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Notas del archivo 'Comunismo' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 14 de abril de 2017

En las últimas semanas he releído, rápido, Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsyn. He comprobado que, a estas alturas, por sus continuas referencias a personas y hechos de la historia de la represión en la Unión Soviética, puede ser un libro difícil para quien no tenga un particular interés en la cuestión, y desagradable a más no poder para cualquier heredero mental de Lenin y sus sucesores. He vuelto a recordar su tono ágil y sus ramalazos de humor negro: «El jefe de la escolta estaba intrigado: “¿Y a ti por qué te han echado veinticinco años?”. “Pues, por nada”. “¡Mentira. Por nada, lo que te cae son diez!”». Un buen resumen de su contenido, para quien no lo conozca, está en la correspondiente voz de Wikipedia.

Dos citas de interés:

«¡La ideología! He aquí lo que proporciona al malvado la justificación anhelada y la firmeza prolongada que necesita. La ideología es una teoría social que le permite blanquear sus actos ante sí mismo y ante los demás y oír, en lugar de reproches y maldiciones, loas y honores. Así, los inquisidores se apoyaron en el cristianismo; los conquistadores, en la mayor gloria de la patria; los colonizadores, en la civilización; los nazis, en la raza; los jacobinos y los bolcheviques, en la igualdad, la fraternidad y la felicidad de las generaciones futuras. Gracias a la ideología, el siglo XX ha conocido la práctica de la maldad contra millones de seres. Y esto es algo que no se puede refutar, ni esquivar, ni silenciar. ¿Y cómo después de esto podríamos atrevernos a seguir afirmando que no existen los malvados? ¿Quién, pues, exterminó a esos millones? Sin malvados no hubiera habido Archipiélago».

«El poder es un veneno conocido desde hace milenios. ¡Ojalá nadie pudiera jamás tener poder material sobre los demás! Sin embargo, para el hombre que cree en algo superior a todos nosotros y que tiene por tanto conciencia de sus propias limitaciones, el poder no resulta mortífero. Por el contrario, para las personas sin esfera superior es un veneno letal. No pueden escapar a su contagio. ¿Recuerdan lo que dijo Tolstói sobre el poder? En razón de su cargo al servicio del Estado, Iván Ilich tenía la posibilidad ¡de causar la perdición de todo hombre que quisiera! Todos sin excepción estaban en sus manos. A cualquiera, aunque fuera la persona más importante, podían traerlo a su presencia en calidad de acusado. (¡Pero si es igual que nuestros azules! ¡Ya está todo dicho!) La conciencia de este poder («y la posibilidad de mostrarse clemente», precisa Tolstói, aunque esto ya no tiene nada que ver con nuestros bravos mozos) constituía para él el principal interés y el atractivo de su trabajo. Atractivo es poco: ¡Embriaguez!»

Alexander Solzhenitsyn. Archipiélago Gulag (1973). Barcelona: Círculo de lectores, 1977, 12ª ed.; 544 pp.; trad. de L. R. Martínez; ISBN: 978-84-226-0579-9. Nueva edición, en tres volúmenes, en Barcelona: Tusquets, 2015; trad. de Josep María Güell y Enrique Fernández Vernet; ISBN: 978-8490661697. [Vista de una edición para kindle en amazon.es]

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domingo, 2 de octubre de 2016

En la presentación de El fin del "Homo sovieticus" que hace Svetlana Aleksiévich y que se titula «Apuntes de una cómplice», aparecen algunas ideas que presiden su trabajo y que, aparte de ser útiles para comprenderlo, también pueden serlo para comprendernos a nosotros mismos.

Empieza por recordar el pasado trágico de la URSS y cita la famosa frase de Lenin (que sus seguidores actuales ignoran, olvidan o esconden): «Hay que colgar (y digo colgar, para que el pueblo lo vea) no menos de mil kulaks inveterados, a los ricos… Despojarlos de todo el trigo, tomar rehenes… Y hacerlo de tal manera que a cientos de verstas a la redonda el pueblo lo vea y tiemble de miedo» (Lenin, 1918).

Luego hace notar que tanto ella como sus entrevistados crecieron cuando «los océanos de sangre vertida por el comunismo habían caído ya en el olvido»..., lo cual, aunque funcione como una excusa no es una excusa, parece decir. Pues, señala, «cada vez que sacaba la idea del arrepentimiento en alguna charla, siempre había alguien que me replicaba: “¿Y de qué tengo yo que arrepentirme?”. Todos se sentían víctimas, pero nadie se consideraba cómplice».

En el otro lado está la decepción de muchos que deseaban que cayera el comunismo: «¿Es esta la libertad que anhelábamos? Estábamos dispuestos a morir por nuestros ideales, a combatir por ellos. Y de repente nos vimos convertidos en personajes de Chéjov. Nos vimos despojados de nuestro pasado. Todos los valores colapsaron, menos los valores de la vida»…, y los sueños nuevos de la gente fueron el coche, el jardín, los viajes…

Así que ahora, continúa la autora, «hemos entrado en una época en la que no se vive un tiempo auténtico, sino de segunda mano» y, a la vista de los jóvenes que ve por las calles «con camisetas con la hoz y el martillo o con el rostro de Lenin», se pregunta si sabrán de verdad lo que fue y es el comunismo. Uno de sus entrevistados se muestra pesimista: «pronto crecerán los lobeznos, como decía Stalin… Crecerán muy pronto…». Aunque libros como este también sean un motivo para el optimismo, espero.

Svetlana Aleksiévich. El fin del “Homo sovieticus” (Konets krásnogo cheloveka, 2013). Barcelona: Acantilado, 2015; 656 pp.; trad. de Jorge Ferrer Díaz; ISBN: 978-84-16011-84-1. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 18 de septiembre de 2016

El fin del “Homo sovieticus”, el primer libro que leo de Svetlana Aleksiévich, es un trabajo periodístico y literario de primera magnitud, como se indica en esta completa reseña. Es una obra que reúne dos series de entrevistas agrupadas en dos partes. Las de la primera, que se titula «El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo», corresponden a los años noventa: cuando la URSS colapsa, Gorbachov cae y Yeltsin sube al poder. Las de la segunda, titulada «El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte», fueron realizadas durante la primera década del siglo actual.

En ellas, la autora da voz a gente de muy distinta extracción social y preparación intelectual, que le cuentan su pasado, sus pensamientos y sentimientos —de nostalgia, de frustración, de desencanto, de rechazo…— respecto a los acontecimientos que han vivido. Son muchas más que veinte historias, porque, a veces, en el mismo «capítulo» hablan varias personas de la misma familia, o unos cuantos amigos. Aunque los textos tienen mucha edición, como es lógico, las intervenciones de la autora son breves y escasas: para responder alguna pregunta que le hacen o para precisar alguna cosa.

Entre los testimonios estremecedores deja sin aliento el último de la primera parte, «De la sonrisa de un hacha», en el que primero habla la madre, que se lamenta de que su hijo, un piloto del ejército que combatió en Afganistán se dedique al comercio ahora, y luego el hijo, que le cuenta un relato sobre los campos de exterminio que a él le llegó a través de quien iba a ser su suegro. La escritora, en una de sus intervenciones, indica que «me muevo sin cesar por los círculos del dolor. No consigo salir de ellos. Hay de todo en el dolor: tinieblas, triunfos… A veces pienso que el dolor es un puente que une a las personas, un lazo secreto, y otras veces, desesperada, pienso que el dolor es un abismo que las separa».

Svetlana Aleksiévich. El fin del “Homo sovieticus” (Konets krásnogo cheloveka, 2013). Barcelona: Acantilado, 2015; 656 pp.; trad. de Jorge Ferrer Díaz; ISBN: 978-84-16011-84-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 27 de marzo de 2015

Las nieves azules,
de Piotr Bednarski, es una reconstrucción novelada de la infancia del autor, judío polaco deportado a un pueblo de Siberia cuando era un niño, poco tiempo después de comenzar la segunda Guerra Mundial. Las cosas se cuentan con una voz de adulto que recuerda, pero que también intenta reproducir la mirada del niño de unos diez años que tenía entonces. Se suceden capítulos cortos, dedicados cada uno a un incidente o a un personaje: alguno de sus compañeros de escuela; los distintos pretendientes o perseguidores de su madre, Bella; los vigilantes y guardianes del Partido que se van renovando…

Abundan los momentos duros: denuncias injustas, deportaciones, asesinatos, suicidios… El padre del protagonista reaparece brevemente pero, debido a una pelea, es enviado casi de inmediato a Kolymá, «el auténtico corazón del comunismo» según un personaje. Cuando esto pasa el narrador dice: «no lograba comprender el infierno en el que se hallaba mi padre. Entre otras cosas, se me pasó por la cabeza que Dios le arrendó al diablo la tierra tanto como a nosotros». Sin embargo, el tono es estimulante pues tanto el pequeño Petia como su madre intentan vivir con intensidad el presente: «no existía el ayer, tampoco existía el mañana: estaba sólo el triste y repugnante presente soviético al cual había que sobrevivir con una sonrisa para poder ser lo que éramos: seres humanos».

Pero, sobre todo, el poso de la novela se basa en que los protagonistas tienen una fe que les sostiene, por más que a veces parezca confusa. La lectura de los Evangelios le hace descubrir a Petia que «nosotros, los deportados, éramos dichosos; que, en el mundo, la mayoría de las personas pertenecen a Dios cuando sufren hambre, frío y persecución». Más adelante, un chico coreano, budista, afirma que «los comunistas no saben perdonar porque han desterrado la oración de sus vidas. Y quien reniega de la oración sólo sabe destruir y contaminar. Mi padre solía decirlo y yo lo creo». Luego, a quien le amenaza, le dice: «Me darás una paliza como mucho. Nunca podrás conmigo porque sé rezar». Y, después de recibir una paliza, replica: «¿Qué, te rindes? Ya te dije que no podrías conmigo, porque yo rezo a diario. Y tú no me creíste».

Piotr Bednarski. Las nieves azules (Błękitne śniegi, 1996). Barcelona: Malpaso, 2014; 144 pp.; trad. de Amelia Serraller; ISBN: 9788415996224. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 27 de febrero de 2015

Las novelas que presentan la vida en los antiguos países comunistas hacen pensar en cómo es posible que haya quien se presente hoy, entre nosotros, como heredero de las ideas que dieron origen a tantos sufrimientos.

Es el caso de La quinta esquina, de Izrail Métter, una novela escrita en 1967 y publicada en Rusia muchos años más tarde, en 1989, con el tono propio de las memorias de un antiguo profesor que recuerda su vida. Por lo que se ve, algunas cosas se apoyan un poco en la vida del autor. En esta extensa reseña se da bastante información.

Sus reflexiones acerca del poder comunista o, en general, sobre quienes dicen de sí mismos que representan al pueblo, siguen interesándonos hoy: «la magnitud de la falsificación que se ha perpetrado con el concepto “pueblo” es inmensa. A partir de los años treinta, se comenzó a denominar pueblo a ciertas personas y a excluir de él a otras. En realidad el título de “pueblo” lo poseía una sola persona: Stalin».

En otro momento dice: «Durante años y años, en nuestro país, hemos luchado por obtener el derecho a relatar en primera persona los hechos históricos de los cuales hemos sido testigos. No debía usarse el pronombre “yo”. Había que escribir “nosotros”. “Yo” se consideraba falto de autenticidad. Se debía hablar sólo en nombre del pueblo. Para muchos eso facilitaba la tarea, ya que en los logros del pueblo, difícilmente verificables, es fácil ahogar la pena de un individuo aislado. De la misma manera, con el indiscutible talento e inteligencia del pueblo, no resulta complicado cubrir la propia tontería y mediocridad».

Izrail Métter. La quinta esquina (1967-1989). Barcelona: Lumen, 1995; 153 pp.; trad. de Selma Ancira; ISBN: 84-264-1234-3. Nueva edición en Barcelona: Libros del Asteroide, 2014; 207 pp.; ISBN: 978-84-16213-04-7. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 21 de junio de 2013

Ruta Sepetys, norteamericana descendiente de lituanos, ha compuesto su novela Entre tonos de gris a partir de recuerdos familiares, recogiendo testimonios personales y consultando documentación de la masiva deportación de los países bálticos que ordenó Stalin en los años 30. El libro, aunque sea una ficción, ha sido compuesto con la intención de dar a conocer a muchos lectores algunos episodios más del terror estalinista.

La narradora es Lina, una chica de quince años con grandes dotes para el dibujo. Todo comienza cuando, después de que su padre fuera detenido unos días atrás, también las arrestan a ella, a su madre y a su hermano pequeño, en medio de la noche. Hacinados en un maloliente vagón de un tren de mercancías, hacen un viaje angustioso de varias semanas hasta un campo de trabajo en Siberia, donde han de vivir en condiciones miserables. Tiempo después son trasladados de nuevo al extremo noroccidental de Siberia. La obsesión de Lina es hacer dibujos de todo para intentar hacerlos llegar, de mano en mano, allí donde piensa que se encuentra su padre. Una de las personas en las que puede apoyarse es Andrius, un chico algo mayor que, junto con su madre, comparte su mismo destino.

La novela suple los defectos que se le pueden encontrar con la intensidad emocional de lo que se cuenta. Está dividida en capítulos cortos que se suceden cronológicamente aunque, a veces, se intercalan en cursiva escenas de la vida familiar del pasado. No se ahorran escenas duras de crueldad por parte de los soldados, ni momentos crudos de comportamientos zafios o egoístas, pero tampoco faltan detalles de humanidad que sostienen la esperanza, incluidos algunos procedentes de personajes inesperados. El personaje central, por su fortaleza y bondad inalterables, es la madre de Lina. El título del relato, que alude también a la evolución interior de Lina, se toma de un momento del final cuando sale afuera de la choza y, con su mirada de dibujante, observa que «la blanca nieve iluminaba el paisaje como si fuera de carbón. Pero eso era todo lo que podíamos ver, distintos tonos de gris por todas partes».

Ruta Sepetys. Entre tonos de gris (Betwenn Shades of Gray, 2011). Madrid: Maeva, 2012; 296 pp.; col. Maeva Bolsillo; trad. de Isabel González-Gallarza; ISBN: 978-8415140672.

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viernes, 14 de mayo de 2010

El rey blanco,
de Gyögry Dragomán, es una novela que ha obtenido premios y que tiene interés como una pieza más del mosaico que refleja la vida en los países comunistas del Este. Es la segunda novela de su autor, nacido en Rumanía en 1973, en una familia de la minoría húngara, y que vive en Budapest desde 1988.

Un país que no se nombra pero se supone que es Rumanía. Tampoco se dan fechas, pero al comienzo hay una mención de una catástrofe nuclear, y Chernobyl tuvo lugar en 1986. El protagonista y narrador, Djata, tiene once años al comienzo. En el primer capítulo cuenta que ve a su padre subir a una furgoneta y piensa que se va por unos días pero, según pasa el tiempo, descubre que se lo habían llevado para trabajos forzados en el canal del Danubio. Luego se suceden distintos episodios. En unos, Djata trata con un entrenador de fútbol sádico, con un profesor terrorífico, con unos crueles obreros de la construcción. Tienen su buena dosis de violencia otros, en los que habla de sus amigos y compañeros, algunos en situaciones familiares comparables a la suya. Son exagerados y chuscos los que cuentan dos incidentes de tipo sexual. Otros tratan del acoso de las autoridades a la madre y de sus intentos desesperados para dar con el paradero de su marido; y de la distante relación de Djata con los abuelos por parte de su padre —pues el abuelo había sido secretario general del partido antes de caer en desgracia—.

El modo de contar, con frecuencia en larguísimos párrafos sin puntos, y en capítulos que a veces comienzan en medio de lo que sucede para que luego el narrador retroceda, es artificioso pero no va mal con un tipo de relato que no da casi respiros de humor y de bondad, y con el punto de vista del niño que habla de cosas que no entiende pero que sí son comprensibles para el lector. Con todo, el narrador va muy por encima de su edad en algunas ocasiones. Las referencias a Dios en las expresiones que usan unos y otros personajes van siempre con minúscula en la novela, cosa que no sé si comprender como una muestra más de un mundo que no sólo es corrupto y violento, sino también surrealista e inepto hasta extremos cómicos. Lo más destacable son sus capítulos primero y último, y cómo refleja las ansias de Djata por reencontrarse con su padre y su conciencia creciente del sufrimiento de su madre.

Gyögry Dragomán. El rey blanco (A fehér király, 2005). Barcelona: RBA, 2010; 255 pp.; trad. de José Miguel González Trebejo; ISBN: 978-84-9867-717-1.

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viernes, 26 de marzo de 2010

En Mi siglo, Czeslaw Milosz tiene una extensa conversación con Aleksander Wat. Este, un escritor vanguardista polaco, judío de origen pero converso al catolicismo, recuerda su vida, siendo joven, en Polonia, y, sobre todo, narra sus estancias en las cárceles y campos soviéticos durante los años cuarenta. En este sentido, añade información y matices al estremecedor panorama que da Józef Czapski en En tierra inhumana. Lo más interesante, para mí al menos, son muchas disquisiciones del autor, entre otras cosas, acerca de lo que califica de la dimensión diabólica del fenómeno histórico del comunismo, o de que «la literatura no da la talla en ciertas situaciones existenciales», o de cómo la historia del estalinismo demuestra que, entre los intelectuales, en particular entre los occidentales, «el talento para autoengañarse es monstruosamente grande».

Hay que añadir que resulta formidable la misma historia de la composición del libro y, por otro lado, que su lectura puede resultar ardua para quien no está muy familiarizado con la historia y el ambiente intelectual de la época.

Aleksander Wat. Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo (Moj wiek, 1977). Barcelona: El Acantilado, 2009; 1072 pp.; prefacio de trad. de J. Slawomirski y A. Rubió; presentación de Adam Zagajewski; ISBN: 978-84-92649-21-1.

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viernes, 25 de septiembre de 2009

Otra
de mis lecturas históricas del verano fue Los que susurran, una monumental e instructiva obra de Orlando Figes acerca de la Rusia estalinista. Debo decir, primero, que mentiría si dijera que lo he leído completo: es un libro muy largo y, aunque está bien escrito y todo es interesante, sólo he leído bien algunos tramos. El autor intenta practicar lo que llama «un corte transversal de la sociedad soviética» y, para eso, investiga cómo el terror fue rompiendo «todos los lazos del amor, la amistad y la confianza» en una serie de familias. Presenta un entretejido de historias reales usando un enfoque multigeneracional para mostrar las consecuencias de la represión estalinista pues, señala, ningún otro régimen ha tenido una duración tan larga y un impacto tan prolongado sobre millones de personas. Más información, en Las paredes oyen y en Viaje al imperio de los susurros.

Orlando Figes. Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin. (The Whisperers, 2007). Barcelona: Edhasa, 2009; 958 pp.; trad. de Mirta Rosenberg; ISBN: 978-84-350-2695-6.

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viernes, 27 de febrero de 2009

En tierra inhumana,
del polaco Józef Czapski (1896-1993), es un libro importante dentro de los que hablan del horror del gulag y las cárceles soviéticas en los años cuarenta.

El autor, oficial del ejército de su país, capturado por los rusos en 1939, fue liberado después de que se rompiera el pacto entre Rusia y Alemania, y nombrado a continuación jefe de la oficina de búsqueda de los desaparecidos. Su libro contiene tres textos: Memorias de Starobielsk, su estancia en el campo de concentración soviético entre octubre de 1939 y mayo de 1940; En tierra inhumana, sus infructuosas peripecias en Rusia intentando localizar a los miles de oficiales polacos que habían sido repartidos por distintos gulags de la Unión Soviética; y La verdad sobre Katyń, documento escrito en 1945, centrado en la explicación: el fusilamiento de quince mil oficiales polacos por los rusos a comienzos de la segunda Guerra Mundial, «mi victoria», según escribió Goebbels en su diario, pues así su propaganda presentaría sin rubor que los rusos eran culpables de atrocidades equiparables a las del régimen nazi.

Conviene advertir que, aunque la narración tiene fuerza y momentos de gran intensidad, la lectura de conjunto es más bien ardua. El autor lo sabe, pues define su obra como una «acumulación de vivencias» y adelanta que «puede resultar tediosa para el lector», debido a sus opciones de seguir el orden cronológico y, sobre todo, de intentar no dejar de lado nada que tenga importancia humana y valor testimonial.

Józef Czapski. En tierra inhumana (Na nieludzkiej ziemi). Barcelona: Acantilado, 2008; 492 pp.; trad. de A. Rubió y J. Slawomirski; 978-84-96834-41-5.

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miércoles, 10 de diciembre de 2008

Así como hay muchos relatos sobre niños víctimas de la locura nazi, conocemos muchos menos de quienes sufrieron la barbarie del totalitarismo comunista y soviético. Pero no sólo por ese motivo vale la pena conocer La estepa infinita, de Esther Hautzig, sino también por ser un relato bien escrito, bienhumorado pese a la dureza de las situaciones que han de vivir tanto Esther y su familia como muchos otros deportados.

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jueves, 27 de marzo de 2008

La noche quedó atrás,
de Jan Valtin, seudónimo de Richard Krebs (1904-1951), fue un «bestseller» en Estados Unidos cuando se publicó, el año 1941.

Después de contar brevemente su infancia, en Alemania y en distintos lugares, pues su padre era marino, el autor narra sus peripecias desde que se afilió al Partido Comunista siendo muy joven. Durante los años veinte y principios de los treinta viajó por muchos países organizando revueltas sindicales; ya entrados los treinta, siendo ya un agitador muy conocido, fue capturado y torturado por la Gestapo; pocos años más tarde logró convencerles de su conversión al nazismo y abandonó la prisión convertido en agente doble; enfrentado luego a sus propios jefes comunistas, huyó y como consecuencia su mujer fue encarcelada por la Gestapo y falleció. El relato termina justo antes de que Valtin emigre a los Estados Unidos: uno de sus hijos cuenta esa parte de su historia en un corto apéndice.

El relato está escrito de modo directo, con energía e intensidad. El hilo narrativo es claro y los episodios se cuentan sin sentimentalismo. El autor deja ver cómo, para él y para muchos, el bolchevismo era una fe que merecía cualquier sacrificio de vidas y sentimientos humanos. Indica que tuvo atisbos de que su lucha estaba desencaminada pero lo cierto es que su distanciamiento y huida finales sólo se debieron al comportamiento desleal con él de algunos jefes inmediatos. Aunque cabe suponer que no todo es tal como se cuenta, pues no faltan los comentarios autoexculpatorios, los elogios que hicieron a este libro tantas personas se debieron a que mostraba bien el funcionamiento de la maquinaria del comunismo internacional: tanto las intrigas y rivalidades continuas en su interior, como el modo implacable de agitar a las masas para poder luego rentabilizar políticamente los desórdenes. De un modo bien diferente al de otros testimonos, es una confirmación más, casi con el poder de una novela de acción, del comentario de Nicolae Steinhardt en El diario de la felicidad acerca de que el comunismo es «devoto de la trinidad: odio, sospecha, envidia».

Jan Valtin. La noche quedó atrás (Out of the Night, 1941). Barcelona: Seix Barral, 2007; 782 pp.; trad. de Julio Bernal; ISBN: 978-84-322-3168-1.

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sábado, 8 de marzo de 2008

Estoy conmocionado por El diario de la felicidad, de Nicolae Steinhardt.

El autor (1912-1989), nacido en una familia judía en Bucarest, fue abogado y escritor. Encarcelado en 1960, se convirtió al cristianismo ortodoxo durante su estancia en la cárcel. Liberado en 1964, desempeñó diversos trabajos durante años. Profesó como monje ortodoxo en 1980. En vida publicó varios libros y, después de su fallecimiento, anterior a la caída del régimen comunista, se publicaron sus libros teológicos.

También póstumamente apareció El diario de la felicidad, que había terminado en 1972, y que es una miscelánea de textos autobiográficos y reflexivos, cada uno encabezado por una fecha y un lugar. En ellos se cuentan momentos de su estancia en la cárcel, así como de su vida posterior y anterior a los años que estuvo allí; y se formulan toda clase de comentarios sociales y literarios, así como de muchos textos bíblicos. En conjunto es un libro de memorias que tiene mucho de testimonio de una época: para Steinhardt está clarísimo que el comunismo es siempre igual: «vengativo. Mezquino. Apestoso. Barriobajero. Rencoroso. Devoto de la trinidad: odio, sospecha, envidia».

Al leerlo pensaba que Rumanía debe ser un país increíble si, como afirma el prólogo, un libro tan poderoso ha vendido doscientos mil ejemplares en los últimos años. Luego caí en la cuenta de que no debería sorprenderme: rumanos son Mircea Eliade, Emil Cioran, Vintila Horia o Eugene Ionescu... —autores que conozco poco y que me he propuesto conocer mejor—, y pensaba también en la importancia de conocer bien la literatura tan rica de los países del Este: tal vez así podamos comprender mejor en qué consiste la libertad y liberarnos un poco del ombliguismo que fomentan los nacionalismos ideologizados y cortos de miras.

Lo cierto es que, aunque uno pueda no compartir todas las consideraciones del autor, resulta impresionante su capacidad argumentativa, su convicción y su alegría, como se aprecia en una de sus anotaciones claves, del 2 de agosto de 1964 a la espera de abandonar la cárcel: «En la pequeña celda de Zarca, solo, me arrodillo y hago balance. Entré en la cárcel ciego (con vagos atisbos de luz, pero no sobre la realidad sino interiores; iluminaciones que nacen de la propia tiniebla y deshacen la oscuridad sin disiparla) y salgo con los ojos abiertos; entré mimado y caprichoso y salgo curado de ínfulas, aires de grandeza y caprichos; entré insatisfecho y salgo conociendo la felicidad; entré nervioso, irascible, sensible a las minucias y salgo indiferente; el sol y la vida me decían poco, ahora sé saborear un trozo de pan, por pequeño que sea; salgo admirando por encima de todo el valor, la dignidad, el honor, el heroísmo; salgo reconciliado: con aquellos a los que he hecho mal, con los amigos y los enemigos, incluso consigo mismo».

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca, Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

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viernes, 21 de diciembre de 2007

Si en la historia del siglo XX el nazismo ha dejado un rastro de millones de cadáveres, el del comunismo, con la complicidad de muchos intelectuales occidentales, fue mucho más sangriento ya desde su comienzo. Al respecto es una gran e instructiva lectura El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales. A través de una prosa limpia y nada enfática puesta en boca de Juan Martínez, un bailarín de flamenco, se cuenta en primera persona la revolución soviética tal como él la vivió: «A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos diez días que conmovieron al mundo, me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto». El narrador no tiene intenciones políticas sino sólo contar su propia peripecia vital, lo que vio y cómo lograron salir adelante él y su mujer. Una buena parte de su relato tiene lugar en Kiev, donde presencia y sufre varias alternancias en el mando de la ciudad de unos y otros: «Los rojos eran unos asesinos que pasaban hambre y los blancos eran unos asesinos hítos. Se estableció, pues, una solidaridad de hambrientos entre la población civil y los guardias rojos. (...) Así triunfó el bolchevismo. El que diga otra cosa miente; o no estuvo allí, o no se enteró de cómo iba la vida».

Manuel Chaves Nogales. El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934). Barcelona: Libros del Asteroide, 2007; 287 pp.; prólogo de Andrés Trapiello; ISBN: 978-84-935018-6-0.

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sábado, 15 de abril de 2006

Después de mencionar, meses atrás, Gulag, de Anne Applebaum, y El vértigo, de Eugenia Ginzburg, se puede recordar Relatos de Kolymá, de Varlam Shalámov. Con un lenguaje limpio y sobrio, contando escenas variadas de la vida en los campos siberianos, el autor añade más losetas al mosaico histórico de unos tiempos terribles. La compiladora de todas estas historias, redactadas desde 1953 en adelante y publicadas por primera vez en 1978, cita a Solzhenitsyn en El Archipiélago Gulag: «En los Relatos de Kolymá de Shalámov es donde tal vez el lector perciba de modo más fiel el espíritu despiadado del Archipiélago y el límite de la desesperación humana». Y, después, cuenta que una vez le preguntó al autor: «“¿Cómo vivir?”. Y él me contestó: “Tiene usted los Diez Mandamientos. Allí está todo dicho”. Una respuesta sencilla, aunque difícil de llevar a la práctica. Pero así es como sentía Shalámov la medida de su responsabilidad de hombre».

Varlam Shalámov. Relatos de Kolymá (Kolymskie Rasskazy). Barcelona: Mondadori, 1998, 2ª impr.; 512 pp.; col. Literatura Mondadori; trad. de Ricardo San Vicente; Epílogo y cronología de I. P. Sirotínskaya; ISBN: 84-397-0141-1.

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jueves, 29 de diciembre de 2005

Uno de los mejores libros que se han editado en el año 2005 es El Vértigo, de Eugenia Ginzburg, una dirigente del Partido Comunista y profesora universitaria que cuenta su deportación a Siberia en 1937, cuando tenía poco más de treinta años, y los pormenores de su vida allí durante casi veinte años. De todos los libros que conozco en torno a los años de represión estalinista es el que más me ha impresionado: por motivos de calidad literaria y de intensidad emocional, pero también por el conmovedor ejercicio de sinceridad consigo mismo que hace la autora:

«Ahora, cuando estoy llegando al final de mi vida, lo sé con toda certeza. (...) En cada corazón late un mea culpa, y sólo hay que saber cuándo prestará oído el hombre a esas dos palabras que resuenan en lo más hondo de su ser.

Durante las noches de insomnio se oyen muy claramente. Esas noches de insomnio en las que, como dice Pushkin, todos “releemos la vida con horror”, y nos estremecemos, y maldecimos. En el insomnio, la conciencia no se consuela por no haber participado directamente en los asesinatos y las traiciones. Porque no sólo mata el que asesta el golpe, sino los que han avivado su odio. De uno u otro modo. Repitiendo irreflexivamente peligrosas fórmulas teóricas. Levantando en silencio la mano derecha. Escribiendo cobardemente una verdad a medias. Mea culpa... Y creo, cada vez más, que dieciocho años de infierno en la tierra no bastan para una culpa como esta».

Eugenia Ginzburg. El Vértigo (manuscrito terminado por la autora en 1959, circula de forma clandestina en Rusia; en 1967 se publica por vez primera en Italia). Barcelona: Galaxia Gutenberg y Círculo de lectores, 2005; 857 pp.; trad de Fernando Gutiérrez de la primera parte, El Vértigo, y de Enrique Sordo de la segunda, El cielo de Siberia; prólogo de Antonio Muñoz Molina; ISBN: 84-8109-503-6.

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domingo, 30 de octubre de 2005

Insiste Anne Applebaum a lo largo de su libro Gulag en que las historias de cada tragedia masiva del siglo XX han sido únicas y en la importancia de conocerlas bien. Mi libro, dice al final, «no ha sido escrito "para que no se vuelva a repetir", tal como dice el cliché. Este libro ha sido escrito porque casi con seguridad ocurrirá otra vez. Las filosofías totalitarias han tenido, y continuarán teniendo, un gran atractivo para millones de personas. La destrucción del "enemigo objetivo" como decía Hannah Arendt, sigue siendo una meta fundamental de muchas dictaduras. Necesitamos saber por qué, y cada relato, cada texto de memorias, cada documento de la historia del Gulag es una pieza de este rompecabezas, una parte de la explicación». Y sí, nuestra sociedad consumista también tiene sus «enemigos objetivos».

Anne Applebaum. Gulag: historia de los campos de concentración soviéticos.

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domingo, 23 de octubre de 2005

Me ha gustado mucho Gulag, de Anne Applebaum (quizá gustado no sea la mejor palabra). Son interesantes y acertadas las distinciones que hace para señalar cómo «el Gulag y Auschwitz pertenecen a la misma tradición intelectual e histórica», pero a la vez son distintos, «tanto entre sí como respecto a otros sistemas de campos establecidos por otros regímenes». Me ha convencido la explicación de por qué todos esos hechos espantosos, tan conocidos, «no han penetrado en la conciencia colectiva occidental» como lo han hecho los del nazismo. Y comparto el subrayado que hace de que resulta lamentable el espectáculo de occidentales que se sentirían incómodos al pensar en llevar una esvástica, pero no tienen inconvenientes en llevar la hoz y el martillo en la camiseta o en la gorra: «Mientras el símbolo de un asesinato masivo nos llena de horror, el símbolo de otro asesinato masivo nos hace sonreír».

Anne Applebaum. Gulag: historia de los campos de concentración soviéticos (Gulag. A History, 2003). Barcelona: Debate, 2004; 670 pp.; col. Debate historias; trad. de Magdalena Chocano; ISBN: 84-8306-578-9. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 29 de septiembre de 2005

Un espectacular relato semejante al citado hace unas semanas, Tan lejos como los pies me lleven de Josef Bauer, es La increíble caminata, de Slavomir Rawicz. Este libro, hoy agotado, también fue publicado en los años cincuenta y, en él, su autor narra su huida de un campo siberiano en 1941 junto con otros seis compañeros, para llegar a la India un año más tarde. Ahora bien, ¿fue verdad?

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miércoles, 1 de junio de 2005

Tanto por su carácter testimonial, como por lo que tiene de gran relato de aventuras en el que al final triunfan la resolución y el coraje, merece la pena conocer Tan lejos como los pies me lleven, la historia de la increíble odisea de Clemens Forrell contada por el periodista bávaro Josef Bauer.

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