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Notas del archivo 'Verdad' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 10 de marzo de 2013

Según Gombrich, a la hora del estudio de la historia «la elección no está entre el conocimiento del pasado y el interés por el porvenir (…). Está entre la búsqueda de la verdad y la aceptación de la falsedad. Pues toda comunidad se empeña en tener lo que G. J. Reiner llama “el relato que debe contarse” sobre su propio pasado, y, cuando decae el saber histórico, se produce una invasión de mitos».

En otro texto de varias décadas después decía que «el relativismo cultural ha conducido a que nos deshagamos de la más preciada herencia de toda la obra de erudición, la pretensión de estar comprometidos en una búsqueda de la verdad». Señalaba que, «al hablar del hombre uno no tiene que perder de vista al viejo Adán, ese viejo Adán que insiste en la satisfacción de esas tendencias que todas las personas tienen en común». Y por eso, aunque sea cierto que las culturas varían en la forma que expresan las tensiones humanas, también lo es que, en la literatura de cualquier lengua podemos encontrar los mismos temas, y que ella misma nos confirma que, «como hijos de la naturaleza, somos todos mucho más parecidos [de lo que a veces parece] en las más altas esferas del refinamiento».

E. H. Gombrich. «Arte y saber histórico» (1957), Meditaciones sobre un caballo de juguete y otros ensayos sobre la teoría del arte (Meditations on a Hobby Horse, 1963). Madrid: Debate, 1998; 242 pp.; trad. de José María Valverde; ISBN: 84-8306-124-4.
E. H. Gombrich. «Relativismo en las humanidades» (1985), Temas de nuestro tiempo. Propuestas del siglo XX acerca del saber y del arte (Topics of our Time, 1991). Madrid: Debate, 1997; 223 pp.; trad. de Mónica Rubio; ISBN: 84-8306-067-1.

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domingo, 5 de agosto de 2012

Gombrich: ¿Por qué el artista debería preocuparse de la historia del arte? «Mi breve respuesta me temo que suene muy moralista. Porque la verdad es mejor que la mentira. Y un mito que se exalta como mito no merece un nombre más cortés que ese: mentira. Pero no estoy de acuerdo con los terribles simplificateurs que dividen nuestra mente en mitades, una para la racionalidad dedicada a la ciencia y la utilidad, y la otra para el arte y los sueños. El hombre es uno. Si hay alguien que necesite recuerdos sin deformar, es el artista de nuestro mundo. Los necesita y hace uso de ellos, lo mismo si quiere continuar la tradición o enfrentarse a ella. Su obra es como un motivo en una sinfonía, que aumenta de significación y emoción con lo que ha pasado antes y lo que venga luego. Y se puede afirmar muy bien que los recuerdos falsos, un pasado hechizado, han creado tantas neurosis en el arte como en la vida, tanto si es el mito académico de que los griegos tenían un pasaporte especial para la belleza como si es el cuento de hadas romántico de que los grandes artistas siempre fueron ridiculizados y rechazados por sus contemporáneos».

E. H. Gombrich. «Arte y saber histórico» (1957), Meditaciones sobre un caballo de juguete y otros ensayos sobre la teoría del arte (Meditations on a Hobby Horse, 1963). Madrid: Debate, 1998; 242 pp.; trad. de José María Valverde; ISBN: 84-8306-124-4.

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domingo, 6 de noviembre de 2011

Otra observación
de Newman en Perder y ganar, que aparece al principio con ocasión de una conversación entre dos jóvenes universitarios, muy apropiada para épocas electorales: «Cuando alguien se acerca por primera vez al mundo de la política o de la religión, se enfrenta a todo aquello como un ciego que de pronto recibiera la vista y se pusiera ante un paisaje. Tan lejana le parecería una cosa como otra: no hay perspectiva. La conexión de un hecho con otro, de una verdad con otra, el influjo de los hechos sobre las verdades y de las verdades sobre los hechos, quién precede a quién, qué puntos son primordiales y cuáles secundarios, todo eso los dos amigos tenían que aprenderlo todavía. Y ni siquiera eran conscientes de su ignorancia en ciencia tan nueva. Es más, para ellos el mundo de hoy no tiene contacto alguno con el mundo de ayer; el tiempo no es una cosa como corriente, sino que se les aparece rotundo y estático como la luna. No saben lo que ocurrió hace diez años y mucho menos lo de hace cien. Para ellos el pasado no vive en el presente, los nombres no les dicen nada ni las personas les traen recuerdo alguno. Puede que oigan hablar de gentes, cosas, proyectos, luchas, doctrinas, pero todo les pasa por delante, como el viento, sin dejar huella, sin impregnar. Nada crea hueco en sus mentes: no sitúan nada, no tienen sistema. Oyen y olvidan; como mucho, recuerdan haber oído algo pero no saben dónde. Y tampoco tienen solidez en su modo de razonar, y hoy discurren así y mañana de otra forma que tampoco es exactamente la contraria, sino al azar. Su línea de pensamiento se extravía, nada apunta a un fin determinado ni tiene un punto de partida sobre el que se asiente un juicio sobre los hombres y las cosas. Muchos hombres andan así durante toda su vida y llegan a ser unos eclesiásticos o políticos que dan pena. Van a la deriva (...) según les lleven las circunstancias (...) A veces, cuando se hiere el sentido de su propia importancia, se atrincheran en la idea de que eso prueba que son imparciales, desapasionados, moderados, que no son “hombres de partido”; cuando, en realidad, son esclavos sin remedio, pues en este mundo no hay otra fuerza que el compromiso con la razón ni otra libertad que sentirse cautivos de la verdad».

John Henry Newman. Perder y ganar (Loss and Gain: The Story of a Convert, 1848). Madrid: Encuentro, 2009, 4ª ed. corregida; 399 pp.; trad. introducción y notas de Víctor García Ruiz; ISBN: 978-84-7490-922-0.

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domingo, 28 de febrero de 2010

Joseph Ratzinger:
 Si libertad «significa que el propio deseo es la única norma de nuestras acciones, que nuestra voluntad puede desearlo todo y que puede poner en práctica todo lo que le apetezca», surgen enseguida varias preguntas: «¿Hasta qué punto es realmente libre la voluntad?, ¿y hasta qué punto es razonable?; y una voluntad no razonable, ¿es realmente libertad?, ¿es realmente un bien? Por consiguiente, la definición de la libertad que habla del poder querer y del poder hacer lo que se quiere, ¿no habrá que completarla ligándola con la razón, con la totalidad del hombre, para que no se convierta en la tiranía de la sinrazón? ¿Y no pertenecerá también al concierto entre la razón y la voluntad el buscar luego la razón común de todos los hombres y de esta manera la compatibilidad mutua de las libertades? Es evidente que en la cuestión acerca de la racionalidad de la voluntad y de su vinculación con la razón se plantea ya conjuntamente, de manera tácita, la cuestión acerca de la verdad».

Por tanto, no se puede aislar «el concepto de la libertad, falsificándolo: la libertad es un bien, pero lo es únicamente en asociación con otros bienes con los cuales constituye un conjunto indisoluble». Tampoco se puede restringir, «reduciéndolo al derecho individual a la libertad». (…) «La libertad está ligada a una medida, que es la medida de la realidad; está ligada a la verdad. La libertad para la destrucción de sí mismo o para la destrucción del otro no es libertad, sino su parodia diabólica. La libertad del hombre es libertad compartida, libertad en la coexistencia de libertades que se limitan mutuamente y que se sustentan así mutuamente: la libertad tiene que medirse por lo que yo soy, por lo que nosotros somos; en caso contrario se suprime a sí misma».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Glaube, Warheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen, 2003). Salamanca: Sígueme, 2006, 6ª ed..; 237 pp.; trad. de Constantino Ruiz Garrido; ISBN: 84-301-1519-6.

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domingo, 24 de enero de 2010

Robert Spaemann: 
«Tener una convicción significa considerar falso lo contrario de dicha convicción. El respeto a las convicciones ajenas es algo más que una forma de hablar sólo cuando significa: respeto las convicciones de una persona aunque las considero falsas o considero probable que sean falsas. Pero los motivos de este respeto han de estar enraizados en la propia convicción, han de ser parte integrante de la propia convicción; de lo contrario la tolerancia se sostiene sobre pies de barro, a saber, únicamente sobre las formas de hablar dominantes. Lo que funda la tolerancia, al mismo tiempo, la limita. No respetamos cualquier convicción, y tampoco permitimos actuar a cualquiera conforme a su convicción; de lo contrario, todo mandato y prohibición legales estarían sujetos a una reserva de conciencia. Y quien está convencido de que torturar personas es incompatible con la dignidad humana, de ninguna manera estará dispuesto a permitir que haga uso de la tortura quien piense que la tortura es compatible con sus convicciones. Una de las tareas de la clase de ética es acabar con una cierta fraseología blanda e insistir en que las palabras significan lo que dicen».

Robert Spaemann. «Sobre el sentido de la clase de ética en la escuela», en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.

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viernes, 13 de noviembre de 2009

Cuenta Natalia Ginzburg en uno de sus ensayos que propuso a la editorial en la que trabajaba que se tradujese al italiano Juventud sin Dios, de Ödön von Horvath, aunque luego descubrió que los derechos los tenía ya otra editorial. Cuando lo leí recordé que no había incluido todavía ese libro aquí: su núcleo, la decisión de una persona de arrostrar las consecuencias de la verdad y, luego, las consecuencias que tiene su comportamiento en los demás, es tan actual hoy como entonces.

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jueves, 9 de abril de 2009

En Cartas del diablo a su sobrino, después de que Orugario manifestase su temor a que las personas inteligentes lean los libros de sabiduría de los antiguos y pudiesen así llegar a descubrir vestigios de la verdad, el maestro Escrutopo le tranquiliza indicándole que tal posibilidad es pequeña. En realidad, le dice, (modifico un poco el texto), «la única cuestión que con seguridad no se plantearán nunca será la que trata sobre la verdad de lo leído; en cambio se formularán preguntas acerca de las influencias y dependencias, acerca de la evolución del correspondiente escritor, acerca de su influencia histórica, etc.». Así, comentaba el entonces cardenal Ratzinger, «la cuestión acerca de si lo expresado por el autor es verdadero, y hasta qué punto lo es, sería una cuestión nada científica; se saldría del ámbito de lo probable y demostrable y recaería en la ingenuidad del mundo precrítico». Pero no tiene por qué ser así y por supuesto se puede ir más allá de una sabiduría de apariencias: «El hombre no está preso en un gabinete de espejos de las interpretaciones; él puede y debe irrumpir hacia lo real, que se halla detrás de las palabras y que a él se le muestra en las palabras y por medio de ellas».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Glaube, Warheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen, 2003). Salamanca: Sígueme, 2006, 6ª ed.; 237 pp.; trad. de Constantino Ruiz Garrido; ISBN: 84-301-1519-6.

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viernes, 16 de enero de 2009

Como, hasta el momento, las citas que he ido poniendo de Middlemarch son cortitas, he aquí un párrafo que da más idea de la maestría para la ironía de George Eliot: «En Middlemarch era imposible que una esposa permaneciera mucho tiempo ignorante de que la ciudad tenía una mala opinión de su marido. Quizá ninguna amiga íntima llevase su afecto tan lejos como para exponer con sencillez a la interesada los desagradables hechos que se conocían o se creían conocer sobre su marido; pero cuando una mujer con mucho tiempo libre para dar vueltas a la imaginación podía emplearla de repente en analizar algo muy desfavorable para sus vecinos, concurrían diferentes impulsos morales susceptibles de estimular su revelación. La sinceridad era uno de ellos. Ser sincero, según la fraseología de Middlemarch, significaba usar la primera ocasión disponible para hacer saber a esos amigos que no se tenía una visión positiva ni de su capacidad, ni de su conducta, ni de su posición; y una sinceridad vigorosa nunca esperaba a que pidiera su parecer. Venía a continuación el amor a la verdad: una afirmación muy general pero que en esta acepción significaba oponerse con energía a que una esposa tuviera un aire más alegre de lo que justificaba la reputación de su marido, o se mostrara en exceso satisfecha con su suerte: a la pobre criatura había que insinuarle que, si se supiera la verdad, se complacería menos en el sombrero que llevaba y en nuevas recetas de platos ligeros para una cena con invitados. Más fuerte que todos los demás impulsos era la preocupación por la reforma moral de la amiga, a veces identificada con su alma, que saldría beneficiada mediante observaciones tendentes a la melancolía, pronunciadas con acompañamiento de miradas pensativas a los muebles y una actitud en la que quedara implícito que no se decía todo lo que se sabía en consideración a los sentimientos de la interlocutora. Podía afirmarse, en conjunto, que una caridad ardiente empujaba a las almas virtuosas a hacer desgraciadas a sus vecinas por su propio bien».

George Eliot. Middlemarch. Un estudio de vida en provincias (Middlemarch. A Study of Provincial Life, 1872). Barcelona: Alba Editorial, 2000; 890 pp.; col. Clásica Maior; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 84-84280195.

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domingo, 1 de abril de 2007

Dice Chéjov: «La naturaleza humana es imperfecta, de modo que sería extraño que sobre la faz de la tierra sólo hubiera hombres justos. Creer que el objetivo de la literatura consiste en separar “el grano” de la paja de los granujas significa negar la literatura misma. La literatura artística se llama así precisamente porque pinta la vida como es en realidad. Su fin es la verdad incondicional y honrada».

Y en otro momento: «Nunca se debe mentir. El arte tiene está grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina; se puede engañar a la gente, incluso a Dios; pero en el arte no se puede mentir».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Senza trama e senza finale: 99 consegli di escritura, 2002). Barcelona: Alba, 2005; 103 pp.; col. Alba clásica; edición de Piero Brunello; trad. de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 84-8428-253-8.

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miércoles, 13 de diciembre de 2006

En Rechicero, una novela de Terry Pratchett cuyo protagonista es un octavo hijo de un octavo hijo de un octavo hijo, es decir, un hechicero al cuadrado o un rechicero, una fuente permanente de magia, se hacen algunas interesantes afirmaciones. Una, citada en la ficha del autor y que se puede poner en paralelo con una nota de hace unos días: que «en la bañera de la historia, la verdad es tan difícil de aferrar como una pastilla de jabón, y aún más difícil de encontrar». Otra, que «si pones demasiado potencial mágico en un solo punto (...) empujas a la realidad, ya sabes, hacia abajo, [con lo que se puede] romper la realidad en el punto más frágil y ofrecer, quizá, un camino de entrada a los habitantes del plano inferior que los deslenguados denominan Dimensión Mazmorra».

Terry Pratchett. Rechicero (Sourcery, 1988). Colección Martínez Roca. Barcelona: Martínez Roca, 1992; 246 pp.; col. Gran Fantasy; trad. de Cristina Macía, con la colaboración de Celia Filipetto; ISBN: 84-270-1602-6.

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sábado, 9 de diciembre de 2006

Romano Guardini: «La verdad es una fuerza, pero sólo cuando no se exige de ella ningún efecto inmediato sino que se tiene paciencia y se da tiempo al tiempo; mejor aún: cuando no se piensa en los efectos, sino que se quiere mostrar la verdad por sí misma, por amor a su grandeza sagrada y divina».

Romano Guardini. Apuntes para una autobiografía (Berichte über mein Leben, 1943-1945). Madrid: Encuentro, 1992; 190 pp.; col. Libros de bolsillo; trad. de María del Puy Alonso; ISBN: 8474902835.

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viernes, 1 de diciembre de 2006

He aquí un texto que Katherine Mansfield suelta, como quien no quiere la cosa, en Historia de un hombre casado (A Married Man´s Story, 1921; publicado póstumamente, inacabado). El narrador, un tipo que habla de sus relaciones con su mujer y recuerda su infancia, se pregunta: «¿Por qué resulta tan difícil escribir con sencillez —y no sólo con sencillez sino “sotto voce”— si es que me entienden? Así es como anhelo escribir. Nada de bonitos efectos, nada de arrojo. Únicamente la pura verdad, como sólo la puede contar un mentiroso».

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domingo, 15 de octubre de 2006

En su momento me gustó mucho Divertirse hasta morir, un análisis lúcido-pesimista de Neil Postman acerca del paso de una cultura tipográfica, o centrada en la palabra, a una cultura centrada en las imágenes. Ciertamente, algunos aspectos de aquél análisis de Postman habría que reformularlos de nuevo pues, aunque seguimos viviendo en un entorno de información fragmentaria y descontextualizada que mayoritariamente sólo vive para la diversión, la irrupción y extensión de Internet ha cambiado las cosas.

Pero, con todo, siguen siendo certeras sus observaciones de que cuando una cultura se desplaza de oral a escrita, de impresa a televisiva, sus ideas sobre la verdad se desplazan con ella: todos vemos cómo la televisión proporciona una nueva definición de la verdad pues la credibilidad de un narrador es la prueba definitiva de la verdad de una proposición. Frente a esto, Postman explicaba su preferencia por el discurso escrito, que nos hace pensar conceptual, deductiva y secuencialmente; que nos hace valorar la razón y el orden; que nos hace aborrecer la contradicción; y que nos da más capacidad para la imparcialidad y la objetividad, y una tolerancia hacia la respuesta dilatada.

Neil Postman. Divertirse hasta morir: el discurso público en la era del “show business” (Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of the Show Business, 1985). Barcelona: Ediciones de la Tempestad, 2001; 195 pp.; trad. de Enrique Odell; ISBN; 84-7948-046-7.

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sábado, 12 de agosto de 2006

Alejandro Llano: «En una sociedad configurada en torno al saber, el valor de la verdad debería resultar decisivo. Porque un conocimiento falso no es en absoluto un conocimiento; y una información mentirosa es una desinformación». Y, si eso es así, y prolongando lo dicho ayer, ¿es literatura una literatura que mienta sobre la vida?

Alejandro Llano. La vida lograda (2002). Barcelona: Ariel, 2003, 2ª impr.; 208 pp.; col. Filosofía; ISBN: 84-344-1232-2.

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domingo, 26 de febrero de 2006

Wayne Booth: «Hay un placer en conocer la simple verdad y hay un placer en aprender que la verdad no es simple. Ambos placeres son fuentes legítimas de efecto literario, pero no pueden realizarse completamente a la vez. (...) Escribir un tipo de libro es siempre, hasta cierto punto, un repudio a otros tipos. E independientemente de la profesada indiferencia de un autor para con el lector, cada libro consigue con esfuerzo, entre toda la humanidad, aquellos lectores para los que sus efectos peculiares fueron designados».

Wayne C. Booth. La retórica de la ficción.

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martes, 26 de abril de 2005

Una parte de la explicación de algunos éxitos también está en lo que dice George Eliot en Middlemarch: «todo el mundo prefiere hacer conjeturas a saber simplemente la verdad porque las conjeturas llegan muy pronto a tener más confianza en sí mismas que el conocimiento, y aceptan con mucha más liberalidad afirmaciones antagónicas».

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