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jueves, 14 de abril de 2016

Poco tiempo después de publicar La lección de August, R. J. Palacio publicó un volumen que contenía tres relatos que, en España, se han publicado en libros distintos: La historia de Julian, El juego de Christopher y Charlotte tiene la palabra. En el prefacio a aquel libro, la autora explicaba que esos relatos formaban parte del trabajo que hizo para escribir La lección de August pero que, como no hacían avanzar su argumento principal, prescindió de ellos. En conjunto dan idea del trabajo que se tomó la escritora para construir su novela inicial y, aunque no son la explicación del éxito que tuvo, sí se pueden ver como una prueba de que la solidez de un buen libro depende de un gran trabajo escondido.

En el tercer libro la narradora y protagonista es Charlotte, la chica a la que el director de la escuela a la que llegó August le encomendó que fuera amable con él y le ayudara a integrarse. El lector se da cuenta rápido de cómo Charlotte, a pesar de su brillantez en tantos terrenos, es una chica insegura, tan deseosa de caer bien a todo el mundo que se justifica continuamente, ante los demás y ante sí misma. Eso sí, es divertido su afán por explicar todo lo que le sucede por medio de diagramas de Venn.

El relato se centra en el trato entre Charlotte y sus amigas y, en concreto, en cómo a ella, a la brillante Ximena Chin (de padre chino y madre madrileña), y a la bondadosa Summer (la mejor amiga de Auggie), las seleccionan para preparar un número de baile que tendrá lugar nada menos que en el Carnegie Hall. Se cuentan bien los vaivenes en el trato entre las tres chicas y con sus demás amigas; son excelentes algunos momentos en los que se pone de manifiesto el talento de algunas para los comentarios maliciosos, y otros en los que se dan reconocimientos de culpas y de juicios interiores equivocados…

Como las anteriores, la novela cumple bien su objetivo de hacer pensar en lo que piensan y sienten los demás y, por tanto, de promover comportamientos más bondadosos y comprensivos, y de hacer notar la importancia de ser siempre leales y veraces con los amigos. En los tiempos que corren, es también más que destacable que la autora vuelve a subrayar cuánto nos aportan quienes tendemos a ver al margen de la sociedad, a nuestro margen, por su condición social o por cualquier discapacidad: esta novela comienza y termina con un mendigo —a quien al principio Charlotte no se atreve a dirigirse— y tiene uno de sus momentos más emotivos cuando descubrimos a Ximena mucho más que encantada con su hermano pequeño con síndrome de Down.

R. J. Palacio. Charlotte tiene la palabra (Shingaling. A Wonder Story, 2015). Barcelona: Nube de tinta, 2016; 189 pp.; trad. de Diego de los Santos; ISBN: 978-84-15594-76-5 [Vista del libro en amazon.es]. Este libro está contenido, junto con los otros dos relatos que complementan la historia de Auggie, en Auggie y yo. Tres cuentos de la lección de August, Barcelona: Random House, 2016; 448 pp.; col. Vintage; ISBN: 978-1101972229. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 11 de febrero de 2016

El juego de Christopher, de R. J. Palacio, es una nueva secuela de La lección de August. Si en la primera, La historia de Julian, se contaba el mismo relato pero desde la perspectiva del acosador de August, o Auggie, aquí el narrador es Christopher, el mejor amigo de Auggie cuando ambos eran pequeños, en los años previos a que Auggie fuera al colegio, que es el comienzo de La lección de August.

El narrador habla de la amistad entre sus padres y los padres de Auggie; va poniendo de manifiesto los problemas que ve, a su alrededor, para que los demás acepten la singularidad de Auggie, y señala momentos en los que también él siente vergüenza. Todo conduce a un punto crítico, en el que Christopher tiene problemas: en clase de matemáticas; con sus compañeros de un grupo musical; y, otros, debidos a que su madre tiene un accidente cuando además, hace poco, sus padres han decidido vivir separados.

Es un relato que conviene leer después de los previos. Tiene iguales rasgos que ellos: redacción cuidada, personajes cercanos, conflictos personales bien planteados; propósitos educativos o, si se quiere, intenciones de hacer salir de sí mismos a los lectores, hacerles más comprensivos y bondadosos, ayudarles a ser mejores amigos de sus amigos...

R. J. Palacio El juego de Christopher (Pluto. A Wonder Story, 2015). Barcelona: Nube de tinta, 2015; 123 pp.; trad. de Diego de los Santos; ISBN: 978-84-15594-82-6 [
Vista del libro en amazon.es]. Este libro está contenido, junto con los otros dos relatos que complementan la historia de Auggie, en Auggie y yo. Tres cuentos de la lección de August, Barcelona: Random House, 2016; 448 pp.; col. Vintage; ISBN: 978-1101972229. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 6 de noviembre de 2014

La historia de Julian, de R. J. Palacio, es un libro cortito publicado para complementar La lección de August y, supongo, para prolongar su merecido éxito. Quienes estén interesados en los aspectos educativos del primer libro agradecerán este segundo. Quienes piensen dentro de coordenadas más literarias seguramente no lo verán así. En cualquier caso, la narración es buena, no faltan diálogos sabrosos, y muchos lectores —a pesar del bucle final con el recurso al mundo nazi, tan desgastado— seguirán con atención la historia hasta su desenlace. Por supuesto, se ha de haber leído antes el primero.

El relato aporta una perspectiva más a las varias que ya contiene la novela inicial. Aquí es Julian, el chico acosador de Auggie, quien cuenta resumidamente los hechos desde su punto de vista; habla de las reacciones que tuvieron sus padres, y de las conversaciones que sus padres y él mantuvieron con sus profesores. Al final, Julian es expulsado y se marcha el verano a Francia con su abuela judía, una mujer que, siendo una chica joven durante la segunda Guerra Mundial, vivió un episodio escolar semejante al de Julian.

El lector aprecia pronto que Julian se justifica mucho y que sus padres no son nada objetivos a la hora de defenderle y de cargar las culpas a la dirección del colegio. El relato tiene acentos de «cuento de advertencia» y, por tanto, la utilidad de que hace pensar en lo que piensan los demás y en que hay motivos que no conocemos para que pasen las cosas que pasan. El libro acentúa uno de los mensajes preferidos de la escritora: en boca del profesor Traseronian vuelve al lema «si no sabes qué hacer, sé amable».

La historia tiene también un punto de libro de autoayuda. La abuela le dice a su nieto: «un error no te define, Julian»; «al final, mon cher, lo único que importa es que te perdones a ti mismo». Y Julian lo acepta: «soy un niño normal y corriente. Un niño típico, del montón. Un niño normal que cometió un error». Bien, se me ocurre que tal vez la palabra «error» no sea la más apropiada y que hablar de «perdonarse uno a sí mismo» es un tanto confuso. De hecho, la resolución del relato es mejor que lo que se podría sospechar de esas expresiones.

Entre paréntesis, y puesto que hablamos de un libro sobre padres que disculpan y protegen las acciones deplorables de sus hijos, recuerdo La cena del que hablé hace unos días, aunque sea una novela de otro nivel.

R. J. Palacio. Wonder. La historia de Julian (Wonder: The Julian Chapter, 2014). Nube de Tinta, 2014; 160 pp.; col. Nube de Tinta; trad. de Verónica Canales; ISBN: 978-8415594420 [Vista del libro en amazon.es]. Este libro está contenido, junto con los otros dos relatos que complementan la historia de Auggie, en Auggie y yo. Tres cuentos de la lección de August, Barcelona: Random House, 2016; 448 pp.; col. Vintage; ISBN: 978-1101972229. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 1 de noviembre de 2013

Otra novela que tenía en mis listas desde hace tiempo y que he leído ahora: El rector de Justin, de Louis Auchincloss. Es una biografía de un personaje ficticio: el clérigo episcopaliano Francis Prescott, fundador y durante muchos años director de un selectísimo internado masculino  norteamericano, San Justin Martyr. Es magnífica la forma en que se despliega la vida de Prescott: primero, a través del diario de Brian Aspinwall, un novato profesor de Justin que se gana la confianza de Prescott y de su esposa; luego, cuando un viejo amigo de Prescott, Horace Havistock, le hace llegar a Brian unos folios que había escrito él hacía tiempo; después, alternándose con el diario de Brian, los testimonios de algunos exalumnos y de una hija de Prescott. El retrato del personaje queda completo —tanto su excepcionalidad humana como las debilidades que se ocultaban bajo su enorme autoridad moral ante muchos— y, con él, van apareciendo en el libro consideraciones variadas de interés.

Así, pinceladas como esta, que da un antiguo alumno sobre su madre: «Amaba a la humanidad, pero miraba con una benevolencia nebulosa, algo hastiada, a sus ejemplares concretos, incluso cuando ese ejemplar resultaba ser su hijo mayor. Papá era rígido e irritante, pero al menos se preocupaba». O, en relación a la educación, este diálogo entre Prescott y Brian cuando, ya jubilado Prescott, pasean por el colegio, ven entrar caóticamente a los chicos en el comedor, y Brian comenta:

«—Supongo que, pese a todo, se las arreglan para entrar en el comedor —dije, algo perplejo.
—Claro que entran, pero ¿acaso las formas no significan nada para ti? Cuando hayas sido profesor tanto tiempo como yo, sabrás que las formas son las tres cuartas partes de la batalla. —Desclavó su bastón—. ¡No! ¡Nueve décimas partes!
—Me sorprende escuchar eso de alguien tan preocupado por lo esencial.
—Oh, ya lo sé, piensas que soy un viejo quisquilloso —farfulló, enfadado, mientras seguía caminando—. Pero eso es sólo porque resulta que soy viejo. Si fuera veinte años más joven y dijera lo mismo, la gente diría que soy profundo. Ésa es la maldición de ser viejo».

Louis Auchincloss. El rector de Justin (The rector of Justin, 1964). Barcelona: Libros del Asteroide, 2010; 388 pp.; trad. de Ignacio Peyró; ISBN: 978-84-92663-25-5.

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domingo, 6 de mayo de 2012

Richard Sennett:
 «Deberíamos sospechar de las pretensiones del talento innato, no entrenado. “Podría escribir una buena novela sólo con tener tiempo suficiente” o “sólo con poder concentrarme”, es en general una fantasía narcisista. Por el contrario, volver una y otra vez a una acción permite la autocrítica. La educación moderna teme que el aprendizaje repetitivo embote la mente. Temeroso de aburrir a los niños, ansioso por presentar estímulos siempre distintos, el maestro ilustrado evitará la rutina; pero todo eso priva a los niños de la experiencia de estudiar según sus propias prácticas arraigadas modulándolas desde dentro.

El desarrollo de la habilidad depende de cómo se organice la repetición. Por eso en la música, como en los deportes, la duración de una sesión de práctica debe juzgarse con cuidado: la cantidad de veces que se repite una pieza depende del tiempo durante el cual se pueda mantener la atención en una fase dada del aprendizaje. A medida que la habilidad mejora, crece la capacidad para aumentar la cantidad de repeticiones. Es lo que en música se conoce como "regla de Isaac Stern"; este gran violinista declaró que cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede uno ensayar sin aburrirse. Hay momentos de hallazgos repentinos que desbloquean una práctica que estaba atascada, pero esos momentos están integrados en la rutina».

Richard Sennett. El artesano (The Craftsman, 2008). Barcelona: Anagrama, 2009; 406 pp.; trad. de Marco Aurelio Galmarini; ISBN: 978-84-339-6287-4.

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viernes, 8 de julio de 2011

Se acaba de publicar una nueva edición de la novela corta de Henry James titulada El alumno. En común con Lo que Maisie sabía tiene a un protagonista niño especialmente perceptivo, Morgan, que nota y sufre cada vez más la bajeza de sus padres. Estos son los Moreen, una familia norteamericana que vagabundea por ciudades europeas de hotel en hotel haciéndose pasar por más adinerados de lo que son. La narración está filtrada por la mirada de un preceptor inglés, Pemberton, a quien contratan cuando Morgan tiene once años, y que acaba pasando varios años con él.

La intriga es mínima y los sucesos escasos, pero aquí el estilo irónico y sutil de James está concentrado y, por eso, la historia puede ser más asequible para los lectores que no llevan bien las vueltas y revueltas de sus obras más largas. El núcleo del relato es el efecto destructivo de la irresponsabilidad de los Moreen en un chico que no comprende por qué sus padres y hermanos son y se comportan como unos «esnobs abyectos», y que se lamenta de que «lo único que les importa es aparentar y hacerse pasar por esto y por lo otro. ¿Qué quieren aparentar que son?».

Henry James. El alumno (The Pupil, 1891), Relatos. Madrid: Cátedra, 1985; 50 de 253 pp.; col. Letras universales; trad. de Eduardo Lago; edición de Javier Coy; ISBN: 84-376-0534-2. Nueva edición en Madrid: Eneida, 2011; 100 pp.; col. Confabulaciones; trad. de Amaia Monroy; ISBN: 978-84-92491-81-0.

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domingo, 12 de abril de 2009

Dos textos de Claudio Magris que me gustan.

Uno. «El maestro es tal porque, aun afirmando sus propias convicciones, no quiere imponérselas a su discípulo; no busca adeptos, no quiere formar copias de sí mismo, sino inteligencias independientes, capaces de ir por su camino. Es más, es un maestro sólo en cuanto que sabe entender cuál es el camino adecuado para su alumno y sabe ayudarle a encontrarlo y a recorrerlo, a no traicionar la esencia de su persona». Un verdadero maestro nunca se deja llevar por «la retórica de la transgresión tan cara a los espíritus banales, que creen afirmar su propia originalidad tirando desperdicios por la ventanilla sólo porque lo prohíbe un rótulo», y sabe tratar a sus alumnos «sin altivez ni miramiento, corrigiéndoles y haciéndose corregir por ellos, sin buscar la falsa confianza que impide dicha relación».

Dos. «Contar con auténticos maestros es una suerte extraordinaria, pero también es un mérito, porque presupone la capacidad de saberles reconocer y saber aceptar su ayuda; no sólo dar, también recibir es un signo de libertad, y un hombre libre es quien sabe confesar su debilidad y coger la mano que se le ofrece».

Claudio Magris. «Maestros y alumnos». Utopía y desencanto – Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad (Utopia e disincanto. Storie, speranze, illusioni del moderno, 1999). Barcelona: Anagrama; 1999; 364 pp.; col. Argumentos; trad. de J. A. González Sáinz; ISBN: 84-339-6148-9.

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domingo, 1 de junio de 2008

En una nota anterior titulada Reeducación de los padres ponía una cita larga de Dostoievski  relativa a que el hombre no puede «vivir sin ese algo sagrado y precioso que le aportan los recuerdos de infancia»,  a la necesidad que tiene de «marcar mojones en su pasado que le permitan orientarse más tarde en la vida y sacar conclusiones de conjunto», y a que, «en ese sentido, los recuerdos más intensos e influyentes son casi siempre los que se conservan de la infancia»; y, más adelante, el escritor ruso apunta cómo los padres han de tener en cuenta los recuerdos que graban en sus hijos: «Cualquier padre responsable y razonable sabe, por ejemplo, que delante de sus hijos, (...) debe prescindir de hábitos nocivos y perniciosos, y, sobre todo, no desentenderse nunca de la opinión que los hijos puedan formarse de él, de la impresión desagradable, negativa y cómica que con tanta frecuencia despierta en su ánimo nuestra despreocupada conducta en el seno del hogar. ¿Me creeréis si os digo que un padre responsable a veces debe reeducarse por completo en consideración a sus hijos?».

Pues bien, lo anterior se puede unir con un comentario de Gérard Genette: «el verdadero milagro proustiano no es que una magdalena mojada en té tenga el mismo gusto que otra magdalena mojada en té y despierte el recuerdo; es, más bien, que esa segunda magdalena resucite con ella un cuarto, una casa, una ciudad entera, y que ese lugar antiguo pueda, por espacio de un segundo, “conmover la solidez” del lugar actual, forzar sus puertas y hacer vacilar sus muebles».

Fiódor Dostoievski. Julio-Agosto 1877, Diario de un escritor (Dnevnik pisatelia, 1873-1880). Barcelona: Alba, 2007; 630 pp.; col. Alba Maior; trad., selección, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 978-84-8428-354-6.
Gérard Genette. «Metonimia en Proust». Figuras III (Figures III, 1972), página 30. Barcelona: Lumen, 1989; 338 pp.; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 84-264-2358-2.

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domingo, 4 de mayo de 2008

Cuenta Dostoievski a un amigo que se propone visitar los lugares de su primera infancia y adolescencia, y el interlocutor se pregunta qué recuerdos tienen, si es que tienen alguno, los jóvenes de hoy. Y el escritor sigue:

«Que los niños de hoy también tienen recuerdos sagrados no tiene ninguna duda, pues de lo contrario se habría secado la vida viva. El hombre no podría vivir sin ese algo sagrado y precioso que le aportan los recuerdos de infancia. (...) Puede tratarse incluso de recuerdos penosos y amargos, pero hasta los sufrimientos vividos se transforman después en algo sagrado para el alma. El hombre, en general, está hecho de tal manera que ama los sufrimientos que ha padecido. Además, la necesidad le lleva a marcar mojones en su pasado que le permitan orientarse más tarde en la vida y sacar conclusiones de conjunto, con miras al buen orden y edificación personal. En ese sentido, los recuerdos más intensos e influyentes son casi siempre los que se conservan de la infancia».

Más adelante: «Sin algún vestigio de algo positivo y bello el hombre no puede salir de la infancia y entrar en la vida; sin algún vestigio de algo positivo y bello no se puede poner a una generación en el camino de la vida». Por eso, continúa, «cualquier padre responsable y razonable sabe (...) que, delante de sus hijos, en la vida cotidiana, debe abstenerse de cierta incuria (...) en las relaciones familiares, de cierta falta de disciplina y permisividad; que debe prescindir de hábitos nocivos y perniciosos, y, sobre todo, no desentenderse nunca de la opinión que los hijos puedan formarse de él, de la impresión desagradable, negativa y cómica que con tanta frecuencia despierta en su ánimo nuestra despreocupada conducta en el seno del hogar. ¿Me creeréis si os digo que un padre responsable a veces debe reeducarse por completo en consideración a sus hijos?».

Fiódor Dostoievski. Julio-Agosto de 1877, Diario de un escritor (Dnevnik pisatelia, 1873-1880). Barcelona: Alba, 2007; 630 pp.; col. Alba Maior; trad., selección, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 978-84-8428-354-6.

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viernes, 29 de febrero de 2008

Wayne Booth: «He oído decir que las dos preguntas que normalmente hace cualquier tutor de Oxford son: “¿Qué quiere usted decir?” y “¿Cómo lo sabe?” Dudo que sea cierto —ninguna universidad puede ser tan buena—...».

Wayne C. Booth. Retórica de la ironía (A Rethoric of Irony, 1974). Madrid: Taurus, 1989, 2ª ed.; 368 pp.; col. Persiles; trad. de Jesús Fernández Zulaica y Aurelio Martínez Benito; ISBN: 84-306-2160-1.

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sábado, 9 de junio de 2007

En Lo que hacen los mejores profesores universitarios, de Ken Bain, se recogen las conclusiones de una investigación realizada en los Estados Unidos. Quizá sea un poco repetitivo y algo enfático pero está muy bien. Como suele suceder en estos casos, se subrayan mucho algunas obviedades que luego resulta que no lo son tanto: esos profesores conocen su materia extraordinariamente bien, dedican tanta atención a su investigación como a su docencia, confían en sus alumnos y los tratan con amabilidad y exigencia, evalúan sus logros y rectifican si es necesario...

Ken Bain. Lo que hacen los mejores profesores universitarios (What the Best College Teachers Do, 2004). Valencia: Universitat de Valencia, 2007, 2ª ed.; 229 pp.; trad. de Oscar Barberá; ISBN: 84-370-6667-7.

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sábado, 12 de mayo de 2007

Luigi Giussani: «Hoy más que nunca es el ambiente, con todas sus formas expresivas, el educador o deseducador por excelencia. Por eso la crisis se perfila, en primer lugar, como ignorancia que hace a los mismos educadores colaboradores, quizá inconscientes, de las deficiencias del ambiente, y, en segundo lugar, como deficiencia de vitalidad en la actitud educativa, que lleva a no combatir con suficiente energía las influencias negativas del ambiente».

Luigi Giussani. Educar es un riesgo (Il rischio educativo, 1977, revisado en 1995). Madrid: Encuentro, 2006; 138 pp.; trad. de José Miguel Oriol; ISBN: 84-7490-787-X.

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domingo, 5 de febrero de 2006

Cuando se le pidió a Albert von Szent Gyorgyi (1893-1990), premio Nobel húngaro-estadounidense que revolucionó la Fisiología, que explicara sus logros, dijo que el mérito era de su maestro, un oscuro profesor de una universidad de provincias de Hungría. «Cuando me doctoré», dijo Gyorgyi, «propuse estudiar la flatulencia, no se sabía nada de ella y aún sigue sin saberse nada». «Muy interesante», dijo el profesor, «pero nadie ha muerto nunca de flatulencia. Si usted consigue resultados -y es un “si” importante- es mejor que los consiga en algo que represente una diferencia». «Por eso», añadió Gyorgyi, «me dediqué al estudio de la química corporal básica y descubrí las enzimas». Y sigue Drucker: «Cada uno de los proyectos de investigación de Szent Gyorgyi fue un pequeño paso, pero desde el principio apuntaba alto: descubrir la química básica del cuerpo humano».

Peter F. Drucker. «El saber: su economía, su productividad», en La sociedad poscapitalista.

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sábado, 7 de enero de 2006

Contando una mini-anécdota de un rabino judío, que no creía en el respeto del sábado pero que indicó a uno de sus discípulos que lo cumpliera pues él sí creía, Claudio Magris dice: «El maestro es tal porque, aun afirmando sus propias convicciones, no quiere imponérselas a su discípulo; no busca adeptos, no quiere formar copias de sí mismo, sino inteligencias independientes, capaces de ir por su camino. Es más, es un maestro sólo en cuanto que sabe entender cuál es el camino adecuado para su alumno y sabe ayudarle a encontrarlo y a recorrerlo, a no traicionar la esencia de su persona». Un buen maestro, sigue Magris, no escarnece la ortodoxia codificada, «según la retórica de la transgresión tan cara a los espíritus banales, que creen afirmar su propia originalidad tirando desperdicios por la ventanilla sólo porque lo prohíbe un rótulo», sino que, al contrario «exhorta a su discípulo a observar el sábado que él, sin embargo, no reconoce».

Claudio Magris. Maestros y alumnos, en Utopía y desencanto.

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sábado, 26 de noviembre de 2005

A la vista de las distintas teorías educativas que han existido a lo largo de la historia, «podemos agradecer la benéfica obstinación de las verdaderas madres, las verdaderas niñeras y, sobre todo, de los verdaderos niños por conservar en la raza humana la cordura que aún le queda. Pero, en la nueva era, los formadores de hombres estarán armados con los poderes de un estado omnicompetente y una irresistible técnica científica: por fin habremos logrado una raza de condicionadores que realmente pueda dar a la posteridad la forma que se le antoje».

C. S. Lewis. La abolición del hombre — Reflexiones sobre la educación (The Abolition of Man, 1943). Barcelona: Andrés Bello, 2000; pp.; trad. de Paula Salazar; ISBN: 84-95407-43-4. Hay otra edición en Madrid: Encuentro, 1994, 2ª ed.; 96 pp.; col. Libros de bolsillo - Encuentro; trad. de Javier Ortega García; ISBN: 847490255X.

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miércoles, 9 de noviembre de 2005

Para ilustrar la necesidad de mirar al futuro se suele decir que no se puede conducir sólo mirando el espejo retrovisor. A los adultos les puede suceder con facilidad, o nos puede suceder, que no saben hablar a los jóvenes más que a través de un espejo retrovisor que sólo recoge su propia (y tantas veces deformada) experiencia personal: «pues yo a tu edad», «si yo estuviera en tu sitio», «cuando yo estaba en la universidad», y esas cosas. También no pocos escritores están anclados en sus traumitas de infancia o en su mitito del sesenta y ocho, e interpretan y desean dirigir las vidas de los niños y a los jóvenes de acuerdo con eso.

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sábado, 8 de octubre de 2005

Afirma Paul Johnson que «las universidades son las instituciones más sobrevaloradas de nuestro tiempo. (...) Existe el mito de que las universidades son custodios de la razón. A decir verdad son invernáculos donde florece el extremismo, la irracionalidad, la intolerancia y el prejuicio, donde el esnobismo social e intelectual se cultiva casi deliberadamente y donde los profesores procuran contagiar a sus estudiantes su propio pecado de orgullo». No sé si exagera pero George Steiner también dice algo parecido: «Son los profesores (y sus asustados decanos) los que han quebrantado el "juramento hipocrático" de buscar la verdad, de proponerse lograr claridad en sus juicios, de arriesgarse a la impopularidad, cosa que un profesor tiene que hacer, aunque sea en su silencioso fuero interno, cuando obedece a su vocación. Las consecuencias –que llegan hasta la banalización del programa de estudios, del proceso de examen, de los nombramientos para puestos en los colleges y universidades, de la publicación seria y la financiación— han sido dañinas».

Paul Johnson. Al diablo con Picasso y otros ensayos (To Hell With Picasso, 1996). Buenos Aires: Javier Vergara, 1997; 315 pp.; trad. de Carlos Gardini; ISBN: 950-15-1795-0.
George Steiner. Lecciones de los maestros.

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jueves, 21 de abril de 2005

«Eso es lo malo de los intelectuales, sólo quieren hablar de cosas serias cuando a ellos les apetece», se lamenta Holden Cauldfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, hablando sobre esa clase de individuos a los que «no les gusta mantener una conversación a menos que sean ellos los que lleven la batuta. Siempre quieren que te calles cuando ellos se callan y que vuelvas a tu habitación cuando ellos quieren volver a su habitación». Son adultos que han olvidado cómo fueron ellos mismos y que no consideran relevante lo que ocupa la cabeza y el corazón de los jóvenes.

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viernes, 4 de marzo de 2005

Entre las sentencias de don Quijote que un amigo mío dice frecuentemente se lleva la palma ésta: «No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmalazado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César. (...) Y advierte, ¡oh, Sancho!, que la diligencia es madre de la buena ventura y la pereza, su contraria, jamás llegó al término que pide un buen deseo».

Don Quijote de la Mancha. Capítulo XLIII, 2ª parte.

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viernes, 28 de enero de 2005

Don Quijote a Sancho: «Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse».

Don Quijote de la Mancha. Capítulo XLII, 2ª parte.

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