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bienvenidos a la fiesta
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viernes, 10 de noviembre de 2017

7 parlamentos en voz baja reúne siete conferencias de José Jiménez Lozano que dan idea del mundo de intereses del autor, y que también ponen de manifiesto su modo singular de escribir y de acercarse a las grandes cuestiones.

«La Biblia y el invento del narrar» (2010) trata del valor narrativo de la Biblia y del empobrecimiento de la literatura española debido a la pérdida de la herencia bíblica: de ahí procede «su incapacidad para la radicalidad y la detección del grosor de las cuestiones, el desasosiego o el grosor de las cuales siempre constituyó la grandeza y la profundidad del arte».

«El enfermo va al médico» (2003) es una reflexión comparativa sobre la forma en la que miramos ahora las enfermedades y los achaques con la que tenían algunas gentes de hace dos o tres siglos.

«Estancias y pinturas» (1999), o «De Port-Royal a Duruelo», trata sobre los modos de mirar el mundo de lo cotidiano que denotan las que el autor llama «pinturas de silencio», pinturas de cosas como fueron los bodegones o pinturas serenas como Magdalena Terf, y las estancias interiores de Port-Royal por un lado y del Carmelo de Santa Teresa por otro: el autor desea mostrar cómo la relación profunda del hombre con las cosas, y de éstas con él, se ha roto.

«Un ojo holandés» (2006) es un repaso a famosos pensadores y artistas holandeses con los que Jiménez Lozano está familiarizado, como Erasmo, Spinoza, Adriano VI o Rembrandt.

«Alguna explicación sobre poesía» (2014) se refiere a los motivos que hay detrás de las formas sencillas y sin ningún alarde lírico que son propias de las poesías del autor.

«Personas y lugares en San Manuel Bueno, mártir» (2008) es un análisis contextualizado de la famosa novela de Unamuno.

«Cervantes y las baratijas» (2003) es el discurso de recepción del autor al recibir el Premio Cervantes. En él habla de Cervantes como de un narrador de historias que trata siempre «del ánima y sus pasiones», «esto es, de la singularidad de cada vida, y su destino. Para remover otras vidas». Habla también de la lengua banalizada y sin grosor de ahora, «de la lengua encanallada por los dos grandes totalitarismos y la comercialidad de nuestro tiempo, que ciertamente nos llevan a la locura y al crimen —porque en la base de ambos está, desde luego, la gramática— y nos impiden el conocimiento y el autocomprendernos en el mundo, que es para lo que se escribe».

José Jiménez Lozano. 7 parlamentos en voz baja (2014). Almería: Confluencias, 2015; 149 pp.; ISBN: 978-84-943298-9-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 3 de junio de 2016

Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa, de Ignacio Peyró, es un libro inclasificable. En esta reseña se lo califica de «asombrosa miscelánea sobre la cultura inglesa en su sentido más amplio y exquisito», que se puede abrir por cualquier lado —Barbour, cabinas telefónicas, Rolls Royce, Robin Hood, William Hogarth, Oxford…—, o bien leer ordenadamente. En esta otra se propone preparar un libro aparte con «todas las entradas sobre tiendas, mermeladas, vinos y tweed» y llamarlo «La guía del dandy con dinero en Londres». En esta entrevista, su autor dice que ha «querido un libro amable, ameno, con no poco anecdotario, que guste al profano y no ofenda al cátedro». Y, en este comentario, se lo presenta, con razón, como un gran «homenaje a la cultura y a las instituciones inglesas» y gran reivindicación de un pueblo amante de la libertad, la tolerancia, la deportividad, el sentido de la privacidad, el respeto a la ley, la estabilidad de las instituciones...

Las ausencias que uno puede detectar en un libro así se relacionan con los territorios que uno conoce más —en mi caso, por ejemplo, echo de menos voces relacionadas con la literatura infantil— pero, a la vez, la lectura deja claro enseguida que cualquier observación resulta insignificante ante un despliegue de conocimientos y de anécdotas inteligentes tan enorme. De estas últimas, por ejemplo, el comentario acerca de Churchill de que «siempre fue —como se dijo— un hombre de gustos muy sencillos: tan sólo se conformaba con lo mejor»; o el de que Hitchcock «dejó dicho que todo metraje ha de estar conforme con los límites y resistencias de la vejiga humana». En fin, hay un comentario que figura en la voz sobre John Lukakcs, que es como el poso que deja la lectura de este libro y que también coincide con mi (poca) experiencia personal: el de que «los ingleses, al contrario que otros pueblos, mejoran cuando uno los ve de cerca».

Ignacio Peyró. Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (2014). Madrid: Fórcola, 2014; 1061 pp.; col. Periplos; ISBN: 978-84-15174-90-5. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 22 de noviembre de 2014

Julio Cortázar: «Cuidado con los folcloristas porque son unos seres temibles. Yo les tengo naturalmente un gran respeto porque algunos de ellos se han pasado la vida investigando por ejemplo el itinerario de la zamba argentina o del corrido mexicano, tienen muchos libros y una especialidad perfectamente erudita en el tema, pero con los folcloristas sucede a veces que cuando tienen que presentar el folclor y comunicarlo se les olvida eso que tiene el humilde guitarrista o cantor analfabeto que no tiene ninguna ficha bibliotecológica en su casa pero que transmite directamente la fuerza del folclor. Hay a veces una tendencia a considerar el folclor como una especie de producto del pueblo y a separarlo un poco del pueblo y disecarlo además de idolatrarlo; ése es otro peligro. Yo he conocido un folclorista en la Argentina que sostenía fríamente que una baguala —o sea una melodía del norte argentino— valía más que cualquier cuarteto de Beethoven. Cuando uno oye barbaridades así realmente no vale la pena seguir hablando; me hace acordar de una anécdota que le atribuyen a Borges en que un indigenista —o sea un folclorista metido a fondo con los problemas indígenas— le dijo un día a Borges que había que luchar contra el idioma español porque era un idioma de colonización y de conquista y que había que volver a las lenguas indígenas. Entonces Borges le dijo: “Muy bien, pero usted ha escrito tres libros; en vez de escribirlos debió haber hecho quipus” (los cordeles con nudos que eran la única escritura de los incas). Aunque la respuesta de Borges es muy malvada, de todas maneras le contestaba a ese indigenista que había perdido completamente la noción de los valores».

Julio Cortázar. Clases de literatura. Berkeley, 1980 (2013). Madrid: Alfaguara, 2013; 312 pp.; edición de Carles Álvarez Garriga; ISBN: 978-84-204-1516-1. [Vista del libro en amazon.es]

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SennettArtesano.JPG
domingo, 29 de abril de 2012

Richard Sennett:
 «“Artesanía” designa un impulso humano duradero y básico, el deseo de realizar bien una tarea, sin más. La artesanía abarca una franja mucho más amplia que la correspondiente al trabajo manual especializado. Efectivamente, es aplicable al programador informático, al médico y al artista; el ejercicio de la paternidad, entendida como cuidado y atención de los hijos, mejora cuando se practica como oficio cualificado, lo mismo que la ciudadanía. En todos estos campos, la artesanía se centra en patrones objetivos, en la cosa en sí misma. Sin embargo, a menudo las condiciones sociales y económicas se interponen en el camino de disciplina y compromiso del artesano: las escuelas pueden no proporcionar las herramientas adecuadas para hacer bien el trabajo y los lugares de trabajo pueden no valorar verdaderamente la aspiración de calidad. Y aunque la artesanía recompense a un individuo con una sensación de orgullo por el trabajo realizado, esta recompensa no es simple. A menudo el artesano tiene que hacer frente a conflictivos patrones objetivos de excelencia: el deseo de hacer algo bien sólo por hacerlo bien puede verse obstaculizado por la presión de la competencia, la frustración o la obsesión».

Sennett piensa, después de una vida de investigaciones sociológicas, que la gente necesita puntos mentales y emocionales firmes, o valores, con los que sopesar qué cosas valen la pena: necesita un ancla cultural asentada, entre otros puntos, en el espíritu artesanal que defiende. Y afirma que, como «todos los seres humanos desean tener la satisfacción de hacer algo bien y todos desean creer en lo que hacen», y como ni en el trabajo, ni en la educación ni en la política, las nuevas condiciones sociales satisfacen ni pueden satisfacer ese deseo, «el triunfo de la superficialidad en el trabajo, en las escuelas y en la política, me parece frágil. Tal vez la rebelión contra esta cultura debilitada constituya nuestra próxima nueva página de la historia». Ojalá.

Richard Sennett. El artesano (The Craftsman, 2008). Barcelona: Anagrama, 2009; 406 pp.; trad. de Marco Aurelio Galmarini; ISBN: 978-84-339-6287-4.
Richard Sennett. La cultura del nuevo capitalismo (The culture of the new capitalism, 2006). Barcelona: Anagrama, 2006; 185 pp.; col. Argumentos; trad. de Marco Aurelio Galmarini; ISBN: 84-339-6244-2.

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domingo, 5 de febrero de 2012

La tercera objeción de Sócrates a la escritura tenía que ver con la pérdida de control sobre el lenguaje que significaba la palabra escrita. En realidad, el temor de Sócrates no tenía que ver con el lenguaje escrito como tal sino con que su popularización diera lugar a una comprensión superficial de las cosas. En ese sentido veía la lectura como una nueva versión de la caja de Pandora que, una vez abierta, hace perder el control de lo que se ha escrito, de quién lo lee y de cuántos lectores pueden usarlo e interpretarlo… Esto, sin duda, se parece a la avalancha de información que nos inunda hoy, a la reclamación que se nos hace a todos de que atendamos continua y parcialmente a una multitud de áreas, a la sensación que se nos transmite de que lo sabemos o podemos saberlo todo a golpes de click sobre pantallas en movimiento.

En fin «Sócrates no pudo evitar la difusión de la lectura más de lo que nosotros podemos evitar la adopción de tecnologías cada vez más sofisticadas». Su enemigo, en realidad, «nunca fue de hecho la escritura, algo de lo que bien se percató Platón»: lo que le preocupaba «no era tanto la escritura como lo que podía sucederle al conocimiento si los jóvenes accedían a la información sin orientación ni sentido crítico. Para Sócrates, la búsqueda del verdadero conocimiento no dependía de la información; antes al contrario, tenía que ver con hallar la esencia y el propósito de la existencia. Semejante búsqueda exigía un compromiso de por vida con el desarrollo de las capacidades críticas y analíticas, y con la asimilación del conocimiento personal usando una memoria prodigiosa y con un esfuerzo prolongado».

Maryanne Wolf. Cómo aprendemos a leer: historia y ciencia del cerebro y la lectura (Proust and the Squid, 2007). Barcelona: Ediciones B, 2008; 335 pp.; trad. de Martín Rodríguez-Courel; ISBN: 978-84-666-3835-7. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 29 de enero de 2012

La primera objeción de Sócrates contra la palabra escrita señalaba la importancia que tiene analizar todas las presunciones y fundamentos intelectuales en cualquier debate. Para Sócrates la impermeabilidad del lenguaje escrito enmascaraba que su naturaleza es esencialmente engañosa. Él «creía que, al contrario que el “discurso muerto” de la lengua escrita, la lengua oral o “discurso vivo” estaba formado por entidades dinámicas —llenas de significado, sonido, melodía, énfasis, entonación y ritmo— listas para ser desveladas, capa a capa, mediante el análisis y el diálogo. Por el contrario, la palabra escrita no podía responder. La rígida mudez de la palabra escrita condenaba al fracaso el proceso de diálogo que Sócrates considera la esencia de la educación». Al igual que Sócrates, en su obra Pensamiento y lenguaje, Lev Vigotsky describía las relaciones generativas entre la palabra y la idea, y entre el maestro y el alumno, y sostenía «que la interacción social [oral] juega un papel capital en el desarrollo de las progresivamente complejas relaciones entre palabras y conceptos de los niños».

La segunda objeción de Sócrates hablaba de que el lenguaje escrito significaba la destrucción de la memoria. A partir de la idea «de la interrelación entre el lenguaje, la memoria y el conocimiento, Sócrates concluyó que la lengua escrita no era una “receta” para la memoria, sino un agente potencial de su destrucción. Proteger la memoria individual y su papel en el análisis del conocimiento era más importante que las indiscutibles ventajas de la escritura para preservar la memoria cultural». Así, en el Fedro, Sócrates compara la escritura con las pinturas, que sólo tienen apariencia de vida, «parecen hablarte como si fueran inteligentes pero si les preguntas algo sobre lo que dicen por el deseo de ser instruido, ellas siguen diciéndote lo mismo una y otra vez, constantemente». Y en Protágoras arremete contra los que piensan igual que los rollos de papiro, «incapaces de responder a tus preguntas o de preguntarse a sí mismos».

Maryanne Wolf. Cómo aprendemos a leer: historia y ciencia del cerebro y la lectura (Proust and the Squid, 2007). Barcelona: Ediciones B, 2008; 335 pp.; trad. de Martín Rodríguez-Courel; ISBN: 978-84-666-3835-7. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 22 de enero de 2012

Señala Maryanne Wolf en el libro citado días atrás que Sócrates fue un vigoroso detractor de la palabra escrita frente a la cultura oral a la que pertenecía. «En primer lugar, Sócrates postulaba que la lengua hablada y la escrita desempeñaban un papel diferente en la vida intelectual del sujeto; en segundo lugar, consideraba que las nuevas —y mucho menos rigurosas— exigencias de la lengua escrita colocaban tanto a la memoria como a la interiorización del conocimiento en una situación catastrófica y, por último, propugnaba con vehemencia el papel exclusivo de la lengua hablada en el desarrollo de la moralidad y la virtud sociales». Su preocupación por los riesgos que había en el paso de una cultura oral a una literaria, sobre todo para los jóvenes, tiene un cierto parecido con la inquietud de muchos por la transición actual de una cultura escrita a otra visual y digital. En última instancia, las preguntas que se planteaba Sócrates sobre la juventud ateniense son aplicables a nuestra situación: «¿La información sin orientación creará una falsa ilusión de conocimiento y, por consiguiente, restringirá los procesos de pensamiento más cruciales, lentos y difíciles que conducen al verdadero conocimiento en sí? ¿El acceso inmediato a la información obtenida con un motor de búsqueda y la cantidad ingente de datos a nuestro alcance, atrofiarán los procesos más lentos y deliberativos con los que ahondamos en nuestra comprensión de los conceptos complejos, en la manera de pensar de los demás y en nuestra propia experiencia?».

Maryanne Wolf. Cómo aprendemos a leer: historia y ciencia del cerebro y la lectura (Proust and the Squid, 2007). Barcelona: Ediciones B, 2008; 335 pp.; trad. de Martín Rodríguez-Courel; ISBN: 978-84-666-3835-7. [Vista del libro en amazon.es]

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DamasioErrorDesc.jpg
domingo, 11 de septiembre de 2011

Antonio Damasio:
 «El efecto de una “cultura enferma” sobre un sistema adulto de razonamiento normal parece ser menos espectacular que el efecto de un área focal de lesión cerebral en este mismo sistema adulto normal. Pero existen ejemplos de lo contrario. En Alemania y la Unión Soviética durante las décadas de 1930 y 1940, en China durante la Revolución Cultural y en Camboya durante el régimen de Pol Pot, para mencionar sólo los casos más obvios, una cultura enferma prevaleció sobre una maquinaria de razón presumiblemente normal, con consecuencias desastrosas. Temo que sectores importantes de la sociedad occidental se están convirtiendo gradualmente en otros trágicos contraejemplos».

Antonio R. Damasio. El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano (Descarte’s error, 1995). Barcelona: Destino, 2011; 399 pp.; col. Imago Mundi; trad. de Joandomènec Ros; ISBN: 978-84-233-4496-3.

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domingo, 14 de agosto de 2011

T. S. Eliot
:
 «La fuerza dominante en la creación de una cultura común entre distintos pueblos es la religión. No cometan aquí, por favor, el error de anticiparse a lo que quiero decir. Esto no es una charla religiosa y no me propongo convertir a nadie. Estoy simplemente constatando un hecho. En la actualidad estoy poco interesado en la comunión de los creyentes cristianos. Yo hablo de la tradición cristiana común que ha hecho de Europa lo que es, y de los elementos culturales comunes que ese cristianismo ha traído consigo. Si mañana Asia se convirtiera al cristianismo, no pasaría por ello a formar parte de Europa. Nuestras artes se han desarrollado dentro del cristianismo, en él se basaban hasta hace poco las leyes europeas. Todo nuestro pensamiento adquiere significado por los antecedentes cristianos. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana pero todo lo que dice, crea y hace, surge de su herencia cultural cristiana y sólo adquiere significado en relación a esa herencia. Sólo una cultura cristiana ha podido producir un Voltaire o un Nietszche. No creo que la cultura europea sobreviviera a la desaparición completa de la fe cristiana. Y estoy convencido de ello, no sólo como cristiano, sino como estudiante de biología social. Si el cristianismo desaparece, toda nuestra cultura desaparecerá con él. Tendríamos entonces que comenzar penosamente de nuevo. No es posible adoptar una nueva cultura ya confeccionada. Uno ha de esperar a que crezca la hierba que alimentará a las ovejas que darán la lana con la que se hará un abrigo nuevo. Hay que pasar a través de muchos siglos de barbarie. No viviríamos para ver la nueva cultura, ni tampoco los nietos de nuestros nietos, y en el caso de que llegásemos a verla, no seríamos felices en ella».

T. S. Eliot. La unidad de la cultura europea. Notas para la definición de la cultura (Notes towards the definition of Culture, 1948). Madrid: Encuentro, 2003; 189 pp.; col. Raíces de Europa; trad. de Félix de Azúa; ISBN: 84-7490-703-9.

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viernes, 29 de julio de 2011

He leído rápido Cultura "mainstream": cómo nacen los fenómenos de masas, de Fréderic Martel. La rapidez en la lectura se ha debido a que no creo demasiado en este tipo de libros periodísticos que acumula muchas informaciones. Aparte de que, pienso yo, la cultura tomada en serio no es ni lo que dice que dejamos atrás, ni lo que dice que viene ahora. Con todo, es un buen trabajo. Pongo dos párrafos que anoté.

En uno habla de que venimos asistiendo al final de las jerarquías culturales y dice: «El crítico antes era un gatekeeper, un guardián de la frontera entre el arte y el entertaiment, y un tastemaker, el que definía el gusto. Ahora es un “mediador del entertainment” o un trendsetter, el que decide la moda y el buzz acompañando los gustos del público. Al nuevo crítico le importa sobre todo lo cool y, precisamente, lo cool detesta las distinciones culturales. Y una vez abolidas las clasificaciones, es muy difícil restablecer una jerarquía. Además, ¿quién lo desea?». Dicho de otro modo: la vieja jerarquía se basaba en criterios reconocibles y, por tanto, la podías criticar; la nueva jerarquía se basa en criterios delicuescentes y, por tanto, no puedes quejarte pues con responderte que no eres cool ya te quedas fuera.

En otro momento habla de cómo, en los Estados Unidos…, las selecciones de libros están amañadas y los puestos destacados que ocupan los libros en las grandes librerías están comprados con el sistema de pay-for-display (pagar por ser expuesto), que no se realiza comprando espacios sino dando un porcentaje suplementario a los libreros por las ventas realizadas, el mismo sistema que, por otra parte, usa Amazon. El resultado es que «los lectores se fían de unas selecciones supuestamente independientes pero que de hecho están compradas por las multinacionales del libro. En inglés se ha encontrado un hermoso eufemismo para definir este marketing disfrazado de espíritu crítico entre las tiendas y los editores: un cooperative advertising agreement. En los ambientes de la edición se habla simplemente de acuerdo Co-Op. Lo cual suena mejor».

Fréderic Martel. Cultura "mainstream": cómo nacen los fenómenos de masas (Mainstream, 2010). Madrid: Taurus, 2011; 458 pp.; col. Pensamiento; trad. de Núria Petit Fontserè; ISBN: 978-84-306-0803-4.

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domingo, 13 de marzo de 2011

Christopher Dawson:
«Nada más difícil para el hombre que el comprender una cultura o tradición social que no sea la suya, pues para ello se requiere un desprendimiento casi sobrehumano de los sistemas de pensamiento y educación que ha heredado, y de la influencia —no percibida conscientemente— de su medio ambiente social».

Alasdair MacIntyre: «Toda cultura se caracteriza en parte por lo que encubre y oscurece a la vista, por lo que sus hábitos mentales le impiden que reconozca y que se apropie. Erramos, pues, al escribir en su mayor parte, y a veces de manera exclusiva, la historia de las ideas, de la ciencia, del arte, de la cultura en general en función de los logros positivos. La cultura se presenta también en el fracaso y, en aspectos cruciales, puede cegar al ilustrado a lo que es necesario que vea. Así ocurrió con el fracaso en comprender la obra de Tomás de Aquino en la Baja Edad Media. Así puede ocurrir acaso con nosotros».

Christopher Dawson. «Arte y sociedad» (1954), en Dinámica de la historia universal (The Dynamics of World History, 1957). Madrid: Rialp, 1961; 364 pp.; col. Rialp de Cuestiones Fundamentales; trad. de Rosalía Vázquez; introducción y selección de textos de John J. Mulloy.
Alasdair MacIntyre. Tres versiones rivales de la Ética: Enciclopedia, Genealogía y Tradición (Three Rival Versions of Moral Enquiry. Encyclopedia, Genealogy and Tradition, 1990). Madrid: Rialp, 1992; 294 pp.; col. Cuestiones fundamentales; trad. de Rogelio Rovira; presentación de Alejandro Llano; ISBN: 84-321-2897-X.

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ArmengaudJuguetes.JPG
martes, 15 de febrero de 2011

Un amigo me enseñó, con entusiasmo, Juguetes de la naturaleza, de Christine Armengaud. Y es, en efecto, un libro que puede ser adictivo para ciertas personas: en él se da la información necesaria para construir juguetes de todo tipo a partir de lo que se puede encontrar en la naturaleza. El libro, resultado de años de investigación de su autora, tiene valor etnográfico y nos habla de un mundo que ahí está, que muchos descubrieron antes que nosotros y que ahí sigue, siempre a la espera de que lo encontremos de nuevo. Además, es práctico y está muy bien editado. A unos les hará ponerse nostálgicos, a todos les hará descubrir cosas desconocidas, para otros puede ser la oportunidad de gastar tiempo y compartir intereses con hijos o nietos…, y también de desarrollar habilidades creativas: mi amigo y sus hijos han fabricado juguetes nuevos a partir de los modelos del libro.

Christine Armengaud. Juguetes de la naturaleza. Historias y secretos para fabricarlos (Jouets de plantes, 2009). Barcelona: Saga, 2010; 176 pp.; trad. de Luisa Sol; ISBN: 978-84-937704-4-0.

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domingo, 27 de diciembre de 2009

Resumo un discurso de Robert Spaemann que se tituló «¿Quién es un hombre culto?», conservando su numeración e intentando que las frases resuman el núcleo de cada uno de sus párrafos. De más está decir que recomiendo acudir al original.

1. Es culto quien está interesado en qué aspecto presenta el mundo desde otros ojos y quien ha aprendido a ampliar de ese modo el propio campo visual.

2. El hombre culto sabe que él es solamente “uno más”. No se toma a sí mismo muy en serio ni se considera muy importante. No extrae la percepción de su propia valía de la comparación con otros y a la vez tiene una acusada percepción de su propio valor.

3. El saber del hombre culto está estructurado. Lo que sabe tiene una trabazón interna. Y, cuando no la tiene, él trata de crearla o, al menos, de entender por qué es tan difícil conseguirla.

4. El hombre culto habla un lenguaje cotidiano bien diferenciado y rico en matices. No necesita usar términos científicos como muletas para orientarse en la vida y para entenderse con los demás.

5. El hombre culto se distingue por su capacidad de disfrutar de las cosas y por distanciarse del consumismo. Quien puede gozar realmente de lo que la realidad le ofrece, no necesita mucho de ella. Y quien se conforma con poco, tiene la mayor seguridad de que raramente le faltará de nada.

6. El hombre culto puede identificarse con algo sin ser un ingenuo o un ciego. Puede identificarse con amigos sin negar sus errores. Puede amar a su patria sin despreciar las patrias de los demás. Ve lo ajeno como un enriquecimiento sin el que no le gustaría vivir pero en lo ajeno no ve una razón para avergonzarse de lo propio. La continuidad biológica no es para él una condición de identificación.

7. El hombre culto puede admirar y entusiasmarse sin miedo a perder la dignidad por ello. Puede admirar sin envidia y puede alegrarse de excelencias que él no posee. No teme caer en ninguna clase de dependencia debido al agradecimiento. Es más, ni siquiera tiene algo en contra de depender de personas en las que confía. Prefiere correr el riesgo de que sus amigos lo decepcionen a la bajeza de desconfiar de ellos.

8. El hombre culto no teme hacer valoraciones y considera los juicios de valor como algo más que la expresión de estados de ánimo subjetivos. Reivindica para sus propios juicios de valor validez objetiva y, precisamente por eso, está dispuesto también a corregirlos. Sabe que hay obras de arte más cargadas de significado que otras y que hay personas mejores que otras.

9. El hombre culto sabe que la cultura no es lo más importante. Sabe que un hombre culto puede perfectamente llegar a ser un traidor. Es más, sabe que la distancia interna que lo distingue hace que la traición le resulte más fácil que a otras personas. Por otro lado, sabe también que alguien puede ser un hombre ruin o un pillo redomado y en el momento decisivo conservar la decencia.

10. Hay un punto en el que ser culto y ser bueno coinciden de modo plenamente natural y no forzado: en que un hombre culto ama la amistad y, sobre todo, la amistad con otros hombres cultos. En general, gozan más que otros y por eso —con independencia de las casualidades de la estimación social— vale la pena ser un hombre culto.

Robert Spaemann. «¿Quién es un hombre culto?» en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 13 de diciembre de 2009

Andréi Tarkovski:
«La persona que participa en la creación de la cultura —el intelectual o el artista— no tiene motivos para enorgullecerse. El talento lo ha recibido de Dios, a quien obviamente se lo tiene que agradecer. No puede producir soberbia alguna tener talento pues sólo por casualidad es de uno. El mero hecho de haber nacido en una familia acomodada no le proporciona a una persona el sentido de su propia dignidad, ni el consiguiente respeto a los demás». Y continúa: «Nunca he podido entender el problema de la llamada “libertad” o “falta de libertad” del artista. Un artista nunca es libre. A ningún grupo de gente le falta más la libertad que a nosotros. Un artista está ligado a su vocación. Su única libertad es hacer fructificar tu talento, todo cuanto pueda, o vender su alma por treinta monedas de plata. ¿Acaso la frenética búsqueda de Tolstoi, de Dostoievski, de Gógol, no nació de la conciencia de su propia vocación, de la función que a ellos se les había asignado? Como todos los artistas, ellos fueron hombres sufridores escogidos por Dios para llevar la cruz del talento».

Rafael Llano. En el volumen 2 de Andréi Tarkovski: vida y obra (2002). Valencia: Generalitat Valenciana-Consellería de Cultura i Educació- Ediciones de la Filmoteca, 2003; 823 pp.; prólogo de Víctor Erice; ISBN: 84-482-3295-X.

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domingo, 22 de marzo de 2009

Dietrich Bonhoeffer:
 «Nos encontramos en medio de un proceso de aplebeyamiento de todas las capas sociales, mientras que al mismo tiempo asistimos al nacimiento de una nueva actitud noble que vincula entre sí a un círculo de personas de todos los estratos sociales existentes. La nobleza nace y se mantiene mediante sacrificios, mediante el valor y mediante un claro conocimiento de lo que uno se debe a sí mismo y a los demás; mediante la exigencia natural del respeto que corresponde al ser humano, y mediante la salvaguarda igualmente natural del respeto debido tanto a los superiores como a los inferiores. Se trata en todos los frentes de recuperar unas vivencias de cualidad ya soterradas y un orden basado en la cualidad. La cualidad es el mayor enemigo de toda masificación. En el aspecto social, esto significa la renuncia a las pretensiones de alcanzar posición, la ruptura con todo el culto de la personalidad, la mirada libre hacia arriba y hacia abajo —sobre todo en la elección del círculo de amigos íntimos—, la alegría de una vida oculta y el valor para la vida pública. En el plano cultural, la vivencia de la cualidad significa el retorno desde el periódico y la radio, al libro; desde el ajetreo, al ocio y al silencio; desde la distracción, a la concentración; desde la sensación, a la meditación; desde el ideal del virtuosismo, al arte; desde el esnobismo, a la modestia; desde la desmesura, a la mesura. Las cantidades se disputan el espacio; las cualidades se complementan mutuamente».

Dietrich Bonhoeffer. Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio (Widerstand und Ergebung. Briefe und Aufzeichnungen aus der Haft, primera edición en 1951). Salamanca: Sígueme, 2008; 255 pp.; col. El peso de los días; edición de Eberhard Bethge; trad. de J. J. Alemany y Constantino Ruiz-Garrido; ISBN: 978-84-301-1598-3. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 6 de septiembre de 2008

En Postguerra, Tony Judt menciona el Festival de Eurovisión como algo significativo de los años setenta —por cierto que dice que se emitió por primera vez en 1970 aunque lo cierto es que comenzó en 1956—, y hace un comentario que me resulta gracioso y me parece certero: «La idea y la producción del Festival de Eurovisión, en el que cantantes melódicos y desconocidos de segunda fila de todo el continente interpretaban canciones mediocres e insulsas antes de regresar en la mayoría de los casos a la oscuridad de la que habían salido, era tan tremendamente banal que era inmune a la parodia. Quince años antes ya habría estado desfasado. Pero, precisamente por eso, anunciaba algo nuevo. El entusiasmo con el que el Festival de Eurovisión fomentaba y encomiaba un formato lamentablemente pasado de moda y a una caterva de intérpretes ineptos reflejaba la aparición de una cultura de la nostalgia, tan melancólica como desencantada. Si el punk, la postmodernidad y la parodia constituían una respuesta a la confusión de una década de desencanto, lo “retro” era otra». Y, visto lo visto, después de la nostalgia viene la descomposición.

Tony Judt. Postguerra: una historia de Europa desde 1945 (Postwar. A History of Europe since 1945, 2005). Madrid: Taurus, 2006; 920 pp.; trad. de Jesús Cuéllar, Victoria Gordo del Rey; ISBN: 84-306-0610-6.

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viernes, 25 de julio de 2008

José Jiménez Lozano:
 «Hay una industria cultural que decide según el espíritu del tiempo, el espíritu del pueblo, que es decir según intereses políticos por un lado, y comerciales por el otro; y esa industria tiene todo el poder, prestigia y borra de la existencia, y, desde luego, reparte basura y desechos, haciendo creer además a las gentes que se las está descubriendo un mundo».

José Jiménez Lozano, en el prólogo-coloquio a la recopilación de relatos de Flannery O´Connor titulada Un encuentro tardío con el enemigo. Madrid: Encuentro, 2006; 340 pp.; col. Literatura; trad. y notas de Gretchen Dobrott; prólogo-coloquio de Guadalupe Arbona con José Jiménez Lozano; ISBN: 84-7490-782-9.

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domingo, 29 de junio de 2008

Joseph Ratzinger: «Es posible que el hombre más simple, que tiene sentido para las cosas elevadas y, por tanto, sensibilidad para los otros, para lo justo, lo bello y lo verdadero, sea infinitamente más cultivado que el más consumado tecnócrata con sus computadoras». De ahí que San Agustín, sorprendido y emocionado, dijera que su madre, una mujer sin formación, «se hallaba en la cúspide de la filosofía». Por eso, una visión verdaderamente cristiana «nunca identifica la cultura de un pueblo con el número de sus universitarios, nunca equipara la formación a los títulos; nunca hace de la ilustración el objetivo único de la formación, sino que busca siempre también los factores concomitantes, sin los que el aumento del saber lleva aparejada la destrucción de la cultura».

Joseph Ratzinger. Teoría de los principios teológicos. Materiales para una teología fundamental (Theologische Prinzipienlehre, 1982). Barcelona: Herder, 2005; 1ª ed., 2ª reimpr.; 476 pp.; col. Biblioteca Herder; trad. de Marciano Villanueva; ISBN: 84-254-1511-X.

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jueves, 13 de diciembre de 2007

Esperaba más de El Estado Cultural, de Marc Fumaroli. Mi decepción puede deberse a que se centra casi en exclusiva en Francia, a que se escribió hace ya bastantes años, y a que le sobra verbosidad. En cualquier caso deja claro cómo las intervenciones del Estado en las artes y las letras las funcionarizan y clientelizan, y por tanto las subvierten. En lo que se refiere al mundo del libro, también estoy de acuerdo en lo bobo que resulta intentar «convencer al público de que leer es un acto tan cómodo, cotidiano y fácil como escuchar una emisión televisada», y cómo el «alud publicitario, combinado con el jaleo de premios literarios y los escandalosos balbuceos televisados, podrá incitar a comprar libros, pero no da de la lectura más que una idea fútil y de mariposeo».

Marc Fumaroli. El estado cultural: ensayo sobre una religión moderna (L’État culturel, 1991). Barcelona: Acantilado, 2007; 461 pp.; trad. de Eduardo Gil Bera; ISBN: 978-84-96489-97-4.

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viernes, 28 de septiembre de 2007

El misterioso caso alemán,
de Rosa Sala Rose, es un ensayo erudito, escrito con brillantez, en el que se intenta explicar cómo el nazismo pudo cautivar a tantas personas cultas en la Alemania de los años treinta. O, tal como lo plantea la autora, cómo la cultura y la maldad pudieron aliarse de un modo tan destructor, cómo se acabó el ideal de la modernidad de que la cultura nos hace mejores.

De modo matizado y cauteloso, la autora explica la evolución de conceptos como «Bildung» y «Kultur», «que encarnaban unos ideales éticos y estéticos a los que se atribuía una validez universal» y que fueron una inspiración y un modelo para Europa; aclara cómo fueron cambiando las mentalidades a consecuencia de la reforma protestante y los movimientos pietistas; narra el proceso que llevó a una glorificación religiosa del arte y que, a la vez que se forjaba la identidad nacional en torno a un ideal cultural, también hizo brotar una mentalidad nacionalista excluyente... (Mientras leía esto me vino a la cabeza el comentario de Chesterton de que «una gran nación no debe ser un martillo, sino un imán».)

Para mí, que no soy experto en el mundo alemán, este es un esclarecedor libro que señala bien cómo algunos caminos sólo pueden tener un final triste y, a veces, trágico. Al final, la autora termina indicando qué lejos estamos hoy del ideal de «Bildung» que propuso Goethe pensando que era un camino que nos hacía más humanos, e ironiza cuando señala que «la cultura —hoy llamada humanidades— ha pasado a ser una música de fondo ideada para evadir el silencio...». (No se profundiza en a dónde nos llevará esto, claro, pero yo pensaba de nuevo en Chesterton cuando decía que «lo que a todos nos asusta más es un laberinto que no tenga centro, por eso el ateísmo no es más que una pesadilla»...)

Rosa Sala Rose. El misterioso caso alemán. Un intento de comprender Alemania a través de sus letras (2007). Barcelona: Alba, 2007; 398 pp.; col. Lecturas; ISBN: 978-84-8428-340-9.

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domingo, 22 de octubre de 2006

Explicaba Neil Postman en Divertirse hasta morir la diferencia entre una cultura centrada en la palabra y una cultura centrada en la imagen señalando cómo, en el pasado, si alguien hablaba de grandes hombres públicos (abogados, políticos, predicadores, hombres de ciencia…), pensaba en sus posiciones públicas y en sus argumentos de acuerdo con lo que había leído en los libros. En cambio, decía, cuando pensamos hoy en algún personaje público de la misma clase, lo primero que viene a nuestra mente es una imagen, una cara en la pantalla de la televisión. En cualquier caso, y como afirmaba el mismo autor, no medimos una cultura por su producción de trivialidades, sino por lo que se juzga significativo: esto no arregla el presente pero da una cierta confianza en el futuro.

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domingo, 12 de febrero de 2006

Boris Cyrulnik: 
«La narración cultural de la culpa añadía sufrimiento a los sufrimientos, pero producía esperanza debido a la existencia de una redención posible y al significado moral de esa redención. La cultura aliviaba lo que ella misma había provocado. Por el contrario, en las culturas donde los progresos técnicos sólo conceden la palabra a los distintos expertos, los individuos han dejado de ser la causa de sus sufrimientos y de sus acciones de reparación. ¡El experto es quien debe actuar, y si sufro es por su culpa! Será que no han hecho bien su trabajo. La cultura del pecado ofrecía una reparación posible a través de una expiación dolorosa, mientras que la cultura tecnológica exige que sea otro el que proceda a la reparación. Nuestros progresos nos han hecho pasar de la cultura de la culpa a la cultura del prejuicio».

Boris Cyrulnik. Los patitos feos.

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sábado, 30 de julio de 2005

«Los localismos tribales degradan el amor por el lugar de nacimiento, porque lo convierten en un tosco fetiche, objeto y culto idólatra y folclore chabacano». Por eso, sigue Claudio Magris, «cultura significa siempre pensar y sentir en grande, tener el sentido de la unidad por encima de las diferencias, darse cuenta de que el amor por el paisaje que se ve desde la ventana de uno está vivo sólo si se abre al contraste con el mundo, si se inserta espontáneamente en una realidad más grande, como la ola en el mar y el árbol en el bosque».

Claudio Magris. Utopía y desencanto – Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad.

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domingo, 15 de mayo de 2005

En un libro hace tiempo agotado explica Schumacher (no Michael sino el autor de Lo pequeño es hermoso), que si el verdadero arte es un intermediario entre la naturaleza ordinaria del hombre y sus potencialidades superiores, atesorar arte únicamente por su belleza significa errar el tiro. Del mismo modo, sigue, leer las grandes obras de la literatura «simplemente como literatura —incluso la Biblia— como si su propósito primordial fuese la poesía, la imaginación y la expresión artística con un empleo especialmente acertado de palabras y símiles, es convertir lo sublime en trivial».

E. F. Schumacher. Guía para los perplejos (A Guide for the Perplexed, 1977. Madrid: Debate, 1981; 206 pp.; trad. de Guillermo Saiz-Calleja; ISBN: 84-7444-054-8.

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domingo, 8 de mayo de 2005

Valéry
atacó reiteradamente la idea popular de la «profundidad». La mayor parte de la gente llama profundo no a lo que se encuentra cerca de alguna verdad importante, sino a lo lejano de la vida ordinaria. «Así, la oscuridad es profunda a los ojos, el silencio al oído, y la profundidad de lo que no es está en lo que es. O viceversa. Esa clase de profundidad no es más que un efecto literario que es posible calcular igual que cualquier otro efecto literario, y que por lo común resulta deplorable. Para Valéry, el famoso comentario de Pascal acerca del silencio de los espacios eternos es un clásico ejemplo de vanidad literaria que se quiere hacer pasar por observación exacta. Si a Pascal de veras le interesaba la definición de una verdad, se pregunta Valéry con malicia, ¿por qué no escribió también que "el intermitente barullo de los rinconcitos en que vivimos nos llena de tranquilidad"?»

W. H. Auden. Prólogos y epílogos (Forewords and Afterwords). Barcelona: Península, 2003; 237 pp.; col. Ficciones; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-8307-558-X. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 7 de mayo de 2005

Dice Elisabeth Young-Bruehl que Hannah Arendt definiría al individuo culto como «alguien que sabe cómo escoger su compañía entre los hombres, entre las cosas, entre los pensamientos, y eso tanto en el presente como en el pasado». Con esa excelente definición en la cabeza, los padres harían bien en pensar cómo ayudan a sus hijos a no malgastar su tiempo en entretenimientos necios. Pues, además, en educación lo que se hace mal o se paga en el momento o se paga más adelante, pero siempre se paga.

Elisabeth Young-Bruehl. Hannah Arendt. Valencia: Institución Alfons el Magnànim, 1993; 680 pp.; trad. de Manuel Llopis Valdés; ISBN: 84-7822-081-X.

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domingo, 1 de mayo de 2005

«La ciencia y la ingeniería producen el "saber cómo", pero el "saber cómo" no es nada en sí mismo, es un medio sin un fin, una mera potencialidad, una frase inconclusa. El "saber cómo" no es una cultura, como un piano no es música». Por eso, continúa diciendo el economista inglés E. F. Schumacher, antes que una educación meramente científica que trata sólo ideas instrumentales, debemos intentar adquirir «la comprensión del porqué las cosas son como son y qué es lo que tenemos que hacer con nuestras vidas». En su fundada opinión, también las actitudes despiadadas con la tierra y los animales que vemos son un síntoma de las actitudes derivadas del fanatismo por los cambios rápidos y de la fascinación por las novedades (técnicas, organizativas, químicas, biológicas, etc.), que llevan a insistir en «su aplicación mucho antes de que las consecuencias a largo plazo se hayan conocido ni siquiera remotamente».

E. F. Schumacher. Lo pequeño es hermoso (Small is Beatiful, 1973). Madrid: Hermann Blume ediciones, 1994, 9ª ed., 2ª reimp.; 310 pp.; col. Crítica / Alternativas; trad. de Oscar Magenet; apéndice de G. McRobie titulado Lo pequeño es posible; ISBN: 84-87756-03-4.

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