bienvenidos a la fiesta
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jueves, 28 de junio de 2012

Un relato corto emocionante acerca del dolor de una niña: Celeste & Lálinha, de José Cardoso Pires. Para mí es un misterio que una novelita tan buena no se pueda encontrar ahora en las librerías.
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domingo, 21 de agosto de 2011
Un ejemplo de los que prueban que algunas emociones nos hacen conocer mejor las cosas.
Según Jean Piaget «los bebés no desarrollan ningún tipo de sentido de los números hasta los cuatro o cinco años de edad. Piaget puso de relieve que, antes de esa edad, los niños hacen mal el “test de conservación de números”. En ese test, se enseñan a los niños dos hileras, una de seis vasos y otra de seis botellas. Los objetos de cada hilera guardan la misma distancia entre sí, teniendo ambas la misma longitud. Se pregunta a niños de tres años qué hilera contiene más objetos, y casi todos responden que son iguales. A continuación, si extendemos la fila de vasos de modo que quede un espacio mayor entre cada dos vasos y hacemos la misma pregunta, la mayor parte de los niños dirán que en esta hilera hay más objetos. Así que, por lo visto, los niños de tres años creen que el número depende de lo grande que parezca algo. Según Piaget, esto demuestra que los niños no “conservan” el número». Pero muchas investigaciones posteriores «han demostrado que la idea de que los niños pequeños carecen de un concepto del número es simplemente errónea. El problema de los tests de Piaget es que a menudo pasan por alto aquello de lo que los niños son realmente capaces. (…) Usando una ingeniosa versión renovada del experimento de conservación de Piaget descrito antes, en la década de 1960 los psicólogos cognitivos Jacques Mehler y Tom Bever, en Boston por entonces, demostraron que los niños de tres años pueden “conservar” implícitamente el número. Pusieron de relieve que, en ciertas situaciones experimentales, es posible llegar a los mismos resultados que obtiene Piaget: los niños de incluso cuatro años responden a menudo que las hileras más largas contienen más canicas que las más cortas, aunque en estas últimas haya realmente más canicas que en las otras. No obstante, si las canicas son sustituidas por caramelos (…) y no se requiere ninguna respuesta verbal —se dice a los niños que escojan cuál de las dos filas quieren comerse— ya a los dos años los niños optan por la hilera con más caramelos (…) sin importarles su longitud. Así pues, evidentemente los niños sí tienen un cierto concepto del número a una edad mucho más temprana que la sugerida por Piaget».
Sarah-Jayne Blakemore y Uta Frith. Cómo aprende el cerebro. Las claves para la educación (The learning brain, 2008), Barcelona: Ariel, 2008, 3ª impr.; 301 pp.; trad. de Joan Soler; prólogo de José Antonio Marina; ISBN: 978-84-344-5305-0.
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viernes, 6 de agosto de 2010
Esta reseña me recordó que no había puesto aquí aún unos cuentos sobre niños y jóvenes del peruano Julio Ramón Ribeyro, que me parecen deslumbrantes, poderosísimos por cómo evocan los sentimientos de la infancia e interesantísimos por cómo retratan el mundo de origen del autor. Volveré a Ribeyro.
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miércoles, 19 de mayo de 2010
Catalinasss, de Marisa López Soria, es un relato bienhumorado con un vocabulario muy rico pero bien justificado por la historia.
La protagonista, Catalina, es una niña con un gran amor por las palabras desde que, a los cuatro años, se quedara fascinada por un viejo tratado con ilustraciones llamado «De la injerta y la poda». Se pasa la vida buscando la palabra más bonita del mundo y decide llamarse Catalinasss cuando se da cuenta de que ella es muchas Catalinas: simpática, furiosa, trabajadora, pintora...
El relato como tal no tiene más hilo conductor que la espera de Catalina y sus compañeros de clase de que llegue a clase un chico caribeño llamado Mateo. Hasta ese momento, el último capítulo, se suceden varios episodios familiares o colegiales, que son oportunidades para que Catalina vaya desplegando su amor por las palabras y su dominio del lenguaje, y el narrador una sobresaliente capacidad para recoger diálogos y emociones de la vida cotidiana.
Marisa López Soria. Catalinasss (2009). Barcelona: Bambú, 2009; 105 pp.; col. Jóvenes Lectores; ilust. de Araiz Mesanza; ISBN: 978-84-8343-059-0.
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martes, 18 de mayo de 2010
El niño gol, de Ramón García Domínguez, es un relato sencillo que demuestra, una vez más, que un libro infantil eficaz se basa en una buena idea que toca con acierto alguna tecla del mundo interior del niño.
El padre de Quique, locutor radiofónico deportivo, anima continuamente a su hijo a que saque un sobresaliente: «sacar sobresaliente en clase es igual que meter un gol». Y Quique se esfuerza y se esfuerza hasta que saca uno. Pero, cuando vuelve a casa, la reacción de su padre no es la que esperaba.
Las ilustraciones de Emilio Urberuaga refuerzan la simpatía de la historia y los sentimientos del relato: los altibajos interiores de Quique y sus ansias de ganar la aprobación de su padre, un personaje extravagante pero amable.
Ramón García Domínguez. El niño gol (2010). Zaragoza: Edelvives, 2010; 36 pp.; ilust. de Emilio Urberuaga; ISBN: 978-84-263-7368-7.
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miércoles, 5 de mayo de 2010
La tradición de relatos protagonizados por «niños malos» tiene, como principal representante a Tom Sawyer, de Mark Twain, en la literatura norteamericana. Y podemos considerar a su descendiente más famoso, en la literatura inglesa, a Guillermo, de Richmal Crompton. Pero, después de Tom y antes de Guillermo, fue muy popular Penrod, un personaje del varias veces premio Pulitzer Booth Tarkington, cuyas aventuras fueron publicadas parcialmente, y hace tiempo, en España con el título De la piel del diablo. Sus relatos son divertidos hasta la carcajada y tienen un nivel literario muy superior a lo habitual en el género, pero son rechazados hoy por muchos debido a su fuerte incorrección política para los estándares educativos actuales —el humor del autor es muy masculino—, y debido, sobre todo, al racismo subyacente que se trasluce (no tanto como algunos dicen aunque algo hay).
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domingo, 7 de junio de 2009
Hay relatos en los que se habla de la primera vez en que un niño descubre la injusticia o el engaño. Un ejemplo, muy bien contado, está en las memorias de Janet Frame:
«La visita al odontólogo señaló el final de mi infancia y mi introducción en el mundo amenazador de las contradicciones, en el que las palabras dichas y escritas conquistaron un poder especial. (...)
Me llevaron al dentista, donde pateé y me debatí, convencida de que me sucedería algo horrendo. El facultativo, en lo recio de mi resistencia, hizo una seña a la enfermera, que se acercó con una linda toalla de color rosa.
—Huele esta toalla tan bonita —me pidió con amabilidad.
Me incliné a olerla con toda la inocencia, y comprendí muy tarde, al notar que me dormía, que me habían embaucado. Jamás he olvidado aquel engaño, ni mi asombrada incredulidad de que me hubiesen traicionado de aquella forma, de que la frase “Huele esta toalla tan bonita”, sin asomo de algo malo, hubiese servido para meterme en una especie de emboscada, de que ellos no hubieran significado realmente “Huele esta toalla tan bonita” sino “Te haré dormir mientras te arranco el diente”. ¿Cómo fue? ¿Cómo unas cuántas palabras amables pudieron hacer tanto daño?».
Janet Frame. Un ángel en mi mesa (An Angel at my Table, 1989; edición que reúne tres libros anteriores: To the Is-Land, 1982; An Angel at my Table, 1984; The Envoy from Mirror City, 1985). Barcelona: Seix Barral, 2009; 475 pp.; col. Biblioteca Formentor; trad. de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya, Ana Mª de la Fuente y Elsa Mateo Edición; ISBN: 978-84-322-2839-1.
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jueves, 20 de noviembre de 2008
En Mal de escuela, a propósito de la indignación que le produjo el enfoque de un reportaje atemorizador sobre jóvenes violentos y marginales, dice Daniel Pennac que vivimos en «una sociedad sin honor que ha perdido hasta el propio sentimiento de paternidad». Y, unas páginas después, en el mismo libro, habla de lo mismo de otra manera: 
«Hoy en día existen en nuestro planeta cinco clases de niños: el niño cliente entre nosotros, el niño productor bajo otros cielos, así como el niño soldado, el niño prostituido y, en los paneles curvos del metro, el niño moribundo cuya imagen, periódicamente, proyecta sobre nuestro cansancio la mirada del hambre y del abandono.
Son niños, los cinco.
Instrumentalizados, los cinco».
A Pennac le falta una sexta clase de niño, todavía más instrumentalizado, al que, sin embargo, sí alude cuando habla de que cada época impone su lenguaje que, en la nuestra, es «la lengua de los objetos». Se pregunta y se responde Pennac:
«Hace unos quince años, ¿habría sido yo el pequeño de cuatro hermanos? ¿Me habrían deseado? ¿Me habrían concedido el visado de salida?
Cuestión de presupuesto, como todo lo demás».
En la palabra deseado, que Pennac acentúa, está la clave. Ningún deseo debería llevarnos a olvidar que un ser humano, sea quien sea y tenga el tamaño que tenga, nunca es un objeto que uno puede instrumentalizar y usar o tirar según le convenga.
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martes, 19 de febrero de 2008
«Los niños de corta edad acaparan todas las fuerzas de los que se ocupan de ellos y, en una milésima de segundo, por la gracia de una palabra o de una sonrisa, dan infinitamente más de todo lo que habían acaparado».
Christian Bobin. Autorretrato con radiador (Autoportrait au radiateur, 1997). Madrid: Árdora, 2006; 144 pp.; trad. de José Areán; ISBN: 84-88020-22-8.
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jueves, 30 de agosto de 2007
Nueva edición del singular libro de Richard Hughes, Huracán en Jamaica. No apto para quienes creen en la inocencia sin mancha de los niños.
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sábado, 20 de enero de 2007
«Por trágicos y míseros que hayan sido los tiempos, la niñez es siempre una edad de oro. A Ortega y Gasset lo mandaron de niño interno al colegio malagueño de El Palo. Me figuro que un colegio de jesuitas a últimos del siglo XIX no correspondía a la idea que un niño pudiera tener del paraíso terrenal y, sin embargo, al evocar aquellos años, Ortega llegó a escribir: “Yo fui emperador en una gota de luz”. En esa gota de luz hemos vivido todos y algunos seguimos alumbrándonos con ella. Ya entonces, yo al menos, no tenía más remedio que vislumbrar las sombras que rodeaban aquella gota de luz, pero aun así son gratos mis recuerdos, y mi historia, con sombras o sin ellas, tuvo un final feliz. Las sombras pasan, la luz permanece. A esa edad los disgustos se olvidan con rapidez; de la miseria sólo se ve el lado cómico y de la tragedia el heroico. Ya sé que andan por ahí visiones sórdidas y sombrías de la niñez, pero a mi modo de ver esas visiones no son otra cosa que una proyección sobre la niñez de las frustraciones y resentimientos de la vida adulta. Desde la frustración y el resentimiento se ha evocado más de una vez la infancia en un internado, y es que es más fácil y socorrido echarles la culpa a los padres y a los maestros de las malas notas que se sacan en la vida que no atribuírselas a taras inconfesables. Es la técnica de los autores de Confesiones, grandes hipócritas algunos de ellos. (...) Yo, si tengo algún resentimiento y alguna frustración, son los de no haber pasado por aquellos internados donde los niños bien lo pasaban tan mal».
Aquilino Duque. El Rey Mago y su elefante.
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Jesucristo en su Majestad
(1410-1415). Andrei Rublev.
lunes, 25 de diciembre de 2006
Un día como hoy es el mejor para indicar que ningún libro de los que he leído sobre Jesucristo me ha gustado tanto como El Señor, de Romano Guardini. Todo él es clarificador pero, a quien se dedique a los libros infantiles, le recomendaría leer el capítulo titulado «Si no os hacéis como niños». A partir de una escena narrada en el capítulo 18 de san Mateo, Guardini dice que, aunque las palabras de Jesucristo sobre los niños se han puesto siempre, con razón, como criterio del ser cristiano, también pueden ser y han sido mal comprendidas. Y dedica su explicación a clarificar esto: «¿Qué es, entonces, lo que quiere decir Jesús cuando da tal importancia al niño?». Pero mejor que cada uno lo busque, si le interesa, porque me resulta difícil resumir o simplificar o cortar-y-pegar sin traicionar una explicación tan bien articulada.
Romano Guardini. El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo (Der Herr, 1937). Madrid: Cristiandad, 2005, 2ª ed.; 706 pp.; trad. de Dionisio Mínguez; ISBN: 84-7057-506-6.
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sábado, 21 de octubre de 2006
Escucho en la radio a Phil Collins una canción que habla de los dolorosos sentimientos posdivorcio, como subraya la entusiasta locutora poniendo voz de pena. Y recuerdo, no por primera vez, el excelente prólogo de Henry James a Lo que Maisie sabía, donde reflexiona sinuosamente sobre cómo tratar novelescamente la situación de un niño cuyos padres se divorcian. Allí habla James de cómo su «interesante pequeño mortal» vive «con toda intensidad y perplejidad y felicidad en su pequeño mundo terriblemente enrarecido: uniendo a personas que, como poco, obrarían con mayor corrección permaneciendo separadas; desuniendo a personas que, como poco, obrarían con mayor corrección permaneciendo juntas; adquiriendo madurez, hasta cierto grado, al precio de la infracción de muchas convenciones y decoros, inclusive decencias; manteniendo de veras encendida la antorcha de la virtud en un ambiente infinitamente proclive a apagarla». En fin, termina James su larguísimo párrafo, «extrayendo de entre el hedor a egoísmo cierta excéntrica fragancia a ideal, esparciendo en un erial yermo, por medio de su sola presencia, la semilla de la vida moral».
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domingo, 3 de septiembre de 2006
En su diálogo con Marcello Pera, hablando de la decadencia interior de las fuerzas espirituales que sustentaban Europa, el que fuera Cardenal Ratzinger decía: «Hay una extraña desgana de futuro. A los hijos, que son el futuro, se los ve como una amenaza para el presente; se piensa que nos quitan algo de nuestra vida. No se los percibe como una esperanza, sino como una limitación. Se impone una comparación con el Imperio Romano en su ocaso, que seguía funcionando como gran marco histórico, cuando en realidad vivía ya de los modelos que habrían de disolverlo, pues había agotado su energía vital».
Marcello Pera – Joseph Ratzinger. Sin raíces (Senza radici, 1004). Barcelona: Península, 2006; 144 pp.; trad. de Bernardo Moreno y Pablo Largo; ISBN: 84-8307-717-5.
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martes, 25 de julio de 2006
Un coeficiente de desviación que se ha de aplicar a la hora de juzgar mis críticas a libros infantiles y juveniles es que, para mí, el argumento o las escenas de un libro con frecuencia son ya conocidos pero no así para el niño al que se destina; y que algunos relatos, que apelan a recursos propios de algunas películas con éxito entre niños y jóvenes, pueden gustarles a ellos pero a mí no. Dicho de otro modo: quien ha leído mucho pierde la frescura del lector para quien cada libro es nuevo, y a él puede no gustarle una historia que, sin embargo, puede cumplir muy bien su función entre sus destinatarios naturales.
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domingo, 18 de junio de 2006
Conozco personas que se desaniman al ver que, teniendo más medios educativos que nunca, los resultados son tan pobres. Al margen de que las leyes educativas dictadas por las ideologías o los prejuicios contribuyan lo suyo al desastre, pienso que desde un punto de vista inmediato y personal, en los ámbitos inmediatos donde muchos sí pueden actuar con eficacia, con frecuencia los padres olvidan que el esfuerzo educativo es necesario siempre. A veces se simplifica y se dice que, a ciertas edades, es muy fácil que un niño aprenda idiomas, o arte, o lo que sea... Pero la facilidad con que un niño puede aprender cosas no es nada comparada con la facilidad con que puede no aprenderlas.
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martes, 30 de mayo de 2006
Suele decirse que la mayor y más duradera influencia sobre los niños es la que procede de sus propios compañeros, aunque no todos son tan conscientes como Marcia, la compañera de Charlie Brown:
«Marcia: He suspendido por culpa tuya, Carlitos.
Carlitos: ¿Por qué?
Marcia: ¿No eres acaso mi mejor amigo? Tenías que haberme influido mejor».
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martes, 18 de abril de 2006
En unos consejos a un futuro escritor de libros infantiles, Astrid Lindgren decía: «Procura incluir también algo que divierta a niños y mayores, pero no se te ocurra poner nunca, en un libro infantil, algo que tú sepas que únicamente ha de resultar gracioso para los mayores. No olvides que no escribes para que te encuentren ocurrente y chistoso los críticos. Muchos de los que escriben para niños hacen un guiño a determinado lector por encima de las cabecitas de los pequeños. Buscan un acuerdo con los adultos y pasan por alto a la criatura. Te suplico que no hagas eso ¡nunca! Porque es una desfachatez para con el niño que debe comprar y leer tu libro».
Astrid Lindgren. «Breve diálogo con un futuro autor de libros infantiles», en Mi mundo perdido (Samuel August frán Sevedstorp och Hanna i Hult, 1975). Barcelona: Juventud, 1985; 93 pp.; trad. de Herminia Dauer; ISBN: 84-261-2118-7.
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martes, 20 de diciembre de 2005
A menudo, la única manera de adquirir una cualidad en realidad es empezar a comportarnos como si ya la tuviéramos. Por eso los juegos de niños son tan importantes: Ellos siempre están fingiendo ser adultos: juegan a los soldados o juegan a las tiendas. Pero en todo momento están endureciendo sus músculos y agudizando sus sentidos, para que la ficción de ser adultos les ayude a crecer de verdad».
C. S. Lewis. Mero cristianismo (Mere Christianity, 1952). Madrid: Rialp, 1995; 233 pp.; col. literaria: trad. de Verónica Fernández Muro; ISBN: 84-3213-077-X.
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viernes, 2 de diciembre de 2005
Uno de los personajes de Incierta Gloria, Trini, dice: «¡Nos es tan necesaria la fantasía cuando somos pequeños, cuando somos nuevos en este mundo; nos es tan necesario transfigurar este mundo, al que hemos venido a parar no sabemos cómo ni de qué manera, con los toques de la fantasía y del misterio! Hay más aún; hay más que esta necesidad de fantasía y de misterio, o sea de poesía, que tan vivamente sienten los niños; hay más, y es que tienen miedo. Todos los niños tienen miedo: miedo a la oscuridad, miedo a los desconocidos —personas o animales—, miedo a perderse, a extraviarse; miedo a no saben bien el qué. Mis padres, como todos los incrédulos, negaban que este miedo fuese innato; lo atribuían, por el contrario, al vicio —como decían ellos— de hablar a los niños de cosas que dan miedo, como es la muerte, el demonio, los fantasmas, el lobo, las brujas. Pero a mí nunca me habían hablado de nada de todo eso y recuerdo como si los sintiera ahora mis miedos, mis grandes terrores nocturnos si me despertaba a altas horas de la noche, aquellos miedos sin forma y sin límite que flotaban pesadamente en la oscuridad de mi dormitorio. Un día, ya un poco mayor, conocí en la escuela a una niña que me dijo que ella, por la noche, cuando tenía miedo, se encomendaba al ángel de la guarda. Le decía: "Ángel de la guarda / dulce compañía, / no me desampares / ni de noche ni de día". Me aprendí estos versos sin decir nada a los papás, y a partir de entonces, si me despertaba, los recitaba en voz alta».
Joan Sales. Incierta gloria.
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martes, 15 de noviembre de 2005
Tengo amigos a los que no les gustan las Crónicas de Narnia. Unos porque no son capaces de apreciar los relatos infantiles del tipo que sean. Otros, porque les ocurre lo mismo con las historias de fantasía en general. Otros, porque han leído El Señor de los anillos y tienen dificultades para bajar de nivel y apreciar relatos inferiores aunque sean valiosos. En muchos casos eso se debe a que han perdido la capacidad de asombro y la frescura que tuvieron cuando leían como niños. Ahora bien, a mí me pasa lo mismo también cuando, por haber leído muchas historias semejantes, rechazo algún relato infantil bien escrito y no aprecio que el niño no ha leído tanto como yo y que para él ese relato será el primero que le cuente determinada historia, y que por tanto puede cumplir bien su función. Es el mismo Lewis quien nos indica que la peculiaridad del lector infantil consiste justo en que no es peculiar: somos nosotros quienes sí lo somos.
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jueves, 24 de febrero de 2005
Más que hablar de los libros que nos gustaría que leyeran los niños o de cómo hacer que los niños lean esos libros que a nosotros nos parecen apropiados, creo que deberíamos fijarnos en las pautas y estándares que marcaron los libros infantiles que han sido considerados mejores por muchas generaciones de lectores de muy distintos ambientes. Pues, sobre todo, en ellos vemos esas condiciones negativas que un buen libro infantil nunca tiene: estar mal escrito, usar expresiones triviales o vacías, guiñar el ojo al adulto por encima de la cabeza del niño, guiñar el ojo al niño para darle la razón cuando no la tiene…
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lunes, 14 de febrero de 2005
Viene bien recordar que «hay buenos libros que son sólo para adultos, por la sencilla razón de que para comprenderlos se presuponen una serie de experiencias propias de los adultos; en cambio, no hay buenos libros que sean sólo para niños».
W. H. Auden. Prólogos y epílogos (Forewords and Afterwords). Barcelona: Península, 2003; 237 pp.; col. Ficciones; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-8307-558-X.
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