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Notas del archivo 'Críticos literarios' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 8 de marzo de 2014
 
Marcel Reich-Ranicki: «Los críticos, observaba Heine no sin cierta gracia, son como los lacayos apostados ante las puertas de la sala de baile de una corte: pueden rechazar a las personas no autorizadas y dejar pasar a otras, pero ellos mismos, los porteros, no tienen derecho a entrar. Suena despectivo y demuestra, posiblemente cierta complacencia en la desgracia ajena. Sin embargo, este comentario ingenioso da en el clavo con gran precisión.

De hecho, nosotros, los críticos, somos servidores de la literatura y, al igual que esos porteros, debemos introducir un poco de orden y procurar sobre todo que los charlatanes y los incapacitados sean rechazados ya desde la entrada, para que los buenos bailarines tengan siempre espacio en la sala. Nosotros mismos no participamos en el baile, a no ser en calidad de observadores situados de algún modo en los márgenes o, incluso, cerca de la puerta. Y eso está bien, pues resulta difícil compaginar ambas cosas: bailar y vigilar la entrada. Quien brilla en el salón no tiene por qué ser un portero digno de confianza. En otras palabras, los novelistas o los poetas líricos con frecuencia decepcionan cuando actúan como críticos, y no precisamente porque carezcan de la capacidad de que disponen los profesionales de la crítica, sino porque, al estar mediatizados por sus concepciones poéticas, son incapaces de valorar debidamente al colega que busca otro camino. Su visión de la literatura resulta ser a veces una justificación consciente o inconsciente, directa o indirecta, de su propia producción».

Marcel Reich-Ranicki. Los abogados de la literatura (Die AnwAlte der Literatur, 1994). Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2006; 490 pp.; trad. de José Luis Gil Aristu; ISBN: 84-672-1737-5 (Círculo de Lectores), 84-8109-606-7 (Galaxia Gutenberg).

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sábado, 1 de marzo de 2014

Dice Marcel Reich-Ranicki que para Friedrich Schlegel «“criticar quiere decir —escribía— entender a un autor mejor de lo que éste se ha entendido a sí mismo”. A Schlegel no se le ocurrió pensar nunca que el crítico fuera más inteligente o más culto que el autor. Y, sin embargo, en un determinado aspecto, se halla por encima de éste. El creador de la obra de arte sabe qué ha pretendido, qué ha querido, y ese saber, precisamente, enturbia su visión del resultado de su trabajo, a menudo aburrido cuando no torturador. Por eso al autor le resulta difícil —y tampoco es asunto suyo— percibir el valor artístico añadido que se crea porque la obra, cuando es excelente, sabe más de lo que debió y quiso decir. Sólo en ese sentido puede entender el crítico al autor mejor de lo que éste puede entenderse a sí mismo».

Marcel Reich-Ranicki. Los abogados de la literatura (Die AnwAlte der Literatur, 1994). Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2006; 490 pp.; trad. de José Luis Gil Aristu; ISBN: 84-672-1737-5 (Círculo de Lectores), 84-8109-606-7 (Galaxia Gutenberg).

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sábado, 22 de febrero de 2014

En Los abogados de la literatura, Marcel Reich Ranicki habla de los críticos literarios alemanes más importantes a lo largo de la historia. Utilizando muy bien sus opiniones, y explicando las polémicas que cada uno tuvo en su tiempo respectivo, hace muchas acotaciones interesantes sobre qué se puede esperar y qué no del trabajo de un crítico. Unos ejemplos:

Friedrich Nicolai: «Los errores de los críticos no causan tanto daño como las alabanzas que se dedican los escritores mutuamente»;

Alfred Kerr: «La crítica es resistencia. Criticar significa enderezar»; «el autor es un constructor. El crítico, un constructor de constructores»;

Moritz Heimann: «La crítica no es teoría. La teoría cae casi siempre en la tentación de usurpar el trono que corresponde únicamente al arte vivo, y una vez sentado en él se vuelve gris de envidia. El crítico ha de tener la discreción de no dejarse atrapar por la teoría, sino aceptar sólo de ella servicios de criada. Cuando deja caer de la mano la bola de cristal ha de saber volverla a atrapar antes de que toque el suelo; el teórico, desdeñoso e inhábil, dejará que se estrelle. (…) Lo que protege al crítico de engañarse a sí mismo es actuar siempre con sentido práctico. Lo práctico es para él lo que la realidad para el artista; se puede reconocer como soporte metodológico incluso en los momentos de humor más incontrolados, y le obliga constantemente a renunciar a su libertad».

Marcel Reich-Ranicki. Los abogados de la literatura (Die AnwAlte der Literatur, 1994). Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2006; 490 pp.; trad. de José Luis Gil Aristu; ISBN: 84-672-1737-5 (Círculo de Lectores), 84-8109-606-7 (Galaxia Gutenberg).

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domingo, 23 de junio de 2013

Frank Kermode: «No se espera de los críticos, como se espera de los poetas, que nos ayuden a hallar sentido a nuestra vida. Les corresponde tan sólo intentar la hazaña menor de hallar sentido a las formas en que intentamos hallar sentido a nuestra vida».

Frank Kermode. El sentido de un final. Estudios sobre la teoría de la ficción (The Sense of an Ending, 1966). Barcelona: Gedisa, 2000, 2ª ed.; 175 pp.; col. Crítica Literaria; trad. de Lucrecia Moreno de Sáenz; ISBN: 84-7432-181-6.

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viernes, 24 de febrero de 2012

Con buen humor y mala idea, Gérard Genette presentaba una revisión de uno de sus trabajos claves, Discurso del relato, explicando esto: «Leerse a uno mismo con la vista puesta en las críticas recibidas es un ejercicio de escasos riesgos, en el que tenemos constantemente la posibilidad de elegir entre una respuesta triunfante (“¡Ah, tenía razón!”), una enmienda honorable que también resulta muy gratificante (“Sí, me había equivocado, y tengo la elegancia de reconocerlo”) y una autocrítica espontánea francamente glorificadora: “Me había equivocado y ninguna otra persona se había dado cuenta; decididamente soy el mejor”».

Gérard Genette. Nuevo discurso del relato (Nouveau discours du récit, 1993). Madrid: Cátedra, 1998; 117 pp.; col. Crítica y estudios literarios; trad. de Marisa Rodríguez Tapia; ISBN: 84-376-1603-4.

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viernes, 27 de enero de 2012

Northrop Frye:
«El crítico debe establecer, para una cultura a la que no le importa el pasado y que no tiene defensas frente al futuro, una línea de continuidad que ligue a la cultura presente con su patrimonio, y por consiguiente con sus herederos». En cuanto crítico histórico ha de estudiar distanciada y objetivamente las culturas desvanecidas; en cuanto crítico contemporáneo debe descubrir el peso del pasado sobre su propio mundo.

Northrop Frye. El camino crítico: ensayo sobre el contexto social de la crítica literaria (The Critical Path, 1971). Madrid: Taurus, 1986; 149 pp.; col. Persiles, serie Teoría y Crítica literaria; trad. de Miguel Mac-Veigh; ISBN: 8430621660.

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domingo, 13 de septiembre de 2009

«“Nunca jamás se debe responder a un crítico”, recomienda Truman Capote a todo escritor; pero en realidad el no responder debe ser una regla general para gobierno de la independencia de la propia conciencia. “¿Responderles?”, decía Talleyrand. “No saben ustedes el placer que les dan. Yo no he respondido nunca a nadie y ya ven ustedes que no me ha ido mal”.

Y, efectivamente, nunca dio explicaciones. Así que, cuando en el momento en el que Metternich estaba almorzando con algunos invitados y le llegó la noticia de que Talleyrand había muerto, aquél comentó: “Ha muerto Monsieur de Talleyrand. ¡Qué sé yo que le habrá llevado a tomar tal determinación!”.
La moraleja que se deduce entonces, me parece, es la de que, si realmente ninguno de nosotros estaremos en disposición de dar explicaciones en el momento del morir, que es lo más importante, no tiene ningún sentido darlas respecto a todo lo demás, que, entonces precisamente, se ve muy claro que no tiene importancia de ninguna clase».

José Jiménez Lozano. Advenimientos (2006). Valencia: Pre-Textos, 2006; 215 pp.; col. Narrativa Contemporánea; ISBN: 84-8191-770-2.

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sábado, 17 de mayo de 2008

Umberto Eco:
 «El mundo de la literatura es tal que nos inspira la confianza de que hay algunas proposiciones que no pueden ponerse en duda, y nos ofrece, por lo tanto, un modelo (todo lo imaginario que quieran) de verdad. Esta verdad literal se refleja sobre las que llamamos verdades hermenéuticas: al que dijera que d’Artagnan estaba devorado por una pasión homosexual hacia Porthos, (...) podríamos contestarle siempre que en los textos a los que nos referimos no es posible encontrar ninguna afirmación, ninguna sugerencia, ninguna insinuación que nos permita abandonarnos a estas derivas interpretativas. El mundo de la literatura es un universo en el cual es posible llevar a cabo tests para establecer si un lector tiene sentido de la realidad o es presa de sus alucinaciones».

Umberto Eco. Sobre literatura (sulla Letteratura, 2002). Barcelona: RqueR, 2002; 347 pp.; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 84-932721-1-6.

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sábado, 2 de febrero de 2008

Cyril Connolly: Un crítico «debe declarar la guerra a sus patronos y maniobrar de tal manera que nunca tenga que criticar un libro malo, que jamás critique más de uno a la vez y nunca escriba una crítica que no pueda ser reimpresa, es decir, que no tenga cierta longitud y trate un tema de valor permanente. Sabrá que los malos libros que lee son como las horas en un reloj de sol, vulnerant omnes, ultima necat, todas hieren y la última mortalmente, y tampoco empleará sus energías en temas chabacanos ni pondrá toda su visión de la vida en una nota a pie de página, pues escribirá tan sólo sobre lo que le interesa. Y al margen de lo que le suceda (no existen pensiones para los ganapanes literarios), debe comprender que no es indispensable». Je, je.

Cyril Connolly. «La buglosa azul», Obra selecta. Barcelona: Lumen, 2005; 1016 pp.; col. Ensayo; trad. de Miguel Aguilar, Mauricio Bach y Jordi Fibla; ISBN: 84-264-1520-2.

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jueves, 9 de agosto de 2007

Cyril Connolly: 
«Los críticos que ignoran el estilo están expuestos a englobar a buenos y malos escritores en apoyo de unas teorías preconcebidas. Un experto debería ser capaz de decir cómo es una alfombra examinando una sola de las madejas usadas para tejerla, o una cosecha enjuagándose la boca con una copa de vino. Si lo aplicamos a la prosa, este método tiene una ventaja: un pasaje separado de su contexto queda aislado del resto del libro y no puede depender de la buena voluntad que el autor ha establecido diestramente con el lector. Este aspecto es importante, pues en todos los libros que han sido "best sellers" y luego han fracasado existe esa pericia comercial. El autor ha embaucado al lector conquistando su voluntad al comienzo y estableciendo así una atmósfera favorable para hacerle aceptar un producto inferior: falsos sentimientos, mala escritura o situaciones irreales. Escribir un "best seller" es plantearse un problema de seducción».

Cyril Connolly. «Los próximos diez años», en Obra selecta. Barcelona: Lumen, 2005; 1014 pp.; col. Ensayo; trad. de Miguel Aguilar, Mauricio Bach y Jordi Fibla; ISBN: 84-264-1520-2.

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martes, 15 de mayo de 2007

Siendo joven, Graham Greene fue autor de cuatro libritos para niños, simpáticos y bien compuestos, que hace unos años se publicaron juntos con el título global Todo marcha sobre ruedas.

Aprovecho la ocasión para señalar algunos modos de actuar de los críticos cinematográficos que, según acabo de leer, al autor inglés le molestaban, y que también se pueden aplicar a los críticos literarios, claro está. A Greene le parecía mal que un crítico hablase de una obra con alabanzas desproporcionadas, superiores incluso a las promocionales, y decía que, así, «el crítico simplemente se suma a la atmósfera de corrupción, retórica vaga, publicidad pagada, ambiente general de Gran Negocio sin escrúpulos». También le incomodaba el que se usasen luego esas frases como herramienta publicitaria adicional y que, con eso, el ego del crítico se hinchase aún más. Y tampoco «le parecía bien que el crítico entrevistara también a la estrella del filme: su reseña podía convertirse en un reportaje, donde la opinión y el análisis se diluían».

José María Aresté. Escritores de cine.

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miércoles, 25 de abril de 2007

A propósito del libro citado ayer hay un chiste académico que se puede aplicar al exceso de análisis que, a veces, sufren los cuentos de hadas. Es el del investigador que, después de toda una vida trabajando sobre La Iliada y La Odisea, va y descubre que su autor no fue Homero sino un griego que vivió en la misma época y ciudad y que, casualmente, se llamaba igual.

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viernes, 9 de marzo de 2007

Dámaso Alonso: «No olvidemos una verdad de Pero Grullo: que las obras literarias no han sido escritas para comentaristas o críticos (aunque a veces críticos y comentaristas se crean otra cosa). (...) Las obras literarias no nacieron para ser estudiadas y analizadas, sino para ser leídas y directamente intuidas. Ni el Quijote se creó para los cervantistas (aunque haya algún cervantista que piense de otro modo), ni el teatro de Shakespeare para la filología alemana. El árbol está ahí para recrearnos con su sombra o para alimentarnos con su fruto, o simplemente para ser una delicia de los ojos ahora que el viento graciosamente lo cimbrea. ¿Quién pensaría que nació para que desgarremos sus partes, para que las escudriñemos, para que apliquemos a su cerne el microscopio y sometamos las más secretas células a nuestra curiosidad microscópica? ¿Monstruoso, no? Pues este crimen lo intentan, día a día, eruditos dieciochescos a palo seco y filólogos de los que tienen por lema “spiritus occidit”».

Dámaso Alonso. Poesía española: ensayo de métodos y límites estilísticos: Garcilaso, Fray Luis de León, San Juan de La Cruz, Góngora, Lope de Vega, Quevedo (1950). Madrid: Gredos, 1987, 5ª ed.; 670 pp.; col. Biblioteca Románica Hispánica. Estudios y ensayos; ISBN: 8424901029.

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sábado, 1 de abril de 2006

Chesterton:
 «De acuerdo con la frase genial de un místico escocés, un buen crítico debería ser como Dios. George Macdonald dijo que Dios era fácil de agradar y difícil de satisfacer. En esa paradoja radica el equilibrio de toda buena crítica artística. Sin la primera parte de la paradoja la crítica perece, porque pierde el poder de criticar. La buena crítica, repito, combina el sutil placer de las cosas bien hechas con el placer sencillo de hacerlas. Combina la satisfacción del ingeniero científico al ver funcionar el engranaje con un fin determinado y el placer del bebé al ver girar las ruedas. Combina la satisfacción del dibujante ante el hecho de que las líneas del carboncillo, aunque trazadas con aparente despreocupación, mantengan una relación perfecta y exacta entre sí, con el placer que experimenta el niño porque el carboncillo trace marcas de cualquier tipo en el papel. Y del mismo modo combina el placer que siente el crítico al leer un poema con el placer que siente el niño al oír la rima».

G. K. Chesterton. «El romance de la rima», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en Fancies versus fads.

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viernes, 27 de enero de 2006

La idea mencionada, días atrás, de «ceñirse al canal», no se aplica sólo a los escritores sino también a los críticos. A la hora de valorar unos libros interesa conocer las fuentes, pero de ningún modo atribuir todo el mérito a lo bien que ha vendimiado en ellas el autor, como si fuera tan fácil. También puede ser útil conocer algunas circunstancias históricas del autor o de la composición de su obra, pero el juicio que la obra merece no depende casi nunca de las conjeturas que se suelen hacer, que normalmente son irrelevantes. Tampoco ayudan al lector, aunque sí le digan algo del crítico, los adjetivos calificativos o descalificativos que previenen a favor o en contra. Esto viene a cuento de comentarios leídos a propósito de C. S. Lewis y las Crónicas de Narnia.

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viernes, 7 de octubre de 2005

«El dogmático dice "Lo sé"; el escéptico dice "No lo sé"; y el crítico intenta hacerse una idea de lo que sabe y lo que no sabe», dice Northrop Frye. Y continúa: «Creo que un crítico debe hacer juicios de valor sin olvidar en ningún momento que son sumamente provisionales, pero no puede dejar de hacerlos, porque gran parte de su actividad es anticonceptiva. Es decir, que indica a sus lectores lo que es probable que permanezca y lo que ha resultado un aborto al nacer». Y más adelante: «Lo único que el crítico nunca debe intentar hacer es decir al escritor cómo debe escribir o que, si hubiera hecho tal y cual cosa, habría podido escribir un libro mejor. A veces se puede sugerir algo así, pero no es ésa la función crítica. La función crítica es la de tomar el libro tal como se presenta y decir lo que vemos en el libro».

David Cayley. Conversación con Northrop Frye (Northrop Frye In Conversation, 1992). Barcelona: Península, 1997; 154 pp.; col. Historia, Ciencia, Sociedad; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 84-8307-056-1.

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sábado, 16 de julio de 2005

En el epistolario de Flannery O´Connor hay algunos comentarios interesantes a propósito de la crítica literaria. En una ocasión se dirige a una persona diciéndole que sus comentarios suenan a los propios de alguien que ha leído muchos libros críticos y es demasiado inteligente pero de un modo artificial, destructivo y muy limitado. En otra, a un profesor de inglés le aclara que «si los profesores se aproximan a un relato como si fuera un problema de investigación para el que cualquier respuesta es creíble con tal que no sea obvia, entonces creo que los estudiantes nunca aprenderán a disfrutar de la ficción. Ciertamente, el exceso de interpretación es peor que su falta, y donde falta la pasión por el relato, la teoría no la aportará».

Flannery O´Connor. El hábito de ser.

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