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Notas del archivo 'Políticos' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 9 de marzo de 2014

Hablando de los cambios que se han dado en los Estados Unidos a lo largo del último siglo, y en concreto en las últimas décadas, se lamenta John Lukacs de lo siguiente:

«La militarización de la imagen de la presidencia norteamericana comenzó en torno a 1980, con Reagan, de quien no había constancia de que hubiera hecho el servicio militar, y que había pasado la Segunda Guerra Mundial en Hollywood. (…) Cuando Ronald Reagan era saludado por el personal militar, él devolvía el saludo llevándose la mano derecha a la frente, con una sonrisa feliz que indicaba que le gustaba hacerlo. Este hábito impropio e innecesario fue adoptado por los sucesores de Reagan, incluidos Clinton y sobre todo George W. Bush, que nada más bajarse del avión plantaba su alegre saludo. Es un gesto que está mal. Para hacerlo, es imprescindible ir de uniforme. Pero se trata de algo más que de una corrupción de los modos militares. Hay algo de pueril en ese saludo de Reagan, Clinton y Bush. Y supone también una exageración injustificada de la función militar del presidente. La guerra es un asunto muy serio; pero la sentimentalización de la gestualidad militar resulta pueril, como la de un niño que juega a ser soldado. Por otra parte, la representación televisiva de la guerra tecnológica hace que una campaña militar no parezca sino un gran juego, una especie de Super Bowl internacional que los estadounidenses están obligados a ganar, y con pocas pérdidas humanas (o ninguna). ('Mantendremos a nuestros hombres y mujeres en combate fuera de la zona de riesgo': una frase sin sentido pronunciada por miembros del gobierno de Clinton). Esto es algo nuevo en la historia de los Estados Unidos».

John Lukacs. Últimas voluntades. Memorias de un historiador (Last Rites, 2009). Madrid: Turner, 2013; 199 pp.; trad. de José Antonio Montano; ISBN: 978-84-7506-728-5.

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domingo, 26 de enero de 2014

Un episodio interesante de la biografía de Cicerón sucedió cuando, por consejo de Catón, decidió abandonar Roma porque sabía que se iba a dictar una ley que lo exiliaría.

«En el momento de dejar la Ciudad, Cicerón había subido al Capitolio, donde había consagrado, en el tiempo de Júpiter, una estatua de Minerva que le era particularmente preciada. Lo había hecho porque, para él, Minerva era la que podía salvar a Roma, era la “guardiana de la ciudad”. Un símbolo cuyo significado deja ver un aspecto del pensamiento político pero también religioso de Cicerón. Roma, abandonada en manos de la tiranía, iba a entrar en el ciclo fatal descrito por los filósofos, el equilibrio de la Ciudad se había roto. Sólo el espíritu de sabiduría, que es el de Minerva, momentáneamente olvidado, podría restablecerlo. Era como una última plegaria a los dioses, que formulaba en aquel santuario del Capitolio en el que residía Júpiter, garante del Imperio, el que inviste a los cónsules y recibe a los triunfadores. El Capitolio es el centro del poder: ¡que la presencia de Minerva conserve la moderación y la sabiduría a quienes lo ejerzan! No podemos pensar que ese gesto piadoso de Cicerón es un acto de religión política, uno de esos ritos que los magistrados celebraban, sin creer demasiado en ellos, para satisfacción del pueblo. ¿Gesto teatral? Tal vez, pero ¿acaso no hay algo de teatral cada vez que un hombre, sabiéndose blanco de todas las miradas, es consciente de que lo que hace será entendido como un mensaje? Gesto que revela una fe, si no absolutamente ingenua en el poder de las divinidades, sí al menos en las fuerzas, más que humanas, de las que depende la suerte de los Estados, y que deben inspirar el pensamiento de los señores de la Ciudad».

Pierre Grimal. Cicerón (Cicéron, 1986). Madrid: Gredos, 2013; 495 pp.; trad. de Ana Escartín; ISBN: 978-84-249-1113-3.

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domingo, 9 de diciembre de 2012

En Los cañones de agosto se cuenta que, cuando Alemania envió un ultimátum a Bélgica para que aceptasen sin lucha la ocupación de su país, uno de los presentes en la reunión ministerial, resumiendo los sentimientos de todos, dijo: «Si hemos de ser aniquilados, que sea con gloria». Y la autora continúa: «En 1914 la palabra “gloria” se pronunciaba sin inhibiciones de ninguna clase, y el honor era un concepto familiar en el que la gente creía».

En Cinco días en Londres, mayo de 1940, se indica cómo, en la reunión decisiva del Gabinete inglés, el 28 de mayo, uno de los presentes recuerda que Churchill dijo: «si al fin nuestra larga historia está condenada a terminar, es mejor que termine no con una rendición, sino con nuestra muerte en el campo de batalla». Y un telegrama de Churchill ese mismo día decía: «Nuestra única esperanza es la victoria e Inglaterra nunca depondrá las armas hasta que Hitler sea vencido o nosotros dejemos de ser un Estado».

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La matanza de los Inocentes, óleo (detalle).
Brueghel el Viejo, 1565-1567.
miércoles, 28 de diciembre de 2011

José Jiménez Lozano: 
«Fiesta de los Santos Inocentes. Bien miradas las cosas, el rey Herodes dio algo así como una idea sobre los plazos para matar niños —de dos años para abajo—, y aquella matanza fue legal como todos nuestros abortos de plazos de hoy; pero si hubiera sido progresista del todo no hubiera andado con plazos: liquidación libre.

Y se ve que los césares de hoy siguen teniendo los mismos propósitos que los antiguos y, desde luego, son mucho más temibles porque tienen muchos más medios técnicos con apariencia de portentos o juegos mágicos. L., por ejemplo, que es un pianista polaco, contó a J. que el abuelo de un amigo suyo salió un día de su casa en un pueblo a arar la tierra y, cuando volvió, ya no había pueblo. Sólo unas cuantas huellas de él.

Y somos muy capaces de llamar a algo así “realismo mágico”, como el que se llevó a Hiroshima en medio de un hermoso hongo de color anaranjado. El mal de nuestro tiempo tiene estos poderes de las hadas de los cuentos, y el rostro de la inocencia. La culpa pasa a las víctimas».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de Rembrandt (2010). Valencia: Pre-Textos, 2010; 233 pp.; ISBN: 978-84-92913-52-7.

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viernes, 11 de diciembre de 2009

El contexto. Una parodia,
es una novelita de Leonardo Sciascia útil para estos tiempos en que vivimos. Una nota final aclara un poco el sentido de su obra: por qué la llama una parodia cuando viene a ser un apólogo sobre el poder que degenera en una red mafiosa.

El protagonista es el inspector Rogas, un personaje del que se nos dice que detesta cualquier tipo de apuesta porque no quiere correr el riesgo de ganar ya que siente debilidad por las derrotas y por los derrotados. Su intención de descubrir al asesino, primero del fiscal Varga y luego de otras personas, topará con un muro de miedos y silencios.

El relato, igual que otros del autor siciliano, habla de un país en el que las ideologías se reducen a puras denominaciones en el reparto de papeles atribuidos por el poder y donde lo único que cuenta es el poder por el poder. A pesar de que no se muestre ninguna luz al final del túnel, las reflexiones que se hacen en la novela son interesantes:

«—¿Qué significa ser inocente cuando se cae en el engranaje? No significa nada, se lo aseguro [—le dice un tipo a Rogas—]. (...) Como cruzar la calle, y acabar debajo de un coche. Inocente, y ha sido atropellado por un coche. ¿Qué sentido tiene decir algo así?
—Pero no todos son inocentes —dijo Rogas—. Me refiero a los que caen en el engranaje.
—Tal como va el engranaje, podrían ser todos inocentes.
—En ese caso también se podría decir: tal como va la inocencia, podríamos caer todos en el engranaje».

Leonardo Sciascia. El contexto. Una parodia (Il contexto. Una parodia, 1971). Barcelona: Tusquets, 1991; 167 pp.; col. Andanzas; trad. de Carmen Artal; ISBN: 84-7223-379-0.

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jueves, 1 de noviembre de 2007

Lo he pasado bien leyendo La pesca del salmón en Yemen, de Paul Torday, una historia que gira en torno al deseo visionario de un jeque yemení de introducir el salmón en los ríos de Yemen. Es excelente la construcción del relato, a base de correos electrónicos, diarios, memorandos, etc., que consigue ir convenciendo tanto al protagonista como al lector de que, bueno, el asunto tal vez no sea tan demencial... La historia principal está bien anudada con el retrato de la penosa vida familiar del protagonista y el incordiante hociqueo de los políticos en el asunto.

Este último aspecto me ha recordado los memorables relatos de Jonathan Lynn y Anthony Jay, basados en una serie previa de la BBC, que se titularon en castellano Sí, ministro, Sí, presidente y No, presidente. Que yo sepa no están en el mercado ahora, pero sí se pueden buscar en bibliotecas y sí se pueden conseguir los DVDs de la serie original (excelentes a pesar de las odiosas risillas de fondo). Se ve que hay un estilo de ser y un modo de hacer de los políticos que no cambian de un sitio a otro ni de una década a otra y, ya que no puedes hacer mucho, al menos te ríes de lo tontos que son algunos y corres la voz.

Paul Torday. La pesca del salmón en Yemen (Salmon Fishing in the Yemen, 2007). Barcelona: Salamandra, 2007; 317 pp.; trad. de Luis Murillo Fort; ISBN: 978-849838-094-1.
Jonathan Lynn y Antony Jay. Sí, ministro: el diario de un ministro del gobierno por el Honorable James Hacker (Complete Yes Minister: The Diaries of a Cabinet Minister by the Right Honorable James Hacker). Barcelona: Ultramar, 1988, 2ª ed.; 614 pp.; trad. de Carlos Peralta; col. Best seller ; ISBN: 84-7386-433-6.
Jonathan Lynn y Antony Jay. Sí, presidente y No, presidente (Complete Yes Prime Minister: The Diaries of the Right Honorable James Hacker). Barcelona: Ultramar, 1987 y 1989; 302 y 303 pp.; col. Best seller; ISBN: 84-7386-476-X y 84-7386-539-1.


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domingo, 26 de agosto de 2007

Joseph Ratzinger: «San Agustín afirmó (…) que un Estado que se mida a sí mismo únicamente por sus propios intereses, y no por la justicia misma, por la verdadera justicia, no se diferencia estructuralmente de una banda de ladrones bien organizada —puesto que para ella el bien de la banda constituye la norma y medida de sus acciones, independientemente del bien de los demás—. Echando una mirada retrospectiva a la época colonial y a los perjuicios que dejó en el mundo, podemos ver que incluso estados muy organizados y civilizados se aproximaban de alguna manera a la esencia de una banda de ladrones, porque pensaban atendiendo solamente a lo que era bueno para ellos, y no a lo que era bueno en sí mismo. Una libertad garantizada de esta manera tiene entonces en sí misma algo de la libertad de los ladrones. No es la verdadera libertad, la libertad verdaderamente humana. En la búsqueda de la verdadera medida, debe tenerse bien presente a la humanidad entera y —como vamos viendo cada vez con mayor claridad— no sólo a la humanidad de hoy sino también a la de mañana».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo.

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domingo, 12 de agosto de 2007

«Una vez fueron los árboles a elegirse rey, y dijeron al olivo: Sé nuestro rey. Pero dijo el olivo: ¿Y voy a dejar mi aceite, con el que engordan dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?

Entonces dijeron a la higuera: Ven a ser nuestro rey. Pero dijo la higuera: ¿Y voy a dejar mi fruto sabroso para ir a mecerme sobre los árboles?

Entonces dijeron a la vid: Ven a ser nuestro rey. Pero dijo la vid: ¿Y voy a dejar mi mosto, que alegra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?

Entonces dijeron todos a la zarza: Ven a ser nuestro rey. Y les dijo la zarza: Si de veras queréis ungirme rey vuestro, venid a cobijaros bajo mi sombra, y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano» (Jueces 9, 8-15).

Dice Gerhard von Rad que esta fábula, una de las pocas del Antiguo Testamento, declaraba «como sospechosa cualquier forma de monarquía, por no decir intolerable. Sólo un truhán, sólo uno que es incapaz de dar la más mínima contribución al bien común, puede prestarse a ser rey. Y precisamente ése, que no tiene nada que ofrecer, llega a la desfachatez de invitar a los demás a cobijarse bajo su protección e incluso a amenazarlos descaradamente».

Gerhard von Rad. Sabiduría en Israel (Weisheit in Israel, 1982). Madrid: Cristiandad, 1985; 408 pp.; trad. de D. Mínguez Fernández; ISBN: 84-7057-377-2.

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viernes, 20 de abril de 2007

Como hace unas semanas hablé de un relato periodístico en cómic de Joe Sacco, hay quienes me recordaron otro sobre la guerra que hace unos años asoló la ex-Yugoslavia, titulado Gorazde, zona protegida. Sobre él diría lo mismo que ya comenté a propósito de su relato acerca de Palestina: aumenta un poco la comprensión de las cosas, muestra el poder del cómic, centra demasiado la historia en el propio periodista...

Y eso me trajo a la memoria una obra literaria poderosa que, cuando tuvieron lugar aquellos conflictos, recomendé con frecuencia: Un puente sobre el Drina, una novela firmada por Ivo Andrić, premio Nobel de 1961.

En la ciudad de Visegrad, Bosnia, el año 1566 se comenzó la construcción de un gran puente de piedra sobre el río Drina para comunicar los lados musulmán y cristiano de la ciudad y, con él, se construyó también la gran Hostería de Piedra para dar alojamiento a los viajeros. La narración cuenta multitud de historias que «presenció» el puente desde aquél año hasta su voladura durante la primera Guerra Mundial, y, al hilo de cada una, se van desgranando interesantes consideraciones de toda clase. Como esta: «A partir del momento en que un gobierno experimenta la necesidad de prometer a sus súbditos, por medio de anuncios, la paz y la prosperidad, hay que mantenerse alerta y esperar que suceda todo lo contrario».

Ivo Andrić. Un puente sobre el Drina (Na Drini Cuprija, 1945). Barcelona: Nuevas ediciones de Bolsillo, 2000; 499 pp.; col. Ave Fénix; trad. de Luis del Castillo Aragón, revisada por René Palacios More; ISBN: 84-8450-122-1.

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sábado, 2 de diciembre de 2006

«Solo merece el poder quien diariamente lo justifica», dice Dag Hammarskjöld en uno de los pensamientos de Marcas en el camino, donde también figura un útil consejo para quien esa preocupación no cuenta: «Como arribista tienes un rico campo de actividad aún después de haber alcanzado finalmente tu objetivo. Puedes, en efecto, intentar siempre impedir que los demás sean mejor considerados».

Dag Hammarskjöld. Marcas en el camino (Vägmärken, 1963). Barcelona: Seix Barral, 1965; 203 pp.; col. Biblioteca breve; trad. de Miguel Hernández Cuspinera.

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domingo, 16 de julio de 2006

En 1862 decía Lincoln de sí mismo: «Soy muy poco dado, cualquiera que sea la ocasión, a decir nada a menos que espere que resulte algún bien de ello» (frase que se podría haber traducido mejor, por cierto). En esa dirección, afirman los editores de sus discursos, su insistencia en el perdón, el arrepentimiento, la observancia del sábado o la acción de gracias, quizá estuvieran motivadas porque intentaba evitar para su gente y su país lo que en Macbeth —la obra de Shakespeare que Lincoln prefería—, se manifestaba como el destino de quienes eran traidores sin saberlo y la triste situación de quienes temen conocerse a sí mismos.

Abraham Lincoln. El Discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión. Madrid: Tecnos, 2005; 264 pp.; col. Clásicos del pensamiento; estudio preliminar, traducción y notas de Javier Alcoriza y Antonio Lastra; ISBN: 84-309-4247-5.

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domingo, 2 de julio de 2006

Escrupuloso como no suelen serlo los políticos, Abraham Lincoln dijo en su mensaje anual al Congreso del año 1862: «La ocasión está llena de dificultades y hemos de estar a la altura de la ocasión. Como nuestro caso es nuevo, hemos de pensar de nuevo y actuar de nuevo. Hemos de liberarnos a nosotros mismos y entonces salvaremos a nuestro país». Y, comentan los editores de estos discursos, que «liberar», según el diccionario del doctor Johnson y por tanto la mente de Lincoln, es un término shakespeariano que significaba tanto restaurar la libertad como liberar de la esclavitud.

Abraham Lincoln. El Discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión. Madrid: Tecnos, 2005; 264 pp.; col. Clásicos del pensamiento; estudio preliminar, traducción y notas de Javier Alcoriza y Antonio Lastra; ISBN: 84-309-4247-5.

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sábado, 27 de mayo de 2006

«En política, querido, lo sabes tan bien como yo, no hay hombres, sino ideas, no sentimientos, sino intereses; en política no se mata a un hombre, se elimina un obstáculo, eso es todo». Eso dice a su hijo Noirtier de Villefort, un personaje de Alexandre Dumas en El conde de Montecristo. Son cosas de ayer, de hoy y, con toda seguridad, de mañana.

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sábado, 20 de mayo de 2006

«La sinceridad es la mejor política...», dicen los políticos cuando están en la oposición. Y, cuando alcanzan el poder, la completan: «...pero no es la única política». Se atribuye a Nixon, pero la pueden decir los de aquí al lado.

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viernes, 16 de diciembre de 2005

Una consideración tomada de Ébano, de Ryszard Kapuściński, y que a nuestro alrededor también se aplica:

«La historia a menudo es producto de la irreflexión. Es una hija bastarda de la estupidez humana, el fruto de unas mentes obnubiladas, de la idiotez y de la locura. En casos tales, la escriben personas que no saben lo que hacen, más aún, que no quieren saberlo; rechazan tal posibilidad con furia y repugnancia. Vemos como avanzan hacia su propia aniquilación, cómo preparan sus propias trampas, cómo se atan la soga al cuello, con qué celo y diligencia comprueban si esas trampas y sogas son lo bastante fuertes, si resistirán y serán eficaces».

Ryszard Kapuściński. Ébano (Heban, 1998). Barcelona: Anagrama, 2004, 12 impr.; 352 pp.; col. Crónicas Anagrama; trad. de Agata Orzeszek Sujak; ISBN: 84-339-2545-8.

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sábado, 10 de diciembre de 2005

«La conquista de la Naturaleza por el Hombre, si se realizan los sueños de algunos planificadores científicos, significa el dominio de unos cientos de hombres sobre billones de hombres. No hay ni puede haber un simple aumento de poder por el lado del Hombre. Cada nuevo poder ganado por el hombre es también un poder sobre el hombre».

C. S. Lewis. La abolición del hombre — Reflexiones sobre la educación (The Abolition of Man, 1943). Barcelona: Andrés Bello, 2000; pp.; trad. de Paula Salazar; ISBN: 84-95407-43-4. Hay otra edición en Madrid: Encuentro, 1994, 2ª ed.; 96 pp.; col. Libros de bolsillo - Encuentro; trad. de Javier Ortega García; ISBN: 847490255X.

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domingo, 16 de octubre de 2005

Hubo un tiempo y un mundo en el que abundaban los fanáticos de lo políticamente correcto. Gobernaba entonces un rey llamado Quimby II, que aprobó algunas leyes con un intento decidido de que todas las afirmaciones que se hicieran fueran realmente precisas. Así, «si una leyenda hablaba de un célebre héroe y decía que "todos los hombres admiraban sus proezas", cualquier bardo que apreciase su vida añadiría rápidamente "excepto un par de personas en su pueblo natal que le consideraban un mentiroso y un montón de gente más que en su vida había oído hablar de él". Los símiles poéticos quedaban estrictamente limitados a afirmaciones como "su poderoso corcel era veloz como el viento en un día bastante tranquilo, pongamos Fuerza Tres". Lamentablemente, al final Quimby fue asesinado por un poeta descontento durante un experimento realizado para demostrar la discutida precisión del proverbio "La pluma es más poderosa que la espada", y en honor a él se acordó añadir, "sólo si la espada es muy pequeña y la pluma muy afilada"».

Terry Pratchett. La luz fantástica (The Light Fantastic, 1986). Barcelona: Plaza & Janés, 1998; 277 pp.; col. Los Jet; trad. de Cristina Macía; ISBN: 84-01-47944-4.

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martes, 31 de mayo de 2005

Que se dicten leyes a favor de los fuertes da la razón a George Steiner en Errata – El examen de una vida (Siruela, 2001) cuando afirma que «el fundamentalismo, esa ciega embestida de simplificación, de comodidad infantil o de disciplina impuesta, avanza de manera imparable».

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viernes, 11 de marzo de 2005

Sancho a Teresa Panza: «En teniendo gobierno, (...) te enviaré dineros, que no me faltarán, pues nunca falta quien se los preste a los gobernadores cuando no los tienen».

Don Quijote de la Mancha. Capítulo V, 2ª parte.

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viernes, 18 de febrero de 2005

Don Quijote: «Quiero que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra».

Don Quijote de la Mancha. Capítulo II, 2ª parte.

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