domingo, 12 de mayo de 2013
John H. Elliott: «La buena historia seguirá dependiendo, como siempre ha dependido, de algo más que acumulación de información y el despliegue de conocimiento. La aproximación de todo historiador al pasado viene condicionada por su temperamento y experiencia personal, pero ningún historiador es una isla y la sabiduría se adquiere, al menos en parte, de la lectura y la reflexión sobre la obra de historiadores pasados y presentes, y participando conscientemente en una empresa colectiva que abarca generaciones y está comprometida con lograr una mejor apreciación tanto del mundo que ya ha desaparecido como del mundo tal como lo conocemos hoy en día».
John H. Elliott. Haciendo historia (History in the making, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 302 pp.; trad. de Marta Balcells revisada por el autor; ISBN: 978-84-306-0077-9.
domingo, 5 de mayo de 2013
John H. Elliott: «Si el estudio del pasado tiene algún valor, este reside en su capacidad tanto de revelar las complejidades de la experiencia humana como de advertir contra la opción de descartar como si no tuvieran ninguna importancia los senderos que se siguieron solo en parte o no se tomaron nunca. En alguna curva del camino, pueden volver a aparecer de nuevo ante la vista. Admitir que el presente está lleno de sorpresas exige un reconocimiento similar de que el pasado lo estuvo igualmente a ojos de quienes lo vivieron. El reto al que se enfrenta el historiador es ver y experimentar ese pasado a través de sus ojos, en tanto que sabe, pero intenta ignorar, lo que sucedió después. Consiste en hacer comprensibles los motivos de sus acciones a aquellos que no comparten sus valores, actitudes y puntos de vista y además viven en un entorno muy distinto. Es entrar en el pasado con imaginación manteniendo todavía un pie en el presente y estar alerta siempre a nuevas vías de abordarlo».
John H. Elliott. Haciendo historia (History in the making, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 302 pp.; trad. de Marta Balcells revisada por el autor; ISBN: 978-84-306-0077-9.
domingo, 28 de abril de 2013
John H: Elliott: «Nunca tuve dudas de que en cualquier estudio del pasado debería encontrarse espacio para el agente humano, la personalidad y lo que es fama que Harold Macmillan llamó “events, dear boy, events” (“los acontecimientos, muchacho, los acontecimientos”). La contingencia (una muerte inesperada, la llegada o no de una carta importante) nunca se debe dejar de tener en cuenta en la reconstrucción y explicación del pasado. Por otra parte, el estudio histórico exige algo más que la simple crónica de sucesos, “la agitación de la superficie” como con desdén decía Braudel. El reto al que se enfrenta cualquier historiador ambicioso es aprehender las características de una época de modo que las acciones y comportamientos humanos resulten comprensibles, combinando el análisis y la descripción sin perturbar la fluidez narrativa. Al final, como saben todos los buenos historiadores, siempre quedará un poso de decepción. Ninguna narrativa llega a ser enteramente exhaustiva, ninguna explicación total, y el equilibrio entre la descripción y el análisis es exasperantemente difícil de conseguir. Lo mejor que se puede esperar es una aproximación tan cercana a una reconstrucción convincente de periodos, personas y acontecimientos pasados como permitan los testimonios conservados, una reconstrucción, además, que esté presentada de manera tan eficaz como para atraer y mantener el interés del lector».
John H. Elliott. Haciendo historia (History in the making, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 302 pp.; trad. de Marta Balcells revisada por el autor; ISBN: 978-84-306-0077-9.
domingo, 25 de noviembre de 2012
Christopher Dawson: en la Divina Comedia está «la última vislumbre de aquella visión de unidad espiritual que había inspirado a la mente medieval durante 900 años y había guiado el desarrollo de la cultura medieval desde sus orígenes, en los tiempos de san Agustín y Prudencio, a través de la época de Alcuino y de Carlomagno, de Nicolás I y Otón III, a su plena y todavía incompleta realización en la cristiandad del siglo XIII.
Hemos dicho una realización incompleta porque, por una parte, jamás una sociedad o cultura ha realizado las aspiraciones de sus hombres más eminentes y, por otra, el ideal cristiano tiende a trascender todas las formas culturales. Sin embargo, nunca ha habido una edad en la cual el cristianismo haya alcanzado una más lograda expresión cultural como el siglo XII. Europa no ha visto un héroe cristiano más grande que san Francisco de Asís, un pensador cristiano más grande que santo Tomás de Aquino, un poeta cristiano más grande que Dante y, quizá, ningún gobernante cristiano más grande que san Luis, rey de Francia.
No afirmo que el nivel general de la vida religiosa haya sido más alto en esta época que en otras, o que el estado de la Iglesia haya sido más saludable; menos aún sostengo que los escándalos hayan sido más raros o los males morales menos obvios. Lo que se puede afirmar es que en la Edad Media, más que en otros periodos en la vida de nuestra civilización, la cultura europea y la religión cristiana existieron en un estado de simbiosis. En efecto, las más altas expresiones de la cultura medieval —sea en arte, en letras o en filosofía— fueron religiosas, y los más grandes representantes de la religión medieval fueron también líderes en el campo de la cultura».
Christopher Dawson. «La cultura literaria en la Edad Media» (The Literary Development of Medieval Culture, 1934-1953), en Historia de la cultura cristiana. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.
domingo, 18 de noviembre de 2012
Otro momento decisivo en la historia europea, dice Christopher Dawson, sucedió en el siglo XII gracias a san Bernardo y a san Francisco de Asís. Se dio entonces una renovación espiritual, que acompañó un renacimiento social e intelectual, debido a que se alcanzó un realismo religioso diferente de la un tanto abstracta piedad teológica de tipo patrístico y bizantino. Así lo explica Dawson:
«El ideal de Francisco de Asís es revivir en la experiencia cotidiana la vida de Cristo. Ya no debe haber una separación entre fe y vida, entre lo espiritual y lo material, puesto que ambos mundos han de fusionarse en la realidad viviente de la experiencia práctica (…). Los poderes de la naturaleza, que en un principio habían sido divinizados y hechos objetos de culto, y después rechazados cuando el hombre comprendió la trascendencia de lo espiritual, ahora son traídos al mundo de la religión. (…) Así, la actitud franciscana hacia la naturaleza y la vida humana señala un punto esencial en la historia religiosa de Occidente. Marca el fin de un largo periodo durante el cual la naturaleza humana y el mundo físico habían sido empequeñecidos e inmovilizados por la sombra de la eternidad, y al mismo tiempo señala el comienzo de una nueva era de humanismo e interés por la naturaleza. Su importancia, como ha notado K. Burdach, no se limita al campo religioso, sino que pesa significativamente en todo el desarrollo de la cultura europea. Su influencia se puede ver, por una parte, en el nuevo arte de la Italia de los siglos XIII y XIV, el cual contiene ya los gérmenes del Renacimiento, y, por otra, en los movimientos sociales del siglo XIV, en los que por vez primera los sectores más pobres y oprimidos de la sociedad medieval afirmaron sus demandas de justicia».
Christopher Dawson. «El surgimiento de la civilización occidental (Christianity and the Rise of Western Civilization, Progress and Religion, 1929), en Historia de la cultura cristiana. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.
domingo, 11 de noviembre de 2012
El papa san Gregorio VII (1020-1085) se propuso que la Iglesia «recobrara su honor y permaneciera libre» frente a los ideales bizantinos y carolingios de la monarquía sagrada. Deseaba librar a la Iglesia de su dependencia feudal respecto al poder secular y abandonar la concepción bizantina y carolingia del derecho divino de los reyes y de la obediencia pasiva de los súbditos. Algo importante aquí es que, dice Christopher Dawson, «esto señala un nuevo punto de partida en la historia de la cultura occidental, pues significó que los hombres habían comenzado a razonar sobre los principios en los que se basaba la sociedad cristiana y a recurrir a la mención de estos principios como un modo de modificar el orden existente. Cuando Gregorio VII escribía: “El Señor dice “Yo soy la Verdad y la Vida”, no decía “soy la costumbre” sino “soy la Verdad”, estaba invocando una nueva clase de Derecho Divino que debía mostrarse posteriormente más fuerte que el derecho divino de los reyes”».
Christopher Dawson. «La reforma de la Iglesia en el siglo XI y el papado medieval», en La religión y el origen de la cultura occidental (Religion and the Rise of the Western Culture, 1950). Madrid: Encuentro, 1995; 228 pp.; col. Ensayos; trad. de Elena Vela; ISBN: 84-7490-374-2. Nueva edición el año 2010; 256 pp.; prólogo de José Andrés Gallego; ISBN: 978-84-9920-026-2.
domingo, 4 de noviembre de 2012
Christopher Dawson: «La influencia del cristianismo en la formación de la unidad europea es un ejemplo interesante de cómo el curso del desarrollo histórico es modificado y definido por la intervención de nuevas fuerzas espirituales. La historia no se puede explicar como un orden cerrado en el cual cada etapa es el resultado lógico e inevitable de lo que ha sucedido antes. Hay en ella siempre un elemento inexplicable y misterioso debido no sólo a la influencia de la casualidad o a la iniciativa del genio individual, sino también al poder creativo de fuerzas espirituales.
Así vemos, en el caso del mundo antiguo, que la artificial civilización material del Imperio romano necesitaba cierta inspiración religiosa más profunda que la contenida en los cultos oficiales de la ciudad-Estado, y podríamos suponer que esta deficiencia espiritual dio lugar a la infiltración de influencias religiosas orientales como las que aparecieron durante la edad imperial. Mas nadie pudo haber predicho la aparición del cristianismo y la manera como éste transformaría la vida y el pensamiento de la civilización europea».
Christopher Dawson. «La Iglesia Católica» (The Catholic Church, The Making of Europe, 1932), en Historia de la cultura cristiana (Colección de ensayos tomados de Medieval Essays, 1954, Religion and the Rise of Western Culture, 1950, Progress and Religion, 1960). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.
domingo, 28 de octubre de 2012
Christopher Dawson: «La actividad de la mente occidental, la cual se ha manifestado tanto en invenciones científicas y técnicas como en los descubrimientos geográficos, no fue la herencia natural de un tipo biológico particular; fue más bien el resultado de un largo proceso de de educación que cambió gradualmente la orientación del pensamiento humano y amplió las posibilidades de la acción social. El factor vital en este proceso no fue el poder agresivo de conquistadores y capitalistas, sino el ensanchamiento de la capacidad intelectual humana y el desarrollo de nuevas formas de habilidad y genio creativo.
Las otras grandes culturas del mundo llevaron a cabo sus propias síntesis entre religión y vida, y luego mantuvieron inalterado, por siglos y milenios, su propio ordenamiento sagrado. Empero, la civilización occidental ha sido un gran fermento de cambio en el mundo, porque cambiar el mundo ha sido parte de su ideal cultural. Siglos antes de los grandes logros de la ciencia y la tecnología modernas, el hombre de Occidente había concebido la idea de una magna instauratio, de una gran renovación de las ciencias (o sea, de una gran renovación del saber), la cual abriría muchos caminos al entendimiento del hombre y cambiaría la suerte de la raza humana».
Christopher Dawson. «El significado de la cultura occidental» (“Introduction: The Significance of the Western Development”, Religion and the Rise of Western Culture, 1950), Historia de la cultura cristiana. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Un ejemplo de cómo ha de ser enseñada la historia a los niños y los jóvenes, que coincide con
las ideas de Tony Judt, es la
Breve historia del mundo que, cuando era muy joven,
Gombrich escribió para su hija pequeña y que se tradujo al inglés muchos años más tarde.
Al margen de que falten cosas, o de que tal vez habría que subrayar más la importancia de otras, lo cierto es que, tanto su esquema como la forma de contar, resulta eficaz. Esto lo prueba su éxito hasta hoy: recientemente venía incluido en una selección hecha en Inglaterra de los cincuenta mejores libros infantiles-juveniles. El libro contiene, al hilo de los sucesos históricos, anécdotas famosas y explicaciones amenas acerca del origen de muchas expresiones de uso común. Pero, sobre todo, tal vez lo más interesante sea que viene a ser, para muchísimos lectores, como un mapa de lo que no saben: un mapa que permite buscar y ahondar luego en temas poco conocidos.
El último capítulo, preparado por el autor muchos años después, indica errores que cometió cuando escribió su libro pues algunos hechos, con algo más de perspectiva y de investigación histórica, se ven mejor. Por ejemplo, indica que había terminado el capítulo dedicado a la Primera Guerra Mundial señalando que «todos esperamos un futuro mejor y, por tanto, ¡tendrá que llegar!», pero señala cómo, para mucha gente, eso no ha sido así ni mucho menos.
Aquí viene a cuento el comentario de
John Lukacs acerca de que la historia «es un pasado recordado, cuya reconstrucción resulta ser necesariamente incompleta y difícil, porque un pasado recordado es a la vez algo menos y algo más que la reconstrucción de un pasado a partir de los restos que de él permanecen».
Ernst H. Gombrich. Breve historia del mundo (Eine kurze Weltgeschichte für junge Leser, 1935; con un capítulo añadido en 1998). Barcelona: Península, 2007; 352 pp.; col. Gran Atalaya; trad. de José Gil Aristu; ISBN: 84-8307-801-3.
John Lukacs. El futuro de la Historia (The Future of History, 2011). Madrid: Turner, 2011; 158 pp.; col. Noema; trad. de María Sierra; ISBN: 978-84-7506-446-8.
viernes, 28 de septiembre de 2012
El futuro de la historia, de John Lukacs, es un extraordinario libro breve acerca del trabajo de los historiadores. El autor escribe su obra con 87 años, con acentos bromistas e irónicos en muchas ocasiones, para señalar por un lado sus esperanzas —pues existe hambre de conocer historia y se publica mucha historia de buena calidad—, y por otro sus temores —sobre todo debido al creciente aumento del gran defecto del carácter democrático: el hábito de la desatención del que habló Tocqueville—. Todo lo que dice Lukacs tiene mucho interés pero, personalmente, me han parecido clarificadores sus comentarios acerca de cómo la novela ha sido el género que más ha contribuido a formar la conciencia histórica, y sus juicios acerca de tantas novelas que mezclan hechos reales e imaginarios, en una «mezcolanza que lleva a que muchas novelas resulten imprecisas, ilegítimas, sin criterio o manipuladoras».
El autor no teme criticar obras aplaudidas, como La conjura contra América, de Philip Roth, del que dice que «es un libro muy malo en el que no caben más errores y representaciones históricas erradas». Ni le cuesta trabajo señalar que «cada vez más personas, conscientemente o no, parecen tener en cuenta ese epigrama de Cicerón que dice: “La ignorancia de lo que sucedió antes de que naciéramos nos convierte en niños eternos”», y citar, como ejemplos evidentes de que la puerilidad campa hoy a sus anchas, palabras y gestos ridículos de los últimos presidentes norteamericanos.
Para Lukacs, la tarea que define a los historiadores, lo que siempre los hará necesarios, es la de «luchar contra todo tipo de mistificaciones, contra las muchas formas de la falsedad, detectarlas y sacarlas a la luz por el bien de todos y con la conciencia de que la búsqueda de la verdad pasa, hoy como ayer, por abrirse camino a machetazos entre una selva de mentiras».
John Lukacs. El futuro de la Historia (The Future of History, 2011). Madrid: Turner, 2011; 158 pp.; col. Noema; trad. de María Sierra; ISBN: 978-84-7506-446-8.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Tony Judt: «No creo que desatender el pasado sea nuestro mayor riesgo; el error característico del presente es citarlo desde la ignorancia. Condolezza Rice, que es doctora en Ciencias Políticas y fue rectora de la Universidad de Stanford, invocó la ocupación estadounidense de la Alemania de la postguerra para justificar la guerra de Irak. ¿Qué grado de analfabetismo histórico cabe detectar en esa analogía? Dado que siempre vamos a explotar el pasado para justificar la conducta pública del presente, la necesidad de saber de verdad historia es incontestable. Una ciudadanía mejor informada es menos susceptible de que la engañen con un uso abusivo del pasado al servicio de los errores del presente. (…) Amañar el pasado es la forma más antigua de control del conocimiento: si tienes en tus manos el poder de la interpretación de lo que pasó antes (o simplemente puedes mentir acerca de ello), el presente y el futuro están a tu disposición. De modo que, por simple prudencia democrática, conviene garantizar que la ciudadanía esté mejor informada históricamente».
Tony Judt con Timothy Snyder. Pensar el siglo XX (Thinking the Twentieth Century, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 400 pp.; col. Taurushistoria; trad. de Victoria Gordo del Rey; ISBN: 978-84-306-0910-9.
domingo, 16 de septiembre de 2012
Tony Judt: «Me preocupa la enseñanza “progresista” de la historia. (…) Ha demostrado ser un grave error sustituir [la historia que se enseñaba antes] cargada de datos por la intuición de que el pasado era una serie de mentiras y prejuicios que necesitaban ser corregidos: prejuicios que favorecían a las personas de raza blanca o a los hombres en vez de a las mujeres, mentiras sobre el colonialismo o el capitalismo, o lo que sea».
Los nuevos enfoques, «supuestamente críticos, dirigidos —seamos generosos— a ayudar a los niños y estudiantes a formar sus propios juicios, son contraproducentes. Generan confusión más que perspicacia, y la confusión es la enemiga del conocimiento. Antes de que nadie —ya se trate de un niño o de un estudiante de postgrado— pueda entender el pasado, tiene que saber lo que ocurrió, con qué orden y con qué resultados. En cambio, hemos educado dos generaciones de ciudadanos completamente desprovistos de referencias comunes. A consecuencia de ello, pueden contribuir poco al gobierno de su sociedad. La tarea del historiador, si se quiere verlo de este modo, es proporcionar la dimensión del conocimiento y la narrativa histórica, sin lo cual no podemos ser un todo cívico. Si tenemos una responsabilidad cívica como historiadores, es esta»
Tony Judt con Timothy Snyder. Pensar el siglo XX (Thinking the Twentieth Century, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 400 pp.; col. Taurushistoria; trad. de Victoria Gordo del Rey; ISBN: 978-84-306-0910-9.
domingo, 9 de septiembre de 2012
Tony Judt: «El trabajo del historiador es establecer que cierto hecho ocurrió. Esto lo hacemos de la forma más efectiva que podemos, con el propósito de transmitir cómo fue lo que les ocurrió a esas personas, cuándo y dónde ocurrió, y con qué consecuencias.
Esta tarea bastante obvia de descripción es en realidad crucial. La corriente cultural y política fluye en la otra dirección, la de borrar acontecimientos pasados y explotarlos para otros propósitos. Es responsabilidad nuestra hacerlo bien: una vez y otra. Es una tarea de Sísifo: las distorsiones cambian de continuo y también el énfasis en la corrección fluctúa constantemente. Pero muchos historiadores no lo ven así y no sienten ninguna responsabilidad de este tipo. Desde mi punto de vista no son verdaderos historiadores».
Se podría decir que los historiadores «no somos las personas que ponen los muebles en la habitación, sólo los que los etiquetamos. Nuestro trabajo es decirle a alguien: este es un sofá grande con una estructura de madera, no es una mesa de plástico. Si usted cree que es una mesa de plástico, no sólo estará cometiendo un error categorial, y no sólo se hará daño cuando se choque con él, sino que lo usará de formas equivocadas. Vivirá mal en esta habitación, pero no tiene por qué vivir tan mal en esta habitación.
En otras palabras, creo profundamente que el historiador no está aquí para reescribir el pasado. Cuando reetiquetamos el pasado, no lo hacemos porque tengamos una nueva idea de cómo pensar en la categoría “muebles”; lo hacemos porque creemos que hemos llegado a una mejora en la apreciación de con qué tipo de muebles estamos tratando. Puede que un mueble etiquetado como “gran mesa de roble” no siempre haya estado etiquetado así. (…) Puede que no estuviera identificado como tal porque todo estaba hecho de roble y nadie hablaba de ello. Pero ahora, el roble importa porque —por ejemplo— es un material poco frecuente. De modo que estamos tratando con esta gran mesa de roble, y nuestra tarea consiste en subrayarlo».
Tony Judt con Timothy Snyder. Pensar el siglo XX (Thinking the Twentieth Century, 2012). Madrid: Taurus, 2012; 400 pp.; col. Taurushistoria; trad. de Victoria Gordo del Rey; ISBN: 978-84-306-0910-9.
domingo, 12 de agosto de 2012
Gombrich: «Me gustaría que se me pudiera mostrar que fue el poder el que pervirtió a la sabiduría y no la sabiduría la que pervirtió al poder. Sería más consolador, en cierto sentido, pensar que las corrientes de la sabiduría adulterada que brotaron y brotan de las prensas de los países totalitarios eran y son nada más que el producto del miedo —miedo a morirse de hambre, miedo incluso a la tortura— del que ninguno de nosotros estaría libre en situaciones análogas. Pero creo que al exonerar así a nuestros colegas, pasados y presentes, estamos en peligro de hacer demasiado ligera nuestra responsabilidad como estudiosos. Mientras predicamos al científico que tenga cuidado con las consecuencias de su trabajo, creemos y hacemos creer a otros que nosotros [los historiadores, o los humanistas en general], simplemente, nos entregamos a un juego inofensivo porque es divertido, o porque tan sosegada complacencia produce sabiduría, mientras que la ciencia produce sólo artilugios. No veo que haya pruebas de eso. Pero espero que podamos decir a los jóvenes que, al tratar de conservar y recuperar los recuerdos de los sucesos pasados, para usar las famosas palabras de Ranke, “tal como efectivamente ocurrieron”, mantenemos y ampliamos los diques de la razón en una zona particularmente vulnerable a las mareas del mito».
E. H. Gombrich. «Arte y saber histórico» (1957), Meditaciones sobre un caballo de juguete y otros ensayos sobre la teoría del arte (Meditations on a Hobby Horse, 1963). Madrid: Debate, 1998; 242 pp.; trad. de José María Valverde; ISBN: 84-8306-124-4.
domingo, 12 de junio de 2011
Un asunto histórico que se relaciona con el
comentario de ayer:
El rey
Alfredo el Grande llegó al trono cuando la esperanza de un desarrollo pacífico de la cultura estaba destruida y sólo quedaba la relación personal de vasallo y señor como única base para la organización social. Asombrosamente, dice
Christopher Dawson, «él sólo, entre los gobernantes de su tiempo, comprendió la importancia vital del desarrollo espiritual y dedicó tanta energía a la recuperación de la tradición cultural cristiana como a la defensa de la existencia nacional». Esto se constata en un documento extraordinario, su prefacio al tratado de san Gregorio sobre el Cuidado Pastoral (
Cura Pastoralis), que es «uno de los documentos más notables de la cultura medieval y el primer monumento de la prosa inglesa». En él se describe «cómo la tradición de la Edad de Oro de la cultura cristiana había sido abandonada, quedando sólo el nombre de Cristiandad». Y es que, dice, «sólo amábamos el nombre de cristianos y muy pocas de sus virtudes». Pero, aunque lamenta la destrucción, propone un remedio: «Pues me parece bien verter a la lengua que todos entendemos los libros cuyo conocimiento es necesario para todos los hombres; y conseguiremos, lo cual no es difícil si tenemos paz, que todos los jóvenes libres de Inglaterra, es decir los que tienen la oportunidad de dedicarse a ello, sean obligados a estudiar —aunque no a otra cosa útil— hasta que sepan todos cómo leer un texto inglés. Enseñad después latín a los que quieran aprenderlo y elevarse a un nivel superior». Y empezó una biblioteca de traducciones en los últimos doce años de su reinado, pues Alfredo quería para Inglaterra lo que Carlomagno había hecho para la Cristiandad occidental.
Christopher Dawson. «La segunda “Edad Oscura” y la conversión del Norte», en La religión y el origen de la cultura occidental (Religion and the Rise of the Western Culture, 1950). Madrid: Encuentro, 1995; 228 pp.; col. Ensayos; trad. de Elena Vela; ISBN: 84-7490-374-2. Nueva edición el año 2010; 256 pp.; prólogo de José Andrés Gallego; ISBN: 978-84-9920-026-2.
jueves, 16 de julio de 2009
La magia de los libros infantiles, de
Seth Lerer, intenta ser una especie de historia de la Literatura infantil y juvenil (LIJ) enfocada desde la recepción de los libros. Con ese libro, su autor, un profesor de literatura comparada de prestigiosas universidades norteamericanas, ha recibido el Premio Nacional de la Crítica en su país, por lo que de más está decir que ha recibido abundantes elogios.
En sucesivos capítulos habla de las lecturas infantiles en la antigüedad, del eco perdurable de las fábulas de
Esopo, de las lecturas de los niños en la Edad Media, del impacto que causaron el puritanismo y las teorías pedagógicas de John Locke en la literatura infantil, del éxito de
Robinson Crusoe y sus posteriores imitaciones, de los libros de ambiente colegial y de aventuras juveniles del siglo XIX, del peso de las teorías de Darwin en muchos autores, del género del nonsense representado por
Edward Lear y
Lewis Carroll, de los cuentos de hadas y sus interpretaciones, de las historias con niñas como protagonistas, de las obras decisivas de la Inglaterra de principios de siglo XX —
El viento en los sauces, los cuentos de
Beatrix Potter,
Winnie the Pooh, etc.—, de las instituciones de la literatura infantil norteamericana y en particular de las bibliotecas, y de obras norteamericanas de las últimas décadas.
Para mí, los mejores capítulos son los primeros, en particular los dedicados a las fábulas de Esopo y a la influencia de Locke —no en vano el autor empezó su carrera como medievalista—, pero no puedo decir que me hayan gustado, ni esos ni los demás, aunque sí me han interesado bastantes cosas y piense que el libro será útil para quien ya esté introducido en el mundo de la LIJ. A cualquier lector culto le puede aportar un esquema histórico básico y buenos análisis sobre libros concretos, pero me temo que pronto se sentirá confuso y cansado del vagabundeo discursivo al que se abandona el autor, de sus numerosas reiteraciones y preguntas retóricas y, también, de los párrafos supuestamente poéticos con los que cierra cada capítulo, ininteligibles para quien no capte las frases entreveradas que se refieren a muchos libros infantiles.
Además, las observaciones valiosas pierden fuerza y se diluyen en medio de otras afirmaciones más que discutibles. Por ejemplo, es verdad que Darwin influyó en autores como
Charles Kingsley o
Edgar Rice Burroughs, pero es muy aventurado el salto con triple tirabuzón que da el autor para unirlo con el
Dr. Seuss. O, se puede decir que
The Cat in the Hat encarna (yo diría que más bien conecta con) el estilo transgresor de diversión destructiva que se puso de moda en los años cincuenta, pero dudo mucho que lo que enseñe, o lo que los lectores han entendido siempre, sea que «el niño puede tener una vida llena de color (...); y que, mientras la madre esté fuera, todos podemos ser todo lo rosita que podamos» (si yo entiendo bien la traducción).
La edición contiene no pocas erratas y supongo que también lo es el comentario acerca de la «pequeña revista familiar que
Lewis Carroll confeccionó para sus hijos» pues Carroll sí tuvo varios hermanos pequeños —para los que preparó revistas— pero ni se casó ni tuvo hijos.
Seth Lerer. La magia de los libros infantiles – De las fábulas de Esopo a las aventuras de Harry Potter (Children’s Literature. A reader’s history, from Aesop to Harry Potter, 2008). Barcelona: Ares y Mares, 2009; 590 pp.; trad. de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda; ISBN: 978-849892-004-8.
sábado, 18 de octubre de 2008
Después de las biografías mencionadas las últimas semanas, puede venir bien recordar esto: «La posteridad no es tan equitativa en sus juicios como se dice; hay pasiones, entusiasmos y errores de distancia como hay pasiones y errores de proximidad. Cuando la posteridad admira sin límites, se escandaliza de que los contemporáneos del hombre admirado no tuvieran con él la misma idea que ella. Lo cual tiene, sin embargo, una explicación: las cosas molestas de ese personaje son agua pasada; sus debilidades han muerto con él; no ha quedado de lo que fue más que su vida imperecedera; pero no por ello el daño que causó fue menos real; daño en sí y por sí, daño sobre todo para quienes lo soportaron».
François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.
viernes, 19 de octubre de 2007
Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental es un clarificador trabajo historiográfico de síntesis que coloca muchas ideas en su sitio. Ordenadamente, y con las referencias bibliográficas oportunas, el norteamericano Thomas Woods proporciona datos de interés acerca del nacimiento de las Universidades en Europa, sobre cómo se pusieron las bases del Derecho internacional y de la Economía, quiénes fundaron las instituciones de atención a los más necesitados, etc. Personalmente me alegra que dedique un espacio generoso al mundo de la Ciencia y que deje claro, para quien no lo sepa, por qué se desarrolló en el Occidente cristiano y no en otras civilizaciones...
Thomas Woods. Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental (How the Catholic Church Built the Western Civilization, 2005). Madrid: Ciudadela, 2007; 280 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de Catalina Martínez Muñoz; ISBN (10): 84-96836-05-3.
miércoles, 18 de abril de 2007
He visto
Apocalypto, de
Mel Gibson. Me ha parecido trepidante como película de aventuras pero me hubiera gustado más contención a la hora de mostrar la violencia, por más que la avalen testimonios históricos como el de
Bernal Díaz del Castillo respecto a los aztecas.
Pero traigo aquí ese comentario para señalar su contraste con
Taínos (Morning Girl), una novelita que firmó
Michael Dorris y que tuvo un gran eco en los EE.UU., donde ganó multitud de premios. En ella se presentaban unos niños indígenas en un marco idílico y la llegada de los españoles con que terminaba la historia era un mal presagio. A la contra, en la película se nos habla de un mundo lleno de crueldad en el que la llegada de los españoles es un signo de un nuevo comienzo.
viernes, 23 de febrero de 2007
Al comentario de ayer sobre
la serie de Alatriste se puede añadir que un gran libro de historia sobre la época es
El Conde Duque de Olivares, de
John Elliott, que ya cité a propósito de
Dumas.Además, los interesados disfrutarán el
Discurso de mi vida. Aventura corsaria de un honorable capitán, donde un personaje real llamado Alonso de Contreras —que combatió en Flandes, Milán, Nápoles, Sicilia, Puerto Rico, Túnez...— narra treinta años de su asombrosa vida. Como se indica en la introducción de una de las ediciones citadas, Alonso de Contreras fue un hombre de acción, «duro como el pedernal» y más bruto incluso que Alatriste. Su relato está escrito entre 1630 y 1633, y, en sus propias palabras, «ello va seco y sin llover, como Dios lo crió y como a mí se me alcanza, sin retóricas ni discreterías, no más que el hecho de la verdad».
Como se cuenta en
El caballero del jubón amarillo, Alonso de Contreras fue amigo de Lope de Vega, que «me tuvo por su camarada más de ocho meses, dándome de comer y cenar, y aun vestido me dio. Dios se lo pague. Y no contento con eso, sino que me dedicó una comedia en la veinte parte de
El Rey sin reino, a imitación del testimonio que me levantaron los moriscos».
De sus andanzas por el Mediterráneo se puede traer aquí un suceso que sonará conocido a quien haya leído
Corsarios de Levante: después de que su barco capture una presa, el capitán manda que nadie juegue a bordo, ordena echar los dados y naipes al mar y poner graves penas a quien juegue, con lo cual los marineros organizaron el juego así: «hacían un círculo en una mesa, como la palma de una mano, y en el centro de él, otro círculo chiquito como de un real de a ocho, en el cual todos los que jugaban cada uno metía dentro de este círculo chico un piojo, y cada uno tenía cuenta con el suyo y apostaban muy grandes apuestas, y el piojo que primero salía del círculo grande tiraba toda la puesta, que certifico la hubo de ochenta cequíes».
Y su estilo rápido de narración y de acción se puede mostrar con un breve pasaje: «...llegó a mí un gentilhombre sin vara con un criado, y dijo “¿Cómo trae ese coleto?” —que era de ante—. Dije “Puesto”. Dijo “Pues quítesele”. Respondí “No quiero”. El criado dijo “Pues yo se lo quitaré”. Iba a ponerlo por obra, fue fuerza sacar la espada, que ellos no fueron perezosos en hacerlo, pero yo fui más pronto...»
Alonso de Contreras. Discurso de mi vida. Aventura corsaria de un honorable capitán (1633). San Lorenzo de El Escorial: Langre, 2006; 222 pp.; edición crítica de Gonzalo Gil; ISBN: 84-934384-4-8. Otra edición en Madrid: Ediciones Internacionales Universitarias, 2004; 238 pp.; ISBN: 84-8469-098-9.
viernes, 23 de junio de 2006
Dice Jacqueline de Romilly en ¿Por qué Grecia? que «respiramos el aire de Grecia, sin saberlo, a cada instante». Y se plantea, en un ensayo denso y ameno, sólo posible después de una vida dedicada al estudio de estas cuestiones, qué cualidades hacen tan singular el siglo V ateniense antes de Jesucristo, el siglo que «inventó la democracia y la reflexión política. Creó la tragedia y, en menos de cien años, vio como se sucedían los tres únicos autores que conocieron la posteridad: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Dio forma a la comedia con Aristófanes. Fue testigo de la invención de la historia, primero con Herodoto (...), después con Tucídides. Presenció la construcción de la Acrópolis ateniense y las estatuas de Fidias. Fue el siglo de Sócrates. (...) Se conocían entonces los progresos de una nueva medicina, científica y basada en la observación: la de un tal Hipócrates». Concluye Romilly que «algo ocurrió en el siglo V a.C. que iba por delante de la inteligencia y la sensibilidad humanas», algo que no es sólo una cuestión de calidad en los textos.
«La Grecia de entonces no inventó nada tan directo y afectivo como el amor cristiano que engloba a todas las criaturas en nombre del mensaje de Cristo, pero su aspiración a lo universal le hizo encontrar en la cualidad común de los hombres la fuente de una comunicación fraterna; la conciencia de ser hombre hace que éste “se ponga en el lugar” de los demás hombres». Este es el gran logro de Grecia: el acierto en formular las aspiraciones de los hombres a lo universal, a lo que concierne a todos los hombres de todas las épocas de todos los lugares. En el caso de Antígona, «de escena en escena se multiplican los debates, como si se trataran de apreciar todas las facetas que puede presentar la interpretación moral de una sola y única acción». Al apelar a las leyes no escritas de los dioses para discutir la legitimidad del decreto de Creonte que le prohibía enterrar a su hermano, Antígona proclama la existencia de un criterio de justicia más universal que las convenciones que rigen la vida de la ciudad.
Jacqueline de Romilly busca y consigue que, una vez cerrado su libro, el lector tenga ganas de acudir a bucear en los textos originales.
Jacqueline de Romilly. ¿Por qué Grecia? (Pourquoi la Grèce?, 1992). Madrid: Debate, 1997; 264 pp.; col. Temas de Debate; trad. de Olivia Bandrés; ISBN: 84-8306-049-3.
viernes, 12 de mayo de 2006
Los comentarios que hace
Paul Féval en
El jorobado sobre la España que recorre Lagardere responden a la pobreza de la vida intelectual española en las últimas décadas del XVII y las primeras del XVIII: según el historiador francés Paul Hazard, «se la visitaba aún, pero los viajeros no disimulaban su desdén; criticaban los defectos de un pueblo supersticioso y de una corte ignorante, disertaban sobre la decadencia del comercio, se burlaban de la pereza y la vanidad de los habitantes». Merece la pena leer el gran panorama que Hazard presenta de la Europa de la época, al que más o menos responden las reflexiones filosóficas que trufan todo el desarrollo de
El jorobado. En esos años se produce una gran «crisis en la conciencia europea» y se inicia el proceso de sustituir «una civilización fundada sobre la idea de deber, los deberes para con Dios, los deberes para con el príncipe», por otra «civilización fundada en la idea de derecho: los derechos de la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos de la razón, los derechos del hombre y del ciudadano». Hazard concluye su brillante exposición con una frase de Leibniz, «extendiendo al mundo moral lo que él decía del mundo político: en los años finales del siglo XVII, ha comenzado un nuevo orden de cosas».
Paul Hazard. La crisis de la conciencia europea (La crise de la conscience européene: 1860-1715, 1935). Madrid: Alianza, 1988; 376 pp.; col. Alianza universidad; trad. de Julián Marías; ISBN: 84-206-2562-0.
domingo, 30 de abril de 2006
Todos consideramos los romances y baladas como algo representativo y característico de la Edad Media. «Por su difusión y permanencia, han demostrado ser de las cosas más placenteras que aquélla nos dejó. Y, aunque en todas partes podemos encontrar composiciones más o menos parecidas, en cuando a su efecto total son algo único e insustituible. Pero, si lo que queremos decir con el término “característico” es que el tipo de imaginación que encarnan era la ocupación principal, o incluso la más frecuente, de los hombres medievales, estaremos en un error. El carácter fantástico de algunas baladas y el severo y lacónico patetismo de otras —el misterio, el sentido de lo infinito, la elusiva reticencia de los mejores romances—, difieren del gusto medieval habitual. Están totalmente ausentes de la literatura medieval: los Himnos, Chaucer, Villon. Dante puede conducirnos a través de todas las regiones de los muertos sin provocarnos ni una sola vez el “frisson” que nos produce
The Wife of Usher’s Well o
The Chapel Perilous. Parece como si los romances y ese tipo de baladas hubieran sido en la Edad Media, como han seguido siendo desde entonces, pasatiempos, diversiones, cosas que sólo pueden vivir en los márgenes de la mente».
C. S. Lewis. La imagen del mundo - Introduccion a la literatura medieval y renacentista (The Discarded Image, 1964). Barcelona: Península, 1997; 179 pp.; trad. de Carlos Manzano de Frutos; ISBN: 84-8307-066-9.
jueves, 20 de abril de 2006
Por si sirve para los lectores de, por ejemplo, Grímpow, sobre los Templarios, dice Regine Pernoud, existe un torrente de tesis, hipótesis e innumerables elucubraciones, que contrasta muchísimo con «los documentos auténticos, los materiales fiables, que conservan en abundancia nuestros archivos y bibliotecas». La literatura que se les ha dedicado, «en algunos casos, claramente demencial», no tiene nada que ver con los documentos, «tan sencillos, tan convincentes, tan tranquilamente irrefutables que constituyen su verdadera historia». Y, ya puestos, mencionaré más veces a la gran medievalista francesa.
Regine Pernoud. Los templarios (Les Templiers, 1974). Está editado en forma de largo prólogo a Elogio de la nueva milicia templaria (De laude novae militiae ad Milites Templi) de Bernardo de Claraval. Madrid: Siruela, 1994; 223 pp.; col. Selección de Lecturas Medievales; edición a cargo de Javier Martín Lalanda y traducciones de Iñaki Aranguren y Anne-Hélene Suárez; ISBN: 8478441832.
miércoles, 19 de abril de 2006
En el mundo de los «best-seller» (y en el de la política, pero eso es distinto) hay frecuentes ejemplos de gentes que, ya que no pueden deslumbrarnos con su inteligencia, dedican todo su empeño a sorprendernos con sus bobadas. He pensado en eso de nuevo al leer Los Illuminati y el Priorato de Sión, un libro que sería clarificador para los interesados en las novelas de ocultos complots, tan de moda. De todos modos, contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano (Schiller, creo).
Massimo Introvigne. Los Illuminati y el Priorato de Sión (Gli Illuminati e il Priorato di Sion, 2005). Madrid: Rialp, 2005; 216 pp.; trad. de José Ramón Pérez Arangüena; ISBN: 84-321-3561-5.
domingo, 19 de febrero de 2006
«El arte medieval era deficiente en la aplicación de la perspectiva y la poesía siguió su ejemplo. Para
Chaucer, la naturaleza es siempre primer plano; nunca representa un paisaje. Ni los poetas ni los artistas sentían demasiado interés por el ilusionismo estricto de épocas posteriores. El tamaño relativo de los objetos en las artes visuales estaba determinado más por el interés con que el artista deseaba recalcarlos que por sus tamaños en el mundo real o por la distancia. El artista medieval nos muestra cualquier detalle que quiera hacernos ver tanto si es visible como si no».
En ese modo incoherente de usar la escala tiene un gran papel que la imaginación medieval no es «una imaginación transformadora como la de
Wordsworth o penetrante como la de
Shakespeare. Es una imaginación aprehensiva. Macaulay observó en
Dante el carácter extraordinariamente factual de las descripciones, que tiene por objeto garantizar —sea cual fuere el costo en dignidad— que vemos exactamente lo que él vio. Ahora bien, esa característica de Dante es típicamente medieval. Hasta llegar a tiempos bastante modernos ninguna época ha superado a la Edad Media en la presentación transparente de los detalles, en el uso del “primer plano”. (...) En la actualidad ese tipo de vivacidad forma parte del bagaje de cualquier novelista; constituye un procedimiento de nuestra retórica que muchas veces se usa con tal exceso, que, más que revelar la acción, la oculta. Pero los medievales no tenían modelos en quien imitarlo y había de pasar mucho tiempo hasta que tuviesen muchos sucesores».
C. S. Lewis. La imagen del mundo - Introduccion a la literatura medieval y renacentista (The Discarded Image, 1964). Barcelona: Península, 1997; 179 pp.; trad. de Carlos Manzano de Frutos; ISBN: 84-8307-066-9.
domingo, 3 de julio de 2005
Se requiere contención a la hora de juzgar a nuestros antepasados. Explica bien Robert Hughes que «al mirar los retratos nos proyectamos nosotros mismos hacia el pasado. Por pura rutina calificamos como "compasivas" las pinturas de enanos de Velázquez, no porque sepamos qué sentía Velázquez por los enanos sino porque creemos que debemos sentir pena por los deformes. Nos gusta detectar una feroz sátira antimonárquica en los retratos reales de Goya, a pesar de que la familia real española estaba encantada con ellos y nadie en la corte los consideraba irrespetuosos».
Robert Hughes. A toda crítica. Ensayos sobre arte y artistas (Nothing If Not Critical, 1990). Barcelona: Anagrama, 2002; 497 pp.; col. Argumentos; trad. de Alberto Coscarelli; ISBN: 84-339-1360-3.