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Notas del archivo 'Comunicación' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 3 de mayo de 2013

Zygmunt Bauman: «La práctica de la comunicación intercultural está llena de trampas, y en ella las interpretaciones equívocas son más la regla que la excepción, pues no existen dos idiomas culturales que se puedan traducir de uno a otro de forma íntegra. Para que un mensaje sea comprendido enteramente por el receptor, necesita ser de alguna manera readaptado al estado mental de este receptor y, por lo tanto, estará distorsionado, pues si retuviera su forma original prístina, debería entonces estar dispuesto a ser comprendido sólo en parte. Este es, sin lugar a dudas, el estado actual en el que se encuentra la partida. Por supuesto, es un engorro, aunque a mi modo de ver no es una tragedia, porque de alguna manera nos las hemos arreglado, pese a todo, para comunicarnos interculturalmente y, lo que es aún más importante, porque el extenuante esfuerzo que supone mejorar la comprensión mutua ha probado ser, pero (o quizás gracias) a estar condenado, una fuente prolífica de creatividad cultural».

Zygmunt Bauman. Sobre la educación en un mundo líquido. Conversaciones con Riccardo Mazzeo (On Education, 2012). Barcelona: Paidós, 2013; 151 pp.; col. Estado y sociedad; trad. de Dolores Payás Puignarnau; ISBN: 978-84-493-2811-4.

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domingo, 13 de enero de 2013

Me gusta la observación de Zygmunt Bauman acerca de que hay eslóganes que suenan convincentes pero que, si los observamos más detenidamente, no lo son. En concreto se refiere a los de «no hay tolerancia para los enemigos de la tolerancia», o el de «no hay libertad para los enemigos de la libertad». En primer lugar son eslóganes que «afirman como algo demostrado lo que tiene que demostrarse, anticipándose a la pregunta de si aquellos cuya condena y supresión pretenden legitimar el eslogan son realmente culpables de las transgresiones de las que se les acusa». Pero es que, además, «omiten la pregunta acerca del derecho [que se atribuyen quienes hacen aquellas afirmaciones] a sancionar y a disculpar una fusión ilegal entre los papeles de fiscal y juez».

Zymunt Bauman. Esto no es un diario (This is not a diary, 2011). Barcelona: Paidós, 2012; 283 pp.; col. Estado y sociedad; trad. de Albino Santos Mosquera y Antonio Francisco Rodríguez Esteban; ISBN: 978-84-493-2717-9.

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sábado, 24 de noviembre de 2012

Explica Walter Ong que, en una cultura oral, las palabras son acontecimientos, hechos. Lo vemos si pensamos en que «el sonido guarda una relación especial con el tiempo, distinta de la de los demás campos que se registran en la percepción humana. El sonido sólo existe cuando abandona la existencia. No es simplemente perecedero sino, en esencia, evanescente, y se le percibe de esta manera. Cuando pronuncio la palabra “permanencia”, para cuando llego a “nencia”, “perma” ha dejado de existir y forzosamente se ha perdido». Es cierto que «toda sensación tiene lugar en el tiempo, pero ningún otro campo sensorial se resiste totalmente a una acción inmovilizadora, una estabilización, en esta forma precisa». Por eso no «resulta asombroso que los pueblos orales, por lo común, y acaso generalmente, consideren que las palabras poseen un gran poder»: el hecho de que «consideren que las palabras entrañan un potencial mágico está claramente vinculado, al menos de manera inconsciente, con su sentido de la palabra como, por necesidad, hablada, fonada y, por lo tanto, accionada por un poder».

De ahí también que los antiguos pueblos orales «comúnmente consideran que los nombres (una clase de palabras) confieren poder sobre las cosas. (…) Primero que nada, los nombres efectivamente dan poder a los seres humanos sobre lo que están nominando: sin aprender un vasto acopio de nombres, uno queda simplemente incapacitado para comprender, por ejemplo, la química, y para practicar la ingeniería química. Lo mismo sucede con el conocimiento intelectual de todo tipo. En segundo lugar, la gente caligráfica y tipográfica tiende a pensar en los nombres como marbetes, etiquetas escritas o impresas imaginariamente, adheridas a un objeto nominado. La gente oral no tiene sentido de un nombre como de una etiqueta, pues no tiene noción de un nombre como algo que puede visualizarse». En una cultura escrita reducimos el sonido a una grafía, y a la más radical de todas las grafías, el alfabeto. En cambio, «no es tan probable que el hombre oral piense en las palabras como “signos”, fenómenos visuales inmóviles. Homero se refiere a ellas regularmente como “palabras aladas”, lo cual sugiere fugacidad, poder y libertad»: las palabras vuelan, lo que constituye una manifestación poderosa del movimiento, y se elevan por encima del mundo burdo y «objetivo» al que designan.

Walter J. Ong. Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra (Orality and Literacy. The Technologizing of the Word, 1982). México: Fondo de Cultura Econónica, 2004, 1ª ed., 6ª reimp.; 191 pp.; col. Sección de obras de lengua y estudios literarios; trad. de Angélica Scherp; ISBN: 968-16-2498-X.

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sábado, 17 de noviembre de 2012

Walter Ong: «En una cultura oral primaria, donde la existencia de la palabra radica solo en el sonido, sin referencia alguna o cualquier texto visualmente perceptible y sin tener idea siquiera de que tal texto pueda existir, la fenomenología del sonido penetra profundamente en la experiencia que tienen los seres humanos de la existencia, como es procesada por la palabra hablada, pues la manera como se experimenta la palabra es siempre trascendental en la vida psíquica. (…) Sólo después de la imprenta y el extenso uso de los mapas que ésta puso en práctica, cuando los seres humanos piensan en el cosmos, el universo o el “mundo”, se imaginan fundamentalmente algo dispuesto ante sus ojos, como en un moderno atlas impreso, una vasta superficie o conjunto de superficies (la vista presenta superficies) lista para ser “explorada”».

Esto indica que «una organización verbal dominada por el sonido está en consonancia con tendencias acumulativas (armoniosas) antes que con inclinaciones analíticas y divisorias (las cuales llegarían con la palabra escrita, visualizada: la vista es un sentido que separa por partes). También está en consonancia con el holismo conservador (el presente homeostático que debe mantenerse intacto, las expresiones formularias que deben mantenerse intactas); con el pensamiento situacional (nuevamente holístico, con la acción humana en el centro) antes que [con] el pensamiento abstracto; con cierta organización humanística del saber acerca de las acciones de seres humanos y antropomórficos, personas interiorizadas, antes que acerca de cuestiones impersonales».

Es decir, que mientras «la vista aísla, el oído une. Mientras la vista sitúa al observador fuera de lo que está mirando, a distancia, el sonido envuelve al oyente. (…) Es posible sumergirse en el oído, en el sonido. No hay manera de sumergirse de igual modo en la vista. Por contraste con la vista (el sentido divisorio), el oído es, por tanto, un sentido unificador. Un ideal visual típico es la claridad y el carácter distintivo (…). El ideal auditivo, en cambio, es la armonía, el conjuntar». Todo esto hace pensar en la importancia que tienen, y en los rasgos que hacen tan atractivos y tan perdurables, los relatos orales: llegan tan hondo porque ningún otro sentido funciona de manera tan directa como el oído ni tiene una relación igual con la interioridad.

Walter J. Ong. Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra (Orality and Literacy. The Technologizing of the Word, 1982). México: Fondo de Cultura Econónica, 2004, 1ª ed., 6ª reimp.; 191 pp.; col. Sección de obras de lengua y estudios literarios; trad. de Angélica Scherp; ISBN: 968-16-2498-X.

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sábado, 10 de noviembre de 2012

Explica Walter Ong que llamamos oralidad primaria a la propia de una cultura que carece de todo conocimiento de la escritura y la impresión. Llamamos oralidad secundaria a la propia de la cultura de la televisión y el teléfono, que depende de la cultura escrita. Los rasgos de la primera, que actualmente casi no existe, no nos resultan fáciles de concebir y de comprender. El motivo es que no es posible explicar la cultura oral primaria desde una cultura como la nuestra, tan dependiente de la escritura: no se puede explicar lo primario a partir de lo secundario, del mismo modo que no podemos explicar los caballos a partir de los automóviles. De ahí, por cierto, que la expresión «literatura oral» sea contradictoria y anacrónica. Pero sí es posible pensar algunos rasgos propios de los pueblos orales: en ellos la tradición oral no tenía el carácter de permanencia que tiene la escrita; en ellos las palabras tenían valor de acontecimientos; en ellos el pensamiento articulado estaba entrelazado con sistemas de memoria y las necesidades mnemotécnicas determinaban incluso la sintaxis.

Con esto en mente se puede, sin duda, reivindicar el poder de la oralidad si, al mismo tiempo, no perdemos de vista que sin la escritura la conciencia humana no puede alcanzar su potencial más pleno. Es decir, «la oralidad no es un ideal, y nunca lo ha sido. Enfocarla de manera positiva no significa enaltecerla como un estado permanente para toda cultura. El conocimiento de la escritura abre posibilidades para la palabra y la existencia humanas que resultarían inimaginables sin la escritura. (…) Sin embargo, la oralidad no es desdeñable. Puede producir creaciones fuera del alcance de los que conocen la escritura: La Odisea es un buen ejemplo. Asimismo, la oralidad nunca puede eliminarse por completo: al leer un texto se le “oraliza”».

Walter J. Ong. Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra (Orality and Literacy. The Technologizing of the Word, 1982). México: Fondo de Cultura Econónica, 2004, 1ª ed., 6ª reimp.; 191 pp.; col. Sección de obras de lengua y estudios literarios; trad. de Angélica Scherp; ISBN: 968-16-2498-X.

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domingo, 30 de octubre de 2011

Señala Romano Guardini que los problemas del hablar son, primero, que las palabras se ajan y gastan; luego, que las palabras pierden hondura y sus raíces previas se van muriendo; y el tercero, el peor de los crímenes, es el de la confusión sembrada conscientemente por la propaganda, cuando las palabras no surgen de la sinceridad propia de quien tiene voluntad de verdad y de quien respeta la confianza del oyente. «¿O es que cabe afirmar que palabras como “paz”, “derecho” o “democracia” tienen aún un sentido universalmente válido?» ¿No parece que vivimos en un mundo en el que «hay que aprender sencillamente una nueva modalidad del oír, consistente en empezar poniendo entre paréntesis lo oído y, a continuación, interpretarlo en función de la posición política del hablante? Un arte que antes sólo tenían que emplear los diplomáticos. Para no hablar de la espantosa situación en la que el dominado responde lo que la violencia quiere que se le responda (...) y se limita a colocar [su respuesta] delante de sí como trampantojo o dispositivo de protección». Pues bien, para comenzar a salir de una situación como esta, para rehacer la conversación, «probablemente no quepa más que una cosa: hablar de forma cada vez más sencilla, pues la sencillez es lo que más tiempo resiste a la destrucción. Ahora bien, quien lo haya intentado sabrá qué difícil es. Requiere verdadera maestría». Quienes leemos muchos libros infantiles lo sabemos.

Romano Guardini. La paz y el diálogo (Der Friede und der Dialog, 1952), contenido en Escritos políticos. Madrid: Palabra, 2011; 412 pp.; col. Biblioteca Palabra; trad. de José Mardomingo; prólogo de Alfonso López Quintás; ISBN: 978-84-9840-465-4.

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viernes, 21 de octubre de 2011

En un discurso pronunciado con motivo de la concesión del Premio de la Paz de la Asociación Alemana de Editores y Libreros, en 1952, Romano Guardini señalaba que «tras la forma de proceder del entendimiento, que parece puramente objetiva, están actuando motivos que son todo menos objetivos; deseos y temores, inclinaciones y aversiones, propósitos totalmente, algo, poco o nada abiertos y decididos. El campo de los procesos de pensamiento que quieren dar la impresión de hechos y penetración intelectual en ellos es al mismo tiempo un campo de batalla en el que se enfrentan iniciativas». En esa situación, el hombre puede elevar la colisión de los motivos a un plano superior: puede iniciar una conversación. La conversación es posible cuando los dos interlocutores están de acuerdo en que hay una verdad que es válida. Además, otra condición para el conocimiento vivo es la simpatía: podemos conocer realmente solo lo que amamos en algún sentido. El resultado de una conversación así es «paz». Pues tal conversación surge del acuerdo en la preocupación por la verdad y en la reverencia recíproca. Y si los dos no se entienden queda la confianza en la verdad y la disposición a proseguir la conversación, es decir, «una forma de aquella gran virtud sin la que nada humano madura: la paciencia. Y también eso es paz». ¿Y si creo que las ideas del otro son erróneas? La misma verdad con la que estamos comprometidos ambos me prohíbe decirle: «"Lo que tú piensas es verdad también”. No hay “verdades también”. Lo que hay es la diversidad de los puntos de vista. Puedo decir: “también tú ves cosas correctas”. Pero aún en las ocasiones en las que hay un “esto o lo otro” debe haber respeto no al contenido pero sí a la persona y al hecho de que es la opinión de otro ser humano».

Romano Guardini. La paz y el diálogo (Der Friede und der Dialog, 1952), contenido en Escritos políticos. Madrid: Palabra, 2011; 412 pp.; col. Biblioteca Palabra; trad. de José Mardomingo; prólogo de Alfonso López Quintás; ISBN: 978-84-9840-465-4.

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viernes, 7 de octubre de 2011

La palabra es poder,
de Frank Luntz, es un libro sobre «palabras que funcionan» en la comunicación pública. Sin duda, puede servir a quienes usan el lenguaje con fines manipuladores —tal como el mismo título tan desafortunadamente sugiere— pero, sin duda también, da ideas muy prácticas para quienes desean hacerse comprender correctamente, bien ilustradas con ejemplos tomados de la vida política y comercial estadounidense. Una útil, por ejemplo, es ésta: «Las primeras palabras son, con mucho, las más importantes. (...) Todo lo que tenga que decir dígalo al principio. Todo lo que quiera decir puede venir más tarde».

Pero me quedo, sobre todo, con este párrafo, que modifico un poco: «El problema, tal como yo lo veo, es que nuestro lenguaje se ha convertido en algo tan poco importante y desechable que sentimos que podemos decir cualquier cosa que queramos, y que después de dicha, desaparecerá en el éter. [Pero], más allá de la vulgaridad de las formas de hablar, hay dureza en ellas, hay una descortesía inquietante, incluso cruel, que es relativamente nueva (…). Buscamos palabras que dividan, que degraden, que resten validez a los demás, que suenen a desprecio. La negatividad está más extendida que nunca. Lo odio, y por eso me he dedicado a encontrar los aspectos positivos de la política y de los productos en lugar de identificar los fallos de los demás. Rodeado por tal mezquindad y chabacanería, hay mucho que ganar con alegría y optimismo. Cuando degrada a la oposición, se degrada usted mismo. (…) [Es cierto que, en determinados ámbitos, lo negativo funciona], pero un sólido mensaje positivo triunfará siempre sobre la negatividad».

Frank Luntz. La palabra es poder. Lo importante no es lo que dices sino lo que la gente entiende (Words that work, 2007). Madrid: La Esfera de los Libros, 2011; 456 pp.; trad. de Alfredo Rodríguez; ISBN: 978-84-9970-004-5.

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domingo, 23 de mayo de 2010

En Microcosmos dice Claudio Magris que «los cafés son una especie de asilo para los indigentes del corazón» y, algunos de sus propietarios, «son también benefactores que les ofrecen un amparo provisional frente a la intemperie». Más adelante señala que, en nuestro mundo, el bar y la iglesia son «dos lugares liberales, en los que no se pregunta, al que entra, de dónde viene y bajo qué bandera o distintivo milita; en la iglesia no hace falta además ni siquiera pagar la consumición, encender una vela está aconsejado pero no es obligatorio». Más aún, señala: «Tal vez hoy las iglesias sean uno de los sitios en los que se respira más libremente».

He recordado esos comentarios, y los he buscado en mis notas, al leer un escolio de Nicolás Gómez Dávila que dice:

«La proposición científica presenta una alternativa abrupta: entenderla o no entenderla. La proposición filosófica, en cambio, es susceptible de intelección creciente. La proposición religiosa, en fin, es ascenso vertical que permite observar el mismo paisaje desde alturas distintas.

La ciencia contrapone ignorantes a sabios. La filosofía escalona discípulos y maestros. Para el cristianismo, finalmente, lo que cree la beata no difiere de lo que cree el santo.

El único recinto donde podemos compartir opiniones, sin sentirnos humillados, es una iglesia».

Claudio Magris. Microcosmos (Microcosmi, 1997). Barcelona: Anagrama, 1999; 323 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de J. A. González Sáinz; ISBN: 84-339-0889-8.
Nicolás Gómez Dávila. Escolios a un texto implícito (1977-1992). Girona: Atalanta, 2009; 1408 pp.; ISBN: 978-84-937247-1-9.


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domingo, 8 de noviembre de 2009

Dos citas más de los Ensayos de Natalia Ginzburg:

—«Se ha extinguido o casi extinguido la estirpe de los críticos, porque se ha extinguido o se está extinguiendo la estirpe de los padres. Huérfanos desde hace tiempo, generamos huérfanos, pues hemos sido incapaces de convertirnos nosotros mismos en padres, y así vamos en vano a la búsqueda entre nosotros de aquel del que tenemos una profunda sed, una inteligencia inexorable, clara y distinta, que nos examine con distancia y desapego, que nos observe desde lo alto de la ventana, que no baje a mezclarse con nosotros en el polvo de nuestros patios; una inteligencia que piense en nosotros y no en sí misma, mesurada, implacable y límpida frente a nuestras obras, límpida al conocernos y revelarnos lo que somos, inexorable para encontrar y definir nuestros vicios y errores. Pero para albergar entre nosotros una inteligencia de esta clase, deberíamos tener en nuestro espíritu una lucidez y una pureza de las que en la actualidad todos carecemos, y no puede vivir entre nosotros un ser demasiado distinto a nosotros» («La crítica»).

—«Hoy en día, no creo que podamos ya leer un libro como Corazón; y lo cierto es que tampoco podríamos escribirlo. Pertenece a una época en que se escribían cosas falsas sobre la honestidad, el sacrificio, el honor y el coraje. Esto quería decir que esos mismos sentimientos habían existido o existían a un paso de distancia. Quería decir que las palabras para expresarlos, verdaderas y falsas, existían. Lo falso no es más que una imitación, falsa y muerta, de lo vivo y de la verdad. Hoy en día la honestidad, el honor, el sacrificio, nos parecen muy lejanos de nosotros, tan extraños a nuestro mundo que no conseguimos convertirlos en palabra, y estamos completamente mudos, porque, en los tiempos que corren, nos horroriza la mentira. Por eso esperamos, en absoluto silencio, encontrar palabras nuevas y verdaderas para las cosas que amamos» («Corazón»).

Natalia Ginzburg. Ensayos (Non possiamo saperlo / Mai devi domandarmi, 1991 y 2001). Barcelona: Lumen, 2009; 444 pp.; trad. de Flavia Company y Mercedes Corral; prólogo de Flavia Company; ISBN: 978-84-264-1713-8. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 15 de marzo de 2009

En el libro citado el pasado domingo Claudio Magris vuelve a mencionar una cita de Schiller que ya le había leído —la de que «contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano»—, y se refiere con alguna frecuencia a Dietrich Bonhoeffer, que habla de lo mismo en una de sus cartas desde la cárcel: «Para el bien, la necedad constituye un enemigo más peligroso que la maldad. Existe la posibilidad de protestar contra el mal, de ponerlo al descubierto y, en caso necesario, de evitarlo por la fuerza; el mal lleva siempre en sí el germen de la autodestrucción al dejar en el ser humano, como mínimo, una sensación de malestar. En cambio, frente a la necedad carecemos de toda defensa, no somos capaces de hacer nada contra ella, tanto si nos valemos de protestas como si utilizamos la fuerza: las razones no surten efecto; el necio deja de creer sencillamente en los hechos que contradicen su prejuicio —en tales casos incluso se muestra crítico—; y si los hechos simplemente son inevitables, simplemente los desecha como casos aislados y sin importancia. Así, y a diferencia del hombre malo, el necio se siente satisfecho de sí mismo, e incluso puede llegar a ser peligroso cuando, levemente irritado, pasa al ataque. Por ello es más necesaria mayor precaución frente al necio que frente al malo».

Dietrich Bonhoeffer. Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio (Widerstand und Ergebung. Briefe und Aufzeichnungen aus der Haft, primera edición en 1951). Salamanca: Sígueme, 2008; 255 pp.; col. El peso de los días; edición de Eberhard Bethge; trad. de J. J. Alemany y Constantino Ruiz-Garrido; ISBN: 978-84-301-1598-3.

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sábado, 10 de mayo de 2008

«Roman Jakobson dice que en los lenguajes particulares se encuentran las estructuras universales de todo lenguaje. Dice también que hay que sacar la conclusión de que los lenguajes son, a la vez, autónomos e interdependientes de una manera casi natural, que el estudio de una lengua puede hacerse históricamente. Que el estudio del lenguaje puede concebirse por la descripción de una estructura estática. Evidentemente, declara también, los conjuntos se mueven, pero no se mueven de un día para otro, no se mueven más que muy lentamente.

Así, pues, hay, a la vez, sincronía y diacronía. Hay que saber, declara también, que el lenguaje humano es biológico y cultural a la vez, mientras que el lenguaje de los animales es únicamente biológico. Así, el niño puede hablar el noruego, si vive en un medio noruego; el portugués, si vive en un medio portugués; mientras que el perro no habla noruego, no habla portugués, no habla, como todos los perros, más que el lenguaje perro.

Estoy asombrado por la enorme importancia científica que hoy se da a estas verdades, bastante simples, a fin de cuentas. Al cabo de cierto tiempo, nos enseña Jakobson (y esto es una cosa asombrosa, la única cosa asombrosa), nos enseña que hasta hace relativamente poco tiempo no existía la filosofía del lenguaje, que hasta hace alrededor de medio siglo los lingüistas no se preguntaron que es la lingüística. ¿Qué es lo que han podido hacer hasta ahora? Imaginen a los médicos preguntándose, por fin, qué es la medicina. Pues los lingüistas no se habían preguntado nunca qué es el lenguaje. Es como si no se hubiesen dado cuenta, hasta últimamente, de que los hombres hablaban. Incluso no sabían que el lenguaje es el pensamiento. Verdaderamente, sólo a los artistas y a los poetas se les debe preguntar cosas nuevas y verdades profundas».

Ahora sólo haría falta saber qué le parecía el teatro de Eugène Ionesco a Roman Jakobson.

Eugène Ionesco. Diarios – Diario en migajas – Presente pasado, pasado presente (Journal en miettes, 1967; Présent passé, passé présent, 1968). Madrid: Páginas de Espuma, 2007; 409 pp.; col. Voces/Ensayo; trad. de Marcelo Arroita-Jauregui; ISBN: 978-84-95642-94-3.

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sábado, 5 de abril de 2008

Wayne Booth: Si usted está trabajando en equipo, cuando «disienta sobre cuestiones que no tienen ningún impacto significativo sobre la totalidad, olvídelo. Reserve su intransigencia para cuestiones de principios éticos o cuestiones fundamentales».

Wayne C. Booth, Gregory G. Colomb, Joseph M. Williams. Cómo convertirse en un hábil investigador (The Craft of Research, 1995). Barcelona: Gedisa, 2001; 318 pp.; col. Biblioteca de Educación – Herramientas universitarias; trad. de José A. Álvarez; ISBN: 84-7432-817-9.

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domingo, 2 de marzo de 2008

Algunos comentarios de Samuel Johnson:

—Sobre la forma de afrontar la vida: «Desconozco si ver la vida como es nos será de gran consuelo, si bien el consuelo que de la verdad se deriva, si existe, es sólido y duradero, mientras que el consuelo que se extrae del error ha de ser, como su fuente, falaz y fugaz».

—Sobre la necesidad de respetar la verdad: «Si acostumbro a un criado a que mienta por mí, no tengo motivo para no suponer que mienta a menudo por sí mismo».

—Cuando le dice Boswell que sería terrible si, a causa del mal tiempo, no encontrase una manera de viajar de regreso a Londres, Johnson recomienda equilibrio: «No se acostumbre a emplear grandes palabras para las cosas pequeñas. No sería terrible aunque cuando me viera retenido aquí por un tiempo».

—Después de la expulsión de unos alumnos de la universidad de Oxford, Boswell comenta: «¿No es duro el expulsarlos? Tengo entendido que eran buenas personas». Y Johnson contesta: «Entiendo que pueden ser buenas personas, pero no eran personas adecuadas para estar cursando estudios en Oxford. Una vaca es un buen animal en un prado, pero nadie la aguanta en un jardín».

—Le preguntan si cree que es pernicioso reírse de un hombre delante de sus narices y responde: «Caramba, señor, eso depende de quién sea y del motivo por el cual uno se ría. Si es hombre superficial y se trata de algo ligero, se puede, ya que nada valioso se le arrebata con la risa».

—Sobre un hablador incontinente: «El infortunio de Goldsmith en la conversación es el siguiente: tira y tira del hilo sin saber por dónde va a salir. Tiene un gran genio pero su saber es pequeño. Como se suele decir de los generosos, lástima que no sea rico. De Goldsmith valdría decir: lástima que no sea sabio, pues no se guardaría su sabiduría para sí».

—Cuando un amigo comenta que el verdadero carácter de un hombre se desprende de cómo se entretenga Johnson añade: «Así es, señor: nadie es un hipócrita con sus placeres».

James Boswell. Vida de Samuel Johnson (Life of Johnson, 1791-1793). Barcelona: El Acantilado, 2007; 2000 pp.; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN (10): 84-96489-84-1.

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sábado, 22 de diciembre de 2007

Wayne Booth: Cuando los investigadores novatos, y el público en general, escuchan a los expertos discrepar, «pueden volverse cínicos respecto al conocimiento experto y rechazarlo como mera opinión. No confunda el cinismo no informado con el escepticismo informado y reflexivo».

Wayne C. Booth, Gregory G. Colomb, Joseph M. Williams. Cómo convertirse en un hábil investigador (The Craft of Research, 1995). Barcelona: Gedisa, 2001; 318 pp.; col. Biblioteca de Educación – Herramientas universitarias; trad. de José A. Álvarez; ISBN: 84-7432-817-9.

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domingo, 25 de noviembre de 2007

Wayne Booth: «Cuando la ironía se niega a ocupar su lugar, cuando se convierte cada vez más en un fin en sí misma, es imposible evitar la paradoja. Y no se trata precisamente de esa paradoja feliz y fecunda que es la que originalmente busca el ironista: la percepción de ruedas en el interior de otras ruedas, el vertiginoso pero a la larga delicioso descubrimiento de profundidades por debajo de las profundidades. No. Se trata de una paradoja que puede debilitar y al final destruir todo efecto artístico, incluso la percepción de la misma paradoja. Como la ironía actúa esencialmente por “sustracción”, siempre prescinde de algo, y una vez que se ha convertido en un espíritu o concepto a quien se deja libre por el mundo, se convierte en una ironía total que debe prescindir de sí misma, dejando… nada».

Wayne C. Booth. Retórica de la ironía.

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sábado, 24 de noviembre de 2007

Así describe Umberto Eco las reglas conversacionales de Paul Grice:

«Máxima de la cantidad: haz que tu contribución sea tan informativa como lo requiera la situación de intercambio. Situación cómica: “¿Sabe usted la hora?” “Sí”.

Máxima de la calidad: a) no decir lo que se crea que es falso. Situación cómica: “Dios mío, te lo ruego, dame una prueba de tu existencia”; b) No decir nada de lo cual no se tengan pruebas adecuadas. Situación cómica: “El pensamiento de Maritain me resulta tan inaceptable como irritante. ¡Menos mal que no he leído ninguno de sus libros!”

Máxima de la relación: Sé pertinente. Situación cómica: “¿Sabes conducir una lancha?” “Por supuesto. Hice la mili en los Alpes”.

Máximas de la manera: Evita las expresiones oscuras y ambiguas, sé breve y evita prolijidades inútiles, sé ordenado». Eco no pone ningún ejemplo pues, a fin de cuentas, esto sucede y nos sucede continuamente, pero no me resisto a poner uno, un comentario que me hicieron el otro día: «Es que tiene una enfermedad muy patológica».

Umberto Eco. «Lo cómico y la regla», La estrategia de la ilusión (Semiologia cotidiana, 1973-1977-1983). Barcelona: Lumen, 1996, 2ª ed.; 288 pp.; col. Palabra en el tiempo; trad. de Edgardo Oviedo; ISBN: 84-264-1164-9.

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sábado, 23 de junio de 2007

José Jiménez Lozano: «Sobre un camión de basura que circula por el pueblo, esta leyenda: VEHÍCULO DE TRANSFERENCIA DE RESIDUOS SÓLIDOS URBANOS. ¡Qué cosas! La necedad de esta leyenda resulta cómica; pero sólo por un instante porque es la misma gramática que llamaba “medida suprema de defensa social” a la pena de muerte. O “aldea” a un campo de concentración, y “violencia de género” al asesinato de mujeres. Gramática infecta todo ello, encubriendo realidades monstruosas, o simplemente la basura».

José Jiménez Lozano. Advenimientos.

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sábado, 5 de mayo de 2007

José Jiménez Lozano: «¡Qué gran desolación puede producir el hecho de tener razón en una discusión con gentes que, como es demasiado habitual, son incapaces de separar su yo de lo que sostienen cuando discuten! ¿Cómo llegar entonces, por nuestra parte, a una demostración irrebatible y hasta in re? Puede el otro sentirse tan humillado, que, salvo si se trata de algo muy serio, parece que hay que preferir ceder y replegarse, porque en los triunfos dialécticos demasiado brillantes hay algo o mucho de un campo después de una batalla, o de un vencido atado a la rueda de nuestro carro de triunfo. Y seguramente todos tenemos la experiencia de cierto sabor amargo del haber tenido razón».

José Jiménez Lozano. Advenimientos.

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domingo, 24 de septiembre de 2006

Victor Klemperer: «El dístico de Schiller sobre “la lengua culta que crea y piensa por ti” se suele interpretar de manera puramente estética y, por así decirlo, inofensiva. Un verso logrado en una “lengua culta” no demuestra el talento poético de quien ha dado con él; no resulta muy difícil darse aires de poeta y pensador en una lengua altamente cultivada.

Pero el lenguaje no sólo crea y piensa por mí, sino que guía a la vez mis emociones, dirige mi personalidad psíquica, tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que me entrego a él. ¿Y si la lengua culta se ha formado a partir de elementos tóxicos o se ha convertido en portadora de sustancias tóxicas? Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico».

Victor Klemperer. LTI – La lengua del Tercer Reich – Apuntes de un filólogo.

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domingo, 20 de agosto de 2006

Me parece valiente la embestida del que fuera presidente del Senado Italiano en la legislatura pasada, Marcello Pera, contra el lenguaje políticamente correcto cuando lo llama una «jaula de insinceridad e hipocresía», una «mezcolanza de timidez, prudencia, conveniencia, retraimiento y temor», una «forma de autocensura y autorrepresión», «una especie de “neolengua” que utiliza hoy Occidente para guiñar, aludir e insinuar, pero no para decir, afirmar o sostener». Y considero acertada su denuncia de que hay hoy mucha hipocresía: «de quien no quiere ver ni hablar para no verse comprometido; de quien ve pero no habla para no parecer descortés; de quien habla a medias y pide complicidad con el resto, para asumir demasiadas responsabilidades».

Marcello Pera – Joseph Ratzinger. Sin raíces (Senza radici, 1004). Barcelona: Península, 2006; 144 pp.; trad. de Bernardo Moreno y Pablo Largo; ISBN: 84-8307-717-5.

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viernes, 11 de agosto de 2006

Quien más, quien menos, en la propia carne o en la de otros, ha comprobado que, con frecuencia, los medios de comunicación son un espejo deformante del mundo en el que vivimos: obligan a observar sólo algunas cosas, las presentan de una determinada manera, las enseñan a través de un marco concreto. Del mismo modo actúan muchas ficciones infantiles y juveniles de ahora, que abordan sólo algunas cuestiones y que lo hacen de modo frívolo e inconsistente. Por eso, incluso aunque estén bien escritas, están lejos de ser buena literatura.

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domingo, 25 de junio de 2006

Algunos problemas de comunicación se deben a un mal uso del lenguaje, o así piensa un personaje singular llamado MacPhe, cuyas reflexiones me parece que pueden ser clarificadoras (y no sólo para el tipo de relación a la que se refiere concretamente):

«La dificultad fundamental en la colaboración entre los sexos es que las mujeres hablan un idioma sin sustantivos. Si dos hombres están haciendo un trabajito uno le dirá al otro “Pon este bol dentro del bol más grande que encontrarás en el estante superior del armario verde”. En idioma femenino sería “Pon éste dentro del otro que está dentro”. Y si uno pregunta “¿dentro de dónde?” ellas dicen “ahí dentro, por supuesto”. En consecuencia hay una solución de continuidad fáctica».

C. S. Lewis. Esa horrible fortaleza.

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sábado, 11 de marzo de 2006

Chesterton: «La controversia auténtica, nítidamente expresada y delineada ante un auditorio común, se ha vuelto muy rara en nuestra época, porque el polemista sincero es, ante todo, un buen escucha. El entusiasmo realmente candente jamás interrumpe; oye las razones del adversario tan ansiosamente como un espía que prestara atención a los proyectos del enemigo».

G. K. Chesterton. «El nuevo hipócrita» en Lo que está mal en el mundo (What´s Wrong with the World, 1910). De la p. 677 a p. 871, en Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; 1676 pp.; trad. de Mario Amadeo.

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