir a la beatificación de los English Martyrs. Es un libro poderoso pero que, como sugieren las mismas disculpas con las que comienza, se resiente de una excesiva insistencia en ciertas cuestiones. Desde un punto de vista histórico, las entrevistas que tuvo Chesterton con Pio XII y con Mussolini, son graciosas y reveladoras.

Su hilo conductor es el de las sucesivas resurrecciones de Roma y del Cristianismo, un credo que «no puede ser comprendido a menos que se comprenda que comienza con el milagro asombroso de un hombre muerto que estaba vivo y que no era un fantasma»; un credo que puede ser calificado como «la religión de la Resurrección; en lo cual difiere, por ejemplo, del Budismo, que es la religión de la Recurrencia o del Retorno, lo que en la práctica significa poco más que lo que los hombres de ciencia llaman la Conservación de la Energía» (el que parece el más obvio de los principios cósmicos, y las filosofías modernas tienen querencia por lo obvio, dice Chesterton). En los dos últimos capítulos trata del Fascismo, fijándose sobre todo en lo que tiene de revival de viejas ideas de dignidad y autoridad propias de la Roma imperial y en lo que tiene de reacción contra la corrupción política; y trata del significado histórico del reconocimiento del Estado del Vaticano, otro renacimiento más que nadie hubiera esperado cuarenta años atrás. Parece que los recientes pactos lateranenses por los que Italia y el Vaticano se habían reconocido mutuamente contribuyeron también a que Chesterton aún no viera entonces en Mussolini una gran amenaza, como la que siempre vio en el Prusianismo y en el Nazismo. Aunque no pasaría mucho tiempo sin que Chesterton alineara a Mussolini con Hitler y Stalin (por ejemplo en «About impenitence», As I was saying).

Es un libro en el que importa particularmente tener presente que Chesterton se dirige a sus compatriotas, tanto cuando habla de arte y religión como cuando habla de asuntos sociales y de política.

Por un lado, al turista cultivado, de tipo puritano o ruskiniano o goticista, le dice: «no he escrito este libro para los que les gusta Roma; los que les gusta Roma conocen infinitamente más sobre ella que yo; e incluso yo no he hablado aquí de las cosas que conozco. No he escrito este libro para quienes fingen que les gusta Roma, pues ellos no admitirán la dificultad de la que yo hablo, y no hay forma posible ni moda que les obligue a fingir que les gustan mis libros. Ciertamente no he escrito el libro para esa gente misteriosa a la que definitivamente no les gusta Roma, y aún así piensan que su obligación es venir a ella desde el fin del mundo para examinarla. Lo he escrito para los que les gusta Roma pero sienten la honesta tentación de que les disguste» debido a que no son capaces de comprender lo que ven —«nadie puede entender los triunfos y los trofeos cuando nunca ha oído hablar de las batallas»—, y lo he escrito con la esperanza de persuadirles de que Roma «es más grande desde dentro que desde fuera».

Por otro, a quien espera sus opiniones sobre la situación italiana del momento, Chesterton una y otra vez le hace notar la corrupción de los gobernantes y los medios de comunicación de su propio país: «decir que somos libres de discutir sobre política pero que no debemos acusar a los políticos de corrupción, es exactamente como decir que somos libres de discutir sobre el Fascismo pero no debemos acusar al Fascismo de tiranía»..., y «lo mejor que se puede decir de nuestra tiranía es que no es exhibicionista». A quienes se quejaban de la falta de libertad de prensa en Italia les recordaba que la de su país era también una ilusión: si «el hombre que puede comprar un megáfono puede ahogar las voces de los demás», «decir que cualquiera puede empezar un periódico significa en la práctica que nadie puede empezar un periódico». Y, por supuesto, no falta un apunte sobre uno de los temas-estrella de Chesterton: si a Mussolini se le ocurriera proponer la Prohibición (de bebidas alcohólicas) en Italia sería visto como un lunático.

Dentro de la variedad y la riqueza de los puntos que aborda Chesterton apunto algunos.

En su especie de panorama histórico de la cristiandad acentúa la importancia de la resistencia triunfante de Roma contra los iconoclastas; habla del Renacimiento como una resurrección del paganismo pero señala que sólo el paganismo era pagano, no la resurrección, pues para cualquier pagano hablar de resurrección sería ridículo; habla de distintos Papas, de las limitaciones que algunos tuvieron, y de la renovación que supuso la irrupción de San Francisco de Asís. Dedica espacio a comentar el arte que uno puede ver en Roma y a explicar las dificultades para crear y comprender el arte religioso: es cierto que «donde hay pompa se da el peligro de la pomposidad», pero también lo es que «hay muchos modos en los que la complejidad retorna» y que «la simplicidad no es tan simple como parece».

En cuanto a sus opiniones acerca del Fascismo y de Mussolini subraya que pretende señalar todo lo enfáticamente que pueda el hecho de que los mundos político y financiero habían propiciado el crecimiento del fascismo: «Mussolini hace abiertamente lo que los gobiernos ilustrados, liberales y democráticos, hacen secretamente», y «actúa con sus propios principios fascistas, mientras ellos actúan contra sus propios principios de la Libertad». Apunta que cualquier revolución está manchada con crímenes infames y actos de violencia indefendibles pero, al margen de que no apruebe la violencia que, por ejemplo, se podría imputar a Danton y a Michael Collins, tampoco le parece justo llamarlos asesinos sanguinarios y sucios; en cualquier caso, afirma, «no puedo admitir la superioridad británica sobre la furia en otros países; porque siempre se asume que los británicos han ganado plácidamente lo que otros han ganado furiosamente. La verdad no es que las condiciones inglesas no sean para enfurecerse, sino que los ingleses no están tan enfurecidos».

Una idea que recorre todo el libro es que, en cierto sentido, es necesario «desaprender» la historia que conocemos: «no nos damos cuenta de lo que ha sido el pasado, hasta que nos damos cuenta de lo que podría haber sido» y, por eso, el historiador que no tiene «la imaginación de desimaginar» tendrá una mente estrecha. Y otra, lógica, que también resuena en todas sus páginas, es lo que tiene de canto a Roma, una ciudad «demasiado pequeña para su grandeza, o demasiado grande para su pequeñez», una ciudad «donde todo está enterrado y nada se ha perdido», una ciudad construida sobre una tumba y llena de tumbas pero llena de vida, un lugar donde volvemos al pasado pero donde todo el pasado vuelve al presente.

G. K. Chesterton. The Resurrection of Rome (1930). San Francisco: Ignatius Press, 1990; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 21; 664 pp., de la p. 283 a la 466; introd. by Robert Royal; ISBN: 978-0-89870-272-0.

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sábado, 22 de agosto de 2009

Después de sus viajes a Irlanda y a Palestina, Chesterton fue a Estados Unidos en 1921 para dar conferencias en distintas ciudades. De su experiencia nació Lo que vi en América, un libro formado por diecinueve capítulos de los cuales hay tres en Correr tras el propio sombrero: «El ideal americano», «Meditación en un hotel neoyorquino», «Meditación en Broadway». Como en sus otros libros de viajes habla de cuál ha de ser el espíritu de un viajero que desea comprender pero, esta vez, sus reflexiones principales —algo laberínticas a veces, según él mismo reconoce— no se centran en ningún conflicto histórico sino en las características propias de Norteamérica y del modo de ser norteamericano, en comparación siempre con Inglaterra y los ingleses.

En relación al talante viajero Chesterton arranca con una primera y sorprendente frase: «Nunca he logrado desprenderme de mi vieja convicción de que viajar nos estrecha la mente». Luego asegurará que un viajero no tiene por qué avergonzarse de que algo extranjero le resulte extraño pero que sí «debería avergonzarse de creer que algo es malo simplemente por ser extraño». Calificará de legítimo que se ría de lo que le resulta incomprensible pero dirá que no tiene «el derecho a reírse de ese algo como si le resultara incomprensible y criticarlo como si lo comprendiera». Hará notar que «un extranjero es aquel que se ríe de todo salvo de los chistes» y que sí, puede reírse de todo «en la medida en que comprenda, con espíritu reverente y religioso, que él mismo es también risible». Recordará que «la impresión más importante de todas es la impresión de lo falsas que pueden llegar a ser las impresiones», que los hombres tenemos una «facultad fatal de observar los hechos sin ser capaces de observar la verdad; de ver el símbolo con la más vívida claridad permaneciendo ciegos a todo cuanto simboliza». Subrayará que «no hemos siquiera empezado a entender a un pueblo hasta que no hemos encontrado en él algo que no entendemos» pues si nos parece «fácil interpretar un determinado carácter, no estamos interpretando más que nuestro propio carácter».

A Norteamérica la retratará como «la única nación del mundo que se ha fundado sobre un credo». Señalará que su singularidad está en lo «lo que llamamos “americanización”», o «la nacionalización de lo internacional», o el hecho de «construir un hogar de vagabundos y una nación de exiliados», y que parte de su anormalidad está en que «este experimento de un lugar para los que carecen de hogar es anormal». Dirá que el gran logro de la civilización americana es que «en ese país hablar de la dignidad del trabajo no es pura palabrería», que en él «hay algo que casi podríamos llamar la santidad del trabajo», pero también advertirá cómo ese rasgo «se halla sujeto a esa ley profunda según la cual cuando algo inferior a lo más alto acaba sacralizándose, tiende también a convertirse en superstición». Bromeará con el activismo norteamericano —«un crítico frívolo podría sugerir que prefieren las sillas mecedoras para no tener que estarse quietos ni siquiera cuando están sentados»—, con su amor por la exageración exuberante —«la misma palabra rascacielos es un admirable ejemplo de mentira americana»—, con los disfraces de su sociabilidad —«no hay nada que a un americano le guste tanto como tener una sociedad secreta y no guardarlo en secreto»—.

Entre los puyazos a los prejuicios anticatólicos de su propio país Chesterton mencionará que el primer experimento de libertad religiosa en el mundo tuvo lugar en el Estado de Maryland: «Lord Baltimore y sus católicos fueron por delante de William Penn y sus cuáqueros en lo que ahora llaman la senda del progreso. Que la primera tolerancia religiosa reconocida en el mundo fuera reconocida por los católicos es uno de esos pequeños datos de los que precisamente no rebosan nuestras historias victorianas». Una de las abundantes y clarificadoras comparaciones que hará entre los distintos modos de ser y reaccionar de ingleses y americanos es esta: «Todo buen americano desea combatir a los representantes que ha elegido. Todo buen inglés desea olvidar a los representantes que ha elegido. (...) Ellos otorgan al presidente los poderes de un rey para que pueda ser un incordio en la política. Nosotros privamos al rey incluso de los poderes de un presidente, precisamente para que no nos recuerde a un político». Mientras «la República Americana es la última monarquía medieval» y en ella «el propósito es que sea el Presidente quien gobierne y asuma todos los riesgos del gobierno», en Inglaterra el Rey es «el único hombre del que [la gente] tiene la certeza de que no les gobierna» y, por eso, «no ha de sorprendernos de que sea popular sabiendo de qué manera les gobiernan».

Chesterton combatía las opiniones de quienes sostenían que las teorías cosmopolitas tendían puentes entre Inglaterra y Estados Unidos: en cualquier caso, decía, «estoy seguro de que no quiero que ese puente sea el del periodismo de argot y la publicidad descarada», esa «gigantesca sombra de América, pero no la luz de América». Afirmaba que «hacer una política completamente cosmopolita es crear una aristocracia de trotamundos», que el internacionalismo es hostil a la democracia y que «el único gobierno puramente popular es el local y está basado en el conocimiento local», y por eso le gustaba un país donde los judíos son judíos y los irlandeses son irlandeses, «exiliados o ciudadanos, pero en ningún momento son cosmopolitas».

Por otro lado, el contenido del libro propicia multitud de frases magníficas: «tradición no significa que los vivos estén muertos sino que los muertos están vivos»; «la opinión pública puede ser un fuego de pradera. Devora todo aquello que encuentra a su paso»; «protestar contra la intervención de la mujer en el hogar sonará siempre como a quejarse de que la ostra sea una intrusa en su concha», entre muchas. Y revela bien su capacidad para ver todas las caras de las cuestiones y para reírse de sí mismo, por ejemplo cuando dice que hay mucha gente a la que ha tratado en su viaje «a las que no admiro y respeto menos sinceramente por mucho que no pueda sino sonreírme al pensar en ellos. Aunque también es cierto lo contrario. Ellos seguramente me habrán olvidado, pero si alguna vez se acuerdan de mí, será sin duda para sonreír».

G. K. Chesterton. Lo que vi en América (What I saw in America, 1922). Sevilla: Renacimiento, 2009; 336 pp.; col. Los Viajeros; trad. de Victoria León; ISBN 13: 978-84-8472-456-8.

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sábado, 8 de agosto de 2009

En The New Jerusalen están los artículos que tuvieron su origen en un viaje que Chesterton hizo a Tierra Santa, en las Navidades de 1919, invitado por un grupo de judíos sionistas que lo veían como un posible aliado para su causa.

Por un lado es un libro de viajes, colorista por sus descripciones de lugares y ambientes, y que respira el entusiasmo del autor ante la oportunidad de conocer los lugares donde vivió y murió Jesucristo. Chesterton saca partido a lo que le sucede y convierte los incidentes en parábolas: por ejemplo, la extraña casualidad de que nevara en Jerusalén los días que estuvo allí le llevó a «comprender la idea tras de la imagen» y a pensar en lo apropiado que es que la Navidad suceda en invierno y se represente con clima invernal pues «Cristo no es un sol de verano para los prósperos sino un fuego en invierno para los desafortunados». Además, dedica todo un capítulo, y múltiples observaciones incidentales, a «la filosofía del turismo», teniendo en mente sobre todo al excursionista occidental que pasa por alto que «Jerusalén es una pequeña ciudad con grandes cosas mientras la ciudad moderna media es una gran ciudad llena de pequeñas cosas». Señala que «una de las aventuras de viajar consiste no tanto en descubrir que los dichos populares son falsos como en averiguar que significan incluso más de lo que dicen»: uno sólo puede apreciar la fuerza de una frase cuando ve los hechos de los que ha nacido.

Pero, por otro lado, es un libro de análisis histórico-político que resulta clarificador para comprender un poco mejor los conflictos que ya entonces estaban incubándose. Aunque, antes de describir los grupos humanos que habitan Palestina, Chesterton se cura en salud y señala que sus comentarios no son los de quien los juzga, sino los de quien intenta presentar un rápido esbozo, como quien dibuja figuras y trajes en la calle, también se ve que conversó personalmente con las personas más relevantes del país para intentar ver todas las caras de la situación.

Califica el Islam de «religión del desierto», un lugar donde se pierde perspectiva y donde algunas verdades fundamentales se simplifican hasta el punto de que la primera verdad se acaba entendiendo como la última verdad: de ahí que la predicación exaltada de un solo Dios pueda terminar siendo inhumana. Además, afirma, «la filosofía del desierto sólo puede empezar una y otra vez. No puede crecer; no puede tener lo que los Protestantes llaman progreso y los Católicos llaman desarrollo»: de ahí que su evolución a peor acabe siendo una monomanía. Rebate los prejuicios que, sobre las Cruzadas, estaban presentes en las novelas populares de la Inglaterra victoriana, prejuicios que no eran tanto contra los cruzados como contra los cristianos y que llevaban a que, «en los peregrinos medievales cada inconsistencia es una hipocresía, mientras que en los modernos patriotas incluso una infamia es sólo una inconsistencia».

En cuanto a los judíos, a partir de su incuestionable vinculación histórica con Palestina, Chesterton afirmaba que las aspiraciones sionistas de tener una tierra propia le parecían un intento de solución razonable al problema real de los judíos europeos. Al mismo tiempo hace notar con cuidado las dificultades prácticas que veía para la convivencia futura entre todos los habitantes de Palestina y habla con preocupación del futuro. En el último capítulo, dedicado expresamente al sionismo, y que no le quisieron publicar como artículo en su momento, sale al paso de quienes le calificaban de antisemita por sus feroces críticas contra los grandes financieros judíos sin más interés que su propio beneficio (y, por supuesto, sin ningún interés en los desheredados de su propio pueblo). Una comparación que pone para ilustrar la posición de sus acusadores es la de que llamar a Shakespeare antisemita por su pintura de Shylock en El mercader de Venecia, es no haber entendido que el núcleo de su obra es la usura y no la judeidad de Shylock. Pero la polémica no terminará —pues la etiqueta era útil como medio para descalificar sus críticas sin necesidad de atender a si sus razonamientos eran correctos— y Chesterton volverá repetidas veces a esta cuestión en libros posteriores.

G. K. Chesterton. The New Jerusalem, 1920. Hay edición en castellano en Buenos Aires: Agape Libros, 2008, 365 pp.; traducción y notas de Horacio Velasco; ISBN: 978-987-640-005-3.

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sábado, 1 de agosto de 2009

Antes de ser un libro, Irish Impresions fueron artículos que Chesterton publicó en el New Witness con ocasión de un viaje que hizo a Irlanda. Con él, como con sus otros libros de viajes, Chesterton podría decir de sí mismo, con palabras de Joseph Roth, qué clase de trabajo periodístico hacía: «Yo no hago glosas chistosas. Yo dibujo el semblante de una época. (...) Yo soy un periodista, no un informador; un escritor, no un autor de artículos de fondo». Pues, en efecto, Chesterton retrata bien al pueblo irlandés —un país donde «los campesinos pueden hablar como poetas»—, explica su conflicto secular con Inglaterra con perspectiva histórica, presenta el panorama de ideas de la época, rebate argumentos que muchos dan por sentados, y señala el verdadero núcleo de los problemas. En todo momento declara su simpatía sin reservas por Irlanda, y por su revuelta contra el gobierno británico, que comprende bien porque él mismo, dice, de muchas maneras también está en rebeldía contra su propio gobierno.

Un aspecto circunstancial de sus opiniones, que por otra parte dan al libro interés histórico, son las referencias a las discusiones que tenían lugar entonces acerca de la futura ley que devolvería la independencia a Irlanda. Otro —el motivo por el que fue invitado a este viaje— son sus argumentaciones en favor de que los irlandeses debían unirse a los ingleses para combatir en la primera Guerra Mundial. Para explicar esto Chesterton comenzaba diciendo que, «siendo un inglés, esperaba en primer lugar ayudar a Inglaterra; pero no siendo un idiota congénito, no podía comenzar pidiendo a los irlandeses que ayudaran a Inglaterra». Luego razonaba por qué los aliados, al combatir a los alemanes, «estaban más en lo cierto de lo que ellos mismos se daban cuenta; más aún, casi ni tenían derecho a tener tanta razón como tenían». Por eso, concluía, en sus reticencias a combatir con los aliados, «los irlandeses estaban equivocados; quizás equivocados por primera vez», debido a que históricamente los irlandeses se habían aliado con los franceses y los ingleses con los alemanes (la insistente idea de The Crimes of England).

Debido al tema, el libro sirve a Chesterton para desplegar sus ideas sobre la familia y la propiedad, y para declarar, cuatro años antes de su conversión, su simpatía hacia los católicos y su convicción de que «una religión no es la iglesia a la que un hombre va sino el cosmos en el interior del cual vive». Le sirve también para fijar su postura en torno a términos como imperialismo, nacionalismo y patriotismo: sus ideas, sin duda herederas de las discusiones en torno al nacionalismo propias del siglo anterior —algo que también será obvio en su libro posterior sobre Palestina—, causaban irritación tanto en quienes tenían ansias expansionistas como en quienes tenían una visión provinciana. En una dirección, por ejemplo, comenta que un mérito poco reconocido del nacionalismo es que «incluso lo que en él suele calificarse de estrechez no es un obstáculo para la invasión sino para la expansión»; habla del patriotismo como de una virtud natural y que ignorarla, y «fijarse sólo en sus inconvenientes, es como contar las nubes y olvidar el clima», o que no tenerla en cuenta y pensar que todo es cuestión de leyes, es como ver las vallas o muros que delimitan las tierras y no ver el paisaje. En la otra, por ejemplo, señala el error de usar el gaélico «como un arma más que como una herramienta», o subraya que considera un gran error que alguien invoque su condición de «celta» cuando le debería bastar con presentarse como irlandés, además de que «el celticismo, por sí mismo, puede llevar a toda clase de extravagancias raciales».

El último capítulo lo dedica Chesterton al caso de Irlanda del Norte y a comentar la enorme animosidad entre protestantes y católicos en Belfast. Es interesante su observación, apropiada entonces, acerca de que era un error debatir la igualdad política e ignorar que no había igualdad religiosa, cuando debía ser al revés: dar igualdad política primero y debatir luego la cuestión religiosa. También lo es su comentario de que, en Belfast, un protestante que sentía odio hacia los católicos decía de sí mismo, y precisamente por eso, «soy un buen protestante», mientras que un católico con el mismo talante, y también precisamente por eso, se decía a sí mismo «soy un mal católico». Por un lado, esta idea de la profunda maldad del orgullo, que Chesterton ejemplifica en el caso de otros nacionalismos igualmente desnortados, la desarrollará en «Si tuviera un sólo sermón que predicar» (artículo contenido en El hombre común y en Correr tras el propio sombrero). Por otro, este argumento a muchos les sonará porque Primo Levi lo popularizó para contestar a quienes comparaban los horrores de los campos de concentración nazis —sus autores eran «buenos» nazis— y los de los campos comunistas —sus autores eran «malos» comunistas—.

G. K. Chesterton. Irish Impresions, 1919.
Las frases de Joseph Roth están tomadas de su carta a Renno Reifenberg del 22 de abril de 1926, contenida en
Cartas (1911-1939) (Briefe 1911-1939, 1970). Barcelona: Acantilado, 2009; 686 pp.; edición y notas de Hermann Kesten; trad. de Eduardo Gil Bera; ISBN: 978-84-96834-85-9.
El comentario de Primo Levi en relación a la diferencia entre los horrores comunistas y los horrores nazis está en Primo Levi en diálogo con Ferdinando Camon. Madrid: Anaya & Mario Muchnik, 1995; 134 pp.; col. Europeos sin fronteras; trad. de Celia Filipetto; ISBN: 84-7979-098-9.

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