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Notas del archivo 'Música' :: bienvenidosalafiesta ::    
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miércoles, 12 de octubre de 2016

La canción del corazón es una novela corta de Kevin Crossley-Holland, aunque según se cuenta en los apéndices fue ideada por la ilustradora, Jane Ray, cuando visitó el Museo Vivaldi de Venecia..

Siglo XVIII, Venecia, cuando Antonio Vivaldi es maestro de música en el Ospedale de la Pietà, una institución que a la vez era orfanato y escuela de música. La narradora es una chica llamada Laura, muda, que primero explica cosas del orfanato y de cómo, por lo que le han dicho, a ella la dejaron allí cuando tenía seis meses, y luego se centra en su aprendizaje musical de la mano del padre Antonio. Cuenta que Vivaldi se dio cuenta de sus cualidades para tocar la flauta; que, a los nueve años, es una de las intérpretes de su orquesta; y que, cuando un día toca una canción propia, que tiene dentro, a Vivaldi le gusta y la pone por escrito.

Relato con un fondo histórico que merece ser conocido y con una historia tierna escrita en primera persona por Laura, por medio de párrafos sencillos y con acentos poéticos. Estos son los que prevalecen aunque quede claro el dramatismo de las situaciones personales —abandono, temor, rivalidades, etc.— de la narradora y algunas compañeras. Se habla bien del poder curativo de la música en sí misma y del valor del apoyo mutuo: «Tú, Laura, necesitas a Silvia para mejorar tu habilidad y la seguridad en ti misma; y tú, Silvia, necesitas a Laura para aprender a escuchar y tocar con los demás. En mi caso, [les dice el padre Antonio], aprendo a dar clases, y gracias a que las doy, compongo mejor».

Kevin Crossley-Holland. La canción del corazón (Heartsong, 2015). Madrid: Bruño, 2016; 135 pp.; ilust. de Jane Ray; trad. de Robert Vivero; ISBN: 978-84-696-0418-2. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 7 de mayo de 2008

Una de las novelas de Katherine Paterson, ¡Sal a cantar, Jimmy Jo!, habla de un chico con un don particular para la música, country en ese caso. De lo mismo, pero en Madrid, con un protagonista estudiante de flauta travesera que tiene un talento especial, un don «más fuerte que el engaño», habla un absorbente relato de Santiago Herraiz titulado Nocturno.

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sábado, 3 de mayo de 2008

Gerard Genette: «Leonardo decía, con extraña ingenuidad: “La pobre música, apenas interpretada, se evapora. La pintura, perennizada por el empleo del barniz, subsiste”. Resulta difícil acumular tantos errores en tan pocas palabras: resulta más fácil perennizar una música (por notación) que una pintura, como atestigua el estado en que “subsiste” (casi “apenas pintada") una pintura como, precisamente, la pobre “Cena” del citado Vinci, a quien costaron a menudo muy caras, y muy pronto, sus imprudentes innovaciones técnicas».

Gérard Genette. La obra del arte (1996). Barcelona: Lumen, 1997; 310 pp.; col. Palabra crítica; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 84-264-2373-6.

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domingo, 27 de abril de 2008

Esta es una nota un poco deshilachada, pero ahí va.

Escuché a Joni Mitchell en los años ochenta e incorporé canciones suyas a mi reproductor hace unos años. Mi atención hacia ella creció cuando conocí sus famosas declaraciones de 2002 a la revista Rolling Stone, en las que decía sentir vergüenza de haber contribuido al mundo de la música tal como ahora es: «It's an insane business. Now, this is all calculated music. It's calculated for sales, it's sonically calculated, it's rudely calculated. I'm ashamed to be a part of the music business. You know, I just think it's a cesspool».

Este comentario conduce a que he oído con interés su disco último, Shine, y también The Joni’s Letters, otro (premiado) álbum reciente de Herbie Hancock basado en sus letras. Aún tengo que darles más oportunidades, pues del primero ahora sólo recuerdo una canción como Hana, y el segundo no me ha gustado mucho, sin duda porque no soy capaz de apreciar las sutilezas pianístico-jazzisticas, y también porque yo hubiera escogido canciones tan poderosas como Slouching Toward Bethlehem, basada en un poema de W. B. Yeats, o The Sire of Sorrow, inspirada en el Libro de Job...

Y este rollete termina con que, aunque en relación al Libro de Job he colgado ya notas en el pasado —La fe y el absurdo, El sufrimiento como amor— y una referencia en el comentario a El hombre que era jueves, me ha interesado mucho la sugerente interpretación que de ese libro tan misterioso hace René Girard en La ruta antigua de los hombres perversos. En él, subraya que «en la Biblia, es la víctima quien tiene la última palabra» y que Job tiene una «virtud rara y preciosa entre todas: la inmunidad al mimetismo». Habla de Job como de un Edipo que «se niega hasta el final a unir su voz a la de sus perseguidores», y como de una «Antígona de su propia causa» a quien «le piden que reconozca que su martirio está justificado y se niega». Apunta cómo los amigos de Job cumplen la función terapéutica propia de de los buitres. Y al final acentúa que nunca se pueden situar en el mismo plano «la verdad de los perseguidores» y «la verdad de los perseguidos», y que para comprender de verdad a Job se necesita el texto de la Pasión de Jesucristo, «puesto que Cristo lleva hasta el final lo que Job sólo consigue a medias».

Bueno, ya dije que la nota era un poco rara.

René Girard. La ruta antigua de los hombres perversos (Le route antique des hommes pervers, 1985). Barcelona: Anagrama, 2002, 2ª ed.; 197 pp.; col. Argumentos; trad. de Francisco Díez del Corral; ISBN: 978-84-3391-325-8.

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domingo, 27 de mayo de 2007

Un ejemplo del citado quid quid recipitur es que, al escuchar Breathe, la canción que más me gusta de Faith Hill, me vienen a la cabeza las frases del Génesis acerca de cuando «el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas» y «Yavé Dios se paseaba por el jardín a la brisa de la tarde». Y, sobre todo, pienso en la frase de Jesucristo a Nicodemo, en el Evangelio de San Juan, de que «el viento sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni a dónde va». Así son las cosas.

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sábado, 7 de abril de 2007

Adam Zagajevski: «A la pregunta de si la música europea tiene un centro, si, en otras palabras, hay alguna obra o un fragmento que sea el corazón “absoluto” de la música, B. respondió: Sí, por supuesto, el aria “Erbarme Dich” de la Pasión según san Mateo, de Bach».

Adam Zagajevski. En la belleza ajena.

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sábado, 10 de marzo de 2007

«No hay mayor placer en la vida de un crítico de rock que poder decir: “Ya te lo dije”. La segunda mayor alegría es poder decir: “deberías haber estado allí”, alardear sobre aquellos conciertos fundamentales y aquellas noches reveladoras que cambiaban la música o al menos lograban cortocircuitar los cerebros».

David Fricke. De vuelta al negro. Artículo en Rolling Stone del 24 de septiembre de 1987 contenido en Lo mejor de Rolling Stone (The Best of Rolling Stone, 1993). Barcelona: Ediciones B, 1995; 587 pp.; trad. de Darío Giménez; ISBN: 84-406-5323-9.

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sábado, 3 de marzo de 2007

Una de las canciones españolas que más me gustan es Gente, de Presuntos Implicados. Toda ella es magnífica y su fraseado es verdaderamente reconfortante:

«Gente, que se despierta cuando aun es de noche y cocina cuando cae el sol.
Gente, que acompaña a gente en hospitales, parques.
Gente, que despide, que recibe a gente en los andenes.
Gente que va de frente, que no esquiva tu mirada (...).
Gente, que pide por la gente en los altares, en las romerías.
Gente, que da la vida, que infunde fe, que crece y que merece paz.
Gente, que se funde en un abrazo en el horror, que comparte el oleaje de su alma.
Gente que nos renueva la pequeña esperanza de un día vivir en paz. (...)
Hay ángeles entre nosotros, ángeles entre nosotros...»

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sábado, 30 de septiembre de 2006

El análisis de Allan Bloom sobre la música rock en El cierre de la mente moderna es demoledor. Quizá sea excesivo afirmar, de toda la industria discográfica, que «tiene toda la dignidad moral del tráfico de drogas», pero sin duda no lo es asegurar que «es capitalismo perfecto, ya que abastece la demanda y ayuda a crearla». Y en muchísimos casos sí han resultado ciertas las consecuencias que describe: que un exceso de música rock desde la infancia condiciona (y estropea) las primeras experiencias sensibles, que son las que determinan el gusto durante toda la vida. A la observación de que muchos jóvenes acabarán superando esta música o, al menos, la pasión exclusivista por ella, Allan Bloom asiente pero a la vez señala que ya no podrán ya descubrir otras realidades más ricas: «Mientras tienen puestos los cascos, no pueden oír lo que la gran tradición tiene que decir. Y cuando, después de usarlos largo tiempo, se los quitan, se encuentran con que están sordos».

Allan Bloom. El cierre de la mente moderna (The Closing of the American Mind, 1987). Barcelona: Plaza & Janés, 1989; 395 pp.; col. Hombre y Sociedad; prólogos de Saul Bellow y Salvador Giner; trad. de Adolfo Martín; ISBN: 840123008X.

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sábado, 16 de septiembre de 2006

«Twenty Something», de Jamie Cullum, es una magnífica canción que resulta reveladora sobre tantos chicos que supuestamente han recibido una buena educación, pero que han crecido aprendiendo a escapar de los problemas y no a resolverlos, a esquivar la incomodidad y no a sufrirla. Y pasa el tiempo y, paralizados por la indecisión, acostumbrados a dejarse guiar por las emociones y las presiones del ambiente, prefieren seguir viviendo en una inmadurez adolescente:

«But I'm still having fun and I guess that's the key,
I'm a twenty something and I’ll keep being me.
I'm a twenty something. Let me lie in,
Leave me alone. I'm a twenty something».

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sábado, 29 de julio de 2006

Cuando escucho a Nelly Furtado I’m like a bird, una bonita canción, pienso en qué desgastada está, y qué boba me parece, la imagen «libre como un pájaro»...

En fin, menos mal que luego llega Natalie Imbruglia y me reconcilia un poco con las cancioncillas pop:

«There's more important things
Than making sure your watch looks just right
And second hand opinions
Don't make you look any smarter
Don't you think
Don't you think
Don't you think that maybe
it's time, yes it's time
Time you started thinking
Time you started thinking...»

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sábado, 15 de julio de 2006

Mientras corro, en mi reproductor suenan primero los Bee Gees y luego Abba... Y al volver a casa busco un comentario de Kafka que recordé cuando sonaban cancioncillas como You should be dancing y The Dancing Queen:

«La raíz de la palabra sensualidad es sentido. Eso tiene un significado muy concreto. El hombre sólo puede llegar a alcanzar el sentido a través de lo sensorial. Naturalmente, este camino también es arriesgado: se le puede dar prioridad al medio sobre el fin. Entonces se llega a la sensualidad, que es precisamente la que desvía nuestra atención del sentido».

Gustav Janouch. Conversaciones con Kafka (Gesprache mit Kafka, 1968). Barcelona: Destino, 1999, 2ª impr.; 348 pp.; col. Áncora y Delfín; trad. de Rosa Sala; ISBN: 84-233-3165-2.

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sábado, 3 de junio de 2006

«Don’t stop»,
de Fleetwood Mac, es una canción que tira de mí a pesar de que fuera la canción de las campañas electorales de Clinton (pues nada desvirtúa más una canción que asociarla con la contienda política o con la publicidad de algunos productos). Pero más aún lo hace «Don’t Give up», de Peter Gabriel, por lo bien que habla de tenacidad y del apoyo de los demás (y, en este caso, me importa menos tenerla vinculada con un anuncio para televisión de la ONCE, hace unos años). De todas maneras considero importantes los «hacia dónde» y los «para qués»: no sólo es que «yesterday is gone» lo quieras o no y que invocar el futuro como tierra prometida tiene poco sentido, sino que también la tenacidad y apoyar a los amigos son cualidades importantes según para qué cosas.

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sábado, 6 de mayo de 2006

Al escuchar el otro día «We shall be free», de Garth Brooks, pensaba en por qué, aunque sea una canción que me gusta, no me acaba de convencer. Concluía que, quizá, eso se deba a que es algo voluntarista... No es sólo que resulte difícil imaginar un momento «when money talks for the very last time» sino que, tal vez, ese tipo de propuestas sobrepasan las emociones que una buena canción puede contener y despertar. Y luego, al volver a oír una vez más a John Denver «Country Roads» «take me home», se me ocurría que pocas canciones como esa tocan tan bien la tecla de la nostalgia..., y que, al fin y al cabo, todas las nostalgias son una única nostalgia.

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sábado, 29 de abril de 2006

Cuando el fallecido Freddy Mercury, con quien me pasa lo mismo que comenté sobre Michael Jackson, grita «I want to break free», pienso en lo difícil que es desear la libertad si uno no tiene idea de qué habla: ¿libertad de qué?, ¿libertad para qué? ¿qué da sentido a la libertad? Al oír «Heart of Glass», de Blondie, con el lamento de que «Love is so confusing» y que todo acaba siendo como «a pain in the ass» (y ojalá sólo fuera eso), pienso en cómo muchas ficciones, y también estas cancioncillas, cumplen el papel de ser como una especie de «simuladores de vuelo» de los sentimientos, y en cómo, al no ser simuladores fiables, es inevitable que conduzcan a unas bofetadas posteriores que, no pocas veces, serán irremediables.

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sábado, 22 de abril de 2006

Cuando escucho música mientras corro se ve que las neuronas cogen su propio ritmo y van encadenando asociaciones mentales de todo tipo. «Where the streets have no name», en la versión discotequera de Pet Shop Boys mejor que en la de U2, me hace rezar por África. Con «The Man in the Mirror», de Michael Jackson, pienso en que todos tenemos derecho a ser recordados por lo mejor, en su caso por algunas canciones tan excepcionales como esta, y en cuánto ganaríamos todos si le hiciéramos caso: «I'm Gonna Make A Change, (...) I'm Starting With The Man In The Mirror».

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jueves, 16 de junio de 2005

Leo que los componentes de Pink Floyd vuelven a unirse para actuar en un concierto contra la pobreza el 2 de julio próximo. Con ese motivo he buscado la noticia del 27 de noviembre de 2004, cuando la BBC decía de que los chicos de la Islington Green School, del norte de Londres, que grabaron con ellos el año 1979 los coros de «We Don't Need No Education» para The Wall, pedían que se les pagasen los «royalties» correspondientes a los más de doce millones de copias vendidas. En su momento, decía la noticia, los 23 chicos del coro fueron al estudio de grabación llevados por su profesor de música pero sin el permiso de la directora del colegio, que les prohibió luego que dijeran nada de su participación en el asunto a la vista del escándalo que provocó la letra: «We don't need no education, we don't need no thought control, no dark sarcasm in the classroom — teachers leave them kids alone». En su momento al colegio le pagaron mil libras y les dieron un disco de platino pero a los chicos del coro no se les pagó nada. Sin embargo, ahora la directora del colegio sí apoya la reclamación de sus antiguos alumnos. ¿Será que los miembros de Pink Floyd vuelven para combatir la pobreza de sus antiguos chicos del coro? ¿O quizá vuelven porque se han dado cuenta que no hay mayor pobreza que la de tener poca o mala educación y están arrepentidos de la letra de su, por otra parte, magnífica canción?

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