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Notas del archivo 'Muerte' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 10 de febrero de 2017

Al hablar de relatos que tratan bien sobre la muerte una referencia inevitable es Los muertos, la última y más larga narración de las quince que componen Dublineses, de James Joyce. En este libro, como muchos saben, todos los relatos son realistas y tienen lugar en el Dublín de primeros años del siglo XX. Los protagonistas de los primeros son niños, los de los siguientes son adolescentes y los de los últimos son personas maduras. El tono es sobrio pero, por debajo de la superficie, hay multitud de referencias y de guiños. Los muertos está considerado uno de los mejores relatos cortos escritos en lengua inglesa.

Se ambienta en Navidad y casi todo él tiene lugar en la casa de las hermanas Kate y Julia Morkan, dos mujeres mayores que dan una fiesta y un baile tradicional en su casa. Se suceden las conversaciones, con las que se presentan a los personajes, en especial al sobrino de las Morkan, Gabriel Conroy, y a su esposa Gretta. Todo está centrado en el mundo interior de preocupaciones y pensamientos de Gabriel, un profesor y crítico literario, que no sale bien parado de unos choques dialécticos y que está preocupado por el pequeño discurso que ha de pronunciar. Todo conduce al momento en el que, al regresar al hotel, el dolido comportamiento de su mujer, que con motivo de una canción ha recordado a un antiguo novio que tuvo y que falleció, le hace reflexionar sobre los vivos y los muertos.

El relato está muy contenido. Es admirable la forma en que se conduce al lector a la última e intensa escena, y a reflexionar, con Gabriel, en su «vergonzante conciencia de sí mismo», en la fugacidad de la vida, en muertos que vivieron intensamente, y por eso siguen vivos en el alma de algunos, en vivos cuyas vidas son anodinas y se van convirtiendo en sombras. Personalmente no puedo dejar de pensar en que el relato sería mejor todavía si fuera más abierto y un punto esperanzador: si en él quedaran vibrando no sólo sentimientos de nostalgia y pesar sino algún quizá que dejara, mínimamente siquiera, entornada la puerta...

James Joyce. Dublineses (Dubliners, 1914). Madrid: Alianza, 2005; 232 pp.; col. El Libro de bolsillo; trad. de Guillermo Cabrera Infante; ISBN: 978-8420639178. [
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viernes, 3 de febrero de 2017

La más que viva, de Christian Bobin, es un relato en primera persona cuyo narrador recuerda la figura de una mujer llamada Ghislaine, que ha muerto repentinamente con 44 años. Evoca su modo de ser alegre y expansivo, que estuvo enamorado de ella, y cuenta pequeñas anécdotas que le sirven para enhebrar variadas reflexiones sobre la vida y la muerte.

Podría comenzar este comentario igual que hice cuando hablé de otro libro de Bobin: no me ha parecido un libro logrado. Incluso diría que buena parte de los sentimientos que se traslucen pierden frescura y autenticidad al ponerlos por escrito (por más literariamente que se haga). Esto me parece claro si el libro tiene algo de autobiográfico, pero incluso si no lo tiene no me acaba de convencer una exposición que, por momentos, incluso suena un poco enfática.

Con todo, Bobin siempre tiene párrafos y comentarios de interés, como estos:

—que «nosotros, los vivos, somos ante la muerte pésimos alumnos, pasan los días, las semanas y los meses, pero está siempre la misma lección en la pizarra»;

—que a los muertos deberíamos «hablarles menos y escucharlos más»;

—que «en las cosas que queremos hay siempre mucho más que las cosas mismas»;

—que un libro como Reencuentro, de Fred Uhlman, «no solo habla de la Alemania de los años treinta. Muestra el mal en el momento de nacer. El mal no resulta ostentoso en sus inicios. El mal comienza siempre amablemente, modestamente, se podría decir: humildemente».

Christian Bobin. La más que viva (La Plus que vive, 1996). Cádiz: Canto y cuento, 2015; 138 pp.; trad. de Cristóbal Gutiérrez Carrera; ISBN: 978-84944898-1-5. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 5 de agosto de 2015

Hola, abuelo. Querida nieta es, de Peter Härtling, es, como indica el subtítulo, «una historia en correos electrónicos». La nieta es Mirjam, una chica adolescente con problemas y un lenguaje desgarrado, y el abuelo es un hombre ya enfermo que procura contestar con serenidad a los exabruptos de la chica. La pequeña historia fluye con naturalidad y los sentimientos humanos que hay debajo, aunque no se manifiesten por completo, quedan patentes. Los protagonistas no parecen tener creencias religiosas, y por tanto no las manifiestan, pero, aunque el abuelo nada dice al respecto, la chica sí piensa, de modo natural, en una vida más allá de la muerte.

Peter Härtling. Hola, abuelo. Querida nieta. Una historia en correos electrónicos (Hallo Opa. Liebe Mirjam, 2013). Barcelona: Planeta, 2015; 63 pp.; trad. de Joan Josep Musarra; ISBN: 978-84-08-13742-9. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 24 de abril de 2015

Los amigos, de Kazumi Yumoto, fue un relato compuesto por la escritora para llegar a ser una película, como efectivamente lo fue. Está un poco basado en lo que ella vivió cuando murió su abuelo, como cuenta en el epílogo. Su argumento es que tres chicos japoneses de unos doce años se plantean que nunca han visto morir a alguien y que no saben nada de qué pasa cuando uno se muere. Con ese motivo, hacen un plan para espiar a un viejo que les parece que no tardará en morirse. Pero el viejo se da cuenta: entabla trato con ellos y el caso que le hacen le da nuevos ánimos.

Están bien dibujadas las personalidades de cada chico: el narrador, Kiyama, sensato y responsable; Kawabe, nervioso e impulsivo, enfadado por su situación familiar; y el gordo Yamashita, tranquilo y algo apático. Todo sucede de modo calmado, con muchos diálogos. Dentro de las peculiaridades del ambiente local que se refleja, las situaciones son normales y, a veces, resultan divertidas: se presentan bien bastantes reacciones propias de chicos. Es verosímil cómo los protagonistas aprenden, refuerzan su amistad, y maduran.

No es que las reflexiones sobre la muerte que hacen los chicos vayan muy lejos pero tienen interés. Así, recuerda Kiyama, «un tío mío me dijo hace mucho, mucho tiempo que morirse es dejar de respirar. En aquel momento, le creí. Pero ahora sé que no es verdad. Vivir es algo más que respirar. Y morir tiene que ser algo más que respirar, supongo». También Kawabe apunta en una ocasión: «si lo pensamos bien, es un milagro que sigamos vivos». Y Yamashita señala que si un amigo tuyo muere cuida de ti desde el más allá… y eso es como si fueras invencible.

Kazumi Yumoto. Los amigos (Natsu no Niwa, 1992). Madrid: Nocturna, 2015; 211 pp.; trad. de José Pazó Espinosa; ISBN: 978-84-943354-1-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 27 de diciembre de 2014

En Formas de la felicidad, comentando Mujercitas, pongo una cita de George Orwell, que tiene un tono parecido a una de Natalia Ginzburg acerca de Corazón. Está tomada de un artículo en el que habla de la honradez de fondo que había en algunas de sus lecturas de infancia.

Dice Orwell que «puede que la gente de Helen’s Babies o Mujercitas sea ligeramente ridícula, pero no está corrompida. Poseen algo cuya mejor definición quizá sea integridad, o moral, fundada en parte en una beatería irreflexiva. Es de cajón que todo el mundo vaya a la iglesia los domingos por la mañana y que bendiga la mesa y rece antes de ir a dormir; para entretener a los niños se les cuentan historias de la Biblia, y si piden una canción seguramente sea “Gloria, gloria, aleluya”. Tal vez sea también una señal de salud espiritual en la literatura ligera de este periodo que la muerte se mencione sin tapujos. El pequeño Phil, el hermanito de Budge y de Toddie, ha muerto poco antes de que arranque Helen’s Babies, y hay varias referencias lacrimógenas a su “diminuto ataúd”. Un escritor contemporáneo que emprendiera una historia como esta dejaría los ataúdes fuera».

George Orwell. «Bajando de Bangor», Tribune, 22 de noviembre de 1946, en Ensayos (Essays, 1928-1949). Barcelona: Debate, 2013; 975 pp.; trad. de Manuel Cuesta, Osmodiar Lanpio, Miguel Martínez-Lage, Juan Antonio Montiel, Inga Pellisa, Jordi Soler, Miguel Temprano; prólogo de Irene Lozano; ISBN: 978-84-9992-042-9. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 15 de agosto de 2014

Hermana muerte es otro librito corto de Thomas Wolfe, que Periférica publica después de El niño perdido, Una puerta que nunca encontré y Especulación. Con iguales acentos y rasgos estilísticos, esta vez el narrador relata cuatro muertes que presenció en la calle: una sucedió a consecuencia de un accidente de tráfico, otra fue la de un vagabundo borracho que se golpeó contra unas vigas en un edificio, la tercera ocurrió cuando un obrero cayó de un andamio desde un noveno piso, y la cuarta, en la que no hubo violencia y llegó de modo silencioso, la vio cuando un hombre sentado esperando el metro se desplomó. A quien haya leído antes al autor no hace falta indicarle que su estilo retórico por momentos es algo ampuloso y podría estar más controlado, o que sus frases y motivos sos parecidos siempre, pero tampoco es necesario recordarle que, a cada paso, logra descripciones y escenas memorables.

En cada una de las muertes hay una situación que se repite: la de los policías que acuden y despejan el lugar. Además, aparte de las consideraciones que surge acerca de distintos asuntos, en las cuatro el narrador actúa como un observador de quienes observan a la muerte de cerca, que son distintos según las circunstancias de cada caso. Así, se fija en quienes reviven lo vivido «repasándolo una y otra vez con insaciable apetito»; o en una pareja de jóvenes maleducados que «gesticulaban con una desdeñosa y repugnante falta de sensibilidad que resultaba horrible, tanto que me dieron ganas de reventarles la cara de un golpe». Pero también atiende, y de modo conmovedor, a quienes miran al cadáver «con temor reverencial, con miedo y humildad. Y con amor también, porque la muerte había irrumpido en la realidad de cada uno de ellos con su luz, que, aunque terrible, iluminaba el aire contaminado y gris. De alguna manera, aquella luz borraba la rutina, la mediocridad, y lo volvía todo, aunque fuera durante unos minutos, sólo una hora, distinto, renovado paradójicamente, y más digno al fin».

Thomas Wolfe. Hermana muerte (Death the Proud Brother, 1933). Cáceres: Periférica, 2014; 94 pp.; col. Largo recorrido; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-95-6. [Vista del libro en amazon.es]


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viernes, 2 de mayo de 2014

Tal como dije cuando puse la reseña de El jilguero, indico ahora dos razones por las que ha sido una novela con la que he conectado muchísimo.

Una tiene que ver con haber sido lector, en los dos últimos años, especialmente, de tantos libros de Dostoievski y Cormac McCarthy, y de haber pensado y escrito sobre ellos. Que la novela de Tartt es muy deudora de Dostoievski es evidente. Que lo es de McCarthy, para mí también lo es, y no solo porque ambos sean sureños. Esto se relaciona con que la novela de Tartt aborda de forma muy comprensiva —algunos pensarán que demasiado— las vidas de sus personajes, especialmente las de los más desastrados, lo que también me ha recordado uno de mis relatos cortos favoritos, El perseguidor, de Julio Cortázar, cuyo protagonista se dio a la droga en busca de una felicidad que sólo encontraba en los momentos más altos y extáticos de su interpretación musical. Pues bien, El jilguero recuerda que al arte —como a la droga, o a la bebida, o al sexo—, muchas veces sólo se les pide que cumplan la que se califica en El perseguidor como la peor de las misiones de la música: ponernos un biombo y sacarnos del mundo un par de horas. Al mismo tiempo sugiere poderosamente cómo quienes recurren a esas vías de escape, sin saberlo están buscando afanosa e infructuosamente una trascendencia o una felicidad que intuyeron o que intuyen, pero el precio que pagan por eso es el de un dolor personal y ajeno que puede llegar a ser intolerable. En esto hay una idea dostoievskiana que McCarthy formula diciendo que en la belleza del mundo hay un secreto: el corazón del mundo late a un coste terrible y el dolor del mundo y su belleza se mueven en una relación de «equidad divergente», y «en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor».

Otro motivo por el que me ha gustado El jilguero tiene que ver con las consideraciones que varias veces he puesto aquí acerca de la forma tan incompleta en que se trata la muerte en los libros infantiles y juveniles: lo he comentado, últimamente, al hablar de Mimi, de El árbol de los recuerdos, y de Un monstruo viene a verme. En esta dirección hay un momento en el cual el narrador de El jilguero reflexiona y fantasea con el recibimiento que su madre les hará a un amigo suyo y a él cuando mueran, y dice: «Quizá sea estúpido expresar siquiera tales esperanzas. Por otra parte, quizá es más estúpido no hacerlo». Luego, más adelante, cuando sueña con su madre, justo en el momento más crítico de su vida, sigue: «Allí, en su sonrisa, estaba la respuesta a todas las preguntas, la sonrisa anterior a la Navidad de alguien que tiene un secreto demasiado maravilloso para dejarlo escapar así sin más: “Bueno, tendrás que esperar para verlo, ¿no?” Pero justo cuando ella estaba a punto de hablar, echándome un exasperado y afectuoso aliento que yo conocía muy bien, cuyo sonido podía oír incluso ahora, desperté». Y entonces «las campanas de la iglesia más cercana tocaron con un estruendo tan violento que me erguí de pánico, buscando a tientas las gafas. Había olvidado que día era: Navidad».

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jueves, 1 de mayo de 2014

Después de Mimi y El árbol de los recuerdos, un libro que vuelve al tema de la muerte, pero de manera muy distinta, es Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness.

La madre de Conor, de trece años, tiene cáncer y no está respondiendo bien al tratamiento. El comportamiento de Conor en el colegio es el de alguien ausente pero eso no impide que un compañero de clase le acose, algo que los profesores más o menos captan, pero que Conor niega para evitar líos. Además, un día le ocurre algo pesadillesco: el tejo de su jardín cobra vida y se le aparece, de forma muy amenazadora, y le dice que la va contar tres relatos pero que, al final, él tendrá que confesarle una verdad que no ha contado antes nunca. A todo esto, cuando a su madre la ingresan en el hospital, vuelve unos días su padre desde los Estados Unidos, donde vive con su nueva mujer, y toma las riendas enérgicamente su abuela, y ninguna de las dos cosas a Conor le sienta bien.

La trama es tensa. Están bien entrelazados los hilos: relaciones familiares, vida escolar, temores y pesadillas del protagonista. Se introduce bien al lector en la tormenta emocional por la que pasa Conor y resultan verosímiles sus explosivos estallidos de furia, rebelión y dolor. Acompañan la historia unas ilustraciones en blanco y negro diseñadas para que vayan integradas con el texto y así contribuyan a reforzar lo que se nos cuenta del estado interior angustioso del chico. Está demasiado exagerado, para mi gusto, el papel del árbol en la historia: tal vez un tono más sereno y menos enfático hubiera sido mejor. En cualquier caso, la narración se lee con interés y es honrada en la forma en que plantea la situación tan dolorosa por la que pasa el protagonista, por más que sea uno más de los muchos relatos que no hablan para nada del después de la vida o de los sentimientos interiores de los protagonistas al respecto.

Patrick Ness. Un monstruo viene a verme (A monster calls, 2011). Barcelona: Debolsillo, 2012; 222 pp.; ilust. de Jim Kay; trad. de Carlos Jiménez Arribas; ISBN: 978-84-9989-890-2.

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miércoles, 19 de febrero de 2014

En mi experiencia personal, y en la de la mayoría de las personas que conozco, la muerte de alguien cercano pone de pie una convicción que cabría llamar instintiva: la de que no puede acabarse todo, la de que las cosas buenas dadas y recibidas no pueden quedar en nada, la de que nuestra vida pide otra y no puede terminar con la muerte. Esta realidad, en la que no todos los libros infantiles que tratan sobre la muerte se detienen, se recoge con acierto en Mimi, de John Newman. Por lo que la narradora cuenta sabemos que su madre ha muerto hace poco, que su padre está más bien fuera de juego, que sus hermanos se comportan de modo un tanto anómalo, y que sus familiares, profesores y vecinos intentan echarles una mano. Además, la narradora, Mimi, una chica adoptada de origen chino, sufre burlas en su colegio.

Esta reseña de Ana Garralón es excelente y explica bien tanto los rasgos como los contenidos del libro. A esos comentarios yo añadiría que facilitan su lectura la estructura en capítulos cortos y que plantea bien la importancia de la ayuda de todos en situaciones así. Además, diría que la verosimilitud de la historia se refuerza mucho cuando Mimí dice al final del capítulo 3: «Lo último que hago antes de quedarme frita es susurrar buenas noches a la foto de mami que hay en mi armario y pedirle que arregle el corazón roto de papá. Eso me hace llorar un poco, pero luego me quedo dormida». Y más adelante insiste: «Antes de ponerme a dormir cogí la foto de mamá y le dije a que Sally le gustaba George, y le pedí que no se olvidara de hacer que el sol brillara mañana, y le dije que la quería, le di las buenas noches y le deseé que durmiera bien». Y, al final, tampoco se olvida: «le di las buenas noches, le deseé que durmiera bien y de alguna manera sentí que ella estaba allí conmigo».

John Newman. Mimi (2010). Madrid: Siruela, 2013; 161 pp.; col. Las tres edades; trad. de Denise Despeyroux; ISBN: 978-84-15803-10-2.

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domingo, 12 de enero de 2014

Paul Johnson: «El juicio y la muerte de Sócrates constituye uno de los grandes acontecimientos morales de la antigüedad». Es cierto que, sigue Johnson, es «una auténtica pena que Tucídides no estuviera vivo para darnos su relato concienzudo, continuo, seguro y penetrante del acontecimiento» y que tengamos que conformarnos con los libros que dejó Platón, «escritos con su acostumbrada maestría —a decir verdad, sorprendentemente genial cuando narra las últimas horas de Sócrates—, pero con su habitual combinación de verdad y transferencia (de sus pensamientos a Sócrates) y su irritante deformación profesional, la tendencia a poner las ideas delante de las personas». Con todo, la información que poseemos es más que suficiente para concluir que «Sócrates en prisión, a punto de morir por el derecho a expresar sus opiniones, es una imagen de la filosofía de todos los tiempos. (…) Esta potentísima imagen visual del pensamiento, el hombre justo a las puertas de la muerte, se convirtió en el arquetipo de la filosofía en su encarnación humana. Todos los filósofos posteriores se vieron, en algún sentido, forzados a competir con esta imagen y aceptarla».

Paul Johnson. Sócrates: un hombre de nuestro tiempo (Socrates, 2011). Madrid: Avarigani, 2012; 170 pp.; trad. e introducción de Juan José García Norro; ISBN: 978-84-939130-5-2.

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viernes, 29 de marzo de 2013

«Si Dios ha muerto, como no vamos a morir nosotros»: dice Jiménez Lozano que oyó ese comentario en su infancia muchas veces ante una desgracia enorme y súbita, o un accidente mortal, o «una muerte que desconcertaba. Y era algo convincente. No he encontrado nunca, más tarde, otra razón que más me convenciera».

José Jiménez Lozano. Retratos y naturalezas muertas (2000). Madrid: Trotta, 2000; 203 pp.; ISBN: 84-8164-425-0.

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viernes, 15 de marzo de 2013

Cuando leí la novela que puse ayer sobre la muerte recordé un texto de Jiménez Lozano acerca de las representaciones de la muerte en el Barroco porque, pensé, esa clase de novelitas que vuelve a la idea del «polvo serás pero polvo enamorado» de Quevedo, y no es capaz de ir un poco más allá, tienen algo o mucho de autoengaño...

Hablaba ese texto del entusiasmo de aquella época por las calaveras, que aparecían en cuadros como si fueran un reloj para medir tiempo-eternidad y para suscitar «todas las meditaciones barrocas o hamletianas sobre el sentido de la existencia. Pero —seguía el autor— el Barroco adornó con finísimas telas recamadas en oro estos cráneos, los encerró incluso en relicarios de oro y piedras preciosas, colocando éstas a veces en las mismas cuencas vacías de los ojos: zafiros, diamantes y esmeraldas, o rubíes como miradas de fuego o cólera. ¿Negación de la muerte y su vacío? ¿Glorificación del polvo y la ceniza? ¿Complicidad horrible con ellos, como en el verso de William Austin, Sepulchrum domus mea est, el sepulcro es mi casa? ¿Engaño para nuestros sentidos, fascinados con aquellas maravillas, mientras el ánima medita en la nada como si fuese un algo? Todo a la vez, seguramente; vida que es sueño soñado en estos cráneos huecos, puro delirio. “Polvo enamorado” que dirá Quevedo de la infame escoria de la tumba, en un rutilante y mendaz verso, que brilla como esas enjoyadas calaveras, trompe-l’oeil, trampantojo en suma. Máscara».

Bueno, y traigo aquí este texto para recomendar también Por amor al arte, donde se habla del libro al que pertenece la cita.

José Jiménez Lozano. Retratos y naturalezas muertas (2000). Madrid: Trotta, 2000; 203 pp.; ISBN: 84-8164-425-0.

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jueves, 14 de marzo de 2013

Bajo la misma estrella, de John Green, es una novela notable, tanto literaria como humanamente. No es nada fácil hablar de chicos con cáncer, por lo que los defectos que se le pueden encontrar a una novela así no deben ocultar que, cuanto más complicado es un tema, más fácil es confundirse pero mucho más mérito tienen los aciertos.

Indiana. Amistad entre Hazel, una chica bajita de dieciséis años con cáncer de tiroides que ha pasado a los pulmones y que ha de ir a todas partes con una bombona de oxígeno, y Gus, un chico de diecisiete, jugador de baloncesto, que, como consecuencia de un osteosarcoma, tiene una sola pierna. Se conocen en un grupo de apoyo para chicos jóvenes que tienen cáncer. Consiguen viajar a Holanda para cumplir el sueño de Hazel: conocer a Peter van Houten, un escritor cuya única obra, también acerca del cáncer, es la que más ha ayudado siempre a Hazel.

El punto a favor de la novela es que Hazel es una narradora sarcástica y cautivadora. En el debe hay que poner que, con frecuencia, los acentos de Hazel sólo pueden ser adultos pues da en el blanco una y otra vez, sea con la brusquedad juvenil o sea con armas literarias sofisticadas (por ejemplo, puede recitar Prufrock de memoria...). También la construcción de su relato es demasiado equilibrada, pues pasa con toda fluidez de momentos de dulzura y amabilidad a otros de cardo borriquero mucho más graciosos, con lo que dice lo que muchos desean oír al mismo tiempo que compensa cualquier blandenguería.

Otra cualidad es el ataque demoledor a tantas afirmaciones de psicología barata de autoayuda tan propias de nuestro tiempo y tan vacías. Un ejemplo, de los menos sangrantes, es este: «una de las convenciones menos idiotas del género cáncer juvenil es la del Último Día Bueno, el día en que parece que la víctima de cáncer goza de unas inesperadas horas porque parece que el inexorable declive se ha estancado de repente y por un momento puede soportar el dolor. El problema, claro, es que no hay manera de saber si tu último día bueno es tu Último Día Bueno. En esos momentos no es más que otro día bueno». Esa misma búsqueda de realismo y de contrarrestar cualquier ternurismo, conduce a momentos burdos, de lenguaje y de comportamiento, y momentos de iniciación sexual, que parecen no encajar del todo en la clase de narradora, también tan literaria, que es Hazel: para mí que se los callaría.

Otra más es que los padres de los protagonistas son personas entrañables lo cual, para quienes estamos acostumbrados a los padres rígidos y las madres autoritarias tan frecuentes en mucha LIJ, no deja de ser un descanso y un motivo de aplauso. También, las conversaciones sobre el más allá de la muerte son inteligentes y respetuosas aunque no tengan el alcance de Blanca como la nieve, roja como la sangre, otra novela de chicos con cáncer (pero italianos, no norteamericanos). Hazel señala que Gus cree en Algo, «con A mayúscula», y continúa diciendo que cree en que vamos a parar a algún sitio. Hazel, sin embargo, aunque piensa que «creer en el cielo era una especie de despreocupación intelectual», se plantea que Gus no es un idiota (lo que por parte de Hazel tampoco es nada idiota). Están bien los comentarios, del padre de Hazel y de Gus, acerca de que «a veces el universo quiere que lo observen».

John Green. Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars, 2012). Barcelona: Nube de Tinta, 2012; 301 pp.; trad. de Noemí Sobregués; ISBN: 978-84-15594-01-7.

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jueves, 28 de febrero de 2013

Si ayer hablaba de relatos sobre chicos en situaciones complicadas, el de la protagonista de Lejos del polvo, de Karen Hesse, es más dura todavía. La nueva edición de hace pocos meses es una oportunidad de conocerla: es una novelita excelente pero, eso sí, el lector ha de ir preparado para sufrir.

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domingo, 10 de febrero de 2013

Simon Leys: «Los anuncios que la ley ordena imprimir en los paquetes de tabaco y de cigarrillos hacen involuntariamente eco a un hermosísimo rito antiguo de la iglesia católica: a principios de la Cuaresma, el miércoles de Ceniza, cuando a cada fiel se le impone en la frente la ceniza bendecida, el cura le dice: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”».

Lo anterior resulta chocante, viene a decir el autor del texto, porque «la mayor parte del tiempo, la vida moderna se esfuerza en embotar u obliterar en nosotros el pensamiento de la muerte» y, naturalmente, porque el espíritu que hay detrás del recordatorio de «fumar puede matar» y demás eslóganes, es completamente distinto de la conciencia de la proximidad de la muerte propia del cristianismo, que «es una celebración de la vida. Mozart confió en una carta que pensaba cada día en la muerte, y que este pensamiento era la fuente profunda de toda su creación musical. Explica ciertamente la alegría inagotable de su arte».

Sigue Leys: «No quiero decir con ello que la inspiración que se puede sacar de los anuncios fúnebres lanzados por los diversos organismos de salud y del pensamiento políticamente correcto vaya a transformar a todos los fumadores en unos Mozarts, pero sin duda estas advertencias estridentes paradójicamente vienen a adornar el consumo de tabaco de una nueva seducción, cuando no de un significado metafísico. Cada vez que veo una de esas amenazadoras etiquetas en un paquete de cigarrillos, me siento seriamente tentado de volver a fumar de nuevo».

Simon Leys. La felicidad de los pececillos: cartas desde las Antípodas (The bonheur des petits poissons, 2008). Barcelona: Acantilado, 2011; 140 pp.; col. El acantilado; trad. del francés de José Ramón Monreal; ISBN: 978-84-92649-88-4.

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viernes, 29 de junio de 2012

Así termina el último de los ensayos de Simon Leys que se recogen en La felicidad de los pececillos:

«No dejamos de asombrarnos del paso del tiempo: “Pero ¡cómo! ¡Si parece que era ayer cuando ese padre de familia era aún un chaval con pantalón corto!”. Lo cual viene a demostrar que el tiempo no es nuestro elemento natural. ¿Es posible imaginar a un pez que se asombre de que el agua moje? Es que nuestra verdadera patria es la eternidad; nosotros no somos más que visitantes de paso en el tiempo.

Eso no impide que sea en el tiempo en donde el hombre construya la catedral de Chartres, pinte el techo de la Capilla Sixtina o toque una cítara de siete cuerdas, lo que inspiró la fulgurante intuición de William Blake: “La Eternidad está enamorada de las obras del tiempo”».

Simon Leys. La felicidad de los pececillos: cartas desde las Antípodas (The bonheur des petits poissons, 2008). Barcelona: Acantilado, 2011; 140 pp.; col. El acantilado; trad. de José Ramón Monreal; ISBN: 978-84-92649-88-4.

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miércoles, 30 de mayo de 2012

Al leer Un perro llamado Vagabundo recordé otro relato mejor, Pobby y Dingan, de Ben Rice, que también intentaba lidiar con presencias sobrenaturales que se perciben pero se desconocen.

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miércoles, 23 de mayo de 2012

Un perro llamado Vagabundo
es la primera novela de su autora, Sarah Lean.

A partir de un día en el que su colegio promovió un día de silencio patrocinado —unos voluntarios no hablan en todo el día y sus compañeros recaudan fondos, curiosa fórmula por cierto—, la muy habladora y revoltosa Cally se queda en silencio durante semanas, por lo que todos a su alrededor empiezan a preocuparse. La razón para su silencio, como al principio queda claro, es que su madre ha muerto hace poco, ella la echa mucho de menos, e incluso tiene como apariciones suyas algunas veces, pero su padre no quiere ni oír hablar de la cuestión: «es hora de que olvidemos el pasado y dejemos de inventar cuentos tontos. Es hora de crecer». A todo esto, el padre de Cally también decide que se cambien de casa, y en la nueva tienen como vecinos a una comprensiva mujer y a su hijo Sam, un chico ciego, casi completamente sordo, y asmático; y en sus vidas aparecen un mendigo llamado Jed y un misterioso perro al que llaman Vagabundo.

El atractivo de la historia es, sobre todo, que Cally es una narradora excepcional: por su calidez, por lo bien que cuenta las cosas, porque da con imágenes certeras —«a veces el silencio puede ser algo tan incómodo como tener que meter todas las cosas en cajas de cartón», «la señora Brooks brillaba como una tostada con mantequilla»—. Su mérito es que resulta un intento positivo de acercarse a una realidad difícil como es la muerte de alguien muy querido, por más que los planteamientos de los personajes resulten insuficientes y el hecho de que Dios exista o no ni se mencione. Su principal defecto, habitual en este tipo de relatos, es la enorme perspicacia de varios personajes: de la misma narradora, de uno de sus profesores, de Jed, y, sobre todo, de Sam.

Sarah Lean. Un perro llamado Vagabundo (A Dog Called Homeless, 2011). Barcelona: Noguer, 2012; 191 pp.; trad. de Ariadna Castellarnau Arfelis; ISBN: 978-84-279-0148-3.

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jueves, 8 de diciembre de 2011

El niño perdido,
de Thomas Wolfe, es un relato corto, distribuido en cuatro partes, acerca de Grover, un hermano del autor que falleció en 1904, antes de cumplir los doce años, cuando la familia vivía en Saint Louis durante la Exposición Universal. En la primera parte se describen escenas de la vida de Grover en el vecindario hasta que acaba teniendo un choque con los tacaños Crocker, los propietarios de una tienda de la que sale una embriagadora fragancia de chocolate caliente que no puede resistir. En la segunda figuran los recuerdos que tiene la madre, donde afirma que, de todos sus hijos, Grover era el más brillante. En la tercera es su hermana Helen, dos años mayor que Grover, la que lo rememora unos treinta años después, cuando «nada ha resultado como esperábamos…». Y la cuarta es una visita del escritor a la calle y a la casa donde vivían todos cuando murió Grover.

Quien desee acercarse a Wolfe, un escritor siempre autobiográfico de prosa torrencial que, cuando logra remansarse un poco y enfocar bien un objetivo concreto, logra escenas y capítulos verdaderamente inolvidables, puede probarlo en una obra como esta. Por un lado, contiene sus temas característicos: la nostalgia indefinible de cosas inalcanzables, los deseos que se vuelven imposibles y resultan dolorosos con el paso del tiempo, el fulgor como trascendental de muchos momentos de la vida cotidiana… Por otro, revela su increíble capacidad para, por medio de asombrosas descripciones sensoriales, con adjetivos y frases que se repiten y van encabalgándose, dejar constancia de la inmensidad de Norteamérica, un mundo que se presenta como familiar e inabarcable al mismo tiempo, donde viven tantos hombres insatisfechos que, como el narrador, son o se ven como un «átomo sin nombre, un átomo perdido en el vacío, una cifra irrisoria y llena de polvo que gira alrededor de un tiempo incontable».

Thomas Wolfe. El niño perdido (The Lost Boy, 1937). Cáceres: Periférica, 2011; 93 pp.; col. Largo recorrido; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-41-3. [Vista del libro en amazon.es]

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StuparichIsla.jpg
viernes, 28 de noviembre de 2008

La isla
es un relato corto, del escritor italiano Giani Stuparich, que, sin presentar la emoción tan a flor de piel como Yúsuf Idris en La mano suprema, toca la misma tecla del agradecimiento de un hijo hacia su padre cuando llega el momento del balance final.

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domingo, 3 de febrero de 2008

Hace unas semanas, ponía una cita de Umberto Eco acerca de una de las funciones principales de la literatura.

Ahora, otras tres respecto a lo mismo.

Una, de Alasdair MacIntyre en Tras la virtud: «Sólo retrospectivamente pueden calificarse de incumplidas las esperanzas, de decisivas a las batallas y así sucesivamente. Pero así las caracterizamos en la vida como en el arte. Y a quien diga que en la vida no hay finales, o que las despedidas definitivas solo tienen lugar en los relatos, se siente uno tentado de responderle si ha oído hablar de la muerte».

Otra, de Paul Ricoeur en el primero de sus libros dedicados al estudio del tiempo en las narraciones: «La cuestión más grave que podría plantear este libro es saber hasta qué punto la reflexión filosófica sobre la narratividad y el tiempo puede ayudar a pensar juntas la eternidad y la muerte».

Otra, de Nicolás Gómez Dávila en Escolios escogidos: «La poesía es modo de evocar cualquiera de los aspectos del mundo que aluden a la muerte. La juventud es tema poético porque no dura y la dicha porque pasa. La poesía de lo eterno es la fragancia del cadáver de la muerte».

Alasdair MacIntyre. Tras la virtud (After virtue, 1984). Barcelona: Crítica, 2004, 2ª impr.; 352 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Amelia Valcárcel; ISBN: 84-8432-170-3.
Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico (Temps et Récit. L’histoire et le recit, 1983). Madrid: Cristiandad, 1987; 377 pp.; serie Libros Europa; trad. de Agustín Neira; ISBN: 84-7057-415-9.
Nicolás Gómez Dávila. Escolios escogidos. Sevilla: Los Papeles del Sitio, 2007; 205 pp.; edición y prólogo de Juan Arana; ISBN: 84-935892-1-7.

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sábado, 15 de diciembre de 2007

Umberto Eco: «La función de los relatos “inmodificables” es precisamente ésta: contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino, nos hacen tocar con nuestras propias manos la imposibilidad de cambiarlo. Y al hacerlo, nos cuenten lo que nos cuenten, cuentan también nuestra historia, y por eso los leemos y los amamos. Necesitamos esa severa lección “represiva”. La narrativa hipertextual puede educarnos a ser libres y creativos. Está bien, pero no lo es todo. Los relatos “ya hechos” nos enseñan también a morir.

Creo que esta educación al Sino y a la muerte es una de las funciones principales de la literatura. Quizá haya otras, pero ahora no se me ocurren».

Umberto Eco. Sobre literatura (sulla Letteratura, 2002). Barcelona: RqueR, 2002; 347 pp.; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 84-932721-1-6.

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viernes, 16 de junio de 2006

Alejandro Llano: «La gran literatura sabe que la muerte no es un puro acontecimiento, y menos aún un suceso negativo. La muerte es el acontecimiento más auténtico de la persona y la más incuestionable realidad del hombre y del mundo (...). Todo puede ser aparente, y en buena medida lo es, menos la muerte. Es “la hora de la verdad” y quizá el único momento en el que la verdad comparece sin adornos ni aditamentos». Un ejemplo: La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi.

Alejandro Llano. Deseo, violencia, sacrificio – El secreto del mito según René Girard (2005). Pamplona: Eiunsa, 2005; 208 pp.; col. Astrolabio; ISBN: 84-313-2197-0.

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sábado, 12 de noviembre de 2005

Siempre me han parecido especialmente misteriosas las escenas de El Señor de los anillos en la que se narra el periplo de Aragorn hasta llegar a Minas Tirith. Tal vez, esa intervención de los muertos en la batalla final, en la mente de Tolkien, tenga el significado de que determinadas victorias sólo se logran recabando todas las ayudas posibles.

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sábado, 1 de octubre de 2005

Cuenta George Steiner en Errata que una vez su padre le leyó, en su cumpleaños, el canto XXI de La Ilíada donde Licaón pide perdón a Aquiles pero éste lo mata: «Llevar dentro de uno mismo este relato (aprenderlo de memoria) es poseer una guillotina contra la ilusión. Junto con La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi (Tolstoi es uno de nuestros más eximios lectores de La Ilíada), el fatalismo de Aquiles —su ternura momentánea, vacía como los ojos de las figuras arcaicas griegas— nos instruye contra nuestra propia trivialidad».

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