domingo, 29 de marzo de 2009
Cuando leí un comentario que me pareció formidable de
E. M. Cioran, decidí leer un libro en el que se reúnen diferentes entrevistas que le hicieron. Encontré más citas valiosas y abundantes ideas jugosas —sobre todo, muchas opiniones interesantes sobre sus amigos
Ionesco, Mircea Eliade, Beckett...—, pero también la frivolidad del hombre muy inteligente al que, con frecuencia, sólo parece interesarle su propia agudeza. Él mismo lo explica en una entrevista de 1982: «Ahora ya sólo escribo aforismos: soy víctima de mis propias ideas. Como todo lo que he hecho era atacar la literatura, atacar la vida, atacar a Dios, ¿por qué habría de escribir algo hilado en esas condiciones? ¿Para probar qué? (...) Siempre me he considerado irresponsable. Por tanto, para mí escribir es decir lo que quiero, sin perjuicio de contradecirme, eso no tiene la menor importancia. No he escrito por la honorabilidad ni por el éxito. (...) Como usted comprenderá, escribir aforismos es muy sencillo: vas a las cenas, una señora dice una tontería, eso te inspira una reflexión, vuelves a casa, la escribes. Es más o menos ese, verdad, el mecanismo. O bien, en plena noche, tienes una inspiración, un inicio de fórmula, a las tres de la mañana escribes dicha fórmula y al final se convierte en un libro. No es serio. (...) Pero considero que en una civilización que se disgrega ese tipo de cosas resulta de lo más apropiado. (...) Los aforismos son generalidades instantáneas. Es pensamiento discontinuo. (...) Es una mezcla de seriedad y de falta de seriedad. A veces hago afirmaciones totalmente insensatas y me las echan en cara. Puedo decir perfectamente: “Mire, también digo lo contrario: basta con que pase la página”. No es que sea yo un sofista, el moralista no es un sofista. Pero son verdades pensadas con la experiencia. Son verdades falsamente fragmentarias. Hay que aceptarlas como tales. Pero, evidentemente, la ventaja del aforismo es que no hay necesidad de dar pruebas. Se lanza un aforismo como se da una bofetada».
Lo anterior ejemplifica bien cómo «las medias verdades del escéptico no son solamente hojas afiladas sino también hojas de doble filo. Cortan la base del racionalismo de la misma manera que la de la religión; pueden ser usadas para herir a la democracia igualmente que al despotismo y en última instancia pueden inocular las mentes con dudas acerca de la duda misma. El joven verdaderamente inteligente encontrará cada vez más que se ha vuelto lo suficientemente afilado como para lastimarse. Y si no busca algo más allá del escepticismo, se volverá lo suficientemente escéptico como para cortarse el cuello».
Chesterton, naturalmente.
E. M. Cioran. Conversaciones (Entretiens, 1995). Barcelona: Tusquets, 1996; 264 pp.; col. Marginales; trad. de Carlos Manzano; ISBN 84-7223-949-7.
G. K. Chesterton. El Pozo y los charcos (The Well and the Shallows, 1935). Buenos Aires - Madrid: Ágape - Edibesa, 2007; 286 pp.; trad. de Horacio Velasco Suárez; ISBN: 84-8407-684-9.
domingo, 1 de febrero de 2009
Además de
los relativos al éxito, algunos aforismos de los
Apuntes de
Canetti que me han gustado son éstos:
—«Los grandes aforistas se leen como si todos ellos se hubieran conocido bien unos a otros».
—«Reseñaba libros que sólo leía después. Así sabía ya lo que pensaba sobre ellos».
—«Él es sagaz como un periódico. Lo sabe todo. Lo que sabe cambia cada día».
—«Su pensamiento tiene aletas en lugar de alas».
—«¡Qué convincente suena todo cuando se sabe poco!».
—«Él es tan sagaz que sólo ve lo que ocurre a sus espaldas».
—«Él se busca un dios sordo para poder rezar lo que le venga en gana».
—«También debes leer a tus contemporáneos. Uno no puede alimentarse sólo de raíces».
Elías Canetti. Apuntes: 1942-1993. Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2003; 1195 pp.; col. Opera mundi; Obras completas, 4; edición dirigida por Juan José del Solar; ISBN: 84-226-9368-2 (Círculo de Lectores), 84-8109-398-X (Galaxia Gutenberg).
domingo, 18 de enero de 2009
En los Apuntes de Elías Canetti se mezclan anotaciones de muy distinta clase: aforismos, sentencias, algunas frases que son como embriones de relatos, agudezas bromistas o irónicas, citas de diversos autores, pensamientos sobre actitudes propias o de otros, apóstrofes al lector (que tal vez son a sí mismo primero), observaciones en torno a la muerte, reflexiones críticas o rendidas respecto a Dios, comentarios a obras literarias —a muchos dramas clásicos, algunos de Shakespeare, a libros de todo tipo de autores—, pensamientos sobre otros escritores, etc. Como corresponde a una recopilación de textos escritos durante muchos años, sin intención de publicarlos más tarde y como una especie de desahogo de sus lecturas, también con la enorme ambición de pensar de nuevo muchas cosas pensadas antes, contiene momentos fulgurantes y bobadas cósmicas, es desordenado y desigual, homogéneo en unos pocos temas y contradictorio en muchos, pues Canetti puede decir una cosa y su contraria, por ejemplo cuando habla de su relación con la Biblia con el paso de los años.
Entre los comentarios que me han gustado más, por ahora estos dos:
—«Despistar al niño divierte a los adultos. Lo consideran necesario pero a la vez les hace gracia. Muy pronto caen los niños en la cuenta y practican ellos mismos el despiste».
—«Adultos repugnantes, uno los ha conocido cuando eran fascinantes criaturas jóvenes. Pero han visto y aprendido mucho, tarde, y ahora son como todos».
Elías Canetti. Apuntes: 1942-1993. Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2003; 1195 pp.; col. Opera mundi; Obras completas, 4; edición dirigida por Juan José del Solar; ISBN: 84-226-9368-2 (Círculo de Lectores), 84-8109-398-X (Galaxia Gutenberg).
domingo, 11 de enero de 2009
Un amigo me dice que
Tagore no le atrae porque le parece blando, una opinión que tiene la lógica propia de algunas elecciones —a mí tampoco me gustan algunos géneros o algunas obras de mérito— pero que conviene precisar. En lo que yo conozco, que no es mucho, pienso que Tagore puede ser sentimental en algunos contenidos y blando en la manera de formularlos otras veces, pero llamarle blando es parecido a decir que la no-violencia de Gandhi es blanda o que poner la otra mejilla es una doctrina más blanda todavía. Las
memorias citadas días atrás ayudan a conocer al autor un poco mejor: en ellas se pueden leer comentarios bromistas como el de que «la Providencia, apiadándose de la humanidad, ha dotado a todas las cosas tediosas de un hechizo soporífero», pero también contundentes como el de que no debemos temer tanto el mal «como los tiránicos esfuerzos por crear el bien». Y, por citar otro libro, entre los aforismos que hay en
Obra escojida —que es lo que yo hace años leí de Tagore— hay muchos excelentes como, por ejemplo, el de que «si de noche lloras por el sol no verás las estrellas», el de que «la vida se nos da y la merecemos dándola», el de que «no insultes a tu amigo con méritos de tu bolsillo», o el de que «el poder cree que las convulsiones de sus víctimas son de ingratitud». [Actualización: puntualizo que la j de «escojida» fue una elección de los traductores para las palabras donde la g suena j, como en frájil, fujitivo, etc.].
Rabindranath Tagore. Obra escojida. Aguilar, 1955; 1464 pp.; trad. de Zenobia Camprubí; prólogo de Agustín Caballero Robredo. El libro que contiene los aforismos del autor se titula Pájaros perdidos.
sábado, 27 de septiembre de 2008
Al hablar sobre libros de aforismos con un amigo de cuyo criterio me fío, me insistió en que no dejara de leer el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce y así lo hice. Tuve la suerte de coger una edición de Cátedra en la que no sólo venía ese libro, que me pareció flojo y desigual, sino también una buena introducción crítica y unos excelentes relatos cortos que compensaron la decepción del Diccionario.
No creo que a la mayoría de las frasecillas de Bierce se las pueda calificar de aforismos en el mismo sentido que a las de los libros clásicos: la mayoría son más bien pullas periodísticas ingeniosamente irónicas con las que uno conecta más o menos según sus experiencias personales. En mi caso asiento de buen grado a las del tipo: «Egoísta: Persona de mal gusto que se interesa más por sí mismo que por mí»; exclamo un «bueno, a veces sí y a veces no» ante otras como «Novela: un relato corto cuando se hincha»; aprecio el ingenio del autor por ejemplo en «Sobre: el ataúd de un documento, la funda de una factura, la cáscara de un envío...»; pero con frecuencia lamento su cinismo amargo en bastantes. Y al leer «Tirar: una de las dos acciones que llevan casi siempre al éxito en política. La otra es Aflojar», recordé otra frasecilla tal vez inspirada en ella, pero mejor, de Les Luthiers: la de las dos palabras que conviene conocer porque abren la mayoría de las puertas: tirar y empujar.
Ambrose Bierce. Relatos. Diccionario del diablo (Tales of Soldiers and Civilians (In the Midst of Life), 1891; Can Such Things Be?, 1893; The Devil’s Dictionary). Madrid: Cátedra, 1999; 418 pp.; col. Letras universales; edición y trad. de Aitor Ibarrola; ISBN: 84-376-1760X.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Como el repaso a
El arte de la prudencia, de
Gracián, también me resultó refrescante volver a leer este verano los
Pensamientos de
Pascal.
En unos casos, por reconocer frases mil veces leídas: «el hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero una caña pensante»; «el corazón tiene razones que la razón no conoce; uno lo advierte en mil cosas».
En otros, por ver qué aplicables parecen algunas consideraciones a nuestro momento histórico: «Corremos sin temor hacia el precipicio después de haber colocado delante de nosotros alguna cosa que nos impida verlo»; «es necesario pues, unir la justicia y la fuerza, y para ello hacer que lo que es justo sea fuerte o lo que es fuerte sea justo».
En otros, por comprender de nuevo que tantas veces «se ama más la caza que la presa» o que no «buscamos las cosas, sino la búsqueda de las cosas»; y, en particular, que «hay la suficiente luz para quienes desean ver, y suficiente oscuridad para quienes tienen una disposición contraria».
Y entre bastantes más cosas, claro, por caer en la cuenta una vez más en la importancia de intentar «pensar bien: he aquí el principio de la moral».
Blaise Pascal. Pensamientos (Pensés, 1659). Madrid: Cátedra, 1998; 392 pp.; col. Letras universales; edición y traducción de Mario Parajón; ISBN: 84-376-1608-5.
domingo, 14 de septiembre de 2008
Así como lo pasé bien con los libros mencionados de
Catón,
Marco Aurelio y
La Rochefoucauld, he disfrutado de verdad releyendo
El arte de la prudencia de
Baltasar Gracián.Es improbable que los héroes incombustibles típicos de «thrillers» hayan sido lectores de Gracián pero los novelistas o guionistas de esa clase de historias harían bien en conocer sus sabios consejos: el de saber «dormir sobre las preocupaciones más que desvelarse por ellas»; el de tener presente que «tontos son los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen»; el de que «conocer el eficaz impulso de cada uno es como tener la llave de la voluntad ajena»; el de que «la reserva es la marca de la inteligencia»; el de que «hay ocasiones tales que lo más sabio es demostrar no saber», pero hay otras que «valer y saberlo mostrar es valer dos veces», y otras en que «causa mayor veneración la opinión y la duda sobre dónde llega la capacidad de cada uno que la evidencia de ella, por grande que fuera».
Bromas aparte, vale la pena reparar en que una de las causas del atractivo de los héroes es precisamente la prudencia, una virtud que enseña a pulsar en cada caso los resortes necesarios para manejar bien las distintas situaciones de la vida: razonar sin precipitación, enjuiciar con claridad, decidir y actuar con acierto. A pesar de que algunos comentarios propongan comportamientos o actitudes tácticas complacientes que pueden ser rechazables —aunque yo no quiero ser ahora de los que «de los átomos hacen vigas»—, Gracián desgrana con elegancia formal y agudeza intelectual cómo ha de ser un comportamiento regido por la prudencia, entendida en este caso como un arte práctico, útil para todo y que «debe extenderse a parcelas que otros reservan para el azar».
La edición que cito presenta los aforismos retocados para hacer más legible el texto a cualquier público.
Baltasar Gracián. El arte de la prudencia - Oráculo manual (1647). Madrid: Temas de Hoy, 1994, 3ª ed.; 184 pp.; col. Clásicos; ed. de José Ignacio Diez Fernández; ISBN: 84-7880-346-7.
domingo, 7 de septiembre de 2008
Me ha gustado leer las Máximas de La Rochefoucauld, no sé si a pesar de o debido a su cinismo. Tal vez también por ver que, a fin de cuentas, el ingenio de salón y las sonrisillas de superioridad al final acaban en nada, pura espuma. He situado, eso sí, el origen de frases como «la hipocresía es un homenaje que el vicio tributa a la virtud», o la de que «es una gran inteligencia saber ocultar la inteligencia», y he reparado, como dice Carlos Pujol, en cuál es la condición «sine qua non» de la elegancia irónica: que el primer blanco ha de ser uno mismo.
También he visto la enorme diferencia del francés con Gracián, que Carlos Pujol explica del siguiente modo: «La Rochefoucauld es más imprevisible, más acicalado y elegante. Gracián es más original, más fuerte y más profundo. Es la archisabida distinción entre el gusto y el genio». Y, en el remate, las instrucciones de ambos se oponen de modo radical: «no hay virtud, ha repetido incansablemente el duque, “la virtud es cosa de veras, lo demás de burlas”, nos dice Gracián en el último aforismo, el que lleva el número trescientos. Las Máximas concluyen con una reflexión sobre la muerte, como punto final, y Gracián termina cifrando en la santidad todas las perfecciones dichas: “En una palabra, santo, que es decirlo todo de una vez”».
François de la Rochefoucauld. Máximas (1678, 1693). Barcelona: Edhasa, 1994; 166 pp.; introd., trad. y notas de Carlos Pujol; epílogo de Giovanni Maccia; ISBN: 84-350-9132-5.
Baltasar Gracián. El arte de la prudencia - Oráculo manual (1647). Madrid: Temas de Hoy, 1994, 3ª ed.; 184 pp.; col. Clásicos; ed. de José Ignacio Diez Fernández; ISBN: 84-7880-346-7.
domingo, 31 de agosto de 2008
Dice Carlos García Gual que «Marco Aurelio resulta un tipo de héroe muy poco frecuente en la Historia —entre otras cosas, porque carece de la alegría autoafirmativa y del énfasis jovial de otras grandes figuras—. Es un filósofo de reducida originalidad. Pero la conexión de su posición histórica, su conducta personal y su actitud filosófica, hacen de él una figura atractiva y un ejemplo apasionante de humanidad». Como es sabido, sus Meditaciones reúnen, de un modo a la vez cerebral y cordial, una serie de propuestas para vivir del modo más acertado posible.
Por ejemplo, para quienes tenemos a veces la mente tan ocupada en nada importante y tan abarrotada de imágenes, este comentario: «La mayor parte de las cosas que decimos y hacemos, al no ser necesarias, si se las suprimiese reportarían bastante más ocio y tranquilidad. En consecuencia, es preciso recapacitar personalmente en cada cosa: ¿no estará esto entre lo que no es necesario? Y no sólo es preciso eliminar las actividades innecesarias, sino incluso las imaginaciones. De esa manera, dejarán de acompañar las actividades superfluas». Porque, dirá más adelante, tal «como formes tus imaginaciones en repetidas veces, tal será tu inteligencia, pues el alma es teñida por sus imaginaciones».
Marco Aurelio. Meditaciones (escritas en los últimos años de su vida, hacia el 170). Madrid: Gredos, 1994, 3ª reimpr.; pp.; col. Biblioteca Clásica Gredos; introducción de Carlos García Gual; trad. y notas de Ramón Bach Pellicer; ISBN: 84-249-3497-0.
domingo, 24 de agosto de 2008
A lo largo del verano he leído por primera vez los libros de aforismos y pensamientos de Catón y de La Rochefoucauld, y el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce; y he releído tres que recordaba poco, los de Marco Aurelio, de Gracián y de Pascal. Así que, a pesar de que Bierce diga que los aforismos son «sabiduría predigerida» (aunque no por eso deje de colocar los suyos), como también es cierto que muchos son excelentes, en domingos sucesivos pondré unos comentarios y algunas frasecillas.
De Marco Porcio Catón (234-149 a.C.), el primer prosista en lengua latina, me ha gustado su «Cíñete al asunto y te saldrán las palabras»; me parece un buen consejo el «Ayuda en cuanto puedas, incluso a los extraños. Mejor ganar amigos que servir al Estado»; y me gusta más todavía el «No condenes jamás a ningún viejo amigo. Aunque cambie, recuerda: le tenías cariño». Entiendo que a consideraciones así, aunque no sólo a ellas, se refería Marco Aurelio cuando proponía la conveniencia de que, «del mismo modo que los médicos siempre tienen a mano los instrumentos de hierro para las curas de urgencia, así también conserva tú a punto los principios fundamentales para conocer las cosas divinas y las humanas, y así llevarlo a cabo todo, incluso lo más insignificante, recordando la trabazón íntima y mutua de unas cosas con otras. Pues no llevarás a feliz término ninguna cosa humana sin relacionarla al mismo tiempo con las divinas, ni tampoco al revés».
Marco Porcio Catón. Dichos de la sabiduría proverbial romana. Barcelona: Península, 1996; 157 pp.; col. Nuestros contemporáneos; edición latino-castellana, con presentación y trad. de Jordi Cornudella; ISBN: 84-297-4184-4.
Marco Aurelio. Meditaciones (escritas en los últimos años de su vida, hacia el 170). Madrid: Gredos, 1994, 3ª reimpr.; pp.; col. Biblioteca Clásica Gredos; introducción de Carlos García Gual; trad. y notas de Ramón Bach Pellicer; ISBN: 84-249-3497-0.
sábado, 26 de enero de 2008
Más aforismos:
—«Homero escribió para ser contado; Sófocles para ser declamado; Herodoto para ser recitado; y Jenofonte para ser leído. De estas diferencias de propósitos en sus obras debía nacer una multitud de diferencias en sus estilos».
—«Sólo se debe emplear en un libro la dosis de ingenio que se requiere, pero en la conversación se puede emplear más de la que se requiere».
—«La ignorancia, que en moral atenúa la falta, es en literatura una falta capital».
—«Lo que acarrea todos los males a nuestra literatura se halla en que nuestros sabios tienen poco ingenio y nuestros hombres de ingenio no son sabios».
—«Los libros que uno se propone releer en la edad madura son muy semejantes a los lugares en donde uno quisiera envejecer».
—«Es imposible volvernos instruidos si sólo leemos lo que nos gusta».
Joseph Joubert. Sobre arte y literatura (de la selección y edición póstuma que hizo Chateaubriand en 1838). Cáceres: Periférica, 2007; 101 pp.; col. Biblioteca portátil; trad. de Luis Eduardo Rivera; ISBN: 978-84-935492-8-2.
sábado, 19 de enero de 2008
No soy muy capaz de hacer una reseña de un libro de aforismos, y menos cuando rebosa tanta inteligencia como
Sobre arte y literatura, de
Joseph Joubert. Así que aquí está una primera selección personal de algunas de sus perlas:
—«Cuando se escribe con facilidad siempre se cree contar con más talento del que se tiene».
—«Antes de emplear una palabra hermosa hazle un sitio».
—«Son buenas obras sólo aquellas que han sido durante mucho tiempo, si no trabajadas, al menos soñadas».
—«En literatura nada vuelve tan imprudente y tan atrevido al intelecto como la ignorancia de los tiempos pasados y el desprecio por los libros antiguos».
—«Incluso para el éxito momentáneo no basta que una obra sea escrita con los atractivos propios del tema: tiene también que ser escrita con los atractivos propios del lector».
Joseph Joubert. Sobre arte y literatura (de la selección y edición póstuma que hizo Chateaubriand en 1838). Cáceres: Periférica, 2007; 101 pp.; col. Biblioteca portátil; trad. de Luis Eduardo Rivera; ISBN: 978-84-935492-8-2.