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Notas del archivo 'Chesterton (libros con artículos, publicados en vida)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 13 de julio de 2013

En los próximos sábados pondré varias notas para completar el plan de reseñar obras de Chesterton.

En su juventud, a Chesterton le causaron gran impresión los artículos del fundador y editor del dominical The Clarion (El Clarín), Robert Blatchford, un hombre influido por William Morris y sus ideas acerca de las sociedades preindustriales donde los trabajadores eran artistas y artesanos. Un libro de Blatchford titulado Merrie England (1893), muy vendido, tuvo mucho peso en la gran admiración de Chesterton por la Edad Media, aparte de confirmar sus simpatías primeras por las ideas socialistas. Pasado el tiempo diría que se hizo socialista porque, cuando era joven, le parecía intolerable no serlo ya que los socialistas parecían ser los únicos que criticaban las desigualdades sociales.

Años después, cuando Robert Blatchford atacó el cristianismo en su periódico y ofreció sus páginas para discutirlo, Chesterton saltó a la palestra para polemizar con él y publicó, en The Clarion, varios artículos en defensa de las ideas cristianas. Fue la primera vez que públicamente confesó sus creencias en doctrinas centrales del cristianismo y, durante los meses que duró el intercambio de golpes dialécticos, muchos empezaron a familiarizarse con la forma de argumentar tan ágil y bienhumorada de Chesterton, que, paso a paso, tomaba las tesis de su oponente, las desplegaba más, y las volvía contra él. Se puede ver fácilmente cómo su manera de argumentar era semejante a la que describía Newman en su autobiografía: «No me resistía a guiar paso a paso a un oponente, en virtud de sus propias opiniones, hasta el borde de algún absurdo intelectual, y dejarle luego solo para que se apañase como mejor pudiera».

Así, cuando Blatchford decía que muchos pueblos tenían mitos paralelos a la Encarnación, le preguntaba Chesterton si no veía la otra cara de su argumento. Es decir, si el Dios de los cristianos se había hecho hombre, ¿no correrían rumores entre todos los demás pueblos, y no habría en ellos incluso perversiones, relacionados con esa venida de Dios a los hombres? Si el centro de nuestra vida fuera un determinado acontecimiento, ¿no habría gente alejada de nosotros que tendría una versión un tanto confusa de ese acontecimiento?

O bien, al asegurar Blatchford que ningún juez inglés aceptaría las evidencias de la resurrección de Jesucristo, Chesterton le hacía notar que, posiblemente, los cristianos no tenían esa «extravagante reverencia por los jueces ingleses que Blatchford parecía tener»; y, más aún, la misma historia del cristianismo les «ha dejado una ligera duda sobre la infalibilidad de los Tribunales de Justicia» .

G. K. Chesterton. The Blatchford Controversies (1905), en The Blatchford Controversies and Other Essays on Religion, edición Kindle, amazon.com, ASIN: B003YMMI3S.
La cita de John Henry Newman está en Apologia por Vita Sua. Historia de mis ideas religiosas (Apologia por Vita Sua: Being a History of his Religious Opinions, 1865), Madrid: Encuentro, 1996.

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sábado, 13 de febrero de 2010

Chesterton
escribió multitud de artículos en distintos periódicos y revistas, y algunos fueron reunidos en libros que se publicaron durante su vida. Dejando aparte los libros de viajes y los relativos a la fe católica, cuyos capítulos fueron antes artículos en prensa, esos libros fueron dieciséis.

Recogían artículos de The Illustrated London News —donde se le impuso la condición de no tratar temas políticos o religiosos, que Chesterton sabía como respetar y al mismo tiempo eludir— los siguientes: All Things Considered, Charlas, Come to Think of It, All is Grist, All I Survey, Avowals and Denials, y As I Was Saying. Contenían artículos del mismo semanario, pero también del The New Witness, otros dos: The Uses of Diversity y Fancies Versus Fads, aunque en este último hay también del London Mercury. Libros con artículos que procedían de The Daily Mail fueron: Enormes minucias, Alarmas y digresiones, A Miscellany of Men, y The Appetite of Tyranny. Además, los artículos de The Defendant se habían publicado en The Speaker, y los de The Utopy of Usurers en el The Daily Herald. A ellos se puede unir Maestro de Ceremonias, donde un amigo de Chesterton reunió una selección de prólogos que había puesto a libros muy variados.

Con la excepción de The Appetite of Tyranny —escrito al calor de la primera Guerra Mundial—, y salvada la singularidad de Maestro de Ceremonias dentro del conjunto, todos los demás son misceláneas donde se contienen textos de distinta clase, por más que algunos tengan una idea-postura que unifica un poco los textos, como The Defendant, The Utopy of Usurers o Fancies versus Fads.

No hay diferencia significativa de opiniones entre los del principio de su vida y los del final: en la dedicatoria inicial de Maestro de Ceremonias, Chesterton señala que los prólogos que contiene ese libro fueron escritos hace años y pide benevolencia para sus defectos y para la superficialidad que haya en ellos en su fondo y en su forma, pero apunta que «me asombra comprobar lo poco que han cambiado mis convicciones fundamentales. Y es porque mi convicción final, que también fue una conversión, no se proponía destruir sino realizar, completar». Sí hay evolución en cuanto que, con artículos posteriores, a veces aclara o desarrolla más algunos argumentos o posturas que otras personas criticaban. También hay más seriedad y acentos más argumentativos en los textos del final de su vida, como el mismo autor explica en la introducción a Come to Think of It. Con el paso del tiempo, aumenta la contundencia de sus comentarios de crítica política o social: en esto parecen haber influido el caso Marconi y el fallecimiento de su hermano, a quien debió sustituir en sus empresas periodísticas. Sin embargo, su atención a grandes asuntos nunca le distrajo de las cosas pequeñas de la vida, las que consideraba más importantes: «siempre me atrajo mucho más el microscopio que el telescopio» («On the Romance of Childhood», All is Grist).

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sábado, 26 de diciembre de 2009

As I Was Saying
reúne treinta y seis artículos de Chesterton publicados en el Illustrated London News entre 1934 y 1935. Dos habían sido recogidos ya en Awowals and Denials con otros títulos: «About Shamelessness» —o el impudor que se presenta como una nueva sensibilidad cuando realmente no es más que una nueva insensibilidad—, y «About Puritanism» —o las consecuencias de perder la religión y conservar la moralidad—, allí se llamaban «On Dialect and Decency» y «On the Fossil of a Fanatic». Otro, «About Voltaire» se publicó más tarde, con el título «The Evil Friendship», en The End of Armistice: Chesterton habla de que a veces parece que la historia está determinada por amistades malvadas, unas que comenzaron y otras que terminaron con una pelea, como la de Pilatos y Herodes en el primer caso y la de Voltaire y Federico de Prusia en el segundo.

Entre los artículos literarios en la misma línea de la tercera parte de Sidelights on New London and Newer York, uno interesante es «About the Past», donde dice que «hay algo muy raro en este sistema de alternancia, blanco y negro como un tablero de ajedrez», en la historia de la literatura, «como si cada hombre odiase a su padre y adorase a su abuelo», y pone como ejemplo que Aldous Huxley es como un retorno a Swift, habla de cierto paralelismo entre la falta de misericordia de Un mundo feliz y la de Los viajes de Gulliver, e indica que «esos que desprecian el sentimentalismo ahora tienen tendencia a hablar como si nadie lo hubiese despreciado antes». Una novedad, a la que dedica «About Widows», es la de los libros de memorias de algunas viudas de literatos célebres: dice que la novedad no está en lo literario sino en el nuevo tipo de viuda, tan distinta de la viuda cómica que popularizara Chaucer; y señala que ese tipo de libros revela una visión de la vida y del arte muy poco natural: parece como si «la biografía no fuera hecha para el hombre sino el hombre para la biografía», un síntoma más de que vivimos en un mundo de publicidad ruidoso pero espiritualmente muerto.

En «About Historians» se pregunta por qué nadie ha escrito una Historia de las Historias de Inglaterra. En «About Modern Girls» habla de la tragedia de una nueva generación a la que se les ha enseñado a odiar a su padre y a su abuelo pero se les dice que deben amar a todos los hombres como hermanos. En «About Royal Weddings» señala cómo las bodas históricas, donde vemos viejas formas de heráldica y de caballería, viejos emblemas del pasado que resurgen con ocasión de un ritual, son un modo más genuino y real de recordar la historia que el modo periodístico, pues cada escudo de armas, cada bandera y cada ritual nos recuerdan que hemos heredado una experiencia viva y compleja y nos previenen de que no hagamos el presente más estrecho que el pasado.

En «About Mad Metaphors» habla de cómo las figuras del lenguaje acaban siendo como fósiles y de la necesidad de evitar el reblandecimiento del cerebro de quienes conservan las metáforas mucho tiempo después de que hayan perdido su significado. En «About Bad Comparisons» (contenido en Correr tras el propio sombrero) señala el error de quienes suponen que una cosa es una extensión de otra o un exceso de otra cuando, en realidad, es otra cosa completamente distinta: así, el autoritarismo, el exceso de autoridad, por ejemplo de un policía, no es exagerar la autoridad sino reducirla a nada.

Entre los artículos que tratan sobre la futura segunda guerra mundial, en «About Loving Germans» se lamenta de que haya gente que admira lo peor y no lo mejor de los demás: cuando alguien elogió a la nueva Alemania «sostuve que yo tenía mucha más simpatía por un soldado que muere por el Kaiser que por un experto trabajando para los Krupps», en especial un experto en gas venenoso. En «About Impenitence», sobre los pacifistas de la época, comenta que los estoicos hablaban de soportar el dolor con paciencia pero no se les ocurría decir que su paciencia impediría que otros les causaran dolor; que los mártires soportaron torturas por sus creencias pero nunca dijeron que no creían en la tortura; en cambio los pacifistas suponen que pueden acabar con un reinado de violencia y orgullo sin hacer nada pero, ¿cree alguien que Hitler o Stalin o Mussolini abandonarán sus planes porque los pacifistas se propongan no interferir con ellos?

G. K. Chesterton. As I Was Saying, 1936.

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sábado, 19 de diciembre de 2009

Avowals and Denials,
libro que recopila treinta y seis artículos de Chesterton escritos los años 1932 y 1933 para el Illustrated London News, deja constancia de su creciente preocupación por la evolución social y política del mundo y por la guerra futura que veía venir con toda claridad.

En varios señala cómo las modas van y vienen en el mundo literario. En «On a Melodrama» dice cómo han vuelto a las tablas, con otro disfraz, el Soliloquio y el Aparte después de un tiempo en el que se proscribieron. En «On the Letter-Bag Novel» reivindica el valor de las novelas construidas a base de cartas, después de que durante la época victoriana se diera gran valor a que las historias fueran breves y brillantes al modo de Stevenson y Kipling: «tanto en el caso de la novela como del drama, la moraleja es que las cosas a menudo se renuevan volviendo a su infancia». En «On Wordsworth» apunta que, aunque se dice que Wordsworth cambió muchas cosas, en realidad cambió muy pocas pues la suya, como tantas, fue una reacción contra la reacción: los jóvenes a menudo piensan que su movimiento está siendo el de ir hacia delante cuando en realidad están dando la vuelta, y es que entre los catorce y los cuarenta un hombre ve una gran marea viniendo y otra yendo y asocia la primera con el futuro y la segunda con el pasado, pero cuando alcanza los cincuenta empieza a darse cuenta de cómo funcionan las mareas.

En «On Man: Heir of all the Ages» comenta las teorías de Christopher Dawson acerca de que hay varios estados en la historia espiritual de la humanidad para ilustrar una verdad olvidada: que un ser humano completo es como un príncipe mirando desde el pináculo de una torre construida por sus padres y no un bobo presuntuoso que se dedica a dar patadas a la escalera por la que ha subido. Esa misma dirección, de respeto al pasado, sigue «On the Classicism of the Terror», donde opina en favor de la revolución francesa, a pesar de su violencia y de su pedantería, por lo que supuso de liberación de un feudalismo decadente y opresivo, pero señala cómo, sin embargo, produjo una intolerancia intelectual asombrosa de forma que, lo que al principio fue una calurosa novedad en política, en el arte se transformó en algo frío e inmovilista. La misma idea, de que como «no hay tradición en las revoluciones; cada revolución es una revolución contra la última revolución», y por tanto el arte se fosiliza en ellas, vuelve a salir en «On Eric Gill», donde habla de que los artistas no tienen derecho a despreciar su propio pasado.

A propósito de quienes defendían el nudismo, en «On Dialect and Decency» comenta lo extraño que le parece sentirse orgulloso de una nueva insensibilidad: cuando se dice, como un avance, que hoy los niños están acostumbrados a cosas que hubieran hecho que sus abuelos se batieran en duelo, no se piensa que los duelistas podían ser fastidiosos pero estaban vivos; quien se enorgullece del hecho de que su abuela se quedaría en estado de shock con las cosas que él está acostumbrado a ver y oír sin sufrir ningún colapso nervioso, debería pensar que tal vez su abuela estaba viva y él está paralítico. En «On the Crank and the Cad» señala que muchas noticias del periódico tienden a ser raras y no representativas: están escritas por gente normal pero tratan sobre gente anormal y, por eso, no son una guía de la opinión pública sino una guía de la opinión del propietario del periódico y de su deseo de vender; son una prueba de que los hombres desean que les diviertan, y se siguen divirtiendo, hoy como ayer, con enanos y gigantes, con mujeres barbudas y hombres de doce dedos.

De los artículos en discusión con los pacifistas de la época, en «On the Great Relapse» habla de que una Inglaterra pacifista es una Inglaterra insular y vuelve a criticar a su amigo H. G. Wells, que «ha escrito miles de páginas en favor de la paz pero ninguna en favor de Polonia». De los que hablan de la llegada de Hitler al poder, en «On the Return of the Barbarian» señala que ya está claro que «una civilización particular ha regresado a la barbarie»: ciertamente puede haber puntos en los que los bárbaros tengan razón y los ciudadanos de una cultura decadente estén equivocados, dice, pero la diferencia está en que la civilización sigue teniendo el poder de curar sus propias enfermedades mientras que los bárbaros sólo por accidente podrían; mientras el bárbaro tiene la razón sólo por accidente y ni siquiera entonces sabe que la tiene, el hombre civilizado sabe que está confundido por su propia culpa y, al reconocerlo, al menos tiene la capacidad de volver a obrar correctamente.

G. K. Chesterton. Avowals and Denials, 1934.

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sábado, 12 de diciembre de 2009

All I Survey
son cuarenta y cuatro artículos que Chesterton publicó en el Illustrated London News entre 1931 y 1932 a propósito de alguna noticia o sucedido del momento. Aunque no contienen introducción ni parece que hubiera una particular selección, como ya dije en reseñas de libros anteriores, se puede apuntar que hay una interesante reflexión acerca del trabajo periodístico del autor, ya tan largo en esa época, en «On Monsters»: a la vista de los debates del momento en el Parlamento o en la Prensa, sobre cuestiones como la eugenesia o la transformación de tabernas en museos locales, se pregunta si vale la pena atacar cada monstruo absurdo de insensatez que va surgiendo cuando, al cabo de poco tiempo, los mismos monstruos se matan ellos mismos igual que dragones que fueron pesadillas, y comenta que se ve a sí mismo como un tipo que atiza latigazos a caballos que se mueren y que debe arrepentirse de su inhumanidad.

Entre los artículos literarios los hay dedicados a Chaucer, a Swift, a Walter Scott. Otro, contenido en Correr tras el propio sombrero, es el magnífico «Las convenciones de la novela», citado en la nota que titulé Aprender a describir.  En «On Phases of Eccentricity» señala que algunas de las supuestas innovaciones de James Joyce y Gertrude Stein, como la de crear nuevas palabras, había sido inventada ya por Lewis Carroll y los autores de nonsense; hace notar y ejemplifica que la teoría de que la literatura evoluciona gracias a nuevos experimentos se ve desmentida por la misma historia literaria. En «On Sense and Sound» dice que «hay más y más profundas dificultades de las que se cree en el hecho de romper las tradiciones de la rima» en la poesía: muchos modernos poetas que no intentan la antigua boda entre sonido y sentido parecen haber pasado de la vieja fase swinburniana de sonido sin sentido a la última fase de sinsentido sin sonido; «pero incluso los mejores entre los nuevos poetas parecen estar buscando un divorcio más que una boda». Una idea que Chesterton aplica en muchos terrenos —literarios, artísticos, sociales— está en «On the Staleness of Revolt»: las nuevas rebeliones son siempre rebeliones contra quienes antes fueron rebeldes y por eso no hay simpatía entre revoluciones, del mismo modo que no las hay entre modas; cada novedad tiene su propio lado absurdo, que no ve, mientras que por el contrario sí es muy sensible al absurdo de aquella novedad que se ha quedado anticuada.

De los artículos que podríamos llamar educativos, aunque también políticos, en Leyes educativas ya cité «El niño» («On the Child», contenido en Correr tras el propio sombrero). En «On Dependence and Independence» habla de que el problema moderno es la abundancia de restos de moralidad que son como esos enormes trozos informes de hielo a la deriva que causan tantos naufragios. En «On Education» apunta que uno de los ejemplos de cómo el mundo dice que va en una dirección pero, en realidad, camina en la contraria, está en la educación: en teoría vivimos en un mundo que considera la educación de gran importancia pero, en la práctica, vivimos en una época antieducativa y los educadores tienen por delante la imposible tarea de poner la escuela en orden antes de que nadie haya puesto el Estado en orden. En «On St. George Revivified» explica que la historia es una colina desde la que se ve el presente y que la formación histórica de los jóvenes es muy fragmentaria: sólo conocen trocitos aislados de historia que permanecen ocultos en frases hechas (como la de "St. George for Merry England") y el resultado es una curiosa estrechez para juzgar los problemas del pasado inmediato y del presente.

Entre los artículos dedicados al ambiente social, uno de tipo general es «On Thoughtless Remarks», donde indica que «una de las principales molestias de nuestro tiempo es el enjambre de pequeñas cosas, en forma de pequeños pensamientos o pequeños dichos divorciados de los pensamientos, que invaden  nuestra atmósfera como si fueran pequeños insectos, insignificantes y casi invisibles pero innumerables y casi omnipresentes». Al respecto, en «On a New Tax» propone que los que digan tonterías paguen un impuesto (no una multa: «en estos días, cuando tantas escuelas dan Lecciones para la Ciudadanía, la mayoría de la gente parece (...) ser incapaz de distinguir entre un impuesto y una multa, salvo por el hecho de que la multa es normalmente más ligera»); y, entre los ejemplos que pone para señalar a qué se refiere, habla de mencionar a Einstein cuando no se sabe dónde llevan sus teorías o cómo pueden ser usadas para probar algo.

En «On Journalistic Philosophy» señala que «nuestros padres colgaban hombres por pequeños robos, mientras que nosotros exaltamos y ennoblecemos y llevamos a la cámara de los Lores a quienes cometen robos enormes e impresionantes», y apunta contra quienes critican el pasado pero son incapaces de criticar el presente. Esta idea se aplicar también a los artículos en polémica con las opiniones de Wells acerca de un Estado Mundial, y a los escritos en abierta oposición contra los argumentos pacifistas del momento, tan centrados en criticar el pasado y tan ciegos sin embargo para la gran amenaza que significaba Hitler: uno, titulado «On Old Men Who Make Wars», termina diciendo que «estamos horriblemente cerca de una nueva guerra que probablemente comenzará en la frontera polaca».

G. K. Chesterton. All I Survey, 1932.

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sábado, 5 de diciembre de 2009

All is Grist
fue un libro que reunió treinta y ocho artículos publicados por Chesterton en el Illustrated London News a lo largo de 1930 y 1931. Junto con Come to Think of it, al que siguió, es el que contiene los artículos que ahora son menos conocidos porque, así como las otras recopilaciones del final de su vida están disponibles en la red, estos dos libros no lo están. Dada la fecha de su publicación, y que no debió haber un editor que pensase qué sería mejor incluir y qué no, algunos contienen ideas de libros casi contemporáneos: las ideas de «On the Renaissance» sobre la paradoja del Renacimiento en Roma, o sobre cómo la fe puede adoptar distintos ropajes estéticos, las encontramos en The Resurrection of Rome; de su viaje reciente a Canadá proceden «On Thoughts in Canada» y «On Travel’s Surprises», sobre cómo a veces los cuentos de viajeros nos parecen cuentos de embustes pero, en realidad, en ocasiones uno comprueba que no lo son tanto cuando ve las cosas por sí mismo.

Entre los textos sobre cuestiones literarias destaco dos. Uno, «On Anthony Trollope: Historian», donde señala con ironía que «lo que los historiadores serios han disfrazado el novelista frívolo lo ha detectado. Las historias de aquellos son ficción y las ficciones del segundo son historia»: Trollope fue un testigo de que Inglaterra es un estado aristocrático, y no un estado burgués; un testigo sólido del pasado porque ni era consciente de que lo estaba siendo. Otro, largo y jugoso, es el titulado «On Algernon Charles Swinburne», donde señala que Swimburne y Eliot, poetas de moda en épocas distintas, tenían ideas opuestas, del periodo de Mazzini las del primero y del de Mussolini las del segundo, y de ahí saca un ejemplo más de que la última revolución se produce siempre contra la revolución previa.

Hay varios artículos con el enfoque global de la tercera parte de Sidelights on New London and Newer York: el de poner las nuevas modas frente a las antiguas costumbres para explicar qué significaban estas últimas y qué significan o qué consecuencias pueden tener las novedades. En «On Sightseeing» señala que siempre es más sabio considerar no por qué una cosa no es gozosa sino por qué nosotros no gozamos con ella, y aclara que los distintos tipos de arte monumental siempre fueron hechos para dos tipos de observadores, los viajeros y los peregrinos, algo que se ha visto alterado con la nueva moda de ir a los museos, tantas veces una comida intelectual incongruente. En «On the Pleasures of no Longer Being Very Young» dice que «la ventaja de ir cumpliendo años está en descubrir que las tradiciones son verdad y, por eso, vivas; más aún, una tradición no es ni siquiera tradicional si no está viva»; y, en el terreno artístico, una de las ventajas «de quienes tienen muchos años es que ellos ven las nuevas cosas agudamente contrastadas contra un fondo de formas distintas y definidas» mientras que «para los jóvenes esas nuevas cosas son a menudo ellas mismas el fondo y a duras penas las ven», piensan que viven en un mundo lleno de cosas muertas y sin significado y no pueden darse del todo cuenta de que la realidad es justo la contraria. Otra comparación entre el presente y el pasado está en «On the Intellect of Yesterday», donde comienza diciendo que se suele asegurar que la generación actual está mejor educada que las anteriores, aunque curiosamente quienes responden a ese tipo de encuestas son gentes de la generación actual, y luego desarrolla la tesis, no por primera ni última vez, de que estamos en una Edad Psicológica y no en una Edad Intelectual: el mundo ha mejorado en todo menos en el intelecto; ha mejorado en sensibilidad artística, en simpatías sociales, en la capacidad de apreciar las señales que se dirigen a nuestros sentimientos, pues esos códigos los manejamos mejor; pero, sin embargo, nuestra capacidad de seguir un proceso de razonamiento largo es cada vez menor pues hoy el énfasis se pone no en los argumentos sino en las estrategias para persuadir a los hombres.

En esa misma línea de razonar correctamente, «On Flocking» responde a quienes hablan de que hoy día la gente huye de las iglesias y por eso proponen cambios: señala, primero, que un memorial de guerra es un memorial de guerra y quien va allí espera encontrar eso y no otra cosa y, segundo, que «incluso suponiendo que la teología fuera impopular, de ahí no se concluye que la ausencia de teología fuera popular»; o, dicho de un modo más general, se ha de razonar yendo de la causa al efecto y no del efecto a la causa, no se puede comenzar con el resultado y luego razonar como si la causa hubiese sido añadida después del resultado, es decir, sugerir que el resultado debería destruir la causa. De un modo parecido, en «On Liberties and Lotteries» señala la inconsistencia del argumento que afirma que un hombre no está en lo correcto porque muchos otros se comportan de manera distinta: de que haya distintos conceptos de decencia no se concluye que todos valgan igual, del mismo modo que un hombre puede sostener que la tierra es redonda mientras que todos los demás dicen que es plana; el hecho de que Mussolini permitiera las loterías y en la Inglaterra de la época estuvieran prohibidas significa que una cosa son las distintas libertades y otra la libertad, que la noción de libertad se acaba diluyendo en un polvo de diferenciaciones y distinciones si no fijamos un principio por el que las diferencias puedan ser contrastadas.

G. K. Chesterton. All is Grist (1931). New York: Dodd, Mead and Company, 1932; 262 pp. Que yo sepa, no hay edición en la red. El libro como tal se puede conseguir en el mercado de segunda mano. Los artículos que contiene, junto con otros, están en el volumen 35 de Collected Works by G. K. Chesterton, Ignatius Press.

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sábado, 28 de noviembre de 2009

Come to Think of it
fue una recopilación de cuarenta y tres artículos de Chesterton, de los años 1928 y 1929, que hizo su amigo J. P. de Fonseka, un escritor de Sri Lanka que tiempo atrás había escogido los textos para Maestro de ceremonias. De los cinco libros de los últimos años de su vida que recogieron sus columnas semanales del Illustrated London News, este fue el único para el que Chesterton escribió una introducción, cosa que ya no haría en los siguientes: All is Grist, All I Survey, Avowals and Denials, As I Was Saying. En ella, por un lado manifiesta su agradecimiento al editor y a los lectores del histórico semanario al cumplirse ya las bodas de plata de su colaboración; y, por otro, explica el cambio de tono entre los artículos de los últimos años y los de los primeros, tanto de los suyos como de su oponente Shaw. Señala que los dos han evolucionado hacia un estilo «más simple y serio, y posiblemente más didáctico y pesado», pues en una batalla, aunque sea intelectual como esta, lo que ha de hacer cualquier simple soldado es transmitir ordenes e informes lo más claramente posible, y ahora ya no estamos en delicados floreos preliminares, sino una lucha final: «la tarea de nuestra juventud era mostrar que nuestras ideas eran sugestivas; la tarea de nuestra vejez y segunda infancia es mostrar que son concluyentes».

Tiene varios artículos sobre Norteamérica con ideas que había tratado en Lo que vi en América, y que volverían a salir en Sidelights on New London and Newer York. Entre otros, en «On Bigness and America», después de afirmar que «es bien conocido que yo soy un irrazonable reaccionario que rehúsa mirar cara a cara los grandes hechos del mundo moderno», dice que «lamentablemente me falta esa reverencia por las cosas a gran escala que es como la religión de esta época del Gran Negocio». «On Abraham Lincoln» es un gran retrato de un hombre que «no se dejaba llevar por la corriente» y que «no siempre tenía razón pero siempre procuraba ser razonable», y «On Myself on Abraham Lincoln» es una respuesta a un crítico que consideraba insultos a Lincoln los que Chesterton formulaba como elogios en su artículo previo, todo un síntoma de la división de ideas morales que hay en nuestra sociedad.

Entre los artículos de tipo literario, uno muy conocido es «Sobre el ensayo» («On essays», que más tarde se publicó en The Glass Walking Stick y que comento algo en la reseña correspondiente). En «On Dickens and After» desarrolla un poco la idea de que cualquier gran artista da expresión permanente a la verdad que está detrás del espíritu pasajero de su propia época, pero no puede hacer que ese espíritu sea tan popular en un tiempo como en otro, pues no puede estar seguro de que, en un momento dado, ese espíritu sea también la moda. Entre los que tratan de arte tiene interés «On Mr. Epstein», acerca del arte público, un tema que Chesterton trató muchas veces: dice que «la escultura es normalmente un arte público y monumental», se pregunta si «cualquier arte puede ser público u ornamental», y da una explicación de la distancia que hay en nuestro tiempo entre los gustos del artista y los de la multitud. Algunos disfrutarán con «On the Classics»: no hay nada que dé más amplitud a nuestro espíritu que «estar en la compañía de esos hombres, llenar la mente con sus palabras, recordar el tono de sus conversaciones o el gesto de sus estatuas»; frecuentarlos proporciona un talante «que comprende a la vez la modestia y la dignidad, y que nunca es ni servilismo ni orgullo».

Son bastantes los artículos con los que Chesterton intenta poner de manifiesto la inconsistencia del pensamiento moderno, el deterioro que procede de la degradación de las palabras, la importancia de razonar bien y de usar un lenguaje preciso. En «On Preaching», a un periodista que dijo que la oración no tenía que ver con ningún dogma, le replica, por si no se había dado cuenta, que tal afirmación contiene al menos tres dogmas: uno, que hay un ser invisible que oye sin comunicación material; dos, que es benevolente y no hostil; tres, que no está limitado por la lógica de la relación causa-efecto sino que puede actuar de acuerdo con nuestra petición. En «On the Mythology of Scientists» observa que algunas figuras retóricas están fijadas en la mente moderna del mismo modo que las fábulas sobre dioses y ninfas lo estaban en la mente antigua; por ejemplo, si dices que prefieres alguna costumbre antigua te responderán que «no se puede atrasar el reloj», frase absurda en sí misma pues indudablemente se puede, pero sin la cual el tipo que usa esa metáfora está perdido; después de otros ejemplos, propone «establecer un Día de Abstinencia de metáforas» para favorecer la digestión intelectual. En «On Evil Euphemisms» indica que vivimos en un mundo en el que «todo es recomendado al público por alguna especie de sinónimo que es realmente un seudónimo. Es un talento que viene con el tiempo de las elecciones políticas y los anuncios comerciales y los titulares de los periódicos; pero cualquiera que sea el nombre que demos a nuestro tiempo, ciertamente no es especialmente un tiempo de la verdad»: por eso, concluye, prefiere con mucho el lenguaje grosero del tiempo de nuestros padres que el de los expertos publicistas de hoy que usan expresiones agradables para cosas muy desagradables.

G. K. Chesterton. Come to Think of It (1930). London: Methuen & Co. Ltd., 1930; 243 pp. Que yo sepa, no hay edición en la red. El libro como tal se puede conseguir en el mercado de segunda mano. Los artículos que contiene, junto con otros, están en los volúmenes 34 y 35 de Collected Works by G. K. Chesterton, Ignatius Press.

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sábado, 19 de septiembre de 2009

A lo largo de su vida Chesterton puso introducciones a libros de muy distinto tipo. Por una parte, los editores tenían confianza en su criterio y en el tirón que sus comentarios tendrían en los lectores; y por otra, él mismo se atrevía con cualquier cosa y sabía sacar partido a cualquier tema. De todas ellas, unas doscientas, durante su vida se hizo una selección con treinta y siete y se publicó con el título G.K.C. as M.C., traducido al castellano como Maestro de Ceremonias.

Prólogos destacables, ya mencionados en otros lugares, son el que puso a los escritos juveniles de Jane Austen, Amor y amistad; y el que puso al Libro de Job, que hay quien considera uno de los mejores textos de Chesterton (y que figura también en Correr tras el propio sombrero). También he citado ya unos párrafos sacados del prólogo que presentaba una selección de textos de Samuel Johnson.

Luego hay varias introducciones a obras de y sobre Dickens, a quien había dedicado antes una biografía. Hay otra sobre William Cobbett, sobre quien escribiría un ensayo biográfico largo más adelante. Ideas que había tratado ya en The Victorian Age of Literature salen en los prólogos a obras de, o sobre, personajes como Mathew Arnold, William Thackeray, y los autores de óperas cómicas Gilbert y Sullivan (el libretista W. S. Gilbert y el compositor Arthur Sullivan), igual que la idea, tomada del último prólogo citado, de que «el mejor rasgo de la época victoriana era que se satirizaba a sí misma. Sería conveniente que lo tuvieran presente con alguna frecuencia aquellos que recuerdan sólo la suntuosidad pomposa y el convencionalismo de aquel tiempo».

Entre otros, hay prólogos a un libro sobre su amigo Hilaire Belloc, a otro sobre el Cura de Ars, a un libro de su hermano Cecil Chesterton y a otro de Oliver Wendell Holmes... Pero también a una colección de rimas infantiles, a las fábulas de Esopo, a libros de canciones, a biografías, e incluso a un Who’s Who. Se puede notar el humor de Chesterton cuando comenta su simpatía por un libro de carácter local, en este caso acerca de un pueblo llamado Chesterton, y habla de su amor por las historias grandes de temas pequeños: «Prefiero el resultado filosófico que obtendrá un hombre examinando un montículo de topos, que el de un millón de topos que explorasen una montaña». O, cuando habla de un humorista, termina diciendo: «Si, finalmente, todos sabemos ahora hacia dónde nos guían la ciencia y la acción de los gobiernos —evidentemente hacia un enorme manicomio—, vayamos allá, mediante la gracia de Dios, en compañía de un humorista».

G. K. Chesterton. Maestro de ceremonias (G.K.C. as M.C., 1929). Buenos Aires: Emecé, 2006; 218 pp.; col. Emecé ensayo; trad. de María Manuela Conde; ISBN: 950-04-2767-2.

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sábado, 12 de septiembre de 2009

Al igual que All Things Considered, Charlas fue una colección de artículos que, sobre cuestiones muy diferentes entre sí, Chesterton había publicado en el Illustrated London News.

Entre los que tratan sobre cuestiones literarias, los hay sobre Byron, Stevenson, y Hardy, a los que había dedicado comentarios en libros anteriores. También está el famoso «Sobre novelas policiales» (recogido en Correr tras el propio sombrero), donde da una clara explicación de qué funciona y qué no en una obra del género. Y uno, menos conocido pero igualmente brillante, es «Sobre arqueología», donde, indirectamente, apunta por qué las novelas futuristas son pesimistas y con frecuencia no llegan al lector o, al revés, por qué las mejores novelas tratan del pasado: «en la historia abundan los ejemplos de libertad de acción y de profecías frustradas. El futuro sólo puede consistir en cosas esperadas; sólo el pasado consiste en cosas que fueron enteramente inesperadas. (...) No podemos predecir cosas nuevas, porque por hipótesis sólo podemos calcularlas lógicamente basándonos en cosas antiguas. Podemos sostenernos en el presente y proyectar lo que ocurrirá en el futuro; pero no podemos basarnos en el futuro para planear algo nuevo que ocurrirá en un futuro aún más remoto. Podemos conjeturar algunas obras de una generación venidera; pero no podemos compartir ninguna de sus sorpresas. Podemos conocer algo acerca de la herencia de nuestros nietos, pero nada sobre sus ganancias inesperadas o de sus aventuras más salvajes. Si deseamos ganancias inesperadas y aventuras salvajes, debemos considerar las líneas de conducta de nuestros abuelos y no de nuestros nietos. Si deseamos las emociones más salvajes con emociones y sorpresas, sólo podemos encontrarlas en las piedras desmoronadas y en los tapices descoloridos, en el museo de antigüedades o en las ciudades de los muertos».

Como es lógico, a estas alturas de la vida de Chesterton, hay artículos que con facilidad se pueden remitir a otros textos.

Así, una idea extensamente desarrollada en El hombre eterno se vuelve a tocar aquí en «Sobre la influencia egipcia», donde se felicita del interés que se había despertado en su tiempo por la historia egipcia, pues puede servir a muchos para descubrir que aquellas personas muertas fueron personas que realmente vivieron «y no sencillamente nuestros propios egos ya muertos», y donde recuerda que «lo que hizo el cristianismo fue combinar (...) una adoración pública que pudiera creerse y un convencimiento particular que pudiera compartirse. Admitió las supersticiones populares muy benévolamente pero las agrupó alrededor de algo que también podía admitirse seriamente. Enseñó un credo que era más que un culto y que también fue una cultura».

Si en «El sentimentalista», de Alarmas y Digresiones, se quejaba de que los imperialistas quieren «tener el esplendor del éxito sin sus peligros» y extender el cuerpo de Europa pero no su alma, aquí, en «Sobre Europa y Asia» habla de que puede haber misioneros desagradables y comerciantes amables pero, en general, a todo el mundo le parecen mejor los misioneros que los comerciantes, y donde se lamenta de que desde Occidente se haya extendido la vulgaridad y desde Asia haya llegado a Occidente un espíritu pesimista: ninguno de los continentes ha dado al otro lo mejor que posee.

Con «En el mundo al revés», de Enormes minucias, podemos unir «En beneficio del golf», donde vuelve a señalar la inversión, que a nuestro alrededor se da con frecuencia, de considerar el medio como si fuera el fin que se persigue, a veces debido a que se pretende rehacer el mundo para adaptarlo a lo que nos muestran el teatro o el cine: «Una equivocación muy frecuente consiste en considerar como fin absoluto las condiciones de vida modernas y en seguida tratar de adaptar las necesidades humanas a ese fin, como si éstas sólo fueran un medio. Así, por ejemplo, se dice: “la vida de hogar no se presta para la vida de negocios de los tiempos actuales”. Lo cual es lo mismo que si se dijera: “Las cabezas no se adaptan a la clase de sombreros que están ahora de moda”. Por consiguiente se podrían cortar las cabezas de la gente para hacer frente al déficit o pérdidas del llamado Problema del Sombrero».

Pero hay más artículos con los que Chesterton intenta señalar con qué falta de rigor alteramos los términos de un razonamiento, igual que los hay para mostrar que a veces no aplicamos a todas las cosas el mismo razonamiento, e incluso por qué a veces nuestros pensamientos no son ni siquiera razonamientos.

Por ejemplo, en «Sobre los conceptos falsos» explica con qué facilidad muchas personas invierten los términos: «No ven que la digestión existe para mantener la salud, y la salud para mantener la vida, y la vida existe para amar la música y las cosas bellas. Ellos dan vueltas a las cosas y dicen que el gusto por la música es bueno para provocar el proceso de la digestión. En efecto, verdaderamente no tienen idea de para qué es bueno, en resumidas cuentas, el proceso de la digestión. Creo que fue un filósofo de la Edad Media quien dijo que el mal proviene de disfrutar de lo que debiéramos usar, y de usar lo que debiéramos disfrutar».

En «Acerca de las nuevas ideas» desarrolla la tesis de quienes afirman que no desean imponer ninguna religión a su hijo ignorando que siempre están influyendo en su hijo y que ninguna persona adulta puede escaparse a la responsabilidad de influir sobre los niños; es decir, señala que es un argumento que los que lo aplican a la religión no piensan en aplicarlo a otra realidades distintas de la religión.

En «Sobre una negación» primero apunta que un materialista es siempre un místico y con frecuencia es, además, un mistagogo: «es un místico porque se ocupa enteramente de misterios, de cosas que nuestra razón no puede describir (...) Y es un mistagogo porque, en ocasiones, oculta, en realidad, que esos misterios son supercherías». Y luego habla de esos planteamientos popularizados de la ciencia, como el de que la vida surgió de la nada, un modo de razonar parecido a «explicar el paseo visible de un fantasma en un cementerio diciendo que debe haber venido del cementerio de otra ciudad», y de esas frases rítmicas tipo que la vida es la vida, y los huevos son los huevos, «que tienen algo de la belleza del canto y de la danza y de la obra decorativa, pero con ellas no se va muy lejos en materia de argumentos».

G. K. Chesterton. Charlas (Generally Speaking, 1928). En Obras completas, Barcelona: Plaza & Janés, 1967; de la p. 1091 a la p. 1283, de 1676 pp.; trad. de José Luis de Izquierdo.

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sábado, 29 de agosto de 2009

Fancies versus Fads
son treinta artículos de Chesterton tomados del London Mercury, el New Witness, y el Illustrated London News, que llevan una introducción del autor. El título se refiere a la contraposición que plantea el autor entre fancies, imaginaciones o suposiciones, y fads, novedades o modas: es necesario, dice Chesterton en la introducción, «tener a mano alguna verdad para poder juzgar rápido las filosofías modernas (...) antes de que desaparezcan más rápido aún».

De los artículos más o menos literarios, tres importantes están publicados en Correr tras el propio sombrero: «El romance de la rima», «En defensa de las unidades dramáticas», «Falsa teoría del teatro». Otros son «The slavery of free verse», sobre que la prosa no es una especie de poesía liberada sino que las cosas son más bien al revés; «The Boredom of Butterflies», acerca de que lo artístico nace cuando se toca lo eterno y que cualquier drama depende del mantenimiento o la ruptura de un vínculo, pues incluso la sátira más ligera se basa en un ideal indirecto de fidelidad; y «Milton and Merry England» habla de cómo el gran arte está siempre cerca del sentido común.

Hay varios que tratan sobre cuestiones sociales. A propósito del rechazo hacia la palabra siervos, o sirvientes, en «Wings and the housemaid» señala que de nada vale cambiar nombres que nos suenan mal si no cambiamos las realidades que hay debajo. En «Prohibition and the Press» ataca el argumento de quienes juzgan y atacan algo por sus peores efectos, como era el caso de la bebida en la época de la Prohibición. En «The Mercy of Mr. Arnold Bennett» afirma que decir que no debemos juzgar a nadie y al mismo tiempo proponer que se castigue a quien lo merece por el bien de la comunidad, termina siendo un pretexto para la mayor crueldad. «Strikes and the Spirit of Wonder» es una defensa del derecho a la huelga. Y un anticipo de la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz, está en «The Evolution of Slaves», que trata sobre  los argumentos que preceden a «fabricar una nueva raza de gente indiferente a sus propios derechos», y en «The Sentimentalism of Divorce», donde habla del sexo como el más evidente de los sobornos que se puede ofrecer para esclavizar a alguien.

En otros textos ataca distintas teorías. «Hamlet y el psicoanalista» viene a ser una reducción al absurdo de los intentos de abordar la obra de Shakespeare con las teorías freudianas. «The Meaning of Mock Turkey» es un comentario del materialismo de fondo propio del vegetarianismo que se toma el cuerpo demasiado en serio. Se refiere al feminismo, y al periodismo ignorante que usa continuamente clichés y no piensa lo que dice, en «Shakespeare and the Legal Lady», a propósito de quienes identifican a Portia, la protagonista de El mercader de Venecia, con una moderna abogada. En «The Terror of a Toy» habla de que puestos a prohibir juguetes bélicos habría primero que suprimir a los chicos. En «Is Darwin Dead?» centra su polémica con algunos darwinistas: mientras estos, por hipótesis, tratan de probarlo, él no trata de probar lo contrario sino de señalar que los darwinistas no han probado su tesis del todo. En «The Pagoda of Progress» señala que un verdadero progreso es el que sabe donde hay que parar. En «Much Too Modern History», habla de los historiadores que «cambian la estrechez de una nación por la estrechez de una teoría, o incluso de una moda» y piensan que tienen una filosofía de alcance universal aunque lo único que han hecho es reducir el mundo a su propia estrechez.

Sobre cuestiones educativas se pueden destacar «On Being an Old Bean», acerca de las teorías de que un padre y un hijo deben ser compañeros o camaradas; «The Fear of the Film», en torno al miedo de algunos a los efectos excesivos de las películas en los niños; «Turning Inside Out», donde apunta que la vida privada es más grande y más completa, y más exigente por tanto, que la vida pública, y, por eso, porque no hay papel más insustituible que el de la madre, es contradictorio elogiar el trabajo de la mujer fuera del hogar si se ignora la trascendencia de la labor educativa con sus hijos.

G. K. Chesterton. Fancies versus Fads, 1923.

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sábado, 15 de agosto de 2009

The Uses of Diversity
reúne treinta y cinco artículos de los que Chesterton publicó en sus columnas del The Illustrated London News y del New Witness en los anteriores doce años. Hay en ellos gran variedad de temas, de ahí el título global. Sobre todo abundan los de tipo literario y artístico pero también los hay sobre cuestiones educativas y sociales.

Entre los literarios, dos homenajean a personajes fallecidos. En el dedicado a «George Meredith», cuya muerte explica como el final real del siglo XIX, hay también referencias de interés a Thomas Hardy, a menudo mencionado junto con Meredith pero que no es de su generación. Otro es «The Romance of Rostand», un elogio a la calidad permanente de la poesía de Edmond de Rostand debido a su claridad: dice Chesterton que no será recordado como uno de los más grandes poetas, porque «cumplió su oficio más con la trompeta que con la lira» pero seguramente fue así porque tenía los mismos gustos que su héroe Cyrano de Bergerac.

Entre los otros destaco tres. «Tennyson» habla del poeta de la ciencia popular cuya «debilidad no fue estar pasado de moda o ir adelantado a la moda, sino estar de moda». «On Historical Novels» trata sobre el prolífico George Henty, el novelista de aventuras históricas para jóvenes más popular del siglo XIX. «The Evolution of Emma», dedicado a lo que dicen las novelas de Jane Austen sobre su época, se centra en Emma, una novela donde vemos en acción «esa única y formidable institución, la Señora Inglesa», una mujer cuya religión es el refinamiento. Es particularmente rico «The Domesticity of Detectives», donde Chesterton compara El cuarto amarillo, de Gaston Leroux, con las novelas protagonizadas por Arsene Lupin, de Maurice Leblanc: mientras las novelas de Leroux son de misterio, las de Leblanc son relatos de aventuras donde se suceden dificultades continuamente; sitúa en paralelo a Wells y Verne, diciendo que hay más cabeza y más atención a la vida en las obras del primero y más vigor aventurero en las del segundo; y entre Scott y Dumas afirma que es mejor el escocés en cuanto a humor y humanidad pero es mucho mejor narrador el francés; también en este artículo apunta Chesterton que «el gran relato policial trata con pequeñas cosas mientras el relato policial malo o tonto generalmente trata con grandes cosas».

Sobre arte, en «The Futurists» hace una crítica graciosa y contundente a ese movimiento artístico —«maravillosas hojas y flores pero sin fruto»—, y explica que no se puede presentar un arte con los términos propios de otro. Sobre cuestiones educativas, en «Pageants and Dress» vuelve a incidir en que, en un mundo lleno de la vulgaridad de la publicidad, «no tenemos por delante la tarea de predicar el color y la alegría a gente que nunca los habían tenido, a puritanos que nunca los han visto ni apreciado, sino una tarea mucho más ardua: «tenemos que enseñar a apreciarlos a quienes siempre los han visto». Sobre teatro, en «The Silver Goblets», después de ironizar sobre las teorías que exigían máxima veracidad, como que Otelo debía ser negro y Shylock judío, e incluso que los cálices debían ser de plata, precisa el significado de la comparación de Shakespeare entre el arte y un espejo e indica que «un espejo selecciona tanto como lo hace el arte; da la luz de las llamas pero no su calor; el color de las flores, pero no su fragancia, las caras de las mujeres pero no sus voces»: es una visión de las cosas pero no un modelo.

Es particularmente gracioso «On Pigs as Pets», donde comenta la noticia (extraña entonces y no tanto ahora) sobre una mujer que tenía un cerdo como mascota para terminar diciendo que con «un entrenamiento apropiado uno puede llegar a tener un cerdo-pastor en vez de un perro-pastor, un cerdo-faldero en vez de un perro-faldero. (¿Se habrá inspirado Dick King Smith en este texto para Babe el cerdito valiente?)

G. K. Chesterton. The Uses of Diversity, 1920.

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sábado, 25 de julio de 2009

The Utopia of Usurers,
el único libro de Chesterton que durante su vida no se publicó en Inglaterra sino en Estados Unidos, contiene artículos tomados del Daily Herald que se pueden leer en el contexto del escándalo Marconi. Tanto los nueve que van encabezados por el título del libro, como dos que son poemas, y como los otros diecisiete, son de crítica de los poderosos y de defensa de quienes sufren sus abusos, aunque tampoco se priva de atacar el servilismo de muchos. En su mayoría son ideas que desarrollará más extensamente en Eugenics and other Evils y The Outline of Sanity.

Después de un comienzo en el que Chesterton dice alinearse con los profetas que han anunciado malos augurios, no porque tenga sus dotes sino porque, como ellos, también él hablará enfadado y de cosas que confía en que no lleguen a ser ciertas, va tocando temas conocidos por sus lectores habituales. Dado el hilo conductor, son apropiados para ver de nuevo cómo a veces Chesterton se deja llevar por su espíritu de periodista combativo y enfatiza demasiado argumentos que son sólo de conveniencia o acentúa en exceso lo puramente irónico: por ejemplo, cuando manifiesta su preferencia por los pequeños comercios frente a los grandes por razón de su eficacia; o cuando bromea con el predicador de la eugenesia tan interesado en ayudar a los padres a seleccionar genéticamente a sus hijos pero que no triunfó, ni mucho menos, en escoger a sus propios padres.

Pero, en mi opinión, son defectos que no desmerecen ni su brillantez ni su valentía cuando arremete ferozmente contra quienes dividen a la gente entre quienes están encima y quienes están debajo, y que además tratan lo público como si fuera su propiedad privada («The Mask of Socialism»). O cuando afirma sin pestañear que la gente más ignorante de la Inglaterra moderna está entre la clase más alta, y, especialmente, la clase media alta («The Empire of the Ignorant»). O al explicar sus temores de que la sociedad evolucione hasta la situación en que se permitirá a un hombre fumar en la prisión a la que se la ha conducido precisamente por fumar («The Evolution of the Prison»). O al desmontar el argumento de quienes se jactan de tratar bien a los trabajadores señalando que, sí, los cuidan tan bien como a caballos de carreras pero no les dan más propiedades personales que a los caballos de carreras («The Lash for Labour»). O al señalar formas de practicar «The Art of Missing the Point» (El arte de no ir al grano, podríamos decir) en la vida política y explicar el motivo: «el punto es generalmente un punto agudo que, además, es agudo por ambos lados» y, por tanto, los partidos políticos suelen arreglárselas conjuntamente para evitarlo. O al criticar la pasividad de mucha gente y asegurar que la principal degradación de la clase media es la desaparición del apetito por la libertad («The Dregs of Puritanism», Los posos del puritanismo). O al señalar que la palabra «rebelión» no sirve para el movimiento social que cree necesario, pues haría falta un nombre que declare no que las tiranías modernas son malas sino que son literalmente intolerables («The New Name»).

G. K. Chesterton. The Utopia of Usurers, 1917. Edición en castellano, titulada La utopía capitalista y otros ensayos, en Madrid: Palabra, 2013; 176 pp.; col. Biblioteca Palabra; trad. de Álvaro Gutiérrez Valladares; ISBN: 978-8498408508.

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sábado, 18 de julio de 2009

The Appetite of Tiranny
(Sobre el concepto de barbarie, según una edición en castellano de 2012) reúne seis textos que Chesterton escribió, al comienzo de la primera Guerra Mundial, con la intención de atacar las actuaciones políticas y bélicas de Alemania, las justificaciones que sus propagandistas difundían y las ideas de fondo en las que se apoyaban. Antes de ser reunidos en un libro habían sido publicados como artículos en el London Daily Mail; cinco habían compuesto un folleto con el título The Barbarism of Berlin, y tres más llevaron el encabezamiento de Letters to an Old Garibaldian, pues el promotor de la independencia italiana, dirá Chesterton, «si no fue siempre sabio sí fue un héroe al final de su vida cuando tomó postura, espada en mano, para compartir el destino de Francia» frente a la Alemania de Bismarck.

The Crimes of England son doce textos donde Chesterton señala cuáles fueron, a su juicio, los grandes crímenes de Inglaterra en su historia: no haber combatido a Federico el Grande, haber derrotado a Napoleón aliados con Blücher, no haber impedido que Bismarck se anexionara territorios de Dinamarca y luego de Francia, haber cedido la isla de Heligoland a los alemanes en 1890 en un trueque entre potencias imperialistas, haber elogiado y copiado la educación y las leyes prusianas... Y, al final, Chesterton se alegrará de poder decir que Inglaterra ha cambiado e intervenido en la guerra gracias a lo que sus dirigentes habían olvidado: a «los ingleses, hombres sencillos con motivos sencillos, el principal de los cuales es el odio de la injusticia».

Dada la intención y el momento en que fueron publicados, ambos libros, aparte de lo que revelan de la capacidad dialéctica y la cultura de Chesterton, son muy combativos y, por eso, dejan más al descubierto sus debilidades, las que podemos considerar objetivas y las que le pueden atribuir quienes sean incapaces de leer las cosas en su contexto.

Entre las primeras, la más importante tal vez sea su inquina contra los prusianos que, debido a la imposición de su estilo a la Alemania unificada, con frecuencia se vierte por extensión sobre los alemanes: hay a veces acentos de duro resentimiento que, por más que aquí y en otros sitios intente suavizar con bromas, sólo son comprensibles por la situación de conflicto bélico. Otra es que su estilo discutidor a veces le traiciona pues, al modo de su admirado Samuel Johnson, pensaba que no es lo mismo exagerar un error que exagerar una verdad, un poco al modo de un caricaturista. También un historiador señalará que sus panorámicas históricas, siendo tan sugerentes, parecen excesivamente audaces, lo cual no quiere decir inexactas; y un crítico literario, tal como hizo notar uno a propósito de este libro, dirá que Chesterton aplica su estilo particular a cualquier tema y, tal vez, un libro como este requeriría otros acentos.

Entre las segundas, una es acusarle de generalizar a partir de algunos sucesos que provocaron la ira popular y empujaron al país a la guerra —agresiones en el interior de una iglesia y de un colegio infantil cuando Alemania invadió Bélgica, el hundimiento de un barco de pasajeros con muchos muertos—, pero así es como lo vivió la opinión pública de su época. Otra es reprocharle su concepto caballeresco de la guerra que le hacía sostener que algunas acciones justifican ir al combate: a eso Chesterton responde bien, ya en este libro pero más aún en su Autobiografía cuando rememora estos años, que una guerra defensiva es la única no sólo admisible sino, a veces, la única posibilidad de actuar bien.

Con todo, esta clase de reproches a Chesterton han de ponerse en su sitio pues sus comentarios fueron premonitorios y certeros: «estamos luchando para evitar un futuro alemán para Europa. Un futuro que sería más angosto, más malvado, menos sano, menos capaz para la libertad y para la risa, que cualquiera de las peores partes del pasado europeo». Además, se puede citar a un contemporáneo suyo tan lúcido como Joseph Roth cuando, en una carta a Stefan Zweig del 22 de mayo de 1933, le dice: usted «no ha visto a los prusianos, como yo. Los conozco del frente. Es verdad todo lo que contaron de las atrocidades en Bélgica. ¡Es verdad! Los prusianos son los representantes del infierno químico, el infierno industrializado en el mundo. Mal rayo les parta»; y, en otra del 7 de noviembre de 1933, insiste: «Se trata de una lucha a vida o muerte entre la cultura europea y Prusia. ¿De veras no lo ve usted?».

Luego, al margen ya de las cuestiones más circunstanciales de un libro circunstancial, podemos quedarnos con otras cosas. Una, los elogios razonados de Chesterton a los cuentos de los Grimm, a los que sin embargo califica como la mejor obra literaria de Alemania (otro ejemplo de cómo su impulso dialéctico le lleva más lejos de lo prudente). Otra, un juicio al paso muy certero: la principal falta inglesa del siglo XIX no fue la indecisión en la acción sino en el pensamiento, «lo que algunos llaman dogma». Otra más, la defensa de su propio patriotismo: «He pasado gran parte de mi vida criticando y acusando a los gobernantes y las instituciones de mi país: pienso que es, con mucho, lo más patriótico que un hombre puede hacer».

G. K. Chesterton. The Appetite of Tyranny, 1915; The Crimes of England, 1915. Otra edición del primero de los dos libros, en castellano, se titula Sobre el Concepto de barbarie, y está en Sevilla: Renacimiento, 2012; 179 pp.; col. Clásicos y modernos; prólogo de Miguel de Unamuno; edición de Emilio Quintana; traducción de Héctor Oriol; ISBN: 978-84-15177-61-6.
La cita de Joseph Roth está en sus
Cartas (1911-1939) (Briefe 1911-1939, 1970). Barcelona: Acantilado, 2009; 686 pp.; edición y notas de Hermann Kesten; trad. de Eduardo Gil Bera; ISBN: 978-84-96834-85-9.

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sábado, 11 de julio de 2009

A Miscellany of Men
contiene treinta y siete artículos que Chesterton publicó en el Daily News. No hay ninguno directamente literario. Casi todos tratan de cuestiones sociales y políticas y, en unos cuantos, hay referencias a personalidades y sucesos del momento, como Cecil Rhodes o las huelgas en las minas de carbón, pero todos pueden leerse sin necesidad de conocer los antecedentes. En este sentido, si lo piensa uno bien, tanto en relación a esta recopilación como a otras del autor, es asombroso que podamos leer sus textos de hace un siglo con admiración no sólo por su destreza literaria sino por el acierto y actualidad de sus análisis.

En general hablan de aprender a pensar las cosas correctamente y con frecuencia señalan cómo a veces razonamos mal o cómo hay gente interesada en hacernos razonar mal. De hecho, al final se incluye un último artículo que se titula «El autor enfadado: su adiós», en el que señala que todos los textos anteriores los escribió para decir a los racionalistas que no fueran irracionales. Ahí ofrece una colección de vetos que titula «“No digas” para dogmáticos o Cosas de las que estoy cansado», como por ejemplo: —No digas un nombre y luego un adjetivo que lo contradiga (como «deseo un patriotismo sin fronteras», algo equivalente a «deseo un pastel de carne sin carne»); —No digas palabras secundarias como si fueran palabras primarias (así, Felicidad es una palabra primaria y Progreso es una palabra secundaria, por lo que es absurdo preguntarse «¿la Felicidad contribuye al Progreso?»); —No digas que «no hay un verdadero credo pues cada credo se cree a sí mismo correcto y a los demás equivocados» (pues si las opiniones sobre quien ganará una carrera son muchas y todas están equivocadas menos una, sostener que la variedad de credos te impide aceptar cualquier credo es una posición poco inteligente); etc.

Entre los que afirman que hay quienes intentan que razonemos mal e incluso crean las condiciones para que lo hagamos, se puede citar «El votante y las dos voces», acerca de la corrupción que significa el bipartidismo para la democracia: en una verdadera democracia el hombre común decidiría sobre qué votar y no tendría sus opciones limitadas a elegir entre un partido u otro; en nuestras democracias se nos proponen dos cursos de actuación pero, no por casualidad, ambos son seguros siempre para quienes controlan los resortes de las instituciones. Otro artículo en la misma línea es «El hombre libre», donde se define la libertad en su sentido espiritual primario y luego en su sentido político para concluir qué poco puede influir el ciudadano común en el curso del estado, y más aún cuando un un hombre puede decir en público una vigésima parte de lo que afirma en privado.

No faltan opiniones contundentes sobre cuestiones sociales: habla en favor de los mineros que se ponen en huelga, en «El escocés sentimental»; ataca ferozmente a los clasistas inconscientes con el cerebro reblandecido en «El tonto»; ironiza contra los turistas ingleses con aires de superioridad que admiran el arte italiano sin admirar a los italianos en «El aristocrático ‘Arry». Pero, si hubiera que mencionar uno en esta dirección, mi elección sería «El hombre en la cima», donde califica de calamitosos a los hombres de negocios y políticos que «no tienen ni las virtudes y ni siquiera los vicios de los tiranos, sino sólo sus poderes», y que aún encima tienen la desfachatez de poner al mismo nivel lo bueno para el comercio con lo bueno para la nación, como si los ciudadanos tuvieran la obligación de trabajar de forma que los hombres ya ricos se hagan todavía más ricos.

A los interesados en el arte les recomendaría «El mistagogo», donde se proclama la necesidad de la claridad mental: quien realmente piensa que tiene una idea siempre tratará de explicarla mientras que el charlatán que no tiene ideas «hablará de cosas impronunciables, indefinibles, impalpables y sutilmente indescriptibles». En mi opinión es certero el enfoque de «El detective divino», donde compara la Iglesia con el detective privado que corrige los descubrimientos del policía oficial: explica que si la Iglesia, como institución, lamentablemente a veces se contagió del uso de la crueldad que era común en la sociedad en la que vivía, también como institución se caracterizó porque, frente a la maquinaria de castigo creada por el Estado, puso en marcha una maquinaria para el perdón, una maquinaria para descubrir y perdonar los crímenes.

Un último punto a subrayar de nuevo es la capacidad de Chesterton para unas sensacionales descripciones poéticas: del fuego en «El hombre que piensa hacia atrás», del arte gótico en «El arquitecto de lanzas», o de la lluvia en «El romántico en la lluvia» (incluido en Correr tras el propio sombrero). Y, por cierto, al leer este último artículo, donde se describe por extenso que la lluvia todo lo transforma en espejos, pensaba en las páginas sobre lo mismo que aparecen en El bosque animado y me preguntaba si Wenceslao Fernández Flórez pudo haberlo leído.

G. K. Chesterton. A Miscellany of Men, 1912.

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sábado, 27 de junio de 2009

Alarmas y digresiones
contiene treinta y nueve artículos que Chesterton publicó en el Daily News. Tres han sido publicados en Fábulas y Cuentos: «Las tres edades» (que se corresponde con «Acerca de las gárgolas» en la edición que menciono, y con el título inglés original «On Gargoyles»), «Cómo encontré al Superhombre» y «El arco largo» (título que corresponde al inglés original, «The Long Bow», y que en Fábulas y Cuentos se titula «La prolongada ceremonia»...).

En el introductorio, «Acerca de las gárgolas», cuenta una historia que viene a ser como una especie de gran historia del arte a grandes trazos y, en ese contexto, presenta el libro como unos «fragmentos de fútil periodismo que aquí colecciono como restos de un naufragio» y equipara su trabajo con el de quien esculpe gárgolas para una catedral. En su caso porque, dice, no sabe hacer otra cosa y tiene que dejar para otros los ángeles y los arcos y las agujas, aunque sepa bien cuál es el estilo arquitectónico y, naturalmente, cuál es el destino final de la catedral en cuya construcción colabora.

Varios textos sacan partido humorístico a la circunstancia de que acababa de dejar Londres para trasladarse a vivir al campo. Es el caso de «La rendición de un cockney», donde Chesterton indica sus preferencias por Londres frente al campo, pero señala que se rinde (ante su mujer, a la que no menciona) y cambia su residencia para vivir en Battersea; en ese marco, como ejemplo de la «superioridad» de lo urbano frente a lo rural apunta que llamar «nabo» a un hombre puede ser divertido pero no respetuoso, mientras que para elogiar su firmeza y rectitud usamos «la más noble metáfora cockney» y le llamamos «ladrillo».

No hay, en esta colección de artículos, ninguno que trate directamente de autores u obras literarias, pero sí hay varios sobre cuestiones anejas. Así, acerca de los cuentos de miedo, en «La pesadilla» explica que, para disfrutarlos, la salud mental del lector es esencial pues si alguien cuerdo puede tontear con la locura, a quien está enfermo no se le puede permitir jugar con la cordura; en otros lugares hablará de que «sólo la cordura es la que puede ver en la locura incluso una violenta poesía» («La abuela del dragón», Enormes minucias). O, en «Las tres clases de hombres», —un artículo que comento en Criterios para la elección de los buenos libros—, habla de que los poetas son aquellos hombres que comparten los sentimientos populares más genuinos y pueden expresarlos de tal manera que parecen ser las cosas extrañas y delicadas que en realidad son, y, al hacerlo así, hacen que el pueblo se sienta sabio.

Ese último artículo se puede alinear con otros que salen en defensa de la gente común, como «La ciudad roja»: «Es estúpido decir que la mayoría de la gente es estúpida. Es como decir que la mayoría de la gente es alta, cuando es obvio que alto puede sólo significar más alto que la mayoría de la gente. Es absurdo denunciar que la mayoría de la humanidad está por debajo del promedio de la humanidad». De modo parecido, en «La filosofía del curioseo» se rechaza el esnobismo del gusto que se aprecia en quienes sólo no saben ver el fondo de las cosas, en quienes si conocieran a Simon de Montfort sólo se darían cuenta de su acento francés o si vieran a Nelson sólo apreciarían que le falta un brazo.

«Simmons y el nexo social» es uno de los muchos textos de Chesterton que resulta luminoso para comprender mejor la mente juvenil: «Los muchachos, como los perros, tienen una especie de ritual romántico que no constituye siempre su yo verdadero. Y ese ritual romántico es, por lo general, el ritual de no ser romántico; la pretensión de ser mucho más masculinos y materialistas de lo que son. En su yo profundo los muchachos son muy sentimentales. La cosa más sentimental en el mundo es ocultar sus propios sentimientos haciendo demasiado caso de ellos. El estoicismo es el producto más directo del sentimentalismo; y los escolares son individualmente sentimentales pero colectivamente estoicos».

Da idea de la imaginación efervescente de Chesterton «La gloria del gris», que comienza con un comentario acerca de que los pintores ingleses son los mejores para pintar el Tiempo y deriva hacia un elogio del gris como el color con más posibilidades de todos. «El triunfo del asno» trata uno de sus temas recurrentes: el de la perspectiva, el de cómo nos confundimos una y otra vez al pensar que lo pequeño es grande y lo grande pequeño, que lo serio es cómico y lo cómico serio. Y el artículo sobre «La rueda» —«un animal que siempre está de pie sobre su cabeza; solamente que lo hace tan rápido que ningún filósofo ha podido jamás averiguar cuál es su cabeza»—, ejemplifica la extraordinaria capacidad de observación de Chesterton para detectar y para sacar provecho de las paradojas: la rueda es «la sublime paradoja», pues una de sus partes está siempre yendo hacia delante mientras la otra lo hace hacia atrás, y por eso su condición es semejante a la del alma humana y la de cualquier comunidad política: la necesidad de tener referencias tanto «de lo que está delante como de lo que está detrás», de tener «una parte en el cielo en perpetua e impotente transición, y una parte que perpetuamente humilla su cabeza en el polvo».

G. K. Chesterton. Alarmas y digresiones (Alarms and Discussions, 1910). En Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; de la p. 937 a la p. 1091 de 1676 pp.; trad. de Teresa Reyles. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2015; 192 pp.; trad. de Miguel Temprano; ISBN: 978-8416011667 . [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 20 de junio de 2009

Enormes minucias
recopila treinta y nueve artículos que Chesterton publicó en el Daily News desde 1901. Entre ellos están algunos de sus ensayos más conocidos y de ahí que una selección de textos extensa como Correr tras el propio sombrero recoja más de una decena de sus capítulos. En el prólogo a un libro posterior (Maestro de Ceremonias), Chesterton se refirió al título inglés original, Tremendous Trifles, como ejemplo de uno de sus peores defectos literarios: su gusto por la aliteración.

«Enormes minucias» es también el artículo inicial y de presentación del libro; en él se cuenta la historia de dos niños a los que un mago transforma, a uno en un gigante que puede atravesar continentes y océanos, y a otro en un pigmeo que medía poco más de media pulgada; y el autor señala que, mientras el propósito de autores como Kipling es mostrar cuántas cosas extraordinarias puede ver un hombre si se mueve como un gigante, el suyo es mostrar cómo muchas cosas extraordinarias son completamente ordinarias y un hombre cualquiera puede verlas con tal que se fije un poco. En esa misma línea, de aprender a mirar alrededor, «Ventajas de tener una pierna» habla de que uno sólo puede ser feliz si aprende a disfrutar con los límites que la vida misma le impone y si descubre que las contrariedades forman parte inseparable de la felicidad. Y también, de otro modo, en «Los doce hombres» habla de las dificultades que tenemos para ver las cosas como son debido al acostumbramiento; en ese artículo, compuesto cuando formó parte de un jurado, defiende esa institución a partir de una de esas «paradojas que deberían enseñarse a todo niño que balbucea», la de que «mientras más mira el hombre a una cosa, menos la ve (...) y quien más sabe de una cosa es quien menos sabe de su significado»: los jueces y demás personas que trabajan administrando justicia se han acostumbrado a su tarea y «no ven al prisionero sino al hombre de siempre en el sitio de siempre; no ven el pavoroso estrado del tribunal, sino el lugar de su trabajo».

Magníficos ejemplos de cómo debemos aprender continuamente a razonar sobre lo que vemos están en «El viento y los árboles» y en «En el mundo al revés». En ellos analiza la misma pregunta: ¿es el viento el que mueve los árboles o son los árboles los que crean el viento al agitar sus hojas? En el primero habla de que «los árboles representan y significan todas las cosas visibles y el viento las invisibles»: «el viento es la filosofía, religión, revolución; los árboles son ciudades y civilizaciones»; no podemos ver el viento, podemos ver que hace viento; cuando «la gente empieza a decir que sólo las circunstancias materiales han creado las circunstancias morales, han impedido toda posibilidad de cambio serio. Porque si las circunstancias me han hecho a mí íntegramente imbécil, ¿cómo puedo estar seguro siquiera de tener razón para alterar estas circunstancias?». En el segundo, a partir de leer un cartel con la pregunta «¿deben casarse los dependientes de comercio?», señala su semejanza con otras como ¿favorece al Imperio la democracia? ¿es el Arte benéfico para la pintura al fresco?, ¿mejorarán los pies a las botas?, ¿conviene a los sombreros tener cabezas dentro?, ¿lesionan las manos a los bastones? Y es que, al hablar continuamente de «aspectos económicos y de necesidades físicas», acabamos poniendo la verdad patas arriba: hoy «el hombre no dice (...) ¿pueden los hombres casados soportar la moderna posición de dependientes de comercio?, sino ¿deben los dependientes casarse? El esclavo no dice: ¿son esas cadenas dignas de mí? El esclavo, científicamente, y satisfecho, dice: ¿soy siquiera digno de estas cadenas?».

Dos famosos artículos sobre los cuentos de hadas, un tema recurrente para Chesterton, son «La abuela del dragón» y «El ángel rojo». En el primero habla de un hombre que no creía en los cuentos de hadas, no en el sentido de que no hay calabazas que se conviertan en carrozas, sino en el de que se deben contar a los niños: «uno de los errores intelectuales que pueden clasificarse extraordinariamente cerca de los pecados mortales ordinarios». En el segundo, que cito en La sabiduría de los cuentos populares, se refiere a quienes dicen que los cuentos de hadas atemorizan a los niños, olvidando cómo son los niños y la importancia de los cuentos de hadas para la salud mental de los niños.

En «Echado en la cama», uno de los muchos textos que Chesterton escribió para distinguir lo importante de lo secundario, hace notar lo ridículo y asombroso que resulta, por ejemplo, considerar la limpieza como algo esencial y la santidad como una ofensa, o escandalizarse porque alguien vaya contra lo indicado como saludable, como por ejemplo fumar o quedarse en la cama, y al mismo tiempo dar por buenas otras conductas verdaderamente condenables: «si hay algo peor que la debilitación moderna de la gran moral, es la fortificación moderna de la pequeña moral».

Y, entre los artículos que tratan sobre las relaciones del ciudadano con el poder y, sobre todo, de la forma en que las personas que ocupan los poderes públicos tratan al ciudadano, se pueden destacar «Vislumbre de mi país», donde habla de que Inglaterra es un país donde los ciegos guían a quienes ven con claridad, o «El busilis de la yedra», donde, a propósito de unas declaraciones de lord Balfour sobre que la Cámara de los Lores era un reflejo del verdadero espíritu de Inglaterra, Chesterton señala su sorpresa de que afirme tal cosa pues Balfour, «el más capaz de los políticos ingleses», sabe que casi todos los Lords que no son Lords por accidente, son «idiotas a quienes él mismo ha despreciado y aventureros a quienes él mismo ha ennoblecido».

G. K. Chesterton. Enormes minucias (Tremendous Trifles, 1909). En Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; de la p. 1285 a la p. 1443 de 1676 pp.; trad. de Rafael Calleja. Nueva edición en Sevilla: Renacimiento, 2011; 264 pp.; col. Clásicos y modernos; prólogo de Juan Lamillar y trad. de Vicente Corbí; ISBN: 978-84-15177-00-5.

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sábado, 13 de junio de 2009

All Things Considered
reúne treinta y cinco artículos que Chesterton publicó en su columna semanal del Illustrated London News antes de 1908. Unos comentan polémicas públicas que tenían lugar entonces, otros se refieren a libros que tenían éxito, algunos contestan a críticas por algún artículo anterior.

En Correr tras el propio sombrero están «Correr tras el propio sombrero», «Cuentos de hadas» y «El culto a los ricos», tres textos bien seleccionados porque son magníficos y porque inciden en puntos claves para Chesterton: la necesidad de vivir la vida cotidiana como una gran aventura, la gran enseñanza ética que contienen los cuentos de hadas, el humillante servilismo con el que muchos tratan hoy a los poderosos.

Se pueden destacar también tres artículos sobre cuestiones literarias o, mejor, sobre la moralidad o inmoralidad de las obras literarias. En «La controversia Zola» Chesterton afirma que no le preocupa la inmoralidad de Zola sino su moralidad: al identificar la lujuria con la vida hizo que ambas fueran repugnantes y, por tanto, «hizo algo peor que animar al pecado: animar al desánimo». En «Tom Jones y la moralidad» recuerda que, para escritores como Fielding o como Shakespeare, igual que para pintores como William Hogarth, una obra moral no era una obra sobre gente buena y amable sino una obra que trataba sobre gente inmoral, pero, eso sí, ni ellos ni sus lectores se confundían: «lo correcto es correcto, aunque nadie lo haga; lo equivocado está equivocado, aunque todos estén equivocados en ese punto». En «La doncella de Orleans» compara las afirmaciones injuriosas y ofensivas de Voltaire acerca de Juana de Arco con las comprensivamente condescendientes de Anatole France: afirma que prefiere las primeras y condena el método de France, el mismo que había utilizado Ernest Renan, de «explicar los relatos de orden sobrenatural que tienen fundamento por el método de inventar relatos de orden natural que no tienen fundamento».

Hay también varios artículos que, directa o indirectamente, describen bien el misticismo adulador en el que nuestra sociedad envuelve a los poderosos. En «La falacia del éxito» critica los libros y artículos en torno al éxito, tanto por la reverencia con la que sus autores y lectores se postran ante el misterio del millonario, como por ser libros que hablan de cómo triunfar pero que han sido escritos por hombres que, indudablemente, no triunfarán escribiendo. En «Sobre el secreto político» habla de que la clase gobernante de Inglaterra es como una casta sacerdotal cuyos miembros piensan ser los únicos capaces de pronunciar las palabras impronunciables, los únicos que conocen las cosas importantes. Vuelve a lo mismo en «Pensamientos acerca de Koepenick», donde, a raíz de un incidente militar, habla de que el verdadero Parlamento es un parlamento secreto que conduce privadamente nuestra vida pública.

Otra idea que repite, hablando sobre cuestiones periodísticas o sobre temas educativos, es cómo en nuestra sociedad no llamamos a las cosas por su verdadero nombre, y cómo, en la educación que damos, no proponemos positivamente a los chicos que digan la verdad. En «El muchacho», a propósito de una broma que un joven gastó de pintar de rojo una estatua, señala el miedo del periodismo a dar explicaciones morales simples de forma que puede calificar un acto como loco, bestial, vulgar, idiota..., pero de ningún modo lo llamará malo; y habla de que el mismo sistema de partidos está fundado sobre la base de que decir la verdad completa no importa. En «Limericks y consejos de perfección» comenta que con frecuencia criticamos a la prensa amarilla como exagerada, excesivamente sentimental, anárquica, analfabeta, y muchas otras palabras larguísimas, pero no recalcamos la única objeción que verdaderamente importa: que miente.

Luego, siempre resulta interesante observar no sólo el modo en que Chesterton alcanza el núcleo de las cuestiones que trata sino también su forma de aclarar los pasos en falso y las implicaciones de algunos razonamientos. En «El error de la imparcialidad» cuenta el caso de una persona que le reta a que dé nombres de gente inteligente que creyera en los milagros; cuando Chesterton le habla de Descartes, Samuel Johnson, Newton, Faraday, Newman, Pasteur, Browning..., su oponente le responde que no valen porque todos eran cristianos; es decir, continúa Chesterton, «primero me desafía a que encuentre un cisne negro y luego él descarta todos los cisnes que yo encontré porque eran negros (...); el argumento viene a ser (...): “todos los hombres que importan llegan a mi misma conclusión, y si ellos llegan a tu conclusión, entonces no cuentan”». En «Demagogos y mistagogos» indica que vivimos en una época no de demagogos sino de mistagogos, esos sacerdotes antiguos que supuestamente iniciaban a los grandes misterios: si algunos artistas contemporáneos de Miguel Ángel se declaraban grandes artistas aunque no tuvieran éxito, no se les ocurría, como ahora, declararse grandes artistas precisamente por no tener éxito; y en esto vemos también un rasgo propio de nuestro tiempo, que parece democrático, pero que tiene un positivo sesgo contra los gustos populares.

G. K. Chesterton. All Things Considered, 1908.

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sábado, 6 de junio de 2009

El acusado
es una recopilación de dieciocho artículos que Chesterton publicó en The Speaker. Su segunda edición comienza con una «Defensa de una nueva edición» en la que habla de que las cosas primero deben ser amadas para que luego se puedan mejorar, desarrollo de la idea que ya comentara en la «Introducción» de que la disposición optimista es mucho mejor que la pesimista si uno desea de verdad cambiar las cosas. En castellano varios están publicados en Correr tras el propio sombrero: «En defensa de la novela de quiosco», «Defensa del absurdo», «Defensa de la farsa», «Defensa de las novelas de detectives». Los demás son: «Defensa de los votos arriesgados»; «Defensa de los esqueletos»; «Defensa de la publicidad»; «Defensa de los planetas»; «Defensa de la pastora de porcelana»; «Defensa de la información útil»; «Defensa de la heráldica»; «Defensa de las cosas feas»; «Defensa de la humildad»; «Defensa del argot»; «Defensa del culto al niño»; «Defensa del patriotismo».

Todos ellos son un intento de ver la cara positiva de realidades que, con frecuencia, se critican; y, al mismo tiempo, de mostrar cómo, con frecuencia, lo que se critica no es lo que verdaderamente merece ser criticado. Es como si Chesterton tuviera una especie de talante caballeresco que le hace ponerse al lado del agredido para combatir a quienes tienden a presentar las cosas como peores de lo que son, y un espíritu que por encima de todo procura ver las cosas sin el conformismo propio del acostumbramiento. En general sigue también la pauta de tomar partido por los más débiles frente a cualquier posición de superioridad esnob o, simplemente, irreflexiva. Así, explica las razones lógicas del gusto mayoritario de las novelas baratas, habla de la riqueza y el colorismo del lenguaje de jerga de los menos cultos, juzga como sanísimo el ser sentimentales ante los niños, etc. A lo largo de su vida Chesterton publicará bastantes más artículos con el mismo espíritu y con títulos que comienzan también por «Defensa de...».

A veces el título no responde con exactitud al contenido y, aunque sí comienzan con él, luego derivan en otra cosa. Por ejemplo, «Defensa de la pastora de porcelana» termina siendo un elogio de los méritos de la novela pastoril, idea que desarrollará en El hombre eterno; «Defensa de los votos arriesgados» acaba en una justificación entusiasta del compromiso matrimonial (idea que aparecerá de nuevo en «En la Plaza de la Bastilla», Enormes minucias, cuando dice que «las cosas de más valor en lo humano son las cosas irrevocables»; y por supuesto en La superstición del divorcio); «Defensa de la heráldica» habla de lo que se ha perdido con la desaparición del colorido propio de un mundo aristocrático y con la llegada del igualitarismo ramplón, en el que al ciudadano común no se le dice «“eres tan bueno como el duque de Norfolk” sino que, con una fórmula supuestamente más democrática, se le contenta con un “el duque de Norfolk no es mejor de lo que tú eres”».

Sin embargo, en otros artículos título y contenido encajan perfectamente. «Defensa de la humildad» presenta el arte de ver todas las cosas del universo tal como son en realidad: de un tamaño inconmensurable; igual que las ve un niño de cuento de hadas que no teme hacerse pequeño, y justo al contrario de cómo las ve un «sabio que pone su fe en la magnitud y en la ambición» y que «se va haciendo más y más grande, como un gigante, lo que significa tan sólo que las estrellas se van haciendo más y más pequeñas». «Defensa del patriotismo» contiene la famosa cita de que decir «my country, right or wrong» es como decir «mi madre, borracha o sobria», una bobada cósmica, y subraya que resulta demencial que un inglés ame a su país por su espíritu comercial o por su expansión imperial en lugar de amarlo por ser el país de Shakespeare o Newton, un verdadero motivo por el que sentirse justamente orgulloso.

G. K. Chesterton. The Defendant, 1901. Edición en castellano, titulada El acusado, en Sevilla: Espuela de Plata, 2012; 196 pp.; col. Literatura universal; trad. de Victoria León Varela; ISBN 13: 978-84-15177-50-0.

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