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Notas del archivo 'Chesterton (ensayos)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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ChestertonAcuerdo.jpg
sábado, 20 de noviembre de 2010

En ¿Estamos de acuerdo? se recoge un debate público que tuvieron, en 1923, Chesterton y Shaw, y que fue moderado por Hilaire Belloc. Es un libro pequeño y jugoso, no tanto por su contenido central como por lo que revela de los protagonistas, por las breves y divertidas intervenciones de Belloc, al principio y al final, y por la corta y certera introducción que firma Enrique Baltanás en esta edición.

En el debate Shaw defiende las ideas socialistas acerca de la propiedad y Chesterton le rebate y habla de los principios distributistas. Shaw anima a Chesterton a estar de acuerdo con él y Chesterton le dice que ya fue socialista en su juventud y que, tal vez, si pasan unos cientos de años, será Shaw quien cambie de ideas. Hay que decir que la discusión, por escrito, aunque tenga chispazos de genio dialéctico por ambos lados, intelectualmente aclara poco, salvo el buen talante y la notable agilidad de los contendientes.

Algunos buenos comentarios de Chesterton respecto al mismo tema se pueden leer en Lo que está mal en el mundo. Por ejemplo, éste: «Un socialista se asemeja a un hombre que cree que un bastón se parece a un paraguas porque los dos se ponen en el paragüero», y no distingue que «un paraguas es un mal necesario» y «un bastón es un bien completamente innecesario». El error colectivista está «en afirmar que puesto que dos hombres pueden compartir un paraguas, pueden también compartir un bastón».

G. K. Chesterton. ¿Estamos de acuerdo? Un debate en presencia de Hilaire Belloc (Do we agree?, 1928). Sevilla: Renacimiento, 2010; 96 pp.; col. El clavo ardiendo; trad. de Victoria León; ISBN 13: 978-84-8472-524-4.

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sábado, 16 de mayo de 2009

En uno de los textos de El pozo y los charcos, Chesterton rechazó ser considerado como ensayista y se definió a sí mismo como articulista, es decir, como un hombre pequeño «que se ocupa permanentemente de cosas mayores que él» y no como un hombre que se considera grande y que trata todas las cosas como si fueran pequeñas.

Con todo, sus ocho obras más largas y con un hilo conductor claro podemos llamarlas con toda justicia ensayos aunque su estilo fuera siempre periodístico y, podríamos decir, aparentemente desenfadado.
En cinco se propuso exponer sus ideas sobre modos de pensar que veía alrededor y que consideraba equivocados, y hacer notar las consecuencias que se seguirían de tales modos de afrontar las cosas. Sin ser exacto cabe afirmar que tres libros están más volcados en el primero de los términos —Herejes, Lo que está mal en el mundo y La superstición del divorcio—, y que otros dos, donde se hilan artículos o textos anteriores con la intención de tratar un solo tema, tienen mayores acentos de advertencia: Eugenics and other evils (Eugenesia y otras maldades), la primera voz que se levantó para denunciar las consecuencias dramáticas y los sinsentidos que se seguirían de las teorías eugenésicas, y The Outline of Sanity (El perfil de la cordura), donde habla de sus teorías distributistas frente a los abusos crecientes del capitalismo y del socialismo.

Los tres más poderosos son los directamente afirmativos: Ortodoxia, El hombre eterno y Autobiografía. En el primero presenta su itinerario interior hacia Dios y hacia la fe católica..., varios años antes de bautizarse. En el segundo muestra su visión de la historia de la humanidad en dos partes, antes y después de Jesucristo. En el tercero, un libro preparado poco antes de fallecer, cuenta parcialmente su vida y de paso aclara cosas que pretendió en sus libros o que fueron malinterpretadas. El alcance intelectual universal de El hombre eterno, así como la cantidad y calidad de recursos argumentativos que ha de poner en juego Chesterton para salir airoso del desafío que se propone, justifica que algunos lo consideren su libro mejor. Sin embargo, Ortodoxia es un libro más cercano a las vidas inmediatas de muchos y por eso es más popular. Por otro lado, su Autobiografía tiene un encanto particular, en especial para todos los que le han leído antes y también como recapitulación de muchas ideas expuestas en libros anteriores.

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ChestertonLimitesCordura.jpg
sábado, 9 de mayo de 2009

The Outline of Sanity,
(El perfil de la cordura, según una edición en castellano que no conozco; Los límites de la cordura según otra de 2010), es una colección de artículos que originalmente aparecieron en 1925 en el G.K.’s Weekly y que, más tarde, Chesterton presentó hilados con el fin de mostrar su pensamiento social, el Distributismo. El título se refiere a la cordura, o sensatez, entendida como una visión de la realidad que sea completa y no parcial; o, al revés, se refiere a cómo impera en muchos planteamientos actuales la insensatez, una estrechez de mente y de miras que impide ver las cosas como realmente son. Esto último, señalar que las filosofías modernas llevan a la locura y, sin embargo, llaman loco a quien sostiene las verdades sanas, lo desarrolla Chesterton también en las ficciones que se contienen en El poeta y los lunáticos.

Las consideraciones que hace parten de la evolución histórica de Inglaterra y de la situación que veía entonces en su país y, en ese sentido, algunas observaciones se han quedado anticuadas. Con todo, se siguen bien las referencias que hace a personajes de su época, con quienes polemiza o a quienes rebate o contesta; al respecto dice que le divierte que haya hombres prácticos que le critiquen que generaliza demasiado porque no tiene planes prácticos, cuando la verdad es que si generaliza es porque las soluciones prácticas son muchas. Sin embargo, sus ideas de fondo siguen teniendo no sólo validez sino una sorprendente actualidad porque su intención no es formular líneas de acción bien definidas: más de vez señala que puede haber distintas soluciones distributistas a las cuestiones que plantea, e indica que lo importante para él son los presupuestos en los que se basa y los objetivos finales que persigue. Por otra parte, con el paso del tiempo se ha visto como muchas de sus ideas han ido incorporándose a modos de pensar actuales y es significativo que un economista de tanto peso como E. F. Schumacher adoptara sus propuestas y, en un libro tan influyente como fue Lo pequeño es hermoso, mostrara su viabilidad.

En Lo que está mal en el mundo Chesterton presentó a dos personajes que llamó Hudge y Gudge, el Gran Gobierno y el Gran Negocio, el Socialismo y el Capitalismo, y mostró que, a pesar de sus aparentes choques, en realidad trabajan juntos. Para que no haya dudas, aquí se preocupa de aclarar las cosas al comienzo: define una sociedad como capitalista cuando una mayoría de ciudadanos sirven a un grupo reducido de capitalistas por un salario, y a un sistema como socialista cuando los gobernantes regulan en exceso el modo de vivir de los ciudadanos. Señala que ninguno de los dos sistemas comprende correctamente la propiedad: un carterista promueve la libre empresa pero no la propiedad privada; el capitalismo predica la extensión del negocio pero no la conservación de lo que a uno le pertenece, y muchos de sus comportamientos son los del pirata en alta mar; el socialismo trata de reformar al carterista prohibiendo los bolsillos.

Frente a ellos Chesterton no piensa en el Distributismo como una ideología política que se pueda imponer a una sociedad, sino como un sistema nacido desde abajo y que posibilite que una mayoría de los ciudadanos pueda llegar a tener un verdadero control sobre su propia vida. Propone huir del modelo de trabajadores o consumidores que son como esclavos, y acercarse al ideal de los campesinos o de los artesanos que producen y usan sus propios productos sin depender de gente a la que no conocen. Insiste en que no pide la desaparición del Estado o del Negocio sino que tengan sus dimensiones justas de forma que la gente común pueda organizarse y tener mayor capacidad de elección, de ahí su defensa de los pequeños negocios frente a las grandes empresas. Sabe bien que las dificultades para llevar a la práctica lo que propone son obvias, y por eso califica el Distributismo de «movimiento moral» y apunta que sólo puede ser vivido «con el espíritu de una religión, de una revolución, y (...) de una renunciación». Y es que, dice más adelante, cuando los criminales son más fuertes que el Estado, y en tantos casos incluso se identifican con él, cualquier intento de combatirlos será ciertamente llamado una rebelión pero puede ser más correctamente calificado de Cruzada. El comentario que cierra el libro se corresponde con el argumento básico de Ortodoxia: que las verdades básicas del Evangelio son su inspiración y, en su opinión, la base más sólida para una sociedad sana.

G. K. Chesterton. The Outline of Sanity, 1926. Edición en castellano, titulada Los límites de la cordura. El distributismo y la cuestión social, en Madrid: El Buey Mudo, 2010; 240 pp.; col. Ensayo; trad. de María Raquel Bengolea; ISBN 13: 978-84-937789-9-6.

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ChestertonEugenics.jpg
sábado, 2 de mayo de 2009

Eugenics and Other Evils,
Eugenesia y otras maldades, fue un libro que Chesterton comenzó a escribir en 1910 pero que finalmente publicó en 1922. La eugenesia, la «aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana» según el DRAE, se puso de moda en las primeras décadas del siglo XX: la prensa de la época informaba positivamente al respecto e importantes figuras públicas la promovían. En aquel momento, eugenesia se identificaba con los intentos de que nacieran niños sanos y se impidiesen los nacimientos de niños enfermos, con parte de lo que luego se ha llamado planificación familiar, y estaban aún lejos las fronteras que hoy hemos dejado muy atrás. Uno de los sucesos que originó el libro se cuenta en el último capítulo: los avatares de una pareja dispuesta a todos los sacrificios para que su hija fuera perfecta —tal vez también el origen del relato How I Found the Superman, un artículo publicado en Alarmas y Discusiones, en 1910—.

El motivo por que el que Chesterton aplazó el libro en su momento fue que estas cuestiones dejaron de tener relevancia en los periódicos, y de suscitar simpatías en los lectores ingleses, cuando estalló la primera Guerra Mundial, pues buena parte de los inspiradores científicos de la eugenesia eran alemanes. Y la razón por la que finalmente se decidió a publicarlo, unos años después del fin de la Gran Guerra, estuvo en que los mismos argumentos volvieron a cobrar fuerza y vio con claridad las consecuencias sociales que tendrían: «una revolución que no ha sucedido antes nunca». Por una parte todo parece indicar que Chesterton no creía que las cosas pudieran llegar tan lejos como luego han llegado: es gráfico su ejemplo de que «es esencial resistirse a una tiranía antes de que exista. No es una respuesta decir, con un optimismo lejano, que las ideas están solo en el aire. Un golpe de hacha puede sólo ser evitado mientras el hacha está en el aire». Pero, por otra, también pronosticó que la mente moderna estaba en una disposición de avanzar hacia una legislación eugenésica donde tendría cabida «cualquier extravagancia concebible o inconcebible».

Sea como sea, en aquella época sólo Chesterton escribió sobre la cuestión en esos términos tan alarmantes. Antes de Un mundo feliz, que Aldous Huxley escribió en 1931, Chesterton había mencionado la tiranía que deseaba controlar los «lugares sagrados y secretos de la libertad personal, que ningún hombre cuerdo había soñado siquiera con ver, y especialmente el santuario del sexo». Más tarde, la marcha de las cosas se frenó debido a la reacción emocional popular provocada por el conocimiento del uso que hizo Hitler de las teorías eugenésicas para intentar crear una raza superior y justificar así sus atrocidades. Pero, como es sabido, en países como Norteamérica se habían llevado a cabo políticas masivas de esterilización de los enfermos mentales y se habían defendido medidas para mejorar «la raza».

Después de una presentación-explicación, Chesterton divide su libro en dos partes, «La falsa teoría» y «El verdadero objetivo», con ocho y nueve capítulos respectivamente, aunque el último tiene una función de anexo, como ya dije. En cada uno trata una cuestión y, al terminar la primera parte, resume lo tratado hasta el momento para que, dice, «ninguna cuestión personal irrelevante o cualquier énfasis excesivo (al que sé bien que tengo tendencia) tuerza el curso del que creo que es un argumento limpio y consistente». Y, en efecto, el hilo conductor y los razonamientos que se desgranan se siguen bien, y tanto la mención de algunos nombres propios de científicos o propagandistas de la eugenesia como algunas referencias literarias o históricas, no afectan a la comprensión de lo que se dice.

Con ideas que había tratado ya en Lo que está mal en el mundo y que desarrollará de nuevo en The Outline of Sanity, Chesterton señala el avance que se ha producido hacia una tiranía burocrática cada vez mayor, propia de un estado socialista, sin que por el camino hayan disminuido las desigualdades propias de un estado capitalista. Resulta curioso leer ahora el anuncio de que llegaríamos a una situación en la que a los ciudadanos se les consultaría si, por ejemplo, se debe permitir o no a un país tercermundista lejano que tenga una flota de guerra, al mismo tiempo que no se les permitiría que sus hijos pudiesen jugar con espadas de madera.

Al final Chesterton confiesa que ve unas perspectivas muy malas pero —termina diciendo en un brillantísimo párrafo que recorto y adapto desde aquí al final— al menos podemos afirmar que la nuestra no es la protesta propia del demagogo. Aquellos a los que servimos nunca gobernarán, aquellos de los que nos compadecemos nunca crecerán. Nunca existirá un sindicato de niños disminuidos. Ningún gobierno moderno se tambaleará [debido a quienes no llegaron a nacer, o quedaron inválidos, o murieron]. Esos hombres poderosos [que ganan votos y poder y dinero con estas actividades] no necesitan enfadarse con nosotros, que a fin de cuentas rogamos por personas que nunca leerán nuestras palabras, ni premiarán nuestros esfuerzos, ni nos estarán agradecidos. Tampoco tienen motivos para preocuparse porque recordemos esas triviales tragedias de corazones y hogares rotos que se desvanecerán con el paso del tiempo, esos gritos ahogados por un furioso viento y esas palabras salvajes de desesperación escritas sólo en el agua que corre, «unless, indeed, as some so stubbornly and strangely say, they are somewhere cut deep into a rock, in the red granite of the wrath of God».

Notas en las que aparece citado este libro: Los sinsentidos que nos amenazan.

G. K. Chesterton. Eugenics and Other Evils, 1922. Nueva edición, titulada La eugenesia y otras desgracias, en Sevilla: Espuela de Plata, 2012; 240 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Aurora Rice Derqui; ISBN: 978-84-1577-58-6.

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ChestertonAutobiog.jpg
sábado, 25 de abril de 2009

En su Autobiografía, redactada poco antes de morir y publicada póstumamente, Chesterton vuelve sobre las mismas cuestiones que trató en Ortodoxia, siguiendo esta vez un hilo más o menos cronológico, pero aportando muchas opiniones sobre distintas personas y cuestiones. Entre otras, hace observaciones de interés acerca de sus propios libros, que pueden ayudar a comprender un poco mejor su pensamiento.
También se pone de manifiesto su gran sentido de la amistad y su caballerosidad alegre, aunque mantenga siempre intacta su libertad de juicio para decir lo que le parece. En este sentido, de su Autobiografía, como de los libros que recopilan artículos y ensayos, se deduce lo que siempre subrayan sus biógrafos: Chesterton sabía discutir o disentir con amabilidad y categoría intelectual, un rarísimo arte que, por lo que se ve, también dominaban algunos de sus antagonistas como Wells —«uno de los hombres más divertidos para compartir una broma», un tipo en estado de reacción excesiva o, «para emplear el nombre que más le podría fastidiar, un reaccionario permanente»—, o como Shaw —un personaje que «está mejor cuando se siente antagonista. Podría decir que cuando se equivoca es cuando está mejor. Podría añadir también que generalmente se equivoca. O, más bien, que todo en él es equivocado, excepto su propia persona»—.

Por supuesto, no faltan sus características digresiones en las que se revela su gran capacidad dialéctica. En particular, aconsejo al lector que preste atención a sus lúcidas consideraciones acerca del culto moderno al niño; o acerca de las misteriosas transformaciones que sufre un niño cuando entra en la adolescencia y que le hacen pasar de un estado en que quiere aprenderlo casi todo a un estado posterior en el que quiere no saber nada. Otro ejercicio útil es poner en un contexto actual las consideraciones que hace después de la primera guerra mundial: que la única guerra que se puede admitir es una guerra de defensa, que la clase de guerra que merece su desprecio es la que se dirige a dominar pequeñas naciones para controlar su petróleo o su oro, y que sin embargo puede comprender una guerra cuando el destino moral de la humanidad está en juego.

En esta obra se ven muy bien las razones por las que Chesterton fue y sigue siendo tan querido: era literario en el sentido de que no caía nunca en un didactismo insultante para el lector, argumentaba sus posiciones con brillantez y sentido del humor, y a la vez era claro al manifestar sus opiniones y convicciones. Un párrafo lo autorretrata: «Como apologista soy lo contrario de apologético. En tanto que un hombre puede estar orgulloso de una religión arraigada en la humildad, estoy muy orgulloso de mi religión; estoy especialmente orgulloso de aquellas partes que suelen llamarse vulgarmente superstición. Estoy orgulloso de verme trabado por dogmas anticuados y esclavizado por credos profundos (...), pues sé muy bien que son los credos heréticos los que han muerto y que sólo el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado. Estoy muy orgulloso de lo que la gente llama clericalismo; puesto que hasta ese término accidental de insulto conserva la verdad medieval de que un sacerdote, como cualquier otro hombre, debía de ser un clérigo. Estoy muy orgulloso de lo que la gente llama Mariolatría, porque ha introducido en la religión durante las edades más oscuras, ese elemento de caballería que ahora se interpreta mal y de manera trasnochada, como feminismo. Me enorgullezco de ser ortodoxo acerca de los misterios de la Trinidad y de la Misa; estoy orgulloso de creer en la Confesión; estoy orgulloso de creer en el Papa».

Notas en las que aparecen textos tomados de este libro son: Viajeros y excursionistas.

G. K. Chesterton. Autobiografía (Autobiography, 1936). Buenos Aires: Espasa, 1939; 311 pp.; prólogo y trad. de Antonio Marichalar. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2003; 437 pp.; trad. de Olivia de Miguel; ISBN: 84-96136-25-6.

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ChestertonHombreEt.jpg
sábado, 18 de abril de 2009

En la conclusión de El hombre eterno, Chesterton se refiere al libro que pretende criticar y rebatir: Un esbozo de la Historia (Outline of History), de H. G. Wells. Allí señala que si un esbozo es «una especie de perfil que puede llegar a constituir una única línea, como en una caricatura donde las características que sobresalen dan forma a la simplicidad de la silueta», el libro de Wells no se puede considerar un esbozo porque no hay en él «una correcta proporción entre lo cierto y lo incierto, lo que juega un papel importante y lo que no tiene relevancia, lo normal y lo extraordinario». Más aún, sigue Chesterton, «no creo que sea el reflejo más auténtico del pasado afirmar que la Humanidad se desvanece en la naturaleza, que la civilización se diluye en la barbarie, que la religión se funde con la mitología, o que nuestra propia religión se confunde con las religiones del mundo. En pocas palabras, no creo que la mejor manera de hacer un esbozo sea borrar las líneas».

Por el contrario, en la visión de la historia que Chesterton presenta en dos partes, tituladas «Sobre la criatura llamada hombre» y «El hombre llamado Cristo», se dibuja con claridad la gran línea de que, «en la misma forma de las cosas, hay algo más que el mero crecimiento natural: hay una finalidad» y, por tanto, detrás hay un creador; y no sólo eso sino que, además, ese misterioso creador del mundo lo ha visitado en persona. Para desarrollar sus argumentaciones Chesterton recurre a sus abundantes armas dialécticas y a su gran dominio de la historia cultural y de las ideas, como se aprecia sobre todo en su poderoso análisis sobre lo que significaron la cultura griega y el imperio romano. El resultado es un libro que también descubre las razones del atractivo de Chesterton: no sólo la contundencia respetuosa de su exposición sino también su modo literario de presentar las cosas, con acentos de sugerencia y descubrimiento.

En el comienzo, Chesterton se dirige al «peor juez de todos», al hombre más dispuesto a juzgar: «el cristiano escasamente formado, que gradualmente se convierte en agnóstico agresivo, para terminar en una animadversión de la que nunca entendió el principio; frustrado por una especie de heredado aburrimiento hacia no se sabe qué, y cansado de oír lo que nunca ha escuchado». Para que pueda ver a la Iglesia en perspectiva y no deformadamente, le sugiere a ese lector un esfuerzo imaginativo: intentar verla desde fuera, como si el cristianismo fuera una doctrina oriental (lo que por otro lado es), para que compruebe que así las cosas que se ven desde fuera coinciden con lo que se dice desde dentro.

Al hilo de su argumentación va recordando cosas que deberían ser elementales pero que, sin embargo, se olvidan con facilidad: —que la Iglesia se justifica no porque sus hijos no pequen sino precisamente porque lo hacen; —que al dejar de creer en el alma se deja de creer en la mente; —que el verdadero pesimismo «no consiste en cansarse del mal sino del bien» y que «la desesperanza no reside en el cansancio ante el sufrimiento sino en el hastío de la alegría»; —que «se necesita una verdad para crear una tradición» y «se necesita una tradición para crear una convención»; —que toda mitología es una búsqueda y que no es que difiera de la religión y de la realidad, sino que es otra realidad igual que «un cuadro puede parecer un paisaje pero es un cuadro», etc.

Al final, Chesterton incluye unos apéndices para precisar afirmaciones de su libro y en ellos también deja claro lo consciente que era de los límites de su obra: «En cierto sentido este estudio tiene la intención de ser superficial. Es decir, no está concebido como un estudio de cosas que necesitan ser estudiadas. Es más bien un recordatorio de cosas que se ven con tanta rapidez que prácticamente se olvidan con la misma celeridad. La moraleja de este libro, según una forma de hablar, es que los primeros pensamientos son los mejores, de la misma forma que un resplandor nos podría revelar la existencia de un paisaje, con la torre Eiffel o el Cervino alzándose sobre él, como nunca volvería a alzarse a la luz del día».

Con esta perspectiva, que no niega la necesidad de profundizar más, para mí y muchos lectores es claro que Chesterton consigue su propósito: «sugerir que el cristianismo, apareciendo en medio de la sociedad pagana, tenía todo el carácter de algo único e incluso sobrenatural», indicar que «no se parecía a las demás realidades y que, cuando más lo estudiamos, menos parecido le encontramos», apuntar que ninguna otra explicación del mundo en que vivimos tiene tanto sentido como la cristiana.

Notas en las que aparecen textos tomados de este libro son: Extremos que se tocan, El humo de la explosión, Un puente y no una ruptura.

G. K. Chesterton. El hombre eterno (The Everlasting Man, 1925). Madrid: Cristiandad, 2004; 348 pp.; trad. de Mario Ruiz Fernández; ISBN 10: 84-7057-488-4. [Vista de esta edición en amazon.es]. Hubo una edición anterior en Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; de la p. 1445 a la p. 1674 de 1676 pp.; trad. de Fernando de la Milla.

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ChestertonOrtodoxia.jpg
sábado, 11 de abril de 2009

Chesterton
se planteó escribir Ortodoxia como contestación al desafío que le hicieron: después de publicar Herejes hubo quien le dijo que debía dar razón de las cosas en las que creía. Compuso entonces una especie de autobiografía espiritual en la que contó su itinerario interior hacia la fe y, de paso, hizo una defensa razonada del catolicismo, religión que no abrazaría del todo hasta más de una década después.

En este sentido, el de ser un libro que contiene lo nuclear del pensamiento de Chesterton, se puede considerar como el mejor para conocerle. En otro sentido, es un libro que marca un antes y un después en la vida de Chesterton: a partir de su publicación ya fue, a los ojos del público y también porque muchas veces adoptó esa postura expresamente, un abanderado de la fe cristiana. Debido a su enorme y prolongado impacto muchos consideran Ortodoxia uno de los libros clave del siglo XX pero, el que lo sea y el que muchos lo vean como un libro que merece ser releído varias veces a lo largo de la vida, no es sólo por su eco sino por lo que tiene de obra maestra de retórica, en sus argumentos y en su forma literaria de presentarlos.

Chesterton presenta el descubrimiento de su fe como el viaje de un hombre que sale de su casa para terminar volviendo a ella y verla entonces con ojos nuevos. Defiende la capacidad de asombro, la importancia de saber contemplar las cosas como quien lo hace por primera vez, la obligación de la gratitud y la necesidad de adoptar ante la vida un optimismo bien fundado. Pone la fe católica frente a otras formas de pensamiento, dice que sólo ella es la explicación a tantas cosas misteriosas como encontramos en la vida y la compara con una llave que se adapta perfectamente a la cerradura y que abre la puerta. Subraya la importancia de la caída original y acentúa la falta de consistencia con la que razonamos y actuamos los hombres en muchas ocasiones: es clarificadora su imagen de cómo los hombres somos capaces de talar las ramas en las que estamos sentados. Con buen humor y ejemplos convincentes rebate tópicos ambientales y, contra ciertas apariencias y no poca propaganda, presenta el cristianismo como el lugar de la libertad y la alegría duraderas.

Muchas de las frases más citadas de Chesterton están aquí: —«La cruz se abre a los cuatro vientos: es como la señal del camino para los libres caminantes»; —«El mundo moderno está poblado por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas, de sentirse aisladas y de verse vagando a solas»; —«Cuando amamos una cosa, su alegría es una razón para amarla, y su tristeza es una razón para amarla más»; —«(El pecado del pesimista, el antipatriota cósmico), es que no ama lo que pretende corregir y carece de una primaria y sobrenatural lealtad a las cosas»; —«(El pecado del optimista) estriba en que, defendiendo el honor del mundo, se ve en el caso de defender lo indefendible»; —«Un cristianismo sin dogmas es como un hombre sin huesos»; —«Este es el asombro de la religión: haber transformado un barco hundido en un submarino».

La edición que cito podría estar más de acuerdo con el hecho de que Ortodoxia es una de las obras más importantes de Chesterton. La valiosa pero antigua traducción de Alfonso Reyes es mejorable, algunas notas explicativas no vendrían mal, el comentario de la contracubierta no resume con acierto el contenido de la obra... En cualquier caso, la potencia de la obra de Chesterton, y de Ortodoxia en particular, puede con todo y es un ejemplo ilustrativo de cómo, frente a los éxitos literarios que son como la espuma, hay otros que son como las grandes corrientes marinas que influyen continuamente y todo lo cambian.

Notas en las que aparecen textos o ideas tomadas de este libro son: El artista ama sus limitaciones, Una interesante conexión (donde se remite a una posible influencia en Salinger y en Golding), Dogmáticos y tolerantes.

G. K. Chesterton. Ortodoxia (Orthodoxy, 1908). Barcelona: Alta Fulla, 2000, 2ª ed.; 187 pp.; col. Ad litteram; trad. de Alfonso Reyes; ISBN 10: 84-7900-123-2. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2013; 216 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 978-8415689508. [Vista de esta edición en amazon.es]

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ChestertonSupersDivorcio.jpg
sábado, 13 de diciembre de 2008

La nueva edición de La superstición del divorcio, de Chesterton, viene con un prólogo clarificador de Enrique García Máiquez en el que se señalan algunas cosas importantes. Entre otras, a propósito del intento de algunos de considerar a Chesterton como un hombre ingenioso capaz de defender cualquier cosa, la explicación de la imposibilidad en su caso particular de separar el fondo de la forma. Otra más es el apunte, y la correspondiente aclaración, de que algunas referencias aisladas pueden sonar mal a ciertos oídos sensibles: una se refiere a los malos tratos en el matrimonio y otra es una generalización que suena despectiva hacia los judíos.

El libro, compuesto a partir de una serie de artículos publicados en 1918, fue concebido como un panfleto que, como tal, debería quedar anticuado lo antes posible y no podría sobrevivir sino fracasando: paradójicamente, por tanto, la misma vigencia del análisis de Chesterton prueba su fracaso en la vida real. Sus argumentos en favor del matrimonio y en contra del divorcio tienen el propósito de clarificar qué significan las palabras que usamos y qué consecuencias personales y sociales se derivan de la proliferación del divorcio.

Se puede comenzar el razonamiento señalando que, aunque cada matrimonio es una especie de equilibrio inestable y por eso muchos fracasan, tal cosa no dice nada en su contra como institución: porque «el Puente de Londres se haya hundido, ¿hemos de presumir que la finalidad de los puentes no es unir dos puntos?». De ahí que, antes de hablar de divorcio, es necesario aclarar antes de qué hablamos cuando hablamos de matrimonio; de otro modo actuaríamos como quien se pone a «discutir el mejor tipo de gafas para ciegos o de corte de pelo para calvos». La cuestión es que si «divorciarse es —hablando literalmente— descasarse, resulta a todas luces absurdo deshacer algo que ignoramos si está hecho»; igual que también lo es «desmontar pieza por pieza una máquina de compleja estructura sin saber siquiera para qué sirve», o «abrir agujeros en el fondo de una lancha» pensando que cavamos un jardín.

Pues bien: a la luz de la experiencia que tenemos, el matrimonio es la única institución a la vez necesaria y voluntaria, «un lazo que rompe todos los demás lazos» y «una ley más fuerte que todas las leyes»; es además el origen de la familia, una institución pensada para que los niños nazcan y crezcan. Esto significa que romper el matrimonio tiene consecuencias personales: «en el reino de la realidad, y no del romance, el romper una promesa es sinónimo de romper un corazón, y no siempre es el perjurio remedio para el remordimiento». Esa ruptura trae consigo también, al menos para la gran mayoría de las familias reales, efectos dañinos en los niños a los que afecta. Y, por último, acarrea consecuencias sociales mayores: si las familias se rompen la sociedad se rompe, el niño se ve como un intruso y la lealtad se ve como un problema.

Muchos años después del libro de Chesterton, se constata de sobra lo que se decía en él acerca de que el efecto más evidente del divorcio frívolo es el matrimonio frívolo, pues si uno puede separarse sin razones también puede casarse sin razones. También, si hoy como ayer es igual de patente que muchos «sienten tan falso optimismo hacia el divorcio como cualquier romántico pudo sentirlo hacia el matrimonio», lo es más todavía que los medios de comunicación avivan el sentimentalismo rosado de quien imagina su historia con un final tipo «después de ser divorciados por el hada madrina, el príncipe y la princesa fueron felices y comieron perdices». Y resulta claro que, se vea como se vea, el divorcio es un fracaso y que presentarlo como libertad es una forma de autoengaño: no cualquier puerta que se abre conduce a la libertad o, al revés, no significa menos libertad tener una ley que, por ejemplo, regule la posesión y uso de las armas.

Es luminosa la presentación que hace Chesterton de la familia como la única institución que verdaderamente puede frenar o moderar el espíritu coercitivo del Estado, y su argumento de que cuando las familias pierden fuerza los gobiernos ganan poder sobre las vidas de la gente. «El capitalismo hace la guerra a la familia por la misma razón que le impulsó a hacer la guerra a las asociaciones obreras»: porque «acepta y cree en el colectivismo para sí y el individualismo para sus enemigos», porque «quiere que sus víctimas sean individuos o, dicho de otro modo, átomos». La experiencia demuestra que, «sin la familia, quedamos desvalidos ante el Estado» y, por eso, la libertad se amplía cuando se honra a la familia antes que al Estado y a la Empresa, y honrar a la familia empieza por honrar el matrimonio. En su época, Chesterton pudo formularlo así: «Aunque fuese cierto que el socialismo ataca en teoría a la familia, lo es mucho más que el capitalismo la ataca en la práctica». Hoy habría que añadir que el socialismo real de ahora, también en la práctica, se alinea sin rubor con los planteamientos más egoístas y crudos de la visión capitalista.

Ya desde un punto de vista más personal, Chesterton señala que, para curar algo de verdad, hay que ir a las causas y que no arreglamos nada lamentándonos de los efectos que proceden de las causas que permitimos. Esto aparece claro cuando los hombres cometemos el error de querer seguir varios caminos a la vez o vivir varias vidas. «El proceder así imaginariamente es una de las visiones de la poesía, del arte; el intentarlo en la vida real es no ya anarquía sino inactividad. Aun en el arte (...) y la filosofía de nuestros tiempos hay un considerable elemento de esa insaciable ambición y de ese antinatural anhelo», pero «lo que se precisa vitalmente, por doquier, en el arte como en la ética, en poesía como en política, es selección».

G. K. Chesterton. La superstición del divorcio (The Superstition of Divorce, 1920). En Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; 1676 pp., de la p. 871 a la p. 936; trad. de Eduardo Toda Valcárcel. Nueva edición en Sevilla: Los Papeles del Sitio, 2008; 144 pp.; trad. de Aurora Rice Derqui; prólogo de Enrique García Máiquez; ISBN 13: 978-84-935892-5-7.

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sábado, 6 de diciembre de 2008

En Lo que está mal en el mundo, siguiendo la línea marcada en Herejes, Chesterton expone los que consideraba errores de concepto de su tiempo acerca del hogar, el hombre, la mujer, la educación.

Señala que las consecuencias de tales errores nos afectan a todos, lo queramos o no: no solo estamos en el mismo barco sino que todos estamos mareados, dice. Indica que todos ellos están basados en la que califica como la gran herejía moderna: «Alterar el alma humana para que se adapte a sus condiciones, en lugar de alterar las condiciones para que se adapten al alma humana».

La diferencia con otras épocas del pasado, afirma, es que si el hombre ha perdido el rumbo muchas veces en la historia, hoy ha perdido también la meta debido a «la enorme herejía del Precedente. Es el punto de vista de que, como nos hemos metido en un lío, tenemos que meternos en otro mayor para adaptarnos; de que, porque hemos dado un giro equivocado hace algún tiempo, tenemos que ir hacia adelante y no hacia atrás; de que, como hemos perdido el camino, debemos también perder el mapa; y de que porque no hemos realizado nuestro ideal, debemos olvidarlo». Por eso, cuando vemos «lo que está mal, mal en la raíz de nuestros argumentos y nuestros esfuerzos», nuestra «única esperanza es (...) arrepentirnos y retroceder». No basta ponernos de acuerdo en qué cosas son malas sino que también es necesario que tengamos ideales positivos: sin ellos es imposible cualquier tarea de reconstrucción.

De paso, Chesterton aborda también uno de sus grandes temas: la defensa del hombre común, a quien llama Jones, frente a sus grandes enemigos Hudge y Gudge, el Gran Gobierno y el Gran Negocio, dos grandes aliados aunque las apariencias digan otra cosa. Eso se nota, sobre todo, en que mientras vemos al segundo crear un modo de vida muchas veces incompatible con una vida familiar ordenada, el primero afirma que la familia como institución es algo que se debe superar. Y lo cierto es que, consciente o inconscientemente, Hudge y Gudge hacen todo lo posible para mantener desamparado al hombre común.

Un buen ejemplo del estilo argumentativo de Chesterton en su máxima brillantez está en la conclusión, cuando comenta que se promulgó una orden en la que se decía que había que cortar el pelo muy corto a las niñas pequeñas: en vez de suprimir los piojos al gobierno se le ocurre suprimir el pelo... Y, a partir de aquí, Chesterton construye toda su teoría que, al final, resume así: «porque una niña debe tener el pelo largo, debe tener pelo limpio. Porque debe tener pelo limpio no debe tener hogar sucio. Porque no debe tener hogar sucio, debe tener una madre libre y tranquila. Porque debe tener una madre libre, no debe tener un propietario usurero. Porque no debe tener un propietario usurero debe haber una redistribución de la propiedad. Porque debe haber una redistribución de la propiedad, debe haber una revolución...».

Notas en las que aparecen textos tomados de este libro son: Aprender a conversar, Salvar a los niños, Milagros del amor, ¿Cómo convertir a los borrachos en catadores?, Valor real.

G. K. Chesterton. Lo que está mal en el mundo (What´s Wrong with the World, 1910). Madrid: Ciudadela, 2006; 208 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de de Mónica Rubio Fernández, ISBN: 84-934669-7-2. Nueva edición en Barcelona: El Acantilado, 2008; 256 pp.; trad. de Mónica Rubio Fernández; col. El Acantilado; ISBN 13: 978-84-96834-73-6.

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viernes, 18 de enero de 2008

Herejes
es uno de los más importantes libros de Chesterton pues en él se apuntan muchas ideas que luego desarrollará más extensamente o redondeará en libros posteriores. De hecho, la objeción que se le hizo después de su publicación, de que sus críticas a otros no serían tomadas en serio mientras no declarase cuáles eran sus propias posturas, le llevó a escribir Ortodoxia unos años más tarde.

En el capítulo inicial explica que «lo más práctico y lo más importante de un hombre es su visión del universo», del mismo modo que «para una propietaria que considera a un posible inquilino es importante conocer sus ingresos, pero es aún más importante conocer su filosofía». Y, a partir de ahí, se propone analizar el pensamiento de contemporáneos suyos como Ibsen, Kipling, Shaw, Wells, y otros, y mostrar algunas consecuencias de sostener «herejías» como el negativismo, el relativismo, el progresismo, el puritanismo, el esteticismo, el servilismo, el individualismo...

En Herejes figura uno de los ensayos más citados de Chesterton, como Ciertos modernos escritores y la institución de la familia, pero conviene no perderse Omar y la sagrada viña, un gran análisis de la insuficiencia del «carpe diem», o las críticas feroces a los escritores despreciables en Los novelistas de los barrios pobres y los barrios pobres. En este capítulo hay una de las muchas expresiones felices del autor, tan aplicable a lo que vemos alrededor: «Los antiguos tiranos tenían insolencia suficiente para despojar a los pobres, pero no tenían insolencia suficiente para predicarles».

Al final, Chesterton vuelve a su idea inicial con una imagen inolvidable: «Ni el más distraído de los hombres es capaz de hacer una maleta y excluir la maleta. Todos tenemos una visión general de la existencia, nos guste o no; esa visión modifica, o, para decirlo con más exactitud, crea y envuelve todo lo que decimos y hacemos, nos guste o no».

G. K. Chesterton. Herejes (Heretics, 1905). Barcelona: Acantilado, 2007; 230 pp.; trad. de Stella Mastrangelo; ISBN: 978-84-96834-07-1.

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