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Notas del archivo 'Claves' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 1 de diciembre de 2013

Natalia Ginzburg: «El hombre no puede hacer otra cosa que aceptar su propia cara del mismo modo que no puede hacer otra cosa que aceptar su propio destino; la única elección que le está permitida es la elección entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre la verdad y la mentira. Las cosas que nos dicen aquellos a quienes recurrimos para que nos psicoanalicen no sirven porque no tienen en cuenta nuestra responsabilidad moral, la única elección que se le permite a nuestra vida; quienes hemos ido a que nos psicoanalicen sabemos bien que aquella atmósfera de efímera libertad de la que se gozaba al vivir según nuestro puro placer, era una atmósfera enrarecida, no natural, en definitiva, irrespirable».

Natalia Ginzburg. «Silencio», Las pequeñas virtudes (Le piccole virtú, 1962, 1983). Barcelona: El Acantilado, 2002; 164 pp.; trad. de Celia Filipetto; ISBN: 84-95359-66-9. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 1 de septiembre de 2013

Samuel Johnson:
«Los deseos desordenados, sean de la clase que sean, deben estudiarse con sumo cuidado, porque muy bien pueden no solamente ser enemigos de la felicidad sino también de la virtud. Hay hombres, a los que generalmente se les admira por su erudición y sabiduría, que no se pararían en barras a la hora de eliminar a un competidor en la subasta de cualquier obra de arte, y a los que no sería muy recomendable dejar solos en una biblioteca o ante una vitrina de objetos artísticos. A este tipo de faltas no suele concedérseles importancia en aras de una supuesta fraternidad, excusándolas como simples bromas. Pero yo siempre he creído que quien se habitúa a cometer fraudes en las pequeñas cosas sólo espera la oportunidad para poder cometerlas en otras más importantes. Decía Pitágoras que “quien se acostumbra a matar corderos, no tendrá muchos escrúpulos a la hora de derramar la sangre de un hombre”.

Conceder a las cosas su auténtico valor, según el uso que de ellas se haga, debiera ser el justo propósito de todo ser racional. Pocas cosas son las que pueden llevarnos a la felicidad y que, por tanto, merecen ser deseadas ardientemente. El que observa el ajetreo generado por las tentaciones de los negocios mundanos con la mirada filosófica con la que Sócrates observaba las mercancías expuestas en el mercado de Atenas, repetirá sus mismas sabias palabras: “Cuántas cosas hay aquí que yo no necesito”».

Samuel Johnson. «Sobre la virtud, la felicidad y la templanza», artículo del 25 de diciembre de 1753, The Adventurer, en El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.

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domingo, 21 de julio de 2013

Tiempo atrás puse una nota titulada El gólem. La misma historia contada de otra manera:

Jorge Bergoglio: «Cuando el hombre se ensoberbece, crea un monstruo que se le va de las manos. Es importante para la ciencia ponerse el límite para poder decir: “Desde acá ya no creo cultura sino que es otra forma de incultura, que es destructiva”».

Abraham Skorka:
«Ése es el mensaje que encierra la historia del Golem. En Praga, un rabí creó un muñeco, un autómata, para defender a los judíos de los ataques antisemitas. Le grabó la palabra “emet” en la frente, el tetragrama de Dios puso en su boca, y ordenaba al Golem que le sirviera a él. Una versión de la leyenda dice que un viernes, antes del Shabat, el muñeco se independizó y empezó a romper todo. El rabí le borró la primera letra de la frente y quedó “met”, que significa muerto, y le quitó el papelito de la boca, entonces volvió a la arcilla de la cual el rabino lo había hecho. Es el paradigma de cuando el hombre no domina lo creado por su intelecto, cuando el resultado de su creación se le escapa de las manos».

Jorge Bergoglio y Abraham Skorka. Sobre el cielo y la tierra (2010). Barcelona: Debate, 2013; 224 pp.; edición a cargo de Diego F. Rosemberg; ISBN: 978-8499923369.

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domingo, 8 de abril de 2012

Luigi Giussani:
 «Decía Newman que las conversiones no son otra cosa que el descubrimiento más profundo de aquello que ya antes se quería verdaderamente. Toda conversión verdadera es una profundización. El extraño concepto de la novedad que [hoy] está en boga olvida que toda experiencia de novedad verdadera y, por consiguiente, de conquista, es necesariamente una comparación con algo que permanece, porque de otro modo no sería novedad, sino disolución, polvo».

Luigi Giussani. Educar es un riesgo (Il rischio educativo, 1977, revisado en 1995). Madrid: Encuentro, 2006; 138 pp.; trad. de José Miguel Oriol; ISBN: 84-7490-787-X.

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domingo, 3 de abril de 2011

Algunas ideas de la nota de ayer conectan con estas frases de Borges: durante muchos siglos las historias de Troya, de Ulises y de Jesucristo han bastado a la humanidad: «la gente las ha contado y las ha vuelto a contar una y otra vez; les ha puesto música, las ha pintado. (...)  Y, aunque sobre todo a partir del XIX aumentó tanto el número y la variedad de relatos —por ejemplo cuando Poe escribió que un relato debe ser escrito atendiendo a la última frase, y un poema atendiendo al último verso, y así florecieron los relatos con truco—, relatos «en donde el interés no radica en la trama sino en la variación, en el cambio, de múltiples tramas (La isla del tesoro, Orlando furioso, la idea de un tesoro que trae males a quien lo encuentra, como en Beowulf), se sigue pudiendo sostener «la idea de que sólo existe un número reducido de tramas», la idea de que «quizá todas las tramas correspondan sólo a unos pocos modelos. Hoy, por supuesto, la gente inventa tantas tramas que nos ciegan. Pero quizá flaquee el ataque de ingenio y descubramos que todas esas tramas sólo son apariencias de un reducido número de tramas esenciales. Y esto, para mí, está fuera de discusión».

Jorge Luis Borges. «El arte de contar historias», en Arte poética. Seis conferencias (This Craft or verse, conferencias pronunciadas en 1967). Barcelona: Crítica, 2005; 181 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Justo Navarro; prólogo de Pere Gimferrer; edición, notas y epílogo de Calin-Andrei Mihailescu; ISBN: 84-8432-603-9.

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domingo, 6 de septiembre de 2009

Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI
es una antología de textos de Leonardo Castellani realizada por Juan Manuel de Prada. Me ha interesado conocer al autor, todo un personaje, aunque no sé si las expectativas que despierta que se le presente desde la portada como un Chesterton argentino sirven de ayuda o desorientan. Aunque a mí me dan igual, siempre me parece mejor dejar que cada escritor se defienda por sí mismo y no inducir «pre-juicios» en el lector, y más cuando el autor es tan poderoso y escribe tan bien.

Los artículos que me han atraído más, tal vez porque los veo con atractivo y vigencia para muchos lectores, son las críticas literarias o los comentarios que hace sobre algunos escritores. En particular, me ha parecido formidable (aunque sesgado) el que, con ocasión de un libro publicado en 1953, trata de Borges: «un exquisito sofista y un peligroso malabarista de ideas, además de un simulacro de filósofo, y un crítico literario de gran altura, aunque parcial»; un escritor, dice, que «padece de agorafobia literaria: busca los rincones de la literatura; y cuando topa con una gran plaza, la cruza de una disparada frenética». De otros artículos, también porque da idea del humor irónico que gasta el autor, recuerdo aquí el chiste con el que arranca «¡Oh incrédulos, crédulos, crédulos!», sobre un tipo que afirma «¡Yo no creo más que lo que entiendo!» y otro le replica «¡Ah, con razón dice la gente que usted no cree en nada!».

Leonardo Castellani. Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. Madrid: Libroslibres, 2008; 336 pp.; prólogo y edición de Juan Manuel de Prada; ISBN 13: 978-84-96088-84-9.

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sábado, 12 de abril de 2008

En varias ocasiones he indicado distintos motivos por los que contamos historias: en Literatura, en Gente que conocemos y gente que nos gustaría conocer, en Para una comprensión cabal de la vida, en Un animal que cuenta historias. Ahora, otro más: «Contamos historias porque, al fin y al cabo, las vidas humanas necesitan y merecen contarse. Esta observación adquiere toda su fuerza cuando evocamos la necesidad de salvar la historia de los vencidos y de los perdedores».

Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico (Temps et Récit. L’histoire et le recit, 1983). Madrid: Cristiandad, 1987; 377 pp.; serie Libros Europa; trad. de Agustín Neira; ISBN: 84-7057-415-9.

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martes, 1 de abril de 2008

Alasdair MacIntyre: «El hombre, tanto en sus acciones y sus prácticas como en sus ficciones es un animal que cuenta historias. Lo que no es esencialmente, aunque llegue a serlo a través de su historia, es un contador de historias que aspira a la verdad. Pero la pregunta clave para los hombres no versa sobre su autoría; sólo puedo contestar a la pregunta “¿qué voy a hacer?”, si puedo contestar a la pregunta previa “¿de qué historia o historias me encuentro formando parte?”. Entramos en la sociedad humana con uno o más papeles asignados, y tenemos que aprender en qué consisten para poder entender las respuestas que los demás nos dan y para construir las nuestras. Escuchando narraciones sobre madrastras malvadas, niños abandonados, reyes buenos pero mal aconsejados, lobas que amamantan gemelos, hijos menores que no reciben herencia y tienen que encontrar su propio camino en la vida e hijos primogénitos [?] que despilfarran su herencia en vidas licenciosas y marchan al destierro a vivir con los cerdos, los niños aprenden o no lo que son un niño y un padre, el tipo de personajes que pueden existir en el drama en el que han nacido y cuáles son los derroteros del mundo. Prívese a los niños de las narraciones y se les dejará sin guión, tartamudos angustiados en sus acciones y en sus palabras. No hay modo de entender ninguna sociedad, incluyendo la nuestra, que no pase por el cúmulo de narraciones que constituyen sus recursos dramáticos básicos».

Alasdair MacIntyre. Tras la virtud (After virtue, 1984). Barcelona: Crítica, 2004, 2ª impr.; 352 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Amelia Valcárcel; ISBN (10): 84-8432-170-3.

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domingo, 11 de noviembre de 2007

Octavio Paz:


«Alcé la cara al cielo, inmensa piedra
de gastadas letras:
nada me revelaron
las estrellas».

George Steiner:

«Quien haya leído La metamorfosis de Kafka y pueda mirarse impávido al espejo será capaz, técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta».

Octavio Paz. «Analfabeto», Piedras sueltas (1955), Libertad bajo palabra (1935-1957). Madrid: Cátedra, 1988; 376 pp.; col. Letras Hispánicas; edición de Enrico Mario Santí; ISBN: 84-376-0775-2.
George Steiner. «Humanidad y capacidad literaria», Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (Language and Silence, 1976). México: Gedisa, 2003, ed. completa y revisada; 475 pp.; trad. de Miguel Ultorio, Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar; ISBN: 84-9784-008-9.


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domingo, 10 de junio de 2007

Entre los distintos interlocutores con los que Jean Guitton charla en Mi testamento filosófico, ¡vaya libro!, uno es el diablo, que le dice:

«—Dudar forma parte del método racional para llegar a la verdad y la duda hace tabla rasa. Así nace la libertad de espíritu. Y esta libertad, Guitton, excluye su fe.
—Hay que dudar, pero dudar bien. ¿Está usted seguro de dudar bien? Cree usted dudar de todo, pero no duda usted de su duda misma. La duda realmente universal incluiría una duda misma sobre la duda. El espíritu realmente crítico incluiría una crítica de la crítica. Vea usted, querido amigo-enemigo, así es como soy crítico o intento serlo. Ésta me parece racionalmente superior. Y esa duda no hace tabla rasa y presenta una libertad más sustancial, que no está reñida con mi fe.
—Renuncia usted a la razón.
—No mucho más de lo que se renuncia a la República cuando se guarda la guillotina».

Jean Guitton. Mi testamento filosófico (Mon testament philosophique, 1997). Madrid: Encuentro, 1998; 207 pp.; col ensayos; trad. de Beatriz Gerez Kraemer; ISBN: 84-7490-502-8.

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sábado, 31 de marzo de 2007

Más citas de E. F. Schumacher:

«Las cosas que realmente sirven para algo no han de hacerse desde el centro, no pueden ser hechas por grandes organizaciones, sino por la gente misma».

«Cuanto más fuerte sea la corriente, más grande será la necesidad de una navegación habilidosa».

«En todas partes la gente pregunta: “¿Qué es lo que puedo hacer?” La respuesta es tan simple como desconcertante: nosotros, cada uno de nosotros, podemos trabajar para poner en orden nuestra propia casa. La orientación que necesitamos para este trabajo no puede encontrarse en la ciencia ni en la tecnología, cuyo valor dependen en última instancia de los fines a los que sirven; pero puede todavía hallarse en la sabiduría tradicional de la humanidad».

E. F. Schumacher. Lo pequeño es hermoso.

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domingo, 25 de marzo de 2007

...and the difference is you, escucho últimamente en la versión de Jamie Cullum. La historia universal y personal nos demuestra que algunos días todo cambia gracias a la conducta generosa de alguien.

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sábado, 24 de febrero de 2007

Adam Zagajewski: «Hay que imaginarse el momento en que la Divina Comedia existe como manuscrito inacabado, cuando aún no se ha convertido en el poema que despierta la admiración del mundo entero. Dante está escribiendo digamos el canto cuarto, y todo es posible; puede coger una pulmonía y morir antes, incluso, de haber acabado el Infierno. La visión de la totalidad, por supuesto, ya está latente en su cabeza, pero de ahí a su segura plasmación en el papel hay todavía un largo y peligroso camino; bacterias y virus —y también los enemigos políticos— no andan ociosos.

Me gusta imaginarme ese momento, y no sólo por razones de naturaleza filológica. En cierto sentido, el mundo siempre se halla en esa misma condición —en la situación de un manuscrito inacabado—, incluso aunque nos parezca que ninguna obra maestra está fraguándose en este preciso instante».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena (W cudzym pięknie, 2000). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa contemporánea; trad. de Angel Enrique Díaz-Pintado Hilario; ISBN: 84-8191-568-8.

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domingo, 12 de marzo de 2006

Henri J. M. Nouwen,
sacerdote y profesor en universidades norteamericanas, se trasladó en los últimos años de su vida a El Arca, Daybreak, Toronto, una institución que cuida enfermos mentales. Su libro titulado El regreso del hijo pródigo - Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt tuvo y sigue teniendo una extraordinaria difusión, que revela que su autor ha sabido tocar las fibras más profundas de muchas personas. Las consideraciones del autor sobre la parábola original y sobre el cuadro de Rembrandt se entrecruzan con reflexiones sobre su propia vida y sobre la vida del pintor. Este juego de espejos resulta muy luminoso: el autor se reconoce a sí mismo e induce al lector a verse también como un hijo pródigo, que siempre necesita aprender a volver; y como un hijo mayor resentido, cuyo extravío puede ser «tan difícil de reconocer precisamente porque está estrechamente ligado al deseo de ser bueno y virtuoso». Pero, sobre todo, el desarrollo que realiza el autor clarifica la imagen de Dios como Padre y el carácter incondicional de su perdón, que procede de una misericordia que no hace comparaciones y que «surge de un corazón que no reclama nada para sí, de un corazón que está completamente vacío de egoísmo». La verdadera madurez espiritual, propone el autor, consiste precisamente en ese comportamiento paterno cuya autoridad nada tiene que ver con el poder, la influencia o el control.

Henri J. M. Nouwen. El regreso del hijo pródigo - Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt (The Return of the Prodigal Son, 1992). Madrid: PPC, 1998, 27ª ed., la primera ed. en 1994; 157 pp.; col. Sauce; trad. de Isabel García de Alzuru; ISBN: 84-288-1151-2.

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viernes, 10 de marzo de 2006

Se cuenta, en una antigua leyenda judía, que «el profeta Jeremías y su hijo consiguieron hacer un día un hombre vivo mediante una correcta combinación de vocablos y letras. El hombre formado por el hombre, el gólem, llevaba escritas en la frente las letras con las que se había descifrado el secreto de la creación: “Yahvé es la verdad”. El gólem se arrancó una de aquellas letras que en hebreo componen esa frase, y entonces la inscripción pasó a decir: “Dios está muerto”. Horrorizados, el profeta y su hijo preguntaron al gólem por qué razón había hecho eso, a lo que el nuevo hombre respondió: “Si vosotros podéis hacer al hombre, Dios está muerto. Mi vida es la muerte de Dios. Si el hombre tiene todo el poder, Dios no tiene ninguno”». Y, continúa el autor, páginas adelante, «si Dios no tiene poder alguno sobre el mundo, sino que lo tenemos nosotros, ¿queda algo más que desesperación detrás de todas las grandes frases?»

Joseph Ratzinger. El Dios de los cristianos. Meditaciones (Der Gott Jesu Christi. Betrachtungen über die dreieningen Gott, 1976). Salamanca: Sígueme, 2005; pp.; col. Verdad e imagen Minor; trad. de Luis Huerga; ISBN: 84-301-1572-2.

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sábado, 11 de febrero de 2006

C. S. Lewis: «En Hamlet se rompe una rama y Ofelia perece. ¿Ocurre el suceso porque se rompe la rama o porque Shakespeare quiere que Ofelia muera en este momento de la obra? Elijan lo que más les guste, o los dos. La alternativa sugerida por la pregunta no es, en absoluto, una alternativa real una vez que comprendemos que Shakespeare es el autor de la obra entera».

C. S. Lewis. «Las leyes de la naturaleza» (1945), en Dios en el banquillo.

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sábado, 19 de noviembre de 2005

Algunas novelas presentan el momento crucial de una vida, ese instante que viene a ser como el centímetro en el que un tren cambia de vía y, por tanto, de dirección. Michael Ende, en Momo, lo dice así: «En el curso del mundo hay de vez en cuando momentos —explicó el Maestro Hora— en que las cosas y los seres, hasta lo alto de los astros, colaboran de un modo muy especial, de modo que puede ocurrir algo que no habría sido posible ni antes ni después. Por desgracia, los hombres no son demasiado afortunados al usarlas, de modo que las horas astrosas pasan, muchas veces, sin que nadie se dé cuenta. Pero si hay alguien que la reconoce, pasan grandes cosas en el mundo».

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sábado, 17 de septiembre de 2005

Hay gente que puede precisar muy bien el momento en el que tuvieron una revelación que fue también una liberación: esa vez que preguntaron a sus padres o a sus profesores y, al recibir respuestas confusas, se dieron cuenta de que los adultos que les rodeaban podían responder bien sobre los medios pero no tenían idea sobre los fines. Eso dice de sí mismo E. F. Schumacher en su Guía para los perplejos, quien entonces empezó a caer en la cuenta también de que «la mente humana, en general, no se limita a pensar: piensa con ideas que, en su mayoría, simplemente adopta o se apropia de la sociedad que le rodea».

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domingo, 14 de agosto de 2005

Uno de los núcleos temáticos de El Señor de los anillos está en el diálogo entre Legolas y Gimli, cuando están observando la mampostería en Minas Tirith:

«—Siempre es así con las obras que emprenden los Hombres: una helada en primavera, o una sequía en verano, y las promesas se frustran.
—Y sin embargo, rara vez dejan de sembrar —dijo Legolas—. Y la semilla yacerá en el polvo y se pudrirá, sólo para germinar nuevamente en los tiempos y lugares más inesperados. Las obras de los Hombres nos sobrevivirán, Gimli.
—Para acabar en meras posibilidades fallidas, supongo —dijo el Enano.
—De esto los elfos no conocen la respuesta —dijo Legolas».

Y es que, como explica Tom Shippey, Tolkien tenía interés en subrayar que si bien la perseverancia en intentar una y otra vez lo correcto no garantiza nada, esa es la única forma de permitir que lleguen nuevos aliados o de dar tiempo a que surjan divisiones en el otro bando, pues a fin de cuentas todos los traidores acaban traicionándose a sí mismos.

Ideas que pueden aplicarse a muchas cosas pero también a los intentos por acercar a los niños y a los jóvenes a los mejores libros.

Tom A. Shippey. El camino a la Tierra Media (The Road to Middle-Earth, 1982). Barcelona: Minotauro, 1999; 423 pp.; trad. de Eduardo Segura, revisión de Ana Quijada; ISBN: 84-450-7353-2.

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viernes, 25 de marzo de 2005

En el 25 de marzo la tradición judía colocaba el día de la creación en el que Dios dijo «Hágase la luz» y también el sacrificio de Abrahán.

Los primeros cristianos empezaron a conmemorar ese día la muerte de Jesucristo y, más adelante, la Iglesia Católica lo estableció como la fiesta de la Anunciación.

Y en El Señor de los anillos es una fecha clave: el día que cayó Sauron.

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jueves, 24 de marzo de 2005

En el prólogo a la Obra crítica del escritor dominicano Pedro Hernández Ureña (Fondo de Cultura Económica, 1981), Borges hacía dos comentarios interesantes. Uno, que, a diferencia de otros libros religiosos o de pensamientos, en los Evangelios no hay frases oscuras o triviales de las que, leídas al pasar el tiempo, nos parecen incompatibles con la fama y el peso del libro. Otro, una mini-anécdota, histórica o simbólica, «del judío que fue al pueblo de Mezeritz no para escuchar al predicador sino para ver de qué modo éste se ataba los zapatos. Evidentemente, todo era ejemplar en aquel maestro, hasta los actos cotidianos. Martin Buber, a quien debemos esta anécdota singular, habla de maestros que no sólo exponían la Ley sino que eran la Ley».

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