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Notas del archivo 'Educación literaria' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 25 de octubre de 2014

John Gardner: «Todo niño sabe por intuición cuáles son los requisitos de las buenas historias (siempre que tenga alguna afición por ellas, claro, porque los hay que no la tienen), pero cuando llega a la enseñanza secundaria comienza a despistarse un poco, intimidado por sus profesores, que le obligan a leer cosas que en realidad no valen nada, convertido en objeto de mofa si lee un buen libro de cómics y amonestado si coge Crimen y castigo: “Harold, no tienes edad para leer estas cosas”. Y en los primeros años de universidad, lo más probable es que su despiste sea ya considerable, por ejemplo, es fácil que crea que el “tema” es lo más importante de la ficción literaria».

Y eso se une a que, explica el mismo Gardner en otro libro, «a todos los niveles, y no sólo en la Enseñanza secundaria, las novelas, los relatos y los poemas se enseñan desde hace años no como experiencias que pueden deleitarnos, animarnos y dimensionar nuestra experiencia de la vida, sino como algo que es bueno para nosotros como la vitamina C».

John Gardner. Para ser novelista (On Becoming a Novelist, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 164 pp.; col. Creativaescritura; trad. de Víctor Conill; ISBN: 84-95079-74-7. [Vista del libro en amazon.es]
John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 25 de febrero de 2011

La literatura en peligro,
de Tzvetan Todorov, tiene el valor de que recuerda cosas que son obvias (que, en nuestro tiempo, es el primer deber de toda persona inteligente según decía Orwell, creo). Su argumento básico es que la enseñanza de la literatura debería estar centrada en las mismas obras literarias y en ninguna otra cosa. Si «en la enseñanza superior es legítimo enseñar (también) los enfoques, los conceptos que se aplican y las técnicas», «la enseñanza secundaria, que no está destinada a especialistas de la literatura, sino a todos, no puede tener el mismo objeto». «El camino por el que en la actualidad se ha adentrado la enseñanza de la literatura» —por ejemplo: «esta semana hemos estudiado la metonimia y la semana que viene pasaremos a la personificación»—, «difícilmente podrá desembocar en el amor a la literatura». En definitiva, el lector común no lee ficciones para «dominar mejor un método de lectura», o «para obtener información de la sociedad en la que se crearon, sino para encontrar en ellas un sentido que le permita entender mejor al hombre y el mundo, para descubrir en ellas una belleza que enriquezca su existencia. Y, cuando lo hace, se entiende mejor a sí mismo» (bueno, si los libros que lee son valiosos). Y aquí está otro texto del libro con buenos comentarios añadidos.

Tzvetan Todorov. La literatura en peligro (La littérature en péril, 2007). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2009; 109 pp.; trad. de Noemí Sobregués; ISBN: 978-84-8109-828-0.

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domingo, 26 de julio de 2009

Will Ladislaw, un personaje de Middlemarch, la novela de George Eliot, afirma que «hay muchas cosas en la apreciación del arte que dependen de gustos adquiridos. (...) El arte es un lenguaje muy antiguo con muchos estilos artificiosos y a veces el principal placer que se obtiene surge del hecho mismo de reconocerlos». Dejando de lado que ese placer, como dice el mismo personaje, «está compuesto de muchos hilos diferentes» y también «está ligado en parte al hecho de dedicarse uno mismo a pintarrajear algunas cosas y a tener por ello cierta idea del proceso utilizado», se puede abundar, con Paul Ricoeur, en que el primer componente del placer que nos produce un texto, es el de reconocer. Esa «satisfacción del reconocimiento la construye un autor en su obra de forma que luego la experimenta el lector. A su vez, ese placer del reconocimiento es un fruto del placer que el espectador siente en la composición según lo necesario y lo verosímil. Estos mismos criterios “lógicos” se construyen en la obra y se ejercen por el espectador a la vez». En otro momento Ricoeur explica cómo, en las obras de teatro y por extensión en otras artes visuales, «el placer de aprender pasa por la contemplación». Por eso, si no hay nada que reconocer, si no hay una educación previa que merezca ese nombre, no hay placer posible y, en consecuencia, uno se puede ahorrar insistirles a los niños en la importancia de que lean.

George Eliot. Middlemarch. Un estudio de vida en provincias (Middlemarch. A Study of Provincial Life, 1872). Barcelona: Alba Editorial, 2000; 890 pp.; col. Clásica Maior; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 84-84280195.
Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico (Temps et Récit. L’histoire et le recit, 1983). Madrid: Cristiandad, 1987; 377 pp.; serie Libros Europa; trad. de Agustín Neira; ISBN: 84-7057-415-9.


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domingo, 24 de mayo de 2009

Todos sabemos bien que, a veces, hay ironías fuera de lugar, pero «¿dónde debemos detenernos en nuestra búsqueda del placer de la ironía?» se pregunta Wayne Booth. Y se responde: «Allí donde la obra nos diga que debemos hacerlo, donde nos ofrezca otras posibilidades que se verían destruidas por el recurso a la ironía. Sólo un lector muy inteligente puede captar todas las ironías de un Fielding o un Forster. Pero hace falta algo más que inteligencia para resistir a la tentación de ir demasiado lejos: el rito acompasado del lector experimentado, ávido de cambios imprevistos y estimulantes, pero consciente siempre de las exigencias de la forma de baile de que se trata y del compañero que le ha tocado».

Y, cuando vemos que un escritor (o alguien que conocemos) es muy, muy irónico, Zagajewski nos da una pista más: «Hay autores que usan la ironía para azotar la sociedad de consumo, otros aún luchan contra la religión o la burguesía. A veces la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plural. A menudo simplemente encubre la pobreza de pensamiento. Porque si no se sabe qué hacer, lo mejor es volverse irónico. Después, ya veremos».

Wayne C. Booth. Retórica de la ironía (A Rethoric of Irony, 1974). Madrid: Taurus, 1989, 2ª ed.; 368 pp.; col. Persiles; trad. de Jesús Fernández Zulaica y Aurelio Martínez Benito; ISBN: 84-306-2160-1.
Adam Zagajewski. En defensa del fervor (Obrona żarliwości, 2002). Barcelona: Acantilado, 2005; 215 pp.; trad. de J. Sławomirski y Anna Rubió; ISBN: 84-96489-15-9.


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domingo, 3 de mayo de 2009

A quienes esperan de un narrador más de lo que debe dar, Chéjov les dice:

«Me parece que no corresponde a los literatos resolver problemas como el de Dios, el pesimismo, etc. La tarea del narrador consiste únicamente en retratar a quienes han hablado o meditado sobre Dios o sobre el pesimismo, así como el modo y las circunstancias en que lo han hecho. El artista no debe convertirse en juez de sus personajes ni de sus palabras, sino en un testigo desapasionado. Si escucho un discurso incoherente y deslavazado de dos rusos sobre el pesimismo, debo referirlo en la misma forma en que lo he oído; emitir un juicio es cosa del jurado, es decir, de los lectores. Lo único que necesito es tener el talento necesario para distinguir las opiniones importantes de las que no lo son, saber presentar a los personajes y hablar con sus propias palabras».

En relación a lo mismo, tanto para el trabajo del escritor como para el del lector, afirma Flannery O’Connor:
«El arte nunca responde a los deseos de democratización: no es para todo el mundo, sino sólo para quienes están dispuestos a realizar el esfuerzo que su comprensión requiere. Se habla mucho de la humildad que se necesita para rebajarse, pero se necesita idéntica humildad y un auténtico amor a la verdad para elevarse y alcanzar nuevas cotas tras un ímprobo trabajo».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Senza trama e senza finale: 99 consegli di escritura, 2002). Barcelona: Alba, 2005; 103 pp.; col. Alba clásica; edición de Piero Brunello; trad. de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 84-8428-253-8.
Flannery O’Connor. Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.


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viernes, 1 de agosto de 2008

Dos citas, que resumo y que van en la línea de mostrar que, antes, los chicos y chicas tenían por delante un solo camino de lecturas, difícil e incompleto si se quiere, pero contrastado. Sin embargo, hoy tienen enfrente aquél camino y muchos otros, por lo que si falta la orientación apropiada el resultado final con facilidad es peor.

En su biografía sobre Chaucer propone Chesterton al lector que considere una posibilidad, que «en el caso de Chaucer fue probabilidad»: supongamos que un medieval dispusiese únicamente de tres libros y supongamos que esos libros fueran una versión de las obras de Aristóteles y su filosofía, la Divina Comedia de Dante, la Summa de Santo Tomás de Aquino. Ese lector no poseía libros sino mundos, tres completos universos de pensamiento, o, mejor, tres aspectos de un mismo universo: el positivo y racionalista, el imaginativo y gráfico, el moral y místico e inherentemente lógico. Por el contrario, un lector de hoy puede leer multitud de novelas y poesías sin acercarse ni de lejos al completo estudio de todos los aspectos del mundo real que uno encuentra en los tres libros citados.

En El cierre de la mente moderna dice Alan Bloom que un informático muy cualificado de hoy no necesita recibir, y de hecho no recibe, más educación sobre cuestiones humanistas que la más inculta de las personas. Más aún, la instrucción sobre su especialidad que recibe y los prejuicios que la acompañan, unida con toda esa información que nace y se esfuma en un solo día, le pueden hacer aceptar acríticamente las premisas de la sabiduría del momento y pueden alejarlo de las enseñanzas que personas más sencillas podían absorber antes de fuentes tradicionales. Así, «cuando un joven como Lincoln quería instruirse, las cosas a su alcance que debía aprender eran la Biblia, Shakespeare y Euclides. ¿Estaba en peores condiciones que los que tratan de abrirse paso a través del revoltijo técnico del actual sistema escolar, con su absoluta incapacidad para distinguir entre lo importante y lo que no lo es o, peor aún, cuando intenta determinar que vale más y qué vale menos en función del mercado?».
La conclusión no es que estemos peor que antes, pues en muchos aspectos estamos mejor, sino que para los educadores hay más trabajo que antes por delante y no menos...

G. K. Chesterton. Chaucer, en Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; 191 de 1261 pp.; trad. de M. J. Barroso-Bonzon.
Allan Bloom. El cierre de la mente moderna (The Closing of the American Mind, 1987). Barcelona: Plaza & Janés, 1989; 395 pp.; col. Hombre y Sociedad; prólogos de Saul Bellow y Salvador Giner; trad. de Adolfo Martín; ISBN: 84-0123008-X.

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sábado, 19 de julio de 2008

El comentario de hace unos días de Flannery O’ConnorPara comprender la literatura presente— puede unirse al de Gerard Genette acerca del alumno al que preguntan si ha leído Madame Bovary y responde «No personalmente», es decir, «no, pero tengo un amigo que ha visto la película».

Gérard Genette. La obra del arte (1996). Barcelona: Lumen, 1997; 310 pp.; col. Palabra crítica; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 84-264-2373-6.

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sábado, 12 de julio de 2008

«El alumno está rodeado por todas partes de las realidades de su tiempo, pero carece de perspectiva desde la que mirarlas. Como la universitaria que escribió en un trabajo sobre Lincoln que éste fue al cine y le pegaron un tiro, muchos estudiantes entran en la universidad sin saber que el mundo no se hizo ayer. Sus estudios empiezan en el presente y no se sumergen en el pasado más que esporádicamente, cuando parece necesario o inevitable». Por tanto, anima Flannery O’Connor a los profesores, intentad que el alumno «llegue a la literatura contemporánea con esta experiencia [de la literatura del siglo XIX] a sus espaldas, y estará mucho más capacitado para ver y abordar las exigencias más complicadas de la mejor literatura del siglo XX».

En otro momento de la misma conferencia dice: «El profesor de letras de secundaria cumplirá con su responsabilidad si proporciona al alumno la oportunidad de guiarle, a través de la mejor literatura del pasado, hasta la comprensión de la mejor escritura del presente, con el tiempo. Enseñará literatura, no estudios sociales, ni pequeñas lecciones de democracia, ni las costumbres de otras tierras. ¿Y si el alumno no lo encuentra de su gusto? Bien, lo lamentaremos. Infinitamente. Pero no debe tenerse en cuenta su gusto: se está formando».

Flannery O’Connor. «La literatura en el instituto», Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.

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sábado, 17 de noviembre de 2007

George Steiner: «Un humanismo neutral es o una pedantería o un preludio de lo inhumano. (...) Es un asunto de seriedad y de equilibrio emocional, la convicción de que la enseñanza de la literatura, en el caso de que sea posible, es un oficio sumamente complejo y peligroso, puesto que se sabe que se tiene entre las manos lo que hay de más vivo en otro ser humano. De forma negativa, supongo que esto quiere decir que no se deben publicar trescientas o seiscientas páginas sobre un autor del siglo XVI o XVII sin pronunciarse sobre si hoy día vale o no la pena su lectura. O como dijo Kierkegaard: “No vale la pena recordar un pasado que no puede convertirse en presente”.

Enseñar literatura como si se tratara de un oficio superficial, un programa profesional, es peor que enseñarla mal. Enseñarla como si el texto crítico fuera más importante, más provechoso que el poema, como si el examen final fuera más importante que la aventura del descubrimiento privado, la digresión apasionada, es lo peor de todo».

George Steiner. «La formación cultural de nuestros caballeros», Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (Language and Silence, 1976). México: Gedisa, 2003, ed. completa y revisada; 475 pp.; trad. de Miguel Ultorio, Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar; ISBN: 84-9784-008-9.

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En Secuestrado (Stevenson).
Ilust. de N.C.Wyeth.
jueves, 26 de julio de 2007

Para completar un poco lo dicho ayer con un texto de La historia interminable, quizá no esté de más recordar al mejor de los novelistas de aventuras, R. L. Stevenson, cuando decía que «los libros están bien en su estilo pero son un pálido sustitutivo de la vida». Y, mal asunto cuando los libros acaban siendo, sólo «sabiduría de bolsillo», «concebida para uso de la gente mediocre, con objeto de disuadirles de ambiciosos proyectos y consolarlos de su mediocridad».

R. L. Stevenson. Virginibus puerisque y otros ensayos.

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sábado, 19 de mayo de 2007

José Jiménez Lozano: «Oigo a una luminaria de las letras afirmar que es un absurdo dar a leer a los jóvenes —angelitos en torno a los dieciocho años— novelas de Valera o Galdós, y cosas como las de Azorín, porque tienen que serles necesariamente extrañas y resultarles absurda la España que pintan.

¿De dónde será este señor, y de dónde querrá que sean estos jovencitos? ¿Por qué es absurda la España de esos escritores? Pero esas lumbreras hablan siempre bajo palabra de honor, claro está. Aunque no menos claro es que la existencia de España es dudosa, y que, en cualquier caso, la doctrina ortodoxa de esta modernidad es que la España anterior era absurda, y que no tendría que haber existido».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña.

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viernes, 8 de septiembre de 2006

A propósito de si se debería promocionar mejor la literatura infantil y juvenil en la escuela, hago mía la respuesta de Claudio Magris de que «la escuela no puede ser una vaca con infinitas ubres de las que manen todos los tipos de leche habidos y por haber». De la escuela debemos esperar la enseñanza de lo mejor. Aunque no siempre será posible que sea una enseñanza genial, en la escuela se debe hablar de los mejores libros y de ningún modo deberíamos aceptar que se recomienden en ella libros de bajo nivel, por más que las editoriales hagan unas promociones estupendas, o que los autores sean muy simpáticos cuando vienen a presentar sus libros, o que la televisión esté hablando mucho de alguno.

Claudio Magris. «La escuela: risa y libertad», en Utopía y desencanto.

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miércoles, 29 de marzo de 2006

Uno de los autores de fantasía que hoy tiene más prestigio es Philip Pullman. Poco tiempo después de las novelas de Harry Potter, publicó su trilogía de teología-ficción La materia oscura, serie muy elogiada con unas tesis claramente anticristianas. Pero Pullman es un buen escritor cuando no se deja llevar por su animadversión hacia C. S. Lewis o por sus afanes propagandistas, como se puede ver en sus obras para primeros lectores Lila y el secreto de los fuegos y ¡Yo era una rata!

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martes, 28 de marzo de 2006

Dice Michael Ende que la literatura y la mentira están hechas de la misma sustancia, la ficción, que puede ser «una medicina o un veneno, dependiendo de las manos en las que caiga», que puede darnos la vista o volvernos ciegos.

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martes, 21 de marzo de 2006

Existe una clase de literatura o, mejor, una clase de libros que podríamos llamar nutritivos. Y, como con los alimentos, no sólo nos nutre lo que nos gusta, sino que, más aún, lo que nos gusta mucho puede no ser lo que más nos alimenta e incluso puede ser lo que más daño nos hace. Esto también se aplica en el caso de los libros para niños: no es necesario que todos sean geniales, pero sí es importante que todos sean sanos.

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sábado, 14 de enero de 2006

Una idea que C. S. Lewis repitió bastantes veces: «Como nadie puede engañarnos sin antes habernos convencido de que dice la verdad, es más fácil que nos engañe una historia que se ajuste a un realismo de contenido al menos superficial o aparente. Por eso podemos decir que el romántico más descarado engaña mucho menos que el realista más superficial, que la literatura ostensiblemente fantástica nunca consigue engañar al lector. Los cuentos de hadas no engañan a los niños. Las historias que sí suelen engañarlos, y mucho, son las historias que oyen en la escuela. La ciencia-ficción no engaña, las revistas femeninas sí. El peligro real acecha en las novelas de aspecto muy sobrio donde todo parece muy probable pero, en realidad, están concebidas para transmitir determinado comentario social, ético, religioso o antirreligioso "sobre la vida". Hablo de engaño porque al menos algunos de esos comentarios tienen que ser falsos».

C. S. Lewis, La experiencia de leer.

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miércoles, 28 de diciembre de 2005

Para terminar el año del Quijote, una última cita: «De la comedia artificiosa y bien ordenada, saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido contra los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que la escuchare, por rústico y torpe que sea»...

Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha. Capítulo XLVIII, 1ª parte.

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sábado, 18 de junio de 2005

En Los años milagrosos, el libro de Joseph Frank que ya he citado varias veces, se indica que hubo una época en la vida de Dostoievski en la que repetía con frecuencia la idea de «que los hombres superfluos de la intelectualidad rusa debieran dejar de lado sus titánicas ambiciones de cambiar por completo el universo y, simplemente, debían enseñar a leer a un niño». Además, quienes tienen, o tenemos, algo que ver con los libros infantiles y juveniles deberíamos no perder de vista que «las únicas obras de ficción de las que deberíamos librarnos cuando crecemos son aquellas que probablemente hubiera sido mejor no haber leído jamás», dice C. S. Lewis en «Sobre la historia o fábula», un capítulo del libro de ensayos mencionado días atrás titulado De este y otros mundos.

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jueves, 19 de mayo de 2005

Dice Jacqueline de Romilly que «una de las tareas esenciales de la enseñanza, y en especial de la enseñanza literaria, es la de sembrar y fortalecer en cada uno esos valores diversos que son como la experiencia común acumulada por la humanidad en el transcurso de los siglos: sin ellas —hoy lo presentimos— no es fácil vivir». Y más adelante sigue: «Es absolutamente exacto que las antiguas literaturas alabaron sin cesar, directamente y sin ocultarlo, las virtudes; ha habido tratados sobre las virtudes, sobre cada virtud; ha habido elogios de los grandes héroes y los grandes hombres; ha habido historias edificantes. Del mismo modo, la literatura clásica, cuando mostró el mal, pidió siempre excusas explicando que lo hacía para condenarlo y desterrarlo. (...) Pero en nuestro tiempo todo ha cambiado. (...) Para un libro de nuestro tiempo el mayor elogio es decir que es "corrosivo". Se celebra lo que parece un grito». Por eso, frente a una literatura muchas veces amarga y sombría, «el conocimiento de las literaturas clásicas es (...) un factor de equilibrio y de estabilidad».

Jacqueline de Romilly. El tesoro de los saberes olvidados (Le Trésor des savoirs oubliés, 1998). Barcelona: Península, 1999; 205 pp.; col. Ficciones; trad. de Manuel Serrat Crespo; ISBN: 84-8307-227-0.

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