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Notas del archivo 'Chesterton (relatos cortos)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 23 de mayo de 2009

Fábulas y cuentos
es un libro que contiene treinta y un relatos de Chesterton que fueron publicados en distintos periódicos y revistas, entre 1896 y 1931. La edición que cito no indica nada pero, por los datos que tengo, me parece que se corresponde con la recopilación titulada Dailight and Nightmare (1986). Se dan los títulos en inglés de las historias pero entre ellas se anuncia «A Picture of Tuesday» (1896), que luego no está incluida (aunque se puede leer en Tratado elemental de demonología). En cualquier caso, varios textos son artículos ya contenidos en otros libros. Unos están en Alarmas y digresiones: «Las tres edades» (aunque su título original según este libro es «The Three Temples» y en Alarmas y digresiones era «Acerca de las gárgolas»), «Los duques», «Cómo encontré al superhombre», «El arco largo». Y, en Enormes minucias estaban «El gigante», «La calle irritada» (aunque su título original era «A Somewhat Improbable Story» y en este libro se cita como «The Angry Street»). «El árbol del orgullo» está en el interior del relato policial titulado Los árboles del orgullo.

Entre los relatos que responden a cuestiones que interesaban particularmente al autor, uno es «Un auténtico descubrimiento», acerca del misterio de la perspectiva: el narrador descubre los trabajos ocultos de un gran científico, empeñado en conseguir el descubrimiento más importante del siglo: fabricar distancia y fabricar silencio pues, afirma, «el hombre es una montaña que debe verse desde lejos. El hombre es un monumento o una estatua que requiere un espacio más abierto o un fondo más simple». Otro, que trata también de la verdad desde otro punto de vista, es El arco largo, basado en el dicho inglés acerca de que tirar con el arco largo es decir una gran mentira, habla de cuatro arqueros que cuentan historias al rey —«un rey de esos que nunca llegan a conocer el mundo, ni siquiera cuando lo conquistan»—, pero éste siempre les cree, por más absurdas que resulten: uno, que detiene a otros arqueros disparando a las flechas una a una; otro, que le dio al hombre de la Luna: no se le ve, por tanto le dio, la ciencia lo demuestra; otro, que sus flechas se convierten en pájaros: la evolución. Hasta que uno le cuenta algo que le afecta personalmente y entonces ya no le cree: os creo, les dice, porque me dais argumentos científicos, pero «no os creo cuando me contáis lo que sé que es mentira».

Varios responden a un modelo que a Chesterton le gustaba: el del personaje que acaba cayendo en la cuenta del error de sus posiciones previas. En «Duques» es un aristócrata francés que admira desde lejos a los aristócratas ingleses pero que, cuando los conoce de cerca, les acusa de haber extendido la vulgaridad, de haberse «hecho uña y carne con los avaros y aventureros hacia los cuales un caballero no tiene otro deber que el de mantenerlos a raya», para concluir: «no sé qué hará su pueblo con ustedes, pero el mío los mataría». En «Sobre tenderos como dioses» es el dependiente de una tienda, que decide abandonarla a la vista de la escasa moralidad del tendero, por lo que cruza el mar y se instala en una ciudad colectivista..., para volver luego a su antigua ciudad porque allí, «donde se pelean unos con otros como ratas», «muestran al menos que están vivos».

La misma idea se puede leer en «Conversión de un anarquista», cuyo protagonista es un tipo que, cuando comprueba que los miembros de un club anarquista lo soportan todo menos la sensatez y toleran todas las herejías pero no la ortodoxia, decide casarse por la iglesia tal y como desea su novia: «siempre has sido más lista que yo», reconoce al final. El personaje de una mujer joven que comprende las cosas más sencillamente y también con más profundidad que la gente supuestamente lista que tiene alrededor, está en el núcleo de «El fin de la sabiduría», donde un tipo recibe cartas anónimas durante un tiempo, luego se casa, y al final descubre que quien le había estado mandado las cartas era la que más tarde fue su mujer. Chesterton elogia, una vez más, la domesticidad, lo cercano, la sabiduría de quien sabe ver las cosas más grandes en lo que tiene más cerca: la moraleja de su relato es que «quien verdaderamente ha dado la vuelta al mundo entero es quien está deseoso de llegar a su casa; que el fin de la sabiduría es el principio de la vida y que incluso Dios se agachó para cruzar una puerta estrecha, en la hora en que la Palabra se hizo carne».

G. K. Chesterton. Fábulas y cuentos (relatos publicados entre 1896 y 1931). Madrid: Valdemar, 2000; 277 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Marta Torres Llopis; ISBN: 84-7702-330-1.

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sábado, 28 de marzo de 2009

Las paradojas de Mr. Pond,
un libro póstumo de Chesterton, es tan ingenioso que merece ser conocido incluso en la espantosa versión castellana de la editorial Valdemar.

En los ocho casos que contiene aparecen Mr. Pond, un veterano funcionario gubernamental que ha vivido muchos asuntos delicados, y sus amigos Sir Hubert Wotton, un conocido burócrata, y el capitán Gahagan, un hombre más joven que es un fantasioso narrador. Hay dos casos que cuenta Pond y tres en los que él mismo interviene, de los cuales en uno también actúa Wotton, y luego hay tres protagonizados por Gahagan; pero es siempre Pond quien los resuelve o quien adivina cuál fue su resolución. Frente a otros libros de Chesterton se ha de señalar que, aunque no faltan digresiones de tipo moral, el interés de conjunto y de cada relato se centra sobre todo en el planteamiento aparentemente contradictorio con el que arranca cada historia.

En Los tres jinetes del Apocalipsis Pond cuenta un sucedido durante una guerra en Europa Oriental en el que «todo fracasó porque la disciplina era excelente». Cuando, para impedir que un conocido poeta siga sublevando al pueblo, el mariscal Grock da las órdenes pertinentes, sucede algo curioso: si «le hubiera obedecido uno de sus soldados, las cosas no habrían salido tan mal», pero como le obedecieron dos su plan se vino abajo.

El crimen de Capitán Gahagan trata sobre un episodio de la vida de Gahagan: cuando es acusado de ser el asesino del actor Frederick Feversham, pues frecuentaba mucho el trato de su mujer, Pond tiene clara su inocencia debido al hecho de que tres mujeres distintas dan testimonios contradictorios sobre lo que dijo Gahagan que haría la noche del crimen.

Cuando los médicos están de acuerdo, el caso más articulado y rico de todos, comienza con una charla sobre política internacional entre Pond y sus amigos. Cuando estos muestran su satisfacción por unos acuerdos a los que han llegado varios países, Pond dice que «una vez conocí a dos hombres que llegaron a estar tan completamente de acuerdo que lógicamente uno mató al otro...». Ahí arranca la historia de un doble asesinato, uno de cuyos principales actores es un alumno que presta tanta atención a su maestro que suspende sus exámenes. El caso sirve a Pond para formular una importante tesis: «Demasiado fácilmente quedamos satisfechos diciendo que polacos o prusianos o cualesquiera otros extranjeros han llegado a un acuerdo. Pocas veces preguntamos en qué han llegado a estar de acuerdo. Pero un acuerdo puede ser desastroso, a menos que sea un acuerdo con la verdad».

Pond el Pantaleón comienza con unas frases de Pond que Gahagan no entiende bien y Pond le debe aclarar que «los más graves errores provienen de esta manía de sacar de contexto un comentario y después reproducirlo con insuficiente fidelidad». Esto se ilustra con un sucedido de tiempo atrás que Wooton relata a Gahagan: cuando a Wooton y a Pond se les encomendó la seguridad de unos importantes documentos que debían trasladarse de un lugar a otro, todo transcurre felizmente gracias a la falta de precauciones que propone Pond, y gracias al hecho misterioso de que un lápiz rojo, que Wooton consideraba un lápiz azul, precisamente por eso hacía trazos negros.

El hombre indecible comienza cuando Pond dice a sus amigos que recuerda «un ejemplo bastante singular en el que cierto gobierno hubo de considerar la deportación de un extranjero deseable...», por lo que se ve obligado a contarles el caso de una república donde se produjo una extraña revolución promovida por singulares agitadores.

Anillo de enamorados es otro incidente vivido por Gahagan —un «hombre veracísimo porque dice mentiras desmesuradas e imprudentes» según Pond— y resuelto por Pond: el anfitrión de una cena a la que Gahagan asiste hace circular entre los invitados un antiguo anillo y pasan dos cosas: el anillo desaparece y uno de los asistentes muere repentinamente.

El terrible trovador es un episodio de juventud de Gahagan: un testigo lo vio acuchillar a un rival amoroso en la oscuridad y, a continuación, el rival desapareció porque Gahagan lo debió arrojar al río, y al día siguiente Gahagan partió al frente. La cuestión está, dice Pond, en que «lo más engañoso de una sombra es que puede ser muy fidedigna».

Un asunto de altura comienza con una charla entre los tres amigos sobre las convulsiones políticas que Alemania está sufriendo en ese momento —«es una infame vergüenza el trato que esa nación ha dispensado a los judíos», dice Wooton—, y Pond, al recordar su trabajo durante la primera guerra mundial como responsable de contraespionaje en una ciudad costera, habla de un espía que era demasiado alto para ser visto, afirmación que a continuación debe desarrollar.

Es un logro la figura de Pond (estanque), a veces sereno y límpido, pero a veces con sombras enigmáticas, como monstruos mentales que emergían un momento y luego volvían al fondo. Es un personaje menudo, con una barba arcaizante, entusiasta del siglo XVIII, que habla con una «cadenciosa corriente monosilábica que jamás desafinaba en una sola vocal» en la que de vez en cuando aparecen súbitamente unas pocas palabras que parecen un sinsentido. Esos comentarios siempre provocan que algunos le interrumpan: unos son los listos, que desean una explicación, y otros son los tontos, para quienes «sólo lo absurdo se despegaba de un nivel de inteligencia que los superaba; de hecho esto era en sí mismo un ejemplo de la verdad de una paradoja: la única parte que entendían de la conversación era la misma parte que no entendían».

El lector habitual de Chesterton puede buscar, como siempre, su talento para el retrato —«Frederick Feversham era algo peor que un actor que ha fracasado: era un actor que había triunfado antiguamente»—, o para la observación inteligente —un tipo al que deberían detenerlo por ser un chantajista pero al que no pueden detener porque es un chantajista—; sus alusiones literarias, a relatos en los que se apoyan sus mismos casos, como Los crímenes de la calle Morgue o El Gato con Botas—, o a sus preferencias personales, como que las historias de espionaje constituyen la rama más tediosa del género policiaco; su defensa del hombre común, como cuando dice que «Pond tenía aprendida la definitiva lección del sabio: que a veces el tonto tiene razón».

En cuanto a la traducción, abundan adjetivos como «asaz» y «harto» en expresiones como «sus modales eran no sólo asaz corteses sino asaz convencionales», o «conversaba harto juiciosamente»; una frase como «This may seem odd» se vierte como «Esto puede semejar raro» y así muchas veces, no sé si siempre, donde se usa en inglés «to seem»; y expresiones más raras aún, como «en lo atañedero a este preciso relato», que traduce «so far as this tale goes», o «dijo percutantemente la joven» que traduce «said the young lady briefly»... Brrr.

G. K. Chesterton. Las paradojas de Mr. Pond (The Paradoxes of Mr. Pond, 1937). Madrid: Valdemar, 2005, 4ª impr.; 219 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Fernando Jadraque y María Trouillhet; ISBN 10: 84-7702-241-0.

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sábado, 28 de marzo de 2009

Además de los relatos cortos de intriga policiaca protagonizados por el Padre Brown, Chesterton publicó más del mismo género aunque con otros héroes. La mayoría se reunieron en libros unificados bien por tener el mismo protagonista o bien porque distintos protagonistas ocupan el centro de casos similares. Pertenecen al primer grupo: El club de los negocios raros, El hombre que sabía demasiado, El poeta y los lunáticos y Las paradojas de Mr. Pond. Y al segundo: Cuentos del Arco Largo y El Club de los incomprendidos (o Cuatro granujas sin tacha). Además, hay relatos sueltos en El jardín de humo y otros relatos, que contiene cuatro casos publicados en torno a 1920: Los árboles del orgullo, El jardín de humo, El cinco de espadas, y La torre de la deslealtad. Aparte han de mencionarse otras recopilaciones de historias, unas que habían aparecido en artículos de prensa y luego fueron incluidas en libros, en vida del autor, y otras que habían sido publicadas en revistas en su momento y se han recuperado muchos años después, como es el caso del reciente Tratado elemental de demonología y de Fábulas y cuentos.

El mismo hecho de que Chesterton multiplicase los casos del padre Brown frente a los de sus otros detectives indica la superioridad del personaje. Por un lado, su condición de cura justifica su presencia en toda clase de ambientes, altos o bajos; por otro, sus reales o aparentes extravagancias suenan más normales que las de distinguidos aristócratas, o altos funcionarios, o burócratas expertos, o poetas estridentes. Pero también podemos ver lo anterior al revés: hay ambientes donde no encajaría un personaje con el perfil del padre Brown y hay casos en los que su perspectiva no serviría. Y en este sentido, el de acercarnos a determinadas situaciones con otra mente, y no en el de unas técnicas detectivescas que siempre son más o menos parecidas, es en el que vale la pena conocer los demás relatos policiales de Chesterton.

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sábado, 21 de marzo de 2009

Como en El Club de los negocios raros y en El hombre que fue jueves, en El Club de los Incomprendidos, o Cuatro granujas sin tacha, de nuevo Chesterton presenta una serie de tipos que pertenecen a un extraño club del cual podría él mismo formar parte. O también se puede ver como un regreso a la idea desarrollada en El hombre vivo: cada historia tiene un protagonista que actúa tal como lo hubiera hecho Innocent Smith.

En la introducción un periodista pregunta por el conde de Marillac a sus amigos: estos describen la contradictoria conducta del conde, un personaje que pasa por ser un epicúreo pero en realidad es un nuevo tipo de asceta, y que preside un club de incomprendidos del que todos ellos forman parte y al que acaban invitando también al periodista, un personaje cuya reputación es igualmente difamada.
A continuación se cuenta la historia de cada uno de los cuatro amigos, todos ellos aparentemente culpables: El asesino moderado, John Hume; El charlatán honrado, Dr. John Judson; El ladrón absorto, Alan Nadoway; El traidor leal, John Conrad. El primero dispara y hiere al gobernador británico en una región de Egipto, siguiendo su teoría del asesinato moderado, que se basa «en el principio general de que les ocurra “algo” a [las personas con una posición política de responsabilidad], para levantar sus dormidas facultades con un pequeño problema personal». El segundo es un médico que manda internar en un manicomio al padre de su novia, un personaje obsesionado desde joven con un extraño árbol plantado en su jardín. El tercero es un ladrón, hijo de un respetable hombre de negocios y vergüenza de su padres y hermanos, al que detienen después de haber sido visto introduciendo sus manos en los bolsillos de gente necesitada. El cuarto es un conspirador contra el rey y contra su país al que detienen antes de que haga estallar una inminente revolución: se compromete curiosamente a entregar a sus compañeros pero no a renunciar a sus convicciones.

Las cuatro historias son misterios con un giro y, desde un punto de vista detectivesco, el núcleo de todas es el de averiguar no quién es el criminal sino por qué no lo es y por qué ni siquiera hay crimen. Todas tienen un elemento amoroso: hay siempre una chica de la que se enamora el héroe y a la que los lectores siguen en su progresiva comprensión de lo sucedido. Las dos primeras se parecen en el tipo de giro y en el tipo de héroe, y las otras dos también se parecen en que un protagonista parece un traidor a su familia y el otro un traidor a su país. Luego, excepto el segundo caso, los otros tres tienen una vertiente acusada de crítica social: al imperialismo inglés, a cualquier nacionalismo y extremismo en el primero; al origen turbio de tantas fortunas en el tercero; al control social por parte de los gobiernos en el cuarto. Es verdaderamente singular el giro que da El ladrón absorto, de ser un caso policiaco a ser un caso teológico: su protagonista en el comienzo parece como un nuevo hijo pródigo que para defender a su padre decide ser un delincuente como él.

Como en El crimen de Gabriel Gale, caso contenido en El poeta y los lunáticos, Chesterton vuelve a tratar un poco la locura transitoria de la juventud en el primer relato, al hablar de Bárbara Traill. La presenta como una gran devoradora de libros que «leía a veces con frecuencia aquello que no podía comprender en lugar de leer lo que sí entendía», y como una chica que pensaba si estaba loca pero añade que «no lo estaba, ni mucho menos: era solamente muy joven, y hay millares de jóvenes que atraviesan periodos de pesadillas semejantes y nadie lo sabe ni lo remedia». Más adelante, John Hume la tranquilizará: «Créame, no son las personas imaginativas las que se vuelven dementes. No son ellas las locas, aunque estén enfermas. Pueden despertar siempre de sus sueños con más amplias perspectivas y más brillantes inspiraciones, solamente por ser imaginativas. Los hombres que enloquecen no son los imaginativos, sino los hombres tercamente severos, que tienen solamente cabida en su cerebro para una idea y la siguen la pie de la letra».

G. K. Chesterton. El Club de los Incomprendidos (Cuatro granujas sin tacha) (Four Faultless Felons, 1930). Madrid: Valdemar, 1996, 2ª ed.; 247 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Rafael O´Collagan; ISBN 10: 84-7702-111-2.

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sábado, 14 de marzo de 2009

En El poeta y los lunáticos Chesterton cuenta ocho relatos detectivescos protagonizados por Gabriel Gale, un pintor y poeta de comportamiento estrafalario, loco a los ojos de muchos. En realidad, es cada uno de los criminales que desenmascara quien sufre algún tipo particular de quiebra de la razón, todas ellas propias de los tiempos que vivimos. Aunque son casos independientes entre sí, en el primero de todos conoce a una chica a la que promete volver a contarle una historia, cosa que cumplirá en el último.

En Los amigos fantásticos conocemos a Gale, a quien se presenta como un hombre muy poco práctico, y a su amigo y representante James Hurrel, un eficaz hombre de negocios; al doctor Gart Garth, que aparecerá luego en todos los demás casos y será una especie de doctor Watson para Gale, al propietario del lugar y su hermana, Diana Westermaine; cuando todos coinciden en una posada primero evitan un intento de ahorcamiento del posadero y luego Gale intuye que se puede producir otro ahorcamiento más y lo impide. En El pájaro amarillo Gale adivina el curso del pensamiento de un profesor ruso con singulares ideas sobre la libertad y evita que a él y a sus amigos les alcance una bomba. En La sombra del tiburón Gale aclara el asesinato de su anfitrión, que aparece muerto en la playa con una extraña puñalada pero nadie parece haberse acercado a él pues no hay huellas en la arena de alrededor. El crimen de Gabriel Gale es el primero de los dos casos en los que se intenta declarar loco a Gale pues su amigo el doctor Garth presencia cómo agrede violentamente a un joven, lo atrapa con un lazo, lo ata a un árbol y deja su cabeza sujeta contra él clavando una horca en el tronco. El dedo de piedra se desarrolla en un pueblo francés, donde unos monjes y un ermitaño son los sospechosos principales de la desaparición de un famoso científico, una eminencia en fósiles. En La casa del pavo real, Gale primero entra en una casa vacía por la ventana, luego es invitado allí a un curioso banquete, y finalmente pone al descubierto un asesinato cometido poco antes e ignorado por todos. La joya de púrpura trata sobre la desaparición de un famoso escritor, que atrae las sospechas sobre su propio hermano, un modesto comerciante. El manicomio de aventura comienza con el entierro de James Hurrel, el amigo de Gale del primer caso; en relación a eso se cuenta luego la historia de juventud que Gale prometió contar a Diana Westermaine al principio, cuando dos médicos intentaron declarar loco a Gale, y por último se narra la reaparición y desenmascaramiento de los mismos médicos un tiempo después.

Cada relato habla de un tipo de locura distinta: la del hombre de negocios, aquella en la que pueden caer quienes piden a la libertad lo que la libertad no puede dar, otra posible entre quienes no creen en nada, la locura transitoria de la juventud, la siguiente viene ser una especie de sueño de la razón, la de La casa del pavo real es la de un espíritu supersticioso exacerbado, la de quienes desean una felicidad inexistente, y la última es la quienes son capaces de encontrar cualquier cosa anormal porque no son ellos mismos normales. Todos ellos se centran en cuestiones personales y sólo en el último caso, indirectamente, se revela cómo el comportamiento de alguien tan «loco» como Gabriel Gale consigue inquietar a los poderosos con sus retratos del alma, retratos con simbolismo social, una idea que trata en la biografía de Watts. Los expertos en novelas policiacas valoran en especial La sombra del tiburón por su planteamiento de misterio en apariencia irresoluble.

El personaje se define a sí mismo como poco práctico y sin embargo defiende que sólo alguien poco práctico puede resolver algunas situaciones; habla de la importancia de tener la capacidad de ver las cosas como si uno las viera por primera vez y de la necesidad de ver el mundo cabeza abajo, y para eso se pone en esa postura repetidamente, pues sostiene que todos somos como «moscas pegadas al techo, y sólo por un verdadero y hermoso milagro no nos caemos», y así podemos ver «el paisaje como realmente es, las estrellas como flores y las nubes como colinas; todos los hombres colgando a la merced de Dios». Una de las ideas que se repite, con distintos ropajes, es la de tener un verdadero concepto de libertad: en El pájaro amarillo se habla de que la libertad es, primero y ante todo, la facultad de ser uno mismo, pero «el ser uno mismo, que es sinónimo de libertad, es la limitación de uno mismo», y si un hombre que abre la jaula de un pájaro ama la libertad, «acaso en exceso», «el hombre que rompe la pecera simplemente porque la considera una prisión, cuando es el único ambiente de vida posible para los peces», vive ya en un mundo fuera de la razón.

G. K. Chesterton. El poeta y los lunáticos - Episodios de la vida de Gabriel Gale (The Poet and the Lunatics, 1929). Obras completas, tomo II. Barcelona: Plaza & Janés, 1965, 2ª ed.; colección Clásicos del siglo XX; trad. de Manuel Bosch Barret. Otra edición en Madrid: Valdemar, 2004; 352 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de José Luis Moreno Ruiz; ISBN: 84-7702-462-6.

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sábado, 7 de marzo de 2009

En Cuentos del Arco Largo se reúnen varios relatos, que habían sido ya publicados, pero que Chesterton entreteje para presentar unos personajes excéntricos (lo cual obviamente quiere decir que tienen un centro), que viven unas singulares historias de amor y que propugnan un modo de vivir que confunde a intelectuales, políticos, hombres de negocios y demás. Todos tienen como telón de fondo las ideas del autor acerca de la necesidad de cambios sociales que condujesen a una distribución diferente de la propiedad. Y, de hecho, poco más de un año después de este libro Chesterton fundó la Liga distributista, basada en el principio que ya formulara Bacon de que la propiedad es como el estiércol y sólo es buena cuando está bien extendida.

El título responde a una expresión típica, pues un «long-bow man» es un personaje que cuenta historias imposibles, y se refiere a que cada relato gira en torno a un dicho inglés conocido. Así, El impresentable aspecto del coronel Crane habla de un tipo que se come su sombrero; El éxito improbable de Mr. Owen Hood, de otro que hace arder el Támesis; El discreto contrabando del capitán Pierce, va de un aviador que hace volar a los cerdos; El huidizo compañero del reverendo White es un elusivo elefante; El lujo exclusivo de Enoch Oates está protagonizado por un curioso millonario norteamericano; La inconcebible teoría del profesor Green es la de un astrónomo que ve a una vaca saltar sobre la luna; La arquitectura sin precedentes del comandante Blair son, nada más y nada menos, que castillos en el aire; El último ultimátum de la liga del Arco Largo es una especie de choque de los protagonistas anteriores con el gobierno inglés.

En común, las historias son un ataque a esa clase de hombres que «primero emponzoñan el agua, por mero afán de lucro, y luego ofrecen a la gente el remedio para librarse de esa ponzoña, también por afán de lucro» (El éxito improbable de Mr. Owen Hood); y son también una reivindicación del poder transformador de algunas conductas: «La gente dice a menudo, despectivamente, que el poeta está siempre en las nubes» olvidando que «también ahí se ocultan los truenos» (La arquitectura sin precedentes del comandante Blair).

Entre todas ellas, personalmente destacaría la historia de amor del coronel Crane pero, más aún, la del millonario Enoch Oates, un hombre de negocios sólido y serio, es decir, se nos dice, un imbécil homogéneo; un individuo sencillo, afable y fiel a sus creencias, un tanto oscuras y confusas desde luego, pero en realidad un estafador y un ladrón aunque él no lo sabe y se cree un hombre honesto y abierto. De todos modos, en su honor hay que decir que Oates logra realizar lo que para muchos es un sueño: vender muy bien un producto sin necesidad de comprar antes nada, convertir los desperdicios en género y convencer a todas las señoras del mundo de que deben comprarse bolsos de seda de cerdo (eso sí, en un tiempo y en un país en el que las orejas de cerdo se consideraban desperdicios, algo chocante para quienes, como yo, frecuentaron desde pequeños el Bar Orejas).

G. K. Chesterton. Cuentos del Arco Largo (Tales of the Long Bow, 1925). Madrid: Valdemar, 2002; 378 pp.; col. El Club Diógenes; trad., prólogo y notas de José Luis Moreno-Ruiz; ISBN 10: 84-7702-403-0.

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sábado, 28 de febrero de 2009

El jardín de humo y otros cuentos de intriga
contiene cuatro historias de Chesterton: Los árboles del orgullo (The Trees of Pride, 1922), El jardín de humo (The Garden of Smoke, 1919), El cinco de espadas (The Five of Swords, 1919) y La torre de la deslealtad (The Tower of Treason, 1920). Los tres primeros son excelentes y el último, aunque falla en el despliegue del caso, sí tiene un buen final y observaciones rescatables. De la edición que cito, en el primero sorprende la opción de traducir Squire por «Señor» cuando, con buen criterio, se mantienen Mr. y Mrs. en el segundo de los casos; y, en el tercero hay un comentario al pie, a propósito de un supuesto antisemitismo de Chesterton, que para mí es poco claro: sobre la cuestión, entre otros textos suyos, se puede recomendar «El bolchevique reaccionario», en El pozo y los charcos.

Los árboles del orgullo tiene lugar en una mansión en Cornualles, sudoeste de Inglaterra, cuyo propietario, el Squire Vane, es un hombre racional al que incomoda que los lugareños y sus empleados atribuyan poderes maléficos a unos árboles que no son propios del lugar. Por ese motivo, apuesta con sus amigos que pasará una noche completa junto a esos árboles. Y esa noche desaparece. Su hija y sus amigos, como detectives aficionados, intentan averiguar qué ha pasado.

Los personajes adoptan posturas diferentes: Vane es el hombre racional que se indigna con las supercherías de la gente sencilla; el abogado Ashe intenta ser objetivo en sus juicios; el doctor Brown es un ateo convencido que presume de conocer sólo la cultura de las bacterias; el norteamericano Paynter es el ingenuo que se sorprende de lo que ve; el poeta Treherne no es, contrariamente a otros relatos de Chesterton, quien aclara las cosas y pasa por ser el primer sospechoso; la hija de Vane se alinea con las opiniones de Treherne y, como suele ocurrir con los personajes femeninos de Chesterton, representa la visión sencilla y más penetrante de las cosas.

Chesterton desarrolla la idea de que la gente común tiene una sabiduría de fondo que puede ser certera en cuanto a sus conclusiones aunque pueda ser deficiente la forma en que llega a ellas. El objetivo de su ataque son los fatuos convencidos de su racionalidad y, al mismo tiempo, condescendientes con la supuesta ignorancia de las personas menos sofisticadas. La conclusión de tipo general es la necesidad de comprender lo bastante para distinguir lo bueno de lo malo, la dificultad de llegar a conocer la verdad de algo cuando en el asunto se suman la ignorancia de unos y los prejuicios de otros.

En El jardín de humo la joven Catherine Crawford es contratada como señorita de compañía de Mrs. Mowbray, una conocida poeta casada con un médico. Al llegar a la casa, en los suburbios de Londres, entra en un exquisito jardín donde abundan las rosas rojas y conoce a un antiguo marino y al matrimonio Mowbray. Y, a la mañana siguiente, aparece muerta en el jardín la señora Mowbray.

Esta vez la diana de Chesterton son quienes se consideran por encima de las normas morales: «cualquier persona ilustrada sabe que a los genios no se les puede juzgar bajo las normas de comportamiento comúnmente aceptadas», dice a Catherine el doctor Mowbray refiriéndose a su esposa. La historia subraya que, si «todo tiende a crecer y a explotar gloriosamente» e «incluso nuestros pecados crecen y se desarrollan» —como dice la poeta—, eso sucede más aún en ambientes perversos. En cambio, vicios como la bebida y el tabaco son una pequeñez que, incluso, pueden indicar normalidad: «Los marinos bebemos porque tenemos sed, pero no porque deseemos estar sedientos», comenta un personaje, no como estos artistas que «están sedientos de sed».

El cinco de espadas comienza con una discusión acerca de si el duelo tiene o no sentido, entre Paul Forain, francés, y Harry Monk, inglés, ambos profesores en Francia. Casualmente tropiezan entonces con unos personajes que acaban de mantener un duelo en el que, como resultado, ha fallecido el inglés Hubert Crane. Después de que los presentes les explican que todo sucedió después de una noche de juego y bebidas, Forain se hace cargo de investigar los extremos del caso y de atender al padre y a la hermana de la víctima, recién llegados a Francia.

En un nivel, la historia es ejemplar de un contraste que a Chesterton le gusta: la distinta forma de abordar los asuntos de un inglés y un francés. En otro, es uno de los muchos textos en los que presenta hombres de negocios que son verdaderos canallas, en contraposición con el delincuente menor a quien, sin embargo, a los ojos de la opinión pública se le presenta como un malvado. Y, en el nivel más importante, es un relato en el que, al discutir si el duelo tiene o no sentido, el autor desea resaltar la distinción de que lo verdaderamente malo no es la violencia sino la injusticia, y por eso cuando uno tiene delante una injusticia lo que desea es luchar: a la indignación de la hermana de la víctima, cuando le parece que no hay forma de resolver el caso, le responde Forain indicándole que «acaba de demostrar usted que un hombre respetable tiene todo el derecho a esgrimir su espada en aras de una buena causa».

En La torre de la deslealtad un joven diplomático llamado Bertram Drake, acude a consultar con el Padre Stephen, un antiguo hombre de Estado que vive recluido en una ermita. En un monasterio cercano están desapareciendo misteriosamente unos diamantes y, además, él es sospechoso.

Este caso comienza con augurios misteriosos y digresiones zigzagueantes que lo hacen confuso. Es además extraña la historia del cofre con las joyas y toda la operación montada para su vigilancia. Para el lector de Chesterton el interés de la historia está en varias cosas: en el personaje del padre Stephen, que viene a ser un Horne Fisher arrepentido y retirado; en la voluntad chestertoniana de librar de sospechas a quienes algunos considerarían que debiera mirar con antipatía, como el médico judío y el decadentista; y en la brillantez de una frase final que contiene la resolución del caso a todos los niveles. Además, se pueden rescatar comentarios sobre la investigación detectivesca y frases más generales del padre Stephen. De los primeros: «Yo trato de descubrir quién robó las piedras; y usted parece tratar de descubrir quién desearía robarlas. Créame usted, cuánto más práctica y concreta es una pregunta, más general y filosófica resulta». De las segundas: «No tienen razón los cínicos, no tanto porque digan que en todo héroe se esconde un cobarde, sino porque no aprecian que los cobardes puedan ser héroes». O esta: «La cruz anima a los optimistas y no a los pesimistas; la cruz es la guía necesaria en los caminos, lo único que sigue en pie cuando ya se han dicho todas las palabras por decir».

G. K. Chesterton. El jardín de humo y otros cuentos de intriga. Madrid: Valdemar, 2005; 280 pp.; col. El Club Diógenes, trad. de José Luis Moreno-Ruíz; ISBN: 84-7702-522-3.

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sábado, 17 de enero de 2009

Tratado elemental de demonología
reúne diecisiete relatos de Chesterton, de fantasía y de intriga, escritos en distintas épocas de su vida y ordenados cronológicamente. Los cinco primeros, escritos entre 1891 y 1896, cuando el autor tenía entre 18 y 22 años, revelan sus cualidades literarias así como ideas y motivos de sus futuras obras. El primero, el que da título al libro, va con ilustraciones del mismo autor y no es especialmente bueno.

De los relatos de fantasía se pueden destacar dos que tienen a Dickens como protagonista directo o indirecto: en La tienda de los fantasmas (publicado antes en Enormes minucias) aparece como uno de los personajes, y El Scrooge moderno (publicado antes en Alarmas y Digresiones) es uno de los muchos homenajes que Chesterton hizo a su obra Canción de Navidad. Está muy bien Una historia un tanto improbable (publicado en Enormes minucias, y, también, con el título La calle irritada, en Fábulas y Cuentos, una recopilación de Valdemar): una calle muestra su enfado a un tipo que todos los días pasa por ella sin hacerle ningún caso, un personaje atado por la más pesada y moderna de las cadenas, la del reloj.

De todas maneras, los relatos a mi juicio más sobresalientes son los de intriga titulados El detective Dr. Hyde y el asesinato de las columnas blancas, y El hombre que mató al zorro. El primero es un caso policial que dos aprendices de detective resuelven cuando comprenden que uno puede crear «toda clase de cosas a partir de una nimiedad, excepto la verdad». El segundo ejemplifica cómo un homicida puede actuar con plena conciencia de lo que hace y ser completamente inocente.

También merece ser leído Inglaterra en 1919, un relato escrito ese mismo año en el que un futuro estudioso de la historia, después de que casi todos los documentos de las décadas primeras del siglo hubieran desaparecido, intenta reconstruir lo que sucedía en la Inglaterra de 1919 a partir de unos pocos fragmentos. Una de sus consideraciones nos puede interesar ahora: «Cuando recordamos esa sociedad tan diferente a la nuestra, hay una cosa que constituye sin lugar a dudas el mayor misterio de la misma: la fe ciega que nuestros antepasados tenían en el éxito, especialmente en el éxito de las cosas que no dejaban de fracasar».

G. K. Chesterton. Tratado elemental de demonología (An Elementary Handbook of Demonology). Córdoba: El Olivo Azul, 2008; 171 pp.; col. Narrativas del Olivo Azul; trad. y notas de Diana Pérez García; ISBN-13 978-84-936637-3-5.

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jueves, 27 de noviembre de 2008

En las próximas semanas iré poniendo aquí comentarios a las obras de Chesterton publicadas en este año 2008. Además, a lo largo del 2009 espero terminar con el plan anunciado de reseñar todas sus novelas, sus colecciones de relatos cortos, sus tres mejores libros —los concebidos para formular en positivo sus opiniones: Ortodoxia, El hombre eterno y su Autobiografía—, y, si no todas, la mayoría de las recopilaciones de sus artículos.

Pero ahora quería mencionar las dos ediciones, en Encuentro y en Acantilado, de todos los casos resueltos por el Padre Brown, en la primera recurriendo a traducciones ya realizadas y con nueva traducción en la segunda. En ambas se incluyen los cincuenta relatos de las cinco recopilaciones publicadas en vida del autor —El candor, La sabiduría, El secreto, La incredulidad y El escándalo del Padre Brown—, y otros tres relatos más —El caso Donnington, La vampiresa del pueblo y La máscara de Midas—. Los dos últimos, uno publicado en una revista el año 1936 y el otro encontrado después de la muerte de Chesterton, estaban incluidos en la edición de Valdemar de El escándalo del Padre Brown. El caso Donnington, publicado en 1914 en una revista, fue propuesto por un escritor a Chesterton: su argumento es que aparece muerta la hermana de la novia del narrador, el pastor local, y el sospechoso parece ser su propio hermano, huido de la cárcel; y su núcleo está en ser un caso de homicidio en el que la persona más culpable no es el homicida.

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jueves, 29 de mayo de 2008

El escándalo del Padre Brown
es la última colección de relatos del Padre Brown. En su origen, esta recopilación, que Chesterton publicó poco antes de su fallecimiento, contenía ocho casos, titulados con el que inicia la colección; a ellos, en la edición de Valdemar de 2007, se añaden dos más que no habían sido entregados para su publicación.

Como es habitual, todos estos relatos hablan de que las cosas no son lo que parecen, no sólo porque quienes parecen sospechosos al principio luego no resultan serlo, sino porque la realidad es más compleja de lo que a simple vista se ve. Es certero el título pues, aparte de ser el del primer relato y de mostrar en él cómo la conducta del protagonista resulta escandalosa si se presenta parcialmente, también se corresponde con el impacto que causan sus juicios, a veces tan políticamente incorrectos, sobre los modos de pensar y sobre los personajes que triunfan en nuestro mundo. Así, en La persecución del señor Blue el P.B. manifiesta que siente «simpatía por las personas que son inútiles y fracasadas según propia confesión, tal vez porque hay tantas personas inútiles y fracasadas sin confesarlo».

La contundencia del P.B. contra quienes se han enriquecido injustamente tiene aquí una formulación escandalosa: en La persecución del señor Blue, afirma que, considerando la forma en que se había enriquecido el asesinado, e incluso considerando el modo en que la mayor parte de los millonarios han amasado sus fortunas, cualquiera es sospechoso de hacer algo tan natural como asesinarlos. En La máscara de Midas se habla de uno de esos magos de la modernidad, «un genio de las finanzas cuyos «robos eran robos a miles de pobres». También hay un caso, La punta de un alfiler, «el enigma más complejo y extraño al que me he enfrentado» según afirma el P.B., en el que se habla con simpatía de un aristócrata cuya mala conciencia le hace volver sobre sus pasos anteriores.

Entre las pautas de conducta o actitudes en la vida que se pueden destacar, una es la de El problema insoluble, cuando el Padre Brown afirma que «no es generoso hacer de la paciencia de Dios con nosotros un cargo contra Él». Otra, muy interesante, es cuando en La punta del alfiler apunta que hay gente que no puede ver la solución de un problema porque no pueden ver ni siquiera el problema. Otra más, que proclama en El hombre verde, es esta: «No hay nada malo en tener ambiciones, pero él tenía ambiciones y las llamaba ideales. El viejo sentido del honor enseñó a los hombres a sospechar del éxito; a decir: “Esto es un beneficio, debe ser un soborno”». Y otra, que vuelve al planteamiento central de su obra Herejes, es la de El crimen del comunista, cuando el P.B. aclara que una vida no puede «estar en lo justo» si los planteamientos que la sustentan están equivocados.

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jueves, 22 de mayo de 2008

El secreto el Padre Brown
es la cuarta colección del personaje y contiene diez nuevos casos que comienzan por un primer capítulo con ese título. En ella, el autor intenta entrar más a fondo en los misterios del alma humana y en cuestiones como la naturaleza del pecado y del perdón. El título se refiere al secreto de la particular técnica detectivesca del protagonista, que también tiene que ver con la bondad y la sabiduría propia de un sacerdote cuyo principal interés no es descubrir a nadie sino congraciarlo con Dios.

Esto se manifiesta en que, mientras un detective se alegra con un delincuente al que descubre o desenmascara, el P.B. se alegra con un pecador que se convierte y desea subrayar la diferencia entre la manera limitada e incluso mezquina de perdonar de los hombres y la grandeza del perdón de Dios. Así, cuando en La penitencia de Marne una mujer le indica que no se puede perdonar todo, que «hay un límite en la caridad humana», el P.B. le confirma que, en efecto, «lo hay, y esta es la verdadera diferencia que existe entre la caridad humana y la divina»: los hombres con frecuencia «sólo perdonan aquellos pecados que no creen verdaderos» como por ejemplo un duelo convencional; en definitiva «perdonan porque no hallan qué perdonar».

Entre las claves para enfrentarse a los casos que se le plantean, el P.B. subraya la importancia de razonar bien y en La luna roja de Meru dice: «La razón nos proviene de Dios y cuando las cosas son poco razonables, créame, es que sucede algo». En otro momento habla de observar las cosas desde la distancia justa: en La canción del Pez Volador dice que «a veces una cosa está demasiado cerca para que la veamos» como una mosca en el ojo del que mira por un telescopio. En ese mismo caso reconoce que la casualidad también cuenta pues comenta que «todo crimen depende de que alguien no caiga en la cuenta o no se despierte lo bastante pronto». Y, como en otras ocasiones, indica que no cualquiera puede cometer cualquier crimen: en El secreto de Flambeau explica cómo «el hombre mundanal, cuya vida existe sólo en función de este mundo, sin creer en ningún otro, cuyos éxitos y placeres mundanales son todo cuanto pueda arrebatar a la nada, ése es el hombre que realmente hará cualquier cosa, si está a punto de perder el mundo entero sin sacar ningún provecho de él. No es precisamente el hombre revolucionario, sino el respetable, quien cometería cualquier crimen para salvar su reputación».

Entre las fuertes andanadas que hay en esta colección contra los prejuicios de clase, una se dirige contra ciertas creencias que muchos asumen acríticamente y que parecen extendidas por los propios interesados: en La desaparición de Vaudrey el P.B. dice que «la mitad de la política moderna estriba en unos ricos que hacen víctima de un chantaje a los pobres» y comenta lo increíble que resulta el pensar que un hombre rico puede actuar en política desinteresadamente porque, supuestamente, no tiene ya nada que ganar: es una opinión insultante e increíble «que los ricos no quieren ser más ricos, que a un hombre sólo se le puede sobornar con dinero», y por tanto que los pobres tienen más inclinación a robar...

Otra va contra la inmoralidad de quienes se mueven sólo por el dinero: en El hombre de dos barbas afirma que «en principio no existen profesiones y tipos buenos o malos. (...) Pero si es verdad que hay un cierto tipo de hombre que se inclina a desoír a Dios, es éste el tipo del hombre de negocios. No posee ningún ideal social ni, mucho menos aún, religioso; no posee ni las tradiciones del caballero ni la lealtad que hermana a los de una profesión. Todos aquellos alardes de haber hecho un buen negocio no eran más que alardes de haber engañado a una persona».

Y otra contra quienes hablan de honradez pero son herederos de una historia que no tiene nada de honrada. En La luna roja de Meru el P.B. afirma que «hay caballeros ingleses que han robado antes y a quienes el Gobierno y la ley han protegido (...). Al fin y al cabo, no es el rubí la única piedra preciosa en el mundo que ha cambiado de dueños; ha sucedido igual con otras piedras preciosas, con frecuencia más esculpidas que un camafeo y tan decoradas como flores», y al decir esto señala la iglesia que tiene a sus espaldas.

Un toque a los fascinados con cuestiones orientales está en ese mismo caso, La luna roja de Meru, cuando lady Mounteagle le dice al P.B. «no me vayas a decir que no comprendes que todas las religiones son una misma cosa», y el P.B. le responde: «Si lo son, me parece un poco descabellado tener que ir al centro de Asia para hablar de una».

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jueves, 15 de mayo de 2008

En La incredulidad del Padre Brown, la tercera colección de casos del personaje, no aparece Flambeau. Son ocho relatos, los más largos de todos, que se publicaron doce años después del libro anterior, cuando Chesterton era más famoso y ya se había convertido al catolicismo. De modo indirecto ambas cosas se reflejarán en las historias: varias se desarrollan en los EE.UU. y hablan de la fama y de las impresiones del P.B. en ese país —con sucesos moldeados por el viaje que había hecho allí el autor—, y también los comentarios de carácter apologético del P.B. son más.

Todos tienen que ver con la credulidad de los escépticos y la incredulidad del héroe: en cada uno se da un suceso aparentemente sobrenatural —un fantasma, una maldición familiar, una resurrección...— que algunas personas creen pero no el P.B. Así, en El milagro de la calle de la Media Luna afirmará: «Creo que hay tigres que devoran hombres, aunque no los vea por la calle. Pero si busco milagros, sé muy bien dónde encontrarlos».

Se subraya de nuevo, dentro de las claves interpretativas del Padre Brown, su insaciable deseo de conocer la verdad: en La resurrección del P.B., se dice que «toda la vida se había dejado llevar por una sed intelectual de verdad, aunque fuera en cosas insignificantes. A veces lograba controlarla apelando al sentido de la proporción; pero nunca desaparecía». En sentido contrario, también una vez más se recuerda el interés y la habilidad de los delincuentes para disfrazarse: en El puñal alado se advierte cómo «cuando alguien te recibe en batín siempre piensas que estás en su casa» y no se te ocurre sospechar lo contrario.

En esta y en las posteriores colecciones de relatos, compuestos después de ásperas batallas periodísticas y judiciales que su hermano Cecil y el mismo autor habían tenido debido a sus denuncias contra políticos y hombres de negocios, en la obra de Chesterton y en sus casos del Padre Brown aumentarán las referencias al modo de pensar y de actuar propio de quien ocupa posiciones de poder. En El fantasma de Gideon Wise se habla de tres millonarios que, «en medio de un derroche de decoración rococó que jamás nadie contemplaba, y de una algarabía de pájaros exóticos que jamás nadie escuchaba, y de una abundancia de hermosas tapicerías y de un laberinto de lujosa arquitectura, los tres hombres estaban sentados comentando que el éxito se basaba en la prudencia y el ahorro, así como en el cuidado de la economía y el autocontrol».

Un ataque más al cientificismo está en El sino de los Darnaways, cuando el P.B. dice: «yo no sabría con qué quedarme si me dan a elegir entre la superstición científica de usted o la otra superstición mágica. Da la impresión de que con cualquiera de las dos, la gente acaba paralítica, incapaz de mover piernas o brazos o de salvar su vida o su alma».

Una nueva referencia a un modo de pensar extendido entre periodistas está en La maldición de la cruz de oro, cuando un personaje dice de sí mismo: «Yo no creo en nada; soy periodista —respondió aquel personaje melancólico—, soy Boon, del Daily Wire».

Una mención de la ignorancia de mucha gente acerca de su propia historia está en La maldición de la cruz de oro, un relato en el que el P.B. hace notar el desconocimiento lleno de prejuicios infundados acerca de la Edad Media de sus interlocutores. Se podría considerar un torpedo en la misma dirección, aunque sobre todo se dirige contra una moda propia de su tiempo, un comentario del P.B. en El puñal alado replicando a quien comenta que el budismo es más cristiano que el propio cristianismo: «esa afirmación basta por sí sola para arrojar un horrible y espectral rayo de luz sobre su idea del cristianismo».

Entre las pautas de comprensión de la vida y de comportamiento que da el P.B., tres joyas. En El milagro de la calle de la Media Luna el P.B., cuando le indican que un milagro del que le hablan acabará con el materialismo de mucha gente, responde: «¿No irá usted a decirme que ponga al servicio de la religión lo que, en mi opinión, no es más que una mentira? (...) Es posible que pueda utilizar una mentira al servicio de la religión, pero no al servicio de Dios». En El puñal alado, el P.B. dice a un personaje que no se amilane: «Los demonios siempre intentan vencernos haciendo que nos demos por vencidos»; y, en otro momento: «Sabe usted que soy consciente de que en todas las religiones hay todo tipo de personas: gente buena en religiones malas y gente mala en religiones buenas».

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jueves, 8 de mayo de 2008

La sabiduría del Padre Brown
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y no sagacidad como a veces se ha traducido, es la segunda tanda de doce relatos del protagonista, los más cortos de todos. Si en el primer libro se subrayaba su inocencia, en este segundo se alaba su sabiduría, entendida como la capacidad de saber distinguir la realidad de las apariencias. En los casos se subraya una y otra vez que las cosas no son lo que parecen, que los muchos datos pueden ocultar la verdad, que los delincuentes son como actores que intentan vivir varias vidas distintas.

Algunas claves interpretativas del detective se declaran, por ejemplo, en El duelo del doctor Hirsch: «Siempre me resulta más fácil comprender las pruebas morales que las demás». O en El extraño crimen de John Boulnois: «Yo doy mucho valor a las ideas imprecisas. Lo que más me convence son todas esas cosas que “no constituyen pruebas”. Creo que la imposibilidad moral es la mayor de las imposibilidades». En otro momento, en ese mismo caso, afirma: «Boulnois es capaz de cometer un asesinato, pero no este asesinato».

Se puede formular lo anterior de otra manera: la importancia de aprender a observar la realidad tal como es de modo que ninguna máscara nos oculte las cosas. En El dios de los gongos el P.B. hace notar cómo un plan habitual de los ladrones es «conseguir que todo el mundo esté mirando otra cosa». Pero de él mismo se nos indica, en El duelo del doctor Hirsch, que si bien su cara «era de lo más vulgar y corriente», «podía resplandecer de ignorancia y también de perfecta sabiduría», y «siempre se producía un destello cuando se le caía la máscara de la tontería y se le colocaba en su lugar la máscara de la sagacidad».

Uno de los muchos casos en los que Chesterton demostrará su conocimiento desde dentro del mundo periodístico es El hombre del pasaje, donde, ante unas «excepcionales circunstancias, la prensa se vio atrapada entre la honradez y la veracidad». Pero tal vez el más destacado sea La peluca roja, en el que se nos cuenta que para el redactor jefe del Daily Reformer «su emoción más frecuente era la de continuo temor: temor a pleitos por difamación, temor a perder publicidad, temor a las erratas de imprenta, temor al despido. Su vida era una serie de agobiantes compromisos entre él mismo y el propietario del periódico, un anciano incondicional de los folletines, con tres ideas fijas y equivocadas, y el competentísimo equipo de trabajo del que se había rodeado para llevarle el periódico; algunos de sus miembros eran hombres brillantes y con gran experiencia y, lo que es todavía peor, auténticos partidarios de la línea política del periódico».

En esta serie también abundan los científicos como rivales intelectuales del P.B., bien sea como delincuentes o bien como detectives que buscan resolver el mismo caso. Eso permite al autor atacar actitudes cientificistas, como en El error de la máquina, donde su héroe afirma: «¡Los científicos son tan sentimentales! ¡Y seguro que los científicos norteamericanos lo son todavía más! ¿Quién, si no un yanqui, iba a pretender demostrar nada basándose en los latidos del corazón? Desde luego, tienen que ser tan sentimentales como un hombre que se crea que su mujer está enamorada de él sólo porque se ruboriza». Pero también Chesterton aprovecha la ocasión presentar una cara de los científicos que conviene no perder de vista: en El cuento de hadas del Padre Brown, se dice que «no hay gente tan aficionada a colgarse todas las condecoraciones como los científicos... como sabe cualquiera que haya asistido a una recepción de gala de la Royal Society».

Dentro de las que podríamos llamar pautas vitales que da el P.B. señalo dos. En La cabeza del César, el P.B. dice que «lo que a todos nos asusta más es un laberinto que no tenga centro. Por eso el ateísmo no es más que una pesadilla». En La peluca roja el P.B. dice: «dondequiera que haya hombres que se dejan dominar sin más ni más por el misterio, es porque se trata del misterio de la iniquidad. Si el demonio le dice que hay algo tan espantoso que no se puede mirar, mírelo. Y si le dice que hay algo tan terrible que no se puede oír, óigalo. Si cree usted que hay alguna verdad insoportable, sopórtela».

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jueves, 1 de mayo de 2008

El candor del Padre Brown
,
o la inocencia en otras traducciones, es una cualidad del Padre Brown que tiene dos caras: una, relacionada con su porte y su modo de comportarse, es la que hace que muchas personas que le rodean —delincuentes, policías, o cualquiera—, no se lo acaben de tomar en serio; otra, relacionada con sus actitudes vitales, es la que le hace intentar comprender y convertir al delincuente, la que ve la bondad como el único remedio para él, hasta el punto de que con frecuencia no hará nada por atraparlo.

Una de las ideas básicas, en esta primera colección de relatos en la que se presentaba tanto al detective como a Flambeau, un ladrón reconvertido luego en investigador privado que será en muchos casos una especie de ayudante, es que la línea que separa al delincuente de quien le persigue es, a veces, muy estrecha. Esto se verá no sólo en Flambeau sino también en la evolución del jefe de policía de París Valentín, que pasa de ser el mejor policía del mundo en el primer relato a ser un criminal en el siguiente.
La explicación de lo anterior es la misma que dará el P.B. cuando aclara por qué intuye algunas cosas: en El martillo de Dios un tipo le pregunta si acaso él no será el diablo en persona y le responde: «Soy un hombre. En consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón». Pero la técnica detectivesca del P.B. se basa no sólo en la comprensión del corazón humano sino también en el amor a la razón. Así, en La cruz azul el P.B. afirmará que «lo más increíble de los milagros está en que acontezcan; sólo el ignorante en motores puede hablar de motores sin petróleo; sólo el ignorante en cosas de la razón puede creer que se razone sin sólidos primeros principios».

A lo largo de toda la historia del P.B. irá marcándose cada vez más un rasgo: la defensa de las personas de clase humilde y el ataque a quienes actúan con prejuicios de clase social. En relación a esto, en esta primera colección hay un caso donde se habla de que «los aristócratas no viven de tradiciones sino de modas», El martillo de Dios, en el que cuando el médico dice al herrero «modere usted su lenguaje», el herrero le contesta contundentemente: «Que modere su lenguaje la Biblia y yo moderaré el mío».

Otra idea que aquí aparece todavía poco, pero que será relativamente habitual, es lo equivocados que son los juicios de la historia o, si se quiere, cuánta ignorancia histórica se aprecia en muchos comentarios. Así, en La muestra de “La espada rota” el P.B. habla de un personaje ya fallecido y dice: «Sus estatuas de mármol han de entusiasmar por siglos y siglos las almas inocentes y orgullosas de los niños; su tumba olerá a lealtad, como huele a lirios. Millones de hombres que no lo conocieron amarán como a un padre a ese hombre que fue tratado como un andrajo por los pocos que lo conocieron».

En esta primera colección aún no hay casos que, más adelante, abundarán: los que tienen periodistas y actores como protagonistas. Eso sí, son numerosas las observaciones del P.B. que indican pautas de comportamiento llenas de un sentido común sereno. Como ejemplo, en Los pecados del príncipe Sarradine, afirma: «Hemos dado un mal paso, y hemos llegado a mal sitio (...). Pero no importa: a veces hace uno bien con el simple hecho de ser la única persona buena en un mal sitio».

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jueves, 24 de abril de 2008

De los siete libros de Chesterton que fueron editados o reeditados en España el año 2007 he reseñado ya cinco y no he mencionado todavía El escándalo del Padre Brown, el último de la serie que llevaba mucho tiempo fuera del mercado. Con ese motivo, hace unos días he actualizado la ficha de Chesterton: he desarrollado más los argumentos de todos los libros del Padre Brown, he mejorado el comentario general, he añadido algunas citas en varios apartados, y he actualizado la bibliografía. En jueves sucesivos haré un comentario, que no exactamente reseñas, a cada uno de los libros señalando ideas que se repiten en todos. También podría hacerse al revés, un comentario a cada una de las ideas que se repiten en cada libro...

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jueves, 6 de marzo de 2008

Con El Club de los negocios raros Chesterton estrenó su carrera como autor de relatos policiacos presentando seis casos singulares. El narrador es Charlie Swinburne, amigo de sir Basil Grant y su hermano joven Rupert, que parecen estar inspirados en el mismo Chesterton y en su hermano Cecil. Los tres van de un lado a otro, normalmente arrastrados por sir Basil, que es quien resuelve los casos y quien cuestiona los métodos de su hermano Rupert, que tiene un cierto aire a Sherlock Holmes por su estilo analítico y la seguridad en sí mismo.

El Club de los Negocios Raros, dirá uno de sus miembros, es «una sociedad integrada exclusivamente por personas que han inventado alguna nueva y curiosa manera de hacer dinero», pero que también es un tipo de trabajo que antes no existía. En Las extraordinarias aventuras del comandante Brown, el oficio nuevo es el de un impulsor de una Agencia de Aventuras. En El lamentable fin de una gran reputación, es el de Organizador de la Réplica Inteligente, una forma de brillar en sociedad. En La verdadera causa de la visita del vicario, es el de Retenedor Profesional, alguien a quien se contrata para que distraiga un tiempo a una persona que pudiera estorbar. En La singular especificación del agente de fincas, es el de agente inmobiliario... de casas en los árboles. En La pintoresca conducta del profesor Chadd, este sabio etnógrafo inventa una nueva forma de lenguaje. En La extraña reclusión de la anciana señora el propio sir Basil revela qué clase de ocupación tiene ahora que ha sido retirado de su anterior oficio de juez.

El personaje de sir Basil no está tan logrado como los posteriores Padre Brown y Horne Fisher. Es más desigual y menos creíble, no sólo porque combine momentos de «calma napoleónica» con otros de «turbulenta puerilidad», sino porque algunas de sus actuaciones son más estrafalarias, e incluso en el segundo de los casos la resolución no tiene que ver con el desafío que pone en movimiento a los protagonistas.

De todos modos, en lo que se refiere al género policiaco la innovación es la mente con la que los detectives de Chesterton abordarán y resolverán los enigmas que se les plantean, y que es la misma de sir Basil: no tanto atender a los hechos, pues los hechos oscurecen la verdad y, como las ramas de un árbol, apuntan en todas direcciones, sino atender a la vida del árbol que es la que ofrece unidad; tener en cuenta que si es cierto que «las personas buenas cometen crímenes a veces», también hay una clase de individuos que no comete nunca cierta clase de crímenes.

También se puede observar cómo, en cada caso, Chesterton apunta contra un punto débil del modo de pensar contemporáneo. Por ejemplo, en El lamentable fin de una gran reputación, sir Basil dice de Lord Beaumont que «tiene ese verdadero defecto que ha nacido del culto al progreso y a la novedad, y cree que todo cuando sea nuevo constituye forzosamente un avance. Si fuera usted a decirle que se proponía comerse a su abuela, estoy seguro de que lo aprobaría siempre y cuando basara su pretensión en razones de higiene y utilidad pública, como por ejemplo, que eso es más conveniente que la cremación».

O en La extraña reclusión de la anciana señora señala cómo «lo que combato es una vaga filosofía popular que pretende ser científica, cuando en realidad no es otra cosa que una especie de nueva religión, y notablemente ruin, por cierto. Cuando la gente hablaba antes de la caída del hombre, sabía que hablaba de un misterio, de algo que no comprendía. Pero ahora que habla de la supervivencia de los más aptos, se cree que lo comprende, cuando lo cierto es, no ya que no tiene ninguna idea, sino que tiene una idea absolutamente falsa de lo que esas palabras significan».

Y, por último, también uno puede darse cuenta del éxito popular que obtuvo Chesterton con este libro al observar la comicidad de algunas escenas y de no pocas descripciones. En el primer capítulo se describe a un militar meticuloso como «uno de esos hombres que son capaces de poner cuatro paraguas en el paragüero, en lugar de tres, con el objeto de que haya dos a cada lado». En el último hay una escena breve en la que sir Basil mete la cabeza en la ventanilla de la estación para seguir discutiendo de religión con el dependiente pero la cabeza se le atasca, y cuando logran sacarle de allí seguía hablando de «un fatalismo oriental en el pensamiento moderno, y de algunas de las sagaces aunque perniciosas falacias del funcionario». O, por ejemplo, en La verdadera causa de la visita del vicario, esta es la extraordinaria descripción de alguien que acude a la casa del narrador: «El visitante se levantó a mi entrada aleteando como una gaviota. Todo en él aleteaba: la bufanda a cuadros que llevaba en el brazo derecho, los patéticos guantes negros que tenía en la mano, en fin, toda su indumentaria. Creo poder decir sin exageración que hasta aleteaban sus párpados al tiempo que se ponía en pie. Era un viejo clérigo de los más gesticulantes que se puedan dar, calvo por arriba, con pelo blanco a los lados y patillas blancas».

G. K. Chesterton. El Club de los negocios raros (The Club of Queer Trades, 1905). Madrid: Valdemar, 2007, 5ª ed.; 214 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Emilio Tejada; ISBN: 978-84-7702-128-5.

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jueves, 24 de enero de 2008

El hombre que sabía demasiado
es un libro de Chesterton que no tiene relación con la película de Hitchcock del mismo nombre. Contiene ocho relatos protagonizados por Horne Fisher, una especie de aristócrata detective, indolente y somnoliento excepto cuando su inteligencia entra en acción. Aunque cada caso es independiente de los demás, es mejor una lectura de conjunto pues así se dibuja de modo más completo la personalidad de Fisher; en cada uno debe hacer frente a un «adversario» de distinto tipo —un financiero, un político, un aristócrata, un militar, un funcionario...—; su amigo el periodista Harold March aprende cosas a lo largo de las aventuras que comparten juntos; el primero de los casos plantea una pregunta que se contesta en el último; y en esta última narración se da una importante clave para comprender tanto la conducta previa del protagonista como el mensaje que desea transmitir el autor.

En cuanto historias detectivescas tal vez las mejores son El príncipe fugitivo y El agujero en el muro. Las de un desenlace más inesperado y contundente son La manía del pescador y La venganza de la estatua. Además de las cuatro mencionadas, contienen un asesinato por resolver El rostro en el blanco y El pozo sin fondo. En El templo del silencio, aventura de juventud igual que El príncipe fugitivo, Fisher participa en una campaña política. Y en El alma del colegial debe aclarar un robo enigmático. Todos los relatos tratan básicamente de los manejos turbios y oscuros de financieros arribistas por un lado, y el comportamiento delictivo de políticos, aristócratas y funcionarios para defender sus intereses. Fisher conoce todo eso, lo desvela, y al final lo ha de dejar como estaba: no sólo es que si dijera la verdad el gobierno se hundiría, sino que Fisher pertenece a la misma clase social que los culpables, e incluso algunos son de su familia y sus amigos, e incluso pueden tener buenos motivos para los crímenes que cometen, e incluso el culpable puede ser él mismo...

En varias ocasiones, como en El pozo sin fondo, el protagonista muestra su desazón por lo que sabe: «El lado sórdido de las cosas, los motivos secretos, los móviles corrompidos, el soborno y el chantaje al que llaman política». Eso sí, cuando en La venganza de la estatua el idealista Harold March le hace notar su complicidad con esos comportamientos que dice rechazar, Fisher también tiene algo que alegar: «Nunca se conoce lo mejor de un hombre hasta que no se conoce lo peor. (...) Incluso en un palacio se puede llevar una vida recta e incluso en el Parlamento se puede vivir haciendo algún que otro esfuerzo por vivir rectamente. (...) Sólo Dios sabe lo que es capaz de soportar la conciencia, o hasta qué punto un hombre que ha perdido el honor intentará salvar su alma».

En algunos relatos se habla de que ciertos financieros de origen judío controlaban a los gobernantes de Inglaterra. Estas referencias, histéricamente agitadas, han servido a veces para ponerle a Chesterton la etiqueta de antisemita. En realidad, su objetivo es hacer frente a un cosmopolitismo que no sabe de amor a la propia nación y exponer un concepto del patriotismo como «la última de las virtudes»: hay hombres que pueden ser capaces de estafar o seducir pero que nunca venderían a su país...

G. K. Chesterton. El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1922). Barcelona: Acantilado, 2007; 236 pp.; col. Narrativa; trad. de J. Martín Lloret; ISBN: 978-84-96489-90-5.

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jueves, 27 de diciembre de 2007

Desde que comencé esta página web he mencionado muchas veces a Chesterton. A lo largo de los próximos meses espero colgar reseñas de todos sus libros. De momento, aquí están las que corresponden a los del  Padre Brown, un detective singular.

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