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Notas del archivo 'Chesterton (novelas)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 4 de abril de 2009

El año 2001 se publicó por primera vez Basil Howe, una novela corta que Chesterton escribió cuando tenía veinte años. El manuscrito estaba entre los papeles y cuadernos que conservó su secretaria, Dorothy Collins, hasta su fallecimiento el año 1989. Fue descubierto años después por un especialista en Chesterton que lo publicó con un prólogo explicativo que no está en la edición española. Esto tiene inconvenientes —algunos lectores desearían saber más cosas— pero también ventajas —deja que la novela se defienda por sí misma—.

Dejando de lado que la profundidad y el ingenio de muchos diálogos y consideraciones van mucho más allá de lo que uno espera de un autor tan joven, el primer punto de interés de Basil Howe es que se trata de una novela diferente a otras de su autor: su núcleo es un enamoramiento y sus aires, salvando muchas distancias, recuerdan algo a las novelas de Jane Austen. En la primera parte su protagonista, un joven de 19 años tan inteligente como extravagante, conoce a las tres hermanas Grey y conecta especialmente con la pequeña y rebelde Gertrude. En la segunda parte, cinco años después, el joven Basil, ya un periodista de 23 años, recupera el trato con la chica mientras un lejano primo suyo, Valentine Amiens, se enamora de la responsable y seria hermana mayor, Catherine.

El segundo punto de interés, sobre todo para los seguidores de Chesterton, está en lo que muestra de su mente y de sus ideas cuando era muy joven. Por una parte se supone que hay algo de autobiográfico en la historia, no sólo porque su autor tuviera rasgos y reacciones de Basil y Valentine, igual que los podía tener de sus detectives posteriores, sino porque se describen situaciones que muy probablemente vivió de joven. Por otra, en la narración se apuntan temas que más tarde tratará extensamente: al final hay unos interesantes intercambios de opiniones entre Valentine y Basil, uno a favor de la Edad Media y el otro a favor de la propia época, uno en contra del periodismo y la publicidad y otro que hace notar su predilección por ambos (argumentos que aparecerán poco después en los artículos publicados en The Defendant).

El tercero, ya para cualquier lector, es que, aunque la novela tenga fallos de consistencia semejantes a los de otras novelas suyas —diálogos inteligentes pero tal vez excesivos, estructura episódica e incompleta, personajes poco acabados, etc.—, tiene una frescura particular. El motivo tal vez está en que aquí Chesterton no tiene más interés que el de contar algo y, a su modo peculiar, lo hace bien: consigue transmitir la tensión propia de la inseguridad, el temor y la exaltación que se pueden dar en los momentos en los que nace y se asienta el amor. Además, el personaje de Basil tiene mucha gracia (chestertoniana): «Yo soy tan vago que apenas tengo tiempo de hacer nada»; «me temo que les he impedido hacer toda clase de cosas que no querían hacer. Yo mismo tengo que ir a acabar de tumbarme en la hierba»; «la mejor manera de parar una barca, en mi opinión —observó científicamente— es amarrar una orilla a la misma. Así se queda bien paradita».

G. K. Chesterton. Basil Howe (1894, publicado por primera vez en 2001). Córdoba: El Olivo azul, 2009; 138 pp.; trad. y notas de Diana Pérez García; ISBN: 978-84-936637-5-9.

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sábado, 21 de febrero de 2009

Opinaba Chesterton que había desperdiciado grandes ideas a la hora de intentar componer sus relatos largos pues no lograba darles la tensión propia de las novelas de acción ni la intensidad de sus mejores relatos cortos. Pero los fogonazos de brillantez intelectual y literaria son tantos que compensan de sobra la endeblez novelística, y el que las tramas sean poco acordes con nuestros gustos más estandarizados no significa que no valga la pena leerlas sino más bien una prueba de lo contrario.

El regreso de don Quijote, su última novela, la publicó por entregas en su semanario GK’s Weekly con una cierta intención de brindar un homenaje a Cervantes y al Quijote. En ella vuelven ideas y personajes, como el primer ministro Lord Eden y el escritor y diputado Julian Archer, del último de sus Cuentos del Arco Largo. A Michael Herne, un bibliotecario experto en el mundo paleohitita, le piden que represente a un rey medieval en una obra de teatro de aficionados. Se prepara concienzudamente para el papel y, al terminar, decide no cambiarse de ropa y vivirlo en la realidad hasta el fondo. Con su comportamiento logra la transformación de algunas personas y promueve una curiosa revolución contra el industrialismo.

Entre las escenas, diálogos y descripciones que revelan las inquietudes y las preferencias del autor señalo tres.

Una, cuando Herne señala la gran satisfacción de llevar una prenda con capucha, apunta cómo todos nos hemos deleitado más de una vez contemplando un paisaje a través del arco de una ventana y eso se debe, justamente, a que el marco nos distrae de todo lo demás para fijar nuestra atención en algo: «¿Cuándo comprenderá la gente que el mundo es una ventana y no un infinito? ¡Una ventana en un mundo de infinita nada! Cuando me cubro con esta capucha llevo mi mundo conmigo mismo y me digo: este es el mundo que san Francisco de Asís vio y amó, porque era limitado. La capucha tiene la forma de una ventana gótica».

La segunda, una observación inteligente del narrador: «Muchos creen que la política de las mujeres sería mucho más pacífica, humanitaria y sentimental que la de los hombres, pero el verdadero peligro de una política regida por las mujeres estriba en su excesivo amor por las formas de la política masculina».

Y la tercera, el asombroso discurso de un sindicalista en el que dice a los trabajadores que deben rectificar los errores de sus demandas materialistas y reclamar, en cambio, más responsabilidades para «repartir bien ese directo y democrático gobierno de nuestra propia industria, que hasta ahora sólo ha servido para mantener a unos cuantos parásitos en los lujos de sus fincas y palacios».

La sugerente idea de fondo está en el comentario que Herne hace acerca del talante profético de don Quijote: cuando atacó los molinos de viento quizá veía en ellos el origen de toda esa maquinaria social que, con el paso del tiempo, se ha vuelto a la vez inhumana y natural —es decir: tan indiferente y cruel como la propia naturaleza—, que quienes la defienden ya no saben ni cómo actúa ni cuáles son sus mecanismos, que con ella los hombres han terminado atados a herramientas tan grandes y poderosas que ya no saben sobre quién descargan los golpes… Se «han justificado, en fin, las pesadillas de don Quijote. Los molinos de viento son, realmente, gigantes temibles». Por eso, cuando su compañero Murrel le dice que las cosas de la vida moderna son muy complicadas y por tanto no es posible de tratarlas de manera simple, Herne le responde que, justo porque las cosas de la vida moderna son tan complicadas, no se pueden tratar de ninguna manera salvo de una manera simple.

G. K. Chesterton. El regreso de don Quijote (The Return of Don Quixote, 1927). Madrid: Valdemar, 2004; 388 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de José Luis Moreno Ruiz; ISBN 10: 84-7702-481-2. Otra edición en: Madrid: Cátedra, 2005; 456 pp.; col. Letras universales; ed. y trad. de Pilar Vega Rodríguez; ISBN 10: 84-376-2275-1.

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sábado, 14 de febrero de 2009

Como en El Napoleón de Notting HillChesterton sitúa La Taberna errante en una Inglaterra futura en la que se ha restringido el consumo de alcohol para facilitar el entendimiento con el islamismo. En ella se ha restringido el consumo de alcohol para facilitar el entendimiento con el islamismo. Pero dos rebeldes, el capitán irlandés Patrick Dalroy y el tabernero Humphrey Pump, viajan por todo el país llevando un barril de ron y un letrero que, allí donde se coloca, revelan al público que hay un establecimiento autorizado para despachar alcohol. Su perseguidor es Lord Ivywood, el politico que ha promovido la ley contra la que protestan.

El propósito principal de Chesterton con este relato era defender las formas de vida propias de los pueblos ingleses, que tenían como centro social los pubs, lugares de encuentro y de conversación en los que, naturalmente, también se bebe. Sin negar que la bebida es un gran problema para muchos, deseaba señalar que prohibirla no sólo no conduce a nada, sino que responde al afán controlador de los poderosos que, por otra parte, saben bien cómo evadirse de lo que prohíben a los demás.

En definitiva, Chesterton no defiende la bebida sino la sociabilidad y la libertad, y avisa, como subrayará muchas veces, la última en su Autobiografía, que «se ciernen ya en el horizonte vastas plagas de esterilización o higiene social, aplicadas a todos y que [parece que] nadie impone». En un artículo contemporáneo del libro decía: «creo que la mayoría de estas modernas restricciones no buscan en último término disminuir la bebida inmoderada, sino simplemente aumentar la riqueza inmoderada».

Además, como cualquier novela o texto de Chesterton, la lectura de La taberna errante puede abordarse con distintos y variados objetivos.

Uno, reconfortante aunque sea menor, es recrearse con las habituales descripciones coloristas del autor: «El sol, al ponerse, parecía haber reventado como una naranja cuyo jugo se desparramaba en franjas de rojo intenso por el horizonte».

Otro, descubrir orientaciones acerca de algunos tipos humanos: «No hay mal irreparable en el teórico que inventa una nueva teoría para cada nuevo fenómeno. Pero el teórico que primero elabora una nueva teoría y después ve pruebas de dicha teoría en todo, es el más peligroso enemigo de la razón humana».

Otro, entender la causa de algunos desasosiegos que no pocos sufren en la que se ha dado en llamar sociedad de la información: uno de los mayores artificios del periodismo moderno es «dejar de lado lo esencial de la cuestión, como si fuese algo que no corre prisa, y dedicarse con esmero a cualquier aspecto secundario».

Otro, aprender algo de historia: el destino del imperio, afirma Dalroy, «es una historia de cuatro episodios: victoria sobre los bárbaros, empleo de los bárbaros, alianza con los bárbaros, conquista por los bárbaros».

Otro, comprobar las dotes de profeta de Chesterton pues, ya en 1914, redacta una historia cuyo núcleo trata sobre unos tipos que proponen sustituir la cruz, ese signo tan duro y cortante, por una leve curva fácil de dibujar, como una ondita, como una hoja, como una plumita rizada…

Otro, reflexionar sobre si en nuestros tiempos «el peligro resulta peor que la resignación» o, por el contrario, quizá «la resignación resulta peor que el peligro»: Dalroy tiene claro que hay algo peor que la muerte a lo que, sin embargo, algunos dan el nombre de paz.

Y otro más, disfrutar con el combativo y luminoso buen humor de un tipo tan audaz que opina que «combatir el mal es el origen de todo placer y hasta de toda diversión». Quien olvida o ignora esto no podrá comprender a Chesterton.

G. K. Chesterton. La Taberna errante (The Flying Inn, 1914). Madrid: Acuarela Libros, 2004, 2ª ed.; 348 pp.; trad. de Tomás González Cobos y José Elías Rodríguez Cañas, con la colaboración de Ione B. Harris y Jonathan Gleave; prólogo de Santiago Alba Rico; ISBN: 84-95627-04-3.

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sábado, 7 de febrero de 2009

En El hombre vivo, o Manalive, aflora el entusiasmo por la vida tan característico de Chesterton. Su arranque recuerda el comienzo de Casa Desolada, de Dickens, pero si allí la niebla que cubría Londres representaba el mundo confuso de los pleitos interminables, aquí el vendaval que todo lo arrastra representa las ideas que pueden remover los cimientos del cinismo moderno.

Con ese vendaval, a una pensión en la que viven tres hombres y dos mujeres, llegan el singular Innocent Smith y la silenciosa Mary Gray. Debido a su extravagante comportamiento y a las misteriosas noticias que llegan de su pasado, Innocent es sometido a una especie de investigación en la cual se descubre que tiempo atrás disparó a un amigo, que fue sorprendido robando, que se marchó de su casa y abandonó a su esposa, que se ha casado varias veces...

Chesterton comienza definiendo al protagonista con su nombre: es un hombre común, Smith, que tiene la inocencia de quien lo contempla todo como si fuera la primera vez. Uno de sus jueces lo describirá luego como un hombre que se niega a morir mientras está vivo y por tanto mantiene intacta su capacidad de asombro, y descubrirá que su fuerza espiritual y el desconcierto que causa radican en que sabe distinguir entre la costumbre y la creencia, en que se atreve a romper todos los convencionalismos pero siempre mantiene los mandamientos.

El resultado de introducir un ser así en la convivencia cotidiana, cuenta la historia, es que se remueven los planteamientos vitales de las personas que, con el paso del tiempo, se han visto aprisionadas en la trivialidad, tanto a los que se toman la vida en broma como a los que se la toman en serio. Igual que lo hace, de modo complementario, la misteriosa Mary Gray, una mujer que no hablaba nunca, como «un enigma fresco y sin estropear, como el enigma del cielo y de los bosques en primavera», una mujer mayor que conservaba una fresca seriedad juvenil que sus amigas más jóvenes habían perdido, unas por gastar dinero y otras por ahorrarlo, y que «tenía el encanto de decirlo todo con su rostro: su silencio era una especie de aplauso continuo».

Y, como siempre sucede con Chesterton, no faltan en cada página las frases certeras y contundentes —«nada trae más maldiciones que una verdadera bendición»—, e ideas luminosas como, por ejemplo, ésta: «Está de moda hablar de las instituciones como algo frío y paralizador. La verdad es que cuando la gente se encuentra excepcionalmente animada, verdaderamente enfebrecida de libertad e invención, siempre necesita y siempre se dedica a crear instituciones. Cuando los hombres están hastiados caen en la anarquía, pero mientras están alegres y vigorosos invariablemente hacen reglas. Esto, que es cierto de todas las iglesias y repúblicas de la historia, lo es también de los juegos de salón más triviales y de los retozos campestres menos sofisticados».

G. K. Chesterton. El hombre vivo (Manalive, 1912). Madrid: Valdemar, 2005; 298 pp.; col. El Club Diógenes, trad. de Rafael Santervás; ISBN: 84-7702-514-2. Otra edición, titulada Manalive - Una gran novela sobre la alegría de estar vivos, en Madrid: Voz de papel, 2006; 282 pp.; trad. de Jordi Giménez Samanes; ISBN: 8496471306.

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sábado, 31 de enero de 2009

En La esfera y la Cruz Chesterton plantea una confrontación entre dos personajes que se proponen batirse en un duelo que, por unas u otras razones, nunca tiene lugar. Al final, los dos contendientes concluirán que nada mejor que discutir con una cerveza delante en vez de combatir el uno contra el otro.

En un episodio inicial, cuando el profesor Lucifer y el monje Miguel viajan volando por encima de Londres, el primero tiene un ataque de cólera y arroja al segundo al vacío cuando pasan por encima de la cúpula de San Pablo. Luego comienza la novela: el intransigente católico escocés Evan Mac Ian desafía en duelo al profesor Turnbull, director de El Ateo. Turnbull acepta, pues es la primera vez que alguien le considera seriamente. Como el duelo está prohibido van de sitio en sitio, perseguidos por unos y otros, y tropezándose con personajes variados, cada uno de los cuales representa una tendencia del pensamiento moderno. Mac Ian encuentra una chica liberal y escéptica, pero que desea sinceramente la verdad, y la convierte. Turnbull encuentra otra chica de fe sencilla, que lo convierte a él.

A lo largo de la novela salen ideas que Chesterton desarrollará de modo más completo en Ortodoxia, unos años después. Entre otras, la importancia de ser educado en un universo completo, donde lo sobrenatural existe y, aunque no sea natural, sí es razonable: dice Mac Ian que, para él, «lo sobrenatural es un mensaje directo de Dios, que es razón». O la necesidad de contar con la caída original si se desea comprender de verdad al hombre: dice Miguel que «el hombre (...) es un animal cuya superioridad sobre los otros animales consiste en haber caído». O el interés en revelar el significado de tanto derroche como vemos en la naturaleza: dice Turnbull al loco que se hace pasar por Dios que «hace usted un millón de semillas y una sola lleva fruto. Hace usted un millón de mundos y uno solo parece habitado. ¿Qué quiere decir con esto, eh?». O la visión cristiana de la vida como fuente de un inquebrantable optimismo: «la cruz no puede ser derrotada —dijo Mac Ian—, porque es ya la Derrota». O las consecuencias sociales del rechazo de la visión cristiana del mundo: «Empiezan ustedes rompiendo la cruz, y concluyen destrozando el mundo habitable», dice también Miguel.

La novela está llena de discusiones y diálogos de ideas que dan idea del entusiasmo por la confrontación dialéctica que tenía Chesterton, pero, fundamentalmente, de la importancia que para él tenía ser preciso tanto en el uso de las palabras como en la comprensión de los conceptos. Un ejemplo es cuando, con ese característico acento desafiante que a Chesterton le gusta poner cuando hace una declaración que suena escandalosa, después que Mac Ian dice que «matar es pecado pero verter sangre no es pecado» y su rival, bromeando, le responde que, «bueno; no disputemos por una palabra», figura esta respuesta: «—¿Y por qué no? —dijo Mac Ian con súbita aspereza—. ¿Por qué no habíamos de disputar sobre una palabra? ¿De qué sirven las palabras si no tienen importancia bastante para disputar sobre ellas? ¿Por qué escogemos una palabra con preferencia a otras si no difieren entre sí? Si a una mujer le llama usted chimpancé en lugar de ángel, ¿no habría disputa por una palabra? Si usted no quiere discutir sobre palabras, ¿sobre qué va usted a discutir?». Entre paréntesis, esta observación en castellano se ilumina mucho más si uno señala la diferencia que hay entre decirle a una chica que es mona o que es un chimpancé. Otro ejemplo, en relación a la importancia de manejar bien los conceptos, se da cuando, en otro momento, Mac Ian habla de «una filosofía turbia y falsa», una «ciénaga de moral cobarde y rastrera», en la que uno acaba pensando que «un golpe es malo porque hace daño, no porque humilla», en que «dar muerte es malo porque es violento, no porque es injusto».

G. K. Chesterton. La esfera y la Cruz (The Ball and the Cross, 1910). Madrid: Valdemar, 2005; 384 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de José Luis Moreno-Ruiz; 384 pp.; ISBN 10: 84-7702-524-X.

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sábado, 24 de enero de 2009

El Napoleón de Notting Hill
,
novela escrita en 1904, fue la primera de Chesterton y, en su opinión, su primer libro importante. Básicamente, la historia cuenta cómo, en el año 1984, los residentes de un barrio londinense se levantan en armas y se declaran independientes de Inglaterra. Situar la novela en el futuro no indica que Chesterton quisiese componer una novela de ciencia-ficción sino, sencillamente, que necesitaba un escenario posible para su argumento: una época en la que los más preparados no quieren la responsabilidad de gobernar y en la que la gente mira al gobierno con resentimiento e indiferencia; un ambiente surrealista donde los personajes parecieran reales pero en el que todo se desdibujara y no se hiciera odiosa la presentación de una guerra civil.

Los hechos suceden cuando es nombrado rey un tal Auberon Quin, que lo toma todo como una broma y extiende tal actitud a su reinado. Quin reinstala toda una parafernalia medieval: hace que cada barrio tenga sus propios colores, pide que todo se haga de un modo muy ceremonioso... Los comerciantes se dejan llevar mientras las locuras del rey no afecten a sus intereses y puedan sacar provecho a sus ideas de patriotismo local. Pero Adam Wayne, cabecilla de Notting Hill, se toma en serio la defensa de su barrio y manifiesta su desacuerdo total cuando los demás quieren construir una calle que lo atraviese. Su espada deja entonces de ser un elemento decorativo y forma un ejército con los residentes del barrio, para lo cual encuentra un ayudante imprevisto en un comerciante de juguetes. Tienen lugar algunas batallas en las que, contra toda previsión, vencen Adam Wayne y los suyos. En el clímax de una batalla, el rey, que no se toma nada en serio, se une a las fuerzas de Wayne, que sí lo toma todo en serio. Al final, Auberon Quin y Adam Wayne se acaban dando cuenta de que, cuando llegan días oscuros y monótonos, el fanático puro y el satírico puro se vuelven imprescindibles: no son sino «los dos lóbulos del cerebro de un labrador».

Una línea interpretativa la proporciona el tipo extraño que aparece fugazmente al principio y que se presenta como el presidente de Nicaragua, un personaje que se declara solemnemente contrario al imperialismo cultural o económico de las naciones grandes, la misma idea que fundamenta la revolución interna que tendrá lugar luego: «Si un lugar es lo suficientemente grande como para que los ricos lo codicien, también es lo suficientemente grande como para los pobres lo defiendan», una frase que aclara por qué Michael Collins hizo de esta novela su libro favorito. Otra línea es la que subrayaba Ronald Knox: cuando el mundo va mal aparecen los cínicos y los fanáticos, pero el hombre normal que vive en ese mundo es una mezcla de ambos y Chesterton quiere hablar del hombre común con salud mental que sabe cómo reír y cómo amar; explicar que no se puede reír sin amar y que no se puede amar sin reír. El desenlace resulta confuso para quien espera que uno de los dos personajes principales tenga razón absolutamente pero no lo es si se ven como necesariamente complementarias las posturas que ambos representan.

G. K. Chesterton. El Napoleón de Notting Hill (The Napoleon of Notting Hill, 1904). Valencia: Pre-Textos, 2002; 231 pp.; col. Narrativa Clásicos; trad., prólogo y notas de César Palma; ISBN 10: 84-8191-472-X.

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sábado, 24 de enero de 2009

Dejando aparte Basil Howe, un relato de juventud que no llegó a publicar, Chesterton escribió seis novelas largas: El Napoleón de Notting Hill, El hombre que fue jueves: una pesadilla, La esfera y la cruz, El hombre vivo, La Taberna errante, El regreso de don Quijote. En todas hay uno o dos personajes singulares que, con algún pretexto, se pasan las páginas yendo de un lugar a otro y charlando con unos y otros, y que intentan llevar hasta el final con coherencia unas convicciones más o menos extrañas. En definitiva desean mostrar que, como resultado, se producen inesperadas conclusiones y, al señalar las consecuencias sociales de las distintas posturas, quieren tanto hacer notar la trascendencia de sostener unas opiniones bien fundamentadas como implicar al lector en el mismo combate intelectual del autor.

En mi opinión no son los mejores libros para empezar a conocer a Chesterton. El motivo es que, incluso considerándolas como lo que son, como novelas de ideas, se nota mucho que la estructura es episódica y artificiosa, que al autor no le ha preocupado tanto armar bien la trama como enhebrar las ideas que le importan. Por eso, aunque todas ellas contengan escenas magníficas y diálogos brillantes, se puede decir que se disfrutan más si uno está ya en la onda del autor: si conoce ya su estilo y su particular modo de ver las cosas. Al mismo tiempo se ha de subrayar que las dificultades que pueden presentar, al margen de que uno conecte más o menos con este tipo de relatos y con el modo de pensar del autor, están sobre todo en que no es fácil estar a su mismo nivel: con Chesterton es particularmente importante no perder de vista que no siempre que algo se comprende mal la culpa es de quien lo cuenta.

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jueves, 14 de febrero de 2008

El hombre que era Jueves,
(me suena mejor «que fue Jueves» quizá por acostumbramiento a ediciones anteriores), una extraña novela policiaca en la que al final no hay ni delincuente ni delito, suele catalogarse como la novela más famosa de Chesterton.

Sin duda, motivos hay: por un lado abundan en ella las frases para esculpir y tiene muchas escenas logradísimas —la persecución del anciano profesor De Worms a Gabriel Syme, por ejemplo—; por otro, podemos dar la razón al mexicano Alfonso Reyes cuando en un prólogo que le puso la califica de novela policiaca-metafísica del universo y la encuadra también en un «género típico de la lengua inglesa; la aventura enigmática, la aventura donde el sentimiento ha de vibrar; pero donde la razón ha de dar de sí continuos recursos...».

A la vez también es cierto que a ella se le puede aplicar lo que el mismo autor decía en el capítulo catorce de su autobiografía cuando enjuiciaba su trabajo como novelista y afirmaba que había echado a perder buen número de ideas excelentes. Y es que si una buena idea puede dar lugar a un buen relato corto, no sucede lo mismo con una novela más larga que, sobre todo, ha de tener personajes reales y vida real. El hombre que era Jueves es un disfrute intelectual continuo pero no se puede acudir a ella igual que a una novela de Tolstoi.

El protagonista es un poeta detective de nombre Gabriel Syme que se introduce en un círculo anarquista formado por siete hombres y presidido por el extraño Domingo. En él cada miembro tiene como nombre clave un día de la semana y a Syme le asignan el de Jueves. Poco a poco descubre que todos los demás son policías infiltrados como él, que también han sido reclutados por un hombre misterioso, y que todos desean averiguar quién es en realidad Domingo. En busca de la respuesta final, la novela va de revelación en revelación: de quién es quién, de cuáles son los motivos de queja de cada uno, e incluso, al final, el motivo por el que han recibido un nombre de la semana y no otro.

Chesterton busca que veamos la vida como una novela policiaca en la que no hay misterio más misterioso que la misma Creación en la que vivimos. Desea también que descubramos la belleza de todo lo viviente, algo que Syme percibe con toda su intensidad justo cuando está combatiendo en un duelo. También le interesa centrar al lector en el núcleo del problema y, para eso, del mismo modo que Dios da una respuesta elusiva sobre sí mismo a Job y a sus amigos, pondrá en boca de Domingo una respuesta igual de desafiante: «Podrán ustedes comprender el mar y yo seguiré siendo un enigma; sabrán qué son las estrellas y no sabrán qué soy yo. Desde el comienzo del mundo todos los hombres me han perseguido como a un lobo: reyes y sabios, poetas y legisladores, todas las iglesias y todos los filósofos». Al final, tanto Syme como sus compañeros reconocerán que todo el secreto del mundo está en que sólo conocemos su espalda, en que «lo vemos todo por detrás y todo parece brutal».

Quien haya leído a Chesterton antes reconocerá ideas recurrentes de sus otros libros en los sucesivos diálogos. Una que se formula con particular brillantez aquí está en boca del inspector Ratcliffe: «los pobres han sido rebeldes, pero nunca han sido anarquistas: tienen más interés que nadie en que haya algún tipo de gobierno decente. El hombre pobre se juega mucho en su país; el rico no, puede irse a Nueva Guinea en un yate. Los pobres, a veces, han objetado a ser mal gobernados; los ricos siempre han objetado a ser gobernados de cualquier manera. Los aristócratas siempre han sido anarquistas, como se puede ver por las guerras feudales».

G. K. Chesterton. El hombre que era Jueves: una pesadilla (The Man Who Was Thursday, 1908). Madrid: Alianza, 2007; 202 pp.; col. Biblioteca juvenil; trad. de Alicia Bleiberg Muñiz; ISBN (10): 84-206-6676-9. Otra edición, titulada El hombre que fue Jueves: una pesadilla, en Sevilla: Espuela de Plata, 2010; 248 pp.; col. Clásicos y modernos; ISBN: 978-84-96956-93-3.

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