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Notas del archivo 'Chesterton (historia)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 20 de julio de 2013

Lord Kitchener (1850-1916), un militar con una larga carrera en Sudán, Sudáfrica e India, fue nombrado secretario de Estado para la Guerra cuando comenzó la primera Guerra Mundial. Era un hombre admirado y querido por la gente pero rechazado por la clase política, pues «nunca fue y nunca quiso ser ni más ni menos que un buen militar», algo que Chesterton apreciaba mucho. Falleció durante un viaje a Rusia cuando su barco se hundió al chocar con una mina alemana cerca de las islas Orcadas. Pocas semanas después, el 17 de junio de 1916, Chesterton publicó «The Death of Kitchener», un artículo en The Illustrated London News elogiando las cualidades que, como jefe militar, había demostrado en el pasado: la de ser un hombre de tratados y no de guerra, un hombre de mente abierta y un negociador fiable, un hombre que combatía con dignidad pero capaz de alcanzar acuerdos con sus enemigos. El Departamento de Información del Gobierno británico le pidió que ampliase el texto para publicar una semblanza biográfica un poco más extensa, por la que luego le mandó calurosas felicitaciones el jefe del Departamento, el escritor John Buchan.

En opinión de Chesterton, Kitchener tenía las cualidades del héroe de una obra épica, de alguien que no es poeta pero sí es la materia de los poetas; tenía las cualidades del principal actor de una gran alegoría mucho más enorme de lo que podría él mismo darse cuenta. Una de las razones era que no sólo pedía consejo a los amigos sino que también sabía dialogar y dejarse aconsejar por quienes eran sus enemigos en el combate: cada vez que había tenido que negociar personalmente con alguno el resultado nunca fue de más enfrentamiento sino de más comprensión mutua. Otro de los motivos para las alabanzas de Chesterton fue que Kitchener lamentó el horror de la forma de luchar de los ejércitos alemanes durante la primera Guerra Mundial y declaró que las barbaridades que cometieron habían dejado una mancha imborrable sobre la profesión militar. Frente a ese modo de comportarse, Kitchener saludó la noble caballerosidad de sus antiguos enemigos en Sudán, y deploró que las academias militares y las oficinas gubernamentales europeas se hubiesen dejado arrastrar por una locura tan cruel e inmunda que merecería el desdén del más loco de los derviches del desierto.

G. K. Chesterton. Lord Kitchener (1917).

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jueves, 25 de septiembre de 2008

Un año después de la biografía sobre Chaucer, Chesterton vuelve a poner de manifiesto su conocimiento de la Edad Media con su semblanza de Santo Tomás de Aquino. Al comienzo vuelve a dar la idea que preside su trabajo, invirtiendo un comentario que había realizado en The Victorian Age in Literature: «todo el cuadro tiene la finalidad de presentar la silueta de una figura en un paisaje y no un paisaje con figuras».

Igual que dije a propósito de la biografía de san Francisco de Asís, esta sobre santo Tomás no me atrajo tanto como las que abordan personajes literarios. Ahora bien, estoy casi seguro de estar equivocado, pues si es significativo que las biografías de Chesterton han sido elogiadas siempre por grandes especialistas en el biografiado, en este caso es particularmente revelador que el filósofo tomista más importante de la primera parte del siglo XX, Etienne Gilson, saludase así esta obra: «Considero, sin parangón alguno, que es el mejor libro que se ha escrito sobre Santo Tomás. Sólo un genio podía hacer algo así. Todo el mundo admitirá sin ninguna duda que es un libro inteligente pero pocos lectores que hayan pasado veinte o treinta años estudiando a Santo Tomás de Aquino y hayan publicado dos o tres volúmenes sobre el tema, podrán darse cuenta de que la chispa de Chesterton ha dejado su erudición a ras de suelo. Adivinó todo lo que ellos trataban de demostrar y dijo lo que ellos intentaban expresar torpemente con fórmulas académicas. Chesterton era uno de los pensadores más profundos que han existido. Era profundo porque tenía razón, y no podía dejar de tenerla; pero tampoco podía dejar de ser modesto y amable; por eso se consideraba uno de tantos, se disculpaba de tener razón y se hacía perdonar la profundidad con el ingenio».

Ese comentario, que dice mucho de la profundidad de pensamiento de Chesterton, no arregla sin embargo las dificultades que tendrán muchos al leer esta biografía. Santo Tomás era un personaje metódico y ordenado en la exposición de su pensamiento: hubiera disfrutado del trato con Chesterton pues ambos se dedicaron de lleno a «esa rara ocupación humana, la costumbre de pensar», pero tal vez no conectase del todo con su estilo literario exuberante y su gusto por los meandros.

Sea como sea, se puede recordar aquí que Chesterton escribió sus biografías también porque, como periodista, era muy consciente de la falta de sentido histórico de sus contemporáneos: decía que, al haber sustituido la historia y la tradición —que es como la charla de la historia— por el periodismo, en nuestro mundo se ha conseguido que mucha gente sólo conozca el final de cada historia y no todo aquello que la ha hecho posible. Esta idea la desarrolla también en esta biografía: es errónea «la costumbre moderna de mirar a las cosas únicamente desde el punto de vista moderno. Porque eso es ver solamente el fin del cuento», y entonces resulta que hay quienes «se rebelan contra no saben qué porque surgió no saben cuándo; mirando solamente el fin, ignoran el principio, y, consiguientemente, desconocen su mismo ser». En esa dirección, Chesterton desea señalar la importancia para nuestro tiempo de un personaje como santo Tomás, a quien veía como un maestro de lógica para «las tribus semipaganas de las ciudades industriales de nuestros días, los devoradores de libros de fantasía y de folletos baratos».

G. K. Chesterton. Santo Tomás de Aquino (St. Thomas Aquinas, 1933). Madrid: Espasa, 1985, 11ª ed.; 188 pp.; col. Austral; trad. del P. Honorio Muñoz, O.P.; ISBN: 84-239-0020-7. Nueva edición en Madrid: Homo Legens, 2009; 205 pp.; col. Biografías breves; prólogo y notas del editor, José J. Escandell; trad. de María Luisa Balseiro; ISBN: 978-84-92518-39-5. Nueva edición en Madrid: Rialp, 2016; 272 pp.; trad. de Juan Carlos de Pablos; ISBN: 978-84-321-4701-2. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 18 de septiembre de 2008

Del mismo modo que, años atrás, Chesterton había buscado reivindicar las figuras de Browning, Dickens, Stevenson o Cobbett, años más tarde se propuso mostrar tanto los méritos literarios como la personalidad de Chaucer. Y, como había dicho ya en la biografía de Browning pero aquí desarrolla más, Chesterton comenta que su aproximación al personaje se parece a la de los detectives porque, como ellos, también él busca cazar a su héroe, debe deducir sus conclusiones de unos documentos fragmentarios, debe no perderse con lo anecdótico para buscar y reconocer lo significativo.

En lo que se refiere a la obra de Chaucer, señala Chesterton que la otra cara de que Shakespeare sea el gigante literario inglés es que su presencia bloquea toda la perspectiva de la historia inglesa. Pero, continúa, «quien ha leído a Shakespeare y no a Chaucer, no sabe de Inglaterra más que sabe de Italia quien ha leído a Tasso y no a Dante, y más que sabe de Francia quien ha leído a Ronsard y no a Villon; porque mayor cinismo en la literatura francesa se deriva de Villon que de Ronsard, y mayor es la nueva visión italiana que se puede encontrar en el imperialismo de Dante que en la caballería ornamental de Tasso. Esto no obsta para que yo haya oído decir a muchos que la cultura inglesa nació con Shakespeare. En ese caso, bien pudiera ser que la cultura de quienes así hablan se interrumpiera con Shakespeare».

Y si en ese párrafo brilla el talento particular de Chesterton para enmarcar bien a su autor, lo mismo se puede decir de la cita en la que dice que Chaucer fue más sano y jovial que la mayoría de los escritores posteriores: «fue menos delirante que Shakespeare, menos áspero que Milton, menos fanático que Bunyan, menos amargado que Swift». Hace notar que su obra no sólo marca el momento en que el lenguaje inglés comenzó a formarse sino que también «hizo la novela. Fue novelista cuando no había novelas. Entiéndase por novela la narración que no es esencialmente una anécdota o una alegoría, sino que funda su valor en la casi total variedad accidental de los caracteres humanos».

En cuanto a la personalidad de Chaucer, Chesterton sitúa cuatro puntos cardinales para comprenderlo: era inglés, cuando la identidad nacional inglesa estaba en sus comienzos; era católico, cuando la unidad católica de Europa estaba cerca del fin; pertenecía al mundo de la caballería y de la heráldica, cuando entraba en su otoño; era burgués pues nació entre burgueses y vivió entre ellos, cuando ya eran más fuertes que un sistema feudal que se desvanecía. Un punto particular que Chesterton precisa bien es el del supuesto anticlericalismo de Chaucer: afirma que si satirizaba al fraile era porque deseaba protestar contra el relajamiento de la disciplina, que su idea era que «el sacerdote no solamente es malo cuando debe ser bueno, sino que, aun siendo bueno, es malo porque debe ser mejor».

Toda la obra está impregnada del amor por la Edad Media que sentía Chesterton pero siempre con realismo, y en contraposición con el Renacimiento posterior y con el momento presente: Chesterton explica bien que los siglos medievales sin duda encerraron fanatismo, ferocidad, desenfrenado ascetismo y todo lo demás..., pero que algunos afirman «que sólo encerraron fanatismo, ferocidad y todo lo demás». Aclara cómo, «al mundo medieval, con todos sus crímenes y crudezas, le interesaban las ideas como tales ideas. Pero a los modernos, especialmente a los modernistas, les interesa el hecho de que las ideas modernas sean modernas». Subraya la prudencia y el equilibrio del pensamiento de la época —«era esencia de la filosofía medieval que en todas las direcciones hay peligros, lo mismo que en todas las direcciones hay ventajas»—, y de su biografiado: un hombre sensato —que «no sólo estaba seguro de su sentido común, sino de que el sentido era realmente común»—, y muy religioso, con una devoción a la Virgen «mayor quizá que la de Dante».

G. K. Chesterton. Chaucer (1932). En Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; de la p. 509 a la 693 de 1261 pp.; trad. de M. J. Barroso-Bonzon. Nueva edición en Madrid: ELR Ediciones, 2007; 209 pp.; edición de María Gil Ortega; ISBN: 84-87607-24-1. Otra edición en Sevilla: Espuela de Plata, 2010; 218 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Victoria León; ISBN 13: 978-84-96956-71-1.

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jueves, 11 de septiembre de 2008

Después del ensayo biográfico sobre Dickens, el más conocido de Chesterton es el que preparó sobre Robert Louis Stevenson, también con el ánimo de reivindicarlo ante los críticos que no lo consideraban un gran escritor.

De las citas y consideraciones de ese libro que ya he puesto en el comentario a las obras de Stevenson, unas se refieren a sus cualidades literarias: a su maestría como narrador, a su esfuerzo y su capacidad para encontrar la palabra precisa, a sus descripciones vivas y enérgicas a base de frases cortas, a su excepcional don para dibujar siempre a sus personajes, etc. Además, Chesterton indica cómo Stevenson presenta siempre a sus personajes no de modo estático sino dinámico: cuenta cómo un hombre hizo o dijo algo y no cómo era ese hombre. Y añade que también de sus cualidades deriva su defecto como escritor: que tal vez simplificaba demasiado y, en su afán por «encerrar en una línea lo que otros ponían en una página», no podía mostrar bien la complejidad de la vida real; o, dicho de otro modo, que «es tan ahorrativo que sus personajes son casi delgados».

Otras observaciones que aparecen en el mismo comentario están relacionadas con su talante optimista forjado a partir de la felicidad de su infancia y como reacción contra el puritanismo y el pesimismo de su tiempo. Tal vez pensando también en sí mismo, Chesterton explica el modo de ser de Stevenson a partir del hecho psicológico, comprobado por muchos testimonios, «de que el niño experimenta goces que resplandecen como joyas en el recuerdo».

Se puede subrayar, además, cómo Chesterton multiplica las observaciones útiles para quien esté interesado en apreciar correctamente una obra literaria: «La literatura no es más que lenguaje; es sólo un sorprendente milagro en virtud del cual un hombre dice realmente lo que quiere decir». Aparte, claro, de las luminosas referencias al paso a escritores como Edgar Allan Poe o Henry James.

Decía Chesterton que la lección de la vida de Stevenson «sólo se verá cuando el tiempo haya revelado el pleno sentido de nuestras tendencias actuales; creo que será vista de lejos como un vasto plano o laberinto trazado sobre la ladera de una montaña; trazado, tal vez, por uno que ni siquiera veía el plano mientras trazaba los caminos». Y, efectivamente, esa moraleja que sigue vigente, que «se relaciona con el futuro de la cultura europea y con la esperanza que ha de guiar a nuestros hijos», es la necesidad de volver a la infancia para rehacer los caminos mal andados y reaprender a gozar con una visión romántica y aventurera de la vida: el talento poético de Stevenson está en habernos hecho comprender qué grandes eran aquellas emociones que sentimos cuando éramos niños y qué necesarias siguen siendo cuando hemos crecido.

G. K. Chesterton. Robert Louis Stevenson (1927). En Obras completas, tomo IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; col. Los clásicos del siglo XX; trad. de P. Romera. Nueva edición en Valencia: Pre-Textos, y Madrid: Fundación Once, 2001; 148 pp.; col. Letras diferentes; trad. de Aquilino Duque; ISBN: 84-8191-397-9.

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jueves, 4 de septiembre de 2008

William Cobbett
(1763-1835) fue un singular escritor de crítica política y social, que también fue parlamentario, al que Chesterton manifiesta una gran simpatía por distintas razones.

Una, que fue «un hombre nacido a destiempo» del que podríamos decir, «como de más de un gran hombre, que algunos de los hechos más importantes de su vida sucedieron después de su muerte». Su principal mérito «reside en que fue él, y solamente él, quien vio que en los especuladores y no en repúblicas o monarquías, en jacobinos o en antijacobinos, residía el peligro y la opresión de los tiempos por venir». Cobbett vio cómo el mundo evolucionaba desde los oficios individuales y la industria local hacia una revolución industrial que si creó riqueza también creó una nueva clase de hombres pobres, de personas que nunca podrán tener bastante para tener su propia casa o su propio comercio. Mucho antes que hiciera el mismo Chesterton con su doctrina social distributista, Cobbett sostenía el principio del comercio medieval basado en la camaradería y la justicia, y no el principio del comercio moderno basado en la competitividad y la codicia.

Otra, que fue un antecesor de Dickens en la simpatía que mostró por los más necesitados de la sociedad y en la claridad con que los defendió siempre. A diferencia de muchos reformadores sociales y filántropos modernos, que se preocupan por el bienestar de los trabajadores igual que lo hacen por sus caballos o sus ovejas, a Cobbett le preocupaba la dignidad de la clase obrera, su buen nombre y su honor. Por eso arremetió contra un régimen capitalista que «no castiga los vicios de los pobres sino las virtudes de los pobres», que «convierte en imposibles incluso los méritos que vanamente preconiza», que impide que los pobres ahorren y no impide que gasten, que pone obstáculos al matrimonio respetable y facilita la inmoralidad. «Puede ser que el socialismo amenace destruir la vida familiar, pero el capitalismo ya la está destruyendo. Esto es, sin duda, lo que se quiere dar a entender cuando se dice que el capitalismo es, de los dos sistemas, el más práctico», concluye Chesterton.

Otra más, por su denuncia del triunfo de una revolución aristocrática, una victoria de los ricos sobre los pobres, que convirtió a Inglaterra en un país de pocos terratenientes en vez de un país de muchos propietarios de sus propias tierras, algo que también llevó consigo el despojo de la Iglesia católica. Chesterton señala que hay una clase de hipnotismo provocado porque «lo que la gente lee posee una clase de poder mágico sobre lo que ve. Ello arroja un hechizo sobre sus ojos, en tal forma que ven lo que esperan ver. No ven las cosas más sólidas y estridentes que contradicen lo que esperan ver. Creen demasiado en sus maestros para creer en sus ojos. Prestan más crédito al mapa que a la montaña». A Cobbett «se le había concedido una extraña y altamente heroica clase de fe: podía creer lo que veían sus ojos» y por eso fue capaz de descorrer «el velo que nuestra versión de la historia interpone entre nosotros y los hechos reales que tenemos ante los ojos». «Era como un hombre que había descubierto un crimen, antiguo como muchos crímenes, escondido como todos los crímenes»: el de que Inglaterra había sido asesinada. Sus denuncias sorprendían a los lectores, pues «parecía llamar negro a lo que era blanco, cuando declaraba que lo que era blanco había sido ennegrecido, o que lo que parecía blanco era solamente blanqueado».

Y otra, porque fue un hombre muy enérgico, a veces demasiado, que «blandía las palabras corrientes como un hacha». Chesterton reconoce que los odios que manifiesta Cobbett son a veces desproporcionados en relación con su objetivo pero, al mismo tiempo, se ve que le gustan sus descripciones con aire grotesco como de mundo al revés. En su favor hace notar que si bien era un furioso polemista, también era un maestro dulce y paciente, algo que se nota en que «siempre fanfarroneaba ante un igual, pero nunca fanfarroneó ante un alumno». Sus defectos y su falta de objetividad evidentes los enjuicia Chesterton diciendo que «si el hombre ordinario o el hombre convencional no deben ser condenados por el hecho de que no lleguen a ser héroes, aún menos debe condenarse a aquel otro hombre que ha conseguido llegar a ser medio héroe o las nueve décimas partes de un héroe».

Un ejemplo bromista y sintomático de su falta de pelos en la lengua es que Cobbett decía de Thomas Cranmer (1489-1556, arzobispo de Canterbury durante la época de Enrique VIII y Eduardo VI), que el solo pensamiento de que semejante ser hubiese pisado la tierra era bastante para dudar de la existencia de Dios, pero que la fe y la paz volvían a nuestro espíritu cuando recordábamos que había sido quemado vivo... Esto lo apostilla Chesterton indicando que, sin duda, hay «cierta exageración» en esta observación y en ella no hay, en verdad, ni «precisión de proporciones» ni ningún «piadoso endulzamiento de la verdad con caridad». En cualquier caso, Chesterton subraya que la cualidad más sólida de Cobbett como estilista está justo en el uso del lenguaje «llamado generalmente insultante», hasta el punto de que cuando él lo usa el mal lenguaje resulta siempre bueno: supo sacar partido a las cualidades propias del idioma inglés, que tanto «sobresale en ciertas consonantes angulares y abruptas terminaciones que lo hacen extraordinariamente apto para la expresión del espíritu combativo y del desdén feroz». Chesterton afirma que tal lenguaje no debería ser olvidado precisamente hoy, cuando «la vida pública ofrece un vasto campo para el uso de palabras injuriosas con toda justicia».

G. K. Chesterton. William Cobbett (1925). En Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; de la p. 693 a la 837 de 1261 pp.; trad. de Luis Nonell.

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jueves, 28 de agosto de 2008

La biografía que Chesterton dedicó a san Francisco de Asís, el primer libro que publicó después de su conversión al catolicismo, no me parece tan conseguida como las que tratan sobre personajes literarios. Pienso que los meandros estilísticos de Chesterton y su afición por multiplicar metáforas y ejemplos, no son los recursos más apropiados para una biografía como esta, que contiene más hechos del biografiado que otras del autor, pero que sobre todo se fija en la transición interior del personaje: de ser un soldado a ser un reformador y un trovador de Dios. Contiene, por supuesto, comentarios que perfilan a san Francisco al modo en que un dibujante genial es capaz de retratar a su modelo en dos trazos: «Nunca existió un hombre a quien asustasen menos sus propias promesas»; «todos sus actos fueron siempre inesperados y nunca inapropiados»; en su trato con los demás «parecía, a un tiempo, no estar en guardia y apuntar al corazón», fue como el fundador de un nuevo folclore, de «una especie de infantilismo inspirado que sólo puede compararse con los cuentos de hadas».

Es, en cualquier caso, una obra que permite a Chesterton decir lo que piensa sobre algunas ideas actuales muy difundidas.

Entre otras, habla de una verdadera comprensión de la naturaleza, y afirma que resulta difícil hoy para muchos comprender las alabanzas que le prodigó San Francisco «mientras las identifiquen con el culto a la naturaleza o con el optimismo panteísta». San Francisco amaba a todas las criaturas individuales, con la misma visión de la realidad de los niños: «Un niño comprende sin dificultad que Dios hizo al perro y al gato; y, no obstante, se da cuenta exacta de que la creación de los perros y los gatos, sacándolos de la nada, constituye un proceso misterioso que su imaginación no puede alcanzar. Pero ningún niño os entendería si mezclarais al perro y al gato con todas las demás cosas existentes, para formar con ellas un monstruo de mil patas llamado naturaleza».

También hace notar que se ha de observar la historia y la realidad sabiendo distinguir las cosas probables de las improbables: «No es tanto una cuestión de crítica cósmica acerca de la naturaleza del acontecimiento, como de crítica literaria acerca de la naturaleza de la historia». Y, aplicando este principio a las Cruzadas dice: «El gran duque Godofredo y los primitivos cristianos que conquistaron Jerusalén fueron héroes, si algún héroe existió en el mundo; pero fueron los héroes de una tragedia». Y luego, hablando de los intentos de San Francisco de convertir a los musulmanes, añade: «La mentalidad moderna es difícil de satisfacer; y, generalmente, acusa de feroz al procedimiento de Godofredo, y de fanático al de san Francisco. O sea que proclama impracticable todo método moral cuando acaba de proclamar inmoral todo método practicable».

Lo que sin duda sigue siendo cierto, ahora como en el momento en que Chesterton escribió su libro, es la sorpresa que causa un comportamiento como el de san Francisco, alguien que «nunca vio las cosas según nuestra escala corriente sino con una vertiginosa desproporción que hace rodar la cabeza». Y, en particular, su «amable burla de la idea de posesión», como con «la esperanza de desarmar, con generosidad, al enemigo», como con «la alegría de llevar una entusiasta convicción hasta su extremo lógico» y «el sentido humorístico de sorprender al mundo con lo inesperado»; y también con «esa curiosa y aplastante rudeza que los no mundanos pueden manejar a veces como una maza de piedra», esa que por ejemplo golpea cuando dice que «si poseyéramos bienes, nos serían indispensables armas y leyes para defenderlos».

G. K. Chesterton. San Francisco de Asís (St. Francis of Assisi, 1923). Barcelona: Juventud, 1998, 3ª ed.; 161 pp.; col. Libros de bolsillo Z; trad. de Marià Manent; ISBN: 84-261-0056-2. Otra edición en Madrid: Encuentro, 2012; 168 pp.; trad. de Carmen González del Yerro; ISBN: 978-8499201481.

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jueves, 21 de agosto de 2008

«Se habla mucho de la perspectiva histórica —dice Chesterton en la conclusión que pone a su Breve  historia de Inglaterra—, pero a mí me parece que hay demasiada perspectiva en la historia, pues la perspectiva hace parecer gigantes a los pigmeos y pigmeos a los gigantes. El pasado es un gigante visto en escorzo cuyos pies miran hacia nosotros, y a menudo son pies de barro». De acuerdo con eso, Chesterton cuenta la historia de su país sin fechas, en dieciséis capítulos, procurando centrarse no en los hechos sino en «la importancia de los hechos», y advirtiendo en su introducción que «los aspectos más olvidados de la historia inglesa no son pequeñas cosas oscuramente veladas por los especialistas, sino grandes cosas que estos ignoran».

Uno de sus intereses principales es desmontar los prejuicios tontos de quienes se creen superiores a sus antepasados. Por eso subraya que si tenemos una imagen bárbara de los primeros siglos de la historia, en parte se debe a que algunos historiadores sólo cuentan la vida de los destructores profesionales y se quejan después de que todo sea destrucción. También incide mucho en que si se intentan dar explicaciones históricas prescindiendo de la fe cristiana no se comprende casi nada, y señala cómo hay un «elemento en la Iglesia, almacenado como dinamita entre sus primeros cimientos», que renueva siempre el mundo, y ahí están los casos de Tomás Becket y Tomás Moro.

En especial Chesterton tiene un particular interés en reinvindicar la Edad media, sobre la que hace muchas consideraciones jugosas. En concreto, véase su afirmación de que los sindicatos actuales son «un fantasma de la Edad media»: «Los viejos gremios, con un mismo objetivo igualitario, exigían de manera perentoria la misma nivelación de los pagos y contratos que tanto se les reprocha hoy a los sindicatos. Pero también exigían, cosa que los sindicatos no pueden hacer, una destreza incomparable que todavía hoy asombra al mundo en las esquinas de los edificios en ruinas o en los colores de las vidrieras rotas». Así, dice Chesterton, los sindicatos modernos son como «un retorno al pasado de hombres que ignoran el pasado, como el acto inconsciente de un hombre que ha perdido la memoria».

Sin duda apreciará más esta obra quien más conocimientos tenga de las cuestiones históricas que sobrevuela. Pero, en cualquier caso, su lectura merece la pena pues los enfoques de Chesterton proporcionan una visión profundamente realista sobre muchos asuntos, y sus formulaciones nos ayudan a reconocer actitudes que se dan también aquí y ahora. Por ejemplo, cuando nos habla de un gobierno que «tuvo que recurrir al sencillo procedimiento de calmar a la gente con promesas y después quebrantar, primero las promesas y luego a la gente, tal como hemos visto hacer tantas veces a los políticos actuales». O cuando nos dice que «los patriotas suelen ir por detrás de su época, pues, acostumbrados a vigilar a sus viejos enemigos, descuidan a los nuevos».

G. K. Chesterton. Breve historia de Inglaterra (A Short History of England, 1917). Barcelona: El Acantilado, 2005; 256 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96136-93-0.

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jueves, 14 de agosto de 2008

The Victorian Age in Literature,
de Chesterton, es una obra de historia y crítica literaria (no editada en España que yo sepa) que resulta todo un alarde de conocimientos de los puntos débiles y los fuertes de cada escritor o poeta inglés del XIX, y un poderoso análisis de las líneas de fuerza que configuraban la sociedad inglesa de ese siglo.

Chesterton comienza su libro a partir de la muerte de William Cobbett y lo termina con Stevenson, a quienes años más tarde dedicará sendas biografías. Previene al lector de su tendencia inevitable a que las figuras se le queden pequeñas dentro de un paisaje demasiado grande; y le advierte que su modelo para mostrar lo que ha sucedido no es ir dejando las cosas atrás, como en una carretera, sino revelar el despliegue de la vida, como en un árbol que crece a partir de sus raíces. Empieza con los años en los que triunfa el utilitarismo, un modo de vivir contra el que muchos escritores reaccionaron incluso sin saberlo; y termina con el movimiento decadentista encabezado por Oscar Wilde, cuando crecen la popularidad del pensamiento darwinista y las ideas socialistas. Al margen de las grandes líneas que Chesterton apunta, imposibles de discutir sin ponerse a su nivel de conocimientos de la historia de la época y de los autores que trata, son muchas las observaciones particulares de interés incluso para quien se vea desbordado por el torrente de ideas y de agudezas del autor.

Por ejemplo, es notable la forma en que Chesterton explica la superioridad de las mujeres novelistas de la época. Después de agudas reflexiones acerca de las Charlotte Brontë, su hermana Emily, y George Eliot, a quienes distingue bien de su predecesora Jane Austen, habla de cómo sus novelas, y la novela moderna en general, tratan acerca de una parte de la existencia humana que siempre ha sido un reino propio de las mujeres: la capacidad de apreciar las diferentes personalidades en todos sus matices, el talento no tanto para sentir lo que otros sienten como para sufrir lo que otros sufren, el interés atento por esos rincones de la vida que nos parecen menos vistosos.

Otra consideración a retener es la de que las mayores originalidades de la época victoriana fueron la literatura infantil y el descubrimiento de un nuevo tipo de literatura humorística. De la primera el representante genuino fue George Macdonald, a quien Chesterton describe como un calvinista optimista con el talento de recrear en sus relatos todo el encanto de los cuentos de hadas. El segundo es el «nonsense», un tipo de humor que no busca tanto entretener a niños como conseguir que los adultos vuelvan a recobrar su infancia, cuyos autores clave fueron Lewis Carroll y, más aún, Edward Lear; y es que, dice Chesterton, lo que Goethe no había enseñado a los alemanes nunca, Byron consiguió que los ingleses lo aprendieran: a no tomarse a sí mismos demasiado en serio.

Una pincelada de otra clase, que Chesterton reitera varias veces, es la de lo absurdo que resulta usar el término «precursor» en historia o en literatura. Explica Chesterton que tal calificativo fue inventado para Juan Bautista pues es obvio que sólo se puede aplicar con propiedad en un contexto real o supuestamente divino: de otro modo el precursor sería realmente el fundador. Pero usar este término en la realidad no tiene sentido: porque muchos llamados precursores no querrían tener nada que ver con lo que se les atribuye que han anunciado; porque ha sucedido una y otra vez que algún movimiento social o literario fue sugerido antes por alguien; y sobre todo porque llamar precursor al anunciante es como decir que fue una especie de esclavo que iba corriendo delante de un ejército avisando de su llegada. Intuyo que Borges dedujo de aquí su ingenioso comentario de que los genios crean a sus precursores.

G. K. Chesterton. The Victorian Age of Literature (1913).

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jueves, 7 de agosto de 2008

Chesterton
hizo verdaderos equilibrios en su biografía sobre su amigo George Bernard Shaw (1856-1950) para explicar su pensamiento y decir lo que pensaba sobre él y, al mismo tiempo, para salvar su figura intelectual y humana. En ella puso en práctica la teoría de la sátira que había expuesto en Twelve Types con ocasión de un comentario sobre Alexander Pope, a quien califica de gran poeta con un gran don para la sátira política y social, un arte perdido como la alfarería o el fabricar vidrieras porque, dice Chesterton, «para escribir gran sátira, para atacar a un hombre de modo que él sienta el ataque y reconozca su justicia, es necesario tener la magnanimidad intelectual que aprecia tanto los méritos como los defectos del oponente». Eso sí, ya desde el principio dejó claras las limitaciones de su intento: «Es conveniente que haya un continente secreto en el carácter del hombre de quien se escribe. Se conservan así dos cosas muy importantes: la modestia en el biógrafo y el misterio impenetrable en la biografía».

Como siempre, Chesterton perfila el talante de su biografiado con excelentes comparaciones. Así, dice de Shaw y Swift que ambos combinan «la extravagante fantasía con una curiosa especie de frialdad»; ambos se parecen en «una benévola fanfarronería, una piedad con toques de desdén y un hábito de derribar a los hombres por su propio bien». Explica que hay «dos tipos de grandes humoristas: aquellos a los que les gusta ver a un hombre en ridículo y los que odian esta postura. Rabelais y Dickens son de los primeros, Swift y Shaw, de los segundos».

Hace notar que aspirar al realismo puro, como Shaw, es un gran error pues el sentimentalismo es lo más práctico del mundo: «un enamorado racional no se casaría nunca. Un ejército racional saldría corriendo». Eso impide a Shaw hacerse cargo de las contradicciones de la vida y, por tanto, comprender al ser humano tal como es. Así, dice que Shaw es un hombre que «no se acerca a (los cuentos de hadas) como un niño de cuatro años sino en plan de “folclore” como un hombre de cuarenta», que es «vegetariano porque le desagradan los animales muertos más que porque le gusten los animales vivos». Y, a propósito de una famosa réplica de Shaw —«si no celebro mi cumpleaños no sé por qué he de celebrar el de Shakespeare»— Chesterton apostilla que tal vez «si Shaw hubiese festejado siempre el día de su nacimiento podría comprender mejor el de Shakespeare y la poesía de Shakespeare».

Luego, no sin retranca, señala que los ataques de Shaw a Shakespeare son un gran beneficio pues así se puede acabar con la idolatría, con la autocomplacencia de pensar que Inglaterra tiene un poeta por encima de la crítica, una situación realmente dañina tanto para la literatura como para la moral. Es cierto, dice, que Shaw observó los defectos de Shakespeare principalmente a través de sus propios defectos. Pero, en cualquier caso, «hacía falta alguien tan prosaico como él para que resistiese al peligroso encanto de aquella poesía; acaso no sea un error tan grande enviar a un sordo a destruir la roca de las sirenas».

Uno de los contenidos más interesantes de esta obra de Chesterton es su definición y descripción extensa de la paradoja: «algo cuya antinomia o evidente incongruencia está suficientemente clara en las palabras utilizadas y, más generalmente, significa una idea expresada en forma verbalmente contradictoria. Así, por ejemplo, la admirable frase: “El que pierda su vida, la ganará”, es un ejemplo de lo que los modernos entienden por paradoja». Y, para explicar que Shaw no comprende la paradoja en absoluto, pone algunos ejemplos memorables. En concreto, señala que Shaw no comprende «la inevitable paradoja de la niñez. Aun cuando este niño es mucho mejor que yo, debo enseñarle. A pesar de que este ser tiene pasiones mucho más puras que yo, debo dominarle. Aunque Tomasito tiene mucha razón en correr hacia un precipicio, hay que castigarle en un rincón por haberlo hecho. Esta contradicción es la única condición posible para el que tenga que habérselas con niños; todo el que hable de un niño sin darse cuenta de esta paradoja, se encuentra en las mismas condiciones del que habla de un tritón; es decir, que ni siquiera ha visto al animal».

Y, ya lanzado, Chesterton explica cómo la ceguera de Shaw ante la paradoja enturbia su visión de todas las cosas: «No puede comprender el matrimonio porque no es capaz de comprender la paradoja del matrimonio, que la mujer es lo más importante del hogar precisamente por no ser su cabeza. No puede entender el patriotismo, porque no entiende la paradoja del patriotismo, que se es tanto más humano sencillamente por no amar a la humanidad. No comprende el cristianismo, porque no comprende la paradoja del cristianismo: que únicamente somos capaces de comprender realmente todos los mitos cuando sabemos que uno de ellos es cierto».

G. K. Chesterton. George Bernard Shaw (1909). En Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; de la p. 837 a la 989 de 1261 pp.; trad. de José Méndez Herrera. Nueva edición en Sevilla: Renacimiento, 2010; 192 pp.; col. Biblioteca de la memoria; trad. de José Méndez Herrera; ISBN 13: 978-84-8472-528-2.

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jueves, 31 de julio de 2008

Cuando Chesterton publicó su biografía sobre Dickens provocó una nueva consideración del escritor victoriano hasta el punto de que un editor decidió volver a publicar nuevas ediciones de todos sus libros e invitó a Chesterton a prologarlos. Con el paso del tiempo, los especialistas en Dickens consideran que la mejor obra que se ha escrito sobre él sigue siendo la de Chesterton. Para la mayoría de los lectores de Chesterton, también sigue siendo esta su biografía más conocida, algo lógico pues Dickens es un autor tan popular que se pueden contrastar las propias opiniones con las del libro y darse cuenta de qué acertados son sus juicios. Y para quien desee hacerse cargo de cómo Chesterton va siempre a la busca del núcleo de la obra y la personalidad de su biografiado, es una buena recomendación la de comenzar por esta obra.

Aspectos que se destacan en ella están en el comentario que hay en esta página web a las novelas de Dickens: su talento para crear personajes secundarios inolvidables, su capacidad de conmover y de divertir al mismo tiempo, su conexión total con la gente común, etc. En cuanto a su personalidad, Chesterton señala que lo esencial en su carácter era «que el sentido común iba unido con una sensibilidad descomunal», pero eso se precisa bien: «por sentido común entendemos una sensibilidad debidamente repartida en todas las direcciones normales, mientras que sensibilidad viene a significar la receptividad especializada en una sola dirección. Y aquí está la inconveniencia, porque la sensibilidad en sí no es lo malo, sino la especialización; esto es, la falta de sensibilidad para todas las demás cosas. (...) A este equilibrio de las sensibilidades es a lo que llamamos sentido». Esa capacidad de conectar de lleno con las emociones de la gente justifica que Chesterton hable de Dickens como de «un conductor de multitudes» que «consiguió lo que quizá no haya logrado verdaderamente ningún estadista inglés: levantar al pueblo». A eso le ayudó mucho también su talante positivo: para Dickens «el optimista es mucho mejor reformador que el pesimista; el que está persuadido de que la vida es excelente es el que más la modifica».

Como en todas las biografías que firma Chesterton, también en esta sitúa históricamente al autor, contrasta sus méritos con los de otros escritores, y hace muchas observaciones literarias luminosas. Ese modo de plantear la crítica, no tanto de observar los defectos o los trucos del autor como de atender a su mundo interior y al de su público, sirve para dar al lector una perspectiva más justa. Por otra parte merece ser destacado una vez más que a Chesterton le gusta incidir en la condición de hombre común de sus biografiados, y en que su éxito se debe también a que son hombres que sufren y se alegran como los demás pero, eso sí, saben expresar luego esos sentimientos con un gran talento poético: es significativa la frase de que «Dickens permanecerá como señal imperecedera de lo que ocurre cuando un gran genio de las letras tiene un gusto literario coincidente con el del común de los hombres».

G. K. Chesterton. Charles Dickens (1906). Valencia: Pretextos, 1995; 210 pp.; trad. de Emilio Gómez Orbaneja; ISBN: 84-8191-052-X.

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jueves, 24 de julio de 2008

Chesterton
no estudió literatura sino arte y sus primeros artículos fueron sobre crítica de arte. No es por tanto extraño que dedicara su segundo ensayo biográfico al pintor y escultor George Frederick Watts (1817-1904), tal vez el artista más apreciado en Inglaterra en las décadas finales de la época victoriana. El libro no está traducido al castellano: aunque uno de sus tramos significativos está en la recopilación de textos titulada Correr tras el propio sombrero eso no da idea de su contenido global.

En su obra Chesterton hace referencias a su modo particular de abordar esta y sus otras biografías: que las pequeñeces de la vida de su héroe le importan poco pues sus virtudes públicas son más significativas que sus debilidades privadas, y que le interesa desvelar qué creía el autor y por qué actuó como lo hizo. En cuanto a su estructura, contrariamente a lo que había hecho en su biografía sobre Browning y a lo que haría en sus biografías posteriores, no dividió el libro en capítulos que orientaran al lector dando a cada uno el título de una época o de un aspecto del biografiado, pero sí trata con orden distintos aspectos: el espíritu de la época victoriana, las ideas de Watts, su trabajo como pintor, como escultor, como retratista, etc.

En primer lugar apunta que, como todos los grandes victorianos, Watts era un hombre seguro de tener razón, que creía que las verdades abstractas son los principales asuntos de los que debe ocuparse un hombre, que tenía un gran afán didáctico y que practicaba una especie de utilitarismo cósmico, es decir, que consideraba que cualquier cosa que se pudiese llamar arte o filosofía tenía relación con un bien de carácter general. Chesterton indica que intentaba llegar, con sus obras, a las mismas grandes realidades que abordan la literatura y la filosofía, y de ahí también sus pinturas como alegorías, muy populares en su época y verdaderamente singulares. Y, tanto en esos casos como cuando habla de su condición de retratista, pues pintó cuadros de todos los victorianos famosos —Browning, Carlyle, William Morris, Matthew Arnold, el cardenal Manning, John Stuart Mill...—, Chesterton subraya su talento para dar con algo verdaderamente nuclear, de su tema o de la personalidad del retratado. Así, por ejemplo, en su alegoría del comercio Watts no pinta una gran institución sino «la visión de un gran apetito»: su cuadro no habla del Comercio como tal sino de lo que nuestra sociedad llama y entiende como Comercio, el insaciable dios del dinero, Mammon.

Chesterton alaba su ambición de intentar que sus cuadros fueran inteligibles no sólo en su época sino siempre; señala con agrado que Watts unía esa gran ambición artística con una modesta consideración de sí mismo, como lo prueba «el espléndido hecho de que por tres veces rehusase recibir un título»; y también advierte al lector que no se deje atrapar por los elogios que rinde a Watts pues, con todo, hay diferencia entre las intenciones de Watts y sus obras pictóricas, no siempre brillantes.

Una de las citas más famosas de Chesterton está en este libro: «la nueva escuela de arte y pensamiento se viste a sí misma con aires audaces y profiere blasfemias como si fuera necesario ser valeroso para decir una blasfemia. Hay una sola cosa que requiere valentía y es la de afirmar la verdad obvia». Frase que, años más tarde, Orwell transformaría en aquello de que nuestros tiempos son de tal naturaleza que afirmar lo obvio se ha convertido en el primer deber de cualquier persona inteligente

G. K. Chesterton. G. F. Watts (1904). Edición en castellano en Sevilla: Espuela de Plata, 2011; 208 pp.; col. Literatura universal; prólogo de Jaime García-Máiquez; trad. de Aurora Rice; ISBN: 978-84-15177-08-1.

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jueves, 17 de julio de 2008

La biografía que Chesterton dedicó a Robert Browning, su primer libro importante, fue un encargo de un editor a quien le habían gustado los poemas y ensayos que había publicado antes. Fue recibida con elogios por la prensa y por los críticos, que apreciaron en ella una voz propia que habría que tomar en serio en adelante, por los conocimientos literarios que demostraba y por el atrevimiento de sus enfoques. Leída hoy, es un modo de comprender al mismo Chesterton: en su Autobiografía dijo que con este libro expuso muchos puntos de vista suyos sobre la libertad, la poesía, el optimismo, la esperanza, etc. Además, algunas cualidades que Chesterton atribuye a Browning se parecen sospechosamente a las suyas: memoria como la biblioteca del British Museum, un don particular para detectar la poesía de las historias policiacas, etc.

Al comienzo de su obra, Chesterton hará la observación, que luego desarrollará más en su biografía de Chaucer, de que un biógrafo es como un detective que busca descubrir la verdad. Así, dice que Browning parecía pedante pero en realidad no lo era y siempre fue una persona natural: no era oscuro «a causa de «su orgullo, sino a causa de su humildad. No era ininteligible porque sus pensamientos fueran vagos, sino porque eran obvios para él»; y lo explica así: «El hombre intelectualmente engreído no se hace a sí mismo incomprensible, porque está tan enormemente impresionado por la diferencia que existe entre la inteligencia de sus lectores y la suya, que les habla con esmerada repetición y lucidez».

En lo que se refiere a la obra de Browning, además de detallar sus logros y fracasos en los poemas que escribió, subraya su afán de probar siempre lo más difícil, de intentar las métricas más raras para llegar a dominarlas. A Browning «le importó la forma más que a ningún otro poeta inglés le importó jamás. Siempre estaba tejiendo, modelando e inventando formas nuevas. Entre todos sus poemas, de doscientos a trescientos, apenas sería una exageración decir que la diversidad de métricas asciende a la mitad de los poemas». Así como hay otros grandes poetas que se sentían «satisfechos de usar formas viejas, mientras tuviesen la seguridad de que sus ideas eran nuevas», Browning no: «en cuanto tenía una idea nueva, trataba de construir una nueva forma para expresarla». Y es que Browning, dice Chesterton, amaba su trabajo y sus herramientas mucho más que la recompensa que obtenía del trabajo; era una persona interesada en el arte como algo vivo: deseaba saber cómo están hechas las cosas y, por eso, hablaba mucho con los artistas del oficio de artista pues pensaba que «hay ciertas cosas que sabe un pintor de quinta categoría y que no sabe un crítico de primera categoría».

Pero la finura en el análisis de Chesterton no está sólo en colocar a su biografiado en su marco histórico y en las acertadas comparaciones con otros autores que presenta: también se nota en las observaciones en que matiza con cuidado qué críticas tienen lógica y cuáles no. Así, dice: «Un hombre publica una serie de poemas vigorosos, sorprendentes y únicos. Los críticos los leen, y deciden que ha fracasado como poeta, pero que es un filósofo notable y un lógico. Luego proceden a examinar su filosofía y muestran que no es filosófica, y examinan su lógica y muestran con gran triunfo que es ilógica, pero “transcendental e inepta”. En otras palabras, primero se denuncia a Browning por ser un lógico y no un poeta, y luego se le denuncia por insistir en ser un poeta cuando se ha decidido que ha de ser un lógico». O bien, como se dice que Browning es, a veces, grosero en sus obras, Chesteron aclara que tal grosería «siempre la emplea para expresar cierta furia saludable y cierto desprecio hacia las cosas enfermizas, egoístas o indignas. El poeta parece tener la impresión de que hay algunas cosas de las que sólo puede hablarse con palabras de muladar»; y continúa: «Browning siente, y tal vez en cierto modo justamente, que lo mejor que podemos hacer con un sentimiento esencialmente bajo es despojarlo de sus afectaciones y declararlo con bajeza, y que el barro de Chaucer es mejor que el veneno de Sterne».

Chesterton explica que la concepción de Browning del universo puede expresarse a partir de la fábula de los cinco ciegos que fueron a visitar a un elefante, y uno piensa que toca un árbol, otro que toca una serpiente, otro una pared, y el que toca la cola una cuerda, y que toca el colmillo una especie de sable... Mientras «para el artista impresionista de hoy no somos ciegos que andan tientas en torno a un elefante sino maniáticos aislados en celdas separadas y soñando con árboles y serpientes sin razón y sin resultado» Browning creía que el elefante es un elefante y allí estaba sin lugar a dudas. Este modo de ver la realidad se complementa, en el caso de Browning, y en el de Chesterton, con el optimismo vital de quien sabe que «la existencia es una cosa buena que —como la digestión— a veces anda mal».

En el texto abundan ese tipo de frases características de Chesterton por lo gráficas y por lo contundentes, como cuando habla de Browning como de un hombre «belicosamente orgulloso de sus amigos», un hombre con «lujuria de lealtad». Eso sí, cuando aplica su entusiasmo a mundos que no conoce tan bien como el inglés puede resbalar un poco, como se aprecia en los elogios exagerados a Garibaldi, Mazzini o Cavour.

G. K. Chesterton. Robert Browning (1903). En Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; de la p. 7 a la 183 de 1261 pp.; trad. de Simón Santainés. Nueva edición en Sevilla: Espuela de plata, 2010; 232 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Vicente Corbí; ISBN 13: 978-84-96956-54-4.

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viernes, 11 de julio de 2008

En 1902 Chesterton publicó Twelve Types, breves ensayos acerca de Charlotte Brontë, William Morris, Byron, Pope, Francisco de Asís, Rostand, Carlos II, Stevenson, Carlyle, Tolstoi, Savonarola y Scott. Amplió su obra en 1908, titulándola esta vez Varied Types, con nuevos comentarios esta vez acerca de Bret Harte, Alfredo el Grande, Maeterlinck, Ruskin, la reina Victoria, el emperador alemán, Tennyson y Elizabeth Barrett Browning.

En algunos casos, los comentarios tuvieron origen en alguna biografía o estudio sobre uno de esos autores que a Chesterton le parecía desenfocado. En otros dedicaba atención al tema debido a un suceso reciente, como la muerte de la reina Victoria, o a un aniversario. Queda como permanente el talento de Chesterton para ir al núcleo de la obra de su biografiado o su agudeza para tratar un punto relevante.

De algunos personajes, como San Francisco de Asís y Stevenson, Chesterton publicó más adelante biografías extensas. A otros, como Charles II y Alfredo el Grande, dedicó espacio en su posterior Historia de Inglaterra. De los restantes ingleses habló de nuevo en su obra sobre la época victoriana, pero también los mencionó con generosidad en las biografías de Browning, Watts, Dickens y Stevenson. De Bret Harte, Rostand, Tolstoi, Savonarola y Maeterlinck, trata sólo algún aspecto que le interesa, bien para mostrar su acuerdo o bien para mostrar su desacuerdo, como con la propuesta de Tolstoi de «volver a la naturaleza».

De momento sólo apunto aquí cómo, a propósito de Edmond Rostand y su Cyrano de Bergerac (1897), Chesterton responde a quienes tienen dificultades para sobrellevar una obra en la que los personajes hablan en verso. Con una traducción muy libre dice: «Es un gran error suponer que hablar poéticamente o en verso es un modo antinatural de hablar. Al contrario, todos deberíamos hablar así en los momentos más intensos de nuestra vida y, si no lo hacemos, es porque nuestra capacidad de manejar el lenguaje es muy deficiente. Las canciones no son una forma de hablar más angosta o artificial sino que, al contrario, son las conversaciones cotidianas las que son un modo de cantar fracturado y tartamudeante. Cuando vemos a los personajes de Cyrano de Bergerac hablando en verso no estamos oyendo nuestro lenguaje disfrazado o distorsionado sino nuestro lenguaje perfeccionado y completo».

G. K. Chesterton. Twelve Types, (1902); Varied Types (1908). Edición, en castellano, titulada Tipos diversos, en Sevilla: Espuela de Plata, 2011; 184 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Victoria León; ISBN: 978-84-15177-22-7.

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jueves, 10 de julio de 2008

Comenzaré mañana una serie de reseñas o comentarios sobre las diez biografías, más bien ensayos biográficos, que publicó Chesterton. Con excepción de la de Blake, que ya puse hace tiempo, las iré colgando por orden cronológico, una cada semana. Además, incluiré otras tres obras que reúnen perfiles de distintos personajes: Varied Types, The Victorian Age of Literature, —dos libros no traducidos pero disponibles en la red—, e Historia de Inglaterra.

En mi opinión las mejores son las literarias —Browning, Dickens, Stevenson, Chaucer—, y las que me convencen menos son las de Francisco de Asís y Tomás de Aquino. Algunas las he leído después de conocer buena parte de la obra de los biografiados —Dickens, Stevenson, Blake—, otras me han llevado a conocerla —Browning, Chaucer—, y otras me han servido para conocer mejor a Chesterton —Watts, Shaw, Cobbett—.

En general, todas son útiles no sólo para conocer cosas del biografiado sino también porque dan orientaciones para enjuiciar el arte, la literatura, la historia o distintos aspectos de la vida. Con esa intención las he leído y las comento, y no con la de discutir muchos juicios artísticos o literarios de Chesterton, cosa que requeriría un interlocutor más experto.

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sábado, 15 de marzo de 2008

Sobre William Blake, según Borges «uno de los hombres más extraños de la literatura» y «el menos contemporáneo de los hombres», escribió Chesterton uno de sus ensayos biográficos. En él se ve su particular talento para llegar al núcleo de lo que analiza, después de ponerle un marco y un fondo que presenta las cosas en sus justas dimensiones y con unos perfiles netos.

Chesterton intenta dilucidar la compleja personalidad de Blake y hacerle justicia. No se centra en sus logros y fracasos como artista ni en su arte poético y gráfico, aunque sí da suficientes pinceladas para dejar claros sus méritos y deficiencias, y se fija sobre todo en su mundo interior y en sus ideas. Habla de su «insolencia ciclópea» y de su «vehemencia y precipitada confusión», pero también de su sinceridad y lucidez. Contrasta su aproximación a la creación literaria con la de Robert Browning y la de Henry James.

Afirma que no tiene nada que ver con William Wordsworth, a pesar de que ambos escribieran baladas sobre niños y corderos. Indica la diferencia entre su concepción de la naturaleza y la de Walt Whitman, pero hace notar cómo ambos buscaban y predicaban una especie de insana inocencia. Compara su obra gráfica con la de Aubrey Beardsley y afirma que si este artista parece subestimar y distorsionar a sus estilizadas figuras, las de Blake tienen un aire antiguo y real que exagera lo característico. Sitúa su pensamiento en el contexto del siglo XVIII en el que vivió, en el momento del auge de la masonería y las sociedades secretas, cuestiones que plantea y desarrolla con admirable agudeza (unas páginas que por sí mismas justifican la lectura de este libro). Califica de místico a Blake pero aclara que con frecuencia comprendemos mal esa expresión: «el místico no pertenece al tipo de hombres que fabrica misterios, sino al tipo de hombres que los destruye». Lo alinea con los artistas medievales por su rotundidad y lo contrapone a los impresionistas que vendrían un siglo después: si estos pondrán lo que se percibe por encima de lo que se conoce, Blake afirmaba rotundamente que la idea es más real que la realidad.

El juicio final de Chesterton, que confiesa con sinceridad que no pretende ser imparcial, es favorable a Blake, una «voz de terremoto» que, «a través de la niebla y el caos de su terco simbolismo y sus perversas teorías, a través de la tempestad de su exageración y de la medianoche cerrada de su locura», habla de que Dios, si no es una persona, no es más que un soplo de aire y de que cuanto más sepamos de las cosas elevadas más tangibles se nos volverán.

G. K. Chesterton. William Blake (1910). Sevilla: Espuela de Plata, 2007; 216 pp.; prólogo de André Maurois; trad. de Victoria León; ISBN: 978-84-96133-91-4.
Las citas de Jorge Luis Borges están en Biblioteca personal. Madrid: Alianza Editorial, 1998; 270 pp.; col. Biblioteca Borges, El Libro de Bolsillo; ISBN: 84-206-3317-8.

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