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Notas del archivo 'Familia' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
viernes, 12 de julio de 2013

Hace años leí El final del cielo, de Alejandro Gándara, un buen relato cuyo protagonista reflexiona sobre sus cobardías y dejaciones como padre al encontrarse en una situación límite.

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miércoles, 18 de julio de 2012

Al poner días atrás Mi abuelo, que trata uno de los temas más frecuentes en los relatos para pequeños, recordé que aún no había mencionado aquí una de las historias españolas más populares y duraderas sobre la cuestión: Abuelita Opalina, de María Puncel.

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miércoles, 20 de junio de 2012

Hay libros infantiles que algunos llaman «perturbadores»: los que, como tratan temas un tanto vidriosos, dependen mucho de los receptores; los que, aunque tengan calidad y sean interesantes, pueden causar problemas a lectores menos maduros. Un ejemplo de hace tiempo que a mí me parece valioso es Un toque especial, de Anne Fine, sobre una niña conflictiva.

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viernes, 6 de mayo de 2011

El alfabeto de los pájaros,
de Nuria Barrios, lo empecé con mal pie. Me atrajeron algunas frases de la solapa final —que trata del mundo interior de una niña adoptada con un inesperado enfoque y de forma emocionante— pero me provocó rechazo que aparecieran allí opiniones de políticos como José Bono y Carme Chacón (que ellos quieran figurar lo entiendo, pues los políticos hacen todo lo que sea con tal de ponerse bajo los focos; que los editores y el autor lo faciliten, no: algunos aplausos nunca prestigian).

Las protagonistas son Nix, una chica china de seis años, y su madre adoptiva, que debe lidiar con las preguntas insistentes que le hace la niña sobre su origen. El hilo argumental de la primera mitad no es más que una sucesión de incidentes que le ocurren a Nix —choques con su hermanita Nox, peleas en el colegio, las inquietudes que tiene al ver embarazada a la madre de una amiga, etc.—, los diálogos posteriores con su madre y los extraordinarios relatos que le cuenta para calmarla, y su curiosa relación con un Armario que cobra vida por las noches y de cuyas perchas cuelgan palabras en distintos idiomas que resuenan dentro de Nix y encienden su imaginación. El hilo de la segunda es un viaje fantástico que hace Nix guiada por el cuco de un misterioso reloj que una mujer china, enterada de su problema, le hizo llegar como regalo. Es una parte que a mí me ha recordado al clásico infantil victoriano The Cuckoo Clock, de Mary Molesworth, en el que también un cuco insolente actúa como guía sabio de una niña huérfana.

La mayoría del relato se cuenta en tercera persona, pero desde dentro de Nix, aunque también hay momentos en los que el narrador toma distancia y da explicaciones al lector: «La niña no tenía memoria del inicio de su vida. No la atormentaban los recuerdos, sino el olvido». La novela está bien construida y tiene altura literaria, lo que la salva de caer en el sentimentalismo. Quien conozca los problemas que pueden darse con las adopciones podrá juzgar si Nix, con sus reacciones iracundas y su demanda insistente de explicaciones imposibles, «sobreactúa» demasiado. E, igualmente, aunque a unos les encantará, casi seguro que a otros les parecerá muy sobredimensionado el recurso a los cuentos y a las fantasías de la madre de Nix. La presencia de canciones de Carla Bruni, como telón de fondo de la vida familiar, parece un elemento superfluo que lastra la historia pues la vuelve más circunstancial, aparte de que las canciones no son para los libros (y de la simpatía o antipatía que puede despertar el personaje).

Nuria Barrios. El alfabeto de los pájaros (2011). Barcelona: Seix Barral, 2011; 254 pp.; col. Biblioteca breve; ISBN: 978-84-322-1298-7.

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viernes, 15 de abril de 2011

De una carta de Chéjov a su hermano mayor, el 2 de enero de 1889, reprochándole su comportamiento zafio y brusco con su mujer y sus hijos:

«Los niños son sagrados y puros. Hasta los ladrones y los cocodrilos los sitúan entre las filas de los ángeles (…). No puedes emplear impunemente un lenguaje grosero en su presencia (…). No debes convertirlos en juguetes de tu estado de ánimo, besarlos con ternura un momento y al siguiente patalear de forma frenética. (…) No deberías pronunciar los nombres de tus hijos en vano, y sin embargo te has acostumbrado a decir que cada kopek que das o quieres dar a alguien “es dinero que le quitas a los niños”. (…) Realmente hay que tener muy poco respeto por los hijos o por su santidad para ser capaz de decir —cuando estás bien alimentado, bien vestido y te embriagas todos los días— que te gastas todo el salario en los niños. Basta.

Permíteme que te recuerde que el despotismo y la mentira arruinaron la juventud de tu madre. El despotismo y la mentira mutilaron de tal modo nuestra infancia que sólo de pensarlo siento miedo y asco. (…) Ya no hay modo de que nuestro padre se haga perdonar todo eso (…)».

Janet Malcolm. Leyendo a Chéjov: un viaje crítico (Reading Chekhov. A Critical Journey, 2001). Barcelona: Alba, 2004; 187 pp.; col. Trayectos; trad. de Victor Gallego Ballestero; ISBN: 84-8428-218-X.

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miércoles, 15 de septiembre de 2010

Mi hermano el genio,
de Rodrigo Muñoz Avia, es un muy buen relato familiar, del mismo tipo que Los perfectos.

Lola, diez años, jugadora del equipo de fútbol de su colegio, habla de su vida familiar, dominada porque su hermano Gracián, mayor que ella, es un pianista prometedor a quien sus padres, y especialmente su madre, consideran un genio. El conflicto estalla cuando sus padres quieren que Lola vaya a ver un concurso que puede ganar su hermano y que, por ese motivo, no juegue un partido de fútbol importante.

El obvio acento crítico hacia actitudes como la de la madre de Lola es amable y no está recargado. La narración es divertida pues Lola, aunque sea muy peleona, tiene un humor casero muy eficaz: «¿Qué ha pasado?», le pregunta su madre cuando oye un ruido en la cocina, «que un vaso que estaba lleno de agua ha saltado desde el fregadero hasta el suelo, él solito», responde Lola. Pero lo mejor es la ironía que usa cuando cuenta las clases de violín que sus padres le obligan a tomar con una profesora coreana; o cuando habla del trabajo de su padre, que ha de poner música a un anuncio comercial sobre un detergente. Y es especialmente chistosa la narración de una comida familiar en un restaurante asiático «donde también tienen hamburguesas, espaguetis y hasta tortilla de patatas para los que no les gusta la comida asiática. Lo de este restaurante es como si en el conservatorio además de clases de violín, o de piano, o de trompeta, dieran también clases de tenis, de baloncesto y de fútbol, para los que no les gusta la música».

Rodrigo Muñoz Avia. Mi hermano el genio (2010). Barcelona: Edebé, 2010; 182 pp.; col Tucán; ilust. de Jordi Sempere; ISBN: 978-84-236-7826-6.

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viernes, 27 de noviembre de 2009

Una novela en contraste con la de ayer y en línea con lo dicho en Una generación autoindulgente es El final de la inocencia, de Linzi Glass, una sudafricana que vive en California. Es una obra sobresaliente si tenemos en cuenta que es la primera de su autora: está bien escrita, cuenta con personajes poco comunes, es emocionalmente intensa y honrada en su presentación de los conflictos.

Verano de 1966, Johannesburgo. Emily Iris, una chica de once años que vive angustiada por la tensión entre sus padres, encuentra consuelo en su dulce y guapa hermana mayor, Sarah, y en sus criados zulúes Lettie y, sobre todo, Buza, un vigilante nocturno que le cuenta historias de su pueblo. Como una forma que tienen sus padres de intentar ocultar sus desavenencias es invitar a gente a pasar unos días con ellos, un día su padre propone a un matrimonio australiano con dos hijos que instalen su caravana en el jardín. Con ese motivo, Emily hace amistad con el huraño Streak, de su edad, y Sarah intenta enseñar cosas a Otis, el mayor, un chico corpulento y retrasado.

La novela, narrada por Emily, lo presenta todo desde su perspectiva. En un lado están su hermana, encantadora y trágicamente ingenua, y el bondadoso Buza, en el que confía plenamente a pesar de las advertencias en contra de su padre: «no hay nada que yo no pueda contarle a Buza y sin embargo hay muchas cosas que nunca le contaré a mi padre». En el otro están su madre, amargada por haber descendido de nivel social y obsesionada con su amante, y su padre, que no piensa para nada en su familia y sólo atiende a su negocio.

Desde un punto de vista literario se podría reprochar a la novela una cierta falta de coherencia en el punto de vista —un capítulo en pasado al principio, lo que ocurrió entonces en presente, y un capítulo final de nuevo en pasado para recoger hilos sueltos—; que se anuncia lo que ocurrirá ya en el título y se telegrafía más claramente desde los primeros compases de algunos comportamientos; que algunos personajes son esquemáticos y que Buza es demasiado perfecto.

Pero, en cualquier caso, la tensión y el desasosiego crecientes de Emily se transmiten al lector con eficacia, la forma en que refleja el dolor por el comportamiento de sus padres es convincente, y están bien entretejidas sus preocupaciones con las tensiones sociales de la segregación racial en Sudáfrica. Por otra parte, Buza gana con creces su protagonismo: con sus comentarios sabios —unos como para sí: «no hay dulzura en una niña rota, no hay dulzura en una familia con tantas grietas»; otros para su oyente: «a veces, señorita Emily, quienes más ruido hacen son quienes menos ruido oyen»—; y, sobre todo, con los tranquilizadores relatos que van en paralelo con lo que necesita Emily: «¡Oh, no!», exclama Emily cuando parece inminente algo malo; «no se preocupe señorita Emily —se apresura a decir Buza—. Ahora verá».

Linzi Glass. El final de la inocencia (The Year of the Gypsies Came, 2006). Madrid: Siruela, 2008; 282 pp.; col. Las tres edades; trad. de Carlos Milla e Isabel Ferrer; ISBN: 978-84-9841-174-4.

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jueves, 26 de noviembre de 2009

Palabra de honor,
de Ana María Machado, es una novela sobre cinco generaciones de una familia brasileña. El protagonista principal es el patriarca José Almada: un niño portugués que llega a Brasil en el siglo XIX y que, con la honradez como bandera, consigue acumular un gran patrimonio en la ciudad de Petrópolis. La narradora principal es Leticia, una biznieta, que alterna tramos en primera persona con acentos reflexivos a propósito de los comportamientos humanos, con otros en tercera persona donde da cuenta de las andanzas de otros miembros de la familia.

Narración bien llevada, aunque la estructura en mosaico desordenado al principio puede desconcertar un poco, que tiene calidez humana, sabor local propio, y un acento especial en la forma en que distintas mujeres de la familia fueron reivindicando su independencia con el paso del tiempo. El núcleo de la historia está en cómo la integridad del protagonista coge categoría de leyenda familiar y local. La conclusión, después de que alguien abusase precisamente de su honradez al final de su vida, la pone la narradora en boca de su padre: para los nuevos tiempos se trata de «aprender la diferencia entre lo que debe adaptarse y lo que no puede cambiar (...). La brújula no cambia. El norte siempre es el norte. Pero cada uno necesita conocer su rumbo e ir corrigiendo todo el tiempo, para no apartarte. Si no prestas atención, quedas a la deriva, te hundes, o vas a dar a dónde no querías».

Ana María Machado. Palabra de honor (Palavra de honra, 2009). Madrid: Alfaguara, 2009; 248 pp.; trad. de Mario Merlino; ISBN: 978-84-204-2363-0.

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miércoles, 21 de octubre de 2009

En El juramento, un thriller de Steve Martini no especialmente bueno a mi juicio, el narrador hace una observación incidental valiosa: «Cuando lo vi desaparecer [a su hijo] por las escaleras mecánicas, me gustaría escupir a la autoindulgencia de mi generación. Me invade un sentido de culpabilidad como padre y vapores de vergüenza. Vivimos en una sociedad que repudia esposas y las reemplaza por nuevas amantes, con más rapidez que un rajá en un harén. Destrozamos familias enteras por una pasión pasajera, y perseguimos una falsa ambición como si fuera una doctrina auténtica, permitiendo que nuestros hijos vuelvan a hogares vacíos, se preparen su propia comida, se enfrenten a las inseguridades de la adolescencia, mientras nos lanzamos a una cacería interminable de posesiones materiales y encima tenemos la audacia de preguntarnos quién mata la inocencia de la infancia».

Muchas obras de literatura infantil que tratan estas cuestiones caen en ese tipo de autoindulgencia. Entre las que no lo hacen y son capaces de presentar no tanto a las familias que se deshacen como a los niños que sufren las consecuencias, una valiosa es La gran Gilly Hopkins y otras son las novelas consecutivas de Cynthia Voigt tituladas La familia Tillerman busca hogar y Los Tillerman encuentran hogar. Son relatos que no terminan mal pues, en ellos, los chicos encuentran que alguien no sólo acepta la responsabilidad familiar que otros abandonaron, sino que, además, la desempeña con acierto. Pero no es así siempre, como es de sobra conocido.

Steve Martini. El juramento (Undue Influence, 1994). Barcelona: Planeta, 1999; 432 pp.; col. Los mejores bestsellers; trad. de Teresa Camprodón; ISBN 10: 84-08-03355-7.

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domingo, 31 de mayo de 2009

Historia de la familia contemporánea,
de Mercedes Vázquez de Prada, es un libro clarificador. La autora presenta los cambios que ha sufrido la familia en los siglos XIX y XX, en el mundo occidental, como resultado de factores muy variados: la industrialización, el descenso de la mortalidad, la influencia del feminismo y la emancipación de la mujer, los cambios en la forma de comprender la sexualidad, o el proceso de «desinstitucionalización» del matrimonio de las últimas décadas, etc. Como indica el prologuista, la autora no profundiza en valores morales, pues su oficio es el de hacer historia, y en todo momento mantiene su discurso en una línea de objetividad y distante de cualquier teorización.

Al final, dice: «La importancia de los cambios en la familia no está tanto en el rechazo de la vieja ordenación histórica de las relaciones humanas dentro de la sociedad, que expresan las convenciones y prohibiciones sociales, sino en que no se plantean otras alternativas aparte de la exaltación de un individualismo egocéntrico llevado hasta el extremo. La consecuencia ha sido dramática, sobre todo para aquellos grupos sociales más débiles (ancianos, niños y enfermos), que han perdido el apoyo que antes proporcionaban la familia y la comunidad o los vecinos, y a quienes no llegan los cuidados del estado del bienestar. Por otra parte, la debilitación o la falta de valores que tradicionalmente se aprendían en la familia, como el hábito de trabajo, el ahorro, la obediencia o la lealtad, han puesto en cuestión incluso los cimientos del sistema capitalista, lo que se deja ver en los problemas de las empresas por la conducta antisocial y corrupta de algunos de sus miembros».

Mercedes Vázquez de Prada. Historia de la familia contemporánea. Principales cambios en los siglos XIX y XX (2009). Madrid: Rialp, 2008; 222 pp.; col. Biblioteca Instituto de Ciencias para la Familia; presentación de Agustín González Enciso; ISBN: 978-84-321-3707-5.

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martes, 7 de octubre de 2008

Otro relato al que se puede aplicar lo dicho días atrás sobre un narrador infantil convincente: Los perfectos, de Rodrigo Muñoz Avia.

Álex cuenta que todos en su casa son perfectos menos él: su padre, físico teórico experto en mecánica de fluidos como el ketchup, su madre, decoradora sofisticada, sus listísimas hermanas mayores... Por el contrario, en la familia de su amigo Rafa Panocha todo es caótico. Total, Álex decide espiar a sus padres y hermanos para comprobar que alguna vez hacen algo mal.

Relato gracioso que atrapa el interés. La situación intriga, los personajes enganchan, los diálogos son certeros, las digresiones —en forma de redacciones de clase que debe hacer el narrador— resultan oportunas. Es fácil de leer, por la forma de narrar con frases cortas, a veces como sincopadas, y porque todo se cuenta ordenada y ponderadamente, de forma que el humor brota no de la exageración caricaturesca deformante —al modo un poco estridente de los relatos de Stink, por ejemplo—, sino del énfasis en subrayar mucho lo que se considera correcto pero, de vez en cuando, hacer observaciones que lo cuestionan. Por ejemplo, al explicar la decoración minimalista de su casa, el narrador cuenta que a sus padres «les gustan los espacios muy vacíos. El salón es de madera de barco y sobre él no hay nada. No sé para qué queremos un salón si sólo lo utilizamos para ir al jardín, donde tampoco hay nada, aparte de dos plantas. Pero a la gente que visita nuestra casa le encanta que el salón esté tan vacío. Cuando vas de visita, está muy bien que las casas estén vacías. Pero cuando vives en ellas es distinto».

Rodrigo Muñoz Avia. Los perfectos (2007). Barcelona: Edebé, 2007; 202 pp.; ilust. de Tesa González; ISBN: 978-84-236-8716-9.

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domingo, 9 de diciembre de 2007

«Mi padre tenía una maravillosa confianza en la vida, una inquebrantable alegría de vivir y una consoladora certeza de una continuación de la existencia en el Más Allá, por lo que ni siquiera la muerte de [mi madre] Hanna le pudo quebrantar.

Continuó amándola, y no cesaba de hablar de ella y ensalzar sus virtudes. Aún lo hacía cuando contaba noventa y cuatro años y yacía animoso y contento y en su lecho del hogar para ancianos que fue su postrera morada en el mundo.

—¡Qué madre tuviste tú, hija mía! —me dijo la última vez que le visité.

Desde luego, estaba en lo cierto. ¡Y qué padre me tocó en suerte, además! Un padre con un corazón maravillosamente fiel y que no dejó de amar hasta su propia muerte».

Astrid Lindgren. Mi mundo perdido.

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viernes, 27 de octubre de 2006

Muchas novelas escritas hoy pero que narran infancias duras en el pasado dejan el regusto de que mejor hubiera sido para el niño la separación de sus padres. Pero esto es una visión de ahora pues los novelistas de otros tiempos no solían apuntar esa posibilidad, quizá porque, al tener los mismos esquemas mentales y sociales que sus contemporáneos, pensaban que las ventajas de unos entornos familiares y sociales cohesionados eran superiores a los inconvenientes que tenían para los chicos las rupturas familiares. De pasada lo menciona Henry Roth en Una estrella brilla sobre Mount Morris Park (1994), escrita con ochenta años, y en la que vuelve a las mismos personajes y situaciones que trató cuando tenía 28 en Llámalo sueño (1934), su gran novela. Al recordar el cambio de vivienda de un barrio judío a un barrio multirracial, que se produjo cuando tenía seis años, explica: «Mientras tuve, por lo menos, un ambiente exterior que me sostenía y era homogéneo, el East Side ortodoxo, pude soportar el extrañamiento de un padre violento e inestable. Sin embargo, allí en Harlem, tanto la vida en casa como en la calle tenía un elemento de inseguridad, era despreciativa si no hostil (excepto en lo que se refiere a Mamá que, con su indulgencia, fue probablemente la que contribuyó más al desastroso deterioro de mi psique)».

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sábado, 24 de junio de 2006

«El matrimonio, límite último de tantas historias, es además un gran principio, como sucedió con Adán y Eva, que disfrutaron de su luna de miel en el jardín del Edén, pero tuvieron su primer hijo entre las espinas y los cardos del desierto. También es el principio de la épica del hogar..., la conquista gradual o la pérdida irremediable de esa completa unión que hace de la madurez la etapa culminante de la vida y convierte la ancianidad en cosecha de dulces recuerdos comunes.

Algunos se ponen en marcha, como los antiguos cruzados, con un glorioso equipaje de esperanza y entusiasmo y se desmoronan por el camino, faltos de paciencia el uno con el otro y también con el mundo».

George Eliot. Middlemarch.

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viernes, 10 de febrero de 2006

Existen relatos que muestran actitudes adultas hacia los chicos, como es el caso de El día de la independencia, de Richard Ford, donde un adulto no se aclara acerca de cómo puede ayudar a su hijo y, curiosamente, ni se plantea que quizá debería cambiar él. Y existen relatos que señalan la percepción del niño, con frecuencia exagerando un tanto su capacidad de análisis, como es el caso de Teddy, de J. D. Salinger, un chico que se da cuenta de que por parte de sus padres no hay rectitud ni afecto verdadero.

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viernes, 9 de diciembre de 2005

Boris Cyrulnik: «Estamos lejos del padre romano, que alzaba al hijo o le dejaba morir, del "monseñor" medieval que enseñaba la práctica de la caza y de la lectura a su hijo, o del padre napoleónico que representaba al Estado en la familia. En la época aún reciente en que había demasiado padre, las madres, pilares de la vida familiar, no eran, en el plano social, sino meros anexos del marido. Hoy en día, los nuevos padres son cada vez con mayor frecuencia "compañeros de mamá"».

Boris Cyrulnik. Los patitos feos (Les villans petis canards, 2001). Barcelona: Gedisa, 2002; 238 pp.; trad. de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar; ISBN: 84-7432-926-4.

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viernes, 5 de agosto de 2005

Padres e hijos
,
de Iván Turguenev, sigue siendo un gran retrato del nihilista revolucionario: el lector percibe con claridad cuánto hay de inmadurez en su pose y acaba viendo qué inútil y absurda es su rebelión contra la condición mortal del ser humano. Pero quizá es más interesante cómo muestra la metamorfosis de los jóvenes, del enfrentamiento a la identificación con sus padres, y cómo subraya el modo en que los padres van adquiriendo la conciencia de que los hijos deben volar solos.

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sábado, 23 de julio de 2005

La aventura es, por su naturaleza, algo que nos llega desde fuera, algo que nos elige y no algo que nosotros elegimos, dice Chesterton. Por eso, sigue, la gran aventura es haber nacido, momento en el que «estamos repentinamente en una espléndida y sorprendente trampa. Vemos algo que no habíamos soñado. Nuestros padres nos vigilan y nos acechan como bandidos tras un matorral. Nuestro tío no sale de su sorpresa. Nuestra tía está que no cabe en sí de gozo. Cuando entramos en la familia, por el hecho de haber nacido, entramos en un mundo que tiene extrañas leyes, en un mundo que puede pasarse sin nosotros, en un mundo que nosotros no hemos hecho. En otras palabras, cuando entramos en la familia entramos en un cuento de hadas».

G. K. Chesterton. En «Ciertos modernos escritores y la institución de la familia», capítulo XIV de Herejes.

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viernes, 24 de junio de 2005

Algunos piensan, o pensamos, que un verdadero amor entre padres e hijos no es autosuficiente. Así lo muestran algunas poderosas historias de padres e hijos del Antiguo Testamento, y así lo pensaba la madre del protagonista de un gran relato: Trueno, de William Armstrong.

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