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Notas del archivo 'Jóvenes' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 15 de enero de 2017

Hace tiempo leí aquí el discurso que Joseph Brodsky pronunció, en diciembre de 1988, en la ceremonia de graduación de la Universidad de Michigan, Ann Arbor. Lo he leído ahora, en castellano, en una colección de ensayos variados titulada Del dolor y la razón. Al principio de su discurso Brodsky se pregunta si podría transmitirles a sus oyentes «algo de la vida que pudiera serles útil o valioso», y, aunque afirma que existe «un muro invisible entre las generaciones, un telón irónico, por así decirlo, un velo transparente que casi impide el el paso de cualquier experiencia», y que, «como máximo, deja pasar la punta de algún consejo», se arriesga a proponerles algunas ideas y orientaciones. Elijo aquí unos párrafos, normalmente los que encabezan cada una de sus propuestas y, a veces, alguno más, y advierto que vale la pena leer el texto completo.

Estos consejos da Brodsky a sus jóvenes oyentes:

1. Ahora, y en el futuro, os compensará el esfuerzo de ser precisos con el lenguaje. Cuidad vuestro vocabulario como si se tratase de vuestra cuenta corriente. Dedicadle todo tipo de atenciones e intentad engrosarlo.

2. Ahora, y en el futuro, intentad ser amables con vuestros padres. (…) Si tenéis que rebelaros, rebelaos contra quienes no son tan vulnerables. Los padres constituyen una diana demasiado cercana (al igual que los hermanos, las hermanas, las esposas y los maridos): es imposible errar el tiro.

3. Intentad no conceder demasiada importancia a los políticos; no tanto por su estupidez o su deshonestidad, sin duda muy frecuentes, como por las dimensiones de su trabajo, excesivas incluso para los mejores de ellos, sean cuales sean el partido, la doctrina o el sistema político —o proyecto de tal— que consideremos. Como máximo pueden reducir algún mal social, no erradicarlo.

4. Procurad no sobresalir, procurad ser modestos. Somos muchos, y muy pronto vamos a ser muchos más. Por lo tanto, quien sube al escenario y se coloca bajo el foco lo hace a costa de los que no pueden. Que no nos quepa más remedio que pisarnos unos a otros no justifica que os subáis a los hombros de los otros. (…) Os aconsejaría también bajar el tono de vuestras voces, pero me temo que pensaríais que estoy yendo demasiado lejos. No olvidéis, sin embargo, que siempre hay alguien cerca de vosotros (…).

5. Intentad por todos los medios no caer en el victimismo. La parte del cuerpo más peligrosa es el dedo índice, siempre ansioso de señalar culpables. Un dedo que señala es el símbolo de la víctima, opuesto al signo de victoria y equivalente al de derrota. Por abominable que sea vuestra situación, procurad no echar las culpas a nada ni a nadie: la historia, el poder, los superiores, la raza, los padres, la fase lunar, la infancia, la etapa anal, etcétera. Las posibilidades son infinitas y tediosas, y su infinitud y su tedio justifican de sobra que nuestra inteligencia las rechace.

6. El mundo en el que estáis a punto de integraros no goza de buena reputación. (…) No es un lugar agradable, como muy pronto descubriréis, y albergo serias dudas de que cuando lo abandonéis haya mejorado un poco. Pero es el único mundo disponible: no existe alternativa, y aunque existiera, no tenemos garantías de que fuera mucho mejor. (…) Procurad no dar demasiada importancia a los que intenten hacer desdichada vuestra vida. (…) Sobre todo, intentad no contar historias sobre lo mucho que os maltrataron. (…) Cambiad de canal: no podéis dejar fuera de circulación a una cadena, pero sí contribuir al descenso de sus índices de audiencia. Esta solución probablemente no satisfará a los ángeles, pero la intención es dañar a los demonios, y por el momento eso es lo que importa.

Joseph Brodsky. Del dolor y la razón (From Pain and the Reason). Madrid: Siruela, 2015; 388 pp.; col. El Ojo del Tiempo; trad. de Antoni Martí García; ISBN: 978-8416280520. [Vista del libro en amazon.es]

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SerraCansados.JPG
viernes, 29 de agosto de 2014

Los cansados, de Michele Serra, me ha interesado: por su contenido y porque está muy bien escrito, a la vez con garra y con altura literaria. El narrador se dirige a su hijo, de 18 años, para mostrarle su incomprensión y su exasperación ante su comportamiento —desordenado, descuidado, todo «un perfeccionista de la negligencia»—. Al principio de su relato señala cómo, muchas veces, en su cabeza se desarrolla una especie de congreso donde distintas voces opinan sobre cuál debería haber sido su conducta como educador: «el título ideal de tan farragoso simposio debería ser: “Cuántas veces, en lugar de mandarte al carajo, hubiera debido abrazarte. Cuántas veces te abracé y, en cambio, hubiera debido mandarte al carajo”». Compara las actitudes ante la vida que tuvo él cuando era joven con las de la nueva generación y ve poco contacto: «yo no era ni más dócil ni más sensible ni más inteligente que tú. Pero pertenecía a una época —¿la última?— en la que el conflicto entre Viejos y Jóvenes tenía lugar en un mismo campo de batalla». Habla de que está escribiendo una novela sobre una guerra entre Viejos y Jóvenes e incluye algunos textos. Todo se desarrolla en capítulos cortos y en varios, alternos, menciona propuestas que le hace a su hijo, todas fallidas menos la última, para que le acompañe al monte, al Paso de Nasca, como él hizo con su padre varias veces.

El narrador se describe bien a sí mismo: «en términos técnicos, soy el típico relativista ético». Dice pertenecer a esa «porción de adultos occidentales que, a excepción de una reducidísima serie de preceptos atemporales y sin copyright (del tipo no matar y no robar), son incapaces de considerar indiscutible ningún planteamiento ético, especialmente en la vida privada». Explica irónicamente que los padres de esta postépoca, como él, han desechado el imperativo y se lamenta de que su hijo no lo aprecie: «Tú que tienes enfrente a un postpadre titubeante y, en el fondo, cómplice, ¿cómo es posible que no te des cuenta de la suerte que tienes? Sé perfectamente que no basta, como Sentido de la Vida, con un váter limpio. No soy tan idiota. Pero el escalofrío (inédito durante siglos) de una relativa libertad, ¿cómo es posible que solo llegue a generar dejadez y malestar, pereza y mal humor, y no, a la vez, un alivio compartido, el de haber abatido, por fin, todos juntos, ese tótem inhumano, feroz, castrante que es el Absoluto?».

Sin embargo, también señala, con honradez, dos cosas. Una que si él es un burgués de izquierdas, «en ninguna parte está escrito que tú también debas convertirte en un burgués de izquierdas». Otra, que tiene «la fundada sospecha —casi una certeza— de que las generaciones anteriores, en lo que respecta al arte de no dejarse abrumar por sus hijos, estaban mucho mejor equipadas que la nuestra». Y el lector, o un lector como yo, le puede preguntar al narrador: vale, entonces, ¿no estará la solución en «el equipamiento» que tenían ellos y tú ahora no tienes?, ¿no tendrías que volver, como Robinson Crusoe, a los restos del naufragio a ver si allí está lo que necesitas?

Michele Serra. Los cansados (Gli sdraiati, 2013). Madrid: Alfaguara, 2014; 147 pp.; trad. de Carlos Gumpert; ISBN: 978-84-204-1716-5. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 19 de septiembre de 2013

Sueños de diseño, de Carlos Goñi, es una novela juvenil bien escrita y pensada para revelar, a quienes no lo sepan, cómo un chico joven puede llegar a consumir drogas sin que se den cuenta las personas de su entorno. El relato comienza cuando Alfredo Morales, sorprendentemente, porque siempre había sacado bien los cursos, suspende la selectividad. El apoyo de sus padres y de sus amigos no es suficiente para levantarle el ánimo y, a partir del casual encuentro con un antiguo conocido, su vida cambia. Rompe con su novia, comienza a trabajar en el despacho de su padre de lunes a viernes, y los fines de semana se va siempre de fiesta.

El argumento es sencillo. Está bien dibujada la forma en que se desarrollan los pensamientos del protagonista para dejarse llevar y terminar enganchándose. Los diálogos que tiene, al final, con una chica que conoce bien a dónde lleva ese camino, le hacen entender que la felicidad que busca son «sueños de diseño» que otras personas preparan para él. Aunque cabría discutir si sería conveniente o no una mayor crudeza descriptiva, o si el desenlace actual tiene más o menos lógica que otros, o si haría falta más información sobre quienes son los responsables últimos de la cuestión, de relatos así lo que al final importa es el eco que tengan en los lectores, no sólo los jóvenes. Y, en esa dirección, aunque son otros los que tienen la última palabra, me parece que es eficaz.

Carlos Goñi. Sueños de diseño (2013). Barcelona: Planeta, 2013; 162 pp.; col. Cuatrovientos; ISBN: 978-84-08-11437-6.

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viernes, 8 de junio de 2012

Con los claros acentos autobiográficos de todas las narraciones de Thomas Wolfe, en Una puerta que nunca encontré se presentan cuatro textos titulados, cada uno, con una fecha: octubre de 1931, de 1923, de 1926, y abril de 1928. En el primero, el narrador está con un anfitrión rico, acerca del que ironiza y a quien le cuenta su vida en el barrio armenio de Brooklyn. En el segundo se centra, sobre todo, en su regreso a su ciudad natal cuando su padre ha muerto hace ya un tiempo. En el tercero habla del tiempo que vivió en Inglaterra y es el único de los relatos con acentos algo distintos y con momentos divertidos. El cuarto se corresponde con la época en la que vivió en una calle donde había un gran almacén al que llegaba y de donde partía cada día una flota de camiones.

Son textos publicados antes de Del tiempo y del río, un libro extenso donde cada una de estas escenas, levemente cambiadas, tuvieron su hueco. Por eso, quien no haya leído ese libro tiene aquí, como en el recientemente publicado El niño perdido, otra oportunidad de probar a Wolfe: descripciones urbanas en el primer capítulo, del campo y de personajes de su ciudad natal en el segundo, una irónica y divertida pintura de aspectos de la vida inglesa en el tercero, y un elogio con tintes épicos de los camioneros cuyo trabajo nocturno da vida a Norteamérica. Todo está unificado, también como es habitual en Wolfe, por lo que indica el título: por los lamentos del narrador ante la imposibilidad de aquietar su corazón y encontrar la puerta para entrar a un mundo donde llevar «una vida afortunada y feliz como jamás has visto».

Como Eugene Gant en Del tiempo y el río, también este narrador sin nombre pasa horas y horas en la gran biblioteca de la universidad leyendo libros como un poseso, para terminar completamente desalentado: «quería saberlo todo, y me volví loco cuando descubrí que no podía conseguirlo». Su desmesura incluso le impide ver los momentos en los que puede tener la solución que busca entre las manos, como cuando se lamenta de la muerte de su padre y concluye así: «supe que cada hombre que ha vivido sobre la faz de la tierra ha buscado y busca a su padre, y supe que incluso cuando el padre ha muerto, su hijo lo busca incansablemente hasta por las calles de la mala vida, con tal de encontrarlo, y supe que el hijo nunca pierde la esperanza y siente que algún día verá de nuevo el rostro de su padre».

Thomas Wolfe. Una puerta que nunca encontré (No Door, 1937). Cáceres: Periférica, 2012; 101 pp.; col. Largo recorrido; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-54-3. [Vista del libro en amazon.es]


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jueves, 24 de febrero de 2011

El narrador de Yo conocí a Muelle, de Jorge Gómez Soto, es Luis, un personaje que, años después, recuerda su actividad adolescente como grafitero y su enamoramiento de una chica. Cuando él y su amigo Hot empiezan a pintar paredes, les guía un grafitero experto llamado Spirit que les entretiene con anécdotas de un grafitero legendario, Muelle, a quien él conoció. Un día en el que acaban huyendo de la policía, Luis se refugia en un local en el que ve actuar a un cuentacuentos y allí, además de conocer a Ana, descubre un mundo que le fascina. Más tarde Hot y él se unen a una pandilla de grafiteros liderada por un tipo llamado Ghost, con lo que se distancian de Spirit, y entran en combates con otra banda. También progresa su relación con Ana y su actividad como cuentacuentos, para la que tiene más talento que para pintar paredes.

La narración es clara y los diálogos suenan naturales. Están entretejidas con soltura las evocaciones de Spirit, con las actividades de los grafiteros y con las de los cuentacuentos. La novela se centra en la relación de amistad entre Luis y Hot; en la que mantienen ambos con Spirit; y en la de Luis con Ana. Su objetivo, que consigue bien, es contar el proceso de autoconocimiento de un narrador que se hace consciente de su falta de condiciones naturales para unas cosas y de su pasión por otras. Además, habla del poder transformador de los relatos y aporta información sobre actividades y lenguajes de argot de algunos ambientes juveniles de barrios madrileños.

Cabe señalar que Ghost parece un personaje algo estereotipado, y que a ciertos comentarios les sobra énfasis, al menos para los que no vemos ni la épica ni la mística de la cuestión —por ejemplo, a este de Spirit: «me puse el nombre idóneo. En realidad soy un espíritu, la sombra huérfana de algo que en tiempos existió, el espectro de una realidad extinguida»—. También hay que apuntar la no pequeña dificultad a la que se ha enfrentado el autor: la de plasmar por escrito las emociones que puede causar algo que ha sido hecho para ser visto, como son las pintadas en las paredes; y algo que sólo se aprecia cuando lo escuchas y lo ves, como es la magia que puede desprender un cuentacuentos.

Jorge Gómez Soto. Yo conocí a Muelle (2010). Madrid: SM, 2010; 256 pp.; col. Gran Angular; ISBN: 978-84-675-4353-7.

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jueves, 20 de mayo de 2010

Dark Dude
es la primera y premiada novela para jóvenes de Oscar Hijuelos, premio Pulitzer hace años. No es genial y, para muchos, no tendrá un particular interés, pero sí habrá quien valore lo que se cuenta, por lo que tiene de buen retrato de unos chicos desorientados y de unos ambientes socialmente desastrados, y cómo se cuenta, con fluidez y mucha más elegancia de lo que se acostumbra en el género.

Finales de los años sesenta, Harlem, Nueva York. El narrador y protagonista es Rico Fuentes, un chico de dieciséis años, cubano pero rubio debido a un antepasado irlandés. Su padre tiene buen corazón pero es alcohólico. Su madre es una buena mujer pero muy gruñona. Su amigo Jimmy, portorriqueño, es drogadicto; junto con él, pues es un buen dibujante, Rico sueña con llegar a formar una pareja famosa de autores de cómic. Cuando cambia del colegio católico del Bronx a un nuevo centro escolar, por su aspecto de «frijol blanco» solitario en medio de una multitud de «frijoles pintos y negros», sufre un fuerte acoso que le hace dejar de ir a clase. Ante la amenaza de sus padres de mandarlo a Florida con un tío militar, y ante el deseo de Jimmy de abandonar el mundo de la droga, deciden huir y unirse a un amigo mayor, Gilberto, portorriqueño, que cuando había ganado la lotería se había marchado a una «tierra mágica de leche, mantequilla y maíz llamada Wisconsin». En ese punto comienza una nueva historia que poco tiene que ver con la del principio: primero un viaje por carretera con encuentros raros, luego las ocupaciones de una granja donde hay que realizar tareas inimaginables, después el trabajo nocturno en una gasolinera...

Narración buena con mucho lenguaje de argot y muchas palabras que van en español en el original inglés. Me queda la duda de si la expresión «ser cool» era una expresión juvenil propia de los años sesenta. Abundan las frases cortas y los puntos y aparte: una forma de facilitar la lectura al público joven poco lector que puede identificarse con las peripecias de Rico y sus amigos. El mundo interior del protagonista queda bien perfilado aunque no así el de los demás personajes: muchos acaban siendo como postes cuya única función es sostener el relato. Hay momentos intensos: por ejemplo cuando Rico, harto, decide drogarse y es su amigo drogadicto quien de ninguna manera le deja. Hay momentos tragicómicos: cuando Rico llega al colegio y sabe que un alumno ha muerto en un tiroteo y, por un lado, ve la satisfacción de sus compañeros por el día libre que les espera y, por otro, a la profesora Thompson que les da la noticia y dice: «Pero recuerden siempre que, sin importar cuán a menudo ocurran este tipo de sucesos trágicos, hemos de permanecer positivos, ¿entendido?». Hay honradez y elegancia en la forma de tratar las relaciones sexuales: el autor no recurre a esta cuestión para ganar lectores y su narrador explica que tiene por norma no hablar de algunos asuntos.

Como tantas novelas norteamericanas sobre chicos con problemas esta también es muy deudora de Las aventuras de Huckleberry Finn. Rico es un gran lector de esa novela: se siente identificado con la fuga de Huck y Jim en busca de la libertad, se le plantean problemas de conciencia como se le planteaban a Huck, y, como él, tiene un padre alcohólico, rasgo que comparte con otros personajes, entre otros la chica de la que se ennovia. En realidad, todos los personajes jóvenes de la historia huyen, y podemos apuntar en esa cuenta el hecho de que todos consuman marihuana; Rico, aunque confusamente intuye que no ha de hacerlo, no tiene ningún motivo fuerte para no tomarla y, muchas veces, se deja llevar por lo que hacen los demás (en otra novela del género un chico decía un «sé que no debo hacerlo pero no sé por qué»). En cualquier caso, la historia habla bien de amistad, de prestar ayuda y dar buenos consejos entre amigos, de responsabilidad familiar, también de los hijos hacia los padres, de ver el lado bueno del aprendizaje a partir de los fracasos. Habrá quien piense que no es mucho, lo sé...

Oscar Hijuelos. Dark Dude (2009). León: Everest, 2009; 430 pp.; trad. de Alberto Jiménez Rioja; ISBN: 978-84-441-4316-3.

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jueves, 29 de abril de 2010

¿Por qué todos me miran la cabeza?,
de Randa Abdel-Fattah, es la primera novela de su autora, australiana de origen palestino. Por su destreza y por su enfoque causó gran impacto en los países anglosajones cuando salió. Se publicó en España hace ya dos años pero yo la he leído hace pocas semanas. Tanto si la juzgamos como una obra primeriza como si la comparamos con las muchas novelas de chicas adolescentes merece muy buena nota.

Amal, una chica de dieciséis años, hija única de médicos palestinos afincados en Australia, cuenta qué ocurre cuando decide llevar el hiyab puesto a todas horas. Sus padres, que al principio intentan disuadirla porque suponen lo que sufrirá su hija, ya que será la única en su colegio en esa situación, se alegran y refuerzan su propósito. Además de los líos escolares y amorosos, Amal tendrá que tratar con una vecina mayor muy arisca y que apoyar a una prima de origen turco que tiene muchos problemas familiares por la rigidez de su madre.

Lo primero que se ha de decir es que la novela tiene todo lo típico del género. Se mencionan muchas canciones, películas, series de televisión, y actores y actrices de moda. Amal y sus amigas se pirran por ir de compras, hablan continuamente de problemas con las comidas, y se pasan la vida charlando por teléfono y haciendo conjeturas sobre cuestiones amorosas y quién dijo qué a quién y qué significa eso, etc. Hay espadachineos dialécticos agresivos e insultantes entre Amal, o sus amigas, y sus rivales (que pueden ser más guapas pero son más cortas...). Amal, que todo lo cuenta en presente con fluidez y con ingenio, resulta muy atractiva para el lector por su carácter combativo, y por su extraordinaria claridad para explicar sus confusiones. Su personalidad evoluciona: va logrando controlar mejor sus emociones y al final sufre una especie de arrepentimiento a lo Jane Austen pues ve que no sólo quienes están a su alrededor la juzgan mal sino que también ella ha juzgado mal a otros y no ha sabido ponerse en su lugar.

Lo segundo es que la novela, al mostrar la incomodidad que Amal siente cuando todo el mundo se dirige a ella debido a noticias como un programa de televisión sobre los talibanes u otro sobre la ablación en África,  o cuando no le dan un trabajo en un bar porque le dicen que su pañuelo es antihigiénico, consigue su objetivo de hacer pensar al lector occidental en algunos estereotipos injustos que difunden los medios de comunicación. También contribuye a su presentación positiva del Islam la imagen de sensatez educativa que dan sus padres —«te conozco demasiado bien, Amal», le dice su madre, «el numerito “es el fin del mundo” no va a funcionarte conmigo»—, y las bromas que sabe hacer sobre algunas costumbres de su religión: cuando habla del Ramadán, por ejemplo, explica que no va sólo de pasar hambre y sed sino que «la verdad es que nos damos atracones», «madre mía, qué atracones»...

Pero quizá lo mejor sea lo bien que se presentan los argumentos de Amal en favor de sus opciones. Cuando sale con hiyab por primera vez se siente «protegida de toda esa porquería sobre la belleza y la imagen». Decide rezar a las horas marcadas porque se da cuenta de que no es recto hacerlo a toda prisa para que le dé tiempo a ver su culebrón favorito. Aunque toda la narración es como decir a las lectoras jóvenes un «eh, que soy como vosotras», también comenta qué raro es que se considere normal a quien se emborracha todos los fines de semana pero se llame freaky a quien lleva un trozo de tela en la cabeza. Su bronca con el chico que le gusta, para explicarle su inflexibilidad en su concepción de un noviazgo sin pruebas, tampoco tiene desperdicio. Es acertado su reconocimiento final de que no sirve de nada «ser fiel a tu religión en el aspecto externo si no cambias lo que hay en tu interior, que es lo que verdaderamente cuenta»: «me he estado engañando. Ponerme el hiyab no es el final del trayecto. Es sólo el principio».

La historia da pie para tratar más cuestiones, en las que no entraré porque no las conozco bien y no me corresponde a mí discutirlas, pero que menciono rápidamente. Una, que la novela se alinea con otras novelas o libros de memorias de mujeres musulmanas que desean afirmar la validez del Islam para vivir en el mundo occidental. Otra, que no hay novelas simétricas o parecidas que procedan de países musulmanes. Otra es la pregunta de si, según el Corán, el propósito del hiyab es el que indica el libro de reafirmar la identidad musulmana o el de, como indica la misma palabra, ocultar a la vista o esconder. Otra, la recepción del libro no entre occidentales sino entre musulmanes, debido al estilo descarado y directo de Amal, y debido a que muchos pueden sentir que la novela anima más a ver telenovelas y a un estilo de vida consumista que a vivir según el Corán. De todas maneras, tal vez lo más justo es ver la novela como lo que es, una historia concreta, y no intentar verla como representativa de todos los musulmanes que viven en Occidente, y ni siquiera de la mayoría.

En otro orden de cosas, la novela ha recibido elogios por su buen inglés, según he leído. En español algunos párrafos no encajan bien: por ejemplo, una magnífica respuesta de Amal sobre qué significa para ella pararse unos minutos al día para rezar —que compara con los tiempos muertos del baloncesto—, no suena bien a quienes conozcan el baloncesto. Y, en particular, la traducción usa varias veces expresiones malsonantes con la palabra «hostia» en boca de la narradora (y no en boca de alguien que use un lenguaje callejero). En fin: es difícil pensar que no haya traducciones más correctas de algunas expresiones de argot australianas; es también raro que una chica musulmana que asistió a un colegio católico en su infancia hable así; esto es menos comprensible aún dentro de un libro que habla de respeto a las costumbres de otros, y menos todavía en un libro que se publica en España. ¿Inconsciencia?, ¿incompetencia?, ¿deseos de meter el dedo en el ojo?

Y, a propósito de la reciente polémica sobre una chica, en Madrid, a la que se le prohibió ir a clase con velo, este artículo me parece certero.

Randa Abdel-Fattah. ¿Por qué todos me miran la cabeza? (Does My Head Look Big In This?, 2005). Barcelona: La Galera, 2008; 347 pp.; trad. de Pepa Devesa; ISBN: 978-84-246-3048-5.

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HintonRebeldes.jpg
jueves, 30 de abril de 2009

Años sesenta, Estados Unidos. El mundo editorial descubre al público juvenil como filón y objetivo de sus estrategias comerciales. Por primera vez el gobierno norteamericano destina fondos para dotar bibliotecas, con gran satisfacción de las editoriales. En los colegios empieza la presión para que se recomienden libros actuales —los chicos no leen, los clásicos son aburridos, etc., ese discurso que tantos repiten porque les parece natural pero que tiene mucho de inducido, sobre todo cuando la conclusión es «démoles libros de ahora»—. Son años de protesta juvenil. Triunfa West Side Story. En ese ambiente llegó un libro: Rebeldes, de Susan Hinton. El éxito que obtuvo, aunque por encima de su mérito literario, se apoyaba en otros méritos reales: la escritora tenía entonces diecisiete años, conocía el tema del que hablaba —peleas entre bandas juveniles—, y supo contarlo bien, con una mezcla equilibrada de crudeza y de poesía, y con un sentimentalismo disculpable. Aun pasarían unos años hasta que Coppola convirtiera la historia en una película.

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viernes, 26 de octubre de 2007

Otra escritora norteamericana que, como Thomas Wolfe pero de un modo muy distinto, también retrata con tanta maestría como perplejidad la confusión interior de sus jóvenes protagonistas es Carson McCullers, por ejemplo en Frankie y la boda:

«—Me parece que quieres muchas cosas —dijo Berenice.
—Quisiera ser otra persona que no fuera yo».

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jueves, 18 de octubre de 2007

Un libro que, cuando cayó en mis manos, me impresionó mucho fue Del tiempo y el río, de Thomas Wolfe. No es para cualquiera, pues no a todos los lectores les atrae su prosa torrencial y su barullo mental, pero creo que pocas veces se ha reflejado mejor el bullir efervescente de sentimientos confusos y de ansias de felicidad, propio de los años jóvenes.

Un párrafo: «Los que dicen que no leen más que lo mejor no son, como algunos los llaman, snobs. Son tontos. La batalla del espíritu no consiste en leer y conocer lo mejor, sino en descubrirlo. Anhelo los tesoros que se me antoja yacen en enterrados en un millón de libros olvidados; y sin embargo mi sentido común me dice que el tesoro oculto allí es tan pequeño que no merece la pena desenterrarlo. No siempre he estado de acuerdo en que todos los libros llamados grandes sean grandes, pero casi todos los libros que me lo han parecido pertenecían a aquel grupo».

Otro: «Ocurre tantas veces, cuando creemos haber ensanchado nuestra visión de la vida, haber roto muchas ataduras» (que) «en verdad no hemos hecho nada más que cambiar una nueva superstición por una vieja, olvidar un mito hermoso para sumergirnos en otro desprovisto de belleza».

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martes, 10 de abril de 2007

Acabo de leer los libros de Marianne Curley titulados El círculo de fuego y la trilogía LOS GUARDIANES DEL TIEMPO. Como son bastante flojos hay quienes me preguntan cómo es posible que triunfen...

Pero yo no tengo la respuesta, aunque sí se me ocurre al respecto que también yo leí con pasión las novelas de aventuras de Karl May y Emilio Salgari, y sólo cuando volví a ellos muchos años después me di cuenta de sus numerosos fallos. Es decir, creo que a nadie debería sorprenderle que un lector joven lea y disfrute obras que, con criterios de calidad, valen poco.

Supongo, por tanto, que la cuestión tiene bastante que ver con el «quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur»: con que hay un tipo de libros que alguien joven lee siempre con interés; con que si alguien disfruta con libros pobres es que ha recibido una formación literaria deficiente... Ahora bien, tampoco hay que descartar que algunos lectores, incluso aunque alguien les haya puesto en contacto con las mejores obras y les haya enseñado a distinguir por qué unas son mejores y otras peores, sigan leyendo relatos malos con entusiasmo. Por un lado, las adicciones son así. Por otro, yo conozco adultos (con grandes cualidades) que sólo leen thrillers o ven películas (que yo considero) de ínfima calidad; y yo mismo prefiero escuchar canciones country o rock que son incomparables con grandes obras clásicas. Por otro, a veces es necesario que pase tiempo...

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miércoles, 21 de marzo de 2007

Acaba de salir una jugosa edición crítica de Días de Reyes Magos, de Emilio Pascual. Las notas y el epílogo del editor, Toni Cassany, me han hecho comprender cosas importantes que no había pillado en mi primera lectura.

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sábado, 20 de agosto de 2005

Una de las ideas que desarrolla James Stenson en Cómo tratar a los adolescentes, es que una gran masa de jóvenes han llegado a ser gregarios acríticos de las modas que otros les imponen, inconscientes totales de que buena parte de la cultura en la que viven no es más que una invención teatral, un fingimiento para entretenerles. Y, como usan el dinero que no han ganado, por desgracia (o quizá por suerte, nunca se sabe), no pocos acabarán comprobando la verdad del dicho de que el carácter es lo que te queda cuando te arruinas.

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sábado, 9 de julio de 2005

Cuando cuenta el insolente comportamiento juvenil de Alcibiades, reconoce su biógrafa: «Hay que confesar que son anécdotas divertidas. Se leen con esa indulgencia que las personas sensatas muestran a veces por las calaveradas de los jóvenes, porque ven en ellas un matiz de valor, desenfado y libertad. Pero no habría que disculparlas, porque, poco a poco, se pasa de una insolencia alegre a un verdadero atentado contra las personas y al desprecio de toda norma. La indulgencia no procede, visto lo resbaladiza que puede ser la pendiente. Como lo fue para Alcibiades», como lo es para tantos que luego, en la vida profesional o política o familiar, preferirán el oportunismo a los principios.

Jacqueline de Romilly. Alcibíades o los peligros de la ambición (Alcibiade ou les dangers de l´ambition, 1995). Barcelona: Seix Barral, 1996; 277 pp.; trad. de Ana María de la Fuente; ISBN: 84-322-4762-6.

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domingo, 22 de mayo de 2005

Una idea que tomo de un gran libro sobre educación de los adolescentes que firma el norteamericano James Stenson: Muchos ven los años de la adolescencia y la juventud como un tiempo de indulgencia y excesos emocionales. Más que como años de preparación para la vida, los ven como una última diversión que consiste en jugar a vivir. La primera consecuencia es que, al igual que otras clases sociales ociosas de la historia, muchos adolescentes de hoy son consumidores, gastan lo que no han ganado en meras diversiones, quieren gozar de las facultades de la madurez y de la irresponsabilidad de la infancia... Los resultados están a la vista e irán siendo cada vez más patentes.

James Stenson. Cómo tratar a los adolescentes. Guía para padres que quieren tener éxito (Preparing for adolescence, Preparing for peer pressure, Sucessful fathers and Upbringing, 2004). Madrid: Palabra, 2004; 268 pp.; trad. de Raul Alessandri y David Izquierdo; ISBN: 84-8239-867-9.

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