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Notas del archivo 'Fantasía (clásicos)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 12 de marzo de 2015

Se acaba de publicar una nueva edición de Fantastes, una obra de George MacDonald de la que hablé ya en Atisbos de lo invisible. Como dije allí, su protagonista y narrador es un joven de veintiún años, llamado Anodos («sin senderos») al que conducen al País de las Hadas, donde realiza un viaje mágico en el que le ocurren muchas cosas, e incluso muere, para despertar más adelante. Al comienzo de su relato el narrador indica que ofrece una ventana desde la que contemplar un mundo enorme: la intención del autor es hacer pensar en un mundo invisible más allá del mundo visible.

Esta edición contiene un prólogo de C. S. Lewis en el que indica que lo que le fascinó en las obras de MacDonald fue que lograba reflejar «la cualidad del universo real, la realidad divina, mágica, terrorífica y extasiante en la que todos habitamos». Hay que añadir, sin embargo, que si resulta fácil comprender que obras como La princesa y los trasgos dejaran mucha huella en niños como fueron Chesterton o Tolkien, es más difícil entender cómo una obra (que ahora nos parece tan exageradamente romántica) como Fantastes pudo tener tanto impacto en Lewis como para moverle a su conversión.

Sea como sea, Lewis pone de manifiesto las carencias literarias y los méritos de MacDonald como creador de relatos de fantasía que oscilan entre la alegoría y la mitopoiesis: es decir, relatos que funcionan como mitos, en los cuales no importan tanto los recursos literarios como la simple sucesión de acontecimientos que componen su argumento. Esta clase de relatos, dice C. S. Lewis, nos tocan en un nivel más profundo que el de nuestros pensamientos y nuestras pasiones y consiguen sacudirnos y hacernos sentir más despiertos que nunca.

George MacDonald. Fantastes (Phantastes, 1858). Girona: Atalanta, 2014; 271 pp.; trad. de Juan José Llanos; prólogo de C. S. Lewis; ISBN: 978-84-942276-4-6. [Vsita del libro en amazon.es]

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miércoles, 12 de noviembre de 2014

La Ciudad Mágica es un libro más de Edith Nesbit que se acaba de publicar en castellano ahora. La hermana mayor de Philip, con la que tenía una gran complicidad, se ha casado y él ha de vivir con su nueva hermanastra, Lucy. Cuando su hermana se marcha de luna de miel, Philip lo pasa mal y él solo, tal como hacía con su hermana, construye una ciudad pequeña componiendo libros, vajillas y objetos de distinto tipo. Asombrosamente, la ciudad cobra vida pero, cuando Philip está en ella, también aparece Lucy, cosa que le contraría. Además, descubre que su presencia en la ciudad confirma una vieja profecía y es imprescindible que pase por siete difíciles pruebas.

Como las demás novelas de la autora, esta también pone de manifiesto su talento narrativo y su buen humor, su soltura para que lo fantástico engrane con la vida real, su acierto en la descripción del modo de ser de los niños protagonistas. No fluye de modo tan natural como algunas otras suyas pues las arbitrariedades para ir encajándolo todo son muchas y hay un exceso de acciones propias de los relatos de nonsense como, por ejemplo, los de Alicia. También son bastantes las referencias cultas que sólo los lectores adultos podrán captar bien —aunque no faltan aclaratorias notas al pie— y abundan las intromisiones del narrador que cabría llamar metafictivas, como esta: «Siento mucho si este capítulo tiene distintos cortes con referencias a varios de sus protagonistas, pero el asunto se complica cuando tienes que contar todo lo que les ocurre a cada uno al mismo tiempo. (…) Así que espero que me disculpes».

Hay observaciones de interés acerca de cómo funciona la magia. El señor Noé le dice a Philip que «la magia desaparece cuando entendemos el porqué de las cosas y vemos cómo funcionan y entonces dejamos de maravillarnos, ya sabes». En otro momento le indica que «las lágrimas tienen un gran poder mágico». Philip también aprende por qué puertas puede acceder a la ciudad, cómo alguna gente lo hace «a través de los sueños», y cómo el tiempo en la vida real se detiene mientras tanto.

Son excelentes las reacciones de Philip, tan propias de un chico de su edad y de aquellos años —«no quiero ayuda, gracias, especialmente si viene de chicas», dice—, y las certeras réplicas de Lucy, o de la misma narradora, para poner las cosas en su sitio —así, cuando Philip se dice a sí mismo que «las chicas siempre siguen los caminos. Nunca exploran», la narradora comenta: «Lo cual sólo demuestra lo poco que conocía a las chicas»—.

Edith Nesbit. La ciudad mágica (The Magic City, 1910). Córdoba: Berenice, 2014; 304 pp.; col. Libros de Pan; trad. y notas de Nuria Reina Bachot; ISBN: 978-8415441540. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 24 de octubre de 2012

Además de ganar un nuevo terreno para la literatura infantil de fantasía, con relatos como los mencionados ayer, George MacDonald puso las bases de las nuevas novelas de fantasía y aventuras fantásticas del siglo XX. En este sentido las novelas que algunos autores destacan más son Fantasías y Lilith, aunque otros libros suyos son más resistentes al paso del tiempo pues tienen todas las cualidades propias del autor y, como son relatos más breves, y más ajustados a un argumento bien definido, los podemos leer ahora sin cansancio.

Tanto Fantasías como Lilith pertenecen a la clase de historias donde alguien de nuestro mundo encuentra un acceso a un mundo distinto al nuestro y cuenta con un guía que le orienta. El protagonista y narrador de Fantasías es un tipo de veintiún años, llamado Anodos («sin senderos»), que abre un viejo arcón heredado de su padre del que sale un ser diminuto que le conduce al País de las Hadas; allí realiza un viaje mágico entre hadas y duendes, damas encantadas y palacios: el mundo de Fantasía, donde le ocurren muchas cosas, e incluso muere, pero a las tres semanas despierta. El héroe de Lilith se llama Vane (Veleta) y, en este caso, es un personaje fantasmal, que toma la forma de un cuervo, quien le conduce a un mundo paralelo de «siete dimensiones» que, más o menos, es posterior a la muerte pero anterior a lo que venga después; allí, entre los muchos personajes misteriosos con los que se relaciona destacan Lona, una chica joven, y su madre, la extraña y bella Lilith.

Ambas novelas dejan la sensación de que su autor espera que sus lectores sean capaces de abandonarse por completo a lo que va diciendo para entrar en su mundo. Esto, que no es fácil, se complica porque el narrador va indicando todo lo que ve y lo que siente, y va señalando con frecuencia las dificultades que tiene para explicar cosas que no se pueden explicar. Al comienzo de Fantasías se dice que ofrece «una ventanita para atisbar un mundo enorme», pues el autor desea hacer pensar en un mundo invisible más allá del mundo visible. De las dos es más llevadera Lilith, pues contiene muchos más diálogos que, con frecuencia, resultan vivos y sugerentes.

George MacDonald. Fantasías (Phantastes, 1858). Madrid: Miraguano, 1989; 206 pp.; col. La cuna de Ulises; trad. de Francisco Arellano; ISBN: 8478130438.
George MacDonald. Lilith (1895). Barcelona: Edhasa, 1988; 326 pp.; col. Fantásticas Edhasa; trad. de Rubén Masera; ISBN: 84-350-1106-2.

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martes, 23 de octubre de 2012

En el origen de la literatura de fantasía que da un paso más allá de los cuentos de hadas populares está, en primer lugar, George MacDonald. Además de los libros que ya he reseñado, los más destacables, otros dos relatos infantiles populares son La princesa ligera y La llave de oro.

En el primero, la hermana del rey, una bruja rencorosa, lanza un hechizo a la princesa por el cual no le afecta la ley de la gravedad con lo que, al mínimo descuido, se eleva por el aire; y por el cual, además, siempre se ríe y no se toma nada en serio. Pasado el tiempo, como sólo le gusta disfrutar en el agua, la tía hechiza también el lago y el agua desaparece, con lo que la princesa pierde la alegría. Para devolvérsela, el príncipe que se ha enamorado de ella ha de ofrecer su vida haciendo de tapón viviente del lago.

En el segundo relato, un chico, al que luego se llamará Musgoso, encuentra una llave de oro en el arco iris pero no sabe a qué cerradura corresponde. Una niña, que luego recibirá el nombre de Maraña, se interna en el bosque y encuentra una mujer a la que llama Abuela. Luego, ambos salen en busca del país de donde proceden las sombras y van teniendo tratos con personajes misteriosos como el Viejo del Mar, el Viejo de la Tierra, el Viejo del Fuego…

Para involucrar a sus lectores en la historia, en La princesa ligera MacDonald usa un narrador flemático, que aclara hechos y hace precisiones: «era un rey muy bajito con un trono muy alto, como muchos reyes». Es también un narrador irónico, que juega con las expectativas del lector: cuando el príncipe pierde de vista a su séquito en un gran bosque, señala que «estos bosques son muy útiles para librar a los príncipes de sus acompañantes».

La llave de oro da más idea de la singularidad de agunas historias de MacDonald. Tal como indica Auden en el epílogo, este es un cuento de los que pide «una entrega total: mientras está en su mundo, el lector no puede estar en otro». Con esto se refiere, por ejemplo, a que personajes como la Abuela, el Viejo del Mar, o el pez aéreo, hacen observaciones y dan consejos que no siempre podemos interpretar nítidamente: no son alegorías simples. También dice Auden, y esta historia lo ejemplifica bien, que, para él, «el más extraordinario y precioso don de George MacDonald es su habilidad para crear, en todas sus historias, una atmósfera de bondad alrededor de la cual no hay nada falso o moralizador. Nada es más raro en literatura».

George MacDonald. La princesa ligera (The Light Princess, 1864). Madrid: Alfaguara, 1992, 2ª ed.; 85 pp.; col. Juvenil Alfaguara; ilust de Maurice SENDAK en 1969; trad. de Flora Casas; ISBN: 84-204-4702-1.
George MacDonald. La llave de oro (The Golden Key, 1876). Madrid: Alfaguara, 1987; 76 pp.; col. Juvenil Alfaguara; ilust de Maurice SENDAK en 1967; epílogo de W. H. Auden; trad. de Joaquín Fernández; ISBN: 84-204-4538-X.

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jueves, 1 de marzo de 2012

Se ha publicado en castellano recientemente La historia de Nycteris y Photogen, de George MacDonald, a quien se califica en la solapa de esta edición como «el maestro de la mitopoeisis, según Lewis, es decir, de la creación de imágenes que expresan en su misma configuración el siempre-más que hay en todas las cosas y que señala hacia la alegría de Dios cuando creaba todas las cosas».

La historia cuenta cómo la bruja Watho se hace con dos chicos recién nacidos, y a uno, Photogen, lo encierra y lo educa para que nunca vea la oscuridad y con la otra, Nycteris, hace lo mismo pero al revés, para que nunca vea la luz; y luego narra el crecimiento de ambos hasta que se conocen, se hacen conscientes de lo que pasa, y deciden huir. A través del relato se habla de «saber atesorar el esplendor» de lo que nos rodea, de cómo un prisionero puede tener el corazón «lleno de gloria y júbilo», de que «las mismas personas malvadas pueden ser un lazo para unir a los buenos», de un amor que acaba venciendo al mal.

MacDonald hace descripciones excelentes y deja que los significados se desprendan de su narración sin énfasis alguno y sin intentar aleccionar al lector. Así, cuando Nycteris abandona su habitación por vez primera sigue a una luciérnaga que, «como ella, estaba buscando la salida. Si no conocía el camino, al menos seguía siendo una luz, y ya que toda luz es una, cualquier luz puede servir para guiar a más luz».

George MacDonald. La historia de Nycteris y Photogen (The Day Boy and the Night Girl. The Romance of Photogen and Nycteris, 1882). Madrid: Fundación Maior, 2011; col. Hilo de Luna; trad. de Ana Cecilia Aldana y Pedro Hernández O’Hagan; ISBN: 978-84-936777-4-9.

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martes, 11 de enero de 2011

Un relato decimonónico bien hecho: The Cuckoo Clock, de Mary Louisa Molesworth. A quienes les gusten las historias de Edith Nesbit también les gustará esta: el cuco del reloj es un personaje magnífico, un guía exigente (y a veces insolente) pero también amable.

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martes, 4 de enero de 2011

Libros del siglo XVIII que significaron un comienzo: Adventures of a Pincushion y The Life and Perambulation of a Mouse, de Dorothy y Mary Ann Kilner. Según dicen las enciclopedias fueron los primeros escritos para niños que contaban las cosas desde la perspectiva de un objeto inanimado y de un animal que observan y sufren la conducta de los seres humanos de alrededor.

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martes, 14 de julio de 2009

Hilaire Belloc
,
el combativo amigo de Chesterton, historiador y ensayista, fue también autor de varios libros de poemas humorísticos de nonsense que muchos consideran los mejores después de, y junto con, los de Edward Lear. No están traducidos al castellano, que yo sepa, pues no son fáciles de versionar y buena parte de la crítica que destilan tiene peculiaridades propias del momento y del lugar en que fueron publicados. La ventaja es que sus distintos libros de Cautionary Tales pueden leerse y verse íntegros en la red.

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miércoles, 15 de abril de 2009

Una sucesora de Edith Nesbit en Inglaterra, que no alcanza su altura pero que merece ser recordada: Pamela Lyndon Travers, la autora de Mary Poppins, un ejemplo más de cómo una película famosa puede oscurecer y deformar un libro valioso.

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martes, 14 de abril de 2009

Como el origen del humor que llamamos nonsense lo solemos poner en autores como Edward Lear y Lewis Carroll, y como una buena parte de sus representantes más conocidos son de habla inglesa, es fácil dejar de lado a grandes escritores del género en otros idiomas. Por eso conviene recordar, entre otros, a dos hermanos checos: Josef ČAPEK y Karel ČAPEK.

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miércoles, 1 de abril de 2009

Otro escritor-editor que impulsó la literatura infantil en Estados Unidos en el siglo XIX después de Mary Mapes Dodge: Frank Stockton. Además, sus relatos de fantasía son estupendos: divertidos, ingeniosos, con un humor que no pierde actualidad. No sé hasta qué punto influyó en Edith Nesbit porque tienen un registro irónico-bromista muy parecido.

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martes, 24 de junio de 2008

Un libro históricamente importante, y que hoy se deja leer bien, es la autobiografía de un caballo titulada Belleza Negra, de Anna Sewell.

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viernes, 4 de abril de 2008

Jonathan Swift
es un autor que forma parte de la historia de la literatura infantil aunque ninguna de sus obras tiene nada de infantil, ni en sus intenciones satíricas ni en sus contenidos complejos ni en su escritura zigzagueante. Pero las dos primeras partes de Los Viajes de Gulliver, de un gigante entre seres minúsculos y de un enano entre gigantes, versionadas o suavizadas convenientemente, son historias cercanas al gusto de los niños y están en el origen —junto con cuentos populares de personajes semejantes— de muchísimos relatos posteriores. Es una pena que ya no esté en el mercado la edición con las ilustraciones decimonónicas de Grandville, como la de la derecha.

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martes, 12 de febrero de 2008

Una escritora en el origen de las novelas de fantasía infantiles modernas y, por tanto, citada ya muchas veces: Edit Nesbit.

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miércoles, 21 de febrero de 2007

Una vez mencionado E. H. Shepard parece obligado introducir la reseña de Winnie the Pooh, de A. A. Milne (El mundo de Puff o Winny de Puh, se titulan las versiones en español que yo conozco), uno de los libros imprescindibles en cualquier historia de la literatura infantil. Como más de una vez he comprobado que muchos padres conocen al personaje sólo a través de los dibujos animados, conviene advertir que se trata de un libro de asombrosa categoría literaria, de los que vale la pena tener siempre.

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martes, 3 de octubre de 2006

Un clásico de los que no falta en ninguna historia de la literatura infantil es El maravilloso viaje de Nils Holgersson, del que yo he retenido siempre la historia de la vieja Okka: «es más fácil volar alto que bajo...» Pero se habrá hecho una idea equivocada de la categoría como escritora de Selma Lagerlöf quien la recuerde sólo por ese libro que, a fin de cuentas, no deja de ser una especie de manual escolar vestido de relato de fantasía.

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martes, 22 de noviembre de 2005

Es una buena noticia la publicación en castellano de La princesa y Curdie, la clásica novela de George MacDonald que continúa La princesa y los trasgos, que también había editado Siruela hace años. El lector de las Crónicas de Narnia encontrará en ambas novelas un narrador con acentos muy parecidos y verá por qué Lewis consideraba su maestro a MacDonald. Merece la pena destacar que hay muchas lecciones para padres, y no para niños, en los capítulos iniciales: los padres de Curdie, dice MacDonald, eran una pareja feliz, que se entendía muy bien, debido a «que siempre estaban de acuerdo, porque amaban lo que era justo, verdadero y correcto más que a nada en el mundo».

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miércoles, 2 de noviembre de 2005

Ya que días atrás mencioné la edición de Pinocho con las ilustraciones de Roberto Innocenti, también se puede recomendar aquí la versión del ilustrador italiano de Cascanueces y el Rey de los ratones, de E. T. A. Hoffmann, no menos deslumbrante. Como se ve, antes que los protagonistas de las Crónicas de Narnia, ya hubo quien descubrió el acceso a un nuevo mundo a través de una puerta en un armario...

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miércoles, 26 de octubre de 2005

Es una satisfacción que haya vuelto al mercado la edición de Pinocho, de Carlo Collodi, con las fantásticas ilustraciones de Roberto Innocenti. Collodi compuso Pinocho como una continua lección moral y con prisas debido a las urgencias de la revista donde debían ir apareciendo sus capítulos. Pero consiguó un relato con personajes y resonancias inolvidables, entre las que destaca Gepeto y su inalterable amor por su hijo, rebelde al principio y agradecido al final.

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martes, 9 de agosto de 2005

Uno de los grandes clásicos para primeros lectores, que data ya de los años veinte, es El conejo de terciopelo o El conejo de peluche, según uno prefiera la edición de Everest o de Vicens Vives, de Margery Williams Bianco. Es un relato sobre la relación afectiva entre un niño y sus juguetes, y sobre la vida propia que tienen cuando nadie los ve, según cuentan.

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Barrie-Ingpen.jpg
miércoles, 4 de mayo de 2005

Uno de los grandes ilustradores actuales, el australiano Robert Ingpen, ha puesto imágenes a una edición de Peter Pan y Wendy, de James Barrie, que se ha preparado con ocasión del centenario. El estilo pictórico y ensoñador de Ingpen es apropiado para el tono de la historia.

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Grahame-Topo.jpg
martes, 8 de marzo de 2005

El ocho de marzo de 1859 nacía Kenneth Grahame, autor de relatos como El dragón perezoso, en el que algunos estudiosos ponen el origen de los relatos de fantasía moderna en los que se invierten los papeles habituales de algunos personajes, y de una de las mejores historias con protagonistas animales: El viento en los sauces, un relato escrito con elegante simpatía, que presenta unos personajes inolvidables, que habla de amistad con una brillantez pocas veces igualada, que refuerza nuestro gusto por la vida y nos enseña que la felicidad no es un objetivo sino un resultado.

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