Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Notas del archivo 'Clásicos' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
PerezMCervantes.jpg
sábado, 26 de noviembre de 2016

Más lecturas sobre Cervantes y el Quijote de los últimos meses: El Quijote y su idea de virtud y Cervantes todavía, de Ángel Pérez Martínez. El primer libro, que fue antes la tesis doctoral del autor, aborda el Quijote como una obra que sirve para comprender la perspectiva moral de una época, y que hace notar el asombro y desconcierto que provoca un personaje que a la vez es «un loco prudente, un soldado que intenta ser justo, un anciano fuerte y un amante templado». El segundo reúne varios artículos académicos en los que se hacen reflexiones de tipo narrativo sobre la obra de Cervantes que se pueden aplicar hoy a temas como la lectura digital, la importancia de los viajes, la educación de los jóvenes, etc. Ambos ponen de manifiesto, una vez más, como la lectura de los mejores clásicos nos enriquece y, tal como decía recientemente Carlos García Gual, nos ayudan «a entender aspectos esenciales de la condición humana: su mensaje se reinterpreta con los años, abre nuevos horizontes y moldea a personas más críticas e imaginativas».

Ángel Pérez Martínez. El Quijote y su idea de virtud (2012). Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2012; 278 pp.; ISBN: 978-84-00-09562-8.
Ángel Pérez Martínez. Cervantes todavía. Apuntes desde la crítica literaria (2015). Madrid: Corchete editorial, 2015, 126 pp.; ISBN: 978-84-945013-0-2. [
Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
sábado, 19 de octubre de 2013

Dos comentarios de Borges acerca de los clásicos o, en general, acerca de los buenos libros:

—Uno: al comentario de un entrevistador, sobre que se dice de él que es un clásico viviente, Borges replica: «Bueno… es un generoso error. Pero, en todo caso, he transmitido el amor por los clásicos a otros. (…) Y de algún clásico reciente, un poco olvidado ya. Porque se olvidan clásicos recientes: por ejemplo, yo he difundido en diversos continentes el amor por Stevenson, el amor por Shaw, el amor por Chesterton, el amor por Mark Twain, el amor por Emerson; y, bueno, quizás eso sea lo esencial de lo que se ha dado en llamar mi obra: el haber difundido ese amor».

—Otro: «Los buenos libros han de venir al fin de las literaturas: son la destilación de muchos libros anteriores, de muchas literaturas. Ha de haber habido muchos libros de viajes para llegar a Simbad».

Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari. Diálogos (1992). Selección de sesenta de las noventa conversaciones radiofónicas que tuvieron los autores entre 1984 y 1985. Barcelona: Seix Barral, 1992; 383 pp.; ISBN: 84-322-4677-8.
Adolfo Bioy Casares. 5 de octubre de 1958, en Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

Enviar Imprimir
viernes, 28 de junio de 2013

Unos párrafos de Cosas que nadie sabe, a propósito de la lectura de grandes libros.

Hay un momento de la historia en el que la protagonista se ve retratada cuando leen en alto, en clase, La Odisea: «¿Es que la Odisea podía ser su historia? (...) En el hijo de Ulises, Margherita encontró un amigo capaz de escuchar su dolor. (…) Sintió el miedo de Telémaco y su esperanza. Sintió que el chico le entraba en la piel. Él también sin padre, él también niño llamado a convertirse en adulto. Nada había cambiado a lo largo de los siglos. El mayor poema jamás escrito empezaba con un chiquillo que debe buscar a su padre».

Más adelante, cuando su profesor lee un fragmento sobre un padre y una hija de una obra de Shakespeare, el narrador indica que «Margherita se preguntó si toda la literatura hablaba de ella. El profesor se había convertido, sin saberlo, en la puerta a cuyo través entran, desde mundo lejano y más real que el nuestro, respuestas a cosas que nadie quiere saber. En la vida de todos los días nadie te pide que cuentes la historia que te atormenta el corazón o te lo corroe, y si alguien te lo pide, en la vida de todos los días nadie consigue contar esa historia, porque nunca encuentras las palabras y los matices adecuados, no te atreves a ser frágil y auténtico, a estar desnudo. Esa historia debe llegar desde fuera, como cuando los libros nos eligen y los autores se convierten en amigos a los que nos gustraría llamar por teléfono al concluir la lectura para preguntarles cómo es que nos conocen o dónde han oído nuestra historia. Esa historia es un espejo que te sorprende exclamando: habla de mí, este soy yo, pero no tenía palabras para contarlo. Y a lo mejor descubres que no estás solo, definitivamente solo».

Alessandro D’Avenia. Cosas que nadie sabe (Cose che nessuno sa, 2011). Barcelona: Grijalbo, 2013; 334 pp.; trad. de César Palma; ISBN: 978-84-253-4910-2.

Enviar Imprimir
domingo, 9 de junio de 2013

Umberto Eco: «En cada libro se incrustan, con el tiempo, todas las interpretaciones que hemos dado de él. No leemos a Shakespeare tal como escribió él. Nuestro Shakespeare es mucho más rico que el que se leía en sus tiempos. Para que una obra maestra lo sea, debe ser conocida, es decir, debe hacer absorbido todas las interpretaciones que ha estimulado, que ha contribuido a hacer de ella lo que es. Una obra maestra desconocida no ha tenido bastantes lectores, lecturas, interpretaciones».

Umberto Eco y Jean-Claude Carrière. Nadie acabará con los libros (N’espérez pas vous débarrasser des libres, 2009). Entrevistas realizadas por Jean-Philippe de Tonnac. Barcelona: Lumen, 2010; 265 pp.; ilust. de André Kertész; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 978-84-264-1767-1.

Enviar Imprimir
domingo, 2 de junio de 2013

Umberto Eco: «Un escritor italiano, Leo Longanesi, escribió una vez que no puede haber un gran poeta búlgaro. La idea en sí parece un poco racista. Quizá quería decir una de estas dos cosas, o las dos juntas (y, en lugar de Bulgaria, habría podido elegir cualquier otro país pequeño): primero, que aunque haya habido algún gran poeta, su lengua no es bastante conocida y, por lo tanto, nunca tendremos la ocasión de leerlo. En este caso “grande” quiere decir famoso, pues se puede ser un buen poeta y no ser famoso. Una vez estuve en Georgia y me dijeron que su poema nacional El caballero de la piel de tigre, de Rustaveli, era una gran obra maestra. Es posible que sea verdad, ¡pero no ha tenido la resonancia de Shakespeare! Y segundo, que un país debe haber vivido los grandes acontecimientos de la historia para generar una conciencia capaz de pensar de forma universal».

Umberto Eco, en conversación con Jean-Claude Carrière. Nadie acabará con los libros (N’espérez pas vous débarrasser des libres, 2009). Entrevistas realizadas por Jean-Philippe de Tonnac. Barcelona: Lumen, 2010; 265 pp.; ilust. de André Kertész; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 978-84-264-1767-1.

Enviar Imprimir
EliotAventurasinfin.JPG
viernes, 2 de marzo de 2012

Uno de los excelentes artículos de crítica literaria que contiene La aventura sin fin, de T. S. Eliot, es «¿Qué es un clásico?». En él, después de explicar que la palabra «clásico» tiene significados distintos según el contexto, y de señalar que no piensa pedir perdón por haber usado o por usar en el futuro esa palabra con otros sentidos, precisa que, hablando estrictamente, el clásico «sólo puede ser obra de una mentalidad madura»: la importancia de una civilización y de una lengua, junto con la amplitud de la mente del poeta, es lo que le otorga la universalidad.

Esa mentalidad madura necesita de la historia y de la conciencia histórica, por lo que «servirse de una literatura extranjera indica un grado de civilización más avanzado que servirse sólo de etapas anteriores de la propia tradición literaria». Además, incluye la madurez de las maneras, o ausencia de provincianismo, un rasgo que Eliot define como «una distorsión de valores: la exclusión de unos, la exageración de otros, que surge no a falta de un amplio conocimiento del mundo, sino de la aplicación de patrones adquiridos en una pequeña área de la totalidad de la experiencia humana, que confunde lo contingente con lo esencial, lo efímero con lo permanente». E incluye la madurez de una lengua: «puede suponerse que una lengua se aproxima a la madurez cuando los hombres poseen un sentido del pasado, confianza en el presente, y carecen de dudas conscientes sobre el futuro».

Otra característica del clásico es la capacidad abarcadora: «lo clásico debe, dentro de sus limitaciones formales, expresar el máximo posible del rango total de los sentimientos que representan el carácter del pueblo que habla esa lengua. Lo representará lo mejor posible y además tendrá el mayor atractivo posible: dentro del pueblo al que pertenece, hallará respuesta en hombres de todas las clases y condiciones. Cuando, más allá de su exhaustividad respecto de su propia lengua, una obra literaria tiene una parecida significación para cierto número de lenguas extranjeras, podemos decir que posee además universalidad». Vistas así las cosas, un autor como Goethe es un autor universal puesto que todo europeo debería conocer su obra, pero no lo es en el mismo sentido que tiene para toda Europa Virgilio, el clásico por excelencia o clásico absoluto según Eliot.

T. S. Eliot. «¿Qué es un clásico?» (What is a Classic?, 1944). La aventura sin fin. Barcelona: Lumen, 2011; 583 pp.; col. Palabra en el tiempo; edición de Andreu Jaume; trad. de Juan Antonio Montiel; ISBN: 978-84-264-1920-0. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
domingo, 25 de septiembre de 2011

Dos citas de Borges sobre la lectura de los libros que llamamos «clásicos»:

—«Eliot pensó que sólo puede darse un clásico cuando un lenguaje ha llegado a una cierta perfección; cuando una época ha llegado a una cierta perfección. Pero yo creo que no: creo que un libro clásico es un libro que leemos de cierto modo. Es decir, no es un libro escrito de cierto modo, sino leído de cierto modo; cuando leemos un libro como si nada en ese libro fuera azaroso, como si todo tuviera una intención y pudiera justificarse, entonces, ese libro es un libro clásico». (…) «Es decir, que un clásico es un libro leído con respeto. Por eso yo creo que, el mismo texto, cambia de valor según el lugar en que está: si leemos un texto en un diario, lo leemos en algo que está hecho para el olvido inmediato (…). En cambio, si leemos ese mismo texto en un libro, lo hacemos con un respecto que hace que ese texto cambie. De modo que yo diría que un clásico es un libro leído de cierta manera».

«Creo que releer es un placer tan grato como el de leer, como el de descubrir. Además, cuando uno relee, sabe que lo que relee es bueno, ya que ha sido elegido para la relectura. Y aquí recuerdo a Schopenhauer, que dijo que no había que leer ningún libro que no hubiera cumplido cien años, porque si un libro ha durado cien años, algo habrá en él. En cambio, si uno lee un libro que acaba de aparecer, se expone a sorpresas no siempre agradables. De modo que la virtud de los clásicos sería esa: el hecho de haber sido aprobados, claro que muchas veces por la superstición, otras veces por el patriotismo… en fin, por diversas cosas. Pero, con todo, el hecho de que un libro haya durado, bueno, demuestra que hay algo en él que los hombres han encontrado, y con lo cual quieren reencontrarse».

Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari. Diálogos (1992). Selección de sesenta de las noventa conversaciones radiofónicas que tuvieron los autores entre 1984 y 1985. Barcelona: Seix Barral, 1992; 383 pp.; ISBN: 84-322-4677-8.

Enviar Imprimir
ackroydShakesp.jpg
domingo, 25 de octubre de 2009

Añado un asunto al comentario del otro día. Primero debo decir que la biografía que firma Ackroyd está bien hecha y bien narrada, pero también comprendo más que bien a Pearce cuando se indigna con algunas de las cosas que dice para no sacar las conclusiones naturales de los hechos que cuenta. Da toda la impresión de que Ackroyd desea protegerse a sí mismo de algunas críticas de sus propios colegas pero, en realidad, crea desconfianza hacia su propio trabajo.

Obsérvese:

—«En resumen, Stratford albergaba una numerosa circunscripción católica de la que los Shakespeare formaban parte. Lo antedicho no supone, necesariamente, que Shakespeare profesase dicha religión, en el supuesto de que practicara alguna, sino sólo que estaba familiarizado con los católicos».

—«Puesto que Susannah, la hija mayor, fue toda su vida una católica sólida y destacada, ¿podemos suponer que los Shakespeare conservaron la tradición familiar de piedad heredada?».

—«Es cierto que en su obra dramática empleó el lenguaje y la estructura de la antigua religión, lo que no significa que abrazase el catolicismo. Es muy probable que sus padres pertenecieran a la vieja fe, que Shakespeare no necesariamente incorporó a su adultez. La antigua religión no formó parte de su sistema de creencias, sino del paisaje de su imaginación».

—Después de afirmar que Shakespeare siempre trata bien a los frailes y monjes que aparecen en sus obras, y que las referencias en ellas a rituales y convicciones católicas son correctas, el autor dice que esos conocimientos «resultan totalmente explicables si tenemos en cuenta que el joven Shakespeare se crió en el seno de una familia que profesaba la antigua fe. Sin embargo, su interés en el cumplimiento de los rituales y los sacramentos también formó parte de su interés por el teatro. Fue un aspecto de su preocupación por la pompa del poder, ya fuera sagrado o espiritual».

—Después de indicar que, según un clérigo anglicano que le conocía, «murió siendo papista», dice: «Desconocemos cómo obtuvo la información, que no necesariamente carece de autenticidad. Podemos deducir que significa que, en el momento de la muerte, Shakespeare recibió el sacramento de la extremaunción. Tal vez fue por instigación e incluso por insistencia de su familia recusante. Quizás estaba demasiado débil o enfermo como para entender lo que sucedía. También se da el caso de que, in extremis, católicos apóstatas o antiguos abrazan la posibilidad de redención».

—«La conclusión más segura y verosímil sostiene que, a pesar de sus múltiples conexiones católicas, Shakespeare no profesó unas creencias concretas. Las campanas procedentes de la iglesia no lo llamaron a la oración, sino que le recordaron la decadencia y el pasado. De la misma forma que fue un hombre sin opiniones mundanas, también careció de convicciones. Sometió su naturaleza a cuanto lo confrontó desde el género dramático. En ese aspecto estuvo por encima de la fe».

Cómico y patético.

Peter Ackroyd. Shakespeare: la biografía (Shakespeare: the Biography, 2005). Barcelona: Edhasa, 2008; 830 pp.; col. Biografía; trad. de Margarita Cavándoli; ISBN: 978-84-350-2616-1.
Joseph Pearce. Shakespeare. Una investigación (The Quest of Shakespeare, 2007). Madrid: Palabra, 2008; 222 pp.; trad. de Gloria Esteban Villar; ISBN: 978-84-9840-187-5.

Enviar Imprimir
PearceShakespeare.jpg
domingo, 18 de octubre de 2009

Dos libros sobre Shakespeare: el de Peter Ackroyd, Shakespeare: la biografía, y el de Joseph Pearce, Shakespeare. Una investigación.

El primero es una extensa biografía con atención a muchos detalles sobre la vida del dramaturgo inglés: da idea de su contenido y de su orientación sociológica, esta entrevista con su autor. Su fuerza está en la claridad de su redacción y en la información que aporta sobre la vida de la época, sobre Londres y el mundo teatral. No así en los comentarios directamente literarios: en mi opinión es una barbaridad (entre otras) decir que «en las cumbres más sublimes del arte de Shakespeare, la moral no existe, sólo está la voluntad humana que se encumbra en consonancia con la imaginación».

El segundo libro es una discusión detallada de todas las evidencias acerca de si Shakespeare fue o no católico: queda claro que lo fueron sus padres, lo fueron sus maestros, lo fueron muchos de sus parientes y de sus amigos, lo fue su hija preferida y heredera; se sabe que tuvo trato con jesuitas que murieron mártires, que no asistió a las ceremonias anglicanas, que pidió los últimos sacramentos a un sacerdote católico, etc. Pearce añade dos apéndices a su obra: en uno hace consideraciones generales acerca de la utilidad de tener en cuenta la vida de un autor para comprender mejor su obra literaria; en el otro analiza El Rey Lear aplicando esas pautas.

Quien lea los dos libros —y El Rey Lear— podrá contrastar los análisis tan distintos de Ackroyd y Pearce y juzgar si, como afirma Ackroyd, «El Rey Lear consiste en acercarse al reconocimiento de que la vida carece de significado y de que la comprensión humana es limitada. Por consiguiente, nos desprendemos de una carga pesada y nos volvemos humildes. Es lo que la tragedia shakespeariana consigue de nosotros». O bien si, según Pearce, El Rey Lear es una especie de comedia dentro de una tragedia en la que Shakespeare sí habla de que la comprensión humana es limitada pero, ni mucho menos, dice que la vida carece de significado.

Peter Ackroyd. Shakespeare: la biografía (Shakespeare: the Biography, 2005). Barcelona: Edhasa, 2008; 830 pp.; col. Biografía; trad. de Margarita Cavándoli; ISBN: 978-84-350-2616-1.
Joseph Pearce. Shakespeare. Una investigación (The Quest of Shakespeare, 2007). Madrid: Palabra, 2008; 222 pp.; trad. de Gloria Esteban Villar; ISBN: 978-84-9840-187-5.

Enviar Imprimir
sábado, 20 de septiembre de 2008

Habla Chateaubriand en sus Memorias de que hay «cinco o seis escritores que son suficientes para las necesidades y el alimento del pensamiento», genios nutricios que «parecen haber alumbrado y amamantado a los demás». De Homero dice que fecundó la antigüedad; de Dante que engendró la Italia moderna; de Rabelais que creó las letras francesas; e Inglaterra es enteramente Shakespeare... (Y por nuestra cuenta podemos añadir a Cervantes). Y continúa: «A menudo se reniega de estos maestros supremos; se rebela uno contra ellos; se enumeran sus defectos; se los acusa de ser aburridos, de una obra demasiado extensa, de extravagancia, de mal gusto, al tiempo que se los saquea, engalanándose con plumas ajenas; pero en vano nos debatimos bajo su yugo. Todo se tiñe de sus colores; por doquier encontramos sus huellas; inventan palabras y nombres que van a enriquecer el vocabulario general de los pueblos; sus expresiones se convierten en proverbiales, sus personajes ficticios se truecan en personajes reales, que tienen herederos y linaje. Abren horizontes de donde brotan haces de luz; siembran ideas, gérmenes de otras mil; proporcionan motivos de inspiración, temas, estilos a todas las artes: sus obras son las minas o las entrañas del espíritu humano.

Tales genios ocupan el primer rango; su inmensidad, su variedad, su fecundidad, su originalidad hacen que se los reconozca en primer lugar como leyes, ejemplos, moldes, tipos de las diversas inteligencias, así como hay cuatro o cinco razas de hombres salidas de un mismo tronco, del que los otros no son sino ramas. Guardémonos de decir pestes de los desórdenes en los que caen algunas veces estos seres poderosos; no imitemos en esto a Cam el maldito, no nos riamos si encontramos, desnudo y dormido, a la sombra del arca varada en las montañas de Armenia, al único y solitario barquero del abismo. Respetemos a este navegante diluviano que comenzó de nuevo la Creación tras el agotamiento de las cataratas del cielo; hijos piadosos, bendecidos por nuestro padre, cubrámoslo púdicamente con nuestro manto».

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.

Enviar Imprimir
JohnsonPrefShak.jpg
sábado, 12 de enero de 2008

Samuel Johnson: «El respeto por las obras que han perdurado en el tiempo no obedece, por tanto, a una crédula confianza en la superior sabiduría de tiempos pretéritos, ni a la sombría certidumbre de la inevitable decadencia de la humanidad, sino que es consecuencia de opiniones reconocidas e incontestables: lo que se conoce desde hace más tiempo ha sido examinado en más ocasiones, y lo que se ha examinado más se entiende mejor».

Samuel Johnson. Prefacio a Shakespeare (Preface to Shakespeare, 1765). Barcelona: Acantilado, 2003; 103 pp.; col. Cuadernos del Acantilado; trad. de Carmen Toledano; ISBN: 84-96136-12-4.

Enviar Imprimir
sábado, 10 de noviembre de 2007

Flaubert: «¿Sabes lo que deberías hacer? Adquirir el hábito piadoso de leer todos los días un clásico durante al menos una hora».
«Hay una cosa a la que es necesario que te acostumbres, y es a leer todos los días (como un breviario) alguna cosa buena. A la larga penetra. (...) El talento, como la vida, se transmite por infusión, y hay que vivir en un ambiente noble, adoptar el espíritu de sociedad de los maestros».

Gustave Flaubert. En cartas de 1853 a Louise Colet, Sobre la creación literaria: extractos de la correspondencia de Gustave Flaubert. Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 1998; 243 pp.; col. El oficio de escritor; selección, prólogo y traducción de Cecilia Yepes; ISBN: 84-95079-76-3.

Enviar Imprimir
sábado, 3 de noviembre de 2007

Borges: «Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad».

Jorge Luis Borges. «Sobre los clásicos», en Otras inquisiciones (primera ed. en 1952, ed. revisada por el autor en 1974). Madrid: Alianza, 1999, 296 pp.; col. El libro de bolsillo. Biblioteca Borges; ISBN: 84-206-3316-X.

Enviar Imprimir
sábado, 27 de octubre de 2007

«Un frecuente lugar común consiste en afirmar que los Clásicos son eternos. Lo son, pero no por la razón que se supone, esto es, no por haber encontrado la verdad, como sobre todo por haberla dicho bien, es decir, incompletamente; pues este es un hábil medio de respetarla. No hay que confundir ser claro con ser completo. La fuerza clásica descansa en esa distinción; los Clásicos fueron claros, de una claridad terrible, pero tan clara que, en esa transparencia, presentimos vacíos inquietantes; de los que no sabemos, debido a su habilidad, si los han puesto o simplemente los han dejado. Un clásico no lo dice todo, ni mucho menos (dejando aparte el caso en que nos imaginamos que lo encontramos todo en él); dice un poco más de lo evidente, e incluso el suplemento de desconocimiento lo dice como si fuese evidente (...). Pero eso hace pensar, pensar indefinidamente».

Y, en otro momento, el mismo Roland Barthes dice:

«Para leer a los Clásicos, todos los móviles son buenos, pues no engañan, no abusan y no decepcionan; por lo tanto, incluso podemos recomendar su lectura por vanidad.
Luego, hay que leerlos con un propósito muy personal. Voy a buscar, bajo la generalidad de su arte, la flecha que me dispararon a través de los siglos».

Roland Barthes. «Gustar de los clásicos», texto de 1944 contenido en Variaciones sobre la literatura (artículos extraídos de Oeuvres Complètes). Barcelona: Paidós, 2002; 280 pp.; col. Paidós comunicación; selección y traducción de Enrique Folch González; ISBN: 84-493-1267-1.

Enviar Imprimir
sábado, 20 de octubre de 2007

Al inicio de su ensayo biográfico sobre Dickens, Chesterton dice que, con frecuencia, en sus años se podían escuchar o leer frases imprecisas del estilo «¿por qué no tenemos hoy grandes hombres como (...) Dickens?». Y comenta: «Aunque estas expresiones parezcan, como digo, arbitrarias y vagas, no debemos pasar de largo ante ellas. “Grande”, por supuesto, significa algo, y la prueba de la efectividad de su significado la ofrece, mejor que cosa alguna, el modo instintivo y resuelto con que aplicamos la calificación a unos determinados hombres y no a otros (...). El término encaja, sin duda, en un objeto definido: Dickens es lo que quiere decir ese término. Hasta los exquisitos y desventurados pedantes que no pueden leer sus libros sin exasperación, le colgarán el predicado como la cosa más natural del mundo, sin pararse a pensarlo. Aún ésos, no teniéndole por buen escritor, sienten que Dickens es un gran escritor. Se le trata como a un clásico, es decir, como a un rey del que se puede desertar, pero a quien no cabe destronar».

Enviar Imprimir
sábado, 13 de octubre de 2007

En un texto breve que da título a una colección de artículos, Italo Calvino ensaya distintas definiciones de clásicos. A mí me gusta, sobre todas, esta: «Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir». En consecuencia, «los clásicos son libros que cuando más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad».

También me parece muy certera la afirmación de que «es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo». O, al revés, de que «es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone».

Italo Calvino. Por qué leer los clásicos (Perche leggere i clasici, 1991). Barcelona: Tusquets, 1992; 278 pp.; col. Marginales; trad. de Aurora Bernárdez; ISBN: 84-7223-499-1.

Enviar Imprimir
sábado, 6 de octubre de 2007

«¿Qué es un “clásico”? ¿Por qué pervive a lo largo del tiempo, en distintas lenguas y en sociedades cambiantes?», se pregunta George Steiner. Y se responde: Detrás de «un “clásico” de la literatura, de la música, de las artes, de la filosofía» no hay alguien a quien leemos o escuchamos sino alguien que nos lee o nos escucha. «El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo (gran parte de la respuesta primaria de tipo estético, e incluso intelectual, es corporal). El clásico nos preguntará: ¿has comprendido? ¿has re-imaginado con seriedad?, ¿estás preparado para abordar las cuestiones, las potencialidades del ser transformado y enriquecido que he planteado?».

Steiner, George. Errata – El examen de una vida.

Enviar Imprimir
domingo, 15 de abril de 2007

Hablando de Bach, dice Coetzee que, «en un primer sentido, el clásico es aquel que supera los límites del tiempo, que retiene un significado para las épocas venideras, que vive. En un segundo sentido, una buena parte de la música de Bach pertenece a lo que vagamente se denomina “los clásicos”, la parte del canon de la música europea que aún se interpreta con relativa frecuencia en todo el mundo, aunque no demasiado a menudo ni ante auditorios particularmente masivos. El tercer sentido de “clásico”, el sentido que Bach no cumple, es que no pertenece al renacimiento de los denominados “valores clásicos” que dominó el arte europeo a partir del segundo cuarto del siglo XVIII».

Continuando con Bach, se pregunta luego que, como «la historia de la oscuridad y del silencio no es exactamente la historia de la verdad sino la historia de las capas depositadas en el transcurso de la historia», ¿cuáles son los límites de una relativización histórica de un clásico? Y se responde que «es posible mantener viva la música y que goce de buena salud en el marco de los círculos profesionales a pesar de que el público no sea consciente de ello, ni siquiera en el campo de las personas con formación». Por eso, afirma, «si hay algo que permita confiar en la condición de clásico de Bach es el proceso de prueba al que ha sido sometido dentro de los círculos profesionales». Y, continúa, «me atrevería a sugerir que clásico en música es aquel que emerge inerme del proceso de ser puesto a prueba día tras día». Este criterio «expresa confianza en la tradición de la prueba, una confianza en que los profesionales no dedicarán trabajo y atención, generación tras generación, a mantener piezas musicales cuyas funciones vitales han terminado».

J. M. Coetzee. Costas extrañas: ensayos, 1986-1999.

Enviar Imprimir
viernes, 30 de marzo de 2007

En su conferencia ¿Qué es un clásico?, J. M. Coetzee analiza distintos significados de la expresión «clásico».
Indica que, clásico, en términos horacianos, es un libro que ha perdurado a lo largo del tiempo. Que, en opinión de Eliot, es «un libro que soportará la responsabilidad de ser leído en una clave que tiene significado para la propia época». Que, para Zbigniew Herbert, «clásico es lo que sobrevive a la peor barbarie, lo que sobrevive porque hay generaciones de personas que no se pueden permitir ignorarlo y, por tanto, se agarran a ello a cualquier precio». Luego explica Coetzee que la interrogación al clásico, «por hostil que sea, forma parte de la historia del clásico, porque mientras un clásico necesite ser protegido del ataque no podrá probar que es un clásico». Y, más aún, la crítica «tiene la obligación de interrogar al clásico. La crítica (la escéptica en primer lugar) es lo que el clásico utiliza para definir y garantizar su supervivencia. Tal vez este tipo de crítica sea uno de los instrumentos de la astucia de la historia».

J. M. Coetzee. Costas extrañas: ensayos, 1986-1999.

Enviar Imprimir
viernes, 20 de octubre de 2006

Acerca de la dificultad de algunos jóvenes para leer clásicos dice Allan Bloom: «El afecto condicional o limitado de un joven a sus padres divorciados no hace sino corresponder a lo que necesariamente él ve como afecto condicional de ellos hacia él, y es por completo diferente del clásico problema de lealtad para con las familias, u otras instituciones, que se hallaban claramente dedicadas a sus miembros. En el pasado esa ruptura era a veces necesaria, pero siempre moralmente problemática. Hoy es normal, y ésta es otra razón por la que la literatura clásica les resulta ajena a tantos de nuestros jóvenes, pues versa principalmente sobre la liberación de vínculos reales —como la familia, la fe o la patria—, mientras que ahora el movimiento avanza, en dirección contraria, en pos de vínculos que tengan alguna validez. Debe esperarse que quienes han asistido a una escuela de relaciones condicionales, contemplen el mundo a la luz de lo que aprendieron allí».

Interesante..., aunque se puede plantear al revés. Como se verá, el mismo autor lo hace, quizá sin darse cuenta, en otro momento del mismo libro.

Allan Bloom. El cierre de la mente moderna.

Enviar Imprimir
sábado, 22 de julio de 2006

A quienes me preguntan por libros recientes... con frecuencia les doy una respuesta que no les atrae.  Y es esta, el mismo comentario que hace Kafka a un interlocutor: «Se lastra usted demasiado con cosas efímeras. La mayoría de estos libros modernos no son más que trémulos reflejos del hoy que se apagarán enseguida. Debería leer libros más antiguos. A los clásicos. (...) Lo antiguo vuelve hacia el exterior su valor más íntimo: perdura. Lo únicamente nuevo es la caducidad misma, que hoy se presenta hermosa para mañana parecer ridícula. Es el camino de la literatura».

Gustav Janouch. Conversaciones con Kafka (Gesprache mit Kafka, 1968). Barcelona: Destino, 1999, 2ª impr.; 348 pp.; col. Áncora y Delfín; trad. de Rosa Sala; ISBN: 84-233-3165-2.

Enviar Imprimir
publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo