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Notas del archivo 'Aventuras fantásticas juveniles' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 17 de junio de 2016

El capitán Miguel y Juan el Navegante, de Martín Casariego, comienza, como dije ayer, con una pesadilla de Juan, el hermano menor de Miguel, y con que su padre le cuenta un relato que se inicia en 1538, en Francia. Después de una escaramuza contra unos franceses, el capitán Miguel es capturado y encarcelado en la Torre de la Mala Muerte: el conde De Grasse desea que confiese que una cicatriz que tiene en su pierna es, en realidad, el mapa de un tesoro en el Nuevo Mundo. Después de unos meses de encierro logra salir gracias a su hermano Juan, piloto, a quien no conocía. Viaja con él a América en su barco y se entera de muchas cosas de su propio pasado y de cómo fue posible su liberación. Todo se dirige hacia el momento en el que ambos hermanos se ven involucrados en una demencial expedición para encontrar El Dorado, que tendrá dos momentos culminantes: una batalla cruel entre los europeos y unos feroces guerreros mayas enmascarados de jaguares y de águilas, y luego un juego de pelota entre varios equipos con sus vidas en juego. E, igual que en la novela previa, no falta un elemento de fantasía mágica: los poderes ocultos que tiene un brujo maya.

Esta novela tiene mucha más información que la primera. Por un lado, de cuestiones relacionadas con la navegación, de utensilios y armamentos de toda clase, de todos los productos que los descubridores trajeron de o llevaron a América, etc. Por otro, de los deseos de riquezas, de poder y de gloria, que movían a muchos; y, aunque poco, pues al oyente son temas que le parecen un poco rollo, de las discusiones acerca del modo de tratar a los indios: «en el siglo XXI se habla constantemente de los derechos humanos, y pocos saben que su origen podría situarse allí, en Salamanca, en España, en el siglo XVI…», le dice su padre a Juan. Luego, abundan los datos acerca de las costumbres, profecías y creencias de los aztecas y los mayas, desde su sabiduría como astrónomos hasta la crueldad inhumana de sus sacrificios.

Las figuras heroicas de los dos hermanos, el capitán Miguel y Juan el Navegante, se siguen acentuando igual que se hacía en la primera novela, tanto con sus acciones de combate, como al dar a conocer sus pensamientos nobles, y con las descripciones irónico-serias de su porte —«grave la expresión, dura la mirada, presta la espada»—. Cobra más importancia la figura del escudero del capitán Miguel, Benito Boniato, de quien se subraya mucho, tal vez demasiado, su condición de «alma de cántaro» y cuya forma de hablar repetitiva y palurda es graciosa pero también muy de antiguo relato de cómic. En este género de aventuras ingenuas e imposibles, a lo Capitán Trueno podríamos decir, se podrían colocar también algunas escenas y pasos del argumento.

Martin Casariego Córdoba. El capitán Miguel y Juan el Navegante (2016). Madrid: Anaya, 2016; 318 pp.; ISBN: 978-84-698-0837-5. [
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CasariegoCapMiguel.jpg
jueves, 16 de junio de 2016

Igual que ayer, comienzo indicando mis prejuicios. No me suelen gustar las mezclas de géneros y, entre las novelas que las intentan, me suelen defraudar más aún las que son más o menos históricas y tienen seres fantasiosos por medio. Menos aún me atraen aquellas novelas de fantasía en las que los protagonistas rezan invocando a Dios en mundos en los que nadie sabe bien —y el autor muchas veces se ve que tampoco— en qué consiste lo verdaderamente sobrenatural, o en los que lo verdaderamente sobrenatural, exista o no, se presenta en el mismo plano que las invenciones imaginativas, y en ese caso ya casi da igual que estén bien traídas o que sean peregrinas.

A pesar de lo anterior, me han parecido excelentes El capitán Miguel y el misterio de la daga milanesa y su continuación, El capitán Miguel y Juan el navegante, de Martín Casariego. Ambas tienen igual estructura: se inician cuando Miguel, de doce años, en el primer libro, y su hermano pequeño Juan, en el segundo, tienen una pesadilla y acuden a su padre, que les cuenta esos relatos en varias noches sucesivas. Luego, las dos narraciones se interrumpen unas pocas veces debido a preguntas o exclamaciones de los oyentes, las cuáles le sirven a su padre para explicarles algunas expresiones o cosas que no han comprendido: es un buen recurso, tanto para adelantarse a las pegas que podría poner el lector; como para darle al relato más viveza; como para distinguir, a veces, entre invenciones y hechos históricos; y, también, para que los oyentes o  los lectores caigan en la cuenta de aspectos de interés.

En la primera novela, se cuentan aventuras del capitán Miguel, un joven de 18 años, que se sitúan en el pueblo castellano de Piedra de los Caballeros, el año 1537. Alguien dirá que él «fue quien, arriesgando su vida y bajo una lluvia de flechas y arcabuzazos, retiró a Garcilaso de la Vega, malherido en la fortaleza de Le Muy. A eso debe su capitanía, además de a muchas otras heroicidades». Miguel está enamorado de Rosalba, la hija del señor de Monroy, con quien comparte la afición por el ajedrez y con quien intercambia libros. El enigma que habrá de resolver es que varios chicos de catorce años han muerto atacados, de noche, se supone que por un lobo. Encontrará una daga milanesa que le llevará hacia su rival, el misterioso don Esteban de Hambrán, un hombre que se marchó tiempo atrás y regresó recientemente, con una L marcada en la mejilla izquierda.

Son excelentes la narración y la ambientación histórica. El narrador acentúa continuamente la condición heroica de su protagonista con referencias a los contenidos de sus lecturas —se afirma que el cinismo de Maquiavelo indigna a «alguien tan joven y caballeroso como el capitán Miguel»— y a formas expresivas cuya repetición, en esta y en la siguiente novela, tiene un punto de ironía y otro de conexión con héroes de aventuras folletinescas —«avanzaba el capitán por la calle solitaria a buen paso, erguida la espalda, dulce la mirada, el gesto gallardo, presta la espada»—.

Un ejemplo de algo que indico más arriba se da cuando el padre de Miguel hace aparecer en su relato a san Miguel Arcángel, a quien el capitán invoca siempre antes de entrar en combate, y entonces su hijo salta:
«—¿Ahora aparece un arcángel?
—En efecto —dijo su padre—. ¿Estás dispuesto a aceptar que haya hombres que se transforman en lobos, pero no que aparezca un arcángel? Curiosos tiempos, estos que vivimos.
Miguel calló, sin saber qué responder».

En otro momento también le hará ver que «un relato tiene sus propias reglas internas, que pueden crear otra realidad, y mientras esas reglas no se traicionen, es coherente. ¿Entiendes? Miguel reflexionó unos segundos. —Creo que sí. Venga, sigue».

Martín Casariego Córdoba. El capitán Miguel y el misterio de la daga milanesa (2015). Madrid: Anaya, 2015; 205 pp.; ISBN: 978-84-678-7144-9. [
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jueves, 7 de mayo de 2015

El desván de Tesla,
una novela firmada por Neal Shusterman y Eric Elfman al alimón, es entretenida y está bien armada. Aunque, sin duda, el lenguaje podría ser mejor, los personajes parecen estar pensados para una película o una serie televisiva y, sobre todo, algunos gastadísimos clichés sobran.

Nick, 14 años, comienza su relato explicando su llegada a Colorado Springs, desde Florida, junto con su padre y su hermano pequeño Danny. El origen del traslado está en que su madre falleció en un incendio y el motivo es que allí tienen una casa vieja que fue de su abuela. Pero, al instalarse y limpiar la casa, lo primero que ocurre es que una tostadora que había en el desván le golpea la cabeza. Luego, cuando deciden montar un mercadillo con todos los objetos antiguos que había en el desván, descubren con sorpresa que muchos vecinos se acercan a comprar las cosas con tanto entusiasmo que incluso les pagan más de los precios que habían fijado. A todo esto, Nick conoce a quienes serán compañeros de clase y amigos: una chica con ínfulas de artista moderna llamada Caitlin, un chico muy hablador llamado Mitch, y un tipo bastante friki llamado Vince. Pronto descubren que los objetos del desván tienen extrañas capacidades y que todos ellos fueron inventos de Nikola Tesla

Hasta este punto del relato, todo es singular, pues los inventos son chispeantes y provocan situaciones muy cómicas, hay escenas escolares realmente divertidas (aunque no faltarán algunas de comedieta adolescente tonta), no faltan buenos momentos que cabría llamar de sátira social —la anciana de la casa de al lado de Nick llevaba un jersey de punto que decía YO QUIERO A MI PERRITO, y su perrito llevaba otro jersey a juego que decía YO QUIERO A MI DUEÑA—, y hay también toques narrativos dignos de Terry Pratchett o Douglas Adams —«el cielo se desfogó con aquella clase de rabia psicótica que invita a ciertos individuos a construirse un arca»—. El narrador también juzga la conducta de algunos y nos hace ver qué comportamientos considera correctos: de un compañero de los héroes dice que «no era tonto, solo deplorablemente mediocre, lo cual podría no estar tan mal si él no estuviera siempre tan orgulloso de sí mismo».

Todo se estropea bastante cuando, a mitad de la historia, entra en juego la típica sociedad secreta: los Accelerati, una organización formada por seguidores de Edison y antagonistas de Tesla. Según un personaje, «Tesla tenía lo que le faltaba a Edison: ese nivel más elevado del genio trascendental. Era el científico que podría haber convertido en realidad todos los sueños de Edison. Los Accelerati siempre intentaron echar las manos a sus inventos secretos, pero nunca lo lograron». Bien, además, las dimensiones de lo que sucede también cambian: a partir de un partido de béisbol en el que participa Danny con un guante mágico de Tesla, empiezan las amenazas cósmicas. Lógicamente, como todo debe continuar en las entregas posteriores de la serie, el lector ya sabe que la humanidad logrará salvarse en el último momento —y pensará que si todo empezó con un guante de béisbol cómo unos héroes tan listos pueden tardar tanto en darse cuenta de que todo se ha de arreglar gracias a un bate—.

Neal Shusterman y Eric Elfman. El desván de Tesla (Tesla's Attic, 2014). Madrid: Anaya, 2015; 296 pp.; col. Literatura Juvenil; trad. de Adolfo Muñoz; ISBN: 978-8467861631. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 22 de octubre de 2014

El galáctico, pirático y alienígena viaje de mi padre, de Neil Gaiman, comienza cuando la madre se marcha a un congreso y el padre se queda sólo con los dos hijos. El primer conflicto surge cuando se quedan sin leche con la que acompañar los cereales del desayuno. El padre sale a por ella pero tarda muchísimo en volver. Cuando por fin regresa les cuenta a su hija y a su hijo, que es el narrador de la historia, todo lo que le sucedió: unos tipos verdes y un poco globosos que venían en una especie de platillo volante le capturaron cuando ya volvía con la leche y, a partir de ahí, se multiplicaron los seres de toda clase —piratas, un stegosaurus, ponis, fampiros, policías galácticos…— que lo llevaron de un lado a otro en un alucinante viaje a través del tiempo. De vez en cuando los niños interrumpen su narración cuando algo no encaja muy bien…

Relato alocado, todo un alarde del dominio narrativo y del género que Gaiman tiene. Hay que haberse tomado muy en serio las historias de aventuras y de fantasía en el pasado para construir una parodia tan frenética donde todo encaja y suena de modo cordial. No dudo de que pueda gustar a muchos niños pero creo que, sobre todo, hace disfrutar a quien capta los guiños a tantas novelas y series televisivas previas. El narrador es eficaz: cuando se padre toma la palabra le deja que hable todo el tiempo sin hacer comentarios, como capturado por el relato, aunque interviene alguna ocasión, igual que su hermana. Las ilustraciones, que son dibujos sueltos, tienen gran protagonismo pues ponen «cara y ojos» a los personajes tan curiosos que desfilan por la historia. También la tipografía cambia de vez en cuando, según quién habla o si conviene para subrayar algo.

Neil Gaiman. El galáctico, pirático y alienígena viaje de mi padre (Fortunately, the Milk, 2013). Barcelona: Rocaeditorial, 2014; 101 pp.; trad. de Mónica Faerna; ilust. de Skottie Young; ISBN: 978-84-9918-814-0. [
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jueves, 11 de septiembre de 2014

Goblins, de Philip Reeve, es un relato de fantasía divertido y con unos personajes y un argumento bien construidos. Al principio se nos describen los escenarios: Tierras de Poniente, vetusta fortaleza de Rocahendida compuesta por un gran Torreón negro y siete torres de menor tamaño alrededor (Puntanegra, la más alta, Gorrarroja, Palestra, Malacara, Palique, Puntaumbría, Gruñidera). El protagonista principal es Skarper, un goblin de Puntanegra que, cuando empieza la historia, está cayendo desde lo alto de su torre porque ha sido arrojado de allí con una «lanzapulta». Según cae recuerda por qué ha ocurrido eso y entonces nos enteramos de que es un goblin algo especial, que ha aprendido a leer, que no es tan animal como sus colegas, etc. Más adelante conoce a un chico llamado Henwyn, un quesero de Adherak, que quiere ser un héroe, a una princesa ya un poco mayor que vive con un gigante y a tres magos menores que componen el llamado Cónclave Cibelino. Bien, además resulta que Skarper tiene un mapa que conduce al tesoro de que había acumulado en el Torreón su antiguo rey Lord Morgue.

El tono irónico es continuo, hay buenas descripciones, son muchas las escenas graciosas, los diálogos son ingeniosos, y abundan los seres raros —pues todo sucede cuando se han dado una serie de circunstancias que hacen que resurjan seres primigenios—. Una parte del relato ironiza con los deseos heroicos de Henwyn: «Los héroes de los cuentos nunca tenían tantos problemas para rescatar a la gente. ¿Cómo se supone que iba a matar a los monstruos, si los monstruos no le dejaban siquiera acercarse a ellos?». Otra parte, la más conseguida, tiene que ver con el carácter de Skarper, falso y tramposo como el de todos los goblins, pero cambiando a mejor cuando sus nuevos compañeros le tratan con amablidad; así, cuando un goblin pide clemencia durante un combate, Skarper interviene para decirle a Henwyn que no le haga caso, «¡no puedes creer nada de lo que te diga un goblin! Bueno, menos esto que te estoy diciendo, claro…».

Tampoco faltan consideraciones de más calado, sobre todo la de que un poder enorme puede corromper a cualquiera, pero hechas con el tono de broma que va bien con el relato. Por ejemplo, en un momento de su aventura, Henwyn «se preguntó qué pudo haber ocurrido para que un hombre [como Lord Morgue] hubiera acabado abrazando las fuerzas del mal. Fue entonces cuando la vocecita de su conciencia le susurró: “Tal vez empezara igual que tú: actuando a espaldas de sus amigos, guardando secretos en su propio beneficio…”
—Tienes razón conciencia —dijo Henwyn en voz alta».
Y cuando piensa en que Skarper no parece plantearse problemas así, también se le ocurre que, «al fin y al cabo, Skarper era un goblin; Henwyn no podía esperar que supiera distinguir entre el bien el mal. Pero él era un quesero de Adherak, y los queseros sí conocen bien esa distinción».

Philip Reeve. Goblins (2012). Madrid: Anaya, 2014; 255 pp.; trad. de Jaime Valero Martínez; ISBN: 978-84-678-6114-3. [Vista del libro en amazon.es]


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jueves, 20 de febrero de 2014

Otra serie muy amena de Emily Rodda —armada y escrita con gran profesionalidad pero sin unas portadas animantes...—, esta vez pensada para los entusiastas de las aventuras fantásticas, es Deltora. Está compuesta por ocho novelas que conviene leer por orden: Los bosques del silencio, El lago de las lágrimas, La ciudad de las ratas, Arenas movedizas, El Monte Terrible, El laberinto de la bestia, El Valle de los Perdidos, Regreso a Del.

Al principio se cuenta la historia de Deltora, un antiguo reino del que ha terminado apoderándose el Señor de las Sombras, y se presentan los héroes que han de hacer frente a los desafíos que se avecinan. El principal es Lief, el hijo de un herrero que había sido el mejor amigo del depuesto rey. A él, cuando cumple 16 años, sus padres lo envían a cumplir una misión: recuperar las gemas perdidas del Cinturón de Deltora, oculta cada una en un lugar amenazador, y necesarias todas para poder reponer en el trono al heredero legítimo, actualmente oculto. Esas gemas son: el topacio, símbolo de la fe; el rubí, de la felicidad; el ópalo, de la esperanza; el lapislázuli, un poderoso talismán; la esmeralda, del honor; la amatista, de la verdad; el diamante, de la fortaleza. Cada una tiene un poder especial que los héroes irán descubriendo aunque, al final, verán que hay otras cosas tan o más necesarias que las gemas. Con Lief viaja Barda, a quien él consideraba un mendigo pero que, en realidad, es un antiguo guarda real. Y, en su primer viaje, se les une una chica con unas dotes particulares para la comprensión de la naturaleza, Jasmine, junto con dos animales que la siguen: el cuervo Kree y un animalillo peludo llamado Filli.

Las novelas se dividen en capítulos cortos y todas están estructuradas del mismo modo: un viaje a unos extraños lugares, varios encuentros con amigos y enemigos, y un enfrentamiento final de todos, pero especialmente de Lief, con un ser horrible. Cualquier conocedor de cuentos populares, y de obras como El hobbit o El Señor de los anillos, reconocerá enseguida elementos familiares, bien en algún paso argumental bien en las singulares criaturas que aparecen. Como sucede con otras novelas de la escritora, también en estas los personajes crecen, se confunden, han de rectificar o ceder, y han de aprender a comprenderse unos a otros mejor. No faltan los acertijos, o los mensajes o sueños confusos, que han de resolver e interpretar: también una especialidad de la autora. El desenlace tiene varios giros consecutivos que sorprenderán a una mayoría de lectores. Tal vez ocho novelas resulten excesivas —al menos eso pensaba yo mientras las iba leyendo aunque, al final, también eso tiene sentido—, pero, sea como sea, el conjunto es toda una lección de técnica constructiva y narrativa.

Emily Rodda. DELTORA (Deltora Quest, 2000). Son ocho novelas: Los bosques del silencio (The Forest of Silence, 2000), El lago de las lágrimas (The Lake of Tears, 2000), La ciudad de las ratas (City of the Rats, 2000), Las arenas movedizas (The Shifting Sands, 2000), El Monte Terrible (Dread Mountain, 2000), El laberinto de la bestia (The Maze of the Beast, 2000), El Valle de los Perdidos (The Valley of the Lost, 2000), Regreso a Del (Return to Del, 2000). Barcelona: Círculo de Lectores, 2003, 2003, 2004, 2004, 2004, 2005, 2005, 2005; 140, 140, 138, 144, 137, 144, 138 y 138 pp.; ilust. de la autora; trad. de Albert Solé; ISBN: 84-672-0274-2, 84-672-0275-0, 84-672-0463-X, 84-672-0464-8, 84-672-0846-5, 84-672-0847-3, 84-672-1181-4, 84-672-1182-2.

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jueves, 26 de enero de 2012

El gigante bajo la nieve,
de John Gordon, es una novela de fantasía de 1968 acerca de la magia poderosa que se oculta en unos antiguos objetos de origen celta.

En una excursión colegial a un bosque, Jonquil Winters encuentra una rara hebilla y es atacada por un perro grande, pero es rescatada por una mujer, Elizabeth Goodenough, que tiene poderes extraordinarios. Cuando, de regreso en la ciudad, a Jonk la sigue acosando el perro y un tipo extraño, su amigo Bill recuerda una vieja leyenda sobre un Hombre Verde. Jonk y Bill intentan averiguar más cosas junto con su escéptico amigo Arf. Al final se ven envueltos en una pelea cósmica (es algo que suele ocurrir cuando uno tropieza con algo céltico, viene bien saberlo), en la que los tres amigos intervienen con acierto gracias también a unas mochilitas superprácticas con las que pueden volar.

La novela tiene tensión y está bien contada. Todo se desencadena rápido, antes de que los personajes estén bien dibujados, por lo que no son (o a mí no me han resultado) cercanos y atractivos. Lo interesante de la historia es que, aunque sea posterior a obras como La piedra de Brisingamen o la serie Los seis signos de la luz, puede considerarse que fue de las que contribuyó a expandir el género. Según parece, la edición actual fue revisada en 2006 para incluir algunas cosas más y actualizar algo el vocabulario.

John Gordon. El gigante bajo la nieve (The Giant Under the Snow, 1968). Barcelona: Bambú, 2011; 231 pp.; col. Exit Record; trad .de Roser Vilagrassa; ISBN: 978-84-8343-146-7.

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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Dos libros de aventuras fantásticas que leí en verano y que me dejaron buena impresión.

Con acentos de literatura infantil, El último vuelo del Ave Fénix, de Julio César Romano, un relato amable y bien contado. Su argumento es que, junto a un aprendiz de herrero llega un pájaro extraño, con un plumaje de púrpura y oro, que le pide que le siga; el chico lo hace y salva nada menos que a una princesa de morir ahogada; luego la sigue a su castillo y allí, con ayuda del ave fénix, deshacen una intriga.

Con acentos más juveniles, Geografía humana en tierras imaginadas, de Rocío de Juan, varios relatos cortos, e incluso cortitos, construidos con inteligencia y bien escritos, que tienen los acentos propios de las aventuras fantásticas pero cuyo fondo y guiños irónicos apuntan hacia lectores mayores.

Julio César Romano. El último vuelo del Ave Fénix (2011). Madrid: San Pablo, 2011; 112 pp.; col. La Brújula; ilust. de Josep Rodés; ISBN: 978-84-285-3751-3.
Rocío de Juan. Geografía humana en tierras imaginadas (2011). Éditions equi-librio en formato bilingüe español-francés, 2011; 90 pp.; ISBN: 978-2-918048-10-7.

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miércoles, 25 de agosto de 2010

Los personajes de la medianoche
y su secuela, La caja de las delicias, de John Masefield, son unos antiguos relatos de fantasía ingleses, muy valorados por su buen lenguaje y por unos argumentos inquietantes que abrieron camino a otros parecidos. Vale la pena conocerlos por eso, aunque su artificiosidad y la falta de convicción del autor en el poder de sus historias se notan mucho. A la derecha, cubierta de una edición inglesa reciente que no conozco y que, por lo que veo, viene con ilustraciones de Quentin Blake.

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miércoles, 15 de julio de 2009

De los relatos de fantasía de Joan Manuel Gisbert que he leído, todos de buen nivel, sigo recomendando más que cualquier otro sus primeras novelas de aventuras fantásticas, Escenarios fantásticos y El misterio de la isla de Tökland, pues aún recuerdo cuando los leí y cómo me fascinaron por su originalidad.

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jueves, 10 de mayo de 2007

Subiendo un poco la edad respecto al libro de ayer, otro de aventuras fantásticas escrito en castellano es Transparente, de Ibán Roca. Es un relato con muchos préstamos de obras del género cuyo protagonista es un chico que ha de aprender a bandearse con los personajes tan singulares que aparecen en sus sueños y que cobran vida real. Quizá le sobra un punto de arbitrariedad y le falta otro de claridad argumental, pero el autor demuestra dotes narrativas, talento imaginativo y una sobresaliente capacidad para nombrar en español los lugares y los seres del mundo imaginativo que crea (por eso no me acaba de sonar bien un protagonista y un entorno californianos).

Ibán Roca. Transparente y la torre del destino (2005). Barcelona: RBA, 2005; 267 pp.; col. Samarkanda; ISBN: 84-7871-434-0.

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miércoles, 15 de noviembre de 2006

Un autor de aventuras fantásticas destacado en el mundo anglosajón es Alan Garner. Por eso, en su momento leí La piedra fantástica de Brisingamen, su única novela publicada en España,  su primera incursión en el género con una trama sobre dos niños que, de vacaciones, acaban involucrados en una lucha entre poderes mágicos. Sus méritos son que su lenguaje tiene calidad, que algunas escenas como la huida de los niños por misteriosos túneles tienen fuerza, y que es el primer libro infantil en la estela que, cinco años antes, acababa de abrir El Señor de los anillos. Sus defectos, que los protagonistas son planos, y que la trama mágica es excesiva y muy arraigada en tradiciones locales. Como no me acabó de convencer pero seguía leyendo elogios de los críticos ingleses, hace poco volví a leerla pero mi juicio siguió siendo el mismo. Y quedo a la espera de que se traduzcan y publiquen en España las obras posteriores del autor.

Alan Garner. La piedra fantástica de Brisingamen (The Weirdstone of Brisingamen, 1960). Madrid: Alfaguara, 1990; 254 pp.; col. Juvenil Alfaguara; trad. de Marta Sansigre; ISBN: 84-204-4677-7.

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miércoles, 26 de julio de 2006

He recibido quejas quejosas de mis críticas a las novelas de aventuras fantásticas.

Unas dicen que yo no sería capaz de escribir nada semejante: es cierto, pero, como afirma el ya citado Reich-Ranicki, ni un ornitólogo sabe volar ni un pájaro sabe ornitología. Otras indican que si un libro lo leen millones de lectores algo tendrá, argumento cuya inconsistencia se ve con tal de que se aplique hasta el final en no pocas cosas. Y otras, por último, piensan que desprecio ese tipo de libros cuando es justo al contrario: cuando uno critica algo con fuerza es porque le interesa mucho y no porque lo desprecie.

En el otro lado están quienes opinan que dedico demasiado espacio a las aventuras fantásticas y argumentan que no son más que una moda. Es cierto, lo son, como, después del éxito de El mundo de Sofía, lo fueron los libros de conocimientos disfrazados de novelas. Más aún: son una moda que dejará tras de sí pocos productos perdurables pues la fantasía es el género literario que pide más trabajo y más categoría por parte de su autor, como Tolkien explicó teóricamente y mostró prácticamente (y como se puede demostrar ya con la experiencia que tenemos). Pero si no hablas de las cosas cuando están de moda quizá no lo hagas ya nunca.

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jueves, 1 de junio de 2006

De Nancy Farmer, una premiada escritora norteamericana que publica largas historias, algo laboriosas pero claras y bien entretejidas, acabo de leer El mar de los trolls.

Es un relato fantástico en el que Jack, un chico de doce años, adiestrado por un bardo inteligente, debe cumplir una misión complicada entre seres muy singulares y otros no tanto, como la doncella guerrera que, en una ficción juvenil norteamericana, no puede faltar.

Una objeción: en el apéndice se dice que «la destrucción de la Isla Sagrada de Lindisfarne el 8 de junio del 793 horrorizó a los anglosajones del mismo modo que el 11 de septiembre horrorizó a los americanos», un comentario hábil para enganchar a ciertos lectores pero en mi opinión nada certero.

Otra: el sabio Bardo transmite a Jack que las distintas religiones son todas parecidas, aunque a la vez le deja claro que conectarse y fusionarse con la «energía vital» es la religión básica. Dejando de lado (aunque sea mucho dejar) que tampoco aquí parece haber una verdadera comprensión de la cuestión, el hecho de que se presenten algunas creencias cristianas como absurdas, según muestra el comportamiento rígido-fanático-estúpido del padre de Jack, es poco limpio, por decirlo suavemente.

Nancy Farmer. El mar de los trolls (The Sea of Trolls, 2004). Barcelona: Destino, 2006; 476 pp.; col. La isla del tiempo; trad. de Gemma Gallart; ISBN: 84-08-06077-5.

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miércoles, 31 de mayo de 2006

Ana y la Sibila
,
de Antonio Sánchez Escalonilla, es un relato cinematográfico en su confección, demasiado para mi gusto, pero de una riqueza de contenidos inusual entre los libros de aventuras fantásticas, lo que le hace un buen libro puente hacia el conocimiento del mundo antiguo.

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miércoles, 26 de abril de 2006

De Laura Gallego me pareció prometedora Finis Mundi, una notable novela teniendo en cuenta la edad de su autora, aunque la Edad Media mágica que pinta no me gusta pues no encaja nada con mis conocimientos históricos de la época. De sus relatos posteriores me gustó La leyenda del Rey Errante, a pesar de que los acentos a lo Paulo Coehlo me suelen echar hacia atrás. Y, como ya he comentado, me parece que con las Memorias de Idhún, a pesar de su elogiable ambición, se ha quedado por debajo de sus posibilidades.

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miércoles, 15 de febrero de 2006

Al menos en su origen, entre las series de aventuras fantásticas las hay netamente infantiles y otras claramente juveniles. Las primeras vienen a ser como películas de dibujos animados, algo que no importa mucho con tal de que todo esté bien escrito y más o menos bien resuelto. En las segundas es donde se aprecia más la factura que pasa la prisa: abundan las faltas de rigor y las simplificaciones abusivas, la estructura narrativa es poco sólida, con frecuencia se afirman estupideces con aires solemnes, en algunos casos también se recurre al tironcillo erótico.

Se aprecia que hay autores sin la necesaria preparación —literaria, intelectual y vital—, para dar solidez a los mundos interiores de sus personajes, o para que las consideraciones morales propias de situaciones extremas tengan un mínimo de coherencia.

Se ve que se intenta dejar claro que los héroes se juegan cosas importantes. Eso da solemnidad al lenguaje y conduce a los escritores a convertir los relatos en libros de autoayuda untuosa. Así, abundan los mensajes tipo «déjate guiar por el corazón», «debes encontrar el camino invisible», etc. (Aquí resuena El principito: «lo esencial es invisible a los ojos»... Pero se ve que no hay claridad mental en quien lo dice y en quien lo escribe. Yo al menos recuerdo muchas veces aquello del tipo que decía «no sé qué quiero decir pero quiero decirlo pese a todo».)

Es patente la búsqueda de la conexión con los éxitos del momento o, si se quiere, con todo ese público que ha consumido antes triunfos novelísticos como El nombre de la rosa, Los pilares de la tierra, El código Da Vinci... Así, abundan las sociedades secretas, los enigmas ocultos, los enemigos fantoches, etc.

En fin, no es extraño que algunos lectores jóvenes se sientan insultados y reaccionen con desprecio cuando alguien va y les regala un libro de estos y les dice que son literatura juvenil.

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miércoles, 8 de febrero de 2006

Algunas condiciones formales de la confección de muchas aventuras fantásticas de hoy son:

—Sentido narrativo. Se trata de darle a la trama una estructura que se apoya en personajes con gancho, y luego llevar a buen paso al lector y no perderlo, no dejarle pensar mucho pero a la vez ser claro.

—Alarde imaginativo. El reto es inventarse paisajes y seres singulares, y describirlos luego hasta en sus más mínimos detalles. Es como si los autores quisieran demostrar que son capaces de hacer más o menos creíbles los seres y lugares más asombrosos. Eso sí, como no hay forma de mantener esto, llega un momento en que sólo se puede recurrir al adjetivo más común: era un paisaje bellísimo, por ejemplo, y que cada uno imagine lo que pueda.

—Sentimientos en conflicto. Con frecuencia son confusos y los choques no están bien resueltos, aunque cualquiera reconozca que no hay experiencia que sirva para orientarse en medio de continuas situaciones-límite tan extravagantes.

—Construcción cinematográfica. Es necesario conectar con el lector joven (y no perder de vista la futura posible película). Han de abundar los diálogos rápidos y las descripciones visuales. Debe haber peleas espectaculares donde sucederán cosas imposibles que ya los efectos especiales nos mostrarán en toda su riqueza. No han de faltar episodios con el clásico suspense de saber si los héroes llegarán o no a tiempo... (Por eso, entre los escritores de libros infantiles hay cada vez más que son o que fueron guionistas de series de televisión.)

—Extensión. Escribir con prisa significa no tener tiempo para podar y pulir, y eso implica longitud. Las cosas se pueden ver de otro modo también: algunas tareas son una innecesaria pérdida de tiempo cuando uno no aspira a pasar a la historia de la literatura y esta es su ocupación porque de alguna forma hay que ganarse la vida.

—Secuelas. Esto es como una maldición. Autores que podrían escribir buenas novelas se ven atrapados por la espiral en la que han entrado: cumplir plazos o el deseo de triunfar y ganar dinero. Libros que podrían ser buenos están mal terminados y además la historia sigue y sigue, contando con que muchos lectores no leen libros sino personajes.

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martes, 3 de enero de 2006

Un avance informativo sobre algunas aventuras fantásticas que he leído estos días, un tipo de historias en las que el arte ya no está en el libro sino en el marketing.

—Rafael Ábalos, Grímpow. Muy floja. En una estrafalaria Edad Media, el protagonista recibe unos conocimientos especiales y se une a la lucha de una gnóstica sociedad secreta que quiere acabar con «el oscurantismo religioso y fanático» de una Iglesia católica que predica la guerra y persigue a los sabios. Todos los personajes hablan igual. Los acentos, a veces poéticos, son muy artificiales: el negro manto de la noche les cubría, el cielo estaba pigmentado de estrellas, cosas así. Es morosa porque el peso está en las pretenciosas reflexiones que, además, al formularse solemnemente y con aires de gran descubrimiento, suenan ridículas. Los enigmas y acertijos son muchos y todo acaba siendo absurdo. Literariamente resulta incomprensible tanta promoción.

Cornelia Funke, Sangre de tinta. Superflua. Continuación de Corazón de tinta. Mejor hubiera sido una sola y buena novela: la escritora tiene talento y podría...

Laura Gallego, Tríada. Continuación de La resistencia. El entusiasmo de la autora por Paulo Coelho lastra sus obras: sus relatos ganarían sin las frases grandilocuentes y los comentarios enfáticos. Le sobran páginas y tiene defectos de redacción. Además, me resulta difícil creerme, o no soy capaz de comprender bien, los conflictos sentimentales de alguien que resulta ser mitad unicornio-mitad humano, o mitad dragón, o mitad serpiente alada... En fin. No creo que sea la edad.

Christopher Paolini, Eldest. Sólo para los adictos. Continuación de Eragon, tiene sus mismas cualidades y defectos. Abundan las altisonantes frases vacías tipo «encuentra la paz en tu interior y deja que tus acciones fluyan desde allí», aunque las hay más graciosas todavía.

Jonathan StroudEl ojo del Golem. Continuación de El amuleto de Samarkanda. Ambas son las mejores novelas de este grupo pues cuentan con Bartimeo, un personaje que, al menos, uno no se arrepiente de haber conocido. Con todo, y como a todas las anteriores, le sobran varios cientos de páginas (sí, he escrito cientos).

Más adelante hablaré un poco más sobre ellas y sobre otras. Esto es sólo para responder a algunas preguntas y evitar algunas compras tontas por Reyes. Si, con todo, alguien es un adicto al género y tiene curiosidad, mi consejo es que primero las busque y lea en las bibliotecas antes de gastarse dinero.

Y, puestos a invertir horas de lectura, es infinitamente mejor el libro citado, días atrás, de Susanna Clarke.

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miércoles, 19 de octubre de 2005

Si pensamos en que Rastros de tinta es la novela con la que debuta Paul Bajoria, podemos elogiarla. Sigue habiendo demanda para relatos ambientados en el Londres victoriano y narrados por otro joven y entrometido huérfano más, en este caso un ayudante de un impresor que acaba en el centro de un misterioso misterio en el que también se involucra otro huérfano que se parece muchísimo al primero y que también conoce como la palma de su mano los bajos fondos. En este caso los inevitables toques propios de una novela infantil-juvenil escrita hoy –protagonismo femenino, amor a los animales, etc.—, aunque podamos discutir si corresponden a la época, no lastran la historia. Sí lo hace sin embargo la prisa con la que se narra todo. Y es que los autores que deciden volver a la época victoriana, y que podrían escribir buenas historias, deberían darse cuenta de que va contra sus intereses hacer avanzar todo demasiado rápido. Si se fijaran más en los maestros Charles Dickens y Wilkie Collins verían que si contaban las cosas con calma era porque, aunque sabían muy bien que cualquier lector está deseando que lleguen unas coincidencias formidables, sabían igual de bien que no se puede apurar el paso para que se produzcan. En fin, difícil parece que se arregle la cuestión en las secuelas que vienen.

Paul Bajoria. Rastros de tinta (The Printer’s Devil, 2004). Barcelona: Destino, 2005; 318 pp.; col. La isla del tiempo; trad. de Marc Rosich; ISBN 84-08-05931-9.

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martes, 21 de junio de 2005

Un relato de fantasía reciente basado en cuentos populares nórdicos antiguos, del que también se anuncian secuelas, es La colina de los trolls, de Katherine Langrish. Un chico huérfano que vive con sus malvados y brutos tíos se hace amigo de una chica vecina de su edad cuyo padre se ha embarcado, y ambos averiguan que los tíos desean el tesoro de los trols y para eso pretenden regalarles un chico y una chica humanos. Buena parte de los pasos del argumento son muy predecibles, se carga mucho la mano en la mezquindad y estupidez de los malvados así como en el sufrimiento del huérfano maltratado que merece toda la compasión del mundo. A favor tiene la originalidad del escenario y de algunos seres que son menos habituales en esta clase de tramas. Solo para entusiastas, por tanto.

Katherine Langrish. La colina de los trols (Troll fell, 2004). Madrid: Alfaguara, 2004; 279 pp.; col. Alfaguara juvenil; trad. de Amalia Bermejo; ISBN: 84-204-0167-6.

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martes, 5 de abril de 2005

Sobre algunos libros que me han preguntado:

Shadowmancer, de G. P. Taylor: no pasé de la página diez.

Molly Moon, de Georgia Byng: leí el primero y me pareció penosamente flojo, por lo que ya no leí el segundo.

Lionboy, de Zizou Corder: el protagonista resulta simpático y atrae también el interesante don que tiene de poder hablar «felino», pero pronto las aventuras se disparatan y la trama se complejiza de un modo absurdo, algo que se agudiza más aún en el segundo volumen titulado La caza.

Una cuestión de tiempo, de Michael Hoeye: en el primer libro están bien el arranque y la definición del personaje principal aunque resulta muy artificioso el conflicto final; y el segundo librito de la serie, El misterio del desierto, ya no se sostiene.

Se pueden decir más cosas, pero no merece mucho la pena. Son casos ilustrativos de cómo el talento literario que falta se intenta suplir con empuje publicitario y energía comercial.

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lunes, 7 de febrero de 2005

Uno de los libros juveniles estrella de las navidades del año 2004 fue Eragon, de Christopher Paolini, que llegó precedido de un éxito masivo en los EE.UU. En su contra tiene no pocos defectos literarios y de construcción que lo hacen un producto inconsistente y superficial. A su favor juega que su autor lo escribió con sólo quince años y que tiene ritmo y engancha. Sin duda, puede conectar con los sueños de aventura de muchos adolescentes aunque a cualquier lector experto, y esto muchas veces tiene que ver poco con la edad, se le caiga de las manos.

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miércoles, 2 de febrero de 2005

Desde hace dos o tres años está llegando a España la producción de la escritora e ilustradora alemana Cornelia Funke. Después de El jinete del dragón, quizá su mejor libro y que además cuenta con una excelente traducción al castellano, de El señor de los ladrones, menos sólido literariamente pero con más éxito popular, de Igraín la valiente, un libro para un escalón de edad más bajo, igual que la serie de Hugo, se acaba de publicar Corazón de tinta, el mejor después del citado en primer lugar y que lleva más de dos millones de ejemplares vendidos según la publicidad. En esta última novela el narrador indica que, de los libros favoritos de la joven protagonista, Meggie, «ninguno tenía una encuadernación de piel. Mientras leía, Meggie no quería imaginarse que habían despellejado a un ternero o a un cerdo para sus libros. Por fortuna, su padre la comprendía perfectamente. Hacía muchos cientos de años, le había contado cierto día a su hija, los libros muy valiosos se encuadernaban con la piel de terneros nonatos: Charta virginea non nata, un nombre maravilloso para un acto nefando. —Y esos libros —le había dicho su padre— encerraban luego un torrente de palabras inteligentes sobre el amor, la bondad y la compasión». Excelente: una niña educada con esta sensibilidad seguro que rechazará con energía en el futuro cualquier tipo de violencia contra seres humanos nonatos.

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