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Notas del archivo 'Felicidad' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 11 de febrero de 2017

Un libro antiguo que por fin he leído: La historia de Rasselas, príncipe de Abisinia, de Samuel Johnson. Es un apólogo sobre la felicidad escrito por el autor cuando existía la moda de los relatos de viajes a países exóticos.

En él se habla de que Rasselas, príncipe de Abisinia, y su hermana Nekaya, deciden abandonar el Valle de la Dicha en el que viven y emprender un viaje para intentar averiguar si los hombres pueden o no alcanzar la felicidad. Se suceden encuentros e incidentes, a veces con un tono algo humorístico, y en boca de unos u otros van formulándose afirmaciones aventuradas o prudentes para considerar con calma.

El libro como tal puede hacerse arduo, pero eso puede hacer pensar en algo que Chesterton decía: que una de las superioridades del siglo XVIII sobre nuestro tiempo era su capacidad para seguir discursos y razonamientos largos. Sea como sea, son muchos los párrafos felices, perfectamente articulados. Al repasar las notas que tomé según iba leyéndolo vi que una mayoría de las mejores se correspondían a los comentarios o descubrimientos de la princesa Nekaya. Como estas:

—«Este mundo nunca ofrecerá la oportunidad de decidir si la felicidad perfecta puede ser brindada por la bondad perfecta. Pero al menos podemos afirmar esto: que no siempre encontramos la felicidad visible en proporción a la virtud visible»;

—«Todo lo que la virtud puede otorgar es tranquilidad de conciencia y la firme perspectiva de una condición más feliz; esto puede capacitarnos para soportar la calamidad con paciencia; pero recuerda que la paciencia presupone dolor»;

—Nekaya «descubrió que ningún mal es insoportable, salvo el que es acompañado por la conciencia de haber obrado de mala manera»;

—Y, al final, la princesa concluye: «para mí la elección de vida se ha vuelto menos importante (...). De aquí en adelante espero pensar sólo en la elección de eternidad».

Samuel Johnson. La historia de Rasselas, príncipe de Abisinia (The History of Rasselas, Prince of Abissinia, 1759). Córdoba: Berenice, 2007; 204 pp.; trad. e introducción de María Luisa Pascual; ISBN: 978-8496756120. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 5 de octubre de 2008

Si el domingo pasado mencionaba una especie de cuento infantil dentro de una conferencia de Robert Spaemann, he aquí una especie de resumen de un relato de ciencia-ficción dentro de una entrevista:

«Hoy se confunde a menudo la felicidad con un estado de ánimo. Pero la felicidad es más que estar happy o que encontrarse bien. De lo contrario, el hombre más feliz habría de ser aquel al que se le mantuviese narcotizado durante un par de decenios, dejándole en un estado de euforia artificial a base de suministrarle sustancias estimulantes mediante hilos conectados al cerebro. Pero ¿quién de nosotros querría cambiarse por él? Nadie. Preferimos la vida real. Pues la felicidad tiene que ver con la realidad y eso es exactamente lo que la ética pone de relieve».

Robert Spaeman. Texto modificado de una entrevista del año 1999 contenida en Ética, política y cristianismo (2007). Madrid: Palabra, 2007; 299 pp.; col. Biblioteca Palabra; ed. de José María Barrio, trad. de José María Barrio y Ricardo Barrio; ISBN: 978-84-9480-106-6.

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sábado, 5 de julio de 2008

«La poesía es un vehículo de moral, verdad y belleza, pero el poeta no apunta a esas cosas, sino sólo a la fuerza verbal interna. El poeta en cuanto tal sólo intenta escribir un poema y, por regla general, no es el artista sino el ego del artista, el que se aleja de la obra que le es propia para lanzarse a la zaga de fuegos fatuos seductores». Y sigue Northrop Frye: «La belleza en el arte es como la felicidad en la moral: puede acompañar al acto, pero no puede ser el fin del acto, del mismo modo que uno no puede “buscar la felicidad”, sino sólo algo que pueda darla. Apuntar a la belleza produce, en el mejor de los casos, lo atractivo: la cualidad de belleza representada por la palabra “encantadora”, cualidad que depende de una elección cuidadosamente circunscrita tanto del tópico como de la técnica. Un pintor religioso, por ejemplo, puede producir esta cualidad sólo mientras las iglesias sigan encargando Vírgenes: si una pidiera una crucifixión tendría que pintar, en cambio, la crueldad y el horror».

Northrop Frye. Anatomía de la crítica (Anatomy of Criticism, Four Essays, 1977). Caracas: Monte Avila Editores, 1991, 2ª ed.; 497 pp.; trad. de Edison Simons; ISBN: 980-01-0504-2.

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viernes, 27 de junio de 2008

No había leído antes un comentario como este:

«¿Cuál es la esencia de la obra de Dickens? ¿Por qué es tan grande este novelista que a primera vista es un simple narrador de melodramas? El secreto está en que en su obra ni los malos son tan malos. Más bien hacen de malos, así se lo marca el guión.

Dickens es el Orígenes del mundo moderno. En su obra reconocemos fácilmente a un adepto de la apocatástasis origenista. El lector entiende que en Dickens todos se redimen al final porque todos se van a arrepentir previamente. Todo acabará bien. Lo malo y los malos sólo han sido apariencias pasajeras.
La apocatástasis —el secreto de la obra de Dickens y de su inmenso y sorprendente éxito— no es ortodoxa. La Iglesia la condenó hace mucho. Por su culpa Orígenes no se ha sumado a las filas de los santos. Pero sigue siendo una dulce ilusión de nuestra alma».

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca, Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

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domingo, 9 de marzo de 2008

«Las palabras, en el lenguaje cotidiano, se vuelven una rutina, se banalizan, se automatizan. ¿Qué hace el poeta? Singulariza la palabra para infundirle la fuerza de producir una sensación: renueva la percepción desgastada y revitaliza la facultad de la palabra para sacarla de su letargo.

La fe actúa de la misma manera. Nos redescubre el mundo, los hombres y la vida y nos saca de la amargura, del tedio y del aburrimiento. Renueva y revigoriza, lo mismo que el arte del poeta o del pintor. Nuestra capacidad de descubrir lo bueno y lo bello se vuelve de repente poderosa. Ahora el amor vence las barreras de la indiferencia y del recelo, derriba los techos y los muros que nos encierran en un egoísmo eternamente herido e irritado. De repente las percepciones —tanto las morales, como las sensibles— se intensifican vertiginosamente. El mundo es otro para el creyente embargado por la felicidad —un mundo rico, nuevo, atractivo, cautivador, eufórico—, lo mismo que para el artista en los momentos de inspiración. Actúa el mismo poder: la gracia santificadora. (El drogadicto también tiene acceso a la euforia, pero, como todo se paga, el artificio al que tiene que recurrir hace que la obtención del estado de encantamiento y de redescubrimiento dependa de productos materiales y del concurso de otros hombres que comprometen su tranquilidad y su felicidad para el resto de su vida; la dialéctica no perdona y la ataraxia de los drogadictos pasa por la agitación y la obsesión, que son los pilares del infierno)».

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca, Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

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En La escuela de magia
(Michael Ende).
Il. de Bernard Oberdieck.
martes, 14 de agosto de 2007

Michael Ende: «La mayoría de la gente sólo cree que sabe lo que desea. Uno piensa, por ejemplo, que le gustaría ser un médico famoso, o profesor de universidad, o ministro, pero su verdadero deseo, que él no conoce en absoluto, es ser un simple y buen jardinero. Otro piensa que le gustaría ser rico o poderoso, pero su verdadero deseo es ser payaso de circo. Mucha gente piensa, también, que desearía de verdad que a todos los seres humanos del mundo les fuera bien, que todos pudieran ser felices y vivir contentos, que todos fueran amables con los demás, que triunfara la verdad y reinara la paz… Muchos de ellos se asombrarían si conociesen sus verdaderos deseos. Sólo creen que desean todo eso porque les gustaría verse a sí mismos como personas virtuosas o buenas. Pero el que les guste no significa obligatoriamente que lo deseen de verdad. Sus deseos reales se orientan a menudo hacia otras cosas completamente distintas; incluso a veces justamente hacia lo contrario. Por eso jamás están real y completamente de acuerdo consigo mismos. Y como los deseos ajenos son de historias ajenas, ellos jamás viven su propia historia. Y por eso, naturalmente, tampoco pueden hacer magia».

Michael Ende. En La escuela de magia (Die Zauberschule), contenido en Los mejores cuentos de Michael Ende.

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Beleg Arcofirme con Anglachel.
Ilust. de Alan Lee.
domingo, 3 de junio de 2007

Hay una escena en Los hijos de Húrin en la que se cuenta que, cuando el rey Thingol entrega la espada Anglachel a Beleg Arcofirme, la reina elfa Melian le dice: «Hay maldad en esta espada. El corazón del herrero sigue morando en ella, y era un corazón oscuro. No amará la mano a la que sirva, y tampoco estará contigo mucho tiempo».

Esa gran idea de que los objetos están impregnados del espíritu con el que han sido hechos se menciona también en el capítulo «Adiós a Lórien» de El Señor de los anillos, cuando los elfos de Lórien entregan a los expedicionarios unas capuchas y unas capas, «de esa tela sedosa, liviana y abrigada que tejían los Galadrim. Era difícil saber de qué color era: parecían grises, con los tonos del crepúsculo bajo los árboles; pero si se los movía, o se las ponía en otra luz, eran verdes como las hojas a la sombra, o pardas como los campos en barbecho al anochecer, o de plata oscura como el agua a la luz de las estrellas. Las capas se cerraban al cuello con un broche que parecía una hoja verde de nervaduras de plata.

—¿Son mantos mágicos? —preguntó Pippin mirándolos con asombro.

—No sé a qué te refieres —dijo el jefe de los Elfos—. Son vestiduras hermosas, y la tela es buena, pues ha sido tejida en este país. Son por cierto ropas élficas, si eso querías decir. Hoja y rama, agua y piedra: tienen el color y la belleza de todas esas cosas que amamos a la luz del crepúsculo en Lórien, pues en todo lo que hacemos ponemos el pensamiento de todo lo que amamos».

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viernes, 6 de abril de 2007

En su relato El estudiante, Chejóv cuenta el día en que Iván Velikopolski, seminarista e hijo del sacristán, vuelve a casa un día de frío, Viernes Santo. «A su alrededor todo estaba desierto y mostraba un aspecto especialmente sombrío». Piensa en la pobreza y el hambre y la ignorancia y la soledad y el sentimiento de opresión de los campesinos, existente desde siempre «y aunque pasaran otros mil años la vida no mejoraría». Pasa junto a unas mujeres que se calientan en una hoguera. Y, al arrimarse también él para calentarse, comenta cómo en una noche igual a esa el apóstol Pedro también se calentó las manos..., y recuerda su negación de Jesucristo. Observa entonces cómo las mujeres se conmueven. Luego se marcha y empieza a pensar que si se han conmovido no fue porque él lo hubiera contado muy bien, sino por la relación que aquel episodio tenía con el presente. «Una súbita alegría agitó su alma (...). El pasado, pensaba, estaba al ligado al presente por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que se sucedían. Y tenía la sensación de que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, había vibrado el otro». Y, más tarde, «pensaba que la verdad y la belleza, que habían guiado la vida humana en el huerto y en el patio del sumo pontífice y habían perdurado de manera ininterrumpida hasta el día presente, constituirían por siempre lo más fundamental de la vida humana y de todo cuanto había sobre la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud y de fuerza —sólo tenía veintidós años— y una dulce e inefable esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida se le antojó maravillosa, encantadora, imbuida de un elevado sentido».

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sábado, 3 de diciembre de 2005

«Los libros o la música en que creíamos que se ocultaba la belleza nos traicionarán si confiamos en ellos. Pero realmente no está ni en aquellos ni en ésta, tan sólo se revela a través de ellos. En realidad, los libros y la música sólo aumentan el deseo de poseerla. (...) Si se confunden con la cosa misma, se transforman, no obstante, en ídolos mudos que rompen los corazones de quienes los adoran. No son, pues, la cosa misma, sino el perfume de una flor no hallada, el eco de una armonía jamás oída, la noticia de un país desconocido».

C. S. Lewis. «El peso de la gloria» (1941), en El diablo propone un brindis (Screwtape proposes a toast and other pieces). Madrid: Rialp, 2002, 4ª impr.; 152 p.; col. literaria; prólogo de Walter Hooper; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2935-6.

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martes, 4 de octubre de 2005

Auden
decía que Oscar Wilde era un conversador innato y no un escritor innato, «un maestro de la palabra improvisada a tenor del estímulo del momento». Son conocidas muchas de sus frases ingeniosas, por ejemplo la de que «como mi querido San Francisco de Asís, estoy casado con la pobreza. Lo malo es que, en mi caso, no es un matrimonio que vaya bien. Detesto a la novia que se me ha entregado». Wilde, que siendo joven no se convirtió al catolicismo porque, dijo, «convertirme al catolicismo equivaldría a sacrificar mis dos máximos dioses, el dinero y la ambición», lo hizo sin embargo poco antes de morir, cuando esos dioses le habían probado de sobra hasta donde podía llegar con ellos. San Francisco se dio cuenta mucho antes.

W. H. Auden. Prólogos y epílogos (Forewords and Afterwords). Barcelona: Península, 2003; 237 pp.; col. Ficciones; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-8307-558-X. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 25 de enero de 2005

Sancho a Altisidora: «Los diablos jueguen o no jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen».

Don Quijote de la Mancha. Capítulo LXX, 2ª parte.

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