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Notas del archivo 'Sociedad (convivencia)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 18 de noviembre de 2017

Algunas citas sobre convivencia que Simon Leys recoge en Ideas ajenas:

—«La base de toda existencia civilizada es el respeto de los contrarios». Cicerón.

—«Nadie está exento de decir sandeces; lo malo es decirlas con esmero». Montaigne.

—«La definición aproximada de gentleman es la de aquel que nunca inflige dolor». Newman.

—«No dudo que las personas honestas estén de mi parte, pero me gusta que me lo digan». Abad Mugnier.

—«Los "sí, sí" de la multitud no valen tanto como el "no, no" de un hombre honesto». Sima Quian.

Simon Leys. Ideas Ajenas (Les idées des autres, 2005). Salamanca: Editorial Confluencias, 2015; 141 pp.; trad. de José Miguel Parra y de Teresa Lanero; ISBN: 978-84-943830-5-2. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 29 de septiembre de 2017

Como ayer, varios párrafos tomados de lecturas de Josep Pla de estos meses pasados, esta vez relativos a su modo irónicamente bienhumorado y sensato de afrontar la vida:

—«En los pueblos vale más no tener ninguna idea que cambiar de opinión. Esto último no lo perdonan ni los amigos». (El cuaderno gris)

—«Yo comprendo todas las utopías sociales, todas las ideas, las que sean. El anarquismo, sin embargo, me ha producido siempre una sensación de molestia física, de barullo desagradable –de llegar a la cama y encontrar y que aún no está hecha». (El cuaderno gris)

—«A mí me gusta coincidir con todo el mundo siempre que la coincidencia pueda producirse sobre calidades probadas y ciertas. Se me hace difícil, en cambio, sumarme a la opinión de los demás si de lo que se trata esencialmente es de contribuir a densificar el entontecimiento general». (Viaje en autobús)

—«Cuando uno piensa en esto que se ha llamado la vida moderna, se da cuenta de que lo que quizá la caracteriza de una manera más acentuada, son estos dos hechos: la baja calidad de sus obras y el despilfarro del tiempo». (Viaje en autobús)

—«Socialmente, señora, lo natural es malo. Es mucho más natural no lavarse la cara que lavársela». (Viaje en autobús)

Josep Pla. El cuaderno gris (El quadern gris, escrito en 1918-1919 y publicado en 1966). Madrid: Unidad editorial, 1999; 575 pp.; col. Millenium; trad. de Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros; prólogo de Carmen Rigalt; ISBN: 84-8130-157-4. Otra edición en Barcelona: Destino, 2016; edición para Kindle ASIN: B01FN32XDA. [Vista del libro en amazon.es]
Josep Pla. Viaje en autobús (1942). Madrid: Austral, 2015; 272 pp.; col. Booklet Austral Básicos; ISBN: 978-8423349036.[Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 23 de febrero de 2014

En el libro citado hace unos días, antes de llegar a la conclusión de que Hitler fue un nacionalista extremo, «tal vez el que más de todas las personalidades destacadas del siglo XX», y de que por eso en él «el odio hacia sus adversarios era más fuerte y menos abstracto que el amor por su pueblo», una «marca distintiva de la mente de todo nacionalista extremo», John Lukacs hace unas interesantes distinciones:

«Cuando Samuel Johnson pronunció su célebre dictamen “el patriotismo es el último refugio de un canalla”, quería decir nacionalismo, ya que esa palabra aún no existía en inglés. El patriotismo (como observa George Orwell en uno de los pocos ensayos existentes acerca de su diferencia con el nacionalismo) es defensivo, mientras que el nacionalismo es agresivo; el patriotismo está arraigado en la tierra, en un país particular, mientras que el nacionalismo se aplica al mito de un pueblo (de hecho, a una supuesta mayoría); el patriotismo es tradicionalista, el nacionalismo es populista. El populismo es völkisch (folkish), el patriotismo no lo es. Este fenómeno —o, mejor, tendencia— es casi universal en el siglo XX; el siglo XIX estuvo lleno de nacionalistas liberales, algunos de ellos personajes ejemplares y nobles, en el siglo XX esto rara vez fue así. Cien años antes, la distinción de Orwell (1943) entre nacionalismo y patriotismo habría parecido forzada, habría tenido relativamente poco sentido. Incluso hoy el nacionalismo y el patriotismo se solapan a menudo en la mente y el corazón de una misma persona. Sin embargo, debemos ser conscientes de las diferencias entre ellos; debido al fenómeno del nacionalismo populista que, al contrario que el anticuado patriotismo, es inseparable del mito de un pueblo. Es posible ser un patriota y, al menos culturalmente, cosmopolita, pero un populista es, de modo inevitable, una especie de nacionalista mediocre. El patriotismo, igualmente, es menos racista que el populismo: un patriota no excluiría a una persona de otra raza de la comunidad en la que han convivido y a la que conoce de hace muchos años, pero un nacionalista siempre mantendrá sus recelos hacia alguien que no parece pertenecer a su pueblo, o, más probable, a su manera de pensar. “El nacionalista patriotero”, dijo con acierto Alfred Duff Cooper, “es siempre el primero en denunciar por traidores a sus compatriotas”».

John Lukacs. El Hitler de la historia: juicio a los biógrafos de Hitler (The Hitler of History, 1997). Madrid: Turner, México: Fondo de Cultura Económica, 2003; 293 pp.; trad. de Saúl Martínez; ISBN: 84-7506-595-3.

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domingo, 23 de diciembre de 2012

Joubert: «La piedad nos vincula a lo más poderoso que existe, que es Dios, y a lo más débil, como los niños, los ancianos, los pobres, los inválidos, los desgraciados y los afligidos. Sin ella, la vejez ofende la vista, la invalidez repele, la imbecilidad produce aversión. Con ella, en la vejez sólo vemos la edad avanzada; en la invalidez, el sufrimiento; en la imbecilidad, la desgracia. No experimentamos sino respeto, compasión y deseo de consolar».

Pascal, La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues, Chamfort, Joubert. Moralistas franceses. Máximas, pensamientos y caracteres. Córdoba: Almuzara, 2008; 1214 pp.; Biblioteca de Literatura Universal; trad. de Salustiano Masó y José Antonio Millán Alba; introducción de Alicia Yllera; edición de José Antonio Millán Alba; ISBN: 978-84-96968-28-8.

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viernes, 21 de diciembre de 2012

Retorno al pudor, de Wendy Shalit, es un ensayo que se podría describir como una una desvergonzada defensa de la vergüenza o una impudorosa defensa del pudor. Hay aquí una breve biografía de su autora —que escribió su libro con 23 años— y aquí una buena reseña explicativa de su libro.

Por mi parte no necesitaría tantas anécdotas como cuenta, unas personales y otras tomadas de la prensa del corazón y de las páginas de sucesos, pero, sea como sea, me ha gustado su planteamiento: «escribo porque veo mucha infelicidad a mi alrededor», una infelicidad que, apunta, nunca vio en sus padres ni en sus abuelos, todos ellos buenos judíos. La autora comienza con un reconocimiento de que las reclamaciones feministas son justas, para señalar luego que la forma en que muchas se intentan llevar a la práctica, también por parte de no pocas mujeres, son las propias de «una cultura esencialmente machista (…) que considera que todas las ilusiones románticas son “complejos” anómalos». Explica bien que, tal como están planteados, los programas de educación sexual en las escuelas son contraproducentes muchas veces.

La autora termina señalando que «debido al asalto contra la infancia que se produce hoy en día, debido a la intromisión de los educadores sexuales, y de los preservativos, y de las letras obscenas que padecemos desde que somos bien pequeños, o quizá debido a los padres que han abandonado a sus hijos, muchos de nosotros tenemos la impresión de que nunca hemos tenido la oportunidad de ser jóvenes. El pudor sexual es un ideal para nosotros, y me atrevo a predecir que se convertirá en un ideal cada vez para más personas, porque es una manera de reafirmar nuestra inocencia». La propuesta con la que se cierra el libro es educativa: «¿Tendrán mis hijos la fortuna de que les permitan ser niños? ¿Quién sabe? Desde luego, por intentarlo que no quede, y ya veremos qué sucede. Al fin y al cabo, no veo por qué nuestros padres van a tener el monopolio de las revoluciones sexuales».

Wendy Shalit. Retorno al pudor (A Return to Modesty. Discovering the Lost Virtue, 1999). Madrid: Rialp, 2012; 400 pp.; trad. de Javier García Verdugo; ISBN: 978-84-321-3963-5.

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jueves, 18 de octubre de 2012

No conocía Carta a un rehén, un texto breve que Antoine Saint-Exupéry escribió como prólogo a un libro de León Werth, un amigo judío a quien había dedicado El principito. En él se refiere al sufrimiento de los perseguidos y emigrados durante la guerra Mundial, al modo en que surge y se afianza la amistad, a la sabiduría que nos hace valorar los acontecimientos simples pero esenciales de la vida. Así, a propósito de un momento de tensión, resuelto cuando una persona sonríe, dice: «A menudo lo esencial no tiene peso. Aquí, en apariencia, lo esencial ha sido una sonrisa. A menudo una sonrisa es lo esencial. A uno le pagan con una sonrisa. Le recompensan con una sonrisa». Y, más adelante, indica cómo una sonrisa no modifica nada visible pero lo transforma todo «en su misma sustancia».

Antoine Saint-Exupéry. Carta a un rehén (Lette à un otage, 1943). Barcelona: Nortesur, 2011; 96 pp.; trad. de Julia Escobar; posfacio de François Gerbod; cronología y bibliografía de Déborah Puig-Pey; ISBN: 978-84-93784102.

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domingo, 7 de octubre de 2012

Para explicar por qué la novela entró en crisis en la segunda mitad del siglo XX, John Lukacs da, como primera razón, esta: que «los Hechos se han vuelto más extraños que la Ficción. (...) Estoy pensando en la cantidad de despropósitos que nos rodean noche y día, que se hacen patentes en los anuncios publicitarios, en los eslóganes, en las campañas de promoción, en ese pseudolenguaje tecnológico y pueril, en los sonidos y los gritos de la música popular, etc. Es difícil satirizar y parodiar estas cosas porque para hacerlo no haría falta tanto distorsionar la realidad cuanto exagerar los disparates que de hecho ya existen. La imprescindible imaginación del novelista desfallece, no sólo ante la monstruosidad, sino ante la acumulación mortífera de estupideces que se da en esta era de la alfabetización universal, cuando uno se topa con tantas banalidades en la conversación, y tantas faltas expresivas en el lenguaje público que la propia grabación y reproducción fiel de este parecería una exageración de todo punto irreal».

John Lukacs. El futuro de la Historia (The Future of History, 2011). Madrid: Turner, 2011; 158 pp.; col. Noema; trad. de María Sierra; ISBN: 978-84-7506-446-8.

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sábado, 22 de septiembre de 2012

Adam Zagajewski: «En cierta ocasión, dos sabios se encontraron en un claro del bosque. Hablaron de la miseria del mundo, de la civilización inhumana, de la catástrofe que había sufrido la vida interior de las personas, de la destrucción del sentimiento religioso. Coincidían casi por completo: la palabra de uno de ellos podría ser la palabra del otro. El silencio de uno era el silencio del otro. Condenaban lo que merecía ser condenado, y, no obstante la gravedad de la situación, secretamente casi se alegraban de no estar solos en este mundo atroz y desierto, de tenerse el uno al otro.

El primer desacuerdo salió a la luz por la tarde, tras el crepúsculo, cuando, despidiéndose con cordialidad y aprontándose a partir, se confiaron mutuamente sus planes.
—Yo vuelvo al desierto —dijo el primer sabio—; ayunaré, meditaré, despreciaré el mundo y leeré a los clásicos.
—Pues yo —repuso el segundo sabio— voy a Antioquía, me encontraré con la gente, la convenceré de mi (de nuestra) visión de las cosas, voy a pensar y a escribir, a publicar artículos y libros, y a lo mejor resulta que alguien los lee y puedo convencerlo y hacer que cambie.

El primer sabio lo miró con hostil desdén, con indisimulable desprecio, y desapareció en la oscuridad».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena (W cudzym pięknie, 2000). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa contemporánea; trad. de Angel Enrique Díaz-Pintado Hilario; ISBN: 84-8191-568-8.

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domingo, 10 de julio de 2011

Cuando habla de que, a lo largo de la historia, se han ido dando desgracias que la humanidad ha vivido como si fueran fines del mundo, dice Adam Zagajewski: «¿Cómo vivir tras tantos fines del mundo? Adorno consideraba que la poesía era imposible después de Auschwitz. Pero la ropa se seca tendida en las cuerdas blancas y resuena la risa de un niño. El niño crecerá y será policía o cura. Por eso creo que, después del fin del mundo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Naturalmente, es preciso recordar lo que ha ocurrido y pensar en lo que ocurrirá, pero, así y todo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Dar largos paseos. Contemplar las puestas de sol. Creer en Dios. Leer poesías. Escribir poesías. Escuchar música. Ayudar al prójimo. Hacer la pascua a los tiranos. Alegrarse del amor y llorar la muerte. Como si no hubiera pasado nada».

Adam Zagajewski. Solidaridad y soledad (Solidarność i samotność, 1990). Barcelona: Acantilado, 2010; 188 pp.; trad. de A. Rubió y J. Slawomirski; ISBN: 978-84-92649-72-3.

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viernes, 17 de diciembre de 2010

La nieta del señor Lihn,
de Philippe Claudel, es una novela corta construida para llegar al corazón.

El señor Lihn es un anciano refugiado de un país del sureste asiático, podemos suponer que Vietnam, que se encuentra completamente desorientado, junto con su nieta de tres meses, en una ciudad occidental, podemos suponer que París. El narrador nos hace saber que, como consecuencia de la guerra en su país, han fallecido su hijo y su nuera, y él ha tenido que huir con su nieta. Nos cuenta que vive en un centro de refugiados y, en sus salidas a la calle, en un banco de un parque conoce a un hombre corpulento y viudo, llamado Bark, a quien no comprende pero con el que, poco a poco, va teniendo confianza e intercambiando palabras y gestos de afecto. Aunque poco a poco el señor Linh va encontrándose cómodo, todo cambia cuando lo ingresan en un centro hospitalario.

Es destacable la construcción de la historia: el narrador es cuidadoso con el lenguaje y escoge mucho lo que dice y lo que no dice. Se centra en hacernos conocer el mundo interior del señor Linh, pero también nos transmite las reacciones de gente de su alrededor y algunas cosas que le dicen, tanto el señor Bark como algunas otras personas. El señor Linh no las entiende, o las entiende muy parcialmente, pero el lector, se supone, sí debe hacerse cargo de lo que de verdad está ocurriendo. Esta presentación de las emociones nada enfática, que se podría llamar minimalista, hace que dejemos de lado los aspectos del relato que nos parecen improbables —y que al llegar el desenlace no lo son tanto—, y le da una fuerza particular a sus mensajes de lucha y esperanza por un lado, de compasión y amistad por otro.

Philippe Claudel. La nieta del señor Lihn (La petite fille de Monsieur Linh, 2005). Barcelona: Salamandra, 2006; 126 pp.; col. Narrativa; trad. de Jose Antonio Soriano; ISBN: 84-9838-003-0.

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jueves, 25 de junio de 2009

Otra visión de los ancianos en nuestra sociedad, que se puede sumar a que ofrece Arrugas, es la de Luisito, de Susanna Tamaro.

Anselma, una mujer mayor, antigua maestra, vive sola y encuentra compañía y consuelo en un papagayo abandonado. Le pone Luisito porque su mejor amiga fue una compañera de estudios que se llamaba Luisita. En esa situación, en la que la presencia de Luisito redimensiona las cosas de nuevo, evoca su pasado y se lamenta un tanto de su presente, en particular del comportamiento de su hijo, su nuera y sus nietos.

Es un relato sencillo, fluido y eficazmente construido. Transmite simpatía por la protagonista y, en ese clima, conduce al lector a la identificación con ella, aunque incidiendo en exceso, creo yo, en los acentos tipo «a dónde vamos a ir a parar». En cualquier caso, seguro que muchos lectores conectarán bien con un episodio en el que Anselma impone su autoridad de maestra en una clase difícil, igual que con sus reflexiones a propósito del comportamiento maleducado de sus nietos, que sus padres consienten y no corrigen: «Gracias, la palabra mágica —como les decía a los alumnos: mágica porque abría todas las puertas y cerraba con delicadeza las que debían cerrarse—, había desaparecido del mundo civilizado».

Susana Tamaro. Luisito (Luisito. Una storia d’amore, 2008). Barcelona: Seix Barral, 2009; 144 pp.; trad. de Guadalupe Ramírez; ISBN: 978-84-322-3184-1.

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domingo, 2 de noviembre de 2008

Chesterton
«Hay más de un modo de cometer infanticidios, y uno de ellos es asesinar a la infancia sin asesinar al niño».

Spaemann: «Hans Jonas ha señalado con toda razón que el paradigma fundamental del comportamiento moral es la conducta del hombre con un niño desamparado».

Grandes aplausos a La Huella Digital y a Vagón-bar por su blogocampaña.

G. K. Chesterton. Maestro de ceremonias (G.K.C. as M.C., 1929). Buenos Aires: Emecé, 2006; 218 pp.; col. Emecé ensayo; trad. de María Manuela Conde; ISBN: 950-04-2767-2.
Robert Spaemann. Felicidad y benevolencia (Glück und Wohlwollen, 1989). Madrid: Rialp, 1991; 285 pp.; col. Cuestiones fundamentales; trad., notas y estudio introductorio de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2689-6.

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domingo, 4 de noviembre de 2007

Claudio Magris: «No es fácil ser señores enseguida, en las relaciones con el mundo, después de haber estado durante mucho tiempo sometidos: el señorío, la tranquila modestia que no tiene necesidad de afirmaciones ni reconocimientos, esa despreocupación en lo tocante a sí mismos que nos hace más desenvueltos y serenos, nacen de la libertad y la seguridad de las que la persona se ha empapado como cosa natural. La violencia y la injusticia, como cualquier otra penalidad y dolor, son mala escuela, dejan marcas en el rostro y en el alma de quien las sufre; los infelices y los parias son a menudo también desagradables. Pero por eso hay que amarles y ayudarles más, porque la culpa de esas cicatrices que los desfiguran espiritualmente es de quien les ha inflingido esas heridas. Los violentos y los prevaricadores, escribe Manzoni, son responsables no sólo del mal que infligen a sus víctimas, sino también de aquel al que les inducen a continuación los agravios sufridos. Toda minoría que sale de la marginación —nacional, cultural, religiosa, política, sexual— tiende, por lo menos al principio, al narcisismo exhibicionista y hasta que no se libera de él, aprendiendo a vivir espontáneamente su propia peculiaridad y a no hacerle demasiado caso, revela estar todavía, interiormente, en una condición de inferioridad».

Claudio Magris. «La astilla y el mundo», Utopía y desencanto.

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domingo, 8 de octubre de 2006

De los relatos contenidos en El ajuar de mamá, Jiménez Lozano dedica unos cuantos a los aires laicos que también corren por la vieja Castilla. En uno titulado «El debido respeto», se narra una escena sucedida cuando el pueblo tiene que ir a votar a una escuela de la que han quitado el Crucifijo y, al entrar un paisano, le dicen:
«—¡Descúbrete, Ambrosio! ¡Quítate la gorra! Hay que mostrar respeto.
—¡Anda! ¿Y por qué, si ya no está el que habéis quitado, y era el único que era Alguien, ¿no?
Porque él tenía respeto para todo el mundo, dijo, pero que había respetos y respetos, y que respeto, respeto lo que se decía respeto, eso era solamente para el que habían quitado, y era el único que era Alguien».

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domingo, 14 de mayo de 2006

Chesterton: «La mitad de los males del hombre moderno es que lo han educado para entender idiomas extranjeros y no entender a los extranjeros. El viajero ve lo que ve; el excursionista ve lo que ha venido a ver».

G. K. Chesterton. Autobiografía (Autobiography, 1936). Buenos Aires: Espasa, 1939; 311 pp.; prólogo y trad. de Antonio Marichalar. Otra edición en Barcelona: Acantilado, 2003; 437 pp.; trad. de Olivia de Miguel.

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viernes, 31 de marzo de 2006


Chesterton: «De todos los rasgos de la modernidad que parecen señalar una especie de decadencia, no hay ninguno más amenazador y peligroso que la exaltación de los asuntos más nimios y secundarios frente a los verdaderamente grandes y primordiales. Si hay algo peor que el debilitamiento moderno de los grandes principios morales es el reforzamiento de los pequeños principios morales».

G. K. Chesterton. «Quedarse en la cama», en Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en Enormes minucias.

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jueves, 16 de marzo de 2006

En un libro citado días atrás encontré un elogio que, al proceder de alguien que no habla a la ligera, para mí redimensionó a Janusz Korczak, el autor de un interesante, aunque no fácil, libro infantil: El Rey Matías I. El comentario es éste: «Figuras tan grandes como las de Janusz Korczak y la madre Teresa han demostrado en estos tiempos nuestros cómo se puede realizar el verdadero ser de la paternidad o la maternidad aun sin serlo biológicamente».

Joseph Ratzinger. El Dios de los cristianos.

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domingo, 20 de noviembre de 2005

Para los entusiastas de las teorías conspirativas la mismísima falta de pruebas es considerada una evidencia. Así, la falta de humo es la prueba de que el fuego ha sido cuidadosamente ocultado. Es como el que argumenta «si en esa silla hubiera un gato invisible, parecería vacía; como la silla parece vacía, luego hay en ella un gato invisible».

C. S. Lewis. Los cuatro amores (Four Loves, 1960). Madrid: Rialp, 2005, 10ª impr.; 160 pp.; col. literaria; trad. de Pedro Antonio Urbina; ISBN: 84-321-2749-3.

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viernes, 1 de julio de 2005

Chesterton: «El único medio de volver (a casa) es irme a alguna otra parte, y esa es la finalidad auténtica de viajar y el auténtico placer de las vacaciones. (...) El objeto verdadero de un viaje no es pisar tierras extrañas sino volver a nuestro propio país como en una tierra extraña».

G. K. Chesterton. Enormes minucias (Tremendous Trifles, 1910), en Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; 1676 pp.; trad. de Rafael Calleja.

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domingo, 12 de junio de 2005

La ironía nos permite ver otra cara de las cosas. Pero cuando es excesiva terminamos viendo más caras de las que tienen en realidad. Del mismo modo que algunas personas que se pasan de vueltas en la interpretación de lo que les sucede acaban creyendo en la teoría de la conspiración, los entusiastas de la ironía pueden terminar viendo las cosas a través de un filtro angustioso. A mí me recuerdan a los cómicos aprendices de mago de los que habla Terry Pratchett que, cuando acuden a la Universidad Invisible, lo primero que aprenden «(aparte de cuál es su taquilla y por dónde se va al lavabo) es que tienen que protegerse constantemente. Algunos piensan que es pura paranoia. Nada de eso. Un paranoico cree que todo el mundo se la tiene jurada. Un mago lo sabe».

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miércoles, 13 de abril de 2005

Cuando Gandalf quiere averiguar la contraseña de las puertas de Moria ve que las palabras en élfico grabadas encima de las puertas dicen: «Las Puertas de Durin, Señor de Moria. Habla, amigo, y entra». Gandalf prueba un encantamiento tras otro hasta que se da cuenta de que debería haber traducido las palabras élficas como «di “amigo” y entra”»... «Sólo tuve que pronunciar la palabra “amigo” en élfico y las puertas se abrieron. Simple, demasiado simple para un docto maestro en estos días sospechosos. Aquéllos sin duda eran tiempos más felices».

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jueves, 31 de marzo de 2005

Nostálgicos del pasado, quejosos del presente, temerosos del futuro, fanáticos del parapeto (como decía Thomas Bernhard de sí mismo). Todos ellos piensan que en un lado estamos nosotros, los buenos, en el otro están ellos, los malos. Sí, entre nosotros hay gente que no lo hace bien a veces, pero esto pasa en las mejores familias. Sí, a veces no lo hemos hecho del todo bien, pero en cualquier caso mejor que lo hubieran hecho ellos. Desde luego, entre ellos hay gente que no es tan mala, pero algo raro les debe pasar cuando no están en nuestro lado. Desde luego, no todo lo hacen mal, pero esas cosas también nosotros las hubiéramos hecho bien e incluso mejor. En esas ocasiones se puede recordar el comentario que hacía un desencantado Tolkien a su hijo cuando le comentaba las bobadas que decía mucha prensa inglesa durante la segunda Guerra Mundial: «no todos los imbéciles están del otro lado».

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