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Notas del archivo 'Biografías de escritores' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 3 de diciembre de 2016

Alberto Manguel, que fue un joven lector de Borges muchas tardes de los años 1964 a 1968, reunió en su libro Con Borges un buen puñado de anécdotas, opiniones y comentarios que, afirma, «no son recuerdos; son recuerdos de recuerdos de recuerdos, y los hechos que los justifican se han desvanecido, dejando apenas unas escasas imágenes, unas pocas palabras que ni siquiera estoy seguro de recordar con exactitud. “Me conmueven las menudas sabidurías / que en todo fallecimiento se pierden”, escribió sabiamente un joven Borges».

Con amenidad, habla de la ceguera de Borges, de que su mundo era completamente verbal, de su preferencia por la épica, de su afición a las novelas policiacas, de su querencia por los espejos y los laberintos, de su cortesía y humildad a la vez que de su sarcasmo y de sus opiniones francamente discutibles. Explica bien que Borges renovó el idioma, en parte porque «sus amplios métodos de lectura le permitieron incorporar al español hallazgos de otras lenguas: del inglés, giros de frases; del alemán, la habilidad para mantener hasta el fin el tema de una oración». Indica que «poseía un don especial para la paradoja, para las expresiones reveladoras y para los elegantes galimatías, como cuando le advertía a su sobrino de cinco o seis años: “Si te portás bien, te voy a dar permiso para que imagines un oso”».

Menciona su patriotismo que, como muchas otras cosas, iba ligado con una fuerte autoironía: «Frente a la vastedad de la pampa (cuya visión afecta a los argentinos —decía—, tanto como la del mar afecta a los ingleses), una lágrima rodaba por su mejilla y él murmuraba: “¡Carajo, la patria!”». Señala su entusiasmo por la conversación: «a Borges le apasionaba charlar, y a la hora de comer solía elegir lo que él llamaba “un plato circunspecto”, arroz o pastas con manteca y queso, para que la actividad de comer no lo distrajese de la de hablar». Cuenta que, cuando el perro favorito de su amiga Silvina Ocampo murió, «Borges la encontró llorando e intentó consolarla diciéndole que existía, más allá de todos los perros, un perro platónico, y que cada perro era, a su modo, ese Perro. Silvina se enfureció y le dijo bruscamente adónde podía irse con su perro arquetípico».

Alberto Manguel. Con Borges (2004). Madrid: Alianza, 2004; 112 pp.; col. Alianza Literaria; ISBN: 978-8420643410. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 9 de octubre de 2016

La juventud de Cervantes. Una vida en construcción, de José Manuel Lucía —autor de Leer el Quijote en imágenes—, es la primera parte de una biografía diferente a las ya citadas, la de Cannavagio y la de Gracia, que abarca desde su nacimiento, en 1547, hasta 1580, cuando Cervantes ha dejado Argel y regresado a Madrid.

En esta reseña completa se destaca el enfoque del autor: hacer notar que hay muchos retratos falsos de Cervantes que se han ido componiendo de acuerdo con las diferentes corrientes estéticas y culturales, y se han ido «adaptando a los gustos de cada época, a los deseos y sueños que cada sociedad pone en el cuenco de sus héroes, de sus mitos».

Así, se pone de manifiesto que los salones de Bellas Artes durante el siglo XIX son «un buen ejemplo de cómo se ha ido escribiendo (y dibujando) la biografía de Cervantes intentando antes construir un mito que rescatar a un hombre». Se dan numerosos ejemplos «de cómo noticias y detalles de sus obras que se han considerado autobiográficas se han convertido en fuente documental para completar aspectos y momentos de su vida de los que, poco o nada, sabemos».

Como, además, el libro está bien escrito y bien confeccionado, con numerosas imágenes —lugares, ambientes, documentos, cuadros, ilustraciones— se hace muy ameno el entrelazamiento de los dos hilos narrativos, el que sigue la vida del Cervantes real y el que marca las etapas del Cervantes «mito». A modo de apéndice o epílogo, se cuentan los pormenores de la reciente búsqueda de los restos mortales de Cervantes en el convento de las Trinitarias de Madrid.

José Manuel Lucía Megías. La juventud de Cervantes. Una vida en construcción (2016). Madrid: Edaf, 2016; 304 pp.; col. Crónicas de la historia; ISBN: 978-8441436169. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 4 de septiembre de 2016

Como la figura de Chesterton no se comprende bien sin la de Hilaire Belloc, que tanto influyó en sus ideas sobre la política y la historia inglesa, y que también le ayudó, en un primer momento, a conocer algo mejor el catolicismo, en su momento leí El Viejo Trueno, la biografía sobre Belloc firmada por Joseph Pearce, que ahora se acaba de traducir al castellano y de publicar en España.

Pearce deja claras la versatilidad de Belloc como autor, su calidad como poeta, su fuerza como polemista y, en particular, su categoría como historiador. Señala su carácter extrovertido y ruidoso, y que «era un hombre de acción que no solo soñaba con aventuras sino que él mismo era un aventurero», como prueban sus larguísimos viajes y caminatas. Pone de manifiesto su valentía para expresarse libremente y su claridad para razonar bien lo que opinaba en un entorno social y cultural en el cual las ideas dominantes no eran las suyas, y también su modo agresivo de hacerlo: Belloc no tenía el estilo amigable de Chesterton y decía que si se lucha es necesario atacar, e incluso pegar, a riesgo de crearse enemigos.

Esto sucedió en distintos terrenos. Entre otros, en el de la historia: deseaba combatir la imagen sesgada que daban muchos historiadores del pasado de Inglaterra; en el de la política: fue diputado y acabó harto de los tejemanejes habituales; en el de la economía: rechazaba la mentalidad nanny-knows-best propia de los defensores del estado del bienestar, con lo que no se hizo amigos entre los seguidores de las ideas socialistas, y, a la vez, proponía una redistribución radical de la propiedad, con lo que se ganó la inquina de alguna gente poderosa de su tiempo.

Por otro lado, quien desee ver la forma en que Belloc enfocaba «la crisis cultural de la Modernidad», puede leer un comentario a sus libros más significativos en esta dirección —Europa y la fe, Survivals and New Arrivals, The Great Heresies—, en Cristianos en la encrucijada, de Mariano Fazio. Ahí se indica cómo Belloc «adelanta ideas que se convertirán más adelante en argumentos centrales del debate cultural contemporáneo», se aplaude su «trabajo intelectual lleno de sinceridad y de rectitud de intención», y se ponen de manifiesto, también, sus limitaciones.

Joseph Pearce. El viejo Trueno. Biografía de Hilaire Belloc (Old Thunder: A Life of Hilaire Belloc, 2002). Madrid: Palabra, 2016; 384 pp.; col. Ayer y Hoy de la historia; trad. de Bruno Moreno; ISBN: 978-8490614082. [
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Mariano Fazio. Cristianos en la encrucijada: los intelectuales cristianos en el período de entreguerras (2008). Madrid: Rialp, 2008; 297 pp.; ISBN: 978-84-321-3670-2. [
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sábado, 23 de julio de 2016

Antes que la biografía de Canavaggio, había leído Miguel de Cervantes: la conquista de la ironía, de Jordi Gracia. En esta completa reseña se indica cómo su autor ha tenido en cuenta los datos conocidos sobre Cervantes y ha evitado en ella polémicas biográficas; sigue un hilo narrativo cronológico y contextualiza bien toda la información que da; explica los problemas económicos que tuvo y se va deteniendo en las obras que publicó, explicándolas y haciendo notar su aprendizaje y maduración como escritor. Como es lógico, habla con detalle de la redacción y el éxito de la primera parte de el Quijote y, después, del extraordinario cambio de paso que supuso la segunda parte, un proceso que se sintetiza en el título: si al principio Cervantes usa la ironía sólo «como guiño y recurso auxiliar y secundario», más adelante la conquistará por completo al crear una novela única.

Pero, dicho lo anterior, conviene añadir que la forma de redactar del autor, que indica un dominio muy grande de las fuentes y del lenguaje, puede no gustar a una buena parte de lectores: por mi parte reconozco que prefiero la redacción más directa y menos intrusiva de Canavaggio. Pongo a continuación un sinuoso párrafo, que se refiere a cuando Cervantes está pensando en continuar la primera parte de el Quijote. Dice así: «No sé no verlo pegado en este verano de 1605 de nuevo a la cama de don Quijote, mientras se recupera del ajetreado regreso y mientras lo cuidan pegajosas y regañonas y el ama y la sobrina, el cura y el barbero; no sé no ver a Cervantes sin retomar a ratos la pluma porque la adicción a escribir existe y la tiene cogida, ansioso de volver al cauce libre de una historia que trata de todo por burlarse, como hace enseguida, de los disparates que proponen tantos arbitristas que pululan por Valladolid con soluciones para todo (como auténticos locos), o para reafirmar una vez más que los libros de caballerías no tratan de personas que “hayan sido real y verdaderamente personas de carne y hueso” sino de fantasía, “ficción, fábula y mentira”».

Está muy bien la idea que da origen al título, la de que Cervantes alcanza una nueva visión irónica de la realidad, aunque algunas formulaciones de la cuestión creo que también podrían ser más claras. Así, cuando habla de la naturaleza simultánea de las contradicciones que se barajan en el Quijote, el autor señala que «tampoco esa duplicidad anula la consistencia del bien ni del mal, ni Cervantes renuncia a sugerir o insinuar un juicio recto y seguro sobre las cosas, pero lo emplaza en el reino de la ironía donde los valores y las apreciaciones de la realidad viven empapados de una sustancial anfibología». Además, como mañana diré, hay quienes piensan que la ironía que conquista Cervantes es mucho más poderosa que una simple «convicción sobre la dimensión plural de la realidad como condición misma de la verdad»…

Jordi Gracia. Miguel de Cervantes: la conquista de la ironía (2016). Barcelona: Taurus, 2016; 467 pp.; ISBN: 978-84-306-1764-7. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 17 de julio de 2016

Después de leer la biografía sobre Dickens de Claire Tomalin, pensé que sería una buena idea leer la que publicó sobre Jane Austen, pues tendría un gran trabajo de documentación detrás y estaría estupendamente contada. Y, en efecto, así es, pero mi impresión final fue poco satisfactoria y terminé la lectura pensando en que buscaré otras biografías de Austen para contrastarlas. Me parece que Tomalin se centra demasiado en varios personajes del entorno de la escritora —también porque no hay tantos datos de Austen como para ofrecer un retrato acabado—; y me parece que la interpretación que hace de algunas novelas, Mansfield Park sobre todo, Austen dudosamente las compartiría —es como si la biógrafa no supiera ver a las mujeres del pasado sin su particular filtro feminista de finales del siglo XX—.

De mis notas rescato dos párrafos.

Uno recapitulatorio, semejante a otro que pone al final de su biografía de Dickens, es el que escribe cuando habla de la dificultad de capturar el retrato de Austen e indica que ha intentado acercarse lo más que ha podido «a la niña para quien los libros eran un refugio que le brindaba un mundo que, a veces, tenía más sentido que aquel en el cual tenía que abrirse paso; a la niña cuya imaginación se disparó en direcciones asombrosas cuando empezó a ver las posibilidades de contar historias propias; a la joven vital a la que le gustaba bailar y bromear, y que soñaba con un marido incluso mientras aprendía a escribir novelas con toda la fuerza de su inteligencia; a la joven que, a los veinticinco años, decidió que no le gustaba la gente y que no podía escribir más, que tuvo la tentación de concertar un buen matrimonio, sin amor, y se resistió; a la tierna hermana y tía que siempre encontró tiempo para su familia, aunque a veces hubiera preferido que la dejaran pensar y escribir en paz; a la mujer que se hacía amiga de institutrices y criadas; a la autora de obras publicadas, en medio del resplandor de su objetivo logrado y del dominio de su arte; a la valiente moribunda que, resistiéndose a la muerte, escribió cuando ya la tenía cara a cara; a la persona que, en ocasiones, prefería guardar silencio antes que criticar los pareceres y los hábitos de aquellos que amaba, y que anotaba las opiniones de la gente sobre sus obras para leerlas y releerlas a solas».

Otro elogioso, este comentario de Walter Scott en su diario, escrito diez años después de la muerte de Jane Austen: «El talento de esa joven para describir las relaciones, los sentimientos y los personajes de la vida corriente es, para mí, lo más maravilloso que he conocido. Los brochazos de las grandes escenas clamorosas puedo darlos yo mismo, como cualquier otro, pero la pincelada exquisita que hace interesantes las cosas y los seres más comunes, gracias a la autenticidad de la descripción y del sentimiento, me ha sido negada».

Claire Tomalin. Jane Austen (Jane Austen. A Life, 1997). Barcelona: Circe, 1999; 363 pp.; col. Biografía Circe; trad. de Beatriz López-Buisán; ISBN: 84-7765-159-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 16 de julio de 2016

No había leído hasta hace poco la biografía de Cervantes que firmó hace años, y que actualizó para la edición de 2015, Jean Canavaggio. En ella, contra el telón de fondo social e histórico, el autor narra bien lo que se sabe de Cervantes en siete capítulos ordenados cronológicamente: el primero, 1547-1569, con sus años de formación que terminaron con una misteriosa huida a Italia; el segundo, 1569-1580, con su intervención en Lepanto y la cautividad en Argel; el tercero, 1580-1587, en el que trata sobre sus primeras obras, su matrimonio y otros avatares de la vida familiar; el cuarto, 1587-1601, con su estancia en Andalucía y sus trabajos como recaudador; el quinto, 1601-1606, en el que sobre todo habla de la escritura y publicación de la primera parte de el Quijote; el sexto, 1607-1614, con la singularidad y la publicación de las Novelas ejemplares; y el séptimo, 1614-1616, sobre la segunda parte de el Quijote, el Persiles, y su fallecimiento.

El autor afronta con cautela las muchas cuestiones en discusión sobre la vida de Cervantes y hace notar que hay legiones de exegetas que se ocupan de cada una. Suele comenzar muchos párrafos con interrogaciones —por ejemplo, «¿quiso Cervantes convertirse en defensor de los valores establecidos? ¿O, por el contrario, estuvo en desacuerdo con el tono de su época?»— para normalmente concluir que no podemos contestar a esas y muchas otras preguntas con certeza. Por ejemplo también, comenta que se han dado distintas interpretaciones del gran fervor religioso de sus últimos años, e indica que algunos lo interpretan como si fuera una forma de protegerse frente a los guardianes de la ordodoxia de entonces, y otros como si fuera una concesión a las piadosas mujeres que le rodeaban…, aunque con sensatez concluye lo que parece más evidente y es que «también pudo ser la decisión meditada de un hombre que, en el crepúsculo de su vida, trataba de unir con lazos más estrechos la fe y las obras».

Una de las descripciones que hace de Cervantes, que a mí me gusta, es la de que era «un espíritu abierto, enemigo de prejuicios, aunque respetuoso con el dogma y el culto: un humanista, en el sentido amplio del término, formado muy lejos del polvo de las bibliotecas, en la escuela de la vida y de la adversidad». Y una de las importantes preguntas que se hace es, al hablar de la extraordinaria novedad que supuso el Quijote, si Cervantes sospechó «la amplitud de la revolución literaria que puso en marcha cuando “en su prólogo, declaraba no querer irse “con la corriente al uso”?». Prudentemente, y seguramente con acierto, se responde diciendo que, en aquel momento, «ni él ni sus lectores captaron sin duda su alcance exacto».

Jean Canavaggio. Cervantes (1986, 2015). Barcelona: Espasa, 2015; 430 pp.; col. Austral; trad. de Mauro Armiño; ISBN: 978-84-670-4556-7. [
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sábado, 25 de junio de 2016

Otro libro leído para la segunda edición de La eficacia del optimismo, publicado hace poco fue El universo de Dickens. Una lección de humanidad, de Mariano Fazio. El autor se apoya en los contenidos de las obras de Dickens con la intención de poner en claro algunas de sus creencias de fondo (algo que, por cierto, deja ver la inexactitud de observaciones como las que indiqué al final del comentario de la biografía de Claire Tomalin). El autor, después de una breve biografía de Dickens, habla de dieciocho novelas o relatos suyos. En cada capítulo da el argumento de la obra en la que se fija y, con numerosas citas, suele centrarse luego en los rasgos principales de algún personaje seleccionado.

En la introducción se indica que si a Dickens se le ha acusado a veces de moralista, cosa que no es en sí misma negativa, este libro también lo es y, de hecho, al final de cada capítulo se añade alguna reflexión acerca de las cualidades comentadas. El autor desea hablar de la dignidad de la persona humana por boca de Dickens y apuntar algunas de sus claves antropológicas. Estas, que figuran ya en el primer capítulo, dedicado a Grub el enterrador, personaje de un cuento incluido en Aventuras de Pickwick, son las siguientes: «Encontrar sentido a la vida de todos los días (…); preocupación por todas las personas y en especial por los pobres y humildes; esperanza de una felicidad en el Más Allá que ya se incoa en esta vida a través del don sincero de sí».

Mariano Fazio. El universo de Dickens. Una lección de humanidad (2015). Madrid: Rialp, 2016; 197 pp.; ISBN: 978-84-321-4589-6. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 19 de junio de 2016

Supongo que para opinar bien sobre Trastos, recuerdos. Una biografía de Wisława Szymborska, escrita por Anna Bikont y Joanna Szczęsna, hay que saber mucho más que lo que yo sé, tanto de poesía como de la vida cultural de Polonia en las últimas décadas. Yo lo he leído con interés pues son muchos los poemas y textos de Szymborska que me habían gustado antes. En esta página la había citado en varias ocasiones: Todo nuevo bajo el sol, Lo malo son los poetas, Elogio de la mala conciencia de uno mismo, En el parque, El primer fin del mundo, Una pregunta dolorosa, Alma de pequeño realismo.

En lo que yo entiendo, muchas cosas de Szymborska quedan bien reflejadas: buen humor, discreción, serenidad, amplitud de gustos literarios, atención a las cosas pequeñas de la vida, falta de interés por los premios y reconocimientos públicos, nacimiento y elaboración de muchos poemas; su concepción de la casualidad como «una forma menor del milagro»; su forma de estar en el mundo —«el mundo es tan interesante, la gente es tan interesante, que no vale la pena ocuparse de uno mismo»; su forma de ser anticompetitiva —«jamás me quitó el sueño la preocupación de que alguien fuese mejor que yo»—… 

Pero, por lo que yo veo también, la biografía presenta un perfil pobre de la escritora polaca: está documentada en anécdotas y opiniones varias, pero es superficial a la hora de hablar de las cosas más importantes de una vida. Por ejemplo, se hace un comentario, como de paso, en relación a cuando Szymborska se mostró favorable a una ley del aborto porque pensaba que era peor que no hubiera tal ley, pero no se indica nada más acerca de sus razones o de sus pensamientos al respecto. O bien, parece curioso que, viviendo en Cracovia, la biografía no entre para nada en sus opiniones sobre Juan Pablo II, como Papa o como figura histórica importante para su país. En general, la impresión que yo he tenido es que las biógrafas han elegido no indisponer a su biografiada con una parte importante de sus compatriotas y no han querido, o no han sabido, ir al fondo. Incluso la forma en que se pasa por alto su época juvenil, en la que escribió un poema a la muerte de Stalin, es poco razonable: ¿sólo un comentario sobre lo raro y lo incomprensible que fue aquel tiempo para quienes no lo vivieron? Por otro lado, parece claro que si un poema como ese hubiera sido escrito en honor de algún otro jerarca histórico, pongamos nazi, la consideración que su autora merecería, aunque hubiera renegado de esa ideología como hizo del estalinismo, sería bastante diferente: por supuesto, no hubiera recibido el premio Nobel.

Sea como sea, Szymborska es, aparte de una gran poeta, todo un personaje.

Por su autoironía, que se aprecia cuando explica por qué dejó de ir a ciertas reuniones: «al final me cansé de frecuentar los congresos de poetas. Un poeta, muy bien, dos poetas bien, pero cien poetas, es ridículo».

Por la inteligencia de muchas observaciones, como la de que «la mentira no tiene en absoluto las patas cortas. Es ágil como una gacela. Es precisamente la verdad la que se desplaza lentamente sobre sus patitas de tortuga, junto con sus documentos, rectificaciones y precisiones».

Por su graciosa justificación de su condición de fumadora empedernida: «Sobre un mar de café navegó la Comedia humana. En un lago de té el Club Pickwick. En una nube de humo de tabaco nacieron Don Tadeo, El corazón de las tinieblas, La montaña mágica…». «Cuando me cayó encima el Premio Nobel, me di cuenta de que las obras de mis magníficos predecesores, tales como Thomas Mann o Hesse, también nacieron entre nubes de humo. Dudo que un cliché antinicotina sea tan benéfico para la literatura».

Por anécdotas como esta: una vez presenció, en un teatro, una representación dramatizada de sus poemas, y uno de sus amigos contaba después: «Wislawa estaba rabiosa y susurraba: “Mis poemas no son para cantar, ni para bailar, ni para hacer monólogos, son para escuchar y pensar”. Acto seguido se azoró: “Tendré que ir al camerino y dar las gracias”. Más tarde le pregunté: “¿Y qué has dicho?” “Que jamás hubiera imaginado que con mis poemas se habría podido hacer algo semejante”».

Anna Bikont y Joanna Szczęsna. Trastos, recuerdos. Una biografía de Wisława Szymborska (Pqmiatkowe rupiece, 1997). Valencia: Pre-Textos, 2015; 674 pp.; col. Narrativa contemporánea; trad. de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós; ISBN: 978-84-15894-81-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 18 de junio de 2016

Otro de los libros leídos para la segunda edición de La eficacia del optimismo fue Dickens enamorado, de Amelia Pérez de Villar, un buen ensayo biográfico que cuenta bien y resumidamente la vida de Dickens, pero que pone toda su atención en sus amores. Primero, con Maria Beadnell, la primera chica a la que pretendió y que le rechazó; luego, con Catherine Hogarth, su esposa durante más de veinte años; y, por último, con Nelly Ternan. El libro, útil para entender mejor a Dickens, se apoya en las biografías de Chesterton, Ackroyd, Tomalin, y otros; pero, sobre todo, recurre a la correspondencia que Dickens intercambió con unos y otros.

Se reproducen algunas de las muchas cartas entre Dickens y Beadnell, que dan idea de cómo fue su relación y, también, cuánto pudo trasladar de aquellos sentimientos, en concreto, a la descripción que hace de los primeros amores de David Copperfield. También hay constancia epistolar de que, después de muchos años sin contacto, hacia 1855, Dickens se reencontró de nuevo con Maria Beadnell y, al ver en ella el deterioro del tiempo, sufrió una enorme decepción que reflejaría, con sarcasmo cruel, en escenas de La pequeña Dorrit.

Queda claro que la conducta de Dickens con estas tres mujeres no fue siempre noble, ni mucho menos, pero así como Tomalin es dura cuando trata del asunto, la autora de este ensayo prefiere terminar, en mi opinión con acierto, con una frase comprensiva de Chesterton: «Generoso lo fue siempre; pero el aprendizaje de la vida había sido para él tan difícil que no siempre resultó un hombre de trato fácil. Y si nada jamás desmintió su buen corazón, a veces falló su buen carácter».

Amelia Pérez de Villar. Dickens enamorado: un ensayo biográfico (2011). Madrid: Fórcola, 2012; 189 pp.; ISBN: 978-84-15174-34-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 11 de junio de 2016

Para preparar la nueva edición de La eficacia del optimismo, uno de los libros que he leído y utilizado, y que comento en el interior, es la biografía de Dickens que firmó Claire Tomalin. En la portada de la edición en castellano se anuncia que esta «vida del mejor escritor inglés, doscientos años después de su nacimiento, se lee como una de sus novelas». Y, en efecto, es una biografía muy amena porque la narración es excelente y, al seguir los pasos de la interesante vida de Dickens, se pone bien de manifiesto su fascinante personalidad.

Al contar pormenorizadamente los hechos conocidos de la vida de Dickens, Tomalin sigue dos líneas con especial interés. Una es la de la enorme generosidad de Dickens al implicarse personalmente y sin regatear medios —dinero, tiempo, preocupación— para resolver necesidades concretas de muchas personas necesitadas: en particular, se detiene a explicar su esfuerzo para sacar adelante un hogar de rehabilitación de prostitutas, con la gran ayuda económica de la baronesa Angela Burdett-Coutts. Otra es la de las relaciones que tuvo con su mujer, amorosas y cordiales durante muchos años, y ásperas e injustas cuando se divorció de ella; y las equívocas relaciones que mantuvo con Nelly Ternan (sobre quien Tomalin ha escrito también un libro). La gran simpatía que la biógrafa siente por Dickens no le impide criticar su comportamiento: por un lado, su trato con las mujeres —«es más fácil apreciar a Dickens excluyendo a las mujeres que hubo en su vida»—; y, por otro, aunque fue siempre muy amigo de sus amigos varones, su trato implacable e incluso vengativo con las personas que no actuaban según su criterio, no siempre certero —sus propios hijos, familiares, editores, amistades, etc.—.

Resulta sorprendente que, tan escrupulosa como es cuando intenta fijar qué sabemos con certeza y qué cosas son puras especulaciones, y tan respetuosa cuando reproduce sin críticas afirmaciones de Dickens de todo tipo, Tomalin manifieste su incredulidad acerca de que las creencias religiosas de Dickens fueran las que decía tener. De acuerdo con los datos que se poseen, afirma que Dickens despreciaba las exhibiciones de devoción pero que mantuvo toda su vida una actitud reverente hacia la idea de Dios. Sin embargo, no se atiene a los datos disponibles cuando asegura que Dickens no se creía las frases de consuelo y esperanza cristianas que escribe en sus novelas y en su correspondencia.

Claire Tomalin. Charles Dickens (Charles Dickens. A Life, 2011). Madrid: Aguilar, 2012; 565 pp.; trad. de Begoña Recasens; ISBN: 978-84-03-01255-4. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 13 de marzo de 2016

A propósito de C.S Lewis: su biografía, de Alister McGrath, debo decir lo mismo que dije la semana pasada sobre una biografía de Tolkien: de los que he leído me parece el mejor primer acercamiento a la figura y a la obra de C. S. Lewis.

El autor ha consultado extensamente todo el epistolario de Lewis y ha reconstruido, hasta donde parece posible, los puntos menos claros de su vida, como por ejemplo algunos pormenores de su matrimonio con Joy Davidman. También hace precisiones cronológicas, entre las cuales la de más interés es la de aclarar la fecha exacta de su conversión, que no es la que da el mismo Lewis en Cautivado por la Alegría.

Quien conozca ya la vida y la obra de Lewis encontrará todas las cosas conocidas: el proceso de su conversión, desde que Owen Barfield desmontó su «orgullo cronológico» hasta sus decisivas conversaciones con Tolkien; la explicación, bien dada, de que su conversión no fue una demostración sino una especie de visión en la que, al descubrir que el cristianismo es verdadero, todo se coloca en su sitio; su papel como impulsor de Tolkien quien, seguramente, no habría continuado con su obra sin el aliento continuo de Lewis; algunas explicaciones interesantes sobre sus libros, etc.

Dos asuntos pequeños que me han interesado. Uno es el hecho de que, en un gran diccionario de literatura irlandesa de 1996, Lewis no figure: se ve que es el tipo equivocado de irlandés, dice McGrath. Otro, en el que no había pensado antes, es el de los silencios en Cautivado por la alegría: no habla nada de la muerte de su padre, de sus relaciones con la señora Moore, de lo que supuso para él la primera Guerra Mundial…

Alister McGrath. C.S Lewis: su biografía (C. S. Lewis: A Life: Eccentric Genius, Reluctant Prophet, 2013). Madrid: Rialp, 2014; 366 pp.; col. Biografías y Testimonios; trad. de José Morales Marín; ISBN: 978-84-321-4393-9. [
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PearceLewis.JPG
domingo, 1 de febrero de 2015

C. S. Lewis y la Iglesia católica, de Joseph Pearce, se centra en explicar por qué, a pesar de su cercanía intelectual al catolicismo, Lewis no dio nunca el paso de ingresar en la Iglesia católica. El libro resume su vida, habla del peso que tuvieron en él los escritos de MacDonald, Newman y Chesterton, y luego su amistad con Tolkien; y la influencia a la inversa de algunas obras de Wells que acentuaron su rechazo a ciertas ideas y provocaron que abordara obras como la Trilogía de Ramson.

Me han interesado, pues no las conocía o no había caído en la cuenta, ciertas conexiones que subraya el autor: Esa horrible fuerza (o Esa horrible fortaleza), un libro pensado después de saber que había una planta atómica cerca de Blewbury, a 25 km de Oxford, se publicó poco antes de la bomba de Hiroshima; y, justo después de que los aliados arrojaran las bombas atómicas, en el mismo año 1945, vieron la luz distintas obras que, de un modo u otro, tenían ese telón de fondo: uno de los mejores poemas de Edith Sitwell, La sombra de Caín; Letanía de pérdidas, de Siegfried Sassoon; Dios y el átomo, de Ronald Knox… Y también, Orwell publicó Rebelión en la granja, y Evelyn Waugh Retorno a Brideshead.

En cuanto a los motivos para no dar el paso definitivo hacia la Iglesia Católica, Pearce apuntala más el ya conocido, que figura en el epistolario de Tolkien: el de sus fuertes prejuicios protestantes «antipapistas» derivados de su origen norirlandés. Esto Pearce lo amplía luego señalando qué curioso le parece que un experto en literatura y, en concreto, en el mundo medieval, no mencione a la Virgen en sus escritos sobre literatura medieval y renacentista.

Joseph Pearce. C. S. Lewis y la Iglesia católica (C. S. Lewis and the Catholic Church, 2013). Madrid: Palabra, 2014; 267 pp.; col. Palabra Hoy; trad. de Diego Pereda; ISBN: 978-84-9061-102-9. [Vista del libro en amazon.es]

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OrwellEnsayos.JPG
sábado, 20 de diciembre de 2014

En La eficacia del optimismo cito con alguna frecuencia un largo ensayo que George Orwell dedicó la vida y la obra de Dickens. En él Orwell subraya cómo las obras de Dickens contenían una crítica moral a la sociedad en la que vivía, que se basaba, sobre todo, en su odio profundo a cualquier clase de tiranía; y que la imprecisión de su descontento, el hecho de que sus diatribas puedan ir en cualquier dirección donde se dé un comportamiento abusivo, es algo que le asegura su permanencia.

También, en una de las notas al pie, Orwell hace una referencia que para mí era desconocida sobre la religiosidad de Dickens: en una carta al menor de sus hijos cerca del final de su vida, en 1868, Dickens le dice que nunca le atosigó en el pasado con formalismos religiosos y que, por eso, tal vez en ese momento haga más caso a la recomendación que le hace: «No abandones nunca la sana costumbre de rezar tus oraciones por la noche y por la mañana. Yo nunca he dejado de hacerlo, y sé el consuelo que procura».

George Orwell. «Charles Dickens», 11 de marzo de 1940, en Ensayos (Essays, 1928-1949). Barcelona: Debate, 2013; 975 pp.; trad. de Manuel Cuesta, Osmodiar Lanpio, Miguel Martínez-Lage, Juan Antonio Montiel, Inga Pellisa, Jordi Soler, Miguel Temprano; prólogo de Irene Lozano; ISBN: 978-84-9992-042-9. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 2 de febrero de 2014

Después de mi buena experiencia con Cicerón, leí Virgilio o el segundo nacimiento de Roma, también de Pierre Grimal.

El autor afirma que los romanos, gracias a Virgilio, tomaron conciencia de su sitio en el mundo y «de la misión que les había confiado la Providencia». Esta la resume así con las últimas palabras de Anquises: «Otros, dice, serán más hábiles en dar forma al bronce, en hacer salir del mármol rostros vivientes, en defender mejor las causas, en seguir sobre una esfera los movimientos del cielo, “tú, romano, piensa que tu destino es conducir a los pueblos bajo tu poder, esas serán tus artes; imponer la costumbre de la paz, perdonar a los sometidos y abatir a los soberbios” (VI, 851-853). Virgilio ha dado, en esos tres versos célebres, la fórmula del Imperio, tal como Augusto acaba de fundarlo de nuevo: el imperialismo de Roma no consiste, como en tiempo de Verres, en saquear a las personas, sino en establecer una ley que asegure la justicia y el derecho».

Concluye Grimal que Virgilio es uno de los personajes a los que Roma «les debe haber durado muchos siglos y, en espíritu, sobrevivido hasta nosotros». Afirma que sus «tres grandes poemas, las Bucólicas, las Geórgicas y la Eneida forman un conjunto semejante a uno de esos monumentos que se construían entonces, inmenso, equilibrado y estructurado de tal suerte que no se le puede sacar ni agregar ninguna piedra. Monumento ejemplar, capaz de actuar sobre los espíritus y, tal vez, de exorcizar las fuerzas malignas que continúan manifestándose en el Estado».

Pierre Grimal. Virgilio o el segundo nacimiento de Roma (Virgile ou La seconde naissance de Rome, 1985). Madrid: Gredos, 2011; 227 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad., prólogo y notas de Hugo Francisco Bauzá; ISBN: 978-84-249-2150-7.

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viernes, 26 de octubre de 2012

Vida de Dostoyevski por su hija, Aimée, es un libro desigual, con grandes defectos pero con jugosas aportaciones.

Los defectos proceden de que la autora tenía una fijación con las leyes de la herencia: es casi obsesiva su insistencia en la ascendencia lituana de su padre y en que las cualidades de su madre se debían a su origen sueco y a los antepasados normandos que vivían en su alma. De hecho, muy avanzada la obra, el traductor parece haberse visto forzado a poner una nota donde indica que la señorita Dostoyevski tiene algunas ideas curiosas al respecto y que sus conocimientos históricos son un tanto defectuosos. En general, la autora procura distanciarse del modo de ser que suele calificarse como ruso: por ejemplo, señala que la «admiración de la juventud rusa por los anarquistas, que tanto sorprende a Europa, se explica fácilmente por la pereza oriental de mis compatriotas. Es mucho más fácil poner una bomba y escapar al extranjero que estudiar y poner toda la vida al servicio de la patria, como es costumbre en los países más maduros y civilizados».

Sea como sea, tiene gracia, y da pistas, su falta de inhibiciones para pronunciarse sobre muchas personas: no tiene reparo en decir de alguien que es un verdadero usurero; o, de otro, un imbécil hazmerreír; o, de Turguenev, «un verdadero mongol, malo y vengativo». Además, contiene muchas informaciones valiosas sobre el modo de ser de su padre, sobre su comportamiento en la vida familiar, sobre la importancia de su madre y el papel que tuvo como editora de las obras de su marido —experiencias que transmitió también a la mujer de Tolstoi—, etc.

Es más que notable la forma en que se produjo la muerte de Dostoievski. La autora indica que su padre se dio cuenta que se encontraba muy mal y llamó a su familia. Luego, «como en todos los casos graves de su vida, recurrió al Evangelio. Rogó a su mujer que abriese al azar la vieja Biblia que había tenido en el presidio y que leyese las primeras líneas que cayesen bajo sus ojos. Ocultando sus lágrimas, mi madre leyó en alta voz: “Pero Iván se lo estorbó diciéndole: ¡Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por Ti y Tú vienes a mí! Y Jesús respondió diciéndole: No me detengas, pues así es como hemos de cumplir toda justicia”. Oyendo estas palabras de Jesús, mi padre reflexionó un momento y dijo enseguida a su mujer: “¿Has oído? ¡No me detengas! ¡Mi hora ha sonado; debo morir!”»...

Aimée Dostoyevski. Vida de Dostoyevski por su hija (Fyodor Dostoyevski. A Studi, 1923). Madrid: El buey mudo, 2011; 311 pp.; trad. de Humberto Pérez de la Ossa; ISBN: 978-84-938574-4-8.

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sábado, 19 de mayo de 2012

Quien esté interesado en conocer más cosas de Dickens, los hechos de su vida y las posibles vinculaciones entre ellos y los incidentes que aparecen en sus novelas, puede leer la ordenada biografía escrita tiempo atrás por Peter Ackroyd y que se ha publicado en castellano no hace mucho. Aparte de las cuestiones personales, en ella se tratan con amplitud los pormenores de la confección de sus obras, de sus relaciones con editores e ilustradores, de las aventuras editoriales a las que se lanzó, de sus viajes y sus giras para leer teatralmente algunos tramos de sus obras.

Ackroyd habla de aquellos asuntos en los que Dickens abrió camino: así, con Las aventuras de Pickwick revolucionó la forma de vender y presentar la ficción narrativa, no porque la fórmula fuera desconocida sino por la novedad de escribir un texto original y ponerlo a la venta mensualmente al precio de un chelín; o con Oliver Twist publicó «la primera novela de la literatura inglesa con un niño cómo héroe o protagonista de la intriga». Menciona dos rasgos que, personalmente, me atraen: uno, que la genialidad de Dickens se afianzó en el ambiente de cultura popular que se respiraba en las calles de Londres; otro, que a lo largo de sus novelas presenta niños desvalidos que actúan como revulsivos de nuestra conciencia. Y aunque cita sólo dos veces a Chesterton, una para indicar que, probablemente, sea el mejor crítico de las obras de Dickens, se pueden detectar muchas huellas suyas en las apreciaciones que se hacen.

Peter Ackroyd. Dickens: el observador solitario (Dickens, 1990). Barcelona: Edhasa, 2011; 703 pp.; col. Biografía; trad. de Gregorio Cantera; ISBN: 978-84-350-2800-4.

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jueves, 17 de mayo de 2012

Los interesados en George MacDonald agradecerán conocer el rico ensayo filosófico y teológico que le ha dedicado Ricardo Aldana. En él se subraya que tuvo gran influencia sobre Chesterton, un lector niño fascinado por La princesa y los trasgos; sobre Tolkien, a quien también cautivaron ese libro y su continuación La princesa y Curdie, y que además tomó de los escritos de MacDonald parte de sus ideas para su famoso ensayo acerca de los cuentos de hadas; o sobre C. S. Lewis, cuyo regreso a la fe cristiana comenzó a partir de la lectura casual de Phantastés, y cuya devoción por MacDonald lo llevó a convertirle en protagonista de su relato El Gran Divorcio. También se comentan las obras de MacDonald que Lewis consideraba más destacadas: Phantastes, La princesa y los trasgos, La princesa y Curdie, La llave de oro, Lilith y La princesa perdida (también titulada The Wise Woman), aparte de La historia de Nycteris y Photogen. Y, sobre todo, se desarrolla la explicación del talento particular de MacDonald para crear imágenes que, por sí mismas, sin pesos alegóricos, nos hacen notar la riqueza oculta de la realidad que tenemos alrededor.

Ricardo Aldana. George MacDonald (2011). Madrid: Fundación Maior, 2011; 52 pp.; col. Acercarse; ISBN: 978-84-936777-3-2.

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viernes, 20 de abril de 2012

Roy Campbell
(1901-1957) fue un importante poeta sudafricano de vida revuelta, personalidad controvertida, y una obra poderosa, bien descritas en la excelente biografía de Joseph Pearce. En ella sigue su vida cronológicamente, con simpatía y admiración, pero sin esconder ni suavizar los sucesos y rasgos menos elogiables de su conducta y de su personalidad. Cuando corresponde incluye trozos de sus poemas, para explicar algunas cuestiones puramente literarias, o para señalar qué defendía o contra quién escribía: comprender bien todo esto requeriría leer la obra original de Pearce y saber mucho inglés pues Campbell no es un poeta fácil.

El título de la edición española no me parece un acierto (aunque tenga su lógica comercial) pues es menos equilibrado que el original inglés, que se refiere a uno de los aspectos más interesantes del libro: la pintura de todo el panorama literario e intelectual de la Inglaterra de la época; las tormentosas relaciones de Campbell con el grupo de Bloomsbury; su enemistad con Auden y su relación cordial con Eliot; sus contactos con Tolkien y Lewis, entre muchos otros, y su gran afinidad con Dylan Thomas —a quien promovió como poeta y con quien compartió muchas correrías alcohólicas—; etc. Campbell queda dibujado como un hombre cordial, que daba gran valor a la amistad y que tenía facilidad para tratar y comprender a la gente sencilla, pero inmisericorde a la hora de la sátira pública con sus enemigos literarios o políticos, lo que le valió críticas feroces y silencios clamorosos.

Al margen del indudable interés que pueda tener para quienes deseen conocer su obra poética —Pearce da sus valoraciones e indica lo que fueron diciendo al respecto sus contemporáneos—, un aspecto que da gran atractivo al libro para muchos es que la vida de Campbell se lee como lo que fue: una impresionante aventura. Vivió temporadas en Francia, en España, en Portugal; tuvo continuos agobios económicos y anduvo siempre al límite; se volvió un entusiasta defensor de la tauromaquia, también para incomodar a sus conocidos ingleses; se convirtió al catolicismo durante su estancia en Jávea; luego, poco tiempo antes del comienzo de la guerra Civil, se trasladó a Toledo y allí los carmelitas le dejaron un arcón con las obras originales de san Juan de la Cruz para que lo custodiase; además, en un momento comprometido, hizo la promesa interior de traducir a san Juan de la Cruz al inglés si su familia se salvaba, como así fue (y dicen los expertos que su traducción resultó ser extraordinaria); se alistó como voluntario en la segunda Guerra Mundial; se instaló, años después, en Portugal; y falleció en un accidente de automóvil en España.

Joseph Pearce. Roy Campbell. “España salvó mi alma” (Bloomsbury and beyond. The friends and enemies of Roy Campbell, 2001). Madrid: LibrosLibres, 2012; 406 pp.; trad. de Roberto H. Bernett; ISBN: 978-84-92654-74-1.

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jueves, 27 de octubre de 2011

No hace mucho hablé de una novela que tenía que ver con Lope de Vega y, recientemente, he leído Vida y obra de Lope de Vega, de Ignacio Arellano y Carlos Mata, una excelente biografía, ordenada y clara. El recurso de ir avanzando en ella citando al mismo Lope la convierte, también, en una especie de antología de sus poemas. Los autores señalan cómo en su personalidad y en su obra se da una continua lucha de contrarios —«lo sublime del espíritu y el barro de la carne, el pecado y el arrepentimiento, el pueblo llano y la nobleza, lo culto y lo popular»—, que hacen de Lope un símbolo del Barroco. También subrayan que «su aventura vital y literaria es la desmesura —otro rasgo plenamente barroco—, el impulso sin límites de un hombre extremado que confesó no tener medio jamás».

Ignacio Arellano y Carlos Mata. Vida y obra de Lope de Vega (2011). Madrid: Homo Legens, 2011; 334 pp.; ISBN: 978-84-92518-72-2.

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viernes, 13 de mayo de 2011

La biografía de Flannery O’Connor de Brad Gooch me ha interesado pero me ha dejado la impresión de que no atrapa bien lo nuclear ni de su persona ni de su obra y, en algunos momentos aislados, me ha parecido imprecisa.

Me ha interesado porque la personalidad y la obra de O’Connor me atraen y porque hay un buen trabajo detrás: el autor ha recogido muchos testimonios y los ha puesto en orden con la voluntad de dar cuenta de los hechos. Pero me ha defraudado porque, aunque resulta obvia la importancia de la fe católica en su vida, la biografía trata esa cuestión como si el hecho de ir a Misa todos los días, y en condiciones difíciles, y el de leer a Santo Tomás todas las noches —y más cosas: «leo mucha teología porque hace más audaz mi escritura», decía—, fueran costumbres más o menos equiparables con otras. En lo que se refiere a su obra no se ve un intento de aclarar de verdad su singularidad y su importancia literaria.

Además, los intentos poético-metafóricos del capítulo introductorio y de los párrafos del final, no encajan con la sobriedad de la narración ni son comprensibles: al menos yo no entiendo —y aunque lo entendiera sería irrelevante— qué quiere decir que Flannery O’Connor se pasó la vida «haciendo caminar hacia atrás a pollos literarios» y que miraba la vida «por el cañón del Desequilibrado». Y, aunque sea una cuestión menor en el conjunto, me ha parecido significativo que el autor haga notar que cuando, en una charla, le preguntaron acerca de sus personajes negros, respondió: «no los entiendo como entiendo a los blancos. No me siento capaz de meterme en la mente de un negro. En mis relatos son vistos desde fuera»; y a renglón seguido apostille: «este enfoque, si bien era una clase de racismo artístico, le funcionó bien». Bueno, es la primera vez que oigo llamar racismo artístico a la honradez.

Después de escribir esta reseña fui al blog Flannery O’Connor, busqué Gooch y encontré citado este artículo acerca de su obra.

Brad Gooch. Flannery O’Connor (Flanney. A Life of Flannery O’Connor, 2009). Barcelona: Circe, 2011; 488 pp.; col. Biografía; trad. de Aurora Echevarría; ISBN13: 978-84-7765-280-9.

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jueves, 30 de octubre de 2008

A pesar de sus limitaciones, Los Inklings, de Humphrey Carpenter, es un libro básico en la bibliografía sobre C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien. Los Inklings fueron el grupo formado principalmente por Lewis, Tolkien, Charles Williams, Hugo Dyson, Warren Lewis, Owen Barfield, y más tarde Christopher Tolkien, todos ellos escritores, profesores y amigos que se reunieron durante años, una o dos veces por semana, en un pub de Oxford y en las habitaciones de Lewis. Su importancia como grupo se deriva del impacto que sus intercambios de opiniones tuvieron en las vidas y en las obras de todos ellos, especialmente Lewis y Tolkien. En realidad, como uno de los asistentes a las reuniones dice a Carpenter, «éramos sólo un grupo de amigos», «existe una cierta tendencia a tomarnos más en serio de lo que nosotros mismos lo hacíamos».

Como Carpenter había publicado en 1977 una biografía sobre Tolkien, abordó esta obra centrándose sobre todo en la figura de Lewis, el alma de los Inklings, y dedicando también especial atención a Williams. Ambos libros, la biografía sobre Tolkien y este, tienen interés porque su autor tuvo acceso a muchos documentos inéditos y porque, al haber sido preparados poco después de la muerte de Lewis, en 1963, y de Tolkien, en 1973, pudo recoger muchos datos y sucedidos de primera mano. Esto último, sin embargo, es también una desventaja: se da pábulo a conjeturas más que discutibles, y se cuentan anécdotas o hechos que no parecen realmente significativos, o que podrían ser enfocados de otro modo si uno prescinde de las mezquindades y rivalidades académicas.

La obra tampoco deja clara la importancia de las obras de Tolkien y Lewis, en parte porque a finales de los setenta su éxito aún no tenía las dimensiones que con el paso de los años hemos visto, pero sobre todo porque Carpenter, al igual que la crítica oficial de aquella época, tampoco parece creer en la excepcionalidad literaria de Tolkien y de Lewis. Por otra parte, igual que cuando biografió a Tolkien se veía que Carpenter no se hacía cargo de aspectos nucleares de su vida —intentar ser un buen padre de familia con cinco hijos y grandes agobios económicos, intentar vivir su fe católica con profundidad y sin limitarse al cumplimiento externo de unas prácticas religiosas—, tampoco aquí parece sentirse cómodo cuando trata sobre los empeños apologéticos de Lewis: es significativo que califique de verdadera la máxima de Charles Williams de que «no se puede hacer otra cosa, salvo decidir en lo que se cree», y parece ir contra los datos reales el que afirme como posible que Lewis aprendiera esa lección...

Sorprenden algunas cosas de la traducción: entre otras, que donde debería decir Cuaresma diga siempre Lent (=Cuaresma).

Humphrey Carpenter. Los Inklings (The Inklings, 1978). Madrid: Homo Legens, 2008; 479 pp.; trad. de Juan Castilla Plaza; ISBN: 978-84-936433-8-6.

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viernes, 29 de agosto de 2008

Me ha defraudado la biografía de Herman Melville de Andrew Delbanco: esperaba más. Sin duda está bien escrita y hay un buen trabajo de documentación detrás. Lógicamente, también queda clara la importancia de Melville y la potencia y novedad de Moby Dick y sus mejores cuentos.

Sin embargo, en mi opinión, acaban siendo absurdas, y hasta risibles, las discusiones sobre algunos temas, que no dicen nada del biografiado y sí mucho sobre las obsesiones de nuestro mundo actual. El autor se toma en serio algunas, aunque las ponga en boca de otros, como cuando alguien habla de una ballena «apabullantemente erótica»; cuando menciona la relación entre Ahab y su obsesión monomaníaca con Hitler o con Osama bin Laden o con Bush; cuando interpreta con claves freudianas algunas peripecias vitales del autor; y no digamos nada de las inevitables referencias a si fue gay o no... Es cierto que, a veces, dice que le parecen improcedentes otras, por ejemplo cuando señala que no se pueden interpretar pasajes de Moby Dick como precursores de la sensibilidad medioambiental de hoy y que la obra no contiene ningún mensaje tipo «salvad a las ballenas»... También he tenido la sensación de que hay una especie de justificación a posteriori de los defectos literarios de Melville: como un intentar aumentar sus méritos más allá de los muchos que ya tiene.

En fin, para mí son mucho más clarificadoras, por ejemplo, la biografía y la introducción crítica de Cátedra que contiene los tres cuentos principales de Melville: Bartleby, el escribiente, Benito Cereno y Billy Budd.

Andrew Delbanco. Melville (Melville. His World and Work, 2005). Barcelona: Seix Barral, 2007; 512 pp.; col. Los tres mundos; trad. de Juan Bonilla; ISBN: 978-84-322-0904-8.
Herman Melville. Bartleby, el escribiente, Benito Cereno, Billy Budd. Madrid: Cátedra, 2000, 4ª ed.; 305 pp.; col. Letras universales; edición de Julia Lavid: ISBN: 84-376-0654-3.

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sábado, 1 de marzo de 2008

Durante meses he ido leyendo la larguísima Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, en la magnífica edición de Acantilado traducida por Miguel Martínez-Lage. Comencé «por obligación», por la fama del libro, pero pronto quedé fascinado por la personalidad del personaje y comprendí por qué Chesterton defiende a Johnson y ensalza el libro: «se dice que el comportamiento de Johnson era rudo y despótico. A veces era rudo, pero nunca despótico. Johnson no era un déspota en absoluto. Johnson era un demagogo que gritaba a una muchedumbre gritona. El hecho mismo de que riñera con otra gente es la prueba de que permitía a otra gente que riñera con él. Su misma brutalidad se basaba en la idea de una escaramuza equitativa, como las del fútbol. Es estrictamente cierto que gritaba y golpeaba la mesa porque era un hombre modesto. Le asustaba honestamente ser apabullado e incluso mirado por encima del hombro. (...) Johnson era un insolente igual a los demás y por tanto era amado por todos los que le conocían y fue inmortalizado en un libro maravilloso, que es uno de los auténticos milagros del amor».

Algunas de sus declaraciones, sabias y llenas de sentido común, las mencionaré otros días. Hoy sólo reproduzco varias que me han divertido por lo polémicas, lo políticamente incorrectísimas, o lo ceremoniosas que son.

Las primeras brotan cuando, llevado de su afán discutidor, recurre a ejemplos cómicos para obtener la victoria en la conversación: «Suponiendo —dijo— que la esposa de alguien fuera de natural inclinada al estudio y a la discusión de temas cultos, resultaría muy enojoso; por ejemplo, imagine a una mujer que de continuo abundase sobre la herejía de Arriano».

Las segundas proceden de sus prejuicios, por ejemplo respecto a Escocia o a las mujeres. Así, a propósito de la general insuficiencia de la educación y la escasa cultura en Escocia afirma: «Su saber es como el pan en una ciudad sitiada: todos sus habitantes reciben un mendrugo, pero ninguno come como es debido». O, cuando Boswell le dice a Johnson que fue a una reunión de cuáqueros en la que oyó predicar a una mujer, y Johnson comenta: «Una mujer que se pone a predicar es como un perro que sabe caminar sólo con las patas de atrás. No lo hace nada bien, pero sorprende que lo haga».

Las terceras afloran en sus cartas y, además de dar a conocer qué mente tan particular tenía, resultan muchas veces hilarantes para nuestra mentalidad. Así, cuando sufre un ataque siente «una confusión y una indefinición del entendimiento que duró, yo diría, medio minuto. Me alarmé y recé a Dios para que al margen de cómo dispusiera afligirme en lo corporal, me dejara intacto el intelecto. Esta plegaria, para poner a prueba la integridad de mis facultades, la hice en versos latinos. No es que fuera una buena composición, pero tampoco esperaba que lo fuese. Hice unos versos fáciles y concluí que seguía hallándome en plenitud de facultades».

James Boswell. Vida de Samuel Johnson (Life of Johnson, 1791-1793). Barcelona: El Acantilado, 2007; 2000 pp.; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN (10): 84-96489-84-1.
La cita de G. K. Chesterton está en «La visión común», Lo que está mal en el mundo (What´s Wrong with the World, 1910). Madrid: Ciudadela, 2006; 208 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de de Mónica Rubio Fernández, ISBN: 84-934669-7-2.

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jueves, 31 de enero de 2008

Me ha gustado Las vidas de Joseph Conrad, de John Stape, por estar bien escrita y porque responde a un trabajo de investigación meticuloso. El autor se ciñe cuidadosamente a los hechos conocidos de la vida de Conrad y se acaba centrando sobre todo en sus relaciones familiares, profesionales, y de amistad. No entra en el análisis de sus obras aunque sitúe cuándo y cómo las escribió, y mencione circunstancias que facilitan comprender mejor algunos aspectos. Tampoco hay ningún intento de situar en perspectiva la importancia y la novedad de su aportación a la historia de la literatura.

La vida y personalidad de Conrad, jugosas por los años tan agitados de su vida como marino y por la fuerza y calidad de sus mejores obras, no acaban de resultar atractivas. Sin duda, para sus lectores y seguidores de la vida literaria en general, tienen interés tanto los pormenores de su formación como escritor como sus relaciones con los editores y con otros escritores. Sin embargo, la biografía deja una impresión predominante, al mismo tiempo cierta, porque responde a hechos conocidos, y falsa, porque esa no es toda la verdad, de que fue una persona de trato difícil, cada vez más incapaz de mantener sus impecables modales debido a sus frecuentes ataques de gota y recaídas en la depresión.

John Stape. Las vidas de Joseph Conrad (The Several Lifes of Joseph Conrad, 2007). Barcelona: Lumen, 2007; 548 pp.; col. Memorias y biografía; trad. de Ramón Vilà; ISBN: 978-84-264-1625-4.

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jueves, 11 de octubre de 2007

La biografía sobre Solzhenitsyn de Joseph Pearce me ha parecido excelente. Siguiendo el arco de la vida del escritor ruso —familia, estudios universitarios de física y matemáticas, juventud en sintonía con la ideología comunista, participación en la segunda Guerra Mundial, nueva comprensión de la vida y conversión en claro paralelismo con Dostoievski, obras literarias, expulsión de la Unión Soviética, estancia en Vermont, regreso a Rusia—, Pearce presenta un buen resumen de la historia de las últimas décadas de Rusia. Además, gracias a las conversaciones personales con el autor y sus hijos, completa un buen dibujo de la personalidad de un Solzhenitsyn al que le da una talla de profeta. Como siempre que se lee algo relacionado con la historia de la URSS del siglo XX es inevitable preguntarse por las razones de la obstinada ignorancia y la gran frivolidad de tantos intelectuales y de tantos medios de comunicación occidentales.

Y a quien el personaje le interese le gustará leer una entrevista con él en Der Spiegel.

Joseph Pearce. Solzhenitsyn. Un alma en el exilio (Solzhenitsyn. A Soul in Exile, 2005). Madrid: Ciudadela, 2007; 441 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de Íñigo Azurmendi Muñoa; ISBN: 978-84-96836-11-2.

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jueves, 12 de octubre de 2006

El comentario de ayer tiene que ver con que acabo de leer la biografía que Carmen Bravo-Villasante escribió, en 1957, sobre Bettina Brentano, hermana de Clemens Brentano, esposa de Achim von Arnim y madre de siete hijos, una mujer singular y devota (demasiado) de Goethe y de Beethoven... Me ha parecido jugosa: está bien escrita, se apoya mucho en las cartas de la biografiada, da información sobre la vida cultural alemana del momento... La autora se pone frente a cierta crítica histórica que tiene «una tendencia a dar la interpretación más baja a las grandes figuras, a considerarlas, simplemente, como casos clínicos», y que por tanto no duda en afirmar que «Bettina es una histérica». Pero al mismo tiempo señala que su facilidad para ocupar el centro del escenario era notable y que su epistolario contiene, junto a cartas auténticas, no pocas cartas falsas urdidas por su fantasía. Al final, y a pesar de que su fervor incondicional por los grandes artistas y su misticismo panteísta me repelen no poco, me ha llegado a caer bien, un mérito que también hay que atribuir al buen trabajo y al entusiasmo evidente pero comedido de la biógrafa.

Carmen Bravo-Villasante. Vida de Bettina Brentano: De Goethe a Beethoven (1957). Barcelona: Aedos, 1957; 315 pp.; col. Biblioteca Biográfica; prólogo de Dámaso Alonso; ISBN: 84-7003-042-6.

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jueves, 20 de julio de 2006

Me ha parecido muy buena la biografía que firma Joseph Pearce sobre Oscar Wilde. Siguiendo el hilo de su vida, intentando aclarar de qué hay constancia y de qué no en todo lo que se ha dicho de su biografiado, analizando con cuidado sus obras, se ve que Joseph Pearce desea subrayar sobre todo dos cosas. Una, que «una de las paradojas de su vida y su obra es el que haya que captar al verdadero Wilde por lo que dijo en su obra mucho más que por lo que dijo, o por lo que se supone que dijo, en su vida». Otra, la huella que dejó en Wilde su rechazo a convertirse al catolicismo siendo joven, el sorprendente número de personas de su entorno que, a lo largo de su vida, acaban entrando en la Iglesia Católica o volviendo a ella, y su conversión final. Cuando al personaje de El abanico de lady Windermere, lord Darlington, autor de la definición del cínico como «un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada», se le dice que todo el mundo es bueno, responde: «No, todos estamos en la cloaca, pero algunos de nosotros miramos a las estrellas». La propuesta de Pearce es mirar con Wilde a las estrellas y no mirarle, ni mucho menos quedarse con él, en la cloaca.

Joseph Pearce. Oscar Wilde: La verdad sin máscaras (The Unmasking of Oscar Wilde, 2000). Madrid: Ciudadela, 2006; 396 pp.; trad. de Ana Pérez Galván; ISBN: 84-934669-2-1.

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viernes, 9 de junio de 2006

He leído recientemente la biografía de Muriel Spark sobre Mary Shelley, la autora de Frankenstein. Otro día diré cosas acerca de su comentario a la novela, pero ahora quiero dejar constancia del estilo limpio con el que la escritora inglesa abordó su trabajo: «Siempre me han disgustado esa clase de biografías donde leemos que “X se tiende en la cama y observa el parpadeo de la vela en las vigas del techo”, cuando no existe ninguna evidencia de que X haya hecho eso». O este comentario: «Creo que la función de un biógrafo es diagnosticar y no condescender a una inútil prescripción retrospectiva».

Muriel Spark. Mary Shelley (1987). Barcelona: Lumen, 1997; 297 pp.; col. Palabra en el tiempo; trad. de Aurora Fernández Villavicencio; ISBN: 84-264-1251-3.

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sábado, 28 de enero de 2006

En relación a Dostoievski, además de la superbiografía de Joseph Frank, varias veces citada, vale la pena conocer El universo religioso de Dostoievski, de Romano Guardini. Eso sí, hay que buscarlo en bibliotecas con buenos fondos o en librerías de viejo, pues hace décadas que no está en el mercado español. Otro misterio editorial.

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