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Notas del archivo 'Deporte' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 29 de junio de 2017

El inminente comienzo del Tour de Francia es una buena oportunidad para recomendar Plomo en los bolsillos, de Ander Izaguirre. Es un relato muy ameno sobre, como indica el subtítulo, las «malandanzas, fanfarronadas, traiciones, alegrías, hazañas y sorpresas» del Tour.

Son especialmente jugosas, por menos conocidas, las anécdotas de los comienzos del Tour. El autor cuenta muy bien los episodios de las rivalidades legendarias entre Coppi y Bartali, Anquetil y Poulidor, Merckx y Ocaña. Son graciosos los episodios sobre algunos grandes tramposos o sobre tipos como el belga que consiguió tres farolillos rojos consecutivos: una marca histórica.

El autor recuerda el origen de «apelativos y epítetos de estilo homérico» como el de «gigantes de la ruta», o «forzados de la ruta», una expresión que hizo fortuna y que frecuentemente ha sido mal traducida al español como «los esforzados de la ruta». Y explica bien las peculiaridades de un deporte y una carrera que piden una extraordinaria capacidad agonística: en ella está la diferencia entre un buen ciclista y un campeón.

Ander Izaguirre. Plomo en los bolsillos (2005). Libros del K.O., 2013, 5ª ed.; 229 pp.; ISBN: 978-8494010170. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 6 de octubre de 2016

A quien desee comprender mejor el trasfondo de una novela tan jugosa como El chico más veloz del mundo —el pasado del abuelo del protagonista, la enorme afición del chico a correr, su admiración por corredores como Haile Gebrselassie y Derartu Tulu— le interesará leer Corre como un etíope, de Marc Roig Tió, un libro con el que yo he disfrutado (aunque ya me pillen un poco lejos los planes que propone).

Es un libro ameno y bien escrito con un subtítulo algo engañoso: «Manual para entrenar como un atleta de élite». Es engañoso por defecto porque, aunque la segunda parte del libro tenga esa orientación —en ella se habla de las carreras y de lugares para entrenar en Etiopía, de planes posibles de entrenamiento a distintos niveles, y se dan informaciones propias de una guía de viajes—, los contenidos de la primera son de interés para cualquier lector aficionado al deporte, y en especial, como es lógico, para los admiradores de los grandes corredores de fondo etíopes y keniatas.

Esa primera parte, titulada «El país de los incansables», habla de cómo entrena un maratoniano en Etiopía, explica por qué son tan buenos corredores los etíopes, cuenta las historias de Abebe Bikila —el primer gran maratoniano de Etiopía, vencedor en la Olimpiada de Roma de 1960 corriendo descalzo— y de sus numerosos sucesores, detalla cuál es la dieta común del país y sus beneficios para quienes corren, comenta los récords de carreras de fondo que han ido batiendo etíopes y keniatas en las últimas décadas, señala cuáles son las ganancias de los corredores, y titula su capítulo final «¿cuál es el límite?» No faltan referencias a carreras disputadas en España y a corredores españoles que los aficionados al atletismo reconocerán.

El autor, corredor de fondo y fisioterapeuta, conoce de primera mano los ambientes de los que habla y a muchos de los corredores y entrenadores que menciona. Expone las cosas con claridad y simpatía, da muchos datos y explicaciones técnicas, entre otras cosas, acerca de las ventajas biológicas que se derivan de haber nacido y crecido en lugares situados a dos mil y tres mil metros de altitud; o de las razones biomecánicas, debidas a la constitución física, que justifican el rendimiento superior de algunos corredores; o de que algunas condiciones sociológicas desventajosas, como que los recorridos para ir a la escuela en zonas rurales sean muy largos, o el hecho de correr descalzos siendo niños, se acaban convirtiendo en factores positivos para el progreso de algunos corredores.

Marc Roig Tió. Corre como un etíope (2016). Madrid: La Esfera de los Libros, 2016; 229 pp.; ISBN: 978-84-9060-725-1. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 1 de septiembre de 2016

El campeón ha vuelto, de J. R. Moehringer, es un reportaje periodístico que hizo el autor hace años acerca de un viejo y gran boxeador llamado Bob Satterfield, «el mejor noqueador de todos los tiempos». Todo comenzó en un momento de gran insatisfacción profesional en el cual le hablaron de que Satterfield era, en aquellos momentos, un mendigo. Lo buscó, se hizo su amigo, averiguó su pasado, se documentó sobre su historia, y acabó sospechando, y al fin averiguando, que estaba tratando a un impostor. La narración sigue las investigaciones del periodista por un lado, el pasado como boxeador de Satterfield por otro, y, luego, quién era de verdad el mendigo y cómo y por qué llegó a suplantar a Satterfield.

El relato tiene apuntes literarios certeros: el narrador visita una ciudad del Medio Oeste «donde todas las calles parecen cuadros de Edward Hopper derritiéndose y el cielo es como un mar batido por la tormenta». Tiene también buenos toques característicos de la narrativa deportiva: «un viejo experto en boxeo dijo una vez: “Hasta que estás cansado no aprendes nada”». En la misma línea de algunos autores del pasado que trataron del boxeo, elogia ese ¿deporte? señalando que nos enseña «una verdad palpable sobre la masculinidad: a veces golpear a un hombre es la respuesta más satisfactoria al hecho de ser hombre. Perturbador, tal vez, pero ahí está». Yo nunca discutiría lo de «palpable» pero sí discutiría lo de «verdad»…

Diría también que Moehringer se enreda un tanto con la relación entre la práctica del boxeo y la búsqueda del padre ausente, aunque respecto a esto último escriba párrafos de interés: «Como hombre, necesitas que alguien te instruya en las verdades masculinas. Tu primera opción es tu padre, pero si éste te falla, te buscas a otro. Si no tienes cuidado, esa búsqueda se apodera de tu mente y cualquiera se convierte en candidato, desde un vagabundo hasta un boxeador muerto. Si no tienes cuidado y además tienes mala suerte, esa búsqueda te devora. El doble te devora».

J. R. Moehringer. El campeón ha vuelto (Resurrecting the Champ, 1997). Barcelona: Duomo, 2016; 112 pp.; trad. de Juanjo Estrella; ISBN: 978-84-16634-00-2. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 2 de octubre de 2014

El Giro de Italia, de Dino Buzzatti, recoge las crónicas que hizo el autor para el Corriere della Sera durante el Giro del año 1949.

Como cabría esperar son excelentes, también porque Buzzatti no sabe de ciclismo y construye sus crónicas preguntando a los expertos, imaginándose los sueños de triunfo de los corredores, haciendo comentarios al paso llenos de interés. Así, al explicar los pormenores del avituallamiento termina dicendo: «y por último las “bombas”, potentes brebajes capaces de hacer brincar a un muerto como si fuera un saltimbanqui». O bien hace notar que ha descubierto «una nueva y sorprendente verdad del Giro»: que el gran héroe no es Coppi sino su hermano, un ciclista modesto de gran generosidad en el esfuerzo e imprescindible para los triunfos del campeón. De vez en cuando la narración tiene acentos épico-entusiastas: «el Giro es una condena a galeras, pero también es una gran aventura, un juego de reyes, una guerra, una excursión, un examen, una locura, cosas todas ellas muy similares a la juventud».

Por otro lado, el hecho de que fuera el Giro donde se veían las caras el veterano Gino Bartali y el campeón emergente Fausto Coppi, comunica interés adicional a la narración: puede ser «el ocaso de una época y el traspaso definitivo de la corona de una cabeza a otra». Y vemos la maestría de Buzzatti, por ejemplo, en una observación como esta: «en las extraordinarias dotes de estos dos hombres, dotes toscas, si se quiere, elementales, esencialmente físicas, los espectadores, incluso los de primera fila, incluso los más malévolos e irreverentes, advierten quizá algo misterioso, sagrado, una suerte de gracia, el signo de una potestad sobrenatural. Y acaso eso explica la inmensa atracción del deporte. Eso es lo que justifica lo que de otro modo parecería absurdo, a saber: que personas razonables y cultas puedan perder la cabeza, excitarse y gritar por un jugador de fútbol o un ciclista».

Dino Buzzatti. El Giro de Italia (1949). Madrid: Gallo Nero, 2014; 190 pp.; trad. de David Paradela; prólogo de Claudio Marabini; ISBN: 978-84-942357-1-9. [Vista del libro en amazon.es]


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jueves, 16 de diciembre de 2010

Tal vez porque me gusta correr y tengo muchos amigos corredores, y también porque me gusta el estilo económico de Jean Echenoz, he disfrutado con Correr, un veloz relato dedicado a la historia de Emil Zátopek, uno de los más grandes fondistas de la historia del atletismo.

Empieza durante la segunda Guerra Mundial, cuando su protagonista es aún muy joven y no le gusta correr. Sigue con sus comienzos, sus entrenamientos y su deslavazada manera de correr, sus principales competiciones y las marcas que va batiendo una tras otra.

Un párrafo resumen, que da idea del estilo de Echenoz, es este: «Desde su primer gran triunfo en los Juegos de Londres, a los veintiséis años, nadie ha sido capaz de igualarlo. Durante los seis años, los dos mil días siguientes, será el corredor más rápido de la Tierra en largas distancias. Hasta el punto de que su patronímico ha pasado a ser a los ojos del mundo la encarnación de la potencia y la rapidez, se ha inscrito en el pequeño ejército de los sinónimos de la velocidad. El apellido Zátopek, que no era sino un extraño nombre, comienza a restallar universalmente con sus tres sílabas ligeras y mecánicas, despiadado vals de tres tiempos, ruido de galope, zumbido de turbina, repiqueteo de bielas o de válvulas acompasado por la k final, precedido por la z inicial que ya corre mucho: hace uno zzz y todo corre mucho, como si esa consonante fuera un juez de salida».

El relato termina en los años setenta, cuando el régimen checo, después de que pronunciara a favor de la rebelión de Praga del 68, lo arrinconó y lo destinó a trabajos oscuros.

Jean Echenoz. Correr (Courir, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 140 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Javier Albiñana; ISBN: 978-84-339-7540-9.

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jueves, 7 de octubre de 2010

Igual que yo, muchos aficionados al fútbol pueden disfrutar con El portero de la selva, de Mal Peet. Es una buena narración que cuenta el aprendizaje como portero del protagonista, lo que ocupa bastante más de la mitad de la novela, y luego algunos momentos excelentes de sus actuaciones. A otros no les acabará de gustar por los aspectos fantásticos del relato, en mi opinión un tanto recargados, y porque no faltan las frases vacías y un tanto rimbombantes que parecen explicarlo todo pero que no explican nada —tipo «lo inesperado es lo único en lo que puedes confiar»—.

Un país sudamericano indeterminado. Un periodista deportivo, Pablo Faustino, hace una larga entrevista al Gato, el portero de la selección nacional, justo cuando acaba de ganar la copa del Mundo con su país. El Gato cuenta que fue un niño desgarbado y alto que nació en un pueblo maderero junto a las selvas amazónicas. Un día, en un misterioso descampado en la selva que parece situarse fuera del tiempo, encuentra un personaje, el Portero, que lo entrenará en secreto y despiadadamente durante casi dos años. Hasta que un día llega su oportunidad de asombrar a todos con su talento y con un dominio de los nervios que se convertirá en legendario.

Es una buena idea la de contar todo en forma de una larga entrevista: eso permite al lector situarse al lado del periodista que, al mismo tiempo que admira a su interlocutor, también duda o se sorprende de algunas cosas que le cuenta. A favor de la historia se ha de indicar que el Gato es un personaje sólido: maduro, sensato, que mira su pasado con ecuanimidad, que recuerda a sus padres y familiares con agradecimiento; que sabe describir bien no sólo los momentos futbolísticos sino también los escenarios y habitantes de la selva. Y los acentos, llamémoslos ecologistas, de lamento por la deforestación de las selvas amazónicas, están bien puestos: tienen la fuerza justa que han de tener en un relato como este.

Un pequeño ejemplo de las cosas que son graciosas, o que a mí me hacen gracia por lo menos, pero que tal vez son excesivas: un día Gato se fija en una telaraña que había en la portería y se preguntó interiormente si él era la araña o la mosca; entonces, el enigmático Portero le dijo sin más ni más: «Tú eres la araña. Para ti, la portería no será un lugar vulnerable que necesite tu protección. Será una trampa. Será tu lugar de caza». Todo un capítulo de la Mística del portero.

Mal Peet. El portero de la selva (Keeper, 2003). Barcelona: Salamandra, 2010; 192 pp.; trad. de Javier Guerrero Gimeno; ISBN: 978-84-9838-286-0.

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domingo, 17 de septiembre de 2006

Me ha interesado el apasionado análisis de Victor Klemperer sobre la prostitución del lenguaje en el tercer Reich. Así, por ejemplo, comenta el rechazo que le provoca cualquier sentimentalización del lenguaje o cualquier patriotismo de campanario; o señala el escepticismo con el que reacciona cuando se habla del supuesto heroísmo de los deportistas: «se trata de un heroísmo demasiado ruidoso, demasiado lucrativo, demasiado satisfactorio desde la perspectiva de la vanidad para ser, la mayoría de las veces, auténtico». Como son consideraciones que comparto, aquí quedan.

Victor Klemperer. LTI – La lengua del Tercer Reich – Apuntes de un filólogo (LTI. Notizbuch eines Philologen, 1947). Barcelona: Minúscula, 2004, 3ª reimpr.; 414 pp.; trad. de Adan Kovacsics; ISBN: 84-95587-07-6.

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domingo, 26 de marzo de 2006

Me asombra el caso que se les hace a muchos deportistas. Con frecuencia me viene a la cabeza lo que cuenta Nick Hornby de que hay tipos para los que correr por un campo de fútbol con el uniforme de jugador es la mejor manera de impedir que los expulsen del estadio.

Nick Hornby. Fiebre en las gradas.

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domingo, 11 de diciembre de 2005

Nick Hornby: «Una de las grandezas del deporte es su cruel claridad: no existe, por ejemplo, un mal corredor de los cien metros lisos, ni un lamentable defensa central con una suerte tremenda. En el deporte, las cosas están más claras que el agua». O, como decía una vez Jack Nicholson: me gusta el baloncesto, la bola entra o no entra, hay certezas.

Nick Hornby. Fiebre en las gradas.

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domingo, 4 de diciembre de 2005

Richard Ford: Los deportistas «nunca expresan contradicciones, ni muestran una pizca de miedo existencial. (...) Ellos no analizan sus emociones ni tienen dudas acerca de lo que dicen o piensan. De hecho, los deportistas, cuando están en su mejor forma física, logran que su naturaleza prosaica parezca un misterio por el simple hecho de estar totalmente absortos en lo que hacen. Los años de entrenamiento deportivo enseñan esto, la necesidad de renunciar a la duda, la ambigüedad y el autoanálisis en favor de una agradable y unidimensional autosuperación que obtiene su inmediata recompensa en los deportes». No es exacto, creo yo, pero sí es bastante aproximado a lo que se nos muestra del deporte profesional.

Richard Ford. El periodista deportivo (The Sportswriter, 1986). Barcelona: Anagrama, 1990; 396 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Isabel Núñez y José Aguirre; ISBN: 84-339-3195-4.

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domingo, 27 de noviembre de 2005

Cuenta Nick Hornby que hubo un entrenador de fútbol del Arsenal llamado Alan Durban que, durante una rueda de prensa, contestó a quienes le increpaban el fútbol tan feo de su equipo con una cita futbolística que ha hecho historia: «Si quieren divertirse vayan al circo a ver a los payasos». Y es que, apuntala Hornby, «quejarse de que el fútbol sea aburrido es como quejarse de que El rey Lear tenga un final tan triste: es no haber entendido nada, y eso es lo que atinadamente apuntó Alan Durban, a saber, que el fútbol es un universo alternativo, tan serio y tan estresante como el trabajo, dotado de las mismas preocupaciones, esperanzas y desilusiones, de las mismas alegrías ocasionales».

Nick Hornby. Fiebre en las gradas (Fever Pitch, 1996). Barcelona: Ediciones B, 1996; 301 pp.; col. Tiempos modernos; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-406-6321-8.

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