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Notas del archivo 'Violencia' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 6 de mayo de 2016

La tierra que pisamos es la segunda novela de Jesús Carrasco. Con una construcción cuidada y una prosa rica como eran las de Intemperie, aquí el autor presenta una historia que ambienta en unos pasajes desolados, en las primeras décadas del siglo XX, cuando todo está controlado y gobernado por un Imperio totalitario y lejano. La narradora es Eva Holmann, una mujer mayor que cuida de su marido, un militar inválido y enfermo, con un largo historial de crueldades. Viven en una finca, a las afueras de un pueblo extremeño, con la única compañía de un perro y una yegua. La historia comienza cuando llega un extraño, llamado Leva, a su huerta. Poco a poco, por medio de las reflexiones y suposiciones de la narradora, conocemos su pasado en campos de concentración.

Se hace notar la violencia inhumana de algunas acciones con párrafos de una enorme intensidad: «Ven arder la pira a cierta distancia, sin saber que ese olor quedará para siempre tatuado en sus mentes. El fuego envolviendo crepitante la masa descoyuntada, caramelizando pieles y ropas hasta fundirlas». El relato se centra en el mundo de sentimientos que se levantan en la protagonista cuando rememora lo sucedido y se siente invadida por el dolor y el arrepentimiento: «No había más misterio que la culpa: la de saber que había levantado mi casa sobre la sangre de los suyos. La de haberme envuelto en la bandera de la tradición, el Imperio y la religión para participar de este expolio».

La novela no sorprende como lo hizo Intemperie. No sólo porque ya no son una novedad la categoría de la escritura del autor, ni porque se parezcan algo los escenarios de ambas novelas, sino también porque la inhumanidad de las guerras del siglo XX ha sido retratada ya muchas veces. Por otro lado, en Intemperie la esperanza se abría camino al final, cosa que aquí se propone con un sí pero no: «Y por primera vez en tu vida, a pesar de haber estado en muchos velatorios, sientes que aquello que el cura decía sobre la resurrección y el encuentro tiene que ser cierto. (…) Te entregas al misterio de creer lo que los sentidos no admiten: que habrá un encuentro con los otros, que la muerte no es sino una puerta por la que se entra y no se sale, pero un paso, a fin de cuentas, que presupone una estancia ulterior ya que, de lo contrario, ¿qué sentido tiene el umbral?»

Jesús Carrasco. La tierra que pisamos (2016). Barcelona: Seix Barral, 2016; 270 pp.; col. Biblioteca Breve; ISBN: 978-84-322-2733-2. [
Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 4 de octubre de 2013

Esta reseña
informa más que bien de Intemperie, de Jesús Carrasco, una novela realmente poderosa. Yo no recuerdo ninguna novela española de los últimos años que me haya interesado tanto (esto no quiere decir mucho, sin embargo, pues leo más bien pocas). Su argumento es que un niño huye de su casa, perseguido por el alguacil del pueblo, y acaba con un anciano pastor de cabras, hosco pero que le da de comer y, al fin, le protege. Dos únicas prolepsis, una tranquilizadora y otra inquietante, dan alguna pista sobre lo que va a ocurrir. Su referencia más clara es, me parece, la obra de Cormac McCarthy: sin duda La carretera, por lo que tiene de viaje de un adulto y un niño por un mundo desolado, pero también sus primeras novelas violentas y desasosegantes como Hijo de Dios.

Uno de los aspectos que a mí me atrajo es lo que tiene de novela de aprendizaje, un aprendizaje singular ciertamente, que se sintetiza en una escena extraordinaria en la que el chico —después de haber huido de un extraño tullido que intentaba entregarle al alguacil, y de haberlo dejado malherido— vuelve junto al cabrero y este no se comporta con él como esperaba: «Entendió que el viejo no sería quien le entregara la llave al mundo de los adultos, ese en el que la brutalidad se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria. Él había ejercido la violencia tal y como había visto hacer siempre a quienes le rodeaban y ahora, como ellos, reclamaba su parte de impunidad. La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror, él había levantado la espada en vez de poner el cuello. Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres, en seres invulnerables. Creía que el viejo le haría pasar, coronado de laurel por un esclavo, bajo el arco de la victoria». Pero no es así.

Jesús Carrasco. Intemperie (2013). Barcelona: Seix Barral, 2013; 224 pp.; col. Biblioteca Breve; ISBN: 978-84-322-1472-1.

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domingo, 4 de septiembre de 2011

Hace tiempo comenté una tira de Calvin y Hobbes en la nota Violencia espectacularizada. En otra sobre la misma cuestión Calvin dice: «Anoche estuve viendo una película antigua con mamá». En la segunda viñeta continúa: «No tenía violencia, acción explosiva o palabrotas. No había nada impactante». En la tercera Hobbes le pregunta: «¿Te gustó?», y Calvin contesta: «Es difícil de decir». En la cuarta comenta: «Es una experiencia extraña que no manipulen mis emociones».

En fin, como dice Antonio Damasio, «los sistemas educativos podrían beneficiarse del hecho de resaltar las conexiones inequívocas entre los sentimientos actuales y los resultados futuros predichos, y que la sobreexposición de los niños a la violencia, en la vida real, en las noticias o a través de la ficción audiovisual, degrada el valor de las emociones y de los sentimientos en la adquisición y el despliegue del comportamiento social adaptativo. El hecho de que se presente tanta violencia vicaria sin un marco de referencia moral no hace más que agravar su acción desensibilizadora».

Bill Watterson. «La buena vida», Felino maníaco homicida (Homicidal Psicho Jungle Cat, 1996), Barcelona: Ediciones B.
Antonio R. Damasio. El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano (Descarte’s error, 1995). Barcelona: Destino, 2011; 399 pp.; col. Imago Mundi; trad. de Joandomènec Ros; ISBN: 978-84-233-4496-3.

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domingo, 14 de noviembre de 2010

Otra de las jugosas reflexiones que figuran en La Grecia antigua contra la violencia, de Jacqueline de Romilly, es la de que la Grecia clásica fue «el pueblo de las leyes no escritas». En sus obras literarias, dice la escritora francesa, se nos enseña a «superar el marco de la ciudad y de las leyes escritas para descubrir estas reglas mucho más generales: se nos muestra un nuevo horizonte. [Encontramos esas reglas en Jenofonte; en Las suplicantes, de Eurípides; y] conocemos el importante lugar que ocupan en la obra de Sófocles, ya sea en Antígona, ya en Edipo rey». En esas obras vemos que «se les da un valor sagrado diciendo que se asientan en la proximidad de los dioses y que nadie sabe cuándo aparecieron: son imperecederas. (…) Aparecen siempre que se trata de un deber de humanidad hacia víctimas que podrían estar protegidas por los dioses: suplicantes refugiados en un santuario, hombres que se rinden en el combate, personas investidas por la función de embajador y, sobre todo, gente deseosa de enterrar a sus muertos. Son la regla que surge en un mundo sin reglas, en plena guerra, que repudia algunas violencias y las condena apasionadamente. Desde luego, estas reglas han sido frecuentemente violadas. Y casi nos congratularíamos de ello, porque esas violaciones fueron la oportunidad para que aparecieran esos textos elocuentes, destinados a recordar su existencia y a defenderlas. Definen un deber de humanidad y una solidaridad humana».

Jacqueline de Romilly. La Grecia antigua contra la violencia (La Grèce Antique contre la violence, 2000). Madrid: Gredos, 2010; 153 pp.; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-0633-7.

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viernes, 1 de octubre de 2010

En La Grecia antigua contra la violencia, Jacqueline de Romilly habla de cómo los clásicos griegos «lucharon contra la violencia con las palabras, palabras insertadas en obras literarias, palabras portadoras de sentido». Entre muchas otras consideraciones interesantes, al final pone un ejemplo para señalar una importante diferencia de tono entre las obras modernas y las clásicas tragedias griegas cuando tratan sobre la violencia. Cuando la Antígona de Sófocles es conducida a la muerte se lamenta de su destino y de que vaya a morir «sin lecho nupcial, sin canto de bodas, sin haber tomado parte en el matrimonio ni en la crianza de hijos»: «los deleites de la vida, dice Romilly, siguen estando ahí, como un furtivo pesar en el corazón de la tragedia. Por el contrario, en la Antígona de Anouilh, lo que Antígona rechaza, lo que repudia, es toda la vida en su conjunto: “esa triste palabra, la felicidad”. Seguramente no sea gran cosa; pero la diferencia de mentalidad entre las dos épocas se trasluce en este detalle. Y es grave, pienso, no creer en la felicidad».

Por eso, y vuelvo atrás en el texto de Romilly, «la literatura será lo que es; pero, en las aulas, para los jóvenes, cuando se trata de inculcarles —hasta donde sea posible— todo lo que pueda hacer retroceder la sombría violencia que padecemos, sería preciso más bien formar su juventud con los autores antiguos o clásicos. A los autores más modernos siempre los podrán conocer por el contexto del presente; los jóvenes ciertamente no los ignorarán. Pero cabe la esperanza de que la lectura de otros textos ayude a fortalecer en ellos el asco por la violencia, y a permitir que se desarrollen en ellos fuerzas de resistencia. Hay que comunicarles, a cualquier precio, un poco de esta savia y de este impulso que hemos perdido». (Bueno, no a cualquier precio, añadiría yo).

Jacqueline de Romilly. La Grecia antigua contra la violencia (La Grèce Antique contre la violence, 2000). Madrid: Gredos, 2010; 153 pp.; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-0633-7.

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jueves, 30 de septiembre de 2010

Siento prevención ante las novelas en las que un escritor viene y cuenta un conflicto de otro país: siempre me parece que, por muy bien que lo conozca, tiene difícil hacerse cargo de toda la carga histórica y emocional que suele haber detrás. Al mismo tiempo es cierto que, a veces, es una manera, incluso la única, en la que podemos empezar a comprender algunas cosas. Luego, mi desconfianza inicial puede crecer con la lectura, o porque ya conozco algo sobre la materia o porque hay comportamientos o situaciones que no me parecen creíbles; o puede disminuir, sobre todo cuando la narración no pretende ser más que un buen relato y una buena exposición de los hechos.

Este último es el caso de Llora Jerusalén, de Santiago Herraiz, cuya protagonista, Nora, una chica de dieciséis años que vive con sus abuelos, cuenta las cosas unos años después. Su narración comienza cuando una compañera de clase se suicida en un atentado terrorista en el que mueren varias personas más. Pocos días después, en una celebración familiar a la que ha sido invitada por su amiga Fátima, Nora es testigo de cómo un primo de Fátima, Ahmed, un chico de pocos años, es alcanzado por una bala disparada por soldados israelíes. Luego, Nora impide que Tarek, el hermano de Ahmed, lleve a cabo un atentado en venganza por lo sucedido. Más tarde, hará lo mismo cuando sea Fátima la que intente otro. En medio de la irracionalidad de los atentados suicidas y de las decisiones políticas y militares que azuzan más el odio, Nora ve cómo hay quienes optan por el perdón y también conoce por fin quiénes fueron sus padres.

Relato intenso que atrapa y no da respiro al lector. Nora es una chica lista que desea comprender, capaz de mantener una gran entereza en situaciones límite. Su narración muestra las distintas caras del conflicto por medio de sus reflexiones y de sus conversaciones: con sus amigos y amigas, con sus abuelos, con una profesora, con un fraile al que conoce un día que entra en una iglesia, con un oficial israelí. A través del comportamiento de algunos personajes —una madre palestina, una madre israelí, la misma Nora—, se acentúa el valor de quienes optan por el perdón e intentan actuar con sentido de la justicia. Se puede objetar que los diálogos son demasiado buenos y, por tanto, irreales tal como están contados, pero es cierto que la literatura, y en particular la literatura juvenil, también es eso: hacer más corta una historia larga, hacer comprender más con menos. Y no es fácil hablar tan bien de cómo Jerusalén, el lugar donde más se ha amado —dice un personaje—, es, también, el lugar donde más se ha sufrido y se sufre.

Santiago Herraiz. Llora Jerusalén (2009). Madrid: Bruño, 2009; 176 pp.; col. Paralelo Cero; ISBN: 978-84-216-6293-9. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 9 de mayo de 2008

Misterio y Maneras
recoge una serie de textos de Flannery O’Connor. Incluye conferencias formales y otras intervenciones, que habían sido preparadas para coloquios y que fueron organizadas luego por los editores a partir de borradores. El subtítulo lo aclara un poco: «Prosa ocasional, escogida y editada por Sally y Robert Fitzgerald». Tres de ellos —Naturaleza y fin de la narrativa, La Iglesia y el escritor, Introducción a la biografía de Mary Ann— se habían publicado ya, junto con varios relatos, en El negro artificial y otros escritos (cosa que no entiendo muy bien teniendo en cuenta que los dos libros han sido publicados por la misma editorial).

Es un libro indispensable para, en primer lugar, quien esté interesado en la escritora y desee conocer explicaciones suyas acerca de sus cuentos. Será útil para quien quiera reflexionar en qué consisten la literatura y el trabajo literario cuando uno se los toma en serio. Dará muchas ideas a cualquier profesor de literatura: son excelentes los textos titulados La enseñanza de la literatura y La literatura en el instituto.

Y, además de otras cosas, puede aclarar a ciertos lectores cuál es la razón de la violencia en sus relatos (o en la de autores como Cormac McCarthy): «Sospecho que las razones para usar tanta violencia en la literatura contemporánea varían según cada escritor, pero he descubierto que, en mis cuentos, la violencia tiene la extraña capacidad de devolver a mis personajes a la realidad, y de prepararlos para aceptar su momento de gracia. Tienen la cabeza tan dura que esto es casi lo único que funciona». Pero no sólo con los personajes, también con los lectores: «He descubierto que quien lee lo que escribo es un público que da poco crédito a la gracia o al demonio. Descubres a tu público a la vez y de igual forma que a tu tema».

Flannery O’Connor. Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.

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domingo, 20 de abril de 2008

He aprendido cosas con El poder del arte, de Simon Schama, una obra preparada para mostrar la obra cumbre de ocho pintores famosos en una serie de televisión de la BBC, a pesar de la decepción que me han causado algunos comentarios irónicos y «sobreinterpretativos» que no vienen a cuento.

Del capítulo dedicado a Picasso, centrado en el Guernica, una cita: «Esto es lo que debe lograr todo el gran arte: impactar en nuestra perezosa rutina. El Guernica combate el hábito verdaderamente mortífero, enfermedad de nuestros tiempos y de los suyos, de acostumbrarnos a los actos violentos y perversos, de bostezar cuando contemplamos una matanza en la pantalla: ¡ya lo he visto!; ¡venga, otra cosa!; ¡no estropeemos el placer que nos da el arte! No fue creado para entretener. Fue concebido para levantar ampollas, para quitarnos el sueño. Y lo hizo».

Al leer esto pensaba —no por primera vez— si alguna obra de arte tendrá esa capacidad en el caso de una tragedia como la del aborto en nuestras sociedades desarrolladas. Y, de momento al menos, mi conclusión es que no: además de que sus dimensiones son incomparables con las de cualquier conflicto bélico o con cualquier catástrofe, sigue habiendo muchas complicidades interesadas en orientar los altavoces y los focos de modo que una mayoría no escuche y mire hacia otro lado.

Simon Schama. El poder del arte (The Power of Art, 2006). Barcelona: Crítica, 2007; 499 pp.; trad. de Juan Rabasseda Gascón; ISBN (10): 84-8432-872-4.

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sábado, 8 de diciembre de 2007

Paul Ricoeur
pensaba que «en las ciencias humanas no hay procedimientos rigurosos de verificación pero sí los hay de validación (...): “una interpretación no debe ser solamente probable, sino más probable que otra. Hay criterios de superioridad relativa (...), no es verdad que todas las interpretaciones sean equivalentes”». En su mente, ese criterio de validación había que «completarlo con un segundo criterio no menos importante: “ni en crítica literaria ni en las ciencias sociales hay lugar para una última palabra. O, si la hay, la denomino violencia”».

Vicente Balaguer. La interpretación de la narración. La teoría de Paul Ricoeur (2002). Pamplona: Eunsa, 2002; 197 pp.; col. Anejos de RILCE; ISBN: 84-313-1969-0.

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viernes, 21 de abril de 2006

Los periódicos han hablado días pasados de la caza de focas a bastonazos que tiene lugar anualmente. Terrible, parece, aunque los habitantes de la zona (y se ve que los políticos que los pastorean) no lo aprecian así. Este tipo de noticias me recuerda siempre una frase de Claudio Magris en su magnífico libro El Danubio: «En el sótano más bajo, fundamento de todo el edificio que en lo alto ofrece un concierto de Mozart o un cuadro de Rembrandt, habita el dolor del animal, corre la sangre del matadero». Lo verdaderamente trágico, sin embargo, es que no es sólo la de los animales.

Claudio Magris. El Danubio (Danubio, 1986). Barcelona: Angrama, 2004; 384 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Joaquim Jorda; ISBN: 84-339-3142-3.

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domingo, 6 de noviembre de 2005

«Poco antes de morir en Verdún, en 1913, Franc Marc pintó una visión del apocalipsis aplastando la vida inocente titulada El destino de los animales. Esa visión trágica de la materia —la tierra y sus plantas no menos que las formas de animales— dividida y rota por implacables flechas resulta ahora realmente profética, el equivalente alemán a la pregunta formulada por Wilfred Owen desde las trincheras (de la primera guerra mundial): "¿Qué toque de difuntos hay para aquellos que mueren como ganado?"». Pero el arte no impide que las matanzas continúen.

Robert Hughes. El impacto de lo nuevo.

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miércoles, 21 de septiembre de 2005

Mientras que nunca existen injusticias legítimas sí que hay violencias legítimas: la del profesor o del padre que castiga cuando y cómo debe, la del Estado que detiene a un criminal, la del que se rebela justamente contra un tirano... A su nivel, cualquier niño que haya tenido una mínima experiencia de peleas o que haya sufrido en su carne o visto a su alrededor el abuso de algún compañero desaprensivo, comprende pronto que lo verdaderamente malo no es la violencia sino la injusticia. Por eso, cuando se quiere transmitir a los chicos el mensaje de que la violencia tiene consecuencias desastrosas, es importante no hacerlo de modo simplificado.

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miércoles, 14 de septiembre de 2005

Recordando reflexiones de Calvin.

En la primera viñeta, comenta para sí: «Violencia explícita en la tele».
En la segunda engarza una secuencia de frases: «¿Hace atractiva la violencia?, seguro; ¿nos insensibiliza?, por supuesto; ¿nos ayuda a tolerar la violencia?, claro; ¿embota nuestra empatía?, rayos, sí».
En la tercera se pregunta: «¿Provoca violencia? ..., bueno, es difícil de probar».
Y en la cuarta concluye: «El truco está en hacer la pregunta adecuada».

Y es que la violencia espectacularizada en los medios y en las ficciones forma parte de las experiencias de los niños y los adolescentes por lo que, incluso aunque intente transmitir el mensaje de que la fuerza no es un buen recurso, por la vía de los hechos se les está enseñando que la violencia es algo rutinario.

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viernes, 13 de mayo de 2005

Contrabando en el Miño en los años cuarenta. El guardia civil se aposta encima del puente a la espera de que pasen la mercancía. Nadie aparece hasta que, al cabo de varias horas, se presenta el jefe de los contrabandistas. Le saluda y le tiende un fajo de billetes con la mano izquierda mientras le apunta con una pistola en la derecha. «Escoge», le dice.

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