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Notas del archivo 'Escritura' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 28 de enero de 2017

Algunos trucos de composición literaria que Borges confesaba:

—[Al recontar un hecho sucedido hace mucho tiempo suelo ejecutar] «un viejo truco literario, el truco de simular que no sé absolutamente nada sobre muchas cosas, de modo que el lector crea en las otras».

—«En un relato me permito hacer (…) observaciones menores, de vez en cuando, a fin de evitar referir una historia totalmente desnuda o despojada».

—«Supongo que todos los escritores tienen que [atenuar las cosas], ya que si cuentan una historia improbable de una manera improbable, eso es decididamente descorazonador».

—«Yo creo que uno debería narrar los hechos como si no los entendiera del todo, puesto que así es la realidad. Si ustedes exponen un hecho dado y luego aseguran no saber nada en absoluto acerca de un segundo elemento, eso hace del primero un hecho real, ya que le otorga a la totalidad una existencia más extensa».

—«Se puede contar una historia sin ser muy vívido o visual. De hecho, yo pienso que si uno es muy vívido, está en efecto creando irrealidad, porque el hecho de ver las cosas de esa forma las desdibuja».

—[A veces doy mi propio nombre a un personaje del relato]. «Desde luego, no pretendo hacer una sátira de mí mismo. Es un viejo truco literario; lo mismo hizo Boswell cuando escribió La vida de Samuel Johnson. Hizo de él un personaje ridículo, pero no lo era. Boswell era un hombre muy inteligente».

—«No digo "el hombre es ciego", porque ese sería un enunciado algo amplio, sería muy afirmativo. Digo, en cambio, "el hombre, quien, dicho sea de paso, es ciego", y eso lo hace, creo, más eficaz. Es una voz diferente. Uno tiene que ir administrando la información a medida que avanza».

Jorge Luis Borges. El aprendizaje del escritor (1971-2015). Barcelona: Debolsillo, 2015; 176 pp.; col. Contemporánea; edición de Thomas di Giovanni, Daniel Halpern y Frank MacShane; trad. de Julián E. Ezquerra; ISBN: 978-8490625569. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 21 de enero de 2017

Algunas ideas de Borges sobre la creación literaria que aparecen en El escritor y su obra.

—«En general, un escritor, creo yo, no comienza con una idea abstracta. Comienza con una imagen que —circunstancia— viene a él. Creo que Kipling dijo que a un escritor le estaba permitido hacer fábulas y no saber cuál era la moraleja de esas fábulas. Esto se repite en los demás. El escritor propone símbolos. En cuanto al sentido de estos símbolos, o a la moraleja que pueda sacarse, esto es asunto de la crítica, de los lectores, y no la suya».

—«No creo que sea posible encontrar nuevas metáforas. Creo que hay metáforas que corresponden a afinidades verdaderas entre las cosas. Podríamos citar un montón de metáforas en que se trata de la vida y el sueño, de la muerte y el dormir, del tiempo y del río, de las estrellas y los ojos, de las mujeres y las flores. Diría que estas metáforas, estos lugares comunes, estas trivialidades si se quiere, son verdaderas metáforas. Todo hombre en un momento determinado de su vida piensa, o siente más bien, de esta manera. Cuando se quiere hacer nuevas metáforas, se inventan afinidades que no existen. No se obtiene otro resultado que pasmar o irritar un poco al lector».

—En un relato, «cuando las circunstancias aparecen o se inventan con facilidad, siempre existe el peligro de que se abuse de ellas. Es muy fácil decir que Fulano estaba en tal reunión; que antes era rubio, pero que ahora tiene los cabellos grises; que la corbata que llevaba se la había regalado un amigo ya muerto. Todo esto es de tan fácil invención que es necesario no abusar de ello».

Jorge Luis Borges. El escritor y su obra: entrevistas de Georges Charbonnier con Jorge Luis Borges (1967). México: Siglo Veintiuno, 1970; 92 pp.; trad. de Martí Soler.

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sábado, 7 de enero de 2017

Los textos de El aprendizaje del escritor proceden de una cinta magnetofónica en la que se había grabado el seminario sobre escritura que dio Borges en la Universidad de Columbia, en 1971. En ellos re recogen las conversaciones entre Borges, su traductor al inglés Thomas di Giovanni y los estudiantes que asistieron. Hay tres sesiones dedicadas a la escritura de ficción, a la escritura de poesía y a la traducción, todas ellas apoyadas en relatos y poemas de Borges. En la parte final interviene mucho Di Giovanni, como es lógico, y es él quien explica cosas, no sin algunas aclaraciones de Borges.

Además, al final hay una conferencia o alocución de Borges, en una recepción, en la que habló de la situación del joven escritor. En ella reivindica la seriedad de la literatura: «La literatura no es un mero juego de palabras; lo que importa es lo que no queda dicho, o lo que puede ser leído entre líneas. Si no fuera por este profundo ímpetu íntimo, la literatura no sería más que un juego, y todos nosotros sabemos que puede ser mucho más que eso». Y señala cuál es, en su opinión, la misión formativa de la universidad para un joven escritor… y para cualquiera: «Lo que una gran universidad debería ofrecer a un joven escritor es precisamente eso: conversación, discusión, el arte del acuerdo y, lo que es acaso más importante, el arte del desacuerdo».

Jorge Luis Borges. El aprendizaje del escritor (1971-2015). Barcelona: Debolsillo, 2015; 176 pp.; col. Contemporánea; edición de Thomas di Giovanni, Daniel Halpern y Frank MacShane; trad. de Julián E. Ezquerra; ISBN: 978-8490625569. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 23 de agosto de 2015

De las notas heterogéneas de Julio Ramón Ribeyro recogidas en Prosas apátridas, dos párrafos sobre su personal opción por una forma de escribir cercana y directa o, si se quiere, por una escritura cuyo único brillo sea el de la sencillez.

Una. «Literatura es afectación. Quien ha escogido para expresarse un medio derivado, la escritura, y no uno natural, la palabra, debe obedecer a las reglas del juego. De ahí que toda tentativa para dar la impresión de no ser afectado —monólogo interior, escritura automática, lenguaje coloquial— constituye a la postre una afectación a la segunda potencia. Tanto más afectado que un Proust puede ser un Céline o tanto más que un Borges un Rulfo. Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación».

Otra. «La ostentación literaria de muchos escritores latinoamericanos. Su complejo de proceder de zonas periféricas, subdesarrolladas, y su temor a que los tomen por incultos. La voluntad demostrativa de sus obras, huachafísimas. Probar que también pueden englobar toda la cultura —¿qué cultura? ¡Cómo si sólo existiera una cultura!— y expresarla en una hoja enciclopédica que resuma veinte siglos de historia. Aspecto nuevo rico de sus obras: palacetes heteróclitos, monstruosos, recargados, como el atuendo que el inmigrante africano o el arrabalero parisién luce los domingos para pasearse por los grandes bulevares. Su propio brillo los desluce».

Julio Ramón Ribeyro. Prosas apátridas (1975). Barcelona: Tusquets, 1975; 145 pp.; col. Marginales; ISBN: 8472230449. Y nueva y más completa edición en: Barcelona: Seix Barral, 2007; 144 pp.; col. Biblioteca breve; ISBN: 84-322-1230-X. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 8 de noviembre de 2014

John Gardner: «Una de las características elementales de todo el buen arte (…) es la concordia de los medios y los fines, de la forma y la función. La condición sine qua non de la narrativa, en lo que a la forma se refiere, es que necesita del tiempo. No podemos leer toda una novela en un instante; a fin de ser coherente, a fin de funcionar como una experiencia necesariamente unificada, y no accidentalmente temporal, la narración debe tener cierta fluidez en su desarrollo».

Otro rasgo fundamental se deriva de que, dentro de cualquier obra de ficción, un elemento «puede ser apropiado o no en función de tan solo dos criterios: es apropiado a la obra de ficción en tanto objeto artístico sin referencia alguna a la realidad, o bien es apropiado cuando lo comprobamos frente a nuestro sentido de la realidad. Pero es dudoso que los elementos del arte puedan ser solamente apropiados los unos para con los otros».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 1 de noviembre de 2014

John Gardner: «La buena narrativa origina en la mente del lector un sueño vívido y continuo. Es “generosa” en el sentido de que es completa y autónoma: responde, explícita o implícitamente, a cualquier pregunta razonable que el lector se pueda plantear. No nos deja en suspenso, a menos que la propia narración justifique su inconclusión. No hay en ella juegos absurdamente sutiles, como si su autor hubiera confundido el narrar con hacer rompecabezas. No “pone a prueba” al lector exigiéndole que posea algún tipo especial de conocimientos sin el cual los acontecimientos carecen de sentido. En resumen, busca satisfacer y agradar, pero sin rebajarse para conseguirlo. Tiene categoría intelectual y emotiva. Es elegante, y afectiva con concisión; es decir, no hay en ella más episodios, personajes, detalles físicos o recursos de los necesarios. Tiene intención, finalidad. Proporciona ese placer especial que sentimos cuando contemplamos algo bien hecho. En otras palabras, al darnos cuenta de los auténticos logros del escritor, nos sentimos bien tratados. “¡Qué fácil parece!”, comentamos, conscientes de lo espléndidamente bien que ha superado las dificultades. Y por último, en toda historia estéticamente lograda tiene que intervenir, como en la vida, lo extraño, por ordinarios que sean sus ingredientes».

John Gardner. Para ser novelista (On Becoming a Novelist, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 164 pp.; col. Creativaescritura; trad. de Víctor Conill; ISBN: 84-95079-74-7. [
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sábado, 18 de octubre de 2014

El valor de la gran ficción, dice John Gardner, no es «meramente que nos entretiene o nos distrae de nuestros problemas, no sólo que amplía nuestros conocimientos de las gentes y los lugares, sino que también nos ayuda a saber en qué creemos, aparte de reforzar nuestras cualidades más nobles y conducirnos a sentir ciertas inquietudes ante nuestras faltas y limitaciones».

Y, del mismo modo que al lanzador de cuchillos en el circo no le puedes disculpar con un «nadie es perfecto», «para el escritor no tiene el menor sentido recordar que “también Homero se dormía algunas veces”. Salvo en los ejemplos más triviales, Homero no se duerme nunca. (…) Los críticos más sesudos a veces sostienen que, en el arte, los criterios siempre son relativos, pero todas las obras maestras les hacen ver que eso es mentira».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 11 de octubre de 2014

Señala John Gardner que «los errores que de veras resultan ofensivos en una hipotética obra de arte son las pifias graves en el razonamiento, como cuando se introduce una idea o un suceso que debería cambiar el resultado de la trama, pero que se olvida o ni siquiera se llega a reconocer como lo que es en realidad».

También indica, en otro momento, que, con algunas excepciones que se pueden dar cuando un escritor usa un narrador que no es fiable, «en las buenas obras de ficción, el lector nunca tiene que volver sobre una frase para averiguar qué es lo que quiere decir. Puede leer dos veces una frase simplemente porque le gusta, o bien porque, no por un error del autor, se le va momentáneamente la atención a otra parte, meditando tal vez en las implicaciones de mayor calado que pueda tener la escena; ahora bien, si es un descuido del autor lo que le lleva a leer dos veces una misma frase, tiene todo el derecho a sentir que el autor ha vulnerado el contrato fundamental de toda ficción, a saber, que el escritor tratará honesta y responsablemente al lector».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 25 de enero de 2014

En una entrevista le pidieron a Borges que eligiera un novelista y respondió: «Joseph Conrad. No ha habido ninguna vacilación. No puede haber vacilación». Bien, no hay que tomárselo al pie de la letra pues Borges se contradijo a veces en este tipo de afirmaciones y reconocía sin problemas que sí, que se contradecía. Sea como sea, una explicación de su querencia por Conrad, y de que calificase El corazón de las tinieblas como «acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado», se puede ver en el último párrafo de un texto en el que el mismo Conrad compara Juventud y El corazón de las tinieblas:

«Más ambiciosa en su alcance y más extensa en su narración, El corazón de las tinieblas es tan auténtica en lo esencial como lo fue Juventud. Es consecuencia de un estado de ánimo distinto, que no pretendo precisar, pero a la vista está que es cualquier cosa salvo arrepentimiento nostálgico, salvo ternura evocadora. Podría añadir un apunte más. Juventud es un alarde de la memoria. Es una crónica de la experiencia: pero esa experiencia, en los hechos que la conforman, tanto en sus interioridades como en su colorido exterior, comienza y acaba en mí mismo. El corazón de las tinieblas también es experiencia, pero experiencia que va un poco (y sólo un poco) más allá de los hechos, con el propósito, perfectamente legítimo, según creo, de calar en las mentes y los corazones de los lectores. Un tema tan sombrío requería una resonancia siniestra, una tonalidad propia, una vibración sostenida que, así lo esperaba, quedase en suspenso y perdurara en el oído después de haber pulsado la última nota».

Jorge Luis Borges. Biblioteca personal (1988). Madrid: Alianza, 1997; 173 pp.; col. El libro de bolsillo. Biblioteca de autor; ISBN: 84-206-3317-8.
Borges el memorioso (1982; entrevistas en 1979). Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1986, 2ª ed.; 315 pp.; col. Tierra Firme; ISBN: 968-16-1351-1.
Joseph Conrad. Nota del autor: los prólogos de Conrad a sus obras (Conrad’s Prefaces to His Works, 1937). Segovia: La Uña Rota, 2013; 237 pp.; traducciones de Catalina Martínez Muñoz, Eugenia Vázquez Nacarino y Miguel Martínez-Lage; con un ensayo de Edward Garnett; ISBN: 978-84-95291-27-1.

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sábado, 16 de noviembre de 2013

Algunos comentarios de Borges sobre cierta literatura moderna y, en concreto, sobre algunas obras de Joyce, al que se ve que no tiene mucha simpatía:

—Uno de tipo general: «Pienso que uno de los pecados de la literatura moderna es que tiene demasiada conciencia de sí misma».

—Otro, un día que propone un poemita verso para indicar un caballo que corre, se aleja, se pierde de vista:
    «Un caballo, un caba, un ca.
    Para un mosquito:
    Un mosquito, un mosqui, un mos.
    Para la luna, que asoma entre las nubes y que luego resplandece, reina del cielo:
    Lal, lalú, lalún, la luna».
Y apostilla: «Como los libros de Joyce, son una idiotez, pero permiten el comentario de los críticos».

—Otro más: «Borges “dice que Portrait of the Artist as a Young Man es una de tantas novelas autobiográficas; que nadie la recordaría si Joyce no la hubiera escrito después del Ulysses; que prueba la incapacidad de Joyce para escribir novelas: para imaginar caracteres y para inventar un argumento”. De Finnegans Wake: “Es un libro que muchos habrán comprado y que probablemente nadie habrá leído más allá de las primeras páginas. Parece que hay que leerlo simultáneamente, todo al mismo tiempo. Cómo se hace eso no se explica. Tal vez Dios pueda hacerlo».

—Y, en otra ocasión, dice Bioy que Borges pone «el Ulysses como ejemplo de libro en el que naufraga el autor: aquí y allá, en una página y otra, flotan restos brillantes».

Adolfo Bioy Casares. Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

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sábado, 2 de noviembre de 2013

En «Arte de injuriar» habla Borges de algunas tradiciones satíricas. Una es la de combinar palabras áridas con otras efusivas como usar «verbos burocráticos o tenderos» para hablar de la obra de un artista, como despachar o expender una obra. Otra es «la inversión incondicional de los términos», como decir que «la película era muy ingeniosa según me dijeron cuando desperté». Otra es la del cambio final brusco, como decir de alguien que «es un sacerdote de la Belleza, un verdadero artista, un imbécil». Otra más es la simulación de que a uno le apenan los errores del adversario, como indicar que, «lamentablemente, su historia es copiosa como un mamotreto». Luego están las enumeraciones donde unas palabras contaminan a otras: «un tonto, un lord, un abogado, un rufián…» Y las parodias de los insultos, como decir que «su esposa, bajo pretexto de trabajar en un lupanar, se dedica al contrabando» o como indicar que «Fulano deshonraría el patíbulo».

Jorge Luis Borges. «Arte de injuriar» (1933), en Ficcionario. Una antología de sus textos (1985). Edición, introducción, prólogos y notas por Emir Rodríguez Monegal. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 2ª reimpr.; 483 pp.; col. Tierra Firme; ISBN: 968-16-2028-3.

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domingo, 13 de octubre de 2013

Dos ideas de Ernst Jünger acerca del estilo literario:

—«Un estilo que repite o imita es sospechoso, aunque resulte encantador. Ésa es la ventaja de los epígonos y los decadentes: la ola hace más espuma en popa que en proa».

—«La lectura se dificulta con palabras que están pasadas de moda, también con provincialismos que sólo se usaban en el entorno de un pueblo. En cambio, resultan menos molestos los descuidos y los saltos de una idea a otra, más bien dan vida, como una catarata. Asimismo frases que son tan sencillas como logradas. Mirando por la ventana mientras llueve: Les branches minces enfilent des gouttes de pluie. Buena también: “La tormenta sacude un árbol sin frutos como un titán ciego”».

Ernst Jünger. 12 de enero de 1986 y 3 de mayo de 1986, en Pasados los setenta IV. Radiaciones VI. Diarios (1986-1990) (Siebzig Verweht IV. Tagebücher VIII. Strahlungen VI, 1995). Barcelona: Tusquets, 2011; 431 pp.; trad. de Isabel Hernández; ISBN: 978-84-8383-216-5.

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viernes, 3 de febrero de 2012

Manual de redacción,
de Luis Ramoneda, es un libro de los que viene bien tener a mano pues presenta ordenadamente toda la información necesaria para escribir de modo correcto. Son cuatro partes: ortografía, morfología y sintaxis, palabras y frases, tipos de textos. Contiene anexos útiles (palabras inglesas de origen latino cuyo significado no es igual en castellano, las voces de los animales…). Recoge un trabajo de muchos años, que se nota en la claridad expositiva y en la elección de los ejemplos que acompañan cada explicación. Es una pena que de la edición no se puedan decir los mismos elogios que del contenido: aunque la portada es magnífica, la maquetación interior deja muchísimo que desear y parece ser, sin más, el mismo archivo del procesador de textos.

Luis Ramoneda. Manual de redacción (2011). Madrid: Rialp, 2011; 304 pp.; ISBN: 978-84-321-3900-0.

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domingo, 6 de marzo de 2011

José Jiménez Lozano:
«Lo que según Lévinas diferencia un documento de un libro, y afirmando por eso que la Biblia es un libro y no un documento, consiste en que las significaciones del documento ya quedan agotadas en él y el libro invade o desposa la vida del lector, y su destino. Es siempre susceptible de ser reinterpretado y, por tanto, tornado contemporáneo, y el mismo libro rejuvenece al lector porque le dice siempre algo nuevo.

Pero, si son así las cosas, está claro que lo peor que puede decirse de una narración es que es un documento de su tiempo, o que se recogen documentos para hacer una narración, o que ésta es un espejo paseado a lo largo del camino. Y es lo peor que se puede decir, porque entonces, al ser escritas, esas narraciones se han convertido en documento, y ya han dicho todo y no pueden rejuvenecer al lector con el conocimiento y la experiencia de un vivir otras vidas. Eso no le sucederá nunca a Dostoievski, pero sí a Tolstoi en sus grandísimas novelas, aunque no en sus cuentos; y él lo supo. Abandonó aquellos grandes, monumentales documentos y se puso a narrar en sus cuentos, sin documentar nada en ellos, sin documentarse para ellos».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de Rembrandt (2010). Valencia: Pre-Textos, 2010; 233 pp.; ISBN: 978-84-92913-52-7.

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sábado, 29 de noviembre de 2008

Las novelas más conocidas de Stephen King me repelen pues no me gusta ni lo gótico ni lo cruel ni lo morboso, pero no tengo dudas de sus sobresalientes cualidades como narrador y me parecen muy certeras muchas de las opiniones sobre la escritura y el trabajo del escritor que da en Mientras escribo.
Por ejemplo, estas:

«Una descripción insuficiente deja al lector perplejo y miope. El exceso de descripción lo abruma con detalles e imágenes. (...) La descripción arranca en la imaginación del escritor, pero debe acabar en la del lector.

Para que el lector se sienta dentro de la historia, concedo más importancia al escenario y al ambiente que a la descripción de los personajes. Tampoco comparto la opinión de que la descripción física deba ser un atajo hacia la personalidad. Ahorradme pues, si sois tan amables, los “ojos azules e inteligentes” del protagonista, y su “barbilla pronunciada de hombre de acción”. Son ejemplos de mala técnica y escritura perezosa, el equivalente de los pesadísimos adverbios.

Para mí, una descripción acertada suele componerse de una serie de detalles bien escogidos que lo resumen todo. En la mayoría de los casos serán los primeros que se le ocurran al escritor. Se trata de un punto de partida muy válido. (...) Creo que en casi todos los casos los detalles que se visualizan en primer lugar son los más fidedignos, además de los mejores».

Stephen King. Mientras escribo (On Writing, 2000). Barcelona: Plaza & Janés, 2001; 222 pp.; trad. de Jofre Homedes Beutnagel; ISBN: 84-01-32860-8.

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viernes, 25 de enero de 2008

Jiménez Lozano: «La ideología, la sociología, la psicología, etc., no tienen que hacer nada en una narración, no sólo serían puro mobiliario, como decía la también excelente novelista norteamericana Willa Cather, sino abominables ectoplasmas para relleno, irrisorias explicaciones especulativas. El material narrativo es siempre concretísimo: el de las pasiones humanas encarnadas en unos personajes vivos y contadas en una historia».

José Jiménez Lozano, en la recopilación de relatos de Flannery O´Connor, Un encuentro tardío con el enemigo.

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domingo, 21 de octubre de 2007

Paul Valéry: «Degas en ocasiones hacía versos y ha dejado algunos deliciosos. Pero con frecuencia encontraba grandes dificultades en ese trabajo accesorio para su pintura. (Por otra parte él era hombre para introducir en cualquier arte toda la dificultad posible). Dijo un día a Mallarmé: “Su oficio es infernal. No consigo hacer lo que quiero y sin embargo estoy lleno de ideas...” Y Mallarmé le respondió: “No es con las ideas, mi querido Degas, con lo que se hacen los versos. Es con las palabras”».

Paul Valéry. «Poesía y pensamiento abstracto», texto de 1939 contenido en Teoría poética y estética. Madrid: Visor, 1990; 207 pp.; col. La balsa de la Medusa; trad. de Carmen Santos; ISBN: 84-7774-539-0.

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martes, 30 de agosto de 2005

Kipling
señalaba que le repelían los que escribían sobre sus propios tormentos y pasiones y se planteó escribir sobre la gente que había conocido, pues pensaba que era mejor «atender a los hombres que hacen un trabajo de verdad que a los hombres que escriben sobre lo que creen que otros hombres han hecho o deberían hacer».

David Gilmour. La vida imperial de Rudyard Kipling: la larga retirada.

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martes, 23 de agosto de 2005

Thomas Mann,
citando a su vez a Schopenhauer, dice: «La tarea del novelista no es narrar grandes acontecimientos, sino hacer interesantes los pequeños».

Thomas Mann. El arte de la novela. Ensayos sobre música, teatro y literatura. Barcelona: Alba, 2002; 332 pp.; selección y trad. de Genoveva Dieterich; ISBN: 84-8428-154-X.

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viernes, 19 de agosto de 2005

Existe una concepción errónea de la escritura, dice Auden, por parte de quienes atienden al resultado y no al proceso. «Detrás de eso se oculta la falta de pasión y voluntad de superar las diferentes fases del largo proceso de aprendizaje y estudio. Debemos enamorarnos de nuestro trabajo, no de nosotros mismos».

W. H. Auden. Trabajos de amor dispersos: conferencias sobre Shakespeare.

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