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Notas del archivo 'Historia' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 8 de mayo de 2016

Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson, otra recomendación de mi amigo economista, me ha parecido un gran libro acerca de, como apunta el subtítulo, «Los orígenes del poder, la prosperidad y la riqueza». O, dicho de otra manera, ¿por qué algunos países son ricos y otros pobres? No son extraños los muchos elogios que ha recibido el libro pues, por un lado, la exposición es clara y ordenada, y los argumentos resultan convincentes al estar bien apoyados en ejemplos de todos los ambientes y épocas.

Los autores detallan, al principio, cómo la prosperidad no se explica ni por cuestiones geográficas, como si el clima o la situación del país la condicionaran; ni culturales, como si dependiera del nivel cultural o el tipo de creencias del pueblo y los gobernantes; ni por la razón de que los gobernantes tienen más o menos conocimientos de economía. Aunque todos esos factores puedan tener algún peso, ellos los descartan y centran sus argumentos en las instituciones políticas y económicas que ha llegado a tener cada país. Las diferencian en extractivas e inclusivas: las primeras «tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto»; las segundas son aquellas que dan libertad a las personas «para ejercer la profesión que mejor se adapte a su talento» y que les «proporcionan igualdad de condiciones» para tener la oportunidad de desarrollarlo; y que, por otro lado, «allanan el camino para otros dos motores de prosperidad: la tecnología y la educación».

La exposición muestra cómo han surgido unas instituciones y no otras, cómo unas instituciones han propiciado el progreso social y otras no, cómo la historia también ha marcado la trayectoria institucional de los países. Se ven qué pasos fueron decisivos hacia las instituciones inclusivas y, luego, de qué modo se han producido círculos virtuosos que las han reforzado; y también se ponen de manifiesto los círculos viciosos que han afianzado en otros lugares las instituciones extractivas.

Los autores sostienen, al fin, que el éxito y el fracaso de un país se debe principalmente a su historia institucional. El éxito, a que han logrado pasar de instituciones extractivas a inclusivas debido al acierto con el que, en determinados momentos históricos, sus gobernantes y sus gentes han aprovechado coyunturas críticas para romper moldes anteriores y reformar sus instituciones. El fracaso, por el contrario, se acumula debido a que «quienes tienen el poder toman decisiones que crean pobreza. No lo hacen bien, no porque se equivoquen o por su ignorancia, sino a propósito». Es decir: no se proponen crear los incentivos necesarios para que la gente ahorre, invierta e innove; temen, y por tanto impiden o dificultan, aquellas instituciones que pueden destruir sus privilegios y su poder político: en especial un sistema jurídico imparcial, unos medios de comunicación y un sistema educativo libres.

Daron Acemoglu y James A. Robinson. Por qué fracasan los países (Why Nations Fail, 2012). Bilbao: Deusto, 2014, 8ª ed.; 589 pp.; trad. de Marta García Madera; ISBN: 978-84-234-1266-2. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 10 de mayo de 2015

En este buen comentario a la Historia mínima de la mitología, de Carlos García Gual, se indica, por un lado, que contiene un «sencillo repaso a los protagonistas más relevantes de la mitología» —sencillo porque, gracias al dominio que tiene de la materia el autor, logra que resulte sencillo para los lectores—. Pero, también se subraya que no es ni un nuevo diccionario de mitología ni un estudio pormenorizado del mito y sus vinculaciones con otras materias: es sí, un gran resumen de la cuestión y un subrayado más del valor de los mitos para cualquier civilización.

Carlos García Gual. Historia mínima de la mitología (2014). Madrid: Turner, 2014; 240 pp.; ISBN: 978-84-15832-16-4. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 19 de octubre de 2014

He leído estos meses atrás Historia de la guerra, una obra con la que el historiador militar John Keegan desea refutar el pensamiento que Carl von Clausewitz expuso en su influyente De la guerra. Keegan intenta mostrar, con un repaso histórico extenso a las guerras emprendidas por distintos pueblos, que la guerra es totalmente distinta de la diplomacia y de la política, y de ninguna manera es «la continuación de la política por otros medios». No me corresponde a mí comentar una obra de este tipo pero sí decir que me ha parecido instructiva y llena de sentido común.

Un ejemplo. Hablando de los hunos describe cómo, «entre los años 440 y 450, las provincias orientales les abonaron trece mil libras de oro —unas seis toneladas— a cambio de la paz. Son esta clase de transacciones las que arrojan dudas en cuanto a la interpretación de las incursiones de los pueblos de la estepa como “huida de cambio climático” o “para forzar el comercio”. La verdad resulta mucho más simple: los nómadas —físicamente curtidos, logísticamente móviles, culturalmente acostumbrados a derramar sangre, éticamente inmunes a las prohibiciones religiosas de arrebatar la vida o limitar la libertad de los ajenos a la tribu— vieron que la guerra merecía la pena».

John Keegan. Historia de la guerra (A History of Warfare, 1993-2004). Madrid: Turner, 2014; 534 pp.; col. Noema; trad. de Francisco Martín Arribas; ISBN: 978-84-14832-21-8. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 4 de mayo de 2014

En El rostro de la batalla, John Keegan habla, como no podía ser menos, de las narraciones de batallas de César y de Tucídides. En los relatos del primero, los hombres son autómatas; en los del segundo, son seres humanos, afirma. En César sus subordinados son de cartón piedra, mientras en Tucídices son individuos con sus propias voluntades. «César no nos dice nada sobre su ejército, salvo que obedece a sus órdenes; lo más interesante, según se deduce de la narración, es que él mandaba. El ejército de Tucídides, en cambio, es una de esas instituciones interesantes en sí mismas, con hábitos reconocibles pero no uniformes (“Los ejércitos grandes tienden a hacer”, es decir, que los pequeños quizá no; “todos los ejércitos se parecen en esto”, es decir, que pueden no parecerse en otras cosas); y esos hábitos son el producto de la conducta humana y de los distintos tamaños. En suma, mientras que la historia de César es particular, la de Tucídides es general; una forma de arte, en todos los aspectos, más útil, más difícil, y más reveladora». De hecho, dice, el relato de Tucídides tiene «un nivel artístico y científico que los historiadores europeos no han vuelto a alcanzar hasta hace doscientos años».

Hace notar cómo «las batallas son extremadamente confusas. Por ello, ante la necesidad de darle sentido a algo que no entiende, hasta el más inteligente —y quizá especialmente el más inteligente—, al constatar que no posee el lenguaje y las metáforas que necesita, mirará lo que otros hayan hecho ya en circunstancias parecidas, para conducir su propia pluma». No es necesario insistir en cómo a veces eso falsea los relatos. Asi, para quienes tengan en la cabeza la batalla de Agincourt según la cuenta Shakespeare en Enrique V —y se puede añadir: según la representa la película de Kenneth Branagh basada en ella—, Keegan dice cómo el relato de Agincourt ha quedado como un ejemplo de la victoria del débil sobre el fuerte, del soldado de a pie sobre el caballero montado, de la resolución sobre la grandilocuencia, del acorralado y alejado de su casa frente al propotente y engreído, como una muestra de la superioridad moral inglesa y un entrañable ingrediente del evanescente mito nacional…, pero que sin embargo fue una historia de matarifes en acción y de una atrocidad absoluta.

Una de las ideas que Keegan maneja con fuerza es la de que no pocos historiadores otorgan «a matanzas inútiles el calificativo de “decisivas”, dando por sentado que han decidido algo y sin tomarse la molestia de especificar el qué». Señala que «las batallas, o más aún las derrotas, son decisivas de manera inmediata, porque matan a algunos de estos hombres y disuaden a los restantes —por un periodo más o menos largo— de querer luchar más». Pero luego distingue las consecuencias de una batalla y de una derrota según el tipo de batalla: son de distinto tipo dependiendo de si la mayoría de los combatientes son hombres extraídos de la clase gobernante, como en el ejército feudal o en la milicia patricia; de si los guerreros son un grupo de especialistas, como en la Europa dinástica y predinástica; de si los ejércitos los componen los jóvenes debido al reclutamiento general. Y al final concluye que «la escala de la Primera y la Segunda Guerra Mundial ha determinado que no se puedan categorizar aún todas esas consecuencias, ni medir sus dimensiones» aunque, por lo que sabemos, sí podemos afirmar que «la utilidad de la batalla futura es ampliamente dudosa».

John Keegan. El rostro de la batalla (The Face of Battle. A Study of Agincourt, Waterloo and the Somme, 1976). Madrid: Turner, 2013; 380 pp.; col. Noema; trad. de Juan Narro Romero; ISBN: 978-84-15832-11-9.

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domingo, 27 de abril de 2014

Después de las notas que dediqué al libro de Jacqueline de Romilly sobre Tucídides, traigo ahora varias acerca de El rostro de la batalla, de John Keegan, un libro clásico, de 1976, dentro de la historiografía militar.

Contiene cinco capítulos: uno introductorio acerca de la forma propia de los historiadores de hablar de las batallas; tres más sobre Agincourt, Waterloo y El Somme, como batallas representativas de las que usaban armas blancas, armas de proyectiles y armas de proyectiles múltiples; y un capítulo final titulado «El futuro de la batalla». El autor se propone, según indica, «recuperar el concepto de “pieza de batalla” y sugerir otros caminos posibles, lejos de los estereotipos por los que —debido a la costumbre y a la imitación irreflexiva— ha venido transitando durante tanto tiempo».

Da idea de su enfoque la respuesta que se da a sí mismo cuando se pregunta: «¿Qué tienen en común todas las batallas?». Y se responde: «No se trata de algo “estratégico”, ni “táctico”, ni material, ni técnico. No es algo que revele ningún mapa coloreado, ni ninguna colección de estadísticas comparativas de fuerzas y de bajas, ni siquiera ninguna lectura paralela de los clásicos militares (…). Lo que las batallas tienen en común es humano: el comportamiento de hombres que tratan de reconciliar su instinto de autoconservación, su sentido del honor y el logro de un objetivo por el que otros hombres están dispuestos a matarle. Por lo tanto, el estudio de la batalla es siempre un estudio del temor y generalmente del valor; siempre del mando, generalmente de la obediencia; siempre de la obligación, a veces de la indisciplina; siempre de la ansiedad, a veces del júbilo y la catarsis; siempre de la duda, la incertidumbre, la falta de información y el error, generalmente también de la fe y a veces de la visión; siempre de la violencia, a veces también de la crueldad, el autosacrificio, la compasión; y, por encima de todo, es siempre un estudio de la solidaridad y generalmente también de la desintegración: porque la batalla está orientada a la desintegración de grupos humanos. Pero no es sólo un estudio para el sociólogo o el psicólogo; quizá, esa es la verdad, no debería ser un estudio adecuado para ninguno de los dos. Porque los grupos humanos en la batalla, así como la calidad y la fuente de la tensión que sufren, han sido extraídos de la vida (…). Las batallas pertenecen a momentos definidos de la historia, a las sociedades que preparan los ejércitos que las llevan a cabo, a las economías y a las tecnologías que sostienen a esas sociedades. La batalla es un sujeto histórico, cuya naturaleza y evolución sólo pueden entenderse por medio de una amplia perspectiva histórica».

John Keegan. El rostro de la batalla (The Face of Battle. A Study of Agincourt, Waterloo and the Somme, 1976). Madrid: Turner, 2013; 380 pp.; col. Noema; trad. de Juan Narro Romero; ISBN: 978-84-15832-11-9.


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domingo, 23 de marzo de 2014

Jacqueline de Romilly: «Un historiador no deja de elegir. Cuando define su campo de estudio, delimita su investigación y se informa, elige. Además, entre los datos que haya podido reunir, por incompletos que sean, y entre los documentos que haya podido conocer y recordar, por limitados que sean, sigue teniendo que elegir. Desde el momento en que establece una secuencia, desde el momento en que escribe una frase que une entre sí dos acontecimientos, está introduciendo ya una interpretación. (…) El historiador es como un fotógrafo de quien se esperara un rigor perfecto, cuando se le encarga fotografiar un objeto mil veces mayor que el campo de su objetivo y en transformación permanente. En una situación semejante, es necesario buscar los aspectos más característicos y hacer con ellos un montaje acertado. ¿Y a partir de qué criterios? Desde luego, también aquí la exigencia es que el historiador dé prueba de honradez y escrupulosidad. Pero, una vez más, es necesario que se decida. Y aunque le concedamos incluso, en su origen, un específico campo de interés, siempre más o menos en función de la época en la que vive, no deja de ser menos cierto que, en el interior de este campo, y aplicándole todas las cualidades de su espíritu, debe elegir y organizar según su propio pensamiento: para alcanzar el objeto, obra como un creador».

Jacqueline de Romilly. Tucídides. Historia y razón (Histoire et raison chez Thucydide, 1967). Madrid: Gredos, 2013; 255 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-1114-0. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 2 de marzo de 2014

En Últimas voluntades. Memorias de un historiador, John Lukacs reflexiona sobre su vida y su trabajo. Entre otras cosas, habla de su escritura; de su país de adopción, Estados Unidos; de su país de origen, Hungría; de sus esposas; de su interés en Churchill. Una de las muchas las consideraciones valiosas sobre su trabajo de historiador es esta:

«¿No es la Objetividad un ideal? Pues no: porque el propósito del conocimiento humano —y diríamos que de la propia vida humana— no es la exactitud, ni tampoco la certeza. Es la comprensión. Un ejemplo. Intentar ser “objetivo” con Hitler o Stalin es una cosa, y otra cosa diferente es intentar comprenderlos; y esta no es inferior a la primera. ¿Podemos esperar que una víctima sea “objetiva” con quien le hizo daño? ¿Podemos esperar que un judío sea “objetivo” con Hitler? Es posible que no. Pero sí podemos esperar que él, o cualquiera, intente comprenderlo. Algo que dependerá, no obstante, de cómo lo intente, de cuál sea su propia implicación y de su perspectiva mental, que debe incluir un mínimo de conocimiento de sí mismo. Después de todo, Hitler y Stalin pertenecieron a la especie humana, por lo que no fueron entera o esencialmente distintos de cualquier otra persona que hoy reflexione sobre ellos».

John Lukacs. Últimas voluntades. Memorias de un historiador (Last Rites, 2009). Madrid: Turner, 2013; 199 pp.; trad. de José Antonio Montano; ISBN: 978-84-7506-728-5. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 12 de mayo de 2013

John H. Elliott: «La buena historia seguirá dependiendo, como siempre ha dependido, de algo más que acumulación de información y el despliegue de conocimiento. La aproximación de todo historiador al pasado viene condicionada por su temperamento y experiencia personal, pero ningún historiador es una isla y la sabiduría se adquiere, al menos en parte, de la lectura y la reflexión sobre la obra de historiadores pasados y presentes, y participando conscientemente en una empresa colectiva que abarca generaciones y está comprometida con lograr una mejor apreciación tanto del mundo que ya ha desaparecido como del mundo tal como lo conocemos hoy en día».

John H. Elliott. Haciendo historia (History in the making, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 302 pp.; trad. de Marta Balcells revisada por el autor; ISBN: 978-84-306-0077-9.

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domingo, 5 de mayo de 2013

John H. Elliott: «Si el estudio del pasado tiene algún valor, este reside en su capacidad tanto de revelar las complejidades de la experiencia humana como de advertir contra la opción de descartar como si no tuvieran ninguna importancia los senderos que se siguieron solo en parte o no se tomaron nunca. En alguna curva del camino, pueden volver a aparecer de nuevo ante la vista. Admitir que el presente está lleno de sorpresas exige un reconocimiento similar de que el pasado lo estuvo igualmente a ojos de quienes lo vivieron. El reto al que se enfrenta el historiador es ver y experimentar ese pasado a través de sus ojos, en tanto que sabe, pero intenta ignorar, lo que sucedió después. Consiste en hacer comprensibles los motivos de sus acciones a aquellos que no comparten sus valores, actitudes y puntos de vista y además viven en un entorno muy distinto. Es entrar en el pasado con imaginación manteniendo todavía un pie en el presente y estar alerta siempre a nuevas vías de abordarlo».

John H. Elliott. Haciendo historia (History in the making, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 302 pp.; trad. de Marta Balcells revisada por el autor; ISBN: 978-84-306-0077-9.

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domingo, 28 de abril de 2013

John H: Elliott: «Nunca tuve dudas de que en cualquier estudio del pasado debería encontrarse espacio para el agente humano, la personalidad y lo que es fama que Harold Macmillan llamó “events, dear boy, events” (“los acontecimientos, muchacho, los acontecimientos”). La contingencia (una muerte inesperada, la llegada o no de una carta importante) nunca se debe dejar de tener en cuenta en la reconstrucción y explicación del pasado. Por otra parte, el estudio histórico exige algo más que la simple crónica de sucesos, “la agitación de la superficie” como con desdén decía Braudel. El reto al que se enfrenta cualquier historiador ambicioso es aprehender las características de una época de modo que las acciones y comportamientos humanos resulten comprensibles, combinando el análisis y la descripción sin perturbar la fluidez narrativa. Al final, como saben todos los buenos historiadores, siempre quedará un poso de decepción. Ninguna narrativa llega a ser enteramente exhaustiva, ninguna explicación total, y el equilibrio entre la descripción y el análisis es exasperantemente difícil de conseguir. Lo mejor que se puede esperar es una aproximación tan cercana a una reconstrucción convincente de periodos, personas y acontecimientos pasados como permitan los testimonios conservados, una reconstrucción, además, que esté presentada de manera tan eficaz como para atraer y mantener el interés del lector».

John H. Elliott. Haciendo historia (History in the making, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 302 pp.; trad. de Marta Balcells revisada por el autor; ISBN: 978-84-306-0077-9.

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domingo, 4 de noviembre de 2012

Christopher Dawson: «La influencia del cristianismo en la formación de la unidad europea es un ejemplo interesante de cómo el curso del desarrollo histórico es modificado y definido por la intervención de nuevas fuerzas espirituales. La historia no se puede explicar como un orden cerrado en el cual cada etapa es el resultado lógico e inevitable de lo que ha sucedido antes. Hay en ella siempre un elemento inexplicable y misterioso debido no sólo a la influencia de la casualidad o a la iniciativa del genio individual, sino también al poder creativo de fuerzas espirituales.

Así vemos, en el caso del mundo antiguo, que la artificial civilización material del Imperio romano necesitaba cierta inspiración religiosa más profunda que la contenida en los cultos oficiales de la ciudad-Estado, y podríamos suponer que esta deficiencia espiritual dio lugar a la infiltración de influencias religiosas orientales como las que aparecieron durante la edad imperial. Mas nadie pudo haber predicho la aparición del cristianismo y la manera como éste transformaría la vida y el pensamiento de la civilización europea».

Christopher Dawson. «La Iglesia Católica» (The Catholic Church, The Making of Europe, 1932), en Historia de la cultura cristiana (Colección de ensayos tomados de Medieval Essays, 1954, Religion and the Rise of Western Culture, 1950, Progress and Religion, 1960). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.

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domingo, 28 de octubre de 2012

Christopher Dawson: «La actividad de la mente occidental, la cual se ha manifestado tanto en invenciones científicas y técnicas como en los descubrimientos geográficos, no fue la herencia natural de un tipo biológico particular; fue más bien el resultado de un largo proceso de de educación que cambió gradualmente la orientación del pensamiento humano y amplió las posibilidades de la acción social. El factor vital en este proceso no fue el poder agresivo de conquistadores y capitalistas, sino el ensanchamiento de la capacidad intelectual humana y el desarrollo de nuevas formas de habilidad y genio creativo.

Las otras grandes culturas del mundo llevaron a cabo sus propias síntesis entre religión y vida, y luego mantuvieron inalterado, por siglos y milenios, su propio ordenamiento sagrado. Empero, la civilización occidental ha sido un gran fermento de cambio en el mundo, porque cambiar el mundo ha sido parte de su ideal cultural. Siglos antes de los grandes logros de la ciencia y la tecnología modernas, el hombre de Occidente había concebido la idea de una magna instauratio, de una gran renovación de las ciencias (o sea, de una gran renovación del saber), la cual abriría muchos caminos al entendimiento del hombre y cambiaría la suerte de la raza humana».

Christopher Dawson. «El significado de la cultura occidental» (“Introduction: The Significance of the Western Development”, Religion and the Rise of Western Culture, 1950), Historia de la cultura cristiana. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.

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domingo, 30 de septiembre de 2012

Un ejemplo de cómo ha de ser enseñada la historia a los niños y los jóvenes, que coincide con las ideas de Tony Judt, es la Breve historia del mundo que, cuando era muy joven, Gombrich escribió para su hija pequeña y que se tradujo al inglés muchos años más tarde.

Al margen de que falten cosas, o de que tal vez habría que subrayar más la importancia de otras, lo cierto es que, tanto su esquema como la forma de contar, resulta eficaz. Esto lo prueba su éxito hasta hoy: recientemente venía incluido en una selección hecha en Inglaterra de los cincuenta mejores libros infantiles-juveniles. El libro contiene, al hilo de los sucesos históricos, anécdotas famosas y explicaciones amenas acerca del origen de muchas expresiones de uso común. Pero, sobre todo, tal vez lo más interesante sea que viene a ser, para muchísimos lectores, como un mapa de lo que no saben: un mapa que permite buscar y ahondar luego en temas poco conocidos.

El último capítulo, preparado por el autor muchos años después, indica errores que cometió cuando escribió su libro pues algunos hechos, con algo más de perspectiva y de investigación histórica, se ven mejor. Por ejemplo, indica que había terminado el capítulo dedicado a la Primera Guerra Mundial señalando que «todos esperamos un futuro mejor y, por tanto, ¡tendrá que llegar!», pero señala cómo, para mucha gente, eso no ha sido así ni mucho menos.

Aquí viene a cuento el comentario de John Lukacs acerca de que la historia «es un pasado recordado, cuya reconstrucción resulta ser necesariamente incompleta y difícil, porque un pasado recordado es a la vez algo menos y algo más que la reconstrucción de un pasado a partir de los restos que de él permanecen».

Ernst H. Gombrich. Breve historia del mundo (Eine kurze Weltgeschichte für junge Leser, 1935; con un capítulo añadido en 1998). Barcelona: Península, 2007; 352 pp.; col. Gran Atalaya; trad. de José Gil Aristu; ISBN: 84-8307-801-3. Nueva edición en Booket, 2014; 352 pp.; ISBN: 978-8499423470. [Vista del libro en amazon.es]
John Lukacs. El futuro de la Historia (The Future of History, 2011). Madrid: Turner, 2011; 158 pp.; col. Noema; trad. de María Sierra; ISBN: 978-84-7506-446-8. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 28 de septiembre de 2012

El futuro de la historia, de John Lukacs, es un extraordinario libro breve acerca del trabajo de los historiadores. El autor escribe su obra con 87 años, con acentos bromistas e irónicos en muchas ocasiones, para señalar por un lado sus esperanzas —pues existe hambre de conocer historia y se publica mucha historia de buena calidad—, y por otro sus temores —sobre todo debido al creciente aumento del gran defecto del carácter democrático: el hábito de la desatención del que habló Tocqueville—. Todo lo que dice Lukacs tiene mucho interés pero, personalmente, me han parecido clarificadores sus comentarios acerca de cómo la novela ha sido el género que más ha contribuido a formar la conciencia histórica, y sus juicios acerca de tantas novelas que mezclan hechos reales e imaginarios, en una «mezcolanza que lleva a que muchas novelas resulten imprecisas, ilegítimas, sin criterio o manipuladoras».

El autor no teme criticar obras aplaudidas, como La conjura contra América, de Philip Roth, del que dice que «es un libro muy malo en el que no caben más errores y representaciones históricas erradas». Ni le cuesta trabajo señalar que «cada vez más personas, conscientemente o no, parecen tener en cuenta ese epigrama de Cicerón que dice: “La ignorancia de lo que sucedió antes de que naciéramos nos convierte en niños eternos”», y citar, como ejemplos evidentes de que la puerilidad campa hoy a sus anchas, palabras y gestos ridículos de los últimos presidentes norteamericanos.

Para Lukacs, la tarea que define a los historiadores, lo que siempre los hará necesarios, es la de «luchar contra todo tipo de mistificaciones, contra las muchas formas de la falsedad, detectarlas y sacarlas a la luz por el bien de todos y con la conciencia de que la búsqueda de la verdad pasa, hoy como ayer, por abrirse camino a machetazos entre una selva de mentiras».

John Lukacs. El futuro de la Historia (The Future of History, 2011). Madrid: Turner, 2011; 158 pp.; col. Noema; trad. de María Sierra; ISBN: 978-84-7506-446-8.

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domingo, 23 de septiembre de 2012

Tony Judt:
«No creo que desatender el pasado sea nuestro mayor riesgo; el error característico del presente es citarlo desde la ignorancia. Condolezza Rice, que es doctora en Ciencias Políticas y fue rectora de la Universidad de Stanford, invocó la ocupación estadounidense de la Alemania de la postguerra para justificar la guerra de Irak. ¿Qué grado de analfabetismo histórico cabe detectar en esa analogía? Dado que siempre vamos a explotar el pasado para justificar la conducta pública del presente, la necesidad de saber de verdad historia es incontestable. Una ciudadanía mejor informada es menos susceptible de que la engañen con un uso abusivo del pasado al servicio de los errores del presente. (…) Amañar el pasado es la forma más antigua de control del conocimiento: si tienes en tus manos el poder de la interpretación de lo que pasó antes (o simplemente puedes mentir acerca de ello), el presente y el futuro están a tu disposición. De modo que, por simple prudencia democrática, conviene garantizar que la ciudadanía esté mejor informada históricamente».

Tony Judt con Timothy Snyder. Pensar el siglo XX (Thinking the Twentieth Century, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 400 pp.; col. Taurushistoria; trad. de Victoria Gordo del Rey; ISBN: 978-84-306-0910-9.

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domingo, 16 de septiembre de 2012

Tony Judt: «Me preocupa la enseñanza “progresista” de la historia. (…) Ha demostrado ser un grave error sustituir [la historia que se enseñaba antes] cargada de datos por la intuición de que el pasado era una serie de mentiras y prejuicios que necesitaban ser corregidos: prejuicios que favorecían a las personas de raza blanca o a los hombres en vez de a las mujeres, mentiras sobre el colonialismo o el capitalismo, o lo que sea».

Los nuevos enfoques, «supuestamente críticos, dirigidos —seamos generosos— a ayudar a los niños y estudiantes a formar sus propios juicios, son contraproducentes. Generan confusión más que perspicacia, y la confusión es la enemiga del conocimiento. Antes de que nadie —ya se trate de un niño o de un estudiante de postgrado— pueda entender el pasado, tiene que saber lo que ocurrió, con qué orden y con qué resultados. En cambio, hemos educado dos generaciones de ciudadanos completamente desprovistos de referencias comunes. A consecuencia de ello, pueden contribuir poco al gobierno de su sociedad. La tarea del historiador, si se quiere verlo de este modo, es proporcionar la dimensión del conocimiento y la narrativa histórica, sin lo cual no podemos ser un todo cívico. Si tenemos una responsabilidad cívica como historiadores, es esta»

Tony Judt con Timothy Snyder. Pensar el siglo XX (Thinking the Twentieth Century, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 400 pp.; col. Taurushistoria; trad. de Victoria Gordo del Rey; ISBN: 978-84-306-0910-9.

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domingo, 9 de septiembre de 2012

Tony Judt: «El trabajo del historiador es establecer que cierto hecho ocurrió. Esto lo hacemos de la forma más efectiva que podemos, con el propósito de transmitir cómo fue lo que les ocurrió a esas personas, cuándo y dónde ocurrió, y con qué consecuencias.

Esta tarea bastante obvia de descripción es en realidad crucial. La corriente cultural y política fluye en la otra dirección, la de borrar acontecimientos pasados y explotarlos para otros propósitos. Es responsabilidad nuestra hacerlo bien: una vez y otra. Es una tarea de Sísifo: las distorsiones cambian de continuo y también el énfasis en la corrección fluctúa constantemente. Pero muchos historiadores no lo ven así y no sienten ninguna responsabilidad de este tipo. Desde mi punto de vista no son verdaderos historiadores».

Se podría decir que los historiadores «no somos las personas que ponen los muebles en la habitación, sólo los que los etiquetamos. Nuestro trabajo es decirle a alguien: este es un sofá grande con una estructura de madera, no es una mesa de plástico. Si usted cree que es una mesa de plástico, no sólo estará cometiendo un error categorial, y no sólo se hará daño cuando se choque con él, sino que lo usará de formas equivocadas. Vivirá mal en esta habitación, pero no tiene por qué vivir tan mal en esta habitación.

En otras palabras, creo profundamente que el historiador no está aquí para reescribir el pasado. Cuando reetiquetamos el pasado, no lo hacemos porque tengamos una nueva idea de cómo pensar en la categoría “muebles”; lo hacemos porque creemos que hemos llegado a una mejora en la apreciación de con qué tipo de muebles estamos tratando. Puede que un mueble etiquetado como “gran mesa de roble” no siempre haya estado etiquetado así. (…) Puede que no estuviera identificado como tal porque todo estaba hecho de roble y nadie hablaba de ello. Pero ahora, el roble importa porque —por ejemplo— es un material poco frecuente. De modo que estamos tratando con esta gran mesa de roble, y nuestra tarea consiste en subrayarlo».

Tony Judt con Timothy Snyder. Pensar el siglo XX (Thinking the Twentieth Century, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 400 pp.; col. Taurushistoria; trad. de Victoria Gordo del Rey; ISBN: 978-84-306-0910-9.

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domingo, 12 de agosto de 2012

Gombrich: «Me gustaría que se me pudiera mostrar que fue el poder el que pervirtió a la sabiduría y no la sabiduría la que pervirtió al poder. Sería más consolador, en cierto sentido, pensar que las corrientes de la sabiduría adulterada que brotaron y brotan de las prensas de los países totalitarios eran y son nada más que el producto del miedo —miedo a morirse de hambre, miedo incluso a la tortura— del que ninguno de nosotros estaría libre en situaciones análogas. Pero creo que al exonerar así a nuestros colegas, pasados y presentes, estamos en peligro de hacer demasiado ligera nuestra responsabilidad como estudiosos. Mientras predicamos al científico que tenga cuidado con las consecuencias de su trabajo, creemos y hacemos creer a otros que nosotros [los historiadores, o los humanistas en general], simplemente, nos entregamos a un juego inofensivo porque es divertido, o porque tan sosegada complacencia produce sabiduría, mientras que la ciencia produce sólo artilugios. No veo que haya pruebas de eso. Pero espero que podamos decir a los jóvenes que, al tratar de conservar y recuperar los recuerdos de los sucesos pasados, para usar las famosas palabras de Ranke, “tal como efectivamente ocurrieron”, mantenemos y ampliamos los diques de la razón en una zona particularmente vulnerable a las mareas del mito».

E. H. Gombrich. «Arte y saber histórico» (1957), Meditaciones sobre un caballo de juguete y otros ensayos sobre la teoría del arte (Meditations on a Hobby Horse, 1963). Madrid: Debate, 1998; 242 pp.; trad. de José María Valverde; ISBN: 84-8306-124-4.

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sábado, 18 de octubre de 2008

Después de las biografías mencionadas las últimas semanas, puede venir bien recordar esto: «La posteridad no es tan equitativa en sus juicios como se dice; hay pasiones, entusiasmos y errores de distancia como hay pasiones y errores de proximidad. Cuando la posteridad admira sin límites, se escandaliza de que los contemporáneos del hombre admirado no tuvieran con él la misma idea que ella. Lo cual tiene, sin embargo, una explicación: las cosas molestas de ese personaje son agua pasada; sus debilidades han muerto con él; no ha quedado de lo que fue más que su vida imperecedera; pero no por ello el daño que causó fue menos real; daño en sí y por sí, daño sobre todo para quienes lo soportaron».

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.

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viernes, 19 de octubre de 2007

Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental
es un clarificador trabajo historiográfico de síntesis que coloca muchas ideas en su sitio. Ordenadamente, y con las referencias bibliográficas oportunas, el norteamericano Thomas Woods proporciona datos de interés acerca del nacimiento de las Universidades en Europa, sobre cómo se pusieron las bases del Derecho internacional y de la Economía, quiénes fundaron las instituciones de atención a los más necesitados, etc. Personalmente me alegra que dedique un espacio generoso al mundo de la Ciencia y que deje claro, para quien no lo sepa, por qué se desarrolló en el Occidente cristiano y no en otras civilizaciones...

Thomas Woods. Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental (How the Catholic Church Built the Western Civilization, 2005). Madrid: Ciudadela, 2007; 280 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de Catalina Martínez Muñoz; ISBN (10): 84-96836-05-3.

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miércoles, 18 de abril de 2007

He visto Apocalypto, de Mel Gibson. Me ha parecido trepidante como película de aventuras pero me hubiera gustado más contención a la hora de mostrar la violencia, por más que la avalen testimonios históricos como el de Bernal Díaz del Castillo respecto a los aztecas.

Pero traigo aquí ese comentario para señalar su contraste con Taínos (Morning Girl), una novelita que firmó Michael Dorris y que tuvo un gran eco en los EE.UU., donde ganó multitud de premios. En ella se presentaban unos niños indígenas en un marco idílico y la llegada de los españoles con que terminaba la historia era un mal presagio. A la contra, en la película se nos habla de un mundo lleno de crueldad en el que la llegada de los españoles es un signo de un nuevo comienzo.

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viernes, 12 de mayo de 2006

Los comentarios que hace Paul Féval en El jorobado sobre la España que recorre Lagardere responden a la pobreza de la vida intelectual española en las últimas décadas del XVII y las primeras del XVIII: según el historiador francés Paul Hazard, «se la visitaba aún, pero los viajeros no disimulaban su desdén; criticaban los defectos de un pueblo supersticioso y de una corte ignorante, disertaban sobre la decadencia del comercio, se burlaban de la pereza y la vanidad de los habitantes». Merece la pena leer el gran panorama que Hazard presenta de la Europa de la época, al que más o menos responden las reflexiones filosóficas que trufan todo el desarrollo de El jorobado. En esos años se produce una gran «crisis en la conciencia europea» y se inicia el proceso de sustituir «una civilización fundada sobre la idea de deber, los deberes para con Dios, los deberes para con el príncipe», por otra «civilización fundada en la idea de derecho: los derechos de la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos de la razón, los derechos del hombre y del ciudadano». Hazard concluye su brillante exposición con una frase de Leibniz, «extendiendo al mundo moral lo que él decía del mundo político: en los años finales del siglo XVII, ha comenzado un nuevo orden de cosas».

Paul Hazard. La crisis de la conciencia europea (La crise de la conscience européene: 1860-1715, 1935). Madrid: Alianza, 1988; 376 pp.; col. Alianza universidad; trad. de Julián Marías; ISBN: 84-206-2562-0.

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miércoles, 19 de abril de 2006

En el mundo de los best-seller (y en el de la política, pero eso es distinto) hay frecuentes ejemplos de gentes que, ya que no pueden deslumbrarnos con su inteligencia, dedican todo su empeño a sorprendernos con sus bobadas. He pensado en eso de nuevo al leer Los Illuminati y el Priorato de Sión, un libro que sería clarificador para los interesados en las novelas de ocultos complots, tan de moda. De todos modos, contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano (Schiller, creo).

Massimo Introvigne. Los Illuminati y el Priorato de Sión (Gli Illuminati e il Priorato di Sion, 2005). Madrid: Rialp, 2005; 216 pp.; trad. de José Ramón Pérez Arangüena; ISBN: 84-321-3561-5.

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domingo, 3 de julio de 2005

Se requiere contención a la hora de juzgar a nuestros antepasados. Explica bien Robert Hughes que «al mirar los retratos nos proyectamos nosotros mismos hacia el pasado. Por pura rutina calificamos como "compasivas" las pinturas de enanos de Velázquez, no porque sepamos qué sentía Velázquez por los enanos sino porque creemos que debemos sentir pena por los deformes. Nos gusta detectar una feroz sátira antimonárquica en los retratos reales de Goya, a pesar de que la familia real española estaba encantada con ellos y nadie en la corte los consideraba irrespetuosos».

Robert Hughes. A toda crítica. Ensayos sobre arte y artistas (Nothing If Not Critical, 1990). Barcelona: Anagrama, 2002; 497 pp.; col. Argumentos; trad. de Alberto Coscarelli; ISBN: 84-339-1360-3.

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