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Notas del archivo 'Dios' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
domingo, 1 de junio de 2014

Viktor Frankl:
«Se dice que Dios es invisible. Y alguien me lo ha planteado alguna vez como objeción; yo le pregunté si había estado en un escenario de teatro, y le expliqué que, desde la escena, no se suele ver nada del espacio ocupado por los espectadores. A pesar de hallarse allí cientos de espectadores, uno sólo percibe una especie de gran agujero negro, pero sabe que está actuando ante el público. Lo mismo sucede con el Señor. El gran Espectador está sentado en su palco, tú no sabes dónde, no puedes verlo. Pero sabes que está allí. Entiende ante quién estás, dice la Torá. Asume tu responsabilidad de igual modo que el actor representa su papel».

Viktor Frankl y Pinchas Lapide. Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo (Gottsuche und Sinnfrage. Ein Gespräch, 2005). Barcelona: Herder, 2005; 156 pp.; trad. de Gilberto Canal Marcos; ISBN: 84-254-2404-6.

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domingo, 25 de mayo de 2014

Le pregunta su interlocutor a Viktor Frankl si rezaba en el campo de concentración y cuando le responde que sí, le repregunta si eso le daba fuerza. Esta es su respuesta:

«No me atrevo a afirmarlo, y no es que con ello quiera indicar que no me ha dado fuerza. Casi diría que me sentía contento de tener fuerza para orar. Pero lo que considero oración en mi vida y para mi vida es hasta tal punto no-utilitario, que no podría decir si eso me ha dado fuerza. Orar significa para mí ver realmente las cosas sub specie aeternitatis, es decir, con absoluta independencia de mí mismo; la oración es para mí más bien una consagración, ver las cosas en una perspectiva que les confiere potencialmente un sentido, a pesar de todas las atrocidades. Cabría decir que el hombre es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero también el ser que ha entrado en esas mismas cámaras de gas con una oración en los labios; por ello me veo obligado a preguntar: ¿qué habrían podido pedir para sí estos hombres, qué habrían podido implorar, suplicar? Nada en absoluto, pues sabían muy bien que no hay noticia de que una muerte en la cámara de gas se haya suspendido alguna vez en el último momento. Pero esa era la verdadera oración, ese fiat, ese amen, la incondicionalidad que ahí se expresa».

Viktor Frankl y Pinchas Lapide. Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo (Gottsuche und Sinnfrage. Ein Gespräch, 2005). Barcelona: Herder, 2005; 156 pp.; trad. de Gilberto Canal Marcos; ISBN: 84-254-2404-6.

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domingo, 29 de diciembre de 2013

Quienes siguieron, años atrás, la serie El ala Oeste de la Casa Blanca, recordarán que un capítulo terminaba con una queja del presidente sobre que Dios no respondía a sus oraciones, y entonces alguien le cuenta una historia que básicamente reproduce lo que había ocurrido en el episodio, y que es la misma que Abraham Skorka dice aquí: «Se había producido una inundación, y un hombre quedó parado en el techo de su casa pidiendo socorro. Enseguida llega una canoa a rescatarlo y él se niega a subir. “Yo me quedo acá porque Dios me va a ayudar”, le dice al que remaba. Al rato aparece una lancha de los bomberos para salvarlo y otra vez no se sube: “De ninguna manera, yo me quedo acá porque Dios me va a salvar”, repite. Más tarde llega al rescate un helicóptero de la policía, pero se niega a subir utilizando la misma frase: “Dios me va a salvar”. Finalmente, el hombre muere y cuando llega al cielo le reclama a Dios: “¡Por qué no me ayudaste y me dejaste morir!” Dios se enoja: “¿Cómo que no te ayudé? Te mandé una canoa, una lancha, un helicóptero y no aceptaste”».

Jorge Bergoglio y Abraham Skorka. Sobre el cielo y la tierra (2010). Barcelona: Debate, 2013; 224 pp.; edición a cargo de Diego F. Rosemberg; ISBN: 978-8499923369.

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domingo, 7 de febrero de 2010

Robert Spaemann: 
«La diferencia entre la clase de religión y la clase de ética radica en que en la clase de religión, cuando merece tal nombre, lo ético está inserto en un determinado contexto de vida histórico que se funda en una fe en la revelación; inserto en una comprensión dramática del mundo que se articula en conceptos como “caída”, “redención”, “pecado”, “perdón” y “resurrección”. La clase de ética prescinde de tal contexto de la historia de la salvación. Pero eso no significa que deba prescindir de la religiosidad en cuanto constante antropológica y adoptar el punto de vista del ateísmo práctico o del agnosticismo, el punto de vista del “etsi Deus non daretur” [como si Dios no existiese]. Si fuera ese el caso, entonces habría que apartar de la clase de ética la mayoría de los textos de la gran filosofía europea. Pues en ellos, cuando se trata de ética, casi siempre se está hablando, de una manera o de otra, de Dios. Y esto en tres sentidos.

En primer lugar, en el sentido de que se pregunta por el origen de esa característica experiencia de incondicionalidad que se vincula a la exigencia moral, y que no puede derivarse de la estructura empírica de la, absolutamente condicionada, conditio humana. En segundo lugar, en el sentido de que la acción moral, sobre todo en condiciones extremas, sólo es posible desde una perspectiva que prohíbe pensar que el bien es, a fin de cuentas, en vano, y que el bueno es, a fin de cuentas, el tonto. Desde el “bien mismo” de Platón, hasta el “bien supremo” de Kant, Dios es el nombre para tal perspectiva del “a fin de cuentas”. Y por último, en tercer lugar, en toda la tradición de occidente, Dios es pensado como el punto de referencia más elevado de la praxis moral misma. De forma evidente, lo santo figura en el lugar supremo de la jerarquía de valores o se hace sencillamente invisible. En esta tradición la religión es también una virtud moral, y adorar a Dios es un deber de toda persona racional, si bien desde antiguo se discute si la adoración de Dios precisa acciones de culto específicas, o si la propia vida moral es el único culto divino esclarecido y digno».

Robert Spaemann. «Sobre el sentido de la clase de ética en la escuela», en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.

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domingo, 20 de diciembre de 2009

Joachim Jeremias:
 «En ningún sitio se descubre tan claramente como en la oración el estado de descomposición y de malestar interior en que se encontraba el mundo helenista —sobre todo el próximo Oriente— en la época del Nuevo Testamento. La oración del mundo griego, incluso antes del periodo helenista, no conoce todo ese carácter de seriedad, de temor lleno de respeto que se comprueba en la oración bíblica. Nos lo demuestra un ejemplo: en la época de la comedia antigua las parodias de la oración constituyen uno de los tópicos del género: las encontramos particularmente en Aristófanes (446-385 a.C.): bufonescas, inmorales, ridículas y hasta obscenas, estas oraciones se insertan en la trama de la acción para suscitar las carcajadas del público. (...)

Más tarde, en la época helenista, fue la filosofía la que se encargó de enterrar la oración. La escuela estoica contribuyó notablemente a desarraigar la fe en Dios. Séneca pone a los dioses y a la naturaleza en el mismo plano. ¿Tiene acaso algún sentido rezar a la naturaleza? “¿Qué sentido tiene elevar las manos al cielo?... Dios está en ti” [Ad Lucilium]. Lo mismo que los estoicos, también los epicúreos afirman la inutilidad de la oración, el escepticismo invade entonces la situación. Los hombres piden cosas contradictorias, ¿cómo puede Dios escucharlos a todos? Bajo un aspecto distinto, las religiones de los misterios y la mística socavan también la oración: el ser humano es divinizado. “Tú eres yo y yo soy tú” [Papiro de Leyde]: el místico habla como un dios con Dios. Es la muerte de la oración.

La crisis de la oración en los ambientes cultos tuvo naturalmente repercusiones entre el pueblo sencillo. No es que cesaran las plegarias, pero los hombres estaban perplejos ante ellas. El desarrollo de los cultos extranjeros quebrantó la certeza que tenían en sus propios dioses. En un caso particular no sabían ya a qué divinidad dirigirse, de ahí los altares dedicados “a los dioses desconocidos” [Hechos, 17,23]. E incluso cuando saben ante quien tienen que acudir, no tienen la certeza de que les vayan a escuchar; en efecto, ¿se conoce el nombre exacto por el que la divinidad quiere que la invoquen? Los millares de papiros mágicos, cubiertos profusamente de nombres y de epítetos oscuros, constituyen otros tantos testimonios desconcertantes de una oración que ha perdido toda certidumbre. Nos enseñan además otra cosa: donde la oración está en crisis, gana terreno la superstición. La oración se convierte entonces en magia. Se quiere someter a la divinidad por medio de nombres misteriosos, se cansa a los dioses, se les amenaza.

No hay ningún otro síntoma que revele mejor la decadencia del próximo Oriente a comienzos de la era cristiana como la crisis aguda de la oración.

Es muy distinto lo que ocurre en el judaísmo, sobre todo en Palestina. Aquí la oración tiene un lugar indiscutible en la piedad del pueblo; aquí reinan en este terreno normas bien establecidas, aquí se forma a los hombres en la oración desde sus primeros años».

Joachim Jeremias. Abba. El mensaje central del Nuevo Testamento (Iesu und seine Botschaft, The Central Message of the NT, 1965, 1966). Sígueme, 2005, 6ª impr.; 356 pp.; col. Biblioteca de estudios bíblicos; trad. de Alfonso Ortiz García y Fernando Vevia, Constantino Ruiz-Garrido, José María Bernáldez, Jesús Rey, Faustino Martínez; ISBN 10: 84-301-0858-0.

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martes, 25 de diciembre de 2007

Hay libros que son como la espuma y libros que son como las grandes corrientes marinas. Uno de los últimos, para mí el libro más poderoso del año, es Jesús de Nazaret, de Benedicto XVI. Al final, en él se dice que Jesucristo se describe a sí mismo con siete imágenes, «y el que sean precisamente siete no puede considerarse una casualidad: Yo soy el pan de vida, la luz del mundo, la puerta, el buen pastor, la resurrección y la vida, el camino la verdad y la vida, la vid verdadera». (...) «Detrás de todas (ellas) se encuentra en definitiva esto: Jesús nos da la “vida”, porque nos da a Dios. Puede dárnoslo, porque Él es uno con Dios. Porque es el Hijo. Él mismo es el don, Él es la “vida”».

Benedicto XVI. Jesús de Nazaret – Del Bautismo a la Transfiguración (Jesus von Nazareth – Von der Taufe im Jordan bis zur Verkläurung, 2007). Madrid: La esfera de los libros, 2007; pp.; trad. de Carmen Bas Álvarez; ISBN: 978-84-9734-636-8.

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domingo, 17 de junio de 2007

Algunas frases de Jean Guitton en Mi testamento filosófico.

«Si Dios fuese fácil, estaría al alcance de la mano. No sería trascendente y no sería Dios. Pero si Dios es Dios, hay una desproporción entre él y nosotros. No es de extrañar que, para verlo, tengamos que ponernos de puntillas sobre la punta del espíritu».

«Me gustaría poder deducir la existencia de Dios a partir de mí. Compruebo que es imposible. En este sentido, me duele. Pero si creyese así, no creería en Él, y el Dios al que me adheriría no sería Dios. Así, pues, no poder creer de esa manera me ayuda a creer».

«Mis razones para creer son mis razones para no creer en las razones para no creer».

«Mis certezas tienen sus raíces en mi duda. Mi duda es una conciencia de mi debilidad y de mi miseria».

Jean Guitton. Mi testamento filosófico (Mon testament philosophique, 1997). Madrid: Encuentro, 1998; 207 pp.; col ensayos; trad. de Beatriz Gerez Kraemer; ISBN: 84-7490-502-8.

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jueves, 5 de abril de 2007

Jiménez Lozano: «Bocherini (...) escribía Laus Deo en todos sus manuscritos de música, incluidos, por lo tanto, los de divertimento, naturalmente. Los historiadores de la música, o quienes presentan una obra suya, suelen decir, por esto, que era un hombre particularmente piadoso; pero no se deduce necesariamente. Quizás no encontraba a nadie mejor a quien dedicárselo, o nadie que lo pudiera juzgar mejor, o a quien pudiera agradar más. Quizás era puro realismo el suyo».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña.

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domingo, 24 de diciembre de 2006

No sé dónde, Elie Wiesel cuenta una historia rabínica en la que «Jehel, un joven muchacho, entró llorando precipitadamente en casa de su abuelo, el famoso Rabí Baruch. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, mientras se lamentaba: mi amigo me ha abandonado, ha sido injusto y poco amable conmigo. Vamos, vamos, ¿no puedes explicármelo más despacio?, le preguntó el maestro. Sí, respondió el pequeño. Hemos jugado al escondite. Y yo me he escondido tan bien que mi amigo no ha podido encontrarme. Así pues, ha dejado de buscarme y se ha ido. ¿No ha sido antipático? El más bello escondite ha perdido su belleza porque mi amigo ha interrumpido el juego. En ese momento el maestro le acarició las mejillas, al tiempo que los ojos se le inundaban de lágrimas. A continuación dijo: sí, eso es muy poco cortés. Pero, ¿sabes?, lo mismo ocurre con Dios. Él se ha ocultado y nosotros no lo buscamos. Imagínate lo que esto significa: Dios se ha ocultado y nosotros no lo buscamos ni siquiera una vez. En esta pequeña historia se puede descubrir de modo manifiesto el sentido de la Navidad. Dios se oculta (…). Espera al hombre».

Feliz Navidad.

Joseph Ratzinger. Cooperadores de la verdad – Reflexiones para cada día del año (Mitarbeiter der Wahrheit – Gedanken für jeden Tag, 1990). Madrid: Rialp, 1991; 499 pp.; presentación, notas y trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2744-2.

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domingo, 26 de noviembre de 2006

Martín Buber: «Rabí Rafael de Bershad, el discípulo favorito de Rabí Pinjas, contó:

“El primer día de Janucá expresé en son de queja a mi maestro que en la adversidad es muy difícil mantener incólume la fe en que Dios provee por cada uno de los hombres. Parece realmente como si Dios escondiera su faz de ese ser desdichado. ¿Qué puede hacer el hombre para fortalecer su fe?

El rabí respondió: “El cesa de esconderse si tú sabes que se esconde”».

Martin Buber. Cuentos jasídicos: los primeros maestros.

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sábado, 18 de noviembre de 2006

Joseph Ratzinger:
 «Dejando a un lado el ropaje literario, creo que en [la historia que apareció ayer] se describe con mucha precisión la situación del hombre de hoy ante la cuestión de Dios. Nadie puede poner a Dios y su reino encima de la mesa, y el creyente por supuesto tampoco. El que no cree puede sentirse seguro en su incredulidad, pero siempre le atormenta la sospecha de que “quizá sea verdad”. El “quizá” es siempre una tentación ineludible a la que nadie puede sustraerse; al rechazarla, se da uno cuenta de que la fe no puede rechazarse. Digámoslo de otro modo: tanto el creyente como el no-creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe. Para uno la fe estará presente a pesar de la duda, para el otro mediante la duda o en forma de duda. Es ley fundamental del destino humano encontrar lo decisivo de su existencia en la perpetua rivalidad entre la duda y la fe, entre la impugnación y la incertidumbre. Quizá justamente por eso, la duda, que impide que ambos se cierren herméticamente en lo suyo, pueda convertirse ella misma en un lugar de comunicación. Impide a ambos que se recluyan en sí mismos: al creyente lo acerca al que duda y al que duda lo lleva al creyente».

Joseph Ratzinger. Introducción al cristianismo (Einführung in das Christentum, 1968). Salamanca: Sígueme, 2005, 13ª ed.; pp.; trad. de José L. Domínguez Villar; ISBN: 84-301-0671-5.

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viernes, 17 de noviembre de 2006

Martin Buber: 
«Un hombre muy estudioso —uno de esos que se jactan de estar iluminados— que había oído hablar del rabí de Berditchev, lo visitó con el fin de discutir con él, como tenía por costumbre hacer con otros, y refutar sus anticuadas pruebas de la verdad de su fe. Cuando entró en el cuarto del tzadik, lo vio ir y venir, un libro en las manos, inmerso en un pensamiento extático. El rabí no advirtió la presencia de su visitante. Al cabo de un rato, empero, se detuvo, le echó un vistazo y dijo: “¡Pero quizá después de todo sea verdad!”

El estudioso procuró en vano recobrar su aplomo. Sus rodillas se entrechocaron, pues era terrible contemplar al tzadik, como terrible había sido escuchar sus simples palabras. Pero Rabí Leví Itzjac se volvió hacia él y calmosamente dijo: “Hijo mío, los grandes eruditos de la Torá con quienes discutiste desperdiciaron sus palabras contigo. Al separarte de ellos sólo te reíste de lo que habían dicho. No podían poner a Dios y su reino sobre la mesa ante ti, y tampoco yo puedo hacerlo. Pero, hijo mío, ¡piénsalo solamente! Quizá sea verdad. ¡Quizá, después de todo, sea verdad!” El iluminado hizo todo lo posible por responder, pero el terrible “quizá” resonó en sus oídos una y otra vez y quebró su resistencia».

Martin Buber. Cuentos jasídicos: los primeros maestros (Die Erzäblungen der Chassidim, 1949). Barcelona: Paidós, 1993; dos volúmenes, 242 y 187 pp.; col. Paidos Orientalia; trad. de Ana Mª G. de Cantor y de Luis Justo, revisión de Marshall T. Meyer; ISBN: 84-7509-918-1 y 84-7509-919-X.

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