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Notas del archivo 'Éxito' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 14 de diciembre de 2013

Ideas de Sábato, Borges y Bioy acerca del éxito literario:

Sabato: «El éxito no es necesario ni suficiente para que la obra sea valiosa. Hay gente que vale y no es conocida, y otra que vale y es conocida, como el caso de Hegel. (…) Y fue muy famoso. También lo fue Sócrates, hasta el punto de que lo obligaron a tomar la cicuta por la influencia que tenía».
Borges (asintiendo): «Sí, Cervantes fue un verdadero bestseller. Pero creo que el fracaso no es una garantía, tampoco».

Borges: «En la antigüedad había una idea de que la fama es justa. (…) En cambio hoy la fama puede ser el resultado de una maniobra».

Borges: «El fracaso total no es indiferente. Vuelve un poco desagradables a quienes les ocurre. Tienen una irritación sorda, un descontento difícil de ocultar. El trato con ellos no es cómodo, porque hay que andar con mucho cuidado: la referencia a cualquier circunstancia de nuestra vida parece una ostentación odiosa. O si no, uno evoca recuerdos penosos: “El Suplemento de La Nación…” empieza uno; “…donde no logro publicar”, piensa el fracasado».

Bioy: «Muchos escritores viejos sólo aspiran a la aceptabilidad de sus frases, párrafos, capítulos e historias: han renunciado a la fantasía y a la intensidad; se conforman con llenar páginas decorosamente. Aspiran, eso sí, a todos los premios, incluso al entusiasmo».

Los dos primeros, en Diálogos Borges Sabato compaginados por Orlando Barone (1976). Buenos Aires: Emecé, 1996; 173 pp.; ISBN: 950-04-0052-9.
Los dos siguientes, en Adolfo Bioy Casares. Borges  (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.


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domingo, 25 de agosto de 2013

Samuel Johnson: Entre los escritores «abundan los personajes cuyas obras son hoy perfectamente desconocidas y que, sin embargo, fueron adulados por sus contemporáneos, quienes vieron en ellos auténticos oráculos de su época y legisladores de su ciencia. Nada más natural que despierten curiosidad en nosotros, pero cuando al fin conseguimos hacernos con uno de sus libros, casi nunca su lectura nos recompensa por nuestra laboriosa búsqueda. Todas las épocas han producido estas burbujas de fama postiza, que el soplo de la moda levanta brevemente, mas no tardan en estallar y desvanecerse. Los sabios deploran la pérdida de autores antiguos cuyo renombre ha sobrevivido pero no sus obras, y sin embargo es inevitable sospechar que, si las halláramos, tal vez (…) nos preguntaríamos qué capricho del azar fue responsable de su popularidad».

Samuel Johnson. «Sobre el predominio de los libros», artículo del 23 de marzo de 1751 en The Rambler, El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos de The Rambler, The Adventurer y The Idler).Madrid : El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.

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domingo, 4 de agosto de 2013

Samuel Johnson: «Por lo demás, también sucede con autores excelentes que sus méritos pasen desapercibidos, inadvertidos entre la gran variedad de cosas y confundidos con la gran miscelánea de la vida. Quien aspira a la fama a través de la escritura, pretende la admiración de una muchedumbre que oscila entre diversos placeres o que vive inmersa en sus negocios, y que no tiene tiempo para las diversiones intelectuales; los jueces a los que apela están absortos en sus pasiones o corrompidos por prejuicios que les impiden aplaudir nuevas proezas. Algunos son demasiado indolentes para leer nada que no goce previamente de fama, y otros demasiado envidiosos para promoverla, porque les duele engrandecerla. Lo novedoso es combatido porque la mayoría no quiere ser enseñada, y lo ya conocido es rechazado porque a menudo se olvida que los hombres prefieren que les recuerden las cosas y no que les informen sobre ellas. Los entendidos prefieren no divulgar sus opiniones de entrada, por miedo a poner su reputación en entredicho; los ignorantes suponen que dan muestras de exquisitez cuando se niegan a ser complacidos. Y quien entre tantos escollos consigue fraguarse una reputación, si es sincero reconocerá que ésta se debe a otras causas, distintas de su destreza, sus conocimientos o su ingenio».

Samuel Johnson. «El futuro», artículo del 24 de marzo de 1750 en The Rambler, recogido en El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.

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sábado, 15 de septiembre de 2012

En 1965, cuando le dieron el Premio Lessing de la ciudad de Hamburgo, Hannah Arendt decía: «un honor nos da una gran lección de modestia, puesto que implica que no nos corresponde juzgar nuestros propios méritos». Y seguía: «Con respecto a los premios, es el mundo quien tiene la palabra y, si aceptamos el premio y expresamos nuestra gratitud por él sólo podemos hacerlo ignorándonos a nosotros mismos y actuando plenamente dentro del marco de nuestra postura ante el mundo, un mundo y un público al que debemos el espacio en el que hablamos y en el que se nos escucha. Sin embargo, el honor no sólo nos recuerda con énfasis la gratitud que debemos al mundo; también nos hace contraer un alto grado de responsabilidad con él».

Teresa Gutiérrez de Cabiedes. El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt (2009). Madrid: Encuentro, 2009; 454 pp.; prólogo de Alejandro Llano; ISBN: 978-84-9920-002-6.

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viernes, 13 de enero de 2012

Sainte-Beuve:
«No crean (excepto en muy pocos casos) en la improvisación: todo lo que es bueno ha debido ser previsto y pensado. Demóstenes meditaba sus discursos y hacía provisiones de exordios; el Sr. De Tayllerand preveía sus gracias con antelación, y las circunstancias se las sacaban luego de improviso; si Bonaparte, durante las revistas, sabía nombrar a cada soldado por su nombre, es que se había acostado la noche anterior estudiando a fondo lo que llamamos los Cuadros del ejército.

Todo es comedia, y toda comedia ha tenido su ensayo».

Charles Augustin Sainte-Beuve. Mis venenos (obra póstuma, de 1926). La Laguna: Artemisa, 2007; 133 pp.; trad. de Fátima Sainz y Maryse Privat; prólogo de Juan Malpartida ISBN: 978-84-96374-44-7.

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viernes, 6 de noviembre de 2009

Son muchos los que han comentado bien los Ensayos de Natalia Ginzburg. Hay quien piensa que contienen «el mejor ensayismo (lo que es mucho decir) del siglo». Hay quien juzga decepcionantes sus argumentos a favor de la legalización del aborto (tan lejanos, sin embargo, de otros porque para ella no hay duda de que el aborto es matar una vida humana) y propone admirar por compartimentos estancos porque así las admiraciones resultan insumergibles. Hay quien considera un error haber unido dos libros en uno —pues la selección del primero, Nunca me preguntes, la hizo la misma autora y es bastante mejor que el segundo, No podemos saberlo—.

Por mi parte me limito a dejar constancia de dos ideas que se pueden aplicar, también, a mucha literatura infantil y juvenil de hoy:

—«Detesto las cosas que me resultan oscuras, las detesto cuando tengo la sensación de que detrás de su oscuridad no hay nada, que se trata de una oscuridad de algún modo consciente e intencionada, difusa, para esconder el vacío y la fijeza del pensamiento, la inanición del espíritu que, puesto que no ama ni inventa nada, emana nieblas y brumas para cubrir solo un poco de desorden, de futilidad y de confusión. Creo que son preferibles las obras malas pero claras que las obras oscuras que tan a menudo se nos ofrecen, porque las primeras se las puede descartar enseguida sin la penosa fatiga de deshacer ningún enredo» («Un mundo encantado»).

—Comentando unas antiguas novelas infantiles de Tomaso Catani ilustradas por Carlo Chiostri, dice: «Los libros de las actuales colecciones infantiles presentan una extraña y frenética mezcla de descuido y esmero, tanto en el contenido como en las imágenes. Se nota que el editor, el pintor y el autor persiguen una idea fija: la de atraer la atención, ganar dinero, tener éxito. Este viejo volumen destila de su tela azul, de sus imágenes cuidadas pero carentes de ostentación y de cada una de sus páginas, una total indiferencia por el dinero y el éxito. Emana una profunda calma y una profunda honestidad» («La conjura de las gallinas»).

Natalia Ginzburg. Ensayos (Non possiamo saperlo / Mai devi domandarmi, 1991 Y 2001). Barcelona: Lumen, 2009; 444 pp.; trad. de Flavia Company y Mercedes Corral; prólogo de Flavia Company; ISBN: 978-84-264-1713-8.

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viernes, 18 de septiembre de 2009

Gracias
es un breve relato de Daniel Pennac que podría ser un monólogo teatral. El narrador comienza diciendo: «Estamos en el teatro. Él en el escenario, nosotros en la sala». Y a continuación cuenta lo que hace y dice quien ocupa el escenario: un personaje que debería pronunciar un discurso de agradecimiento pero que vacila y balbucea y reflexiona en alto sobre cuál debería ser su discurso y cómo se podría renovar ese «género redundante» del agradecimiento. Supongo que puede ser útil para quien se vea en la tesitura de tener que agradecer cualquier premio, pues se ve que Pennac se ha propuesto desenmascarar los discursos banales y tantas veces hipócritas que se suelen pronunciar en esas ocasiones. En particular conecto bien con la idea de no agradecer nada a quienes, como los ministros, ya se felicitan continuamente a sí mismos.

Daniel Pennac. Gracias (Merci, 2004). Barcelona: El Aleph, 2009; 84 pp.; col. Personalia; trad. de Abilio Estévez; ISBN: 978-84-7669-836-5.

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domingo, 25 de enero de 2009

En sus Apuntes, Elías Canetti dedica bastantes comentarios al éxito, todos con acentos parecidos:

—«El que tiene éxito sólo escucha ovaciones. Para todo el resto es sordo».

—«Éxito: el raticida del hombre. Son muy pocos los que se salvan».

—«Lo torturante del éxito: siempre le es arrebatado a otros, y solamente pueden disfrutarlo los inconscientes, los limitados, quienes no se dicen que entre los desposeídos había algunos mejores que ellos mismos».

—«El éxito es el espacio que uno ocupa en el periódico. El éxito es la desvergüenza de un día».

—«El éxito es sólo la parte más ínfima de la experiencia».

Elías Canetti. Apuntes: 1942-1993. Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2003; 1195 pp.; col. Opera mundi; Obras completas, 4; edición dirigida por Juan José del Solar; ISBN: 84-226-9368-2 (Círculo de Lectores), 84-8109-398-X (Galaxia Gutenberg).

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sábado, 25 de octubre de 2008

Después de haber hablado extensamente sobre Napoleón, un «forjador de yugos», Chateaubriand hace un comentario muy ajustado al valor de tantas famas que vemos crecer alrededor: «Si he conseguido expresar lo que sentía, lo que quedará de mi retrato será una de las primeras figuras de la historia; pero no he admitido nada de esa criatura fantástica que es un compuesto de mentiras; mentiras que he visto nacer, que, tomadas primero por lo que eran, han pasado con el tiempo a la condición de verdad por la infatuación y la estúpida credulidad humanas. No quiero ser un pazguato ni caerme de espaldas de admiración. Lo que yo me propongo es describir a los personajes en conciencia, sin quitarles lo que les es propio, pero tampoco atribuyéndoles lo que no son. Si el éxito fuera considerado inocencia; si, corrompiéndola hasta la posteridad, la cargase con sus cadenas; si, futura esclava, engendrada por un pasado esclavo, esta posteridad sobornada se convirtiera en cómplice de quien hubiera triunfado, ¿dónde estaría el derecho, dónde el valor de los sacrificios? Al no ser el bien y el mal sino relativos, toda moralidad desaparecería de las acciones humanas».

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.

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miércoles, 12 de diciembre de 2007

De los bastantes relatos que conozco de Jordi Sierra i Fabra, Kafka y la muñeca viajera, que acabo de leer aunque lleva ya meses en el mercado, es el que más me ha gustado.

¿Se merece el llamado Premio Nacional de Literatura Infantil 2007 que le acaban de dar? No lo sé: no he leído todas las novelas que podrían recibir ese premio y no sé cuántas novelas han leído los miembros del jurado... En cualquier caso, como ya he comentado tiempo atrás, en mi opinión sobran todos los premios de literatura institucionales y, por tanto, también este. Al respecto, mañana más.

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sábado, 17 de marzo de 2007

Marlon Brando decía una vez que los directores «que dan la lata son los gilipollas sin talento; creen ser el incomprendido Eisenstein, u Orson Welles, o alguien así. (...) Con esos tipos es duro trabajar». Sin embargo, de Charlie Chaplin, que le dirigió en La condesa de Hong Kong, decía que «tiene tanto talento que tienes que aguantarte. En primer lugar, él es la comedia personificada. Es un genio, un genio del cine. Un talento cómico sin igual. Ni te das cuenta de que está senil. Pero como persona es horrible. No me interesa nada».

Y continúa luego: A los primeros «tienes que pararles los pies porque si no se te suben encima. Tienes que frenarles en seco. Pero has de separar esa vida personal de la vida artística. Una no tiene nada que ver con la otra. Igual que con los escritores o con cualquier cosa.

No puedes pensar que la gente comprensiva, o la gente perceptiva o sensible, va a ser igualmente perceptiva o sensible en otras áreas de las relaciones humanas. Eso cae por su peso. El talento no tiene nada que ver, eso es todo.

Hay algunos mierdas que son muy comprensivos y extremadamente talentosos, y otros mierdas que no tienen ni pizca de talento. Hay buena gente en ambos lados».

Chris Hodenfield. El método de su locura, artículo en Rolling Stone del 20 de mayo de 1976 contenido en Lo mejor de Rolling Stone (The Best of Rolling Stone, 1993). Barcelona: Ediciones B, 1995; 587 pp.; trad. de Darío Giménez; ISBN: 84-406-5323-9.

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miércoles, 7 de marzo de 2007

En el mundo del arte «se ha dicho muchas veces que los ochenta fueron una década de hype. El hype puede definirse como la administración de la desproporción: ocupa el hueco entre el logro estético y la fantasía cultural e hincha el primero apelando a la segunda. El hype es lo que sucede cuando a un artista vivo de veintitantos o treintaitantos años se le dedica una “retrospectiva” en un museo importante, como si él o ella formara ya parte de la historia del arte. El hype ocurre cuando un marchante convence al ansioso cliente de que compre obras todavía-no-pintadas del Genio X, porque todas las que ya ha pintado han ido a parar a manos de otros clientes más despiertos o que gozan del favor del marchante. El hype es la habilidad para mantener la olla periodística en ebullición con cuentos y rumores de precios que se disparan. El hype golpea una y otra vez en el punto donde le duele más al coleccionista contemporáneo de arte a la última: el temor a que el tren de primera salga sin él, con destino a la historia». Esto enlaza con el anuncio de las fechas de lanzamiento del próximo Harry Potter y con algo ya dicho: las mejores obras literarias no suelen estar bajo los focos.

Robert Hugues. Visiones de América: la historia épica del arte norteamericano.

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domingo, 11 de febrero de 2007

Una frase de Neil Postman en Divertirse hasta morir, aplicable a tantos y tantas que aparecen en portadas y revistas (aunque también pueden vivir justo al lado): no es que se rían en lugar de pensar, sino que no saben de qué se ríen porque han dejado de pensar.

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jueves, 7 de diciembre de 2006

Hay quienes me han preguntado sobre Cielo abajo, de Fernando Marías, reciente Premio Nacional de literatura infantil y juvenil. No puedo hacer un comentario completo porque cuando la leí, hace unos meses, la dejé hacia la página veinte. El motivo: me pareció que abundaban las frases destinadas a dar un barniz grandilocuente-literario a la historia. Dos frasecillas que anoté porque me rechinaron fueron estas: «se abatió sobre mí una repentina oleada de cansancio»; «estaba en el epicentro del aniversario de ese hecho, nimio para mí y tal vez trascendental en la vida de quien lo escribió» (ambas son de las que se pueden dejar caer en cualquier conversación de comedor a ver qué caras ponen los de alrededor). Por otra parte, resulta obvio que ganar hoy y aquí un Premio Nacional de Literatura infantil y juvenil sólo es posible con una determinada opinión sobre quienes fueron los buenos y quienes los malos de la guerra civil. Total, una vez más me afianzo en lo que dije meses atrás acerca de los premios literarios institucionales: que desaparezcan. Sí, sí, ya sé que alguna vez lo gana quien lo merece, y me alegro por él o ella, pero esa clase de premios, como tales, están hundidos en el descrédito desde hace mucho.

Fernando Marías. Cielo abajo (2005). Madrid: Anaya, 2005; 209 pp.; col. Espacio abierto; ISBN: 84-667-4568-8.

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sábado, 19 de agosto de 2006

«No estoy segura de que el hombre más grande de su época —si es que alguna vez ha existido cumbre tan solitaria— pudiera escapar a los desfavorables reflejos de sí mismo en diferentes espejos de reducidas dimensiones; e incluso Milton, al contemplar su imagen en una cuchara, tendría que conformarse con el ángulo facial de un palurdo».

George Eliot. Middlemarch.

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viernes, 28 de julio de 2006

Cuanto más tiempo pasa más me afianzo en la idea de que, si en mi mundo ideal no habría premios literarios de ninguna clase, menos aún habría premios institucionales. Por un lado, considero preferible que los libros se defiendan por sí mismos, incluso con el riesgo de que algunos buenos libros desaparezcan. Por otro, tenemos ya una gran experiencia de que, si hay que desconfiar siempre de los premios que una industria se da a sí misma, según el modelo de los Oscar, más aún hay que hacerlo de los que otorga un jurado nombrado por el poder político de turno, el que sea. Pues incluso sobre los que podrían ser más merecidos recae ya la sospecha de que se ha usado el dinero público con intereses ideológicos, o para promocionar a los amigos o para pagar favores, sean personas o sean empresas.

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sábado, 4 de febrero de 2006

W. H. Auden: «¿Qué significa en el fondo el éxito literario? Verse condenado por personas que no han leído las obras que uno haya escrito, verse imitado por personas que carecen de talento. Sólo hay dos clases de gloria literaria que vale la pena conquistar, aunque el escritor que conquiste cualquiera de las dos no lo sabrá. Una consiste en haber sido el escritor, tal vez un escritor menor, en cuya obra un gran maestro halla, generaciones más tarde, una clave esencial para la resolución de un determinado problema; la otra consiste en convertirse para todos en ejemplo de una vida dedicada, “ser invocado en secreto, retratado, colocado por mano de un extraño en el santuario más secreto de sus pensamientos, de modo que le sirva de testigo, juez, padre y reverenciado mentor”».

W. H. Auden. Prólogos y epílogos (Forewords and Afterwords). Barcelona: Península, 2003; 237 pp.; col. Ficciones; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-8307-558-X. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 22 de enero de 2006

Cuando Thomas Buddenbrook se da cuenta de que no lleva ya las riendas de su vida, que su mano ya no sujeta «los imponderables con la firmeza de otros tiempos», reflexiona y, a la pregunta «¿qué es el éxito?», se responde que viene a ser como «una fuerza, una prudencia y una aptitud enigmática, indefinible»; como «la conciencia de imprimir un impulso al movimiento de la vida con la propia personalidad»; como una «fe en la docilidad de la vida a nuestros mandatos»… Cuando su fatiga y abatimiento van en aumento con el paso de los años, cada vez con más intensidad siente un gran vacío dentro de sí mismo. Su vida, indica el narrador, «no venía a ser sino la de un actor, pero la de un actor condenado a representar siempre, hasta en los más mínimos detalles, un solo y único papel que, salvo en contadas y brevísimas horas de laxitud y soledad, pone a contribución todas las energías y las devora...»

Thomas Mann. Los Buddenbrook (Buddenbrooks, 1901). Barcelona: Plaza & Janés, 1999, 4ª impr.; 747 pp.; col. Ave Fénix; trad. de Francisco Payarols; ISBN: 84-01-42863-7.

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