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viernes, 29 de marzo de 2013

«Si Dios ha muerto, como no vamos a morir nosotros»: dice Jiménez Lozano que oyó ese comentario en su infancia muchas veces ante una desgracia enorme y súbita, o un accidente mortal, o «una muerte que desconcertaba. Y era algo convincente. No he encontrado nunca, más tarde, otra razón que más me convenciera».

José Jiménez Lozano. Retratos y naturalezas muertas (2000). Madrid: Trotta, 2000; 203 pp.; ISBN: 84-8164-425-0.
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viernes, 15 de marzo de 2013

Cuando leí la novela que puse ayer sobre la muerte recordé un texto de Jiménez Lozano acerca de las representaciones de la muerte en el Barroco porque, pensé, esa clase de novelitas que vuelve a la idea del «polvo serás pero polvo enamorado» de Quevedo, y no es capaz de ir un poco más allá, tienen algo o mucho de autoengaño...

Hablaba ese texto del entusiasmo de aquella época por las calaveras, que aparecían en cuadros como si fueran un reloj para medir tiempo-eternidad y para suscitar «todas las meditaciones barrocas o hamletianas sobre el sentido de la existencia. Pero —seguía el autor— el Barroco adornó con finísimas telas recamadas en oro estos cráneos, los encerró incluso en relicarios de oro y piedras preciosas, colocando éstas a veces en las mismas cuencas vacías de los ojos: zafiros, diamantes y esmeraldas, o rubíes como miradas de fuego o cólera. ¿Negación de la muerte y su vacío? ¿Glorificación del polvo y la ceniza? ¿Complicidad horrible con ellos, como en el verso de William Austin, Sepulchrum domus mea est, el sepulcro es mi casa? ¿Engaño para nuestros sentidos, fascinados con aquellas maravillas, mientras el ánima medita en la nada como si fuese un algo? Todo a la vez, seguramente; vida que es sueño soñado en estos cráneos huecos, puro delirio. “Polvo enamorado” que dirá Quevedo de la infame escoria de la tumba, en un rutilante y mendaz verso, que brilla como esas enjoyadas calaveras, trompe-l’oeil, trampantojo en suma. Máscara».

Bueno, y traigo aquí este texto para recomendar también Por amor al arte, donde se habla del libro al que pertenece la cita.

José Jiménez Lozano. Retratos y naturalezas muertas (2000). Madrid: Trotta, 2000; 203 pp.; ISBN: 84-8164-425-0.
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jueves, 14 de marzo de 2013

Bajo la misma estrella, de John Green, es una novela notable, tanto literaria como humanamente. No es nada fácil hablar de chicos con cáncer, por lo que los defectos que se le pueden encontrar a una novela así no deben ocultar que, cuanto más complicado es un tema, más fácil es confundirse pero mucho más mérito tienen los aciertos.

Indiana. Amistad entre Hazel, una chica bajita de dieciséis años con cáncer de tiroides que ha pasado a los pulmones y que ha de ir a todas partes con una bombona de oxígeno, y Gus, un chico de diecisiete, jugador de baloncesto, que, como consecuencia de un osteosarcoma, tiene una sola pierna. Se conocen en un grupo de apoyo para chicos jóvenes que tienen cáncer. Consiguen viajar a Holanda para cumplir el sueño de Hazel: conocer a Peter van Houten, un escritor cuya única obra, también acerca del cáncer, es la que más ha ayudado siempre a Hazel.

El punto a favor de la novela es que Hazel es una narradora sarcástica y cautivadora. En el debe hay que poner que, con frecuencia, los acentos de Hazel sólo pueden ser adultos pues da en el blanco una y otra vez, sea con la brusquedad juvenil o sea con armas literarias sofisticadas (por ejemplo, puede recitar Prufrock de memoria...). También la construcción de su relato es demasiado equilibrada, pues pasa con toda fluidez de momentos de dulzura y amabilidad a otros de cardo borriquero mucho más graciosos, con lo que dice lo que muchos desean oír al mismo tiempo que compensa cualquier blandenguería.

Otra cualidad es el ataque demoledor a tantas afirmaciones de psicología barata de autoayuda tan propias de nuestro tiempo y tan vacías. Un ejemplo, de los menos sangrantes, es este: «una de las convenciones menos idiotas del género cáncer juvenil es la del Último Día Bueno, el día en que parece que la víctima de cáncer goza de unas inesperadas horas porque parece que el inexorable declive se ha estancado de repente y por un momento puede soportar el dolor. El problema, claro, es que no hay manera de saber si tu último día bueno es tu Último Día Bueno. En esos momentos no es más que otro día bueno». Esa misma búsqueda de realismo y de contrarrestar cualquier ternurismo, conduce a momentos burdos, de lenguaje y de comportamiento, y momentos de iniciación sexual, que parecen no encajar del todo en la clase de narradora, también tan literaria, que es Hazel: para mí que se los callaría.

Otra más es que los padres de los protagonistas son personas entrañables lo cual, para quienes estamos acostumbrados a los padres rígidos y las madres autoritarias tan frecuentes en mucha LIJ, no deja de ser un descanso y un motivo de aplauso. También, las conversaciones sobre el más allá de la muerte son inteligentes y respetuosas aunque no tengan el alcance de Blanca como la nieve, roja como la sangre, otra novela de chicos con cáncer (pero italianos, no norteamericanos). Hazel señala que Gus cree en Algo, «con A mayúscula», y continúa diciendo que cree en que vamos a parar a algún sitio. Hazel, sin embargo, aunque piensa que «creer en el cielo era una especie de despreocupación intelectual», se plantea que Gus no es un idiota (lo que por parte de Hazel tampoco es nada idiota). Están bien los comentarios, del padre de Hazel y de Gus, acerca de que «a veces el universo quiere que lo observen».

John Green. Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars, 2012). Barcelona: Nube de Tinta, 2012; 301 pp.; trad. de Noemí Sobregués; ISBN: 978-84-15594-01-7.
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jueves, 28 de febrero de 2013

Si ayer hablaba de relatos sobre chicos en situaciones complicadas, el de la protagonista de Lejos del polvo, de Karen Hesse, es más dura todavía. La nueva edición de hace pocos meses es una oportunidad de conocerla: es una novelita excelente pero, eso sí, el lector ha de ir preparado para sufrir.
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domingo, 10 de febrero de 2013

Simon Leys: «Los anuncios que la ley ordena imprimir en los paquetes de tabaco y de cigarrillos hacen involuntariamente eco a un hermosísimo rito antiguo de la iglesia católica: a principios de la Cuaresma, el miércoles de Ceniza, cuando a cada fiel se le impone en la frente la ceniza bendecida, el cura le dice: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”».

Lo anterior resulta chocante, viene a decir el autor del texto, porque «la mayor parte del tiempo, la vida moderna se esfuerza en embotar u obliterar en nosotros el pensamiento de la muerte» y, naturalmente, porque el espíritu que hay detrás del recordatorio de «fumar puede matar» y demás eslóganes, es completamente distinto de la conciencia de la proximidad de la muerte propia del cristianismo, que «es una celebración de la vida. Mozart confió en una carta que pensaba cada día en la muerte, y que este pensamiento era la fuente profunda de toda su creación musical. Explica ciertamente la alegría inagotable de su arte».

Sigue Leys: «No quiero decir con ello que la inspiración que se puede sacar de los anuncios fúnebres lanzados por los diversos organismos de salud y del pensamiento políticamente correcto vaya a transformar a todos los fumadores en unos Mozarts, pero sin duda estas advertencias estridentes paradójicamente vienen a adornar el consumo de tabaco de una nueva seducción, cuando no de un significado metafísico. Cada vez que veo una de esas amenazadoras etiquetas en un paquete de cigarrillos, me siento seriamente tentado de volver a fumar de nuevo».

Simon Leys. La felicidad de los pececillos: cartas desde las Antípodas (The bonheur des petits poissons, 2008). Barcelona: Acantilado, 2011; 140 pp.; col. El acantilado; trad. del francés de José Ramón Monreal; ISBN: 978-84-92649-88-4.
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viernes, 29 de junio de 2012

Así termina el último de los ensayos de Simon Leys que se recogen en La felicidad de los pececillos:

«No dejamos de asombrarnos del paso del tiempo: “Pero ¡cómo! ¡Si parece que era ayer cuando ese padre de familia era aún un chaval con pantalón corto!”. Lo cual viene a demostrar que el tiempo no es nuestro elemento natural. ¿Es posible imaginar a un pez que se asombre de que el agua moje? Es que nuestra verdadera patria es la eternidad; nosotros no somos más que visitantes de paso en el tiempo.

Eso no impide que sea en el tiempo en donde el hombre construya la catedral de Chartres, pinte el techo de la Capilla Sixtina o toque una cítara de siete cuerdas, lo que inspiró la fulgurante intuición de William Blake: “La Eternidad está enamorada de las obras del tiempo”».

Simon Leys. La felicidad de los pececillos: cartas desde las Antípodas (The bonheur des petits poissons, 2008). Barcelona: Acantilado, 2011; 140 pp.; col. El acantilado; trad. de José Ramón Monreal; ISBN: 978-84-92649-88-4.
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miércoles, 30 de mayo de 2012
Al leer Un perro llamado Vagabundo recordé otro relato mejor, Pobby y Dingan, de Ben Rice, que también intentaba lidiar con presencias sobrenaturales que se perciben pero se desconocen.
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miércoles, 23 de mayo de 2012
Un perro llamado Vagabundo es la primera novela de su autora, Sarah Lean.

A partir de un día en el que su colegio promovió un día de silencio patrocinado —unos voluntarios no hablan en todo el día y sus compañeros recaudan fondos, curiosa fórmula por cierto—, la muy habladora y revoltosa Cally se queda en silencio durante semanas, por lo que todos a su alrededor empiezan a preocuparse. La razón para su silencio, como al principio queda claro, es que su madre ha muerto hace poco, ella la echa mucho de menos, e incluso tiene como apariciones suyas algunas veces, pero su padre no quiere ni oír hablar de la cuestión: «es hora de que olvidemos el pasado y dejemos de inventar cuentos tontos. Es hora de crecer». A todo esto, el padre de Cally también decide que se cambien de casa, y en la nueva tienen como vecinos a una comprensiva mujer y a su hijo Sam, un chico ciego, casi completamente sordo, y asmático; y en sus vidas aparecen un mendigo llamado Jed y un misterioso perro al que llaman Vagabundo.

El atractivo de la historia es, sobre todo, que Cally es una narradora excepcional: por su calidez, por lo bien que cuenta las cosas, porque da con imágenes certeras —«a veces el silencio puede ser algo tan incómodo como tener que meter todas las cosas en cajas de cartón», «la señora Brooks brillaba como una tostada con mantequilla»—. Su mérito es que resulta un intento positivo de acercarse a una realidad difícil como es la muerte de alguien muy querido, por más que los planteamientos de los personajes resulten insuficientes y el hecho de que Dios exista o no ni se mencione. Su principal defecto, habitual en este tipo de relatos, es la enorme perspicacia de varios personajes: de la misma narradora, de uno de sus profesores, de Jed, y, sobre todo, de Sam.

Sarah Lean. Un perro llamado Vagabundo (A Dog Called Homeless, 2011). Barcelona: Noguer, 2012; 191 pp.; trad. de Ariadna Castellarnau Arfelis; ISBN: 978-84-279-0148-3.
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jueves, 8 de diciembre de 2011
El niño perdido, de Thomas Wolfe, es un relato corto, distribuido en cuatro partes, acerca de Grover, un hermano del autor que falleció en 1904, antes de cumplir los doce años, cuando la familia vivía en Saint Louis durante la Exposición Universal. En la primera parte se describen escenas de la vida de Grover en el vecindario hasta que acaba teniendo un choque con los tacaños Crocker, los propietarios de una tienda de la que sale una embriagadora fragancia de chocolate caliente que no puede resistir. En la segunda figuran los recuerdos que tiene la madre, donde afirma que, de todos sus hijos, Grover era el más brillante. En la tercera es su hermana Helen, dos años mayor que Grover, la que lo rememora unos treinta años después, cuando «nada ha resultado como esperábamos…». Y la cuarta es una visita del escritor a la calle y a la casa donde vivían todos cuando murió Grover.
Quien desee acercarse a Wolfe, un escritor siempre autobiográfico de prosa torrencial que, cuando logra remansarse un poco y enfocar bien un objetivo concreto, logra escenas y capítulos verdaderamente inolvidables, puede probarlo en una obra como esta. Por un lado, contiene sus temas característicos: la nostalgia indefinible de cosas inalcanzables, los deseos que se vuelven imposibles y resultan dolorosos con el paso del tiempo, el fulgor como trascendental de muchos momentos de la vida cotidiana… Por otro, revela su increíble capacidad para, por medio de asombrosas descripciones sensoriales, con adjetivos y frases que se repiten y van encabalgándose, dejar constancia de la inmensidad de Norteamérica, un mundo que se presenta como familiar e inabarcable al mismo tiempo, donde viven tantos hombres insatisfechos que, como el narrador, son o se ven como un «átomo sin nombre, un átomo perdido en el vacío, una cifra irrisoria y llena de polvo que gira alrededor de un tiempo incontable».
Thomas Wolfe. El niño perdido (The Lost Boy, 1937). Cáceres: Periférica, 2011; 93 pp.; col. Largo recorrido; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-41-3.
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viernes, 28 de noviembre de 2008
La isla es un relato corto, del escritor italiano Giani Stuparich, que, sin presentar la emoción tan a flor de piel como Yúsuf Idris en La mano suprema, toca la misma tecla del agradecimiento de un hijo hacia su padre cuando llega el momento del balance final.
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domingo, 3 de febrero de 2008
Hace unas semanas, ponía una cita de Umberto Eco acerca de una de las funciones principales de la literatura.
Ahora, otras tres respecto a lo mismo.
Una, de Alasdair MacIntyre en Tras la virtud: «Sólo retrospectivamente pueden calificarse de incumplidas las esperanzas, de decisivas a las batallas y así sucesivamente. Pero así las caracterizamos en la vida como en el arte. Y a quien diga que en la vida no hay finales, o que las despedidas definitivas solo tienen lugar en los relatos, se siente uno tentado de responderle si ha oído hablar de la muerte».
Otra, de Paul Ricoeur en el primero de sus libros dedicados al estudio del tiempo en las narraciones: «La cuestión más grave que podría plantear este libro es saber hasta qué punto la reflexión filosófica sobre la narratividad y el tiempo puede ayudar a pensar juntas la eternidad y la muerte».
Otra, de Nicolás Gómez Dávila en Escolios escogidos: «La poesía es modo de evocar cualquiera de los aspectos del mundo que aluden a la muerte. La juventud es tema poético porque no dura y la dicha porque pasa. La poesía de lo eterno es la fragancia del cadáver de la muerte».
Alasdair MacIntyre. Tras la virtud (After virtue, 1984). Barcelona: Crítica, 2004, 2ª impr.; 352 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Amelia Valcárcel; ISBN: 84-8432-170-3.
Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico (Temps et Récit. L’histoire et le recit, 1983). Madrid: Cristiandad, 1987; 377 pp.; serie Libros Europa; trad. de Agustín Neira; ISBN: 84-7057-415-9.
Nicolás Gómez Dávila. Escolios escogidos. Sevilla: Los Papeles del Sitio, 2007; 205 pp.; edición y prólogo de Juan Arana; ISBN: 84-935892-1-7.
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sábado, 15 de diciembre de 2007
«La función de los relatos “inmodificables” es precisamente ésta: contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino, nos hacen tocar con nuestras propias manos la imposibilidad de cambiarlo. Y al hacerlo, nos cuenten lo que nos cuenten, cuentan también nuestra historia, y por eso los leemos y los amamos. Necesitamos esa severa lección “represiva”. La narrativa hipertextual puede educarnos a ser libres y creativos. Está bien, pero no lo es todo. Los relatos “ya hechos” nos enseñan también a morir.
Creo que esta educación al Sino y a la muerte es una de las funciones principales de la literatura. Quizá haya otras, pero ahora no se me ocurren».
Umberto Eco. Sobre literatura (sulla Letteratura, 2002). Barcelona: RqueR, 2002; 347 pp.; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 84-932721-1-6.
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viernes, 16 de junio de 2006
«La gran literatura sabe que la muerte no es un puro acontecimiento, y menos aún un suceso negativo. La muerte es el acontecimiento más auténtico de la persona y la más incuestionable realidad del hombre y del mundo (...). Todo puede ser aparente, y en buena medida lo es, menos la muerte. Es “la hora de la verdad” y quizá el único momento en el que la verdad comparece sin adornos ni aditamentos». Un ejemplo: La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi.
Alejandro Llano. Deseo, violencia, sacrificio – El secreto del mito según René Girard (2005). Pamplona: Eiunsa, 2005; 208 pp.; col. Astrolabio; ISBN: 84-313-2197-0.
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sábado, 12 de noviembre de 2005
Siempre me han parecido especialmente misteriosas las escenas de El Señor de los anillos en la que se narra el periplo de Aragorn hasta llegar a Minas Tirith. Tal vez, esa intervención de los muertos en la batalla final, en la mente de Tolkien, tenga el significado de que determinadas victorias sólo se logran recabando todas las ayudas posibles.
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sábado, 1 de octubre de 2005
Cuenta George Steiner en Errata que una vez su padre le leyó, en su cumpleaños, el canto XXI de La Ilíada donde Licaón pide perdón a Aquiles pero éste lo mata: «Llevar dentro de uno mismo este relato (aprenderlo de memoria) es poseer una guillotina contra la ilusión. Junto con La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi (Tolstoi es uno de nuestros más eximios lectores de La Ilíada), el fatalismo de Aquiles —su ternura momentánea, vacía como los ojos de las figuras arcaicas griegas— nos instruye contra nuestra propia trivialidad».
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