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Notas del archivo 'Aventuras del Oeste' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 19 de octubre de 2017

Iluminando el camino, de Bess Streeter Aldrich, fue la edición española, de hace ya mucho tiempo, de A Lantern in Her Hand, una gran novela que fue muy popular en los Estados Unidos desde su publicación en 1928. El título original está tomado de unos versos de Joyce Kilmer que abren el libro: «Como el camino era escabroso arcano, / y atravesaba un hostil país de roca, / Dios dictó una canción a mi boca / y puso una linterna en mi mano».

Cuenta la vida de una familia de pioneros en Nebraska, centrando su atención en la madre, Abbie Deal. Empieza presentándola cuando es Abbie Mackenzie, una chica de ascendencia escocesa que vivió en Chicago siendo niña hasta que su familia se fue a Iowa, el año 1854. Allí se hizo maestra en una escuela rural, trabajo que, al igual que sus sueños artísticos, abandonó cuando, con 19 años, al terminar la guerra de Secesión, se casó con Will Deal, de 23. Viven primero con la familia de Will hasta que ambos deciden marcharse a las praderas de Nebraska, donde construyen una casa y ponen en marcha una granja. Hacen frente a toda clase de contrariedades —sequías, langostas, tormentas de nieve…— mientras van teniendo hijos, de los que sobreviven cinco. A su alrededor otras familias van abandonando pero los Deal, y sus vecinos los Lutz y los Reinmueller, permanecen. Los hijos van creciendo, siguen sus propios caminos y se van marchando de la granja. Will muere relativamente joven y Abbie aún tiene por delante unos años de viudez en los que se queda viviendo primero con su hija pequeña y luego sola en su casa, salvo las visitas ocasionales de sus hijos y sus nietos.

La autora se basó en relatos de su propia madre, que en 1854 habia viajado al Oeste para instalarse allí, y en otros testimonios de mujeres que habían tenido vidas similares a la suya. Logra comunicar, con viveza y verosimilitud, cómo eran las vidas de aquellos pioneros y los escenarios en los que vivieron. Se centra en poner de manifiesto los sentimientos de su protagonista: sus deseos de sostener las fuerzas de su marido cuando flaquean, su amor y su valor para sacar adelante a sus hijos sobreponiéndose a las dificultades, sus alegrías cuando ve avances sociales y cuando sus hijos tienen éxitos. Quizá los momentos más poderosos del relato sean, además de algunos en los que los Deal superan situaciones muy críticas, aquellos en los que Abbie reacciona enérgicamente contra el desánimo ante las dificultades o contra las tentaciones de lamentarse por haber elegido ese camino.

Puede dar idea del tono de la historia, también del énfasis que a veces tiene la narración, una escena que ocurre cuando los Deal están pasando momentos duros y se aproxima la Navidad. Al principio del capítulo Abbie le dice a su vecina Sara: «Yo creo, querida Sara, que todas las madres tienen el deber de proporcionar unas Navidades felices a sus hijos. Ellos lo recuerdan luego toda su vida. Yo creo que hasta eso hace de nuestros hijos hombres y mujeres mejores».

Al final del capítulo termina así el narrador: «Dice la Historia que el invierno del 74 al 75 fue extremadamente riguroso y se vio marcado por una gran depresión en todos los negocios, además de ser muy malas las cosechas de aquel año. Pero la Historia no toma en consideración a los niños. ¿Tristeza?... ¿Mala cosecha?... ¿Depresión en los negocios?... Para los tres niños de la pradera, en aquella casita de los Deal, aquel fue un invierno maravilloso. No había muchos víveres en la despensa de la casa; no había mucho, mejor dicho, no había casi ningún dinero en el bolsillo del bondadoso padre; los regalos de aquella Navidad eran cosas caseras, humildes, sin valor material alguno; y todo dentro de aquella casa, un pobre cascarón de nuez perdido en la inmensidad del desierto, de las praderas infinitas y solitarias… ¿Cómo, entonces, podía albergar aquella casa tan pequeña tanta dicha y tanta ventura?... ¿Cómo podía encerrarse entre estas cuatro paredes estrechas y bajo este techo de la pobre cabaña semejante encanto?… ¿Y cómo podía dimanar de este hogar humildísimo una especie de santo efluvio, de calor y de luz radiante que parecía esparcirse a todos los hombres y mujeres de la comarca y diríase que del mundo entero?... ¡Oh, era porque allí se albergaban unos corazones puros, era porque el amor que se albergaba en la casita…, era porque la Estrella de la Navidad y del Hogar había venido a posarse sobre el tejado de la pobre barraca de adobes!...»

Bess Streeter Aldrich. Iluminando el camino (A Lantern in Her Hand, 1928). Barcelona: Luis de Caralt, 1955; 268 pp.; trad. de Antonio Guardiola. Una edición en inglés está en University of Nebraska Press, 1994; 307 pp.; Bison Book; ISBN: 0-8032-5922-0; y otra edición íntegra en la red está
en este enlace.

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jueves, 22 de junio de 2017

La luna del cazador y Soldado azul, de Theodore Victor Olsen, son dos relatos del Oeste de los que se hicieron famosas películas a finales de los años sesenta y principios de los setenta, y de los que se alinean con otros del género sobre mujeres blancas capturadas por los indios y rescatadas, como Centauros del desierto.

En el primero Sam Vetch, un experto explorador del ejército que se retira, se acaba casando con Sara Carver, una mujer que había vivido con los indios y tenido dos hijos con un jefe llamado Salvaje por su extrema ferocidad. La novela, después de todo el planteamiento, se centra en el acecho de Salvaje al matrimonio, que es como una guerra psicológica, con el fin de recuperar a sus hijos.

En el segundo los protagonistas son Honus Gant, «un tranquilo chico de granja de Ohio, correcto y poco aventurero, además de maestro» (que a pesar de su torpeza inicial demostrará un gran valor), y Cresta Marybelle Lee, «una chica lista, dura y ambiciosa de los suburbios de Nueva York», irritante y valiente, a la que Honus conoce cuando es la esposa en fuga de un jefe guerrero cheyene.

Son novelas amenas, con personajes bien dibujados (aunque a veces sean tópicos), escenas de peleas características, y desenlaces previsibles. Por otro lado, no faltan pinceladas descriptivas excelentes: «el cielo era un imán caliente que absorbía la humedad de la piel de los hombres y el irritante peso del calor se posaba como una mano muerta sobre sus cuerpos y sus espíritus».

Theodore Victor Olsen. La luna del cazador & Soldado azul (The Stalking Moon, 1965; Soldier Blue, 1970). Madrid: Valdemar, 2016; 464 pp.; col. Frontera; trad. de Marta Lila Murillo; introd. de Alfredo Lara; ISBN: 978-8477028390. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 20 de enero de 2017

El tren de las 3:10 a Yuma y otros relatos del Oeste, de Elmore Leonard, es una colección de quince relatos cortos del Oeste, los primeros del autor. El libro contiene una buena introducción con datos de Leonard y comentarios sobre su obra. Se cuenta en ella que las alusiones que hace a hechos históricos, en la narración o los diálogos, no tienen más función que dar aires de historicidad a los relatos y se subraya que Leonard se caracteriza por situar a sus personajes ante dilemas morales que son como encrucijadas y por ponerles a sus historias unos excelentes finales. Es el caso de Los cuatreros: el jefe de la banda debe resolver la situación creada por su alocado hermano y otro miembro de la banda que han robado un centenar de cabezas de ganado por su cuenta así que, en ausencia del sheriff, decide lincharlos.

Son amenos todos y excelentes algunos. Varios, como el que inicia el libro, El rastro de los apaches y otro titulado Infierno en el Cañón del Diablo, están protagonizados por una pareja característica: el militar experto que conoce a los indios y el joven oficial novato que, juntos, han de hacer frente a unos astutos y peligrosos apaches. Entre los demás hay variedad de argumentos y, de todos ellos, tal vez el mejor sea el que da título a la colección, El tren de las 3:10 a Yuma, de argumento conocido por las dos películas basadas en él, aunque aquí el sheriff que ha de montar en el tren, junto con un peligroso bandido al que ha de llevar a la prisión, no tiene por delante a media humanidad y todo es más sencillo y más creíble.

Un ejemplo del tono característico de muchos relatos, tomado de Infierno en el Cañón del Diablo. Uno de sus protagonistas es el joven teniente Gordon Towner. El narrador dice: «A veces parece que algunos hombres están señalados para hacer grandes cosas, mientras que otros tienen que desempeñar el papel de tonto o de cobarde, predestinados desde la eternidad. Pero si uno examina atentamente todos los casos, y eso quiere decir toda la gente que hay en el mundo, termina descubriendo un momento, una circunstancia en la que cada cual tiene que tomar una decisión que hace de él un hombre o lo malogra. A veces la suerte ayuda. Pero ocurre a menudo en el Ejército, especialmente en un puesto fronterizo, y ahora le estaba ocurriendo al joven Gordon Towner».

Elmore Leonard. El tren de las 3:10 a Yuma y otros relatos del Oeste (Three-Ten to Yuma, 1953). Madrid: Valdemar, 2016; 368 pp.; col. Frontera; trad. de Marta Lila Murillo; introducción de Alfredo Lara; ISBN: 978-8477028321. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 4 de noviembre de 2016

El rebelde Josey Wales, de Forrest Carter, contiene dos relatos de calidad desigual, Huido a Texas y La ruta de venganza de Josey Wales, con el mismo protagonista. Una buena presentación explica el contexto histórico de las historias —después de la guerra de Secesión, enfrentamientos entre guerrilleros nordistas de Kansas y sudistas de Missouri—, y da cuenta de la personalidad controvertida del autor —activista racista reconvertido en escritor popular después—.

Es un buen relato de género el primero: por la excelente narración, por el atractivo del héroe, porque las descripciones de los escenarios son concisas y las explicaciones de tipo histórico son las justas para comprender las cosas. Es un mal relato el segundo porque, aunque no falten escenas conseguidas, pone a una caricatura de malvado delante del héroe y, además, el narrador se dedica en exceso a dar lecciones de historia y de derechos humanos —y, al margen de que diga no pocas tonterías, es que sobran en cualquier caso—.

La primera novela comienza en 1866. Un guerrillero de Misuri llamado Josey Wales se separa de sus compañeros y decide huir a Texas; al principio le acompaña un chico joven, Jamie Burns, y luego se une a él un indio cheroqui, Lone Watie, mientras le persiguen muchos, y más según va en aumento la recompensa. La segunda empieza donde terminó la primera: Josey emprende una expedición de venganza contra unos soldados mexicanos, encabezados por el cruel capitán Jesús Escobedo, que han matado a unos amigos suyos (que le habían protegido en una ocasión en la novela previa).

Ambas novelas contienen buenos momentos y no pocas explicaciones prácticas sobre las formas de prepararse para una lucha desigual (reunir información acerca del rival antes de la pelea; dar prioridad al cuidado de los caballos; actuar de formas inesperadas…). Abundan las acciones crueles, en especial en la segunda novela. El narrador habla mucho del código moral de sus héroes —valentía, lealtad a los amigos, espíritu de venganza, orgullo ante los grandes enemigos…—, e informa de costumbres locales que conviene conocer: «Era de mala educación hacer preguntas en Texas. Siempre que un hombre formulaba una, la acompañaba invariablemente con un “sin acritud”… a menos, por supuesto, que sí quisiera mostrar acritud… en cuyo caso uno debía estar preparado para desenfundar su pistola».

Como se deduce de lo anterior, son novelas muy peliculeras. De hecho, los gestos de Wales en la segunda parecen moldeados sobre los de Clint Eastwood, protagonista de la película basada en la primera. Las dos evolucionan de acuerdo con los clichés del cine popular de su momento: no hay temor alguno a que algo termine saliendo mal para los héroes (sí para muchos de alrededor, claro). Y las dos elogian a los indios: la segunda a los apaches y la primera a los comanches. En esta, al final de un capítulo, después de un enfrentamiento entre Wales y el feroz jefe comanche Diez Osos, el narrador dice: «¿quién sabía con certeza qué era un salvaje?... Después de todo, tal vez fueran los hombres de dos lenguas, con sus suaves gestos y taimadas maneras, los verdaderos salvajes».

Forrest Carter. El rebelde Josey Wales: son dos relatos, Huido a Texas (Gone to Texas, 1972) y La ruta de venganza de Josey Wales (The Vengeance Trail of Josey Wales, 1976). Madrid: Valdemar, 2016; 467 pp.; col. Frontera; trad. de Marta Lila Murillo; presentación de Alfredo Lara; ISBN: 978-84-7702-826-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 19 de agosto de 2016

El trampero es una larga novela que inspiró la película Las aventuras de Jeremiah Johnson que dirigió Sydney Pollack y protagonizó un joven Robert Redford en 1972. Su autor, Vardis Fisher, cuidó su ambientación antropológica e histórica y se recreó, tal vez en exceso, en cantar las bellezas de una naturaleza virgen y las maravillas de un estilo de vida que comenzaba a desaparecer. Al mismo tiempo, no se privó de contar con detalle numerosos comportamientos crueles de todos sus personajes: en este sentido conviene advertir que no son agradables bastantes de sus escenas.

La historia tiene lugar en un territorio extenso: las Montañas rocosas y sus valles. Su protagonista es Sam Minard y tiene 27 años al comenzar el relato, aunque luego el narrador recuerda que a los diecinueve años se había ido de casa, con la intención de volver, pero «en la ciudad fronteriza de Independence se había sentido fascinado por los relatos de Kit Carson y otros tramperos» y, cuando tuvo un encontronazo con un matón, huyó «como habían hecho muchos otros jóvenes antes que él». El autor construyó a su héroe a partir de rasgos e historias conocidas de tramperos y lo pintó como «un gigante, incluso entre los hombres de la montaña del Oeste americano. Sin los mocasines alcanzaba el uno noventa y tres de altura y sin ropa pesaba alrededor de ciento veinticinco kilos».

Después de unos episodios de presentación, la primera parte de la novela, dulzona y un tanto hollywoodiense, cuenta que Minard busca a una mujer india de la tribu Flathead para que sea su esposa y pasa un tiempo feliz con ella. Luego la deja sola para irse a cazar durante unos meses y, cuando regresa, encuentra su cadáver. A partir de ahí comienzan centenares de páginas con acciones de venganza despiadada contra los autores de su muerte, los Crow. Para Minard no hay contradicción alguna entre la crueldad que despliega, su gran amor a la música clásica, y su particular religiosidad natural. Así, antes de un ataque feroz de un grupo de tramperos contra los indios, el narrador escribe: «¡Qué maravilloso sería», pensó Sam, mirando el húmedo cielo oscuro, «si en el momento del ataque el Creador llenase el mundo con un atronador canto de venganza, con compases como los que abrían la Quinta!».

El relato tiene tramos de interés: los que narran acciones propias de la caza, los de observación del comportamiento de los animales, una larga expedición invernal que Sam ha de hacer al límite de sus fuerzas mientras recuerda las pruebas que pasó Job, las anécdotas legendarias de famosos «mountain men»… Son interesantes muchas observaciones sobre los modos de ser y comportarse de las distintas tribus indias, así como las observaciones que ayudan a comprender la situación: «las grandes empresas cazadoras habían corrompido tanto a los pieles rojas con el alcohol que la embriaguez, que él detestaba, campaba rampante por las postas; había guerreros pieles rojas tirados por todas partes, con sus negras miradas desenfocadas y con sus mentes obnubiladas por el alcohol hirviendo de malos propósitos».

Abundan, más que en Bajo cielos inmensos, episodios de gran violencia, entre los que destaca una expedición de castigo de un grupo de tramperos contra los Crow. El narrador explica que «aquel era un territorio para hombres, no para muchachos altos llamados hombres. Sam nunca había conocido a un indio, ni le habían hablado de uno, que hubiese pedido clemencia. La clemencia no era una palabra que existiese en su idioma»; e indica que «los pieles rojas torturaban por la pura satisfacción infernal de ver a un ser indefenso sufrir indescriptibles agonías. Era principalmente por esa razón por lo que los tramperos los detestaban y los mataban sintiendo tan poca emoción como si matasen mosquitos».

Ahora bien, y en esto se diferencia El trampero de Bajo cielos inmensos y se nota su condición de literatura popular, el lector sí acaba sintiendo simpatía por Minard. De él se nos dice que «lo que le hacía más infeliz eran las horas que tenía que dedicarle al sueño en una vida que, en el mejor de los casos, era breve. Creía que posiblemente el Creador les había dado el sueño a sus criaturas para que se despertasen con la mirada de la mañana y descubriesen el mundo de nuevo». Su amor a la naturaleza no es nada selectivo: «A Sam le encantaba la nieve tanto como la lluvia, los vientos, el trueno, las tempestades; a la gente que decía: “No sé cómo te puede gustar la nieve”, o “No sé cómo te puede gustar el viento”, la consideraba indigna de estar viva». Nunca sentía lástima de sí mismo, nunca temía que pudiera morir, «sólo se calentaba con las hazañas de valerosos hombres libres, la categoría de hombres a la que pertenecía».

Vardis Fisher. El trampero (Mountain Man, 1965). Madrid: Valdemar, 2015; 400 pp.; col. Frontera; trad. de Gonzalo Quesada Gómez; ISBN: 978-8477027287. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 12 de agosto de 2016

Dos novelas del Oeste cuyos protagonistas principales son «mountain men»: Bajo cielos inmensos, de Alfred Bertram Guthrie, y El trampero, de Vardis Fisher. Los «mountain men» o tramperos, de los que hubo varios miles en los territorios del Oeste de Norteamérica durante las primeras décadas del siglo XIX, fueron cazadores expertos, vendedores de pieles, exploradores también, cuya relación con los indios era en ocasiones amistosa y a veces conflictiva. Para el protagonista de la segunda historia que dije arriba, «matar indios sólo significaba apartar cosas que se interponían en su camino» y, si hacemos caso al narrador de la misma novela, parece ser que «la mayoría de los tramperos odiaban a todos los indios y por encima de todas sus leyes de tramperos se encontraba el axioma de que el único indio bueno era el indio muerto... Y no sólo muerto, sino con los huesos mondos por cuervos y lobos».

A. B. Guthrie, Jr., fue periodista y escritor, autor del guión para la película Shane, comenzó una serie de novelas con la titulada Bajo cielos inmensos. Se ambienta en Montana, en los años 30, y su protagonista es Boone Caudill, un chico de diecisiete años que, después de una violenta pelea con su padre, huye de su granja de Kentucky. Su intención es ir al encuentro de su tío Zeb Calloway, un «mountain man». En el camino, Boone se hace amigo de otro chico, Jim Deakins, que acaba uniéndose a él. Ambos terminarán trabajando para un traficante de pieles que desea llegar, remontando el río Missouri en una barcaza, a los territorios de los Pies Negros para comerciar con ellos. Viajarán con un experto cazador llamado Dick Summers, que se convierte en su modelo y mentor, y con una chica india muy joven, que primero huirá y a la que, más adelante, Boone buscará para que sea su mujer.

La novela se centra en el aprendizaje de Boone, un chico de grandes cualidades para la caza y para la lucha, pero de temperamento tumultuoso a quien con frecuencia tienen que intentar frenar sus amigos: «Disparando a los búfalos, o atrapando castores, o luchando contra osos, Boone era tan bueno como el que más, pero con la gente era distinto. No sabía contar chistes, ni soltar o encajar bromas, ni ver las cosas desde distintos puntos de vista, ni buscar diversión en lugar de problemas. Lo único que sabía era tirar hacia delante. En ocasiones, cuando estaba a punto de meterse en algún lío por no pararse a pensar, una pequeña frase, dicha como de pasada, le hacía recobrar el sentido y lo calmaba, o al menos lo contenía. Jim suponía que Boone estaba agradecido, como lo estaría un chico que carecía de las palabras para decirlo».

Igual que dije al comentar otras novelas del Oeste, esta también tiene interés para quienes disfrutamos con ellas. Está considerada una de las mejores, por supuesto de su autor pero también del género, pues está bien escrita, la historia y los personajes tienen fuerza, y la reconstrucción de ambientes y costumbres está cuidada. Ahora bien, quienes no tengan tanto afán por este tipo de historias deben saber que se puede hacer larga, que abundan las escenas de gran violencia, y que no es nada fácil empatizar con un héroe cuyo comportamiento se hace cada vez más bronco.

A. B. Guthrie, Jr. Bajo cielos inmensos (The Big Sky, 1947). Madrid: Valdemar, 2014; 528 pp.; col. Frontera; trad. de Marta Lila Murillo; ISBN: 978-8477027737. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 5 de agosto de 2016

Una de las grandes novelas del Oeste: Valor de ley, de Charles Portis. Buena parte de su tirón está en el poderío y la gracia de la narradora: sentenciosa, directa, insolente y segura de sí misma y de sus ideas hasta extremos cómicos.

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viernes, 29 de julio de 2016

El otro día cité, de pasada, a Louis L’Amour, indicando que fue uno de los autores de novelas del Oeste más leídos hace décadas. En la presentación de su novela Hondo se dice que «ha vendido más de 200 millones de ejemplares de sus libros y 45 de sus novelas o relatos han sido llevados al cine o convertidos a series de televisión». Hondo fue una novela que construyó prolongando su relato corto El regalo de Cochise, cuando John Wayne decidió convertirlo en película. Parece que su éxito también se debió a la frase promocional de John Wayne en la que decía que Hondo era el mejor western que había leído nunca…

Su cinematográfico protagonista, Hondo Lane, es un explorador del general Crook que pasa por un rancho situado en territorio apache en el que vive Angie Lowe, junto con su hijo de pocos años, a la espera de que regrese su marido. Poco tiempo después, Hondo vuelve a ese rancho: ha conocido a Ed Lowe y se ha tenido que enfrentar con él. Entretanto, el gran jefe apache Victorio toma bajo su protección al pequeño Lowe, a quien llama Pequeño Guerrero, cosa que no es del agrado de todos sus hombres.

Se anuncia en el prólogo que la calidad literaria de L’Amour no es mucha por más que tenga inventiva, sus ambientaciones históricas estén documentadas, y tenga momentos excelentes. Ya en las primeras páginas se ve que los personajes son planos y que abundan los lugares comunes y las frases vacías. Con todo, la novela se deja leer porque el narrador aviva la curiosidad y sí plantea y describe bien —tal como hace notar el presentador de la novela— la lucha en el desierto, «una tierra de pesadilla horneada por el sol, sin agua, sin árboles, sin ríos y donde apenas había unos pocos pozos» en la que «nadie conocía mejor el arte de ocultarse que el apache» (aparte del héroe, claro está).

Además, se puede comprobar cómo el relato corto El regalo de Cochise —que acertadamente se incluye al final de la edición— tiene más intensidad y es bastante más creíble que la novela extendida, claramente organizada para subrayar, incluso en exceso, todas las cualidades del personaje que interpretó Wayne.

Louis L’Amour. Hondo (1953). Madrid: Valdemar, 2014; 264 pp.; col. Frontera; trad. de Jon Bilbao Lopategui; ISBN: 978-8477027645. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 15 de julio de 2016

Cornetas al atardecer, de Ernest Haycox, otra novela del Oeste llevada en su momento al cine, tiene un hilo histórico —la campaña contra los sioux y los errores que condujeron a la masacre del Séptimo de Caballería en la batalla de Little Bighorn—, y un hilo romántico —el enamoramiento entre Kern Shafter, un tipo de misterioso pasado y caballeroso comportamiento que se alista en el ejército, y una decidida joven con la que coincide primero en el viaje y luego en su destino—.

En la presentación se recuerda que Haycox, junto con Zane Grey y Louis L’Amour fueron los autores más populares del género del Oeste durante las primeras décadas del siglo XX. Entre otros, escribió, en 1937, el relato que John Ford transformó en la película La diligencia. Uno de sus rasgos, se dice también en la presentación, es que sabía mezclar momentos épicos con escenas costumbristas certeras, pues se preocupó de documentarse bien para contar sus relatos.

Aunque mi lectura de la novela no fue muy detenida mi impresión es que tiene interés para quienes, como yo, se sientan atraídos por el género, por más que se alargue más de la cuenta, tenga toques cursis y resulte floja en su lado romántico. Sus aciertos están en algunas escenas de cuartel; en la presentación, que intenta ser equilibrada, del conflicto con los indios; y en la forma en que se acumula la tensión y se van encadenando las situaciones y decisiones que conducen al general Custer y su ejército al desastre.

Ernest Haycox. Cornetas al atardecer (1943). Madrid: Valdemar, 2014; 416 pp.; col. Frontera; trad. de Rubén Martín Giráldez; ISBN: 978-8477027867. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 8 de julio de 2016

La editorial Valdemar inició su colección Frontera, de novelas del Oeste, con Indian Country, una recopilación de once relatos cortos de Dorothy M. Johnson (1905-1984), una buena elección porque son relatos de calidad y porque, contra la presunción que harían muchos, es interesante ver a una mujer dando lecciones a tantos colegas varones acerca de cómo hablar con categoría literaria de un mundo tan marcado por la violencia. Tiempo después, en la misma colección se publicaron otros diez relatos más de la autora con el título El árbol del ahorcado y otros relatos de la Frontera. Si Indian Country tenía como principales protagonistas a indios o, más bien, a pioneros que chocaban o se relacionaban con los indios, los personajes de esta segunda selección son los típicos tahúres, vaqueros, predicadores, buscadores de oro, etc.

También por la importancia que tuvieron sus versiones cinematográficas —cuya fama me ahorra dar un resumen de los argumentos—, los relatos más conocidos de la primera recopilación son Un hombre llamado Caballo (A Man Called Horse, 1950) y El hombre que mató a Liberty Balance (The Man Who Shot Liberty Balance, 1953), el único en cuya trama los indios no juegan papel alguno. De la segunda recopilación el más destacado es el que le da título, El árbol del ahorcado (The Hanging Tree, 1957); aunque tampoco conviene perderse La hermana perdida (Lost Sister, 1956) —sobre una chica, secuestrada por los comanches cuando era niña, que vuelve a vivir con su gente—.

Como explican las buenas introducciones a los dos libros, vale la pena observar la forma escueta y aparentemente simple, con frases medidas y sin énfasis alguno, con la que la autora retrata y describe personajes y situaciones. También es notable cómo cambia de registro, y de un relato a otro pasa sin problemas de lo trágico a lo humorístico, y cómo sus desenlaces no son previsibles y pueden ser de cualquier tipo. Otro aspecto de interés es lo que podríamos llamar el aspecto documental de estos relatos: la escritora deseaba e intentó pintar con realismo a las gentes que pueblan sus narraciones, blancos e indios y, de hecho, las tribus indias de las que habla son aquellas que vivían en las grandes llanuras de su estado, Montana: Crows, Pies negros, Cheyennes, Sioux.

Dorothy M. Johnson. Indian Country (1953). Madrid: Valdemar, 2011; 264 pp.; col. Frontera; trad. de José Menéndez-Manjón Cueto; introd. de Alfredo Lara; ISBN: 978-8477027126. [Vista del libro en amazon.es]
Dorothy M. Johnson. El árbol del ahorcado y otros relatos de la Frontera (The Hanging Tree, 1957). Madrid: Valdemar, 2013; 304 pp.; col. Frontera; trad. de Gonzalo Quesada Gómez; introd. de Alfredo Lara; ISBN: 978-8477027546. [
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viernes, 20 de mayo de 2016

Elmore Leonard fue un conocido escritor de novelas policiacas que también publicó varios populares relatos y novelas del Oeste. Entre ellos están Hombre, uno de los primeros y que parece ser el mejor, y Que viene Valdez, uno de los últimos, que también es valioso aunque sea más tópico. Ambas tienen como protagonistas a personajes marginales y unos desenlaces notables.

Hombre es uno de los nombres que se dan a John Russell, un lacónico tipo que vivió varios años con los apaches. Al comienzo de la historia el narrador indica que su jefe, el señor Méndez le dice: «Echa un buen vistazo a Russell. No volverás a ver otro como él en tu vida». Pues bien, Russell ha de ir a reclamar una herencia y, con ese fin, se sube a una diligencia en la que van el mismo dueño del vehículo, Méndez, el empleado y narrador, un agente indio con mucho dinero y su esposa, una chica joven que también había sido secuestrada por los indios, y un tipo desconocido que a última hora logra de malos modos que le incluyan en ese viaje. A mitad de camino los asaltan y todos han de confiar en Russell, a quien antes habían obligado a viajar en el pescante al enterarse de su condición de indio.

Que viene Valdez tiene como héroe a un mexicano sereno e impasible, sheriff a tiempo parcial en el pueblo. Cuando intenta mediar en un conflicto acaba matando a un hombre, pero luego se da cuenta de que fue un error e intenta que el hombre poderoso que forzó las cosas, Tanner, compense a la viuda india con una cantidad razonable. Tanner se ríe de él y lo despide; Valdez lo intenta de nuevo y la despedida es, esta vez, más humillante. Valdez, entonces, decide volver a pedírselo de un modo que lo entienda.

El narrador de Hombre cuenta lo sucedido después de que todo terminó, con vocabulario sencillo y un tono a la vez crítico y admirativo hacia Russell, un héroe con grandes habilidades pero no invulnerable. También lo hace con acentos graciosos, por ejemplo cuando habla de su temor a mirar al desconocido amenazador: «era como estar con una persona que tuviera una gran nariz o algo parecido. No quieres que te sorprendan mirando la nariz o incluso diciendo la palabra. (Espero que ningún lector narizotas se ofenda. No me estaba burlando de ninguna nariz)».

Que viene Valdez se narra en tercera persona y tiene toques peliculeros, como cuando el héroe deja de ser el cuarentón gris y paciente para volver a ser «el Valdez de otro tiempo», el «Valdez que nadie había visto desde hacía diez años». Además, es amigo y protegido de la dueña del burdel del pueblo, la mujer de su enemigo se va contenta con él, el malvado es extraordinariamente duro y cerril… Con todo, los diálogos son buenos, el argumento engancha, y todo se narra con claridad y simpatía: «La suerte estaba bien cuando se tenía, pero no se podía contar con ella. A veces funcionaba bien y otras mal, pero funcionaba más bien que mal si uno sabía lo que se traía entre manos, si tenía cuidado y prestaba atención a lo que veía y oía».

Elmore Leonard. Hombre (1961) y Que viene Valdez (Valdez is Coming, 1970). Madrid: Valdemar, 2015; 368 pp.; col. Frontera; trad. de Juan Antonio Santos (la primera) y Marta Lila Murillo (la segunda); presentación de Alfredo Lara López; ISBN: 978-84-77027966. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 15 de abril de 2016

Centauros del desierto, escrita por Alan Le May casi al final de su carrera, es la novela en la que se basó la película de John Ford con el mismo título en castellano.

En Texas y Nuevo México, Amos Edwards y Martin Pauley, tío y hermano adoptivo de dos niñas raptadas por una partida de comanches después de asesinar a sus padres y hermanos, las buscan durante años. Aunque regresan a sus casas algunas veces, reemprenden de nuevo la búsqueda, casi inmediatamente, siempre impulsados por noticias que les llegan. Hasta que, por fin, dan con el jefe Cicatriz, que parece ser el hombre a quien desean ver.

Historia bien contada de una búsqueda épica y agotadora, con una «terquedad más allá de los límites de la razón», que acaba siendo una leyenda de la frontera. Todo se cuenta desde la perspectiva de Martin, preocupado por la obsesión vengativa de su tío, que no parece sentir remordimiento alguno por nada. Se narran bien los enfrentamientos y las escenas de violencia que van sucediéndose, así como la forma de comportarse propia de los indios, tan salvajes combatientes como quienes se les enfrentaban: «El hombre fronterizo sabe que la única forma de seguir con vida frente a otro hombre fronterizo enemigo es matándolo (…). No hay leyes, no hay normas morales. La única y suprema norma es la supervivencia, una supervivencia que no depende de la consecución de alimentos o de abrigo frente a las inclemencias meteorológicas sino de la muerte "del otro"».

El buen prólogo de la edición reciente de Valdemar explica que Le May se documentó bien para presentar las formas de comportarse de las tribus indias y para que su ficción se ajustase a los datos históricos conocidos. Quienes recuerden bien la película de John Ford verán diferencias con la novela: en esta la violencia es mayor, son diferentes algunos nombres, y el personaje de Martin tiene mucha más consistencia. Aquí hay otra reseña.

Alan Le May. Centauros del desierto (The Searchers, 1954). Madrid: Nebular, 2003; 288 pp.; col. Clásicos de Hollywood; trad. de Rosa López de Diego; epílogo de Vicente Domínguez; ISBN: 84-96066-02-9. Nueva edición en Madrid: Valdemar, 2013; 368 pp.; col. Frontera; trad. de Marta Lila Murillo; prólogo de Alfredo Lara López; ISBN: 978-8477027447. [
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viernes, 11 de marzo de 2016

En varias votaciones entre los aficionados al género fue elegida Shane, de Jack Schaefer, como la mejor novela del Oeste. Y es, en efecto, un gran relato, con un excepcional narrador: un hombre adulto que recuerda su mirada de niño cuando a su granja llegó un desconocido misterioso.

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jueves, 12 de junio de 2014

Como un río de paz, de Leif Enger, es una novela popular norteamericana que tuvo mucho éxito cuando se publicó. Tiene defectos, sí, pero hace pensar, emociona, divierte, y es de las que muchos lectores lamentan terminar.

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jueves, 3 de noviembre de 2011

El bandido adolescente
,
de Ramón J. Sender, es una novela del Oeste algo prolija, un tanto amarga, pero también con fuerza y momentos épicos propios del género.

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viernes, 22 de enero de 2010

Si En lugar seguro, del norteamericano Wallace Stegner, me pareció excelente, mejor impresión aún me ha dejado Ángulo de reposo, una novela más ambiciosa y poderosa.

Un historiador llamado Lyman Ward, ya retirado e inválido, investiga la vida de sus abuelos Oliver y Susan Ward, una pareja de alta sociedad del Este que, al casarse, se trasladaron al Oeste. Se basa, sobre todo, en los documentos que conserva de su abuela, una conocida escritora e ilustradora de la segunda mitad del siglo XIX: a partir de sus cartas, relatos y dibujos reconstruye cómo fueron su vida y la de su marido, un ingeniero de minas que desarrolló diversos proyectos en lugares variados, unos con éxito y otros sin él. De paso, al presentar sus actuales circunstancias, vamos conociendo parcialmente las vidas de las tres generaciones siguientes, la del padre del narrador, la del mismo narrador y la de su hijo.

El narrador presenta su trabajo como un intento de biografiar con honradez a una mujer excepcional, Susan Ward —la única de la que hay testimonios personales—, y de comprenderla bien a ella y a su mundo: «me gustaría oír tu vida como tú la oyes —le dice dirigiéndose a un cuadro suyo—, acercándose a ti, en vez de oírla como yo la oigo, un sonido austero de expectativas reducidas, deseos mitigados, esperanzas postergadas o abandonadas, oportunidades perdidas, derrotas aceptadas, agravios sufridos». En otro momento afirma que desea comprender la vida del matrimonio Ward, con sus muchos años felices y sus años de desunión, hasta el «ángulo de reposo» en que él ya los conoció: este planteamiento propicia contrastes entre los comportamientos de antes y los de gente como el hijo del narrador o la chica que lo cuida, personas que piensan en el matrimonio y la familia como instituciones extinguiéndose, gente que «como el comandante en Vietnam lamentará mucho tener que destruir nuestra aldea para salvarla».

También tiene intensidad la componente que cabría llamar aventurera: en este sentido estamos ante una gran novela del Oeste, realista en su presentación del esfuerzo de algunas personas para enfrentarse a una nueva realidad y para construir un mundo civilizado tal como ellos lo entendían. El narrador tiene mucho interés en señalar que tanto Oliver Ward como algunos que trabajaban con él «no participaban en ninguna carrera por la riqueza» y «atribuirles el motivo del dinero es degradarlos»; sí, continúa, «supongo que estaban equivocados —toda su civilización estaba equivocada— pero eran la antítesis de la mezquindad y de la codicia». Es formidable la personalidad de Oliver Ward, un visionario cuyos planes fueron certeros pero prematuros, un hombre cuyo «reloj tenía puesta la hora de los pioneros».

Wallace Stegner. Ángulo de reposo (Angle of repose, 1971). Barcelona: Libros del Asteroide, 2009; 712 pp.; trad. de Fernando González; ISBN: 978-84-92663-08-8. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 24 de septiembre de 2009

A mí también me ha gustado Warlock, una novela del Oeste de Oakley Hall. Su argumento es difícil de resumir pues, aunque todo esté centrado en lo que pasa en una ciudad durante más o menos un año, es una historia con muchos actores cuyas personalidades van revelándose progresivamente y en la que tienen cabida también las distintas interpretaciones que la gente da sobre los hechos.

Debido a las trifulcas que, sobre todo, causa la cuadrilla del rancho San Pablo con su jefe Abe McQuown a la cabeza, el Comité de Ciudadanos de Warlock nombra comisario a un reconocido pistolero llamado Clay Blaisedell. Con él viene su amigo Morgan, que monta un local de juego. A partir de ese momento, la novela se ramificará: se producirán enfrentamientos entre Blaisedell y Morgan con McQuown y sus hombres, llegará una mujer con la intención de vengarse de Blaisedell, irá en aumento el descontento de los mineros con el apoyo del doctor Wagner y de la señorita Jessie, irán cogiendo cada vez más protagonismo los ayudantes del sheriff Carl Schroeder y, sobre todo, John Gannon, antiguo cuatrero a las órdenes de McQuown y hermano mayor de otro de sus pistoleros.

Algunos capítulos se presentan como el diario de un ciudadano de Warlock y tienen claros acentos shakespearianos: «El mundo es un lugar horrible, absurdo, brutal, cruel e implacablemente indinado a la destrucción del alma de los hombres», dirá; o, en otro momento: «¿Acaso no es la historia del mundo sino una narración de violencia y muerte tallada en piedra?». Pero la mayoría de la narración está en tercera persona, con diálogos sobrios, comentarios de unos personajes sobre otros, y un foco especial sobre Gannon, un tipo arrepentido de acciones del pasado y, también por eso, dispuesto a no engañarse más a sí mismo y a cumplir siempre con su deber: «un ayudante del sheriff que se precie no puede esconderse cuando hay problemas».

Oakley Hall. Warlock (1958). Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2009; 687 pp.; col. Serie Narrativa; trad. de Benito Gómez Ibáñez; introd. de Robert Stone; ISBN: 978-84-672-3494-7 (Círculo de Lectores) , 978-84-8109-802-2 (Galaxia Gutenberg).

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miércoles, 19 de agosto de 2009

Una estupenda novela del Oeste cuyo protagonista es un joven indio cheyén: El cazador de caballos, de Mari Sandoz. Su interés también está en su singularidad.

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