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Notas del archivo 'Poesía' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 4 de febrero de 2017

Algunos consejos de Borges a jóvenes poetas, durante una charla en Norteamérica:

—«Mi consejo a los poetas jóvenes es el de empezar por las formas clásicas del verso y solo después de eso ensayar posibles innovaciones».

—«Para romper las reglas, uno debe conocer las reglas antes. Ahora, todo esto es muy evidente, pero a pesar de su obviedad, no parece haber sido comprendido por la mayoría de los jóvenes, para no mencionar a los adultos, como es mi caso».

—«Si usted escribe en inglés, usted sigue una tradición. El lenguaje mismo es una tradición. ¿Por qué no seguir esa larga e ilustre tradición de sonetistas, por ejemplo? Yo encuentro muy extraña la ignorancia de la forma. Después de todo, no hay muchos poetas que escriban en buen verso libre, pero son muchos los escritores que han dominado las otras formas. (…) Yo no creo que sea posible descartar todo el pasado. Si lo hiciera, usted correría el riesgo de descubrir cosas que ya han sido descubiertas. Yo creo que eso se debe a la falta de curiosidad. ¿No siente usted curiosidad por el pasado? ¿No siente curiosidad por sus compañeros poetas de este siglo? ¿Y del último siglo? ¿Y del siglo dieciocho?»

—«Todo joven poeta se siente un Adán que nombra las cosas. Pero lo cierto es que un poeta no es Adán y que tiene una larga tradición detrás de él. Esa tradición es el lenguaje en el que escribe y la literatura que ha leído. Yo creo que es más prudente para un joven escritor demorar la invención y la irreverencia por un tiempo y tratar meramente de escribir como algún buen escritor a quien admire. Stevenson dijo que él empezó encarnando un “sedulous ape” (un remedo diligente) de Hazlitt. Desde luego, la frase «sedulous ape» ya es prueba de la originalidad de Stevenson. Yo no creo que Hazlitt hubiera usado la expresión “sedulous ape”».

Jorge Luis Borges. El aprendizaje del escritor (1971-2015). Barcelona: Debolsillo, 2015; 176 pp.; col. Contemporánea; edición de Thomas di Giovanni, Daniel Halpern y Frank MacShane; trad. de Julián E. Ezquerra; ISBN: 978-8490625569. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 22 de octubre de 2016

Después de las citas del pasado sábado, algunos párrafos más de W. H. Auden, en El arte de leer, en este caso sobre la poesía.

—«Un poema no tiene que ser grandioso, ni siquiera serio, para ser bueno».

—«La poesía puede hacer mil y una cosas: deleitar, entristecer, perturbar, divertir, instruir; puede expresar la menor sombra de emoción y describir cualquier clase de evento imaginable; sin embargo, tiene un único deber: debe alabar hasta donde le sea posible lo que es y lo que acontece».

—«Cuando uno lee un poema escrito en su propia lengua, puede considerar personalmente antipática la sensibilidad del poeta y verse, sin embargo, inducido a admirar su manera de expresarse, pero cuando lo que leemos es una traducción, todo queda reducido a la sensibilidad, que puede gustarnos o disgustarnos».

—«Creo que la poesía es frivolidad, fundamentalmente. Yo mismo escribo poesía simplemente porque me gusta hacerlo. Lo único verdaderamente serio es amar a Dios y al prójimo. Porque uno puede decir: “no soy matemático” o bien “no soy artista y me parece muy bien, porque no tengo talento para eso”. Todo aquello que no es indispensable para uno es fundamentalmente frívolo. Nadie puede decir que no ama a su prójimo porque no tiene talento para eso: es indispensable para todo el mundo».

W. H. Auden. El arte de leer (2013). Barcelona: Lumen, 2013; 463 pp.; trad. de Juan Antonio Montiel; edición de Andreu Jaume; ISBN: 978-84-264-2164-7. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 21 de agosto de 2016

Sigo con mis lecturas de verano de libros de poesía que se habían ido quedando atrás en mis listas. Esta vez le toca el turno a la Antología poética, de Jan Twardowski.

Según se indica en la buena introducción, un contemporáneo decía que «nos sentimos orgullosos de Szymborska, admiramos a Rózewicz, nos encanta Miłosz, pero a quien amamos es a Twardowski, porque es el único poeta polaco al que se puede amar». También allí se apunta que, en su obra, aparte la influencia de otros poetas polacos como Miłosz o Herbert, se aprecia también la de escritores como Andersen, Sienkiewicz o Frances Hodgson Burnet.

Su popularidad, según leí en una reseña, se debe a «su estilo directo, claro, sincero, vivo», y a la «brillantez persuasiva de comparaciones y metáforas, que sorprenden y sacuden al lector y muestran esa sabiduría intuitiva propia de los grandes poetas». A mí me ha gustado también su tono conversacional, como se puede ver en dos poemas de los que tomé nota:

¡ESPERA!

«Cuando reces, debes ser capaz de esperar:
todo lleva su tiempo,
bien lo saben los profetas;
(…)
no reces, si no sabes esperar».

CUANDO DICES

No llores en tus cartas,
no escribas que el destino te dio una patada;
nada en este mundo carece de salida:
cuando Dios cierra la puerta, abre una ventana;
respira, observa:
de las nubes están cayendo
pequeñas y grandes desdichas, imprescindibles para ser felices;
de las cosas corrientes aprende su calma
y olvídate que eres cuando dices que amas.

Jan Twardowski. Antología poética. Edición bilingüe. Madrid: Rialp, 2009; 151 pp.; col. Adonais; selección, trad. y estudio preliminar de Anna Sobieska y Antonio Benítez Burraco; ISBN: 978-84-321-3731-0. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 14 de agosto de 2016

Segundo libro de poesía pendiente que por fin he podido leer: Cosas que me has contado, de José Luis de la Cuesta. Aquí está una reseña extensa, con algunos poemas de muestra, que me ahorra cualquier comentarlo.

Además, a mí me han gustado el políticamente incorrecto LO QUE MI NOVIA TIENE QUE HACER EN MI POEMA ÉPICO, el sugerente SEGUID DISIMULANDO, y otros, como los dos que siguen.

NIÑA VOLVIENDO ENFADADA DEL COLEGIO CON PARAGUAS UN DÍA SOLEADO

Oh, Señor, y qué dices
de esa otra virgen a la que su madre cargó
con muchísimo aceite en sus alcuzas,
con un generador de emergencia, por si acaso,
y de tanto como pesaba todo aquello
tampoco llegó a tiempo.

POBREZA

Gracias, Pobreza,
¡me mantienes alejado
de tantas vulgaridades!

Gracias a ti
puedo no ir a Cerdeña,
ni a las islas griegas,
ni a la costa dálmata.

Sin ti, vete a saber
qué deportes absurdos
estaría practicando.
A qué chica habría invitado
a ese caro restaurante.

Gracias, Pobreza,
siempre me has recibido
son los brazos abiertos,
siempre has perdonado
que ocasionalmente ahorrara.

Gracias, Pobreza,
porque yo soy un camello,
pero tú ensanchas
el ojo de la aguja.

José Luis de la Cuesta. Cosas que me has contado (2015). Sevilla: Los Papeles del Sitio, 2015; 78 pp.

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domingo, 7 de agosto de 2016

Entre mi plan de lecturas atrasadas que estoy intentando remediar este verano, un deseado libro de poesía —debido a las citas y referencias aparecidas en Rayos y Truenos como, por ejemplo, esta entrevista—, que al fin he conseguido leer era y es Puntos suspensivos, de Mario Quintana.

Es un acierto que, a modo de prólogo, el traductor y antólogo incluya una selección de aforismos de Quintana sobre la poesía y el oficio de escribir. Son excelentes en general y, en particular, muy ilustrativos, por un lado, de cómo entiende Quintana la poesía —«Envejecer sin experiencia —tal vez en eso consista uno de tantos secretos de la vida. Pero eso es, sin duda, el gran secreto de la poesía»—, y de qué clase de poemas desea escribir y escribe —«Tachar, tachar siempre, mi único procedimiento. Y cualquier día de estos publico una edición de mis obras con la siguiente indicación: “Nueva edición, corregida y disminuida”»—.

En cuanto a la selección de poemas, tomados de ocho libros del autor publicados entre 1940 y 1989, son muchos los que me gustan. Entre otros, de los que tomé nota, dos pequeñitos:

MOMENTO

El mundo es frágil
y lleno de temblores
como un acuario.

Sobre él diseño
este poema: imagen
de otras imágenes…

PRODIGIOS

En este mundo de prodigios
y de la magia de Dios lleno,
nada más sobrenatural existe
que los ateos.

Mario Quintana. Puntos suspensivos. Edición bilingüe. Sevilla: Los Papeles del Sitio, 2007; 156 pp.; trad. y edición de Enrique García-Máiquez; ISBN: 978-84-935892-0-2.

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jueves, 14 de agosto de 2014

Un libro leído hace poco y con el que he aprendido mucho: Antología comentada de la poesía lírica española, de Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada. Es una extensa selección de los mejores poemas españoles desde sus comienzos hasta bien avanzada la mitad del siglo XX. Los autores, u otros especialistas en ciertos casos, hacen un comentario a cada poema e indican sus aspectos formales más destacados y sus posibles interpretaciones. Además, algunos poemas van seguidos de textos donde se señalan precedentes poéticos, poemas posteriores que lo citan, o lo parodian, o tratan el mismo tópico, alguna crítica singular, etc.

Por ejemplo, después de Retrato («Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla»), de Antonio Machado, hay un comentario general, otro en el cual el mismo Machado distingue su poesía de la de Rubén Darío, otro en el que se compara ese retrato con el que hace su hermano Manuel, otro más con un poema que hace un homenaje intertextual al poema comentado, y un texto del borrador de su discurso de ingreso en la Real Academia, que nunca leyó, donde dice: «Soy muy poco sensible a los primores de la forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada».

Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada. Antología comentada de la poesía lírica española (2005). Madrid: Cátedra, 2005; 663 pp.; col. Crítica y estudios literarios; ISBN: 84-376-2268-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 7 de diciembre de 2013

Borges: «Me figuro que una nación desarrolla las palabras que necesita. Esta observación, hecha por Chesterton (creo que en su libro sobre Watts), equivale a decir que la lengua no es, como el diccionario nos sugiere, un invento de académicos y filólogos. Antes bien, ha sido desarrollada a través del tiempo, a través de mucho tiempo, por campesinos, pescadores, cazadores y caballeros. No surge de las bibliotecas, sino de los campos, del mar, de los ríos, de la noche, del alba».

Jorge Luis Borges. «Pensamiento y poesía», en Arte poética. Seis conferencias (This Craft or verse, conferencias pronunciadas en 1967). Barcelona: Crítica, 2005; 181 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Justo Navarro; prólogo de Pere Gimferrer; edición, notas y epílogo de Calin-Andrei Mihailescu; ISBN: 84-8432-603-9.

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jueves, 15 de agosto de 2013

Poesía para niños de 4 a 120 años. Antología de autores contemporáneos recoge poemas de 43 autores españoles acerca de la infancia. Unos han sido publicados antes y otros no. Los antólogos dicen al lector, en su prólogo, que «no esperes encontrar versos para los más pequeños, porque pequeños somos todos»: es decir, que todos los poemas contienen, al fin, sentimientos de adulto, unos que intentan recuperar el tono de momentos pasados —como «Sólo tu amor y el agua», de Pablo García Baena—, otros que son como evocaciones de algunos escenarios —como «Veranos», de Aquilino Duque—, otros que recuerdan personajes inolvidables —como «Los abuelos», de Miguel D’Ors—, y algunos de padre o madre sobre sus hijos, como este de Amalia Bautista, titulado «Los pies»:

«Qué feos son los pies de todo el mundo,
menos los de mis hijas. Qué bonitos
son los pies de mis niñas. Los mofletes
redondos y rosados de los ángeles
envidian sus talones, y sus dedos,
vistos desde la planta, diminutos,
tienen la suavidad de los guisantes.
los tienen a estrenar. Y me conmueve
pensar en cada paso que aún no han dado».

Varios autores. Poesía para niños de 4 a 120 años. Antología de autores contemporáneos (2010). Sevilla: La isla de Siltolá, 2010; 256 pp.; col. Agua; edición de Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez; ISBN: 978-84-15039-38-9.

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jueves, 5 de julio de 2012

Cuando me preguntan por novelas de amores juveniles siempre añado una recomendación adicional de poesía: La voz a ti debida, de Pedro Salinas.
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domingo, 27 de mayo de 2012

Adam Zagajewski:
«No soy enemigo de la poesía libre, sabia y magnífica que sepa unir lo cercano con lo lejano, lo alto con lo bajo, lo terrenal con lo divino, una poesía que sea capaz de registrar los movimientos del alma, las reyertas entre amantes y una escena callejera en una gran ciudad, pero también oír los pasos de la historia y las mentiras de un tirano, una poesía que no nos falle cuando llegue la hora de la verdad.
Sólo me enoja la poesía pequeña y pusilánime, obtusa y rastrera, una poesía que escucha servilmente lo que le sopla el espíritu de la época, aquel burócrata desidioso que revolotea a ras de tierra envuelto en una nube sucia de ilusiones».

Adam Zagajewski. «Contra la poesía», En defensa del fervor (Obrona żarliwości, 2002). Barcelona: Acantilado, 2005; 215 pp.; trad. de J. Sławomirski y Anna Rubió; ISBN: 84-96489-15-9.

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domingo, 11 de marzo de 2012

T. S. Eliot
:
«La música de la poesía no existe con independencia del significado. De otro modo, podría haber poesía de gran belleza sonora que no tuviera ningún sentido y personalmente jamás me he topado con algo similar. Las aparentes excepciones solo muestran una diferencia de grado: hay poemas cuya música nos mueve de tal manera que damos por hecho el significado, del mismo modo que hay poemas en los cuales atendemos al sentido mientras la música nos toca sin apenas notarlo. Tomemos un ejemplo aparentemente extremo: los poemas sin sentido de Edward Lear. Su sinsentido no supone vacuidad de sentido, sino parodia del sentido: ese es su sentido. The Jumblies es un poema de aventuras y de nostalgia del romanticismo del viaje al extranjero y la exploración; The Yongy-Bongy Bo y The Gong with a Luminous Nose son poemas de pasión no correspondida, de nostalgia, en realidad. Disfrutamos de la música, que es de altísima calidad, y disfrutamos de una sensación de irresponsabilidad frente al sentido».

T. S. Eliot. «La música de la poesía» (The Music of Poetry, 1942), en La aventura sin fin. Barcelona: Lumen, 2011; 583 pp.; edición de Andreu Jaume; trad. de Juan Antonio Montiel; ISBN: 978-84-264-1920-0.

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viernes, 17 de febrero de 2012

Wilfred Owen
(1893-1918) fue un poeta británico que combatió en la primera Guerra Mundial y murió en ella poco antes de que terminara. Poemas de guerra reúne algunos de los poemas que escribió allí, entre 1917 y 1918, y es un libro sobrecogedor, de los que transmiten dolor auténtico e indignación justa, rechazo del patrioterismo estúpido pero que, a la vez, está muy lejos de cualquier pacifismo burgués de salón con aires de superioridad moral. La edición es bilingüe, la traducción de los poemas suena bien —incluso a un lector de poesía poco experto como yo—, y las notas aclaratorias, al final, son verdaderamente útiles. El editor y traductor hace un buen comentario aquí.

Wilfred Owen. Poemas de guerra. Barcelona: El Acantilado, 2011; 102 pp.; edición, trad. y notas de Gabriel Insausti; ISBN: 978-84-15277-30.9. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 20 de noviembre de 2011

En el libro de Nicholson Baker que cité días atrás hay consideraciones acerca de la poesía que me han gustado.

Una, cuando el narrador señala que unos versos de Edward Lear «fueron los primeros que me dieron el escalofrío, el temblor, la afligida alegría de la verdadera poesía, el sentimiento de que algo no estaba bien pero que estaba bien que no estuviera bien. En realidad era mejor que si hubiera estado bien».

Otra, cuando un amigo le dice que, para la antología que debe prologar, le sugiere, no sin ironía: «Cuéntale a la gente la razón por la que existe la rima. Dales una buena e imaginativa explicación neurobiológica. La gente adora las explicaciones neurobiológicas imaginativas».

Luego, cuando apunta que «el conocimiento que dan las antologías no es verdadero conocimiento. Tiene uno que leer los poemas que no han sido escogidos para comprender los que lo han sido».

Es graciosa, y a la vez interesante, la razón que da para explicar por qué le gustan tanto los libros de poesía: la de «sea cual sea el sitio por donde los abras, caes en un principio. Si abro una biografía, o unas memorias, o una novela por en medio, que es lo que suelo hacer, caigo verdaderamente en el medio. Pero lo que quiero es estar lo más posible al principio. Y eso es lo que me da la poesía. Muchos, muchos principios. Ese sentimiento de ponerse en marcha».

Una quinta frase: «¿Qué significa ser un gran poeta? Significa que has escrito uno o dos poemas geniales. O partes geniales de poemas. No significa nada más. No intenten imaginarse el desperdicio o les alarmará su magnitud».

Y quien desee leer más, aquí tiene una selección mejor.

Nicholson Baker. El antólogo (The Anthologist, 2009). Barcelona: Duomo ediciones, 2010; 228 pp.; trad. de Ramón García; ISBN 13: 978-84-92723-51-5.

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miércoles, 2 de noviembre de 2011

En su momento leí La interminable historia de Nory, de Nicholson Baker, un libro singular e inteligente.

Ahora he leído El antólogo, otro libro más que curioso del autor que puede gustar mucho (o nada) a los entusiastas de la poesía y que, me parece, atraerá poco a lectores de otro tipo. En él hay dos comentarios de interés acerca de la enseñanza de la poesía a los niños. Ambos aparecen cuando el narrador habla de que tuvo una maestra que les explicó con entusiasmo los haikus y que les decía que la poesía «no tiene que rimar».

A propósito de lo primero dice: «incluso entonces comprendí que [todo lo que nos decía de los haikus] era cuento. Niños, este es un tipo de poesía que tiene un sentido perfecto, vibrante en japonés, pero que carece por completo de sentido en inglés. Eso es lo que nos tendría que haber dicho. Esa forma está completamente inadaptada a la lengua inglesa. (…) ¿Siete sílabas, once sílabas, cinco sílabas? Venga, hombre. ¿Cómo funciona de hecho la poesía inglesa? No funciona así. Yo no sé japonés, pero el haikú en japonés tenía todo tipo de interesantes cristales salados de impurezas que desaparecen en la traducción».

Y en relación a lo de que la poesía «no tiene que rimar», comenta: «¿Qué es lo que verdaderamente quería decir con aquello de “No tiene que rimar”? ¿Quería decir que podía rimar pero no tenía por qué hacerlo? No. Lo que quería decir es No riméis. Lo que quería decir es Voy a maniatar vuestros pobres cerebros maleables con la libertad. Voy a insistir en que debéis ser libres. Y escribió “VERSO LIBRE” en la pizarra.
Y allí estaba yo, sentado en mi silla de suavísimas ruedas, y pensé, ¿Qué quiere decir con lo de que no tiene que rimar¿ ¡Claro que tiene que rimar! Tiene que rimar porque la rima es poesía. ¿Dónde estaba sentada la Señorita Isabel? Estaba sentada en un cojín? ¿Estaba sentada en un canapé? No, estaba sentada en un escabel. Y si no es rima no es más que guano. Por aquel entonces guano era una de mis palabras favoritas, me la había enseñado Tintín».

Nicholson Baker. El antólogo (The Anthologist, 2009). Barcelona: Duomo ediciones, 2010; 228 pp.; trad. de Ramón García; ISBN 13: 978-84-92723-51-5.

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miércoles, 19 de octubre de 2011

Hace pocas semanas cayó en mis manos una Antología de la Poesía española I (desde los inicios al siglo XIX) para uso escolar, en la que se recogen poemas que, se podría decir, cualquier alumno español de secundaria debería conocer de memoria. En ella figuran textos de ocho autores de la Edad Media, de catorce autores del Siglo de Oro, de cuatro del siglo XVIII y de cuatro del Romanticismo. La edición, simplemente, presenta los textos, conforme a lo que afirma el prologuista: «la poesía no puede enseñarse, sino sólo señalarla: ahí está». Es una edición útil para sus objetivos de facilitar el aprendizaje y, también, para quien desee recordar poemas como el «Recuerde el alma dormida», «Que por mayo era por mayo», «En fin, en fin, tras tanto andar muriendo», «Voto a Dios que me espanta esta grandeza», «Desmayarse, atreverse, estar furioso», «Érase un hombre a una nariz pegado», «Admiróse un portugués», «Con diez cañones por banda», «Volverán las oscuras golondrinas», etc…

Antología de la Poesía española I (desde los inicios al siglo XIX). Fundación Altair: Sevilla, 2011; 172 pp.; prólogo de José Julio Cabanillas; ISBN: 978-84-938675-5-3.

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viernes, 28 de enero de 2011

Cuando leí Lo que ha llovido  anoté este comentario: «me parece que cuando leo a Jünger lo hago en un espejo. Probablemente provocar ese espejismo es una de las pruebas del nueve de los grandes escritores».

El mismo espejismo me han provocado muchos poemas de Con el tiempo —del que hay aquí una buena y amistosa reseña y aquí otra—, como por ejemplo el irónico de «Peor», que dice así:

«“Si dices la verdad, te quedas solo”,
suele advertir la gente
muy rara vez por experiencia propia.
Resulta que es peor:
acabas solo sólo con pensarla».

Enrique García-Máiquez. Con el tiempo (2010). Sevilla: Renacimiento, 2010; 72 pp.; ISBN: 978-84-8472-591-6.

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viernes, 12 de noviembre de 2010

Yo también tenía en espera desde hace tiempo Lecturas no obligatorias y Aquí, de Wisława Szymborska.

Y, en efecto, y como se podía suponer, ambos son dos libros formidables. Siguiendo los enlaces hay reseñas de los dos. Más adelante citaré otro texto de Lecturas no obligatorias. Ahora sólo quería dejar constancia de que me ha parecido extraordinario, entre otros —como el maravilloso «Ella Fitzgerald en el cielo»—, el poema titulado «Divorcio» y, en particular, su primer verso. Comienza así:

«Para los niños el primer fin del mundo de su vida.
Para el gato un nuevo dueño.
Para el perro una dueña nueva.
Para los muebles escaleras, golpes, carga, descarga.
Para las paredes claros cuadrados tras los cuadros descolgados.
Para los vecinos de la planta baja un tema, una pausa en el hastío» (…).

Wisława Szymborska. Lecturas no obligatorias: prosas (Lektury nadobowiązkowe, 1992). Barcelona: Alfabia, 2009; 252 pp.; prólogo y trad. de Manel Bellmunt Serrano; ISBN: 978-84-937348-4-8.
Wisława Szymborska. Aquí (Tutaj, 2009). Madrid: Bartleby, 2009; 67 pp.; edición bilingüe; trad. de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano; ISBN: 978-84-92799-06-0.

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viernes, 8 de octubre de 2010

En unas palabras finales a su poemario Baúl de sombras, dice Javier de Navascués lo que significa la poesía para él:

«Pavese decía que escribía para defenderse de las ofensas de este mundo. A mí, el mundo, por suerte, no me ha producido nada grave. Si acaso, quizá yo le haya hecho más daño que él a mí. Lamento no poder sostener razones tan existenciales como prestigiosas, pero el victimismo siempre me ha parecido, en manos de los intelectuales, una trampa retórica. La escritura, para mí, no es liberación de fantasmas ni desahoga efusivo.

Me parece, sí, que un poema debe nacer de una mirada directa a la propia realidad de quien lo hizo posible. Un buen poeta no debe tratar de decir nada de antemano. No ha de explicarle al lector el sentido de la vida. No ha de andarse con abstracciones. El poeta debiera ser fiel a la propia experiencia, a esa vivencia escondida que significó algo muy intenso en su momento y que las palabras tantean en vano por rescatar. Allí se oculta la mina que uno intenta buscar en la conciencia y que merodeamos todos los que perdemos el tiempo haciendo versos por las noches. Por cierto, me gustaría añadir que esa experiencia, al menos en mi caso, suele ser muy poca cosa. Pero eso no le quita valor, porque las palabras se encargan de añadírselo. “A thing of beauty is a joy for ever”, escribió cierto poeta inglés».

Javier de Navascués. Baúl de sombras (2009). Sevilla: Númenor, 2009; 55 pp.; prólogo de Fernando Aínsa; ISBN: 978-84-935855-1-8.

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domingo, 1 de noviembre de 2009

En mi caso, una forma de medir el provecho que le he sacado a un libro, es ver cuántas páginas he ido anotando en una hojita para tomar notas al terminar. En el caso de Lo que ha llovido, de Enrique García-Máiquez, han sido muchas, que no había recogido cuando las leí como anotaciones en su blog pero que sí han pasado a mi archivo cuando las he leído en el libro.

Señalo tres:

Una: «Creo que fue Joseph Brodsky el que esculpió la frase “La poesía es un atajo”. A veces, un atajo para la contemplación filosófica, sin necesidad de facultades ni de desarrollos silogísticos».

Dos: «A pesar de las innumerables definiciones de poesía, otra: poesía es eso cuyo resumen ocupa más que el original. Cuanta mayor desproporción entre resumen y original, más poesía. (...) Afortunadamente, otra característica de la buena poesía es que resumirla, además de imposible, no hace falta».

Tres: «Mientras por otros libros se avanza, por la Divina Comedia se asciende. En las mejores obras hay una sensación física: en la Iliada se cae al suelo, retumbando; se cabalga en El Cid; en El Quijote se anda a caballo como en la poesía de Antonio Machado en tren, en los diarios de Trapiello uno se reclina en un sillón, bajo una lámpara... En la Comedia se asciende a pulso incluso en el descenso del Inferno, pues allí todo está invertido. Eso hace excitante la lectura, desde luego, y más cansada: no se desafía impunemente la ley de la gravedad».

Y los interesados en la poesía infantil no deberían perderse Pilla-Pilla y Tortuga.

Enrique García-Máiquez. Lo que ha llovido [Rayos y truenos, 2006-2008]. Sevilla: Númenor, 2009; 275 pp.; ISBN: 978-84-935855-2-3.

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domingo, 9 de noviembre de 2008

Wisława Szymborska: «Sueño algunas veces con situaciones imposibles. Me imagino, por ejemplo, en mi impertinencia, que tengo la posibilidad de hablar con el Eclesiastés, autor de tan conmovedor lamento frente a la vanidad de toda actividad humana. Le haría una profunda reverencia porque no cabe la menor duda de que es uno de los más importantes poetas, por lo menos para mí. Pero después lo cogería de la mano. “Nada nuevo bajo el sol”, dijiste, Eclesiastés. Pero si tú mismo naciste nuevo bajo el sol. Y el poema del cual eres autor también es nuevo bajo el sol porque nadie lo escribió antes que tú. Y nuevos bajo el sol son todos tus lectores, porque quienes vivieron antes que tú está claro que no pudieron leerlo. Tampoco el ciprés bajo cuya sombra te sentaste crece aquí desde el principio de los tiempos. Nació de otro ciprés similar, pero no exactamente igual al tuyo. Y además querría preguntarte, Eclesiastés, qué cosa nueva bajo el sol piensas escribir ahora. ¿Se tratará de algo que complete tus pensamientos o más bien, después de todo, tienes la tentación de rectificar alguno de ellos? En tu anterior poema percibiste también la alegría, ¿qué importa que sea pasajera? Así pues, ¿será ella el tema de tu poema nuevo bajo el sol? ¿Tienes ya algunas notas, los primeros esbozos? ¡No irás a decir: “Lo he escrito todo, no tengo nada que añadir”! Eso no lo puede decir ningún poeta en el mundo, y qué decir de uno tan grande como tú».

Wisława Szymborska. En El poeta y el mundo, discurso de recepción del Premio Nobel, contenido en El gran número, Fin y principio y otros poemas. Madrid: Hiperión, 1997; 197 pp.; col. Poesía Hiperión; edición al cuidado de María Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal; estudio introductorio de Malgorzata Baranowska; ISBN: 84-7517-524-4.

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domingo, 23 de marzo de 2008

Hace más o menos un año decidí leer la Divina Comedia con calma y hasta el final, esta vez azuzado (entre otras lecturas) por un libro de Romano Guardini —citado en La representación de los ángeles y en Más sobre los ángeles—. En esas estaba cuando leí unos comentarios del prólogo que le puso Borges a una edición de Océano de 1998.

En uno, que tiene que ver con citas ya colgadas aquí —Aprender a describir, Los maestros del primer plano— señala el inmenso talento de Dante para la descripción concreta: «No le basta decir que, en la oscuridad del séptimo círculo, los condenados entrecierran los ojos para mirarlo; los compara con hombres que se miran bajo la luna incierta o con el viejo sastre que enhebra la aguja (Infierno, XV, 19). No le basta decir que en el fondo del universo el agua se ha helado; añade que parece vidrio, no agua (Infierno, XXXII, 24)... En tales comparaciones pensó Macaulay cuando declaró, contra Cary, que la “vaga sublimidad” y las “magníficas generalidades” de Milton lo movían menos que los pormenores dantescos». Y termina Borges ese comentario indicando que «la novelística de nuestro tiempo sigue con ostentosa prolijidad los procesos mentales. Dante los deja vislumbrar en una intención o un gesto».

Otro comentario borgiano, que tiene mucho de de reto para un lector de hoy, es el que hace a propósito de la dificultad que tenemos para entender por qué un pecado es mortal a pesar de todos los atenuantes que se nos ocurren: «Nuestro siglo, maleado por las vastas simplificaciones de la propaganda patriótica o comercial (a los films de Eisenstein, digamos, donde los justos tienen cara de justos y los malvados no presentan un rasgo que no sea detestable o ridículo), no se habitúa fácilmente a esa complejidad».

Y otro, más desafiante todavía y un tanto zumbón, es este: «El que sabe español sabe los rudimentos del italiano y puede acometer, sin recelo, el texto original de Dante. Eludir esa empresa (que sólo al principio es una tarea) es una imperdonable frivolidad. El mejor punto de partida es un episodio famoso: el de Francesca o el de Ulises, digamos (cantos V y XXVI del Infierno). Primero se leerá esta versión; luego, en voz alta y lentamente, el original con el castellano a la vista para obviar las fatigas del diccionario. El trabajo es leve, la recompensa que se logra, vastísima. El conocimiento directo de la Comedia, el contacto inmediato, es la más inagotable felicidad que puede ministrar la literatura».

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sábado, 22 de marzo de 2008

Intenté leer en los años ochenta la Divina Comedia pero sólo llegué a terminar el Infierno.

Volví a intentarlo de nuevo en los noventa, estimulado por Lo raro es vivir, de Carmen Martín Gaite. En esa novela hay una profesora, que acaba siendo una especie de Virgilio para la protagonista, que un día sintetiza la Divina Comedia en clase: desde los infiernos «hasta llegar por fin, franqueando siete cornisas, a la ansiada cumbre de los jardines del Edén donde el poeta va a encontrar a Beatriz mirando al sol con ojos de águila y que le dice: “Te crea confusiones / tu falso imaginar, y no estás viendo / lo que verías libre de ilusiones”, un mundo transparente pero al mismo tiempo difícil de entender porque nos pilla desprevenidos, porque estamos acostumbrados al mal, un espacio algo frío tal vez, como lo es el ejercicio agudo de la inteligencia, pero tan dantesco como el que se acostumbra a calificar así por sus espantos, qué cara estamos pagando la exclusiva sublimación de lo sombrío y tortuoso, la excursión literaria por la boca del lobo». Me parecieron sugerentes esos comentarios y otros, como el de que a lo largo del viaje de Dante se nos revelan «aspectos complementarios del friso complementario de la vida y de la muerte, del horror y de la bienaventuranza, de lo cercano y lo distante». Y novelísticamente está bien resuelto cómo la consideración «dantesca» de Rosario Tena —«¿no les parece a ustedes emocionante salir del mal por las mismas escaleras del mal, lograr cambiar su rumbo sin negar su existencia?»—, tiene una clara correspondencia con lo que se cuenta en la historia.

Pues bien, volví a intentar la lectura, como dije, incluso fui tomando notas que aún conservo y recuerdo que hubo momentos de verdadero interés, pero entre que no es un thriller y que siempre hay otras lecturas más urgentes, esa vez llegué sólo hasta la mitad del Purgatorio.

Carmen Martín Gaite. Lo raro es vivir (1996). Barcelona: Anagrama, 1996; 231 pp.; col. Narrativas hispánicas; ISBN: 978-84-339-1035-3.

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viernes, 21 de marzo de 2008

Desde hace algún tiempo, cuando en la conversación se habla de novelas recientes sobre la Edad Media, suelo aconsejar leer la Divina Comedia, de Dante, la obra literaria medieval por excelencia. El comentario sirve un poco para combatir el prejuicio pedante de quien piensa que la gente de aquella época era menos inteligente que la de la nuestra; para subrayar que, aunque uno no entienda ni siquiera un veinte por cien, leer una gran obra siempre compensa; para indicar lo bien que a todos nos viene para medir la propia estatura intelectual y la de otros autores de hoy...

Si alguien muestra interés en la lectura le digo que una versión asequible es la de Angel Chiclana, en Austral, que contiene un prólogo explicativo excelente y es una edición en elegante castellano que se sigue bien y que cuenta con notas a pie de página suficientes. Y no dejo de mencionar la versión bilingüe de Galaxia Gutenberg-Círculo de lectores de hace años, que merece ser conocida por la calidad de la edición, por las extraordinarias ilustraciones de Miquel Barceló, por la traducción castellana en tercetos encadenados de Ángel Crespo aunque, ciertamente, se trate de una edición cara y más difícil de leer.

En cualquier caso, con cualquiera de las dos el lector se hace cargo de la magnitud de la obra de Dante y qué respuesta tan generosa obtuvo la oración que dirige a Dios al final cuando le pide que dé a su mente

«algo de lo que diste a mi mirada
y haz a la lengua mía tan potente
que una chispa tan solo de tu gloria
pueda dejar a la futura gente» (Paraíso, XXXIII).

Dante. Divina Comedia. Madrid: Espasa Calpe, 2002; 529 pp.; col. Biblioteca Austral; edición y notas de Ángel Chiclana; ISBN: 84-395-9506-9.
Dante. Divina Comedia. Tres volúmenes: Infierno (Inferno, 1304-1307), Purgatorio (1307-1314) y Paraíso (Paradiso, 1313-1321). Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de Lectores, 2003; ilustrada por Miquel Barceló; traducción y notas de Ángel Crespo; ed. bilingüe; ISBN: 84-226-9755-6 y 84-8109-417-X.

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domingo, 17 de febrero de 2008

Adam Zagajewski: «Lo que esperamos de la poesía no es el sarcasmo, la ironía, la distancia crítica, la sabia dialéctica ni el chiste inteligente (aunque todas estas virtudes de la mente cumplen su papel a la perfección siempre que se hallen en su sitio, en un tratado lleno de erudición, un ensayo o un artículo publicado en un periódico de oposición), sino la visión, el fuego y la llama que acompaña los descubrimientos espirituales. En otros términos, lo que esperamos de la poesía es la poesía».

Adam Zagajewski. «Observaciones acerca del estilo sublime», En defensa del fervor (Obrona żarliwości, 2002). Barcelona: Acantilado, 2005; 215 pp.; trad. de J. Sławomirski y Anna Rubió; ISBN: 84-96489-15-9.

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viernes, 2 de marzo de 2007

Adam Zagajewski: «Uno puede imaginarse a alguien que está escribiendo una defensa de la poesía. Concienzudamente preparado, pasa años enteros sobre su libro. Cuando ya lleva escritas tres cuartas partes de la obra, se percata de que de manera inconsciente ha empezado a atacar la poesía; ha dejado de gustarle, ve sólo su artificiosidad, su pretenciosidad, su academicismo, su incapacidad de dar respuesta a las preguntas fundamentales y más difíciles.

Luego, sin embargo, cuando se acerca al final, de nuevo perdona a la poesía su evidente imperfección, y piensa que es precisamente de eso de lo que se trata: no saber dar respuestas a las preguntas más difíciles y, sin embargo, seguir viviendo».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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viernes, 16 de febrero de 2007

Cuando en su momento leí los relatos autobiográficos de Dylan Thomas que dije días atrás, busqué una edición de su poesía para aprender un poco más sobre él. Allí leí que, según parece, pocas horas antes de caer en coma y fallecer, al volver a su hotel de Nueva York, comentó: «Me he tomado dieciocho whiskys seguidos. Todo un récord, creo yo». Si es cierta, esta anécdota última del poeta galés en su cuarto viaje a los EE.UU. para recitar públicamente sus poemas en distintas ciudades, una sucesión de triunfos y excesos clamorosos, es la que culmina su «malditismo».

En cualquier caso, aunque con limitaciones, sí aprecié un poco lo que señalan los editores: que la poesía de Dylan Thomas tiene un vigor y una musicalidad fuera de lo común, en buena parte irreproducible al trasladar sus textos al español, que proviene de las distintas influencias que recibió en su infancia y juventud: las canciones infantiles, las baladas escocesas, los himnos litúrgicos, las lecturas de la Biblia, las obras de autores como William Blake y Shakespeare… Y aunque sus poemas, construidos después de un trabajo de meses pues tardaba horas en pulir un verso, no son fáciles por su hermetismo, su puntuación caprichosa y sus sorprendentes saltos sintácticos, y porque tienen algo que podría calificarse de alucinamiento, sí logran a veces conectar con lo misterioso de la vida y avivar en los lectores los anhelos de una felicidad que Thomas quería rescatar de la infancia.

Dylan Thomas. Muertes y entradas: 1934-1953: antología poética. Madrid: Huerga y Fierro, 2003; 192 pp.; col. Signos; traducción y prólogo de Niall Binns y Vanesa Pérez- Sauquillo, edición bilingüe; ISBN: 84-8374-372-8.

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viernes, 29 de diciembre de 2006

El norteamericano Wallace Stevens (1879-1955) está considerado uno de los poetas más relevantes del siglo XX. Recibió un reconocimiento crítico tardío, también porque comenzó a publicar tarde, pero hoy es considerado un clásico por muchos lectores. En su momento leí con interés una selección de sus poemas y de sus famosos aforismos entre los que cuales hay muchos ciertamente inteligentes: «Lo real es sólo la base. Pero es la base»; «El fallo esencial del surrealismo es que inventa sin descubrir»; «Un tema grandioso no es garantía de un efecto grandioso sino, más probablemente, de lo contrario», por ejemplo. Por otra parte, comprobar que una persona brillante no se libra de sostener opiniones que, a simple vista, a mí me parecen más bien patéticas, también es ilustrativo: «Cuando se ha dejado de creer en un dios, la poesía es la esencia que ocupa su lugar en la redención de la vida»; «A la larga, la verdad no importa», entre otras.

Wallace Stevens. De la simple existencia: antología poética. Barcelona: Galaxia Gutenberg: Círculo de lectores, 2003; 269 pp.; selección, traducción y prólogo de Andrés Sánchez Robayna; ISBN: 84-8109-443-9.

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