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Notas del archivo 'Biblia' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 20 de febrero de 2015

Abram y su gente, de José Jiménez Lozano, son veintisiete relatos inspirados en escenas o personajes bíblicos. El primero presenta el escenario donde los demás se van a contar: un pueblo que podría ser del Este de Europa en el que conviven cristianos, judíos, musulmanes, ortodoxos y ateos. Los sucesivos relatos se narran en la barbería, o en la sinagoga, o en los juzgados…, y, aparte del episodio bíblico que alguien narra o evoca, hay también comentarios de los oyentes que apuntan alguna conclusión que sacan o señalan el poso que les ha dejado la historia.

Es un libro que se ha de sumar a otros del autor con la misma base bíblica: Sara de Ur, El viaje de Jonás, Libro de visitantes, Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda (1325-1402), Un dedo en los labios. Como los relatos que se contienen en ellos, estos también vienen narrados de modo sencillo, con imágenes de origen popular que se imponen por sí mismas: la memoria de los hombres «enseguida desaparece como el agua derramada»; David dejó dicho que los días del hombre «son como sombra que pasa»...

Un estudio conclusivo final —con apoyo en textos del autor y en obras como Mímesis—, habla de la importancia que concede Jiménez Lozano a volver a contar las historias bíblicas: en su opinión, la falta de profundidad y de universalidad de la literatura española de hoy se debe a su desconocimiento, lo que ve como una gran carencia cultural. Aparte, se señala cómo estas historias nos hacen pensar en lo que de verdad importa y nos enfrentan con nosotros mismos: por ejemplo, después de oír la historia de Moisés el narrador apunta que «la historia se resume en que todos preferimos las ollas de carne a la libertad, pero no lo decimos porque no suena bonito, susurró alguien».

José Jiménez Lozano. Abram y su gente (2014). Madrid: BAC, 2014; 176 pp.; col. Narrativa; ISBN: 978-84-220-1762-2. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 14 de julio de 2013

Abraham Skorka: «El libro de Job nos da una gran enseñanza, porque —en síntesis— dice que no podemos entender cómo se manifiesta exactamente Dios en las acciones individuales. Job, que era un hombre de justicia, de rectitud, quiere saber por qué perdió todo, hasta su salud. Sus amigos le dicen que Dios lo castigó porque ha pecado. Él les contesta que aun si hubiera pecado, no era para tanto. Recién cuando aparece Dios, Job se queda tranquilo. No obtiene una respuesta, lo único que existe es un sentir del Señor. De este relato se pueden deducir varias cosas que marcan mi personal percepción de Dios. Primero: que los amigos de Job —que defendieron una tesis que decía “has pecado, por ende, Dios te ha castigado”, transformando a Dios en una especie de computadora que premia o castiga— incurrieron en arrogancia y necedad. Al final del relato, Dios le dice a Job —que tanto le recriminaba la injusticia que el Creador hizo con él— que interceda en oración por sus amigos, porque ellos habían hablado incorrectamente acerca de él. Quien gritó sus penas a los cuatro vientos al reclamar por la justicia celestial fue visto placenteramente por Dios. Los que sostenían un discurso esquemático acerca de la esencia de Dios fueron aborrecidos por Él. Dios, a mi entender, se revela a nosotros de un modo muy sutil. Nuestro sufrimiento en el presente podría ser una respuesta para otros en un futuro. O tal vez seamos nosotros una respuesta de algún pasado».

Jorge Bergoglio: «El libro de Job es una continua discusión sobre la definición de Dios. Hay cuatro sabios que van elaborando esa búsqueda teológica, y todo termina con una expresión de Job: “Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos”. La imagen de Dios que tiene Job al final es distinta de la del principio. La intención de este relato es que la noción que tienen estos cuatro teólogos no es verdadera, porque a Dios siempre se lo está buscando y encontrando».

Jorge Bergoglio y Abraham Skorka. Sobre el cielo y la tierra (2010). Barcelona: Debate, 2013; 224 pp.; edición a cargo de Diego F. Rosemberg; ISBN: 978-8499923369.

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domingo, 7 de julio de 2013

Abraham Skorka: «En la literatura rabínica se pregunta qué es lo que no le gustó a Dios en la torre de Babel. ¿Por qué frenó la construcción confundiendo las lenguas? La explicación más simple de la lectura del texto es porque esas construcciones que trataban de llegar a los cielos eran parte de un culto pagano. Implicaba un acto de arrogancia con respecto a Dios. El midrash dice que a Dios le molestó que a los constructores de la torre les importara más perder un ladrillo que si desde semejante altura se cayera un hombre. Eso es lo que pasa hoy, es el juego entre el don y la tarea. El equilibrio tiene que ser exacto, el hombre tiene que progresar pero para volver a ser hombre. Si bien el que sembró y generó todo es Dios, el centro de lo material y de la gran obra divina es el hombre. En la realidad que estamos viviendo lo único que importa es el éxito del sistema económico, y lo último que importa es el bienestar de todos los hombres».

Jorge Mario Bergoglio: «Lo que usted dijo es genial. En el síndrome de Babel no está solamente la postura constructivista, sino que también aparece la confusión de lenguas. Eso es típico de situaciones en las que se da una exageración de la tarea, ignorando el don, porque en ese caso el puro constructivismo lleva a la falta de diálogo, que a su vez conlleva la agresión, la desinformación, la crispación…»

Jorge Bergoglio y Abraham Skorka. Sobre el cielo y la tierra (2010). Barcelona: Debate, 2013; 224 pp.; edición a cargo de Diego F. Rosemberg; ISBN: 978-8499923369.

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domingo, 18 de marzo de 2012

T. S. Eliot
:
«Podría despotricar en contra de esos hombres de letras que dicen extasiarse ante “la Biblia como literatura”, la Biblia como “el monumento más noble de la prosa inglesa”. Aquellos que hablan de la Biblia como un “monumento de la prosa inglesa” están admirándola, meramente, como el monumento que corona la tumba del cristianismo. Sin embargo, debería evitar las digresiones: basta con sugerir que, tal vez como la obra de Clarendon, Gibbon, Buffon o Bradley, tendría un valor menor si fuese insignificante en tanto historia, ciencia o filosofía, respectivamente, así la Biblia debe su influencia literaria sobre la literatura inglesa no al hecho de que se la haya considerado literatura, sino a que se la ha considerado Palabra de Dios. Que los hombres de letras la consideren hoy “literatura” probablemente sea un indicio del fin de su influencia “literaria”».

T. S. Eliot. «Religión y literatura» (contribución a Faith That Illuminates, 1935), La aventura sin fin. Barcelona: Lumen, 2011; 583 pp.; col. Palabra en el tiempo; edición de Andreu Jaume; trad. de Juan Antonio Montiel; ISBN: 978-84-264-1920-0. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 6 de febrero de 2011

Cuenta Claudio Magris que, a finales de los años veinte, una revista berlinesa le preguntó a Bertold Brecht qué libro le había producido una impresión más fuerte, y él respondió: «Se reirá usted: la Biblia». Y sigue Magris: «Brecht encontraba en la Biblia un alfabeto para leer el mundo; la grandeza de un texto que dice, brutalmente y sin dorar la píldora, la desnuda verdad sobre la vida y la muerte, el eros y la violencia, lo maravilloso y el sabor a ceniza, la altura a la que pueden llegar los hombres elevándose por encima de sí mismos hasta concebir un absoluto que los trasciende, los sostiene o los anula, y la infame bajeza en la que pueden caer los mismos hombres.

La Biblia es el gran código de la civilización —ha escrito Northrop Frye— no sólo por el repertorio de símbolos, figuras, imágenes e historias que ha ofrecido y sigue ofreciendo a lo largo de los siglos, sino porque cuenta, metiéndola en la épica sensual de las vicisitudes concretas de unos hombres y de un pueblo, los motivos fundamentales de la vida, individual y colectiva: nacer, desear, errar, fundar, destruir y perder patrias, amar y odiar al hermano, vivir intensa y sensualmente la existencia, su gloria y su vanidad, elevarse a la intuición y a la revelación de lo que trasciende el tiempo, la vida, las cosas creadas y la propia mente que trata de imaginar a ese Dios que es justicia y amor pero en cuyas manos, dicen las Escrituras, es también terrible caer, precisamente porque es inconcebible, totalmente otro con respecto al hombre».

Claudio Magris. «El alfabeto del mundo», artículo de 2006, en Alfabetos. Ensayos de literatura (Alfabeti, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 415 pp.; col. Argumentos; trad. de Pilar González Rodríguez; ISBN: 978-84-339-6315-4.

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domingo, 16 de mayo de 2010

Ernst Jünger:
«Después de los Salmos son pocos los pasajes de la literatura mundial en los que el ser humano, desligado de todas las ataduras temporales y locales, levante su voz como si en ella se concentrase el destino de todos los que fueron, son y serán. Lo que hay ahí no es ya la Tierra con sus montañas y sus mares, no es ya el Cielo con el sol y las estrellas, no son ya los pueblos con sus héroes y sus dioses — sólo él mismo, el hombre, es para sí el enigma, a solas con su destino. Tal vez haya sido ahí tocada la cuerda, encontrado el sonido que penetra más hondo en el Universo que todos los rayos de luz».

Ernst Jünger. Pasados los setenta I (1965-1970) - Radiaciones (Siebzig Verweht I Strahlungen III, 1982). Barcelona: Tusquets, 1995; 591 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-848-2.

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domingo, 17 de agosto de 2008

Otro comentario literario de Gerhard von Rad, a propósito del texto bíblico donde se cuenta la destrucción de Sodoma (Lot 19, 26-28), es este: «El arte narrativo del Antiguo Testamento está muy al corriente de las dificultades que envuelve una exposición sugestiva de acontecimientos globales y, por eso, siempre que puede bosqueja de modo indirecto el conjunto mediante detalles; con ello el relato gana viveza. Así pues, nuestro relato se cierra con la descripción de dos hechos aislados que procuran al lector una perspectiva más sobre el horror de lo ocurrido. Son estos hechos la mujer de Lot mirando hacia atrás, y Abraham sumido en la contemplación del país devastado».

Gerhard von Rad. El libro del Génesis (Das erste Buch Mose. Genesis, 1972). Salamanca: Sígueme, 1988, 3ª ed.; Col. Biblioteca de Estudios Bíblicos; trad. de Santiago Romero; ISBN: 84-301-0459-3.

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domingo, 27 de julio de 2008

En su pormenorizado análisis del libro del Génesis, después de comentar el relato del Paraíso y la Caída, Gerhard von Rad indica: «Nada tan sorprendente como la reserva, la sobriedad, la frialdad de la historia bíblica si se la compara con los exuberantes y chillones colores de los mitos de otros pueblos. Todo este relato apunta a la vida postparadisíaca —la mujer, el padre, la madre, los animales, la labranza, la fatiga, el parir—, y no a cosas remotas y pasadas. En ningún pasaje se permite el narrador descripciones de corte mitológico».

Gerhard von Rad. El libro del Génesis (Das erste Buch Mose. Genesis, 1972). Salamanca: Sígueme, 1988, 3ª ed.; Col. Biblioteca de Estudios Bíblicos; trad. de Santiago Romero; ISBN: 84-301-0459-3.

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domingo, 13 de julio de 2008

Comentando la escena del Génesis en la que Adán pone nombre a los animales (2, 19-20), Gerhard von Rad dice: «El centro de gravedad del pasaje no está en la invención de vocablos sino en esa íntima apropiación cognoscente e interpretadora que se produce en el lenguaje. Resulta muy interesante ver cómo aquí el lenguaje no es considerado un medio de comunicación sino una capacidad de orden espiritual con cuya ayuda ordena el hombre conceptualmente el ámbito de su vivir. Hablando concretamente: si el hombre dice “buey” no sólo ha inventado la palabra “buey”, sino que además ha entendido como “buey” tal o cual criatura y la ha insertado como su auxiliar en el mundo de sus nociones y en el marco de su existencia».

Gerhard von Rad. El libro del Génesis (Das erste Buch Mose. Genesis, 1972). Salamanca: Sígueme, 1988, 3ª ed.; Col. Biblioteca de Estudios Bíblicos; trad. de Santiago Romero; ISBN: 84-301-0459-3.

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domingo, 15 de junio de 2008

Gerhard von Rad: «“El necio se irrita contra Dios” (Proverbios 19, 3). [En el mismo Antiguo Testamento] posteriormente esta misma idea se formula con mayor profundidad teológica: “Piensa el necio: ‘No hay Dios’” (Salmos 14, 1). El ateísmo práctico se ve como una necedad. Esta valoración moral, e incluso teológica, de un conocimiento imperfecto, más aún, de un conocimiento rechazado, refleja una de las concepciones antropológicas más interesantes de todo el Antiguo Testamento».

Gerhard von Rad. Sabiduría en Israel (Weisheit in Israel, 1982). Madrid: Cristiandad, 1985; 408 pp.; trad. de D. Mínguez Fernández; ISBN: 84-7057-377-2.

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domingo, 28 de octubre de 2007

Gerhard von Rad: 
«El único modo de entender correctamente las respuestas de los maestros antiguos consiste en interpretarlas desde una perspectiva que se ajuste lo más posible a los presupuestos de su propia comprensión de la realidad, sin los cuales toda respuesta resulta arbitraria. Cualquier manifestación de la realidad es, en sí misma, una magnitud insondable. Sólo una mentalidad ingenua puede apreciarla de manera tan evidente que la lleve a la convicción de que puede medir, sin más, el bagaje cultural y religioso de los demás pueblos con la medida de sus concepciones personales. La visión que tenía Israel de su realidad circundante era totalmente distinta de la de Sófocles. Las doctrinas con las que Israel daba respuesta a las cuestiones más acuciantes de la vida provenían de una mentalidad totalmente liberada de la fe en unos poderes míticos e intramundanos. Su lucha por el conocimiento obedecía a las directrices de una razón perfectamente lúcida que la orientaba hacia un universo desmitificado. Pero las convergencias entre esta desmitificación del mundo, llevada a cabo por Israel, y nuestra concepción moderna de la realidad no son más que aparentes, porque aquella visión del mundo tan radicalmente profana respondía a la idea de que ese mundo estaba no menos radicalmente sometido a la soberana actuación de Dios, es decir, que ese mundo no era más que el resultado de una acción creadora de Dios».

Gerhard von Rad. Sabiduría en Israel (Weisheit in Israel, 1982). Madrid: Cristiandad, 1985; 408 pp.; trad. de D. Mínguez Fernández; ISBN: 84-7057-377-2.

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domingo, 23 de septiembre de 2007

He aprendido mucho al leer Sabiduría en Israel, un denso estudio de Gerhard von Rad sobre los libros sapienciales del Antiguo Testamento: Proverbios, Job, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría.
Explica el autor que los antiguos maestros de Israel llevaron a cabo su actividad intelectual con una gran «amplitud de miras, para la cual era imprescindible (...) un “corazón franco”, una “mente abierta como las playas junto al mar” (1 Re 5, 9). Es ésta una expresión espléndida de lo que constituía la tarea y, al mismo tiempo, el presupuesto del humanismo israelita».

Habla también de cómo «un amplio sector de conocimientos fundamentales sobre la constitución del mundo y la esencia de la vida no se podían expresar entonces más que en forma poética; de modo que la expresión artística era sencillamente una verdadera necesidad vital e intelectual. En virtud de este carácter evocador, la palabra poética poseía a veces la fuerza de un conjuro, como sucede incluso hoy día con algunos poemas, capaces de ejercer una atracción verdaderamente mágica». Y, en relación a esto, menciona «una frase de Píndaro que, aunque no se puede aplicar a la letra al pensamiento hebreo, tiene un sentido perfectamente válido incluso para Israel: “Mente ciega la que se aventura a rastrear los caminos elusivos de la sabiduría, de espaldas a las musas”».

Gerhard von Rad. Sabiduría en Israel (Weisheit in Israel, 1982). Madrid: Cristiandad, 1985; 408 pp.; trad. de D. Mínguez Fernández; ISBN: 84-7057-377-2.

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jueves, 29 de marzo de 2007

Una cita de José Jiménez Lozano que enlaza con una nota de hace unos días: «Gilbert Murray ha escrito en alguna parte que la lectura de los evangelios, ya sea en griego o en nuestra lengua, o la lectura de Homero, en el original o traducido, deja en nuestras mentes algo estéticamente valioso; es decir, una especie de cuadro del mundo homérico, o del Reino de Dios, aunque no podamos citar ningún pasaje. Por esto mismo la necedad que afirma que lo que importa es que los niños lean cualquier cosa, y que el caso es que lean, adquiere unos tintes verdaderamente siniestros, porque esas banales lecturas constituirán también la textura de la banalidad de la vida futura de esos pequeños lectores o escuchadores. La verdad es que, si uno no se acerca a algo serio y hermoso muy pronto, enseguida será muy tarde para ello, y la mayor parte de las veces ya imposible. Todo rodará por la banalidad, y será espléndida la cosecha de hombres redondos, vacíos y felices».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña (2003). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa Contemporánea; ISBN: 84-8191-516-5.

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domingo, 4 de febrero de 2007

La Biblia es también una llave de entrada en el arte occidental. Y aunque su conocimiento no es «el único medio de amueblar una mente», dice Allan Bloom, «sin un libro de similar gravedad, leído con la gravedad del creyente potencial, permanecerá desamueblada, es decir, vacía».

Allan Bloom. El cierre de la mente moderna.

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viernes, 14 de abril de 2006

También en el mismo libro citado ayer, de Chesterton, hay un sensacional artículo titulado «El libro de Job», en el que comenta con cierta extensión la respuesta que da Dios a los comentarios de Job y sus amigos. Pero ahora traigo aquí un texto del entonces sacerdote Joseph Ratzinger, donde se indica que «la respuesta a Job no es más que un comienzo, un precavido anticipo de la respuesta que da Dios en la cruz y en la resurrección comprometiendo a su propio Hijo. (...) La respuesta de Dios no es explicación sino hecho. Responde padeciendo con nosotros, no con un mero sentimiento, sino en realidad. La compasión de Dios tiene carne. Se llama flagelación, coronación de espinas, crucifixión, tumba. Ha penetrado en nuestro sufrimiento personalmente. Lo que eso significa, lo que pueda significar, podemos aprenderlo ante las grandes imágenes del crucificado y ante aquellas que representan a la madre con el hijo muerto, en el crepúsculo. Con esas imágenes y en ellas, se ha transformado el sufrimiento para los hombres: estos han aprendido que Dios mismo mora en lo más íntimo del sufrimiento» Y, continúa luego el autor, «desde ese momento [de la cruz] existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo».

Joseph Ratzinger. El Dios de los cristianos. Meditaciones (Der Gott Jesu Christi. Betrachtungen über die dreieningen Gott, 1976). Salamanca: Sígueme, 2005; pp.; col. Verdad e imagen Minor; trad. de Luis Huerga; ISBN: 84-301-1572-2.
G. K. Chesterton. «El libro de Job», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en
G.K.C as M.C.

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