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viernes, 16 de diciembre de 2016

Harry Potter y el Legado maldito es una obra teatral compuesta por J. K. Rowling y dos expertos dramaturgos, John Tiffany y Jack Thorne. El libro empieza cuando el segundo hijo de Harry Potter y Ginny Weasley, Albus, de diez años, va a estudiar a Hogwarts y ya desde el principio se hace amigo de Scorpio, hijo de Draco Malfoy, el gran rival de Harry en sus años escolares. Según pasan los años, el enfrentamiento entre Albus y su padre aumenta: Harry, tan listo, no entiende a su hijo, y Albus está harto de su padre. De nuevo hay una amenaza de que Voldemort regrese y los chavales actúan por su cuenta deseando arreglar el mundo.

Si no juzgamos el libro como pieza teatral sino ateniéndonos a su argumento y al texto, lo primero que hay que decir es que sus destinatarios naturales son aquellos que ya conozcan bien la serie completa de las novelas. No sólo es que vuelvan muchos personajes de distintos libros, sino que también hay referencias a cosas ocurridas en el pasado que son imprescindibles para entender lo que pasa, que además pasa muy rápido. Además, Harry Potter vuelve a recordar cosas de su infancia y de cuando Voldemort asesinó a sus padres pero él escapó con vida. Los diálogos son vivos, la trama está bien armada y los personajes adultos, aunque se comportan más o menos como uno esperaría, no dejan de actuar al modo propio de las novelas actuales de adolescentes...

Sin embargo, y al margen del lanzamiento comercial, entre los entusiastas del personaje y de la serie, la obra no ha sido recibida con calor ni mucho menos. Por un lado, algunos comportamientos adultos de los héroes del pasado son muy torpes y no faltan quienes han señalado inconsistencias argumentales. Por otro, son varios los viajes adelante y atrás en el tiempo y, como consecuencia, se abren realidades alternativas en las que los personajes se comportan de modo distinto: para muchos todo resulta confuso. A esto se añade que, a veces, unos personajes se transforman en otros, lo que resulta claro en un libro teatral, pues los diálogos están encabezados por el nombre de quien habla, pero no lo es a la hora de comprender el mundo de sentimientos de los héroes.

El libro defiende la amistad como un gran valor y, al hilo de los problemas que tienen los padres con los hijos, abunda en diálogos y consideraciones de tipo educativo y, si se quiere, un poco de autoayuda: «no es nada fácil convivir con personas que siguen atrapadas en el pasado», o «no podemos proteger a los jóvenes de todo daño. Es inevitable que conozcan el dolor», o «la perfección está fuera del alcance de la humanidad, fuera del alcance de la magia»… En general están bien pero también las hay absurdas por su artificiosidad. Con todo, entre los que disfrutaron con las novelas previas habrá muchos que también lo harán con este libro.

J. K. Rowling, John Tiffany y Jack Thorne. Harry Potter y el Legado maldito (Harry Potter and the Cursed Child, 2016). Barcelona: Salamandra, 2016; 336 pp.; trad. de Gemma Rovira Ortega; ISBN: 978-8498387544. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 4 de agosto de 2016

Teatro, de Ricardo Henriques, es un diccionario de términos teatrales ilustrado por André Letria. En él, algunas veces con tono de broma, unas voces dan una información histórica básica —sobre autores, actores, obras—; otras la dan acerca de los distintos tipos de teatro que hay en unas y otras culturas; otras están relacionadas con el trabajo de directores, actores y técnicos; también las hay sobre costumbres y curiosidades propias del mundo de la escena; y no faltan consideraciones de otra clase, por ejemplo sobre la importancia y el interés del teatro.

Aunque algunas veces se hacen propuestas de actividades para niños o lectores jóvenes el libro es para todas las edades. Más aún: tiene muchos contenidos técnicos o históricos, bien explicados, y se hacen algunas propuestas, por ejemplo de ver o leer algo, que sólo apreciarán en su justa medida los ya conocedores de la cuestión o los verdaderamente interesados en seguir las sugerentes pistas que los autores dejan. Todo se presenta con dos tipos de recuadros: los que contienen las voces propias del diccionario y otros en los que se proponen cosas; estos últimos, con letra estrecha y alta de color amarillento, no son de lectura cómoda para cualquiera.

Algunos textos, tomados de voces no exclusivamente teatrales, pueden dar idea del tono y algunos contenidos del libro. Así:

Hombre. «Es el único animal que hace teatro. ¿Por qué? Porque necesita rituales y preservar la memoria, porque necesita distraerse y concentrarse, porque necesita fantasía y verdad, porque el escenario es la eterna metáfora de la vida. Porque necesita máscaras para ser él mismo»…

Máscara: «El origen de la palabra podría venir del castellano “más que la cara”, que es precisamente aquello que la máscara permite: tener más caras aparte de aquella con la que se nace. Máscara en latín quiere decir persona, lo que dio origen a la palabra personaje».

Momento: «Una película es siempre igual, el teatro es siempre irrepetible».

Memoria: «El teatro es como las nueces: bueno para la memoria. Gracias a él es posible recordar los hábitos, miedos, prejuicios, conquistas, derrotas, alegrías, dilemas, héroes y cobardes de otros tiempos. El teatro también es el arte de la memorización. A través de lecturas y ensayos sucesivos, los actores terminan sabiendo el texto de memoria, de cabo a rabo»

Suerte: «Esta palabra no se puede pronunciar. En el teatro hay espíritus maliciosos a la escucha, capaces de todo con tal de contrariar a la gente. Por lo tanto, desear buena suerte es mala idea, pero desear algo opuesto y desafortunado como “pártete una pierna” ya no es problema. Se cuenta que esta expresión, de origen inglés, puede estar relacionada con los tiempos de Shakespeare, cuando break a leg significaba doblar una pierna, algo que los actores hacían varias veces en los agradecimientos finales, si la obra les salía muy bien».

Ricardo Henriques. Teatro (2016). Barcelona: Ekaré, 2016; 76 pp.; ilustraciones de André Letria; ISBN: 978-84-944959-9-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 18 de septiembre de 2015

Sincronización en Birkenwald: una conferencia metafísica, es una obra teatral que Viktor Frankl escribió de un tirón, pocos meses después de abandonar los campos de exterminio. En ella se apuntan las ideas que desarrolló unos años después en su libro El hombre en busca de sentido. El título anuncia el contenido: por un lado habla de esperanza, pues Birkenwald, un nombre que resulta de la combinación de los nombres Buchenwald y Birkenau, significa también bosque de abedules, unos árboles con la capacidad de arraigarse y colonizar terrenos devastados; por otro alude a la sincronización entre la eternidad y las cosas que ocurren en la vida presente y parecen no tener sentido.

Hay dos planos. En uno dialogan Kant, Spinoza, Sócrates, un Ángel Negro, y familiares ya fallecidos de quienes viven en el otro plano, que son varios prisioneros y guardias en una barraca de un campo de concentración. Al principio sólo aparecen un Sócrates bienhumorado y sereno, un Kant algo altivo, y un Spinoza dubitativo. Es Sócrates quien propone «mostrar a la gente algo de su propia realidad para que descubra así su propia realidad», «presentar a la gente una imagen del infierno y demostrarles que el ser humano, aún estando en el infierno, puede seguir siendo un ser humano. Igual que aquí en el cielo, o lo que llaman de ese modo ahí abajo, nosotros también seguimos siendo de alguna manera humanos, ¿no?».

Kant señala cómo todos «somos figuras, tanto aquí como allá. Unas veces con un fondo teatral y otras con un fondo trascendental. En todo caso es una interpretación». Y Sócrates le replica: «Aunque apenas sabemos qué interpretamos. Ni siquiera qué interpretamos nosotros. No entendemos bien nuestro papel. Nos contentamos con intuir el texto que debemos decir». A la madre de uno de los prisioneros, que lo ve sufrir sin poder hacer nada, Kant le habla de cómo, en un escenario, los actores sólo ven delante suyo como un gran agujero negro, y nosotros tampoco conocemos ni vemos a los espectadores de nuestras vidas, sentados en la oscuridad, en algún palco (una idea que Frankl glosará en más obras suyas, como figura en la nota Entiende ante quien estás). Al final de la obra Sócrates dirá cómo la comprensión llegará más adelante, «cuando caiga el telón».

Viktor Frankl. Sincronización en Birkenwald: una conferencia metafísica (Synchronisation in Birkenwald, 1946). Barcelona: Herder, 2013; 96 pp.; trad. de Ana Schulz.; ISBN: 978-84-254-3058-9. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 7 de mayo de 2013

Un libro de interés histórico dentro de la literatura infantil española: Teatro para niños, de Elena Fortún, un libro de 1942 que acaba de ver ahora su primera reedición.

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domingo, 7 de abril de 2013

En Juegos en el polvorín hablé de Más brillante que mil soles, de Robert Jungk, donde se sostiene que Heisenberg hizo lo posible para dar la impresión, a las autoridades de su país, de que intentaba llevar adelante el programa nuclear alemán pero, al mismo tiempo, movió sus piezas e impidió que progresara lo suficiente para fabricar la bomba. Parece ser que Jungk, pasado el tiempo, cambió un poco de opinión en relación al papel de Heisenberg, según dice Michael Frayn en la Posdata explicativa que le puso a su obra teatral Copenhague.

Esta obra, confeccionada con mucho cuidado, plantea un diálogo entre tres personas: Niels Bohr, su mujer Margrethe, y Heisenberg. Los tres, más allá de la muerte, recuerdan lo sucedido en la conversación misteriosa que tuvieron Bohr y Heinsenberg el año 1941, de la que luego circularon distintas versiones: si Heisenberg fue a ver a Bohr porque quería sonsacarle información sobre la fisión o sobre el programa nuclear de los aliados; si fue porque quería convencerle de que en Alemania no había programa nuclear; si fue porque quería reclutarle para trabajar para ellos… Como era de esperar, la obra no resuelve nada y únicamente se centra en presentar los distintos argumentos de cada lado y en exponer los hechos conocidos: la idea del autor no es más que poner delante del espectador-lector el dilema moral de los científicos, y hacer notar también cómo, después de sucedidos los hechos, la memoria suele jugar siempre a favor de uno mismo.

En cualquier caso, es más que interesante el apunte de que Bohr siempre inspiró respeto, aunque de hecho participó en la preparación de una bomba que luego se utilizó, y que Heisenberg inspiró rechazo a muchos —que le negaron el saludo después de la guerra— por más que, de hecho, no la fabricó. En la documentada posdata de Frayn también se señalan los motivos de la posición ambigua de Heisenberg: no podía reconocer que no había querido llegar hasta el final, para no quedar en su país como culpable, ni tampoco reconocer que no lo había conseguido, para no quedar como incompetente ante sus colegas. Aunque algunos diálogos requieren estar en antecedentes, la obra se puede seguir con cierta facilidad y se ve cómo hay golpes dialécticos en ambas direcciones —de Heisenberg el rápido de mente, y de Bohr el reflexivo— o, si se quiere, en una sola dirección: la de pensar bien las consecuencias de lo que uno hace.

Un ejemplo:

H: Yo no necesito detenerme para pensar.
B: Por eso justamente es criticable parte de tu trabajo.
H: Yo siempre llegaba a dónde quería.
B: Sin importarte lo que destruyes en tu camino. Siempre y cuando las matemáticas funcionen, tú satisfecho.
H: Si las matemáticas funcionan, todo funciona.

Otro ejemplo:

B: Tú sabes por qué los aliados trabajaron en la bomba.
H: Por miedo. Igual que nosotros. ¡Y tú podías habérselo dicho!
B: ¿Pero dicho qué?
H: Que se detuvieran…

Frayn, Michael. Copenhague (Copenhaguen, 1998). Madrid: Centro Cultural del la Villa de Madrid, 2003; 149 pp.; versión de Charo Solanas; ISBN: 84-88406-50-9.

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viernes, 18 de enero de 2013

A la hora de orientar las lecturas juveniles tal vez una de las líneas más interesantes (en la que yo insisto a mis amigos profesores) sea la de ayudar a descubrir los libros que podrían agruparse bajo el título de «libros para la rebelión». Entre otros, por ejemplo, estarían Antígona y Guillermo Tell, mencionados tiempo atrás.

A esos se podrían sumar Un hombre para la eternidad, de Robert Bolt, otra obra teatral cuya versión escrita ninguna editorial española publicó, creo, y cuya edición hispanoamericana resulta difícil de encontrar en la red de bibliotecas públicas. Queda el consuelo de que la versión original es fácil de conseguir y que la excelente película basada en esa obra teatral lo es más.

Acerca del mismo personaje, Tomas Moro, se acaba de publicar, recientemente, otro drama que, según la información que da el prólogo de la edición que cito, parece haber sido escrito principalmente por Shakespeare. Al respecto se pueden leer esta reseña extensa y este otro comentario de uno de los traductores.

Actualizacion: reseña más extensa de Un hombre para eternidad en septiembre de 2015.

William Shakespeare, Anthony Munday, Henry Chettle, Thomas Dekker, Thomas Heywood. Tomás Moro (The Book of Thomas More, 1600). Madrid: Rialp, 2012; 170 pp.; trad. de Aurora Rice y Enrique García-Máiquez; prólogo de Joseph Pearce; ISBN: 978-84-321-4222-2.
Robert Bolt. Un hombre para la eternidad (A man for all seasons, 1954-1960). Madrid: Ediciones Iberoamericanas, 1967; 181 pp.; col. Universal Eisa; trad. de Luis Escobar.

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jueves, 5 de abril de 2012

El Sunset Limited,
de Cormac McCarthy, es una obra de teatro en su origen, o una novela en forma dramática, que presenta un diálogo que tiene lugar en un cuarto de un gueto negro de Nueva York, entre dos hombres, Blanco y Negro. La breve presentación dice del primero que tiene mediana edad y del segundo que es corpulento. Se irá deduciendo del diálogo que Negro salvó a Blanco de arrojarse al paso del tren, el Sunset Limited; que Negro tuvo un pasado turbulento pero una experiencia en la cárcel le hizo convertirse, y que Blanco es un profesor culto y desesperado. Toda la conversación es un intento, por parte de Negro, de convencer a Blanco de que no intente suicidarse de nuevo.

Si muchos lectores ya sabían del enorme talento del autor para las descripciones y para los diálogos lacónicos, aquí podrán comprobar su maestría para construir un largo combate dialéctico entre dos personajes que tienen voces completamente distintas: una cálida y de argot, otra desgarrada y culta. Y, como corresponde a un autor cuidadoso, verán que deja que cada uno de sus personajes hable con toda la fuerza que tienen sus argumentos, vitales los de uno e intelectuales los de otro, y que no intenta forzar más de la cuenta el pulso que ambos sostienen.

En mi opinión, una clave del diálogo, donde se reflejan actitudes de fondo, está en el comentario de Blanco: «creo en la preponderancia del intelecto»; y en la réplica de Negro: «antes de empezar a leer la biblia yo también estaba en el rollo de la preponderancia» (…). No tanto como usted, pero bueno. (…) Me quité de encima todo aquello y lo dije: Por favor, ayúdame, dije. Y él me ayudó». En otro momento Negro sí le dice a Blanco cuál es su problema: «La luz está en todas partes, lo que pasa es que usted no ve más que sombra alrededor. Y la sombra es usted. Usted hace la sombra».

Otra clave, donde se ve quien lleva la iniciativa, se puede apreciar en otros comentarios de Negro. Uno: «no tengo ni puñetera idea de por qué Dios es como es. No sé por qué me habló a mí. Yo no lo hubiera hecho»; otro: «si Dios es Dios le puede hablar a su corazón en cualquier momento. Le diré más: si me habló a mí (y ya le digo yo que lo hizo), es que puede hablarle a cualquiera»; y un tercero, quizá el mejor: «La cosa no va de ser virtuoso. Lo único que hace falta es estar callado. No puedo hablar por boca del Señor, pero la experiencia que he tenido me hace creer que él habla al que está dispuesto a escuchar. No es necesario que sea virtuoso».

Al leer el libro, para mí el más impactante desde hace mucho tiempo, he pensado que McCarthy podría haberse inspirado en aforismos de Nicolás Gómez Dávila. Así, y entre otros, Blanco encaja de lleno con el que dice que «Si no se suicida, el ateo no tiene derecho a creerse lúcido»; y los razonamientos de Negro respiran la convicción de que «La sabiduría se reduce a no enseñarle a Dios cómo se deben hacer las cosas».

Cormac McCarthy. El Sunset Limited (The Sunset Limited, 2006), Barcelona: Mondadori, 2012; 112 pp.; trad. de Luis Murillo Fort; ISBN: 978-84-397-2502-2.

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miércoles, 11 de agosto de 2010

No sé cuánta pudo ser, o cómo se podría medir, la influencia de obras como Cuentos basados en el teatro de Shakespeare, de Charles y Mary Lamb, en la educación literaria de tantos niños ingleses que la conocieron ya desde los comienzos del siglo XIX. En paralelo sí sé que no hubo obras equivalentes en nuestro ámbito y que, por tanto, en nuestro caso, no tenemos nada qué medir.

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jueves, 27 de mayo de 2010

Un libro que vale la pena leer si uno no lo ha leído y releer si uno lo ha leído hace tiempo: Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Como es sabido, es una obra teatral escrita en verso con pasajes románticos, picarescos y divertidos, que se ambienta en la Francia de Richelieu. Su protagonista es Cyrano, uno de los mejores espadachines de París, uno de los mejores poetas de Francia, un tipo muy feo debido a su larga nariz, y uno de los seres más susceptibles e irritables del mundo. Para su tormento, está enamorado de prima Roxana pero ella lo está de un subordinado de Cyrano.

Quizá el pasaje que más me gusta sea el rechazo frontal de Cyrano a ser un adulador servil:

«................¿Y qué tengo que hacer?
¿Buscarme un valedor poderoso, un buen amo,
y al igual que la hiedra, que se enrosca en un ramo
buscando en casa ajena protección y refuerzo,
trepar con artimañas, en vez de con esfuerzo?
No, gracias. ¿Ser esclavo, como tantos lo son,
de algún hombre importante? ¿Servirle de bufón
con la vil pretensión de que algún verso mío
Dibuje una sonrisa en su rostro sombrío?
No, gracias. ¿O tragarme cada mañana un sapo,
Llevar el pecho hundido, la ropa hecho un harapo
De tanto arrodillarme con aire servicial?
¿Sobrevivir a expensas de mi espina dorsal?
No, gracias. ¿Ser como esos que veis a Dios rogando
—oh, hipócritas malditos— y con el mazo dando?
¿Y que, con la esperanza de alguna sinecura,
atufan con incienso a quien se las procura?
No, gracias. ¿Arrastrarme de salón en salón
hasta verme perdido en mi propia ambición?
¿O navegar con remos hechos de madrigales
y, por viento, el suspiro de doncellas banales?
No, gracias. ¿Publicar poniendo yo el dinero
de mi propio bolsillo? Muchas gracias, no quiero.
¿Hacerme nombrar papa en esas chirigotas
que en los cafés celebran, reunidos, los idiotas?
No, gracias. ¿Desvivirme para forjarme un nombre
que tenga de endiosado lo que no tiene de hombre?
No, gracias. ¿Afiliarme a un club de marionetas?
¿Querer a toda costa salir en las gacetas?
¿Y decirme a mí mismo: no hay nada que me importe
con tal de que mi ingenio se cotice en la Corte?
No, gracias. ¿Ser miedoso? ¿Calculador? ¿Cobarde?
¿Tener con mil visitas ocupada la tarde?
¿Utilizar mi pluma para escribir falacias?
No, gracias, compañero. La respuesta es: no, gracias.
Cantar, soñar en cambio. Estar solo, ser libre.
Que mis ojos destellen y mi garganta vibre.
Ponerme, si me place, el sombrero al revés,
batirme por capricho o hacer un entremés.
Trabajar sin afán de gloria o de fortuna.
Imaginar que marcho a conquistar la Luna.
No escribir nunca nada que no rime conmigo
y decirme, modesto: ah, mi pequeño amigo,
que te basten las flores, las frutas y las hojas
siempre que en su jardín sea donde las recojas.
Y si por suerte un día logras la gloria así,
no habrás de darle al César lo que él no te dio a ti.
Que a tu mérito debas tu ventura, no a medra,
y, en resumen, que haciendo lo que no hace la hiedra,
aun cuando le faltare la robustez del roble,
lo que pierdas de grande, no te falte de noble».

Edmond de Rostand. Cyrano de Bergerac (1897). Madrid: Espasa, 2000; 200 pp.; col. Austral; prólogo de Jaime Campmany, trad. de Jaime y Laura Campmany; ISBN: 84-239-9875-4.

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domingo, 27 de septiembre de 2009

Dreyer:
«En una obra de teatro hay siempre un montón de pequeños detalles que no son esenciales. Y todo lo que no es absolutamente esencial bloquea el camino. Las cosas que bloquean hay que eliminarlas. Hay que despejar el camino hacia lo esencial, que está al final de la senda. Partir de un diálogo teatral deja siempre una rémora de demasiadas posibilidades accesorias. (...) Hay que podar, de modo que cada una de las palabras que se conservan tenga su importancia. Mediante esa purificación, quiero conseguir que el espectador que está allá, que sigue las imágenes, las palabras y la intriga, tenga el camino libre para llegar al final del camino».

Mamet: «La mejor manera de contar una historia en el cine es con imágenes y sin palabras. (...) La mejor manera de contar una historia en el escenario es con palabras y sin elementos plásticos. (...) Cada medio tiene que avanzar por... la trama. La trama no es más que la búsqueda épica del héroe, o de la heroína, que alcanza su objetivo —su objetivo concreto—, ese objetivo concreto de la obra... En una obra de teatro la mejor manera, la única manera de hacer avanzar realmente la trama es a través del diálogo. (...) La mejor manera de hacer avanzar la trama en el cine es a través de imágenes». Se podría decir, afirma en otro lugar, que «la película realmente excelente no debería tener diálogos. En cambio, en una obra de teatro todo ocurre en los diálogos; toda la acción que sucede entre dos personas tiene que estar allí».

Carl Theodor Dreyer. Reflexiones sobre mi oficio. Escritos y entrevistas (Refletions sur mon metier, 1997). Barcelona: Paidós, 1999; 157 pp.; trad. de Núria Pujol i Valls; ISBN: 84-493-0786-4.
Conversaciones con David Mamet (David Mamet in conversation, 2001). Barcelona: Alba, 2005; 320 pp.; col. A trayectos; edición de Leslie Kane; trad. de Isabel Ferrer Marrades; ISBN 13: 978-84-8428-271-6.

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martes, 30 de junio de 2009

Otro relato sobre hormigas: Chiquilinga o la gloria de ser hormiga del panameño Rogelio Sinán. Es una obrita teatral, que leí en su momento por estar considerada como históricamente importante dentro de su ámbito, un criterio de selección ineludible y complicado pues debo decir que no me atrajo mucho.

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miércoles, 3 de junio de 2009

Dos obras de teatro infantil español que, tiempo atrás, leí y me gustaron: Asamblea General, de Lauro Olmo y su mujer Pilar Enciso; y La verdadera y singular historia de la princesa y el dragón, de José Luis Alonso de Santos. Las traigo aquí por haber visto hace poco, en una librería, una nueva edición de la primera historia. Y, también, porque a su modo y a su nivel, ambas ejemplifican afirmaciones de David Mamet como estas: «El teatro es una herramienta política de lo más útil; es un lugar al que vamos a escuchar la verdad»; «la finalidad del teatro no es abordar temas principalmente sociales sino espirituales»; «la función del teatro es abordar las preguntas de “¿Cuál es nuestro lugar en el universo?” y “¿Cómo podemos vivir en un mundo en el que sabemos que vamos a morir?”».

Conversaciones con David Mamet (David Mamet in conversation, 2001). Barcelona: Alba, 2005; 320 pp.; col. A trayectos; edición de Leslie Kane; trad. de Isabel Ferrer Marrades; ISBN 13: 978-84-8428-271-6.

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martes, 13 de enero de 2009

Otras dos obras clásicas de teatro infantil: El príncipe que todo lo aprendió en los libros, de Jacinto Benavente, y La cabeza del dragón, de Ramón del Valle Inclán. Me parecen interesantes por su valor histórico y por lo que tienen de intentos serios de hacerse a la mente y al gusto infantil. Eso sí, no veo fácil que, tal como están, puedan «funcionar» como narraciones o en un escenario.

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martes, 6 de enero de 2009

El otro día mencioné El cartero del Rey, una obra teatral infantil de Tagore. No sé mucho de teatro infantil pero, en su momento, sí procuré leer las obras teatrales más importantes e influyentes dentro de la literatura infantil, como El viaje de Pedro el Afortunado, de August Strindberg, y El pájaro azul, de Maurice Maeterlinck. Ambas hablan de la felicidad que buscamos tantas veces de modo equivocado y, por tanto, aunque no sean ni mucho menos libros para dar directamente a niños, sí merecen ser conocidos por los adultos y encajan bien con un día de regalos como el de hoy.

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viernes, 12 de septiembre de 2008

En Guillermo Tell, de Schiller, se plantea la legitimidad del tiranicidio (y, de paso, qué consecuencias puede tener el que un gobernante obligue a un padre a que haga experimentos peligrosos con sus propios hijos, y no con los del gobernante, claro). Supongo que se puede considerar apropiada para discutir en clase de, por ejemplo, Educación para la Ciudadanía.

La obra se ambienta en el siglo XIV y su protagonista es un héroe legendario de la independencia suiza de cuya existencia no existe ninguna prueba documental contemporánea. Su momento central es muy conocido: Guillermo Tell es obligado por el gobernador, Hermann Gessler, a disparar su ballesta contra una manzana colocada en la cabeza de su hijo. Tell es luego detenido por Gessler pero consigue huir y, finalmente, tiende una emboscada a Gessler. Al mismo tiempo se produce una sublevación de los cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden contra los Habsburgo.

Al final, Schiller pone a Tell frente a otro personaje que acaba de asesinar a un tirano y que compara sus respectivos homicidios. Entonces Tell se indigna: «¿Puedes confundir el crimen sangriento de la ambición con la justa y legítima defensa de un padre? (...). Tú has cometido un asesinato. Yo he defendido lo que más quiero».

Friedrich von Schiller. Guillermo Tell (Wilhelm Tell, 1804). Barcelona: Planeta, 1982; 160 pp.; col. Clásicos Universales Planeta; introd. de Alfonsina Janés Nadal; traducción y notas de Justo Molina; ISBN: 8432038709.

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viernes, 5 de septiembre de 2008

Si los políticos que tenemos cursasen Educación para la Ciudadanía se les podría poner como tarea todos los años que, a la vuelta del verano, leyesen Antígona, de Sófocles.  Como es sabido, en ella se plantea el conflicto que se produce cuando las normas del Estado intentan pasar por encima de otros deberes anteriores, en ese caso de piedad familiar. Su argumento se centra en la desobediencia de Antígona contra su tío y suegro Creonte, rey de Tebas, cuando da sepultura a su hermano Polinices, que se había rebelado contra Tebas y que había fallecido en un enfrentamiento con su otro hermano Eteocles. Y su núcleo está en un diálogo en el cual, cuando Creonte se sorprende de que Antígona se hubiese atrevido a transgredir el edicto que prohibía enterrar al muerto, Antígona le replica que tal ley no fue dictada ni por Zeus ni por la Justicia y que hay leyes superiores: «Esas leyes divinas no están vigentes, ni por lo más remoto, solo desde hoy ni desde ayer, sino permanentemente y en toda ocasión, y no hay quien sepa en qué fecha aparecieron». Y le dice también: «Por lo que a ti respecta, si mantienes la idea de que ahora me estoy comportando estúpidamente, casi puede afirmarse que es un estúpido aquel ante quien he incurrido en estupidez».

Sófocles. Antígona (442 a.C.). En Obras completas de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Madrid: Cátedra, 2004; página 521 a 565 de 1563 pp.; col. Bibliotheca Aurea; ISBN: 84-376-2169-0.

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